Mis películas del 2014

Aunque no he visto demasiadas películas en 2014 (en comparación con otros años, no con otras personas…), al final me he animado a repetir el ejercicio que inauguré en 2013 y elegir las que más me han gustado, con la intención de descubrirle algo a alguien y de jerarquizar inventario para hacer balance personal. Las 20 películas han sido escogidas sin más criterio que el de haberme vuelto loco durante y después de su visionado, además de haberlas visto por primera vez en 2014. No incluyo series, pero este año me he reconciliado con ellas: nada en una pantalla me ha apasionado tanto durante 2014 como The Leftovers, y he devorado Breaking Bad, disfrutado Juego de tronos, quedado fascinado por True Detective.

En el exilio, liberado del mundillo del cine y de la crítica de cine, he dado rienda suelta a mis propias filias y pasiones, sin seguir la corrección histórico-estética ni la tiranía de la actualidad, sin apenas escribir sobre cine, ni siquiera pensar en escribir sobre cine. Dicho de otro modo, me he pasado por el forro lo-que-hay-que-ver y he dedicado mis (relativamente) escasas horas de cine de 2014 a lo-que-me-da-la-gana-ver, sin complejos. Esto es lo que ha dado de sí mi criterio desbocado, aquí están mis 20 películas del 2014, de menos a más.

20. Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014)

Open Windows

19. Tokyo.Sora (Hiroshi Ishikawa, 2002)

Tokyo.Sora

18. Last Train Home (归途列车, Lixin Fan, 2009)

Last Train Home

17. Carga maldita (Sorcerer, William Friedkin, 1977)

Carga maldita

16. Rigor Mortis (殭屍, Juno Mak, 2013)

Rigor Mortis

15. El desierto rojo (Il deserto rosso, Michelangelo Antonioni, 1964)

El desierto rojo

14. El planeta azul (Il pianeta azzurro, Franco Piavoli, 1981)

El planeta azul

13. That Demon Within (魔警, Dante Lam, 2014)

That Demon Within

12. Así en la Tierra como en el Infierno (As Above, So Below, John Erick Dowdle, 2014)

Así en la Tierra como en el Cielo

11. Why Don’t You Play in Hell? (Jigoku de naze warui?, Sion Sono, 2013)

Why Don't You Play in Hell

10. Deseos humanos (Human Desire, Fritz Lang, 1954)

Deseos humanos

9. Wolf Creek 2 (Greg McLean, 2013)

Wolf Creek 2

8. At Sea (Peter Hutton, 2007)

At Sea

7. The Grandmaster (一代宗師, Wong Kar-wai, 2013)

The Grandmaster

6. Despertar en el infierno (Wake in Fright aka Outback, Ted Kotcheff, 1971)

Despertar en el infierno

5. Oculus (Mike Flanagan, 2013)

Oculus

4. The Raid 2: Berandal (Gareth Evans, 2014)

The Raid 2

3. On the Occasion of Remembering the Turning Gate (Saenghwalui balgyeon, Hong Sang-soo, 2002)

On the Occasion of Remembering the Turning Gate

2. Threads (Mick Jackson, 1984)

Threads

1. Du côté d’Orouët (Jacques Rozier, 1973)

Du côté d'Orouët

¿A qué huelen las cucarachas?

cucarachas

Las cucarachas huelen a paja seca, a aglomerado de virutas de serrín compactas como el que terminó siendo toda la materia interna de aquel ciervo volante que capturé en Asturias cuando tenía diez años y terminó momificado en vida después de habitar una caja de zapatos durante una semana.

Huelen a patitas con espinas y dos o más ángulos, extremidades cortadas por su único depredador lógico a entender del hombre: una rata en mitad de la noche. Las patitas son abandonadas sobre la lavadora y son confundidas al día siguiente con el hilo de lana del jersey nuevo (estamos en noviembre).

Las cucarachas huelen a luz recién encendida. En su defecto, hieden aún más fuerte a sombra invisible innombrable en la oscura negrura de brea tenebrosa que inspiraba a Lovecraft.

A medio bote de insecticida vaciado con el mismo oportunismo exacerbado con el que un policía vacía gas pimienta en la cara de un occupier. Oportunismo porque es una rara oportunidad para vaciar con violencia algo sobre algo pasivo, el deseo que ocupa mañanas y tardes de forma subrepticia y, en especial y en abierto, noches y despertares a media madrugada. Este deseo tiene el mismo hábitat que las cucarachas.

Las más grandes y menos pulidas huelen a trópico y a exilio, al barco que tomaste para huir del país y que en realidad fue un avión, pero no lo recuerdas bien porque allí no había nada vivo y prefieres pensar que viniste un par de pisos más arriba del ataúd de Drácula. En el avión no hay cucarachas, ni misterio, ni vida, ni aroma de huida. Solo azafatas y pasajeros.

Todas huelen a película de ciencia-ficción de la Guerra Fría, son un eco de violencias apagadas que esperan en las tuberías de la civilización para volver a tomar el control mediante el miedo.

Apestan a vómito siempre contenido, a hedor imaginado, a barro nunca visto en el que viven y crecen larvas inocentes, calladas, instruidas para sufrir un genocidio en sus cuerpecitos anillados.

Huelen a ausencia de género y a intersexualidad depurada, a coito de libro de biología, a vejiga deshidratada, diseccionada.

Huelen como el barniz de miel o azúcar líquido que recubre su piel dura, vuelta del revés, con la bilis haciendo el papel de los poros.

Las cucarachas huelen a grito mudo, a millones de patas correteando sobre la superficie limpia de la cocina sin hacer un solo ruido, sin despertarte mientras duermes. Si cobras vida a la hora de los espíritus es por culpa de pesadillas que nada tienen que ver con ellas. Ellas te esperan en la cocina de camino al aseo para pavonearse de que no las puedes oír, están orgullosas de no causarte pesadillas y, a la vez, de ser por sí mismas una pesadilla independiente de ti, fuera de ti, lejos de ti, de tu poder como humano gigantesco y seguro de tu fuerza sobre ellas.

Huelen a miles de hijos que crecen en el agua sucia llena de migas de pan entre tu pared y la del vecino, familias completas de crustáceos terrestres que sobreviven en el espacio prestado por esos artrópodos silenciosos llamados cucarachas.

Las cuales huelen tu miedo y deciden bailar con él como si danzaran con el diablo bajo la luz de la luna.

LA VOZ DE SU AMO (Libros que cambiaron el mundo, 4)

[De la serie Libros que cambiaron el mundo]

La ciencia no es una mentira. Tampoco es del todo verdad, pero es lo único que tenemos que se parece a la verdad. La ciencia no nos asegura cómo son las cosas, pero sí puede decirnos cómo y cómo no funcionan. Eso no es poco mérito. La ciencia contemporánea es infalible en un buen número de cosas, y esto es incontestable incluso por sus (demasiado a menudo analfabetos en estos temas) críticos. Algo que se le da muy bien es destapar y señalar mentiras e imposibilidades del mundo físico y matemático. Y si, hoy por hoy, la ciencia no puede demostrar lo contrario, cierta mentira que prueba como tal es una mentira y cierta imposibilidad que prueba como tal es una imposibilidad. Por otro lado, no hay que olvidar que la ciencia es un add-on del conocimiento humano, que es el que establece los conceptos de mentira e imposibilidad y, por definición, ella no tiene la capacidad para alterarlos por sí misma. Sin embargo, sus resultados o falta de resultados sí pueden ser interpretados de tal forma que subviertan las categorías previas, sobre todo las de verdad, armonía y capacidad humana. Aunque, a cambio, tras la ruptura de las categorías previas solo queda el vacío. La nada. La confusión total y, por eso, ofuscadora, no creativa. La evidencia de infinitas limitaciones humanas que, irónicamente, solo se desvelan como tales gracias a las infinitas potencias humanas.

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La herramienta científica rompe los límites impuestos por las formas que admite el conocimiento humano. Stanislaw Lem dedicó buena parte de su obra a probarlo, pero nunca con tanta profundidad como en La voz de su amo. Es un ensayo de epistemología humanista disfrazado de novela de ciencia-ficción, en la que la ciencia es incapaz de descifrar un posible mensaje que ha sido captado del espacio exterior. De hecho, ni siquiera puede confirmar si es un mensaje o una improbabilidad que parece un mensaje. Científicos dedican años a un trabajo imposible, mientras Lem disfruta, con sadismo y pena, evidenciando la futilidad de su esfuerzo. Hay cosas que, sencillamente, no se pueden entender. Está bien insistir, así se avanza y el ser humano se realiza como tal. Pero el fin es inalcanzable y el científico, el humano, termina por entender que el medio, o lo que se hace con él, es lo único que hay. Y que eso ya está bastante bien.

lavozdesuamo2Con Lem he aprendido muchísimas cosas en los últimos 17 años, pero la más importante es esta. Es la misma que está en la razón de ser en la crónica de los fracasos de la solarística de Solaris, aunque en La voz de su amo alcanza aún mayores cotas de brillantez y complejidad. En estos dos libros me expuse por primera vez a dos nociones fundamentales para mí, la aporía y la incomensurabilidad, que más tarde tuve la suerte de desmenuzar en varias asignaturas de la carrera con un profesor experto en ellas, obsesionado con ellas. En la vertiente concreta de la inconmensurabilidad que le interesa a Lem, la ciencia no llega a todo, pero no tanto por sus limitaciones, sino por las de su creador. El monstruo puede ser más listo que Victor Frankenstein, pero solo en sus mismos términos, dentro de sus mismas categorías. Si las desborda, o si genera nuevos mundos que las desbