Archivo mensual: noviembre 2013

EL EMPLEO DEL TIEMPO: El desempleo como fantasía masculina

No recuerdo haber visto un anuncio de coches protagonizado por una mujer. Si los hay, serán minoría, como los de productos de limpieza protagonizados por hombres. O habrán sido ignorados por un filtro perceptivo que se me ha implantado culturalmente desde pequeño: si es sutilmente distinto a las expectativas dominantes, recuérdalo como si hubiera sido como todos los demás.

El empleo del tiempo

El coche funciona como un símbolo masculino. Más aún: como un refugio masculino. Quizá el único. Una de las grandes obras de nuestro zeitgeist, El empleo del tiempo (L’emploi du temps, Laurent Cantet, 2001), captura esa sensación del coche como válvula de escape que permite soportar el resto de la vida. De la vida masculina, que es la que todavía parece identificarse con la auténtica vida trabajadora y estresada. ¿Las mujeres no trabajan? Claro, pero podrían no hacerlo. El hombre no puede elegir. Por eso, vive su coche como su verdadera vida. Su felicidad está en él, porque en él están sus únicas opciones de soledad y de libertad. Sólo en una cabaña en mitad de los Alpes suizos pueden experimentarse esas dos cosas con la misma intensidad que conduciendo solo. El resto del tiempo sólo hay trabajo, trabajo y trabajo; el tiempo del empleo no se emplea en nada. El sistema productivo está muy bien montado, porque para ir a trabajar tienes que ir en coche. Así, en la propia tortura está incrustado el alivio. La rutina es antihumana, insoportable, y esas pequeñas dosis de conducción salvífica pueden dar las fuerzas necesarias para seguir, pero también muestran cada día que hay otra vida posible. Que es posible ser feliz haciendo algo. El hombre actual vive una vida dañada y la cura artificial, interna al sistema, no es efectiva eternamente.

El protagonista de El empleo del tiempo se convierte en un adicto a esos momentos de felicidad diaria, tanto que abandona su responsabilidad y decide entregarse a ellos. Se entrega a su coche, su amor. Duerme en él como si durmiera con él. Canta a gritos por la autopista con una sonrisa sincera y una mirada resucitada, la única posibilidad de desinhibición que conoce. Conduce por una carretera local, compite contra un tren, lucha para adelantarle con una pasión que sólo tuvo cuando era niño —cuando era un niño 100% e indudablemente masculino, que vestía de azul y jugaba con coches—. Aquí está el secreto de la poesía que esconde el plano de John Ford, aquel en el que una diligencia se ve puesta en paralelo con un grupo de caballos indios. Son una amenaza, pero también una alegría, porque le permiten darse cuenta de su velocidad, calibrarla en unidades de medida de vitalidad. De la misma manera, el coche se percibe en movimiento junto al tren. Al contrario que en la oficina, donde todo es estatismo. Es preferible una carrera hacia ningún sitio (¿incluso hacia la muerte en un accidente por conducción temeraria?) que estar plantado en una vida estable, con el objetivo claro de ser feliz. Un objetivo tan claro como inalcanzable, sobre todo cuando día a día se siente lo que es la verdadera felicidad y se sabe que está en el coche.

La paradoja es que para comprarse un coche un hombre debe trabajar. Se puede conseguir de otras formas, engañando o robando, pero reconozcamos que la mayoría de gente tiene escrúpulos sobre eso y por ello suele terminar peor de lo que empezó. Por otro lado, cuando un hombre se da cuenta de que el coche es su felicidad, ya lleva bastante tiempo trabajando y tiene dinero suficiente. Su virilidad se ha activado conduciendo, viendo anuncios de coches. Su virilidad se ha anulado en un trabajo despersonalizado y que no tiene nada que ver con él. Ya tiene el coche y no necesita trabajar más. Sí, los ahorros que le queden cuando abandone su empleo no le durarán más que unos meses. Pero ¿no es preferible disfrutar al máximo de esos meses que pudrirse en una oficina durante veinte o treinta años más? ¿No es mejor conducir hasta que se acabe la gasolina? ¡Alguien te recogerá, se solucionará, vivimos en Europa!

Hay que darse cuenta de que, para la mayoría de la gente, el suicidio no es una opción, ni siquiera se les ocurre. Cuando todo se vuelve insoportable, la única salida es la huida hacia delante. It’s better to burn out than to fade away. La autodestrucción, como casi todo lo que implica una decisión vital fuerte o una cierta profundidad y reflexividad de pensamiento, es presentada casi siempre por la industria cultural en términos masculinos. El desempleo voluntario es el gran arquetipo autodestructivo de nuestra época. Cuando todo va mal, cuando no se aguanta más la realidad, las fantasías toman el control. La fantasía es estar desempleado para poder conducir libremente, para conducir durante horas hasta Suiza dos veces por semana o para tomar o no tomar el desvío que tienes que tomar o no tomar. No es una fantasía sexual, porque el amante es el coche y ahí no hay carencias. La mujer no puede fantasear con el desempleo, porque su fantasía era el trabajo.

El empleo del tiempo 2

Llama la atención que, una vez ha decidido entregarse a una espiral de autodestrucción y satisfacción de los deseos, el protagonista de El empleo del tiempo no busque prostitutas. Pero es que no lo necesita, porque su pulsión no es sexual. Es simplemente vital. Es la necesidad de sentirse vivo, más importante que el sexo en la jerarquía de necesidades. Es la necesidad básica en nuestras sociedades capitalistas. Para el hombre, esa falta se llena con la soledad, que sólo puede tener en su coche y que sólo puede compartir con él. Para la mujer… bueno, sólo tiene necesidades cuando el hombre se da cuenta de que está frustrada. O clínicamente deprimida, como la esposa del protagonista de El empleo del tiempo. Ella siempre está en el asiento del copiloto y nunca sabe adónde le lleva su marido, que cambia de ruta sobre la marcha. Le pregunta pero él no le contesta. Él dice que quiere darle una sorpresa, pero en realidad lo que quiere es dominarla. Eso no le sirve a la esposa, claro. Además, ella no conduce. ¿Cómo puede ella salir del agujero? El marido le dice que tendría que ver a más gente, quizá mudarse a una ciudad más grande. Ella ya le había dicho eso muchas veces, que así se sentiría mejor, pero él no la había escuchado. Estaba pensando en qué CD se iba a llevar al coche mañana por la mañana. Estaba imaginando que no tomaría la salida de la oficina y seguiría 45 kilómetros más, hasta la siguiente comarca. Donde están los ríos y las mujeres visten trajes tradicionales para los turistas.

La catástrofe de Canal 9

rtvv

1) La justificación: Dice Alberto Fabra, y con él todo el PPCV, que tienen que cerrar RTTV. El argumento es que, si no lo hacen, no podrán pagar servicios sociales básicos y tendrían que cerrar hospitales y colegios. Dice que duele mucho, pero el pueblo tiene que entender que un gobierno tiene que priorizar el gasto. Sin embargo, no hace tanto, este mismo gobierno derrochaba cientos de millones de euros en grandes eventos, como la Fórmula 1, o infraestructuras elefantiásicas, infrautilizadas y probablemente innecesarias, como la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, la Ciudad de la Luz en Alicante o el célebre Aeropuerto de Castellón. Y ese dinero no lo derrochaban porque las necesidades básicas estuvieran cubiertas. No. Se gastaban cientos de millones de euros en eso AL MISMO TIEMPO QUE miles de niños estudiaban en barracones, AL MISMO TIEMPO QUE las listas de espera en ambulatorios y hospitales se disparaban. Eso incluso antes de la crisis, que ahora les sirve como excusa para todo. Hay que recordar los presupuestos de la época de bonanza, para demostrar que ni siquiera entonces, cuando en apariencia sobraba el dinero, invertían en servicios sociales básicos. Al contrario: ya entonces los destruían. ¿Dónde estaba la prioridad? He ahí su verdadero programa.

2) La manipulación: Es cierto que los informativos de Canal 9 y Radio 9 han sido vergonzosamente manipuladores. RTTV ha sido una institución completamente plegada al poder político, eso es indiscutible. Pero su manipulación no era del tipo más terrible, sino que funcionaba por omisión y por exageración. Por un lado, los informativos omitían, disimulaban o despachaban a toda prisa cualquier noticia negativa para el PPCV o el PP nacional. Por otro, cantaban las glorias de los políticos dirigentes, con el mismo pudor que los periodistas que narraban la inauguración de pantanos por el Caudillo. Sin embargo, digo que la manipulación no es tan terrible porque, en general, era más defensiva que agresiva. Yo tuve un shock inmenso cuando pude ver TeleMadrid el año pasado, al comprobar que era una hermana gemela de Intereconomía, con programas y tertulias enfocados por completo a desprestigiar, o directamente insultar, a la oposición y a elementos subversivos y radicales como los sindicatos. Eso no se puede aceptar en un servicio público. Canal 9 fue algo más elegante en su manipulación informativa, hay que reconocérselo. Claro que el PSPV no necesita ser hundido desde fuera, se machaca a sí mismo. Por otro lado, es muy curioso cómo, en las últimas 24 horas, Canal 9 se ha convertido en un canal de extrema izquierda y apología del sindicalismo. ¿Veremos lo mismo en Intereconomía o la tele española no se merece una comedia tan buena?

3) La llengua: RTTV ha sido un símbolo de la defensa de la llengua valenciana, pese a su sistemática lucha contra ella. En Ràdio 9 no han tenido más remedio que mantenerla; en los canales de la tele, su presencia ha ido disminuyendo mucho con los años. Esto no ha sido casualidad, claro. La derecha valenciana defiende que el valenciano es una lengua diferente al catalán, algo tan absurdo como si crees que el español de Valladolid y el de Sevilla son idiomas distintos. Sin embargo, el PPCV se ha empeñado en esta separación para alejar la identidad valenciana de la catalana, cuyo nacionalismo ha sido siempre mucho más militante y mayoritario. Es una burda estratagema política. Ellos saben bien que valenciano y catalán son dos dialectos, pero una misma lengua. Un profesor de lingüística nos contaba que un amigo suyo era amigo de Zaplana. Un día, le echó en cara al político esa insistencia irracional en considerar el valenciano como una lengua distinta del catalán, algo aceptado por cualquier filólogo o persona sensata del mundo. Zaplana le dijo: “¿Crees que soy tonto? Claro que lo sé. Pero tú en tus clases di lo que tienes que decir, déjame a mí decir lo que toca en mi trabajo”. En los últimos tiempos, se ha ido modificando con creciente violencia la guía lingüística de RTTV, obligando a redactores y presentadores a utilizar palabras muy castellanizadas o, sencillamente, distintas a las catalanas. Todo con ese objetivo cínico (o incluso ignorante) de hacer parecer al valenciano una lengua y al catalán otra. “Si la realidad no te conviene, invéntate otra; siempre habrá quien se la trague”, parece ser el lema apócrifo del PP. Para disminuir las posibilidades de contaminación catalanista, hace algunos años el gobierno del País Valencià llegó a prohibir la difusión de TV3 en la Comunidad, alegando excusas sobre permisos de emisión. Eso es, literalmente, cercenar por motivos políticos la libertad de acceso a la información pública, un movimiento que no es otra cosa sino antidemocrático.

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4) La importancia de las teles autonómicas: La llengua valenciana tiene que tener un espacio público, y no sólo para ayudar a su difusión y supervivencia. También por pragmatismo, porque es la primera lengua para muchísima gente, ciudadanos que no tienen otra opción de acceder a contenidos en su idioma (a diferencia de los castellanoparlantes, para quienes es enriquecedor escuchar otra lengua). Son cosas que los que viven en regiones no bilingües, como los madrileños, a menudo no entienden bien. Pero, en el debate sobre si las teles autonómicas son necesarias, creo que la clave es otra. Y es que un medio de comunicación autonómico es la única forma de enterarse de información regional y local. Los canales nacionales son en la práctica casi teles locales de Madrid, que obvian o minimizan la mayoría de las cosas que ocurren fuera de la capital. A la gente que no vive en Madrid, que sigue siendo casi toda la sociedad española, le suelen importar poco esas informaciones inútiles para ellos. Sin embargo, les interesa mucho lo que sucede en su ciudad, en su comarca, en las provincias compañeras. Porque es lo que afecta directamente a sus vidas durante buena parte del tiempo. Es una información que sólo dará en profundidad una tele autonómica, dedicada en exclusiva a ello; no basta con las breves desconexiones territoriales de un canal estatal. Pese a las críticas, Canal 9 nunca ha dejado de producir contenidos de calidad en este sentido (ya hemos hablado de su vergonzosa información política). Por ejemplo, un programa como Trau la llengua es de lo mejor que se puede ver en cualquier tele, por su frescura y cercanía, por su apasionada difusión de la llengua, de la cultura regional y de cotidianidades invisibles en los medios. Y no es el único caso: Canal 9 también hace (hacía…) una buena labor informando sobre el campo y el mundo rural, visibilizando a esos colectivos tan grandes como ignorados, pero también dándoles contenidos relevantes sobre y para su vida que no pueden encontrar en otra parte. Yo he aprendido muchísimo sobre mi comarca y mi comunidad viendo Canal 9. En cierto sentido, y aunque suene un poco triste, una tele autonómica puede suplir el desconocimiento del campo que tienen la mayoría de los que viven en ciudades, cosas que antes se descubrían de forma natural o a través de los abuelos y ahora, simplemente, ni se saben ni interesan. Que no se confunda esto con un “¡Qué tiempo tan feliz!”. Canal 9 es una parte importante de la educación sentimental global de los que hemos crecido viéndola. Podíamos comparar sus infames doblajes de Bola de drac con las maravillosos de TV3, lo que, ya desde niños, nos daba una primera perspectiva de la miserable calidad del compromiso cultural del País Valencià. Pero, sobre todo, nos ha dado una identidad propia, unos referentes que sólo podemos compartir con gente de aquí. Una identidad inofensiva y sana. Lo dicho: ¡pura educación sentimental! Sin la tele autonómica (y sin TV3), los alicantinos, los valencianos y los castellonenses sólo podríamos hablar de las entrevistas que hacen a madrileños en las calles y platós de Madrid. Y no de Joan Monleón o el Babalà.

5) La responsabilidad: ¿Quién tiene la culpa de la catástrofe? Obviamente, el PPCV. Este artículo que publicó El País el año pasado lo explicaba muy bien. Pero no sólo ellos. También los ciudadanos que una y otra vez les votaron pese a lo que estaban haciendo (muchos ahora lloran), además de los pasivos (categoría en la que, por desgracia, estrictamente entraríamos casi todos). Pero, además, son culpables los propios trabajadores de RTTV, que han sido colaboracionistas durante años; me refiero sobre todo a los de los informativos. Hasta cierto punto, es injusto criticarles sin haber estado en su pellejo, uno no sabe cómo habría reaccionado en su situación. Hay que reconocer que, en los últimos tiempos, y con el pescado vendido, han ido creciendo las críticas públicas desde dentro. Pero los argumentos con los que justifican su comportamiento son EXACTAMENTE los mismos que los de los nazis: es que me lo mandaban. Ni siquiera eso, ni siquiera dicen: “lo hacía porque me lo mandaban”. Dicen: “lo mandaban”. La primera persona se esfuma. No tiene nada que ver. Ellos no estaban allí y, si estaban, era como máquinas, como robots que escribían y leían mecánicamente, sin saber lo que hacían ni decían. Un texto que acaba de publicar una reportera de Canal 9 me parece particularmente esclarecedor. Es una barbaridad porque cuenta algunas de las incontroladas prácticas de manipulación de la cadena, sin nada que envidiar a aparatos soviéticos con los que últimamente se empieza a comparar al PP. Pero es una barbaridad también como testimonio, como prueba de que no sólo los políticos echan la culpa a otros, sino que todos lo hacemos en este santo país. La autora del texto dice cosas que ningún Nuremberg le perdonaría: “un día empiezas a sentir vergüenza de trabajar para ellos” (y antes de ese día, ¿qué? Peor aún: ¿y después?); “Ahora se termina. Injustamente. Pero lo ganaron a pulso” (¿”lo ganaron”? ¿ellos solos? ¿y los redactores, locutores, votantes, ciudadanos pasivos? Aunque se nos olvida, y tenemos motivos para ello, los políticos no son los únicos responsables de todo lo malo). De nuevo, insisto en que es complicado hablar desde fuera, sin miedo a perder el trabajo y demás. Pero ¿tan difícil era filtrar a la prensa nacional aquellas prácticas?

[En la antivalencianista Alicante, un cántico local habitual en manifestaciones, fiestas o eventos deportivos dice así: ♪ “Canal Noou, Canal Noou, Canal Nooou… Canal Noou, Canal Noou, Canal Nooou… Canal Noou, Canal Noou, Canal Nooou… HIJOS DE PUTA, Canal Noou…” ♫ . ¿Qué haremos ahora sin nuestro querido enemigo? ¿Tendremos que sustituir los cánticos por cantares de alabanza y leyenda? ¡Eso no puede pasar! ¡Canal 9 debe vivir!]