Archivo mensual: noviembre 2009

Bertín Osborne y el inconsciente colectivo

Aquello del inconsciente colectivo no es una pura patraña. Guía nuestras vidas. Nuestros inexistentes destinos. Nuestro pensamiento. Nuestra acción y la futura creación de la Iglesia de Jung. El subconsciente compartido, al menos a nivel intergeneracional -me falta comprobar el nivel universal-, funciona de verdad, y funciona más allá del lenguaje, viene a través de la intuición inexplicable, con razonamientos demasiado rápidos y complejos como para ser comprendidos por la escala humana. Es la escala social dentro de cada uno. El individuo como parte de una colonia de hormigas o un psicoenjambre borg.

Suceso real. A veces es obligado destacar cuándo algo no es ficción, incluso aquí. Esto: suceso real. Siete y media de la tarde de un jueves de noviembre, mesita de ese material gris que parece formado por cientos de capas hipercompactadas de hilo de aluminio, las de la parte superior con brillos holográficos. Siete quintos: cinco euros. Llegan en un cubo lleno de hielo, del que cuelga un abridor más gastado que decir «dame un trago». Tres amigos. Terracita, que en Alicante siempre es verano. Uno de ellos entra para pagar. Los otros dos hablan. ¿Quién sería el Jack Bauer español?, pregunta uno de ellos, el más espabilado. Unos momentos de silencio. El que ha preguntado no se atreve a contestar, aunque nada más terminar ha tenido clara la respuesta. El otro responde: Bertín Osborne. El preguntón se queda pálido. Es el mismo que él había pensado pero se avergonzaba de decir. Ahora lo dice con loco orgullo, ¡Bertín, Bertín, yo también había pensado Bertín! Se entrechocan las cervezas, risa ahogada. ¿Pero qué…? Espera, espera. Vuelve el otro. Calla calla. No va a poder ser. Oye César, ¿quién sería el Jack Bauer español? Casi sin dudarlo: Bertín Osborne. Hay gritos, confusión, miedo y sentimiento de comunidad. Se hacen cánticos y bailes chamánicos en su honor. La amistad, lo que cada uno creía ser-y-pensar y la mente-colmena, todo se une alrededor de una figura nacional del alcoholismo. Emparentada por abismos insondables de la mente del siglo XXI con el agente secreto más brutal y carismático impresionado en cualquier pantalla. Yo sueño con él, con Jack, casi cada noche. Con Bertín, nunca. Pero hay algo en él, en ese icono menopáusico a lo David Hasselhoff -aquí el paralelismo es demasiado evidente como para recrearse- que impide que apartes la mirada cuando chascarrillea en el prime time autonómico. De su permanente estado de embriaguez, de su tambaleo de bolo de bolera barata, de sus risitas de cuñado borracho en boda y de sus chistes de guionista sustituto de José Luis Moreno. De la decadencia desnuda de los programas que presenta; o mejor dicho, en los que se presenta. ¿Qué oscura impronta genera en unos saludables veinteañeros?

El cerebro humano es insondable. Ni el Dupin de la Rue Morgue podría reconstruir el proceso por el que Jack Bauer evoca rápidamente a Bertín Osborne en tres mentes jóvenes e impresionables. Se sentiría tentado de intentarlo. Yo mismo lo he intentado, pero no hay proceso lógico a escala humana que lo explique. Proceso psicológico, puede: ¿tal vez lo habíamos visto los tres en la tele, aunque sólo fuera unos segundos, en los días inmediatamente anteriores y por eso lo imaginamos con tanta velocidad? Pero entonces, ¿por qué él y no cualquiera de los otros ciento tres hombres que hemos visto en los últimos dos días en una pantalla? ¿Por qué? ¿Alguien se imagina a Bertín Osborne infiltrado en el más terrible cártel del narcotráfico mexicano? ¿Torturando al terrorista más fanático y peligroso de Oriente Medio? ¿O metiéndose una bala en la pierna, o una bala en la cabecita de su sobrino, por salvar al presidente de su país? No. Como mucho, podría ser un pobre patán que se cruza accidentalmente en el camino de una conspiración democraciodestructora, y muere de un disparo en la frente después de salir de unos contenedores y dejar a medias su única frase. ¿Es acaso Bertín Osborne una entelequia creada por la mente-colmena de la sociedad española post-transición, a la manera de aquella aeronave disneyana paradimensional en aquel relato de William Gibson?

Podríamos alejarnos de la cultura. De las pantallas. De las relaciones humanas. De Bertín Osborne y de su foto con los Manowar. Pero es demasiado tarde. Hemos sido asimilados. Sólo Heisenberg puede explicarnos.

En el directo todos pueden oír y ver tus gritos

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1) En el directo los reporteros son humanos y se equivocan.  Tendrían que enviar sus noticias previamente grabadas 15, 10, 5 minutos antes de la emisión, con los fallos corregidos. Si ha ocurrido algo realmente importante en ese miserable lapso temporal, es entonces cuando se conectaría en vivo. Pero las noticias de acción ejercen su dictadura con mano seria, silenciosa e incuestionable. El entrevistado, por muy ensayados y pactados que estén sus seis segundos de diálogo, podría soltar alguna salida fuera de tono. Se exige la emoción de ver al periodista en medio de la calle, delante del parlamento o despeinándose junto al mar embravecido. Al pie de la noticia y de la actualidad, que es estrictamente asimilable al segundo. No importa que se le olvide lo que tenía que decir, que su cerebro se haga un nudo y su discurso se vuelva redundante como el de un mal profesor. Atúrullate, periodista, muéstranos que ni siquiera tú, que has pasado unas duras pruebas de selección para estar ahí delante de millones de personas, eres perfecto. Que de hecho la mitad de veces que conectan contigo metes la pata. Eso genera tensión, y la tensión es lo que mantiene pegado al espectador. ¿Acaso te enseñaron en la facultad que en los informativos hay que informar? Si la información fuera lo importante, te dejarían grabar tu gran momento un poco antes de emitirte, para que pudieras cortar y volver a empezar si te metes en el laberinto de la confusión escénica. La información no llega como tal, la estructura del discurso noticioso se diluye en la tensión de acordarse de decirla bien. Equivócate. Que el presentador te saque del aprieto. No te van a echar. ¿O sí? ¿Es esa la razón por la que no hay reporteros de más de 40 años? ¿Porque todos han sido despedidos por sus inevitables sartas de errores en directo?

2) Mirar la hora en directo, decirla. Son las nueve y… once minutos, exactamente. Están con nosotros, al mismo tiempo que vemos su programa lo están haciendo. En Madrid hay un grupo de personas tremendamente activas a esas nueve y… once minutos, exactamente, para darnos lo que queremos. Para equivocarse y tratar de escapar dignamente del caos. Son héroes potenciales del caos. Dominan el tiempo. Los reporteros y los periodistas y los presentadores y los realizadores de informativos conforman una mitología apologética del presente. El reloj es el dios y ellos son sus paladines.

3) Nunca hay que desviar la mirada de la cámara. Mira directamente al espectador. Es como de la familia. Si te equivocas, reportero, presentador, y te vas a equivocar, le va a fastidiar a la señora que te está viendo como si hubiera sido su sobrino el que hubiera sufrido un lapsus, o un discurso a la deriva. Participa de la pifia, sufre con ella y a la vez la disfruta. Son humanos, se dice. Pobre. Y/o: Ya contratan a cualquiera. Tanta carrera, tanta carrera. A lo mejor se le va la olla del todo y a ver cómo salen de esa, que es en directo y todo puede pasar. Qué emocionante. La mirada siempre clavada en la cámara, como esos cuadros que te siguen observando por mucho que cambies el ángulo de visión. Sólo hay una excepción, y es un sacrificio hecho al dios directo: los periodistas que viven en la Bolsa. En pleno directo pueden, y deben, dejar de mirar a cámara para decir en ese mismo instante los números exactos que hay en los paneles electrónicos a su alrededor a las tres y… diecesiete minutos. Giran los ojos y crean expectación, ¿estará pasando algo?, piensa el espectador la primera vez que lo ve. A la tercera ya ha entendido la técnica y la interioriza, como tiene interiorizados automáticamente todos los demás recursos de los informativos. A la sumisión al presente se une la sumisión a la cifra, en lo alto de la pirámide de la información económica. El número es pura información, exige aún menos análisis que las demás noticias. Sumisión ciega y factual. El número, el de la hora o el del porcentaje o el del precio actual -real- de las acciones, exige que se deje todo lo que se está haciendo para ofrecerlo tal cual es. Incluso si hay que desviar la mirada del dios espectador.

4) En el directo todos pueden oír y ver tus gritos. Y puede que estén deseando hacerlo.

Mis influencias

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Uno (no) es más que la amalgama de todas las cosas que ya eran antes que él.

Mis influencias. La palabra escrita, la palabra hablada, el libro como tal y como algo más, el tono del discurso, la intención del discurso, el color y el colorido léxico, la burricie, la inanidad del dinero, las pirámides sociales y su abolición, las migajas del marxismo, el individuo y el Estado, la retórica anarquista, el ansia y la ansiedad, la furia, el ruido y el silencio, el horror vacui, la expresión mínima, lo barroco, lo justo y necesario, las camas de 1’35m., el olor a gasolina y a té, el desprecio del lujo, los santos y las órdenes mendicantes, los valores católicos y la práctica cosmovisión protestante, la multilateralidad como mal menor, las terceras vías y las quintas columnas, el fascismo estético, el fascismo político, el fascismo poético, las masas, la sabia tradición, la modernidad y su impulso vital, las lenguas oficiales y las extraoficiales, la tiranía de la ortografía, el significado y el significante conformando una simbiótica relación sexual, la entrega, las fechas de entrega, el fin como finalidad suprema, el utilitarismo, el libre pensamiento, el pensamiento innovador, las alternativas y la lucha por su descubrimiento, la objetivización de la subjetividad y su viceversa, lo radical y lo arraigado, la densidad, la densidad extrema, la desnudez formal y de fondo, la distinción entre forma y contenido, la consciencia de la aleatoriedad del mundo del hombre, la autoconsciencia constante y obsesiva, lo explícito y lo implícito, la enfermedad diagnosticada, el error sin ensayo, las épocas que nos toca vivir, la vida y el horizonte de la muerte, las ventanas -abiertas-, la confianza en la solidez de una superficie, lo torrrencial, la lógica informal e informativa, el simple juego y las felicidades, el asombro infantil permanente, la entomología y la mineralogía, la tortura insecticida, lo sagrado blasfemo y el anatema, las teorías locas y coherentes, el eclecticismo y la contradicción, el compromiso y su abandono, lo súbito antes y después de lo esperado, la autodestrucción, el civismo y su cívica destrucción, el cuestionamiento crónico, la sinceridad en la sincronía y la diacronía, lo idóneo grave y lo inútil fundamental, el amor por todo y por todos, el amor verdadero y el autoengaño, los ojos y las narices con personalidad, la pintura de pared y de brazo y de lienzo, la perfección, el mito, lo útil como lo más humano, el apego a las cosas -sean lo que sean-, el respeto, la única norma del sentido común, la educada provocación, los recursos estilísticos que nunca pasan de moda, ciertas modas, las pantallas y su uso, el cine, la contemporaneidad insobornable, lo real por encima de lo convencional, la posibilidad del cambio, la amistad, la búsqueda, el camino, la firmeza rota, los decretos del sistema nervioso, el hedonismo y la profundidad transhistórica, la trascendencia y la pretensión, la tensión y el tensor, los sentidos amplios, el género, lo físico lejano y lo abstracto íntimo, la geometría como verdad, el hebraísmo como estética de la belleza, el mundo árabe que incluye su urbanismo y su urbanidad, las buenas gentes castellanas, los ecuatoguineanos españoles de segunda generación, la inagotable estupidez humana, la xenofilia, lo negro y la negritud, la ideología detrás del collage, la inclusión como valor absoluto, el presente constante de la temporalidad, la utopía y sus hipótesis sobre nosotros, la tecnología y los cambios de paradigma científico, la religión, la buena interpretación, las rendijas de sabiduría, la gradación, la épica anticlimática de las bibliotecas, los textos y los contextos -a veces los pretextos-, los demás, las cuatro carreras de aquí para allá, los cambios de rumbo, las palabras bonitas, las chicas, la superioridad de los animales, lo que llena la boca, el beber y el tragar, el movimiento obligatorio que es distinto para cada uno, los pequeños gastos, las pequeñas gestas, los pequeños gestos, los rasgos biográficos, el deseo y la heterogeneidad de sus deseos, las historias, los relatos, el trabajo liberador, la plenitud, la existencia, lo verdaderamente humano, las limitaciones y la limitación de lo evidente, la acumulación como fuente válida de conocimiento, lo último y lo siguiente, los cuentos, las abuelas, las madres, la aceptación y el inconformismo, la humildad y la honestidad, el infinito y la imposibilidad, el ascetismo, la salvación por el arte. La intención.