Informe #568: Fin próximo del sistema capitalista

Control de mando, he podido observar nuevas evidencias de que el sistema capitalista se acerca a su fin. Los terrícolas detestan esta economía que consideran despótica y, aunque las sublevaciones directas, espontáneas, son raras y en todo caso infructuosas, documento la existencia de ciertas corrientes subterráneas de lucha. Hay humanos que se atreven a mermar su «parte del pastel», como dicen en lenguaje político-comercial, si bien sus acciones son sutiles y en principio inocentes. Pero no cabe duda de que son la primera fase de un plan a gran escala que destruirá la civilización occidental tal y como la investigo. Es prácticamente segura la existencia de esta trama, organizada por grupúsculos, digamos células, de liberación, que cuentan con un apoyo y colaboración popular total. «Todo el mundo está en el ajo», de nuevo argot terrestre metafórico-alimenticio. Sin embargo, el miedo a que los poderes fácticos la descubran y la corten de raíz, antes de que pueda hacerles daño, parece llevar a un secretismo virtuoso que no he podido traspasar. La cortina de humo podría tener algún tipo de filtro psicológico, que haría el plan indetectable para todos aquellos que potencialmente no lo apoyarían con sinceridad e integridad total, como altos mandos y extranjeros como yo, con mi camuflaje hecho inservible por este cortafuegos. Imposible demostrar si ya disponen de la tecnología necesaria para este encubrimiento, pero todos los hechos apuntan a esa única posibilidad como despejadora de la X.

Ofrezco tres ejemplos, escogidos prácticamente al azar pues percibo varios cada día, de estas acciones de sabotaje, que tienen los objetivos, todavía a un nivel subliminal en este prólogo a la revolución, de crear confusión y de relajar los controles. El primero es cotidiano, y consiste en diferencias abruptas en los precios de productos idénticos en distintos establecimientos. Esto potencia la sensación de injusticia del sistema a diario y en la vida cotidiana. El segundo es un dato sorprendente que, recibido siempre envuelto en una capa de extrañeza y de humor, logra los objetivos arriba descritos. Sucede en la Ciudad del Vaticano, estado religioso semimedieval en el corazón de la civilización. Allí hay cajeros automáticos, dispensadores de dinero en efectivo que describí en otra ocasión. La acción subversiva consiste en que estos cajeros se comunican en una lengua desaparecida hace varios siglos, el latín, y que sólo conocen con fluidez en la actualidad apenas unos centenares de personas, y no del tipo que haría uso de aquello en aquel lugar. Habría además una intención simbólica en la elección de esta lengua para el sabotaje, ya que es la antecesora de las actuales, que estrictamente son su degeneración; se establecería un paralelismo con la cultura, implicando un afán por volver a los tiempos precapitalistas en los que se hablaba el latín. En el tercer ejemplo yo estuve inmerso de lleno. Fue ayer. Hay una cadena de alimentación llamada 100 Montaditos, que los miércoles oferta todos sus productos a un precio, superficialmente, ridículo. Estos locales se llenan de gente hambrienta y pobre, siendo un caldo de cultivo perfecto para distorsionar el sistema capitalista con discreción y efectividad. La táctica aquí consiste en aprovechar un hueco de expresión: piden el nombre del cliente para llamarlo por megafonía cuando esté listo su pedido: «X [digamos, “Borja”], por favor» es la señal. Lo interesante llega cuando, de forma ilógica, ciertas personas -efectivos de la conspiración- indican no ya un nombre falso, sino incluso sentencias fuera de lugar. Ejemplos dentro de este ejemplo de las llamadas que todo el local puede oír: «Chumino, por favor», «Feliz cumpleaños, por favor», «Buscalíos Villa, por favor; por favor, Buscalíos», «Alcorcón [localidad célebre por un caso reciente de gigantomaquia], por favor» o incluso un explícitamente subversivo «Invita la casa, por favor». La desigual comicidad generada se une al caos del vocerío, y la confusión se apodera del momento. Aparecen entonces errores en los cobros, cantidades de comida mayores a las debidas, y otras variaciones que redundan en perjuicio del sistema capitalista. Ante esta exposición, no creo que Control de mando pueda poner en duda la situación, en la que se aprecia una gran unidad en la batalla; verbigracia, la involucración en el ejemplo anterior tanto de los comensales como de los preparadores de comida a sueldo.

¿Hacia dónde se dirige todo esto? Es irremediable el triunfo, la maquinaria está en marcha y las máquinas no cometen errores. ¿Tiene el plan un fin constructivo? En principio, y con grandes lagunas de información irresolubles, parecería que la única pretensión sería la de derrocar el sistema capitalista, por considerarlo opresor. Pero no hay pistas que señalen a la intención de construir un futuro mejor, sino simplemente a la instauración de una anarquía similar a la que vivimos nosotros hace unas 17 generaciones. Es la destrucción por el ansia de quedar por encima del sistema, y en todo caso, pase lo que pase cuando todo esto acabe, la resistencia sonríe.


[Imagen: 100 Montaditos]

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Una figura trágica

El tercer capítulo de la primera temporada de Weird Weekends, la serie documental de Louis Theroux, está dedicado a la industria del porno del valle de San Fernando. Información de la serie: Theroux, narigudo y carismático periodista de filiación BBC2era, recorre los Estados Unidos para documentar, integrándose tanto como se atreve, lo que él llama las «subculturas» de Norteamérica. Todas sembradas de personas y de personajes, diferencia que el bueno del británico sabe apreciar y otorgando en consecuencia el respeto debido a cada cual. Respeto merecido por Troy Halston, la figura trágica del título.

Troy hace, o al menos ese era su trabajo en 1998, cuando se grabó el tercer episodio de Louis Theroux’s Weird Weekends, películas porno gay. Pero él es, no se considera sino que es, heterosexual. Hay un término en la industria para la gente («los modelos») como él: gay for pay. De camino a la cabaña en la que se va a rodar su próxima actuación, Louis le pregunta insistemente sobre esto, y Troy mantiene la compostura y hasta una charla más o menos animada. «Me llevó una temporada hacerme a la idea». La motivación clásica, trágica: «Necesito el dinero, así que haré el trabajo». Troy es un muchacho bien plantado, un post-efebo sonrosado que podría estar construyendo una segunda residencia en Aspen al jefe de alguna oficina, o talando árboles por Milwaukee, o pasando temporadas con el ganado en medio de la nada en cualquier lugar del mundo occidental y sin echar de menos hablar con nadie. «Después de unas cuantas veces, te preguntas “¿Qué problema tengo?”… una y otra vez en tu cabeza». Louis se adentra en el detalle técnico: «¿Hay cosas que no haces?». «Hay cosas que hago que me gustan aún menos que otras. Sobre todo prefiero ser el conductor. No me gusta besar, no me gusta chupar *****, no me gusta… [risa tímida] no me gusta que me ****** por el culo». Louis, comprensivo: «Sí…».

Ya en la nieve, frente a la cabaña del rodaje, Louis quiere ensayar el texto de una escena con él. «I love you», dice Troy, con una inexpresividad que casi parece paródica. «Venga, vamos, ¡ponle un poco de sentimiento». «No me pagan por esto. [risa tímida] I love you». «Dilo con un poco de sentimiento». «Pero si ni siquiera te conozco… [arrodillándose, algo mejor:] I love you. [de nuevo sin sentimiento:] I love you». Un par de segundos. Corte de escena. El propio Louis participa en la película, haciendo un cameo como un ranger «a-sexual». Rodando un pequeño diálogo con Troy, éste se muestra tan desapasionado como en el ensayo forzado. Elipsis. Ya es el día siguiente en esta idílica y envidiable escapada a la montaña. «Hacer mi escena de sexo, un poco más de diálogo y habré terminado», dice Troy.

Interior, día. Una cabaña de montaña. Un cuarto de baño de cabaña de montaña, fuera del cual hay dos equipos de rodaje. El de la BBC2 se acerca a Troy, reclamado por el director mientras almuerza: «Termina de comer, acaba ya con lo que tienes en la boca». Louis le pregunta si es la escena del I love you. «Sí», pero Troy ya no sonríe. No volverá a sonreír en lo que queda de episodio de Weird Weekends. Tenso. Louis le pregunta cómo se siente, mientras se desnuda en una acogedora habitación. «Bien». Tenso. Louis lo nota y ya no hace bromas. El previo a la gran final. Los últimos metros hacia el fusilamiento, literalmente. El otro equipo de rodaje, el de Snowbound, la película, a Troy: «Siéntate en el váter, aquí va a ser el oral [en segundo plano, el otro “modelo” saliendo de la ducha], y moveremos el polvo [en realidad, la palabra que utiliza es más fuerte] al salón». Vemos en la pantalla de rodaje a Troy mirando a la cámara, triste como una virgen en su noche de bodas con un hombre con el que no quiere estar. Troy con un hombre fláccido detrás. Traga saliva.

Louis, mientras, habla con los de la película: «Troy dice que es hetero». «Bueno, ¿a quién le importa? Venimos aquí y hacemos lo que tenemos que hacer, y si no lo haces entonces se supone que no eres gay». Nuevo plano en la pantalla del rodaje: la cara de Troy, ahora algo menos triste, pero igual de seria. Fuera, en la entrada de la cabaña, Louis habla con otro, un chico con gorra al que se le adivina cierta inteligencia, ¿un script? Parecería que aquí todos son hombres-orquesta, cualquiera tiene potencial para ser el de los recados o guionista estrella. No todos podrían ser actores («modelos»). Louis insiste en lo que le trae de cabeza. Le responden: «Normalmente es pecado capital poner a dos heteros juntos, pero estos dos son buenos y no tenemos que preocuparnos». «¿Qué pasa por la cabeza de un hombre hetero que hace porno gay?». «Tiene que estar muy seguro de su sexualidad. Vemos a gente que… explota… se suicida… asesina a su sugar daddy o…». «¡Es terrible!», «Lo es, lo es, pero es un hecho del negocio, y ocurre porque los modelos tienen conflictos personales con sus sexualidades y con lo que están haciendo». Sale el director, un canijo con rubio encrespado y oxigenado típicamente 1998. Es la piel de un muchacho simpatiquísimo que esconde a Satanás. «Sí, hay un problema de erección con Troy… está usando revistas, de chicas…». «¿Cómo llamarías a esta parte del trabajo?». «[mirada infernal, RISA INFERNAL] GIMME THE MONEY!! [mirada infernal, RISA INFERNAL]».

Elipsis. Troy viene de esquiar, se hace unas fotos para la portada. «He tardado un poco pero al final lo he hecho». Louis: «Intentaré ver tu trabajo… Pero, oye, sigo pensando, es difícil ser hetero en 18 películas gays». «El problema es empezar el asunto». Hay que insistir en que ya no se le vuelve a ver sonreír. «Pasas 3 horas ganando 1.500$… hoy he tardado 4. No es fácil, pero es… factible». «¿Has tenido que montártelo con el otro?». «[pequeño estertor cínico] Desgraciadamente sí”. «¿Y te ha gustado?», «[molesto] ¡Oh, vamos…!».

Once años después, ¿qué habrá sido de él? Todo apuntaba hacia un suicidio futuro, o como poco un abandono del porno y un tormento interior de por vida.  En la Internet Movie Database, que parece incompleta en cine X (¡ni siquiera sale Snowbound en su filmografía!), se puede ver que en los últimos años, al menos hasta el 2007, Troy Halston ha seguido en la industria, participando en películas de título heterosexual. Junto a él, siempre surge el nombre de una tal Holly Halston. Es su esposa, con la que vive en Florida y tiene cuatro hijos. ¿Una figura trágica? Es una persona, no un personaje. ¿Hay personas trágicas?

¿Existe la muerte?

Entrar en una fábrica de bolígrafos revelaría el simple mecanismo con el que funcionan, y a la visita seguiría una época de asombro durante la que sería difícil volver a utilizar uno, o siquiera verlo, sin maravillarse de estar teniendo un mano a mano con tal prodigio de la tecnología; esta sorpresa permitiría rellenar la cabeza con algo, algo bien nada, en las colas reptilianas contra las que luchamos en oficinas públicas. Hablar con una persona con Tourette hace reflexionar sobre el puto uso que se da a las palabrotas, o potencia la autoconsciencia de los tics nerviosos si la tipología del síndrome es de las que los sintomatizan; la percepción de uno mismo se desplaza de ser eléctrico a estar enfermo, o de enfermo a sólo eléctrico.

De la misma manera, una visita al cementerio funciona como una lupa sobre el abuso que hacemos de la palabra muerte y de todas sus derivaciones. Allí, la muerte viene por detrás y golpea el hombro con sus afiladas falanges distales: «Me pitan los oídos, ¿qué decíais de mí»; y la respuesta auténtica tiene que ser y es «Nada», sin siquiera agregar un «señor» o «señora» porque no se sospecha que ese borracho disfrazado pueda ser merecedor de un tratamiento de respeto. En apenas un par de horas de paseo cementérico se participa directa o indirectamente en al menos una docena de losientos, perdonasinoesapropiados o quécosasseteocurrenes que siguen a expresiones relacionadas con la muerte: “me muero de calor”, “cuidado con esa piedra suelta a ver si te vas a matar”, “que te matas”, “mataría por una botella de agua”, “me maté para conseguir que cambiaran de tumba a tu abuela”, y así. Con risitas y sonrojos al percibir simultáneamente el contexto. No es que sean ocurrencias que surjan por la situación, sino que son utilizadas, comprobable bloc en mano, cada y cada día. Cierto psicólogo dice que invocar así a la muerte, por medio de contenidos semánticos superficiales, materializa sutilmente una especie de anhelo de ella. La muerte ha muerto en nuestro mundo y la echamos de menos sin saberlo. Nos hemos apropiado de ella sin darnos cuenta y le hemos robado el alma. Sólo nos enfrentamos a la muerte a través de estas frases, o en películas y libros de género, o por los informativos, casos todos equivalentes en su falta de contenido real. Son palabras, son imágenes, son cifras. No son gente. Es que las personas ya no se mueren. La gente muerta que sale por la tele no es de atrezzo pero tampoco está muerta. Lo que mueren son los significados, y con ellos las cosas de las que son vicarios. ¡Pero si nosotros estamos vivos, cómo se va a morir alguien! La egolatría contemporánea desciende -o asciende- hacia el solipsismo más puro e inconsciente. Seguimos siendo niños, y los niños no creen en la muerte. Cuando por fin maduramos ya somos demasiado viejos y volvemos a ser niños. Y los niños no creemos en la muerte. Ya nunca se llega a comprenderla, y sólo se puede llegar a admitir su existencia en el último momento.

Yo nunca he visto un muerto.


[Imagen: ‘Day of the Dead’, Jean Gaumy]

Fría calculadora

El domingo pasado, día 18, pude aprovechar la mañana. No salí de fiesta la noche anterior, me quedé en casa viendo el fútbol. Así que a las 10 estaba más que en pie: en pie, vestido, desayunado y acicalado. Todo yo solo, sin mi madre mediterránea. El semimadrugue tenía el objeto de prepararme para una exposición que, temía, iba a ser bastante densa. Fue en un edificio ahora habilitado para propuestas culturales, en el que hasta hace un par de décadas estaban las cuadras del hipódromo. El asunto: calculadoras e intertextualidad.

La propuesta del artista, un valenciano emigrado a Barcelona del que no puedo recordar el nombre, consistía en presentar una serie de calculadoras electrónicas de los más variados tipos y tamaños, que el público debía manipular con cálculos a su elección. Es decir, una vez dentro del recinto, una instalación gris y con todas las superficies de los paneles de madera lijadas hasta parecer casi metálicas, y con circuitos y cables decorando de forma muy feísta las zonas muertas, sonando una música atonal de pitiditos aleatorios a un ritmo llamativamente constante; una vez dentro, te acercabas a una calculadora y le proponías una operación. Por ejemplo, a una Casio FX 3650P le pedías un 569 multiplicado por 32, siendo el resultado 18.208. Entonces ibas hacia otra calculadora, la que más te atrajera en un primer golpe de vista (el hecho de que el método de elección fuera éste y no otro era importante), y realizabas la misma operación. Una Texas Instrument 84+, hacia la que mucha gente se dirigía tal vez por su parecido a un teléfono móvil, artilugio más familiar, te daba el mismo resultado a la misma operación: 569×32=18.208. Y así con todas: una HP50g, una Ibico 212x e incluso una muy aparatosa Canon BP37-DTS, todas mostraban, en este caso, el 18.208. Algunas de las máquinas eran de diseño, y había otras misceláneas como relojes-calculadora, ordenadores, calculadoras de antes de la guerra y hasta ratones-calculadora, y siempre siempre lo mismo. Vale, pero… ¿qué quieres de mí, artista? Lo que querías era enseñarme la realidad de la intertextualidad, de la que la instalación funcionaba como alegoría. Nosotros éramos los textos, creando variaciones a partir de un lenguaje dado. Las calculadoras, separadas entre sí, cada una a lo suyo sobre cilindros de poliuretano rígido, pero funcionando todas de manera absolutamente idéntica, representaban las referencias a esos infinitamente (o no) variados textos. Cada una tenía distinta forma, otro fabricante, colores más o menos variados. Como las referencias: no es lo mismo una nota al pie que un enlace que una cita que un homenaje que un plagio. Pero en el fondo eran la misma cosa, representaban cultura de, como mínimo, segundo grado; literalmente, cultura degradada.

Los humanos éramos el primer grado, la creación en sentido tradicional. Las calculadoras el segundo grado, la referencia. El primer grado trata directamente con la realidad, y nosotros le damos la humanidad. El segundo grado, por no hablar de los siguientes, es algo ya maquinal. Algo que habla de lo humano, de su relación con la realidad. Útil, sí, pero ya no humano ni real. Esta aparatosa explicación se veía completada por un anexo, en el que se ofrecían otros modos de cálculo, como el ábaco o un hombre ejerciendo de calculador (y hasta una libreta y un boli para hacerlo de primera mano, algo que resultaba improbable para el tipo de público que asistía). Funcionan de forma similar a las calculadoras, pero hay margen de error. En la alegoría equivalía a que, sí, las operaciones aritméticas existen ya desde hace unos siglos, pero con los avances tecnológicos se han acercado más a la perfección y, por tanto, se han alejado más del original humano. Esto introducía el factor historicista, además de tener que ver, por lo que pude leer en el tríptico, con la relación física directa, cada vez menor. Por ahí iba el juego de palabras del título de la presentación: Fría calculadora. Incluso creo que estaba implícita alguna lectura de género, por aquello de que las calculadoras son femeninas y el ábaco o el calculador son masculinos, pero a mi experta acompañante le pareció una estupidez, apreciación con la que debo coincidir. Todo esto demuestra que la alegoría sigue viva, y que el cálculo a mano no.

[Imagen: GD Naidu Museum]

Posmodernidad es

Posmodernidad es: cada cosa se refiere a otra cosa, nada a sí mismo ni, sobre todo, a la realidad. Entonces, nada es nada. Es espectacular (es espectáculo) que una palabra referida al texto, a algo que no existe, deje de tener significado… porque eso significa que lo ha tenido. Se ha gloriado a sí misma y ha terminado por ser víctima de los sacrificios que fomenta. Un ídolo con pies de tinta y de píxel, al que da vergüenza seguir adulando explícitamente en público. Porque ya ha dejado de ser una secta de iniciados y ha pasado a ser una de las tres religiones mayoritarias, como todo lo que se inmola, y gustar de ella es como gustar de las noticias de Antena3. Ya no es un dios con un altar en un rincón oculto de la casa, el que está entre el portátil y la estantería de libros leídos, con un tercer vértice en los libros por leer. Mal sitio, se llena de polvo por más que se pase el plumero. Ahora es un dios de la naturaleza, que se manifiesta en todas las cosas. Pero no es nada, luego el mundo ya no es nada. No hay que tener vergüenza, no hay vergüenza: hay que tener valentía, para aceptar lo que somos, y contarlo desde dentro, desde el núcleo y desde los intersticios.

En aquella, lejana de meses, primera entrada de este proyecto, enarbolaba sin pudor un eslogan: todo es relato. Y así este proyecto ansioso nacía muerto porque nacía literario. Lo literario no tiene ya razón de ser en un mundo en el que todo lo es. Porque lo literario tiene que suponer una diferencia, un mundo aparte de la realidad delimitado por unas líneas distintivas que lo señalan como tal, como el marco al cuadro. Pero ahora vivimos dentro de ese cuadro, todo está separado -no amputado, porque la violencia no es la del golpe de corte sino que es constante- de la realidad. Por lo tanto, si se quiere mantener el bonito término de “literatura”, con los siglos de autoridad que lo respaldan y que tan bien sientan al echárselos encima y taparse con ellos como con una manta no (¡nunca!) comprada en IKEA, hay que darle la vuelta al concepto: lo literario ahora tiene que apelar a lo real. No un realismo decimonónico, sino textual. Así: hay que tomar conciencia de habitar en un mundo que es texto y, para generar “literatura”, hay que saltar sobre sus páginas elásticas, aguantar la respiración y, en el aire y viéndolo como un pájaro, ponerse a crear como un enloquecido chamán, con la pantalla a modo de tótem. ¿Es tiempo de recuperar la escritura automática, ahora que las estructuras tradicionales, el “escribir bien”, son un dinosaurio en una cacharrería? No. Porque la vanguardia también es un fósil, un esqueleto impreso en nuestra concepción del mundo, enterrado allí por donde pasamos y al que conviene dejar flores cada domingo. Pero está muerto. Ni vanguardia, ni tradición. Sólo contemporaneidad, que es una mezcla bastarda, imprecisa, caótica, lujuriosa, humilde, pretenciosa, costumbrista, virtual, aspiradamente física, de ambas. Pura sexualidad textual. La textofilia es la solución: follarse al mundo torrencialmente con la palabra y con el enlace. Hablarle así de igual a igual.

Por favor, basta ya de hacer crítica literaria, cinematográfica, social, política y cultural. ¡Por favor! ¡Pinche texto! Quiero escapar de la red que bloquea la realidad. Nos deja verla, pero no vivirla. Sólo verla. La realidad es un archivo de sólo lectura. Un discurso sobre ella supone el mismo grado de ficción que ella. Y la ficción pertenece a la sección de arte moderno, no contemporáneo, del museo. Somos un producto fusionado con nuestra producción, y sólo discurriendo en paralelo a ella, no sobre ella, podemos hablar de ella y hablarle a ella, y así hablarnos a nosotros desde nosotros. Es el primer objetivo de toda subcreación. El segundo es convertirse en creación.

Tenemos que aspirar a ser las ediciones en bolsillo de internet. Y serlas. Y así ser.


[Imagen: ‘Big Alphabet of Light’, BIG]