Archivo mensual: febrero 2010

Centro comercial 2010: Pasos automáticos del consumismo al fascismo vía Ballard

El centro comercial Gran Vía fue el primero a nivel macro que se creó en Alicante. Hoy hay tres así, más dos o tres menos autocráticos, en la ciudad. Este, el de las fotos, el más perceptible como mole, está en decadencia, con comercios cerrados, locales siempre a punto de inauguración, zonas muertas y oscuras, eco en los pasillos por la mínima densidad poblacional y reformas eternas cuyo único sentido parece ser ajustar la forma del lugar a su espíritu. De todos, sólo uno (Plaza Mar 2) prevalece, con claro futuro, como un Leviatán del consumo, epicentro de la compra compulsiva que atrae a sus fauces a los compradores/ciudadanos perdidos, un remolino que recoge a los que abandonan a su suerte otros ancestrales templos de una década de antigüedad, siguiendo al mismo ídolo. A nadie le importa que vayan cayendo en ruinas mientras quede otro centro comercial tamaño monstruo rebosante de compradores al que poder ir. Uno que no sólo tenga sarro en forma de personas los sábados por la tarde, sino que acoja y reciba al peregrino con cientos de sectarios en su interior cualquier día de la semana.

– La gente siente que puede confiar en lo irracional. Ofrece la única garantía de libertad de entre toda la mierda y publicidad con la que nos alimentan los políticos, obispos y académicos. Las personas están re-primitivizándose deliberadamente. Anhelan la magia y la irracionalidad, que les funcionó en el pasado, y puede volver a ayudarles. Tienen muchas ganas de entrar en una nueva Edad Oscura. Las luces están encendidas, pero se refugian en la oscuridad más íntima, en la superstición y en lo irracional. El futuro va a ser una lucha entre vastos sistemas de psicopatías compitiendo entre sí, todas voluntarias y deliberadas, parte de un intento desesperado de escapar de un mundo racional y del aburrimiento del consumismo.

– ¿El consumismo lleva a la patología social? Difícil de creer.

– Va allanando el camino. La mitad de las cosas que compramos hoy no son mucho más que juguetes para adultos. El peligro es que el consumismo necesitará algo parecido al fascismo para seguir creciendo. Fíjate por ejemplo en el Metro-Centre y sus bajas ventas. Si cierras los ojos un momento ya parece como un mitin en Nuremberg. Las filas de vendedores, los largos pasillos rectos, los carteles y anuncios, el aspecto teatral en general.

– Pero no hay botas militares. No hay führers gritando enfadados.

– Todavía no. Sin embargo, están en la política de la calle. Nuestras calles son los canales de teletienda de la televisión por cable. Las insignias de nuestro partido son las tarjetas de crédito de oro y platino. ¿Te parece risible? Sí, pero la gente también pensó que los nazis eran un poco de broma. La sociedad de consumo es una especie de estado policial blando. Creemos que tenemos elección, pero todo es compulsivo. Tenemos que seguir comprando o fracasamos como ciudadanos. El consumismo crea necesidades inconscientes inmensas que sólo el fascismo satisface. Se puede incluso decir que el fascismo es la forma que toma el consumismo cuando se lanza a la locura electoral. Aquí ya lo puedes ver.

[Extracto de Kingdom come, de J. G. Ballard; la traducción es mía]

El hombre mira, la mujer se mira, el hombre es admirado, la mujer es mirada

[Extracto de Modos de ver, John Berger]

La presencia de un hombre depende de la promesa de poder que él encarne. Si la promesa es grande y creíble, su presencia es llamativa. Si es pequeña o increíble, el hombre encuentra que su presencia resulta insignificante. El poder prometido puede ser moral, físico, temperamental, económico, social, sexual… pero su objeto es siempre exterior al hombre. La presencia de un hombre sugiere lo que es capaz de hacer para ti o de hacerte a ti. [ … ]

En cambio, la presencia de una mujer expresa su propia actitud hacia sí misma, y define lo que se le puede o no hacer. Su presencia se manifiesta en sus gestos, voz, opiniones, expresiones, ropas, alrededores elegidos, gusto; en realidad, todo lo que pueda hacer es una contribución a su presencia. En el caso de la mujer, la presencia es tan intrínseca a su persona que los hombres tienden a considerarla casi una emanación física, una especie de calor, de olor o de aureola.
Nacer mujer ha sido nacer para ser mantenida por los hombres dentro de un espacio limitado y previamente asignado. La presencia social de la mujer se ha desarrollado como resultado de su ingenio para vivir sometida a esa tutela y dentro de tan limitado espacio. Pero ello ha sido posible a costa de partir en dos el ser de la mujer. Una mujer debe contemplarse continuamente. Ha de ir acompañada casi constantemente por la imagen que tiene de sí misma. [ … ] Y así llega a considerar que la examinante y la examinada que hay en ella son dos elementos constituyentes, pero siempre distintos, de su identidad como mujer. [ … ] Su propio sentido de ser ella misma es suplantado por el sentido de ser apreciada como tal por otro. [ … ]

Todo lo anterior puede resumirse diciendo: los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas. Esto determina no sólo la mayoría de las relaciones entre hombres y mujeres sino también la relación de las mujeres consigo mismas. El supervisor que lleva la mujer dentro de sí es masculino; la supervisada es femenina. De este modo se convierte a sí misma en un objeto, y particularmente en un objeto visual, en una visión.

TWENTYNINE PALMS: La sensación de tener pareja como única sensación

(Twentynine Palms, 2003, Bruno Dumont)

Esa sensación, y sólo esa sensación, de tener pareja, y sólo de tener pareja. De que no importe, no exista, nada más. El espacio abierto, la necesidad de alejarse de las ciudades para abrazarse entre matorrales y postes eléctricos. El estado mental de aislamiento del mundo convertido en situación real. Podría ser Zabriskie Point de Antonioni o Punishment Park de Watkins; pero no, ya no hay política, sólo hay vivencia. El espacio abierto, sólo para los dos. Como volver a ser un niño, actuar por el deseo del momento, actuar y punto. La fina línea entre la felicidad y la tragedia, que se pueden alternar y hasta superponer. Ahora te deseo, ahora te deseo muerto, ahora te deseo muerta, ahora te deseo a mi lado y nada más. Esa sensación de estar vivo y de no tener cerebro. La nueva lógica y la inmediatez de las razones. Esa sensación de que el plano sexual funciona en paralelo al del resto de la vida en pareja. Como si la otra persona fuera otra persona. Como si pararan el tiempo y el espacio y unos robots, más humanos, tomaran el lugar de los dos, y al terminar devolvieran el cuerpo. Metamorfosis y secreto, intensidad y olvido. Dumont utiliza los mecanismos de las expectativas del cine de terror para no satisfacerlas. Colisiona el cine de terror con la hiperrealidad mostrada. Demasiadas veces, en ese desierto californiano-almeriense, se espera que al momento siguiente surjan unos rednecks que ataquen y violen y secuestren. Pero eso no sucede nunca… ¿o sí? ¿O no? ¿Importa? Sí. Pero lo que más importa: el derecho al dominio sexual que da la hombría… y la humillación terminal que supone no tenerla. O tenerla y perderla.