Archivo mensual: noviembre 2011

99%

El análisis que hacen en South Park del Occupy Wall Street (y similares) es, por supuesto, terriblemente lúcido. South Park es, con diferencia, frente a tantas teleseries inanes o de apenas un par de ideas discretas repetidas hasta el infinito, frente a tantas teleseries que a través del entretenimiento y su capacidad de generar adicción consiguen disfrazar de respetabilidad su simpleza; South Park es, frente a tantos falsos profetas y productos de limitado interés, la mejor serie de televisión de la historia. Y sigue su marcha, siempre independiente, siempre brillante.

A partir de una alegoría, en la que los políticos hacen pagar al colegio al completo por los excesos de Cartman, tiran contra todos. Contra el 1%: es realmente culpable de lo que se le acusa. Contra los políticos: por su corrección política (la redundancia es inevitable), su debilidad, su dependencia de las apariencias; contra su tolerancia mal entendida. Contra los medios: siempre con intereses propios, siempre falseando la realidad, acomodados impunemente en el exceso. Contra el 99%: imitador de las fútiles maneras de la cultura dominante, conocedor de su posición de explotado y, a la vez, acomodado también en el exceso improductivo de ser clase media. Esto es un ataque contra la misma existencia del 99%: no sólo son minoría los que realmente salen a la calle y protestan, sino que sus acciones son inútiles por su autocomplacencia de clase media. ¿Realmente representan a un 99% de la sociedad, de verdad son sólo la punta del iceberg? ¿Todos son explotados y todos son críticos? ¿Tan simple y homogénea es la sociedad? Y ese 99%… ¿tiene siempre la razón? La gran crítica, como suele pasar en South Park, se dirige en el fondo contra la superficialidad, contra la retórica. Contra la sustitución de humanidad y valores por el abuso de palabras (o su equivalente: acciones significantes) vacías. Ninguno de los implicados es capaz de salir de sí mismo o de su hipotético grupo, nadie puede dejar de interpretar su papel. No importa que tengan o no razón: todos son incapaces de articular sus deseos. Porque no saben cómo hacerlo y porque desconocen sus mismos deseos. Sólo las oligarquías viven bien porque, aunque tampoco sepan lo que quieren, el dinero les permite vivir en la superficialidad y en la comodidad, que es hacia lo que automáticamente se dirigen todos. Nadie parece lograr conservar la dignidad. El pétreo e inexistente 99% no puede siquiera realizar un análisis adecuado e imparcial del mundo. Incapaz aún de superar la dialéctica de la lucha de clases (que aquí tiene lugar literalmente: se enfrentan los de 4º curso contra los de 5º curso), su maniqueísmo es admirablemente crítico pero no obtiene resultados, porque se autoengaña sin saberlo y, al no comprender ajustadamente la realidad, no puede actuar eficazmente sobre ella.

South Park vuelve a poner el dedo en la llaga y a apuntar a lo esencial: el gran problema no es económico, sino cultural y, si se me apura, moral.

THE VOID: Ciencia y supervivencia

Una de las ventajas de la humildad asumida cuando uno hace una película del montón es que no te preocupa demasiado lo que piensen los demás. En las manos adecuadas, puede llevar a algún destello de sinceridad, sencilla pero de gran claridad. The void es una directa-a-vídeo que hace los deberes, sin pretensiones pero con conciencia de su propia dignidad. Su tema está muy visto: la ciencia fuera de control que puede terminar destruyendo la humanidad, o hasta el universo si se pone en medio. La mayoría de producciones no son más que rutinas hechas mecánicamente, aspirando a cobrar un cheque decente y alguna idea que pueda dar para una portada atractiva que llame la atención de algún incauto, o intentando cumplir los mínimos de entretenimiento suficientes para que un espectador no cambie de canal en una tarde ociosa. The void es todo eso, claro. La limitada y destajista industria a la que pertenece deja escaso margen. Pero tiene algo más: respeto. Por el espectador y por la ciencia. Ha habido un trabajo de investigación (tan sencillo que sorprende que no se haga siempre) para que lo que se presenta sea creíble. Las explicaciones sobre agujeros negros y aceleradores de partículas es no sólo verosímil, sino en buena medida incluso cierta. Nos cuentan, con unos años de antelación, la historia del terror que produjo la puesta en funcionamiento del CERN, cuando se pensaba que podría generar un pequeño agujero negro que se nos tomara de merienda. Esto no es (sólo) ciencia-ficción. Como bien se encarga la propia película de recordar, cuando se lanzó la primera prueba de la bomba atómica no estaba del todo claro el posible resultado. Algunos sospechaban que podría llegar a desencadenar una reacción de fusión en cadena del hidrógeno que incendiara la atmósfera y, en fin, nos mandara a todos a tomar por saco. Pero no quedaba otra: o se tenía la bomba, o los nazis ganaban. Y, como decía Karl Kraus: «Todo, pero no Hitler».

