Archivo mensual: septiembre 2011

Entre el miedo y la esperanza

Entre el miedo y la esperanza ante el futuro. Las protestas activas por un mundo más justo, todavía minoritarias y con menos autocrítica y heterogeneidad de la deseable, crecen y seguirán creciendo mientras sigan apretando, y me emociona que ver que en todo Occidente son iguales. Me reconozco en las de Wall Street (que me han obligado a escribir este sencillo textito), en las de Chile, en las de Francia. La represión y la censura descarada, que por fin están a la vista de todos, también son similares; una de las grandes dudas de todo esto es: ¿cuánto de ambas puede aguantar una democracia y sobrevivir, incluso si es una semidemocracia occidental? Por fin toma fuerza aquello tan prometedor que se llamó “antiglobalización” hace 10 años y que consiguieron machacar… porque entonces internet no estaba tan extendido y ni había redes sociales ni todo el mundo llevaba una cámara encima. Décadas de conciencia de clase media y de educación pública (pese a sus muchísimas carencias) han dado el resultado de que el mangoneo excesivo y descarado tiene respuesta ciudadana, aunque sea escasa y tirando a simplista; aunque sea pasiva y silenciosa, potencial. Y digo clase media porque esto es una Guerra (¿es esta 4ª Guerra Mundial la primera Guerra postmoderna?) entre el neoliberalismo y la clase media, que quizá ya han ganado los primeros pero no conseguirán todo lo que quieren en los tratados de capitulación que estamos firmando, porque los segundos no están dispuestos a ceder tan fácilmente los privilegios (justos derechos conquistados) a los que están acostumbrados. Pero las oligarquías controlan los medios y las mayorías tienen anulado el sentido de la responsabilidad social, por lo que sigue estando en manos de los poderosos cambiar las cosas. La UE en conjunto, aunque hoy completamente vendida (como la clase media, que tampoco es inocente) a la destructiva ideología norteamericana, tiene fuerza suficiente para actuar de forma eficaz. Puede limitar el impacto de los paraísos fiscales y establecer impuestos a las transacciones financieras y a las grandes fortunas, arreglando así buena parte del problema. Porque, por mucho que repitan sus consignas, hay dinero de sobra para mantener el Estado del bienestar, sólo que en los últimos 30 años, y cada vez más, han permitido que se lo queden unos pocos. Mientras se arregla esto, si se arregla, quizá se puedan admitir algunos recortes como parte de esa capitulación para evitar males mayores, siempre que sean recortes que prioricen quitar lo irrelevante primero y, si no hay más remedio, lo importante al final; por desgracia, en general está ocurriendo lo contrario y, por ejemplo, en la Comunidad de Madrid quitan y empeoran recursos de la educación pública mientras siguen despilfarrando dinero en publicidad para autobombo. Esperemos que entren en razón a tiempo y esto no termine derivando en revoluciones populares, que ya sabemos cómo terminan siempre. Miedo y esperanza ante el futuro. Miedo por si perdemos, esperanza porque es una oportunidad para salir del abismo y volver a unos mínimos de cordura y estabilidad. Por si acaso, yo sigo aprendiendo idiomas; y por si más acaso, técnicas de supervivencia.

Monterroso definiendo lo que no debería ser definido

Definir un algo cultural es un ejercicio repulsivo, es limitar lo que (irónicamente: por definición) debería ser libre. ¿No ponen nervioso todos esos manuales sobre cómo escribir un guión, sobre la estructura de una novela, sobre los arquetipos de personajes, sobre lo que es y lo que no es una cosa y no otra, sobre las partes, los modos, los inescapables y los inexcusables? Por suerte, ha existido gente como Augusto Monterroso que, como hizo él en «Cervantes ensayista», puede decir con claridad lo que es un algo cultural concreto sin concretarlo y sin esclavizarlo a su definición. Liberándolo al mismo tiempo que lo enmarca.

Ensayo, sabe usted, un texto más o menos breve, muy libre, de preferencia en primera persona, sobre cualquier cosa, o acerca de equis costumbre o extravagancia de uno mismo o de los demás, escrito en tono aparentemente serio pero idealmente envuelto en un vago y ligero humor y, de ser posible, en forma irónica, y preferible si autoirónica, sin el menor afán de afirmar nada concluyente; y si de lo expresado en él se desprende cierta melancolía o determinado escepticismo respecto del destino humano, mejor; y si una digresión se desliza aquí o allá, mejor que mejor, pues la libertad de pasar de un punto a otro sin excusas ni rebuscamientos, y hasta de interrumpirse y olvidarse (o hacer como que uno se olvida) de por dónde va, puede ser lo que venga a dar al ensayo ese encanto parecido al que se desprende de una conversación inteligente; recurriendo a citas falsas, verdaderas o equivocadas, o invocando a amigos o señoras de sociedad que pueden existir en realidad o no; o declarando incapacidades auténticas o fingidas; y por lo común escrito con un estilo perfecto pero que no se note o incluso que hasta parezca descuidado, o redactado por alguien que está más preocupado por otros asuntos, como quien lo hace para cumplir un requisito que no puede eludir […]

Daño cerebral (Manifiesto parcialmente robado)

[Extracto de «Brain damage», incluido en City Life, de Donald Barthelme; la traducción es mía]

Oh hay daño cerebral en el este, y daño cerebral en el oeste, y en el piso de arriba hay daño cerebral, y en el piso de abajo hay daño cerebral, y en el salón de mi señora -daño cerebral. El daño cerebral está muy extendido. Apollinaire era una víctima del daño cerebral -recuerdas la fotografía, la venda en su cabeza, y los poemas… Bonnie y Clyde sufrían de daño cerebral en los últimos cuatro minutos de la película. Hay daño cerebral en el horizonte, un gran nubarrón grasiento del mismo viniendo haciendo aquí-

Y puedes esconderte debajo de la cama pero el daño cerebral está debajo de la cama, y puedes esconderte en las universidades pero son el cuerpo y el alma del daño cerebral- Daño cerebral causado por osos que ponen tu cabeza en sus espumosas fauces mientras estás cantando “Masters of War”… Daño cerebral causado por la revolución durmiente que nadie puede despertar… Daño cerebral causado por el arte. Podría describirlo mejor si no estuviera afectado por él…

Este es el país del daño cerebral, este es el mapa del daño cerebral, estos son los ríos del daño cerebral, y mira, esos sitios iluminados son los aeropuertos del daño cerebral, donde los pilotos dañados aterrizan las grandes, dañadas naves.

La Inmaculada Concepción provocó mucho daño cerebral en un tiempo, pero ya no. Un equipo de lipizzanos acaba de publicar una autobiografía. ¿Hay alguna razón para acusarlos de ya-sabes-qué? Y vi a una chica andando por la calle, estaba cantando “Me and my Winstons”, y yo también empecé a cantar, y eso nos protegió, por un momento, de algo terrible que podría haber pasado…

Y hay daño cerebral en Arizona, y daño cerebral en Maine, y pueblecitos de Idaho están en sus garras, y mi cielo azul está ennegrecido por él, daño cerebral cubriéndolo todo como un contrato irrompible-

Esquiando sobre la suave superficie del daño cerebral, que nunca se hundirá, porque no entendemos el peligro-

Y hay daño cerebral en España, y hay daño cerebral en Alicante. Pero sobre todo hay daño cerebral dentro de cada uno. Encadenado a nuestras cadenas de ADN. No podemos entenderlo y no podemos observarlo y no podemos destruirlo porque es parte de nosotros. Nosotros somos el daño cerebral. Acabará cuando nosotros acabemos, y no inmediatamente. La materia oscura choca a velocidades cósmicas produciendo las chispas que lo alimentan, y nosotros describimos esa materia oscura y nosotros la creamos y le otorgamos sus capacidades. El daño cerebral no está en el cerebro, está por todas partes. Somos devotos de la religión panteísta del daño cerebral, nos inmolamos por ella sin saberlo, y lo hacemos entre gritos si lo sabemos. Su color es el falso gris de las pantallas y el verdadero azul del mar y cielo. Su sabor el de mil clavos empapados en perfume barato, que crea desde dentro su olor, olor persistente que al ser constantemente percibido mantiene activa la conciencia del daño cerebral. Su tacto el de una tecla grasienta empapada en un sudor sin fruto. ¿A qué se parece? A todo, porque es todo, porque impone su estructura a todo lo que vemos. Lo visto y lo sugerido está filtrado por el daño cerebral, y ese sesgo no se puede eliminar. Porque no se quiere eliminar. El daño cerebral es causa y consecuencia del lavado cerebral, por eso es todo lo que queda. Cáscaras con el cerebro dañado, miles de millones de pequeñas vidas borboteantes que corretean con sus cientos de patas hibridadas por tierras húmedas y cementadas, sólo sienten y piensan con sus antenas metálicas, y el ligero zumbido que provocan al moverse ahoga la información que pudieran transmitir. El daño cerebral está en el aire, en forma de ondas de radio creadas por nosotros y que nunca salen al verdadero exterior, porque el aire no es más que daño cerebral. El daño es nato y permanente y no eterno, el cerebro es nato y orgánico y lee mediante rayos lumínicos. Relámpagos que cruzan la cultura dañada en su base desde su origen, sus truenos son el eco que resuena en el interior de la cabeza vacía dañada en sus paredes gomosas. Los ojos son espejos del daño cerebral. El daño deja de ser daño por ser estado genérico. No hay lucha contra él ni deseo de curarlo porque no es una enfermedad y porque sabemos que no se va a romper y esa es la única seguridad que nos permite ver el daño cerebral. Tenemos daño cerebral y queremos daño cerebral. Lesiones absolutas en un cerebro miniaturizado y desconectado. El daño cerebral me impide ser consecuente con el hecho de saber que todo esto estaba expresado mucho mejor y más sintéticamente en el texto del menos dañado Donald Barthelme. Menos dañado: sí, hay grados y sí, esa es la única esperanza.