99%

El análisis que hacen en South Park del Occupy Wall Street (y similares) es, por supuesto, terriblemente lúcido. South Park es, con diferencia, frente a tantas teleseries inanes o de apenas un par de ideas discretas repetidas hasta el infinito, frente a tantas teleseries que a través del entretenimiento y su capacidad de generar adicción consiguen disfrazar de respetabilidad su simpleza; South Park es, frente a tantos falsos profetas y productos de limitado interés, la mejor serie de televisión de la historia. Y sigue su marcha, siempre independiente, siempre brillante.

A partir de una alegoría, en la que los políticos hacen pagar al colegio al completo por los excesos de Cartman, tiran contra todos. Contra el 1%: es realmente culpable de lo que se le acusa. Contra los políticos: por su corrección política (la redundancia es inevitable), su debilidad, su dependencia de las apariencias; contra su tolerancia mal entendida. Contra los medios: siempre con intereses propios, siempre falseando la realidad, acomodados impunemente en el exceso. Contra el 99%: imitador de las fútiles maneras de la cultura dominante, conocedor de su posición de explotado y, a la vez, acomodado también en el exceso improductivo de ser clase media. Esto es un ataque contra la misma existencia del 99%: no sólo son minoría los que realmente salen a la calle y protestan, sino que sus acciones son inútiles por su autocomplacencia de clase media. ¿Realmente representan a un 99% de la sociedad, de verdad son sólo la punta del iceberg? ¿Todos son explotados y todos son críticos? ¿Tan simple y homogénea es la sociedad? Y ese 99%… ¿tiene siempre la razón? La gran crítica, como suele pasar en South Park, se dirige en el fondo contra la superficialidad, contra la retórica. Contra la sustitución de humanidad y valores por el abuso de palabras (o su equivalente: acciones significantes) vacías. Ninguno de los implicados es capaz de salir de sí mismo o de su hipotético grupo, nadie puede dejar de interpretar su papel. No importa que tengan o no razón: todos son incapaces de articular sus deseos. Porque no saben cómo hacerlo y porque desconocen sus mismos deseos. Sólo las oligarquías viven bien porque, aunque tampoco sepan lo que quieren, el dinero les permite vivir en la superficialidad y en la comodidad, que es hacia lo que automáticamente se dirigen todos. Nadie parece lograr conservar la dignidad. El pétreo e inexistente 99% no puede siquiera realizar un análisis adecuado e imparcial del mundo. Incapaz aún de superar la dialéctica de la lucha de clases (que aquí tiene lugar literalmente: se enfrentan los de 4º curso contra los de 5º curso), su maniqueísmo es admirablemente crítico pero no obtiene resultados, porque se autoengaña sin saberlo y, al no comprender ajustadamente la realidad, no puede actuar eficazmente sobre ella.

South Park vuelve a poner el dedo en la llaga y a apuntar a lo esencial: el gran problema no es económico, sino cultural y, si se me apura, moral.

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THE VOID: Ciencia y supervivencia

Una de las ventajas de la humildad asumida cuando uno hace una película del montón es que no te preocupa demasiado lo que piensen los demás. En las manos adecuadas, puede llevar a algún destello de sinceridad, sencilla pero de gran claridad. The void es una directa-a-vídeo que hace los deberes, sin pretensiones pero con conciencia de su propia dignidad. Su tema está muy visto: la ciencia fuera de control que puede terminar destruyendo la humanidad, o hasta el universo si se pone en medio. La mayoría de producciones no son más que rutinas hechas mecánicamente, aspirando a cobrar un cheque decente y alguna idea que pueda dar para una portada atractiva que llame la atención de algún incauto, o intentando cumplir los mínimos de entretenimiento suficientes para que un espectador no cambie de canal en una tarde ociosa. The void es todo eso, claro. La limitada y destajista industria a la que pertenece deja escaso margen. Pero tiene algo más: respeto. Por el espectador y por la ciencia. Ha habido un trabajo de investigación (tan sencillo que sorprende que no se haga siempre) para que lo que se presenta sea creíble. Las explicaciones sobre agujeros negros y aceleradores de partículas es no sólo verosímil, sino en buena medida incluso cierta. Nos cuentan, con unos años de antelación, la historia del terror que produjo la puesta en funcionamiento del CERN, cuando se pensaba que podría generar un pequeño agujero negro que se nos tomara de merienda. Esto no es (sólo) ciencia-ficción. Como bien se encarga la propia película de recordar, cuando se lanzó la primera prueba de la bomba atómica no estaba del todo claro el posible resultado. Algunos sospechaban que podría llegar a desencadenar una reacción de fusión en cadena del hidrógeno que incendiara la atmósfera y, en fin, nos mandara a todos a tomar por saco. Pero no quedaba otra: o se tenía la bomba, o los nazis ganaban. Y, como decía Karl Kraus: «Todo, pero no Hitler».

La historia que ofrece The void, realista bajo su capa de artesanal mediocridad, es incluso más terrorífica: que alguien se juegue el futuro del planeta no por esas necesidades heroicas, de las que de una forma o de otra depende la verdadera supervivencia de la humanidad, sino para satisfacer su orgullo personal o, hoy más creíble todavía, para conseguir brutales beneficios económicos o cualquier otro tipo de intento de lograr ventajas del inhumano sistema burocrático que rige el mundo occidental. El villano aquí es, como siempre, el bueno de Malcolm McDowell. La rigurosidad de su personaje deja que desear, pero el fondo del problema es ese y está más que bien tratado. ¿Hasta qué punto puede el hombre controlar la ciencia? Si la ciencia es un sistema falible, que lo es, ¿cuándo está moralmente justificado llegar hasta el final, cueste lo que cueste? El villano termina comprendiendo lo que se juega y su responsabilidad sobre ello y, finalmente, se redime de forma bastante razonable y no del todo ajustada al cliché. The void, por supuesto, no da respuestas (ni falta que le hace), pero la claridad y seriedad con la que expone estas grandes preguntas es difícil de encontrar en grandes producciones, más dadas al espectáculo, o en subproductos conformistas escritos por chimpancés, o incluso en un cine más artístico que, por desgracia, no suele interesarse por estos temas.

Karl Kraus: Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (IX)

5. MEMORIA

El mundo contemporáneo, capaz de tolerar los episodios registrados en esta obra, ha de posponer el derecho a reír al deber de llorar. [Los últimos días de la humanidad]

A Kraus le atormentaba, y no creo que sea un verbo exagerado, el hecho de que la humanidad no hubiera aprendido nada de la guerra. Cuando le hablaban de que el conflicto terminaría trayendo la paz, él lo entendía como una parodia de la paz perpetua kantiana.

-¿Quién mejor que usted ha visto cómo la humanidad se pudre en tiempos de paz? / -Y lleva su podredumbre a la guerra, se la contagia, deja que la corroa y vuelve a ponerla a salvo, incólume y aumentada, en la paz. [Los últimos días de la humanidad]

El rechazo a la memoria es la mayor infamia que la humanidad puede hacerse a sí misma. Se niega la dignidad a las víctimas, se reconoce implícitamente que murieron por nada. La guerra, para la humanidad perdida, sólo existe cuando se está desarrollando. Pero no volverá a suceder en el futuro, no se piensa en ello. Y sobre lo que ocurrió en el pasado se mira hacia otro lado, no hay culpables. ¿Hubo causas, hubo causantes? No, porque no sucedió. Y si alguien recuerda que sí que pasó, lo atribuye al azar. Pero, un buen día, la guerra y el sufrimiento latentes vuelven a materializarse:

Un pobre pueblo levanta, suplicando y conjurando, su mano derecha hasta el rostro, hasta la frente, a toda esta racha de mala suerte y desgracias: ¡Por cuánto tiempo todavía! ¡No durará tanto como la memoria de todos los que han padecido lo indescriptible que aquí ha sido hecho; como el recuerdo de cada corazón pisoteado, de cada voluntad quebrantada, de cada honor mancillado, de todos los minutos de felicidad robada a la creación, y de cada cabello mesado de la cabeza de todos aquellos que no han cometido otro crimen que el haber nacido! Durará hasta que se alcen los buenos espíritus de un mundo de hombres y se apliquen a la venganza. [La tercera noche de Walpurgis]

Cuando el pueblo vuelve a sufrir es cuando recuerda, pero ya es demasiado tarde y ellos quedarán también en el olvido hasta la próxima vez que ocurra. Se van acumulando las víctimas, permanecen en la memoria únicamente en el limbo; la única opción es sacarlos de allí y exponerlos cuando hay oportunidad. Y es lo que hacía Karl Kraus. O, al menos, lo que intentaba hacer, «pues ya la pluma se niega a describir tales cosas como lo pediría la memoria de todos aquellos mártires e incluso la de aquellos que han tenido simplemente la angustia de la muerte y la burla bestial del arma que se les metía por los ojos». Porque:

 Despertó aquel mundo, y se extinguió el verbo. [No se pregunte]

Karl Kraus: Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (VIII)

4. PRENSA

La prensa para Kraus es el espacio en el que muere el lenguaje. Es la dictadura del tópico y de la frase hecha, del desprecio al sentido correcto de las palabras. Como medio de masas, desde ella se extiende la fraseología a sus lectores, toda su amoralidad -o directamente inmoralidad- se transmite a la sociedad. La verdadera realidad no importa: la noticia es la realidad y «la vida es tan sólo una copia de la prensa». Pero el lector sufre progresivamente de tal empobrecimiento intelectual que ya ni siquiera es la noticia lo que importa, sino el titular, tomado como dogma: «El titular ya lo dice todo, toda la terrible realidad». Los medios de masas parecen ofrecer todo lo que ocurre en el mundo, y además de forma casi inmediata. Lo que hay en un periódico se toma por el conjunto de la realidad, o al menos por lo único que importa saber. No sólo esto es falso, sino que encima lo poco que registra la prensa es transmitido de forma manipuladora. Sintetizando:

Jamás ha habido, pese a tanto despliegue, tan poca comunión como ahora. Jamás ha sido el formato del mundo de tamaña pequeñez. La realidad tan sólo tiene las dimensiones de la crónica periodística que trata de darle alcance con nitidez jadeante. El mensajero, que añadía imaginación a los hechos, se ha colocado frente a ellos y los ha hecho inimaginables. [Los últimos días de la humanidad]

Como lugar por excelencia de mercantilización del lenguaje, la prensa ofrece al autor satírico vienés la metáfora central para un mundo donde todas las relaciones sustanciales quedan cada vez más amenazadas por la lógica de aparatos cada vez más anónimos, que están al servicio de la administración de las conciencias y usan el lenguaje y el discurso como instrumentos particularmente poderosos de regulación y de represión. (António Sousa Ribeiro sobre Karl Kraus, en Karl Kraus y su época)

¿Es la prensa el mensajero? No, es el acontecimiento. ¿Un discurso? No, la vida. [En esta gran época]

¿Cómo pueden los lectores de este reportaje de desenfrenos compadecerse de un viejo rabino torturado, si en la misma hoja se deja constancia de las delicias de un joven director general, llevando tras de sí la atención de los lectores? [La tercera noche de Walpurgis]

Los hechos se propagan antes de que se hagan.

No es que la prensa pusiera en marcha la maquinaria de la muerte […] pero nos socavó el corazón de tal modo que no pudimos ni imaginar lo que nos aguardaba: ¡por eso es culpable de esta guerra! [Los últimos días de la humanidad]

No me queda más remedio que inferir guerras y hambres del uso que la prensa hace de la Lengua, de la tergiversación de valores y sentidos, del vaciamiento y envilecimiento de todo concepto y contenido. [La tercera noche de Walpurgis]

Karl Kraus: Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (VII)

3. PROGRESO Y TÉCNICA

Kraus aborda constantemente el problema del progreso, adelantando las tesis de Horkheimer y Adorno (no en vano, seguidores de sus lecturas y de Die Fackel). Los avances técnicos no traen los avances morales. No generan un nuevo lenguaje, y tenemos que utilizar el mismo para algo que se encuentra más allá de nuestras posibilidades. La tecno-ciencia va más allá de la escala humana; incluso avanzan contra la misma humanidad. Los medios de comunicación de masas o las armas cada vez más potentes se instauran en nuestro mundo y tenemos que interactuar con ellos, hacer uso de ellos; pero nuestras herramientas son las mismas que antes. Es un poder que no podemos controlar. Un poder supeditado cada vez más a los intereses económicos, que se preocupan bien poco de la muerte provocada por sus inventos mientras sean fuente de desmesurados beneficios. El progreso deshumanizador utiliza a los medios como voceros omnipresentes, imposibilitando el razonamiento propio y, con ello, anulando la moralidad. Sin esta, las armas tienen el camino libre para llevar a la barbarie.

Lo que caracteriza a la técnica es que no es capaz de producir tópicos nuevos pero deja al espíritu humano en un estado en que no puede prescindir de los viejos. En esta dualidad de una vida cambiante y de una forma de vivir que viene de antiguo, vive y crece el mal del mundo.

La técnica y el romanticismo aunados […] fábula y química, ornamento y organización, imbecilidad y bestialidad emprendían hombro con hombro su innombrable ofensiva contra la dignidad humana.

El progreso ha subordinado el fin de la vida a los medios de vida y nos ha hecho accesorios de nuestros aparatos […] guarda su vida espiritual para la propaganda de sus mercancías.

Como la vida moderna se somete al concepto de cantidad, la cual ya ni siquiera se mide sino que está siempre ya alcanzada y a la cual no le queda finalmente otro remedio que engullirse a sí misma; como el evidente récord no admite dudas y la torturante totalidad ahorra cualquier intento de seguir calculando, la consecuencia es que nosotros, agotados de tanta plétora, no nos interesamos por el resultado y que en una época en que recibimos dos veces al día, en veinte repeticiones, incluso las impresiones de las impresiones de todas las nimiedades, la gran cantidad se descompone en destinos individuales que sólo los individuos perciben y de repente, hasta en lo más alto, la deseada muerte heroica se contabiliza como un destino cruel. [El progreso]

Vergüenza debería darle a una mentalidad científica que alardea de prótesis en vez de ser capaz de prevenir las fracturas óseas por principio. La ciencia que hoy pone vendas a las heridas tiene un nivel moral nada superior a la que inventó las granadas. A su lado, la guerra como poder moral no sólo se contenta con remediar los daños que ocasiona, sino que además lo hace con el fin de dejar nuevamente a la víctima lista para el combate. [Los últimos días de la humanidad]

¡Pues hasta esta guerra de máquinas, acabada en empate, nunca ha habido unos beneficios de guerra tan monstruosos; y vosotros, vencedores o vencidos, habéis perdido la guerra, que supone una ganancia para vuestros asesinos! ¡Para vuestros asesinos cobardes y técnicamente desarrollados, que sólo pueden matar y vivir a distancia del escenario de sus crímenes! [Los últimos días de la humanidad]

El progreso puede transformar a un campesino de Westfalia en un estraperlista berlinés, pero lo que no puede hacer es lo contrario.

Las experiencias genuinas se diluyen conforme tienden a medirse según modelos diseñados mercantilmente. […] El público encuentra en la frase una experiencia que le correspondía pasar a él.

El problema, que ya se hizo consciente en la Primera Guerra Mundial, es la simultaneidad de fraseología y armas, cosa que, por encima y más allá de todo agrupamiento de estadistas, confecciona la triple alianza de la tinta, la técnica y la muerte. [La tercera noche de Walpurgis]