La historia que ofrece The void, realista bajo su capa de artesanal mediocridad, es incluso más terrorífica: que alguien se juegue el futuro del planeta no por esas necesidades heroicas, de las que de una forma o de otra depende la verdadera supervivencia de la humanidad, sino para satisfacer su orgullo personal o, hoy más creíble todavía, para conseguir brutales beneficios económicos o cualquier otro tipo de intento de lograr ventajas del inhumano sistema burocrático que rige el mundo occidental. El villano aquí es, como siempre, el bueno de Malcolm McDowell. La rigurosidad de su personaje deja que desear, pero el fondo del problema es ese y está más que bien tratado. ¿Hasta qué punto puede el hombre controlar la ciencia? Si la ciencia es un sistema falible, que lo es, ¿cuándo está moralmente justificado llegar hasta el final, cueste lo que cueste? El villano termina comprendiendo lo que se juega y su responsabilidad sobre ello y, finalmente, se redime de forma bastante razonable y no del todo ajustada al cliché. The void, por supuesto, no da respuestas (ni falta que le hace), pero la claridad y seriedad con la que expone estas grandes preguntas es difícil de encontrar en grandes producciones, más dadas al espectáculo, o en subproductos conformistas escritos por chimpancés, o incluso en un cine más artístico que, por desgracia, no suele interesarse por estos temas.

Karl Kraus: Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (IX)

5. MEMORIA

El mundo contemporáneo, capaz de tolerar los episodios registrados en esta obra, ha de posponer el derecho a reír al deber de llorar. [Los últimos días de la humanidad]

A Kraus le atormentaba, y no creo que sea un verbo exagerado, el hecho de que la humanidad no hubiera aprendido nada de la guerra. Cuando le hablaban de que el conflicto terminaría trayendo la paz, él lo entendía como una parodia de la paz perpetua kantiana.

-¿Quién mejor que usted ha visto cómo la humanidad se pudre en tiempos de paz? / -Y lleva su podredumbre a la guerra, se la contagia, deja que la corroa y vuelve a ponerla a salvo, incólume y aumentada, en la paz. [Los últimos días de la humanidad]

El rechazo a la memoria es la mayor infamia que la humanidad puede hacerse a sí misma. Se niega la dignidad a las víctimas, se reconoce implícitamente que murieron por nada. La guerra, para la humanidad perdida, sólo existe cuando se está desarrollando. Pero no volverá a suceder en el futuro, no se piensa en ello. Y sobre lo que ocurrió en el pasado se mira hacia otro lado, no hay culpables. ¿Hubo causas, hubo causantes? No, porque no sucedió. Y si alguien recuerda que sí que pasó, lo atribuye al azar. Pero, un buen día, la guerra y el sufrimiento latentes vuelven a materializarse:

Un pobre pueblo levanta, suplicando y conjurando, su mano derecha hasta el rostro, hasta la frente, a toda esta racha de mala suerte y desgracias: ¡Por cuánto tiempo todavía! ¡No durará tanto como la memoria de todos los que han padecido lo indescriptible que aquí ha sido hecho; como el recuerdo de cada corazón pisoteado, de cada voluntad quebrantada, de cada honor mancillado, de todos los minutos de felicidad robada a la creación, y de cada cabello mesado de la cabeza de todos aquellos que no han cometido otro crimen que el haber nacido! Durará hasta que se alcen los buenos espíritus de un mundo de hombres y se apliquen a la venganza. [La tercera noche de Walpurgis]

Cuando el pueblo vuelve a sufrir es cuando recuerda, pero ya es demasiado tarde y ellos quedarán también en el olvido hasta la próxima vez que ocurra. Se van acumulando las víctimas, permanecen en la memoria únicamente en el limbo; la única opción es sacarlos de allí y exponerlos cuando hay oportunidad. Y es lo que hacía Karl Kraus. O, al menos, lo que intentaba hacer, «pues ya la pluma se niega a describir tales cosas como lo pediría la memoria de todos aquellos mártires e incluso la de aquellos que han tenido simplemente la angustia de la muerte y la burla bestial del arma que se les metía por los ojos». Porque:

 Despertó aquel mundo, y se extinguió el verbo. [No se pregunte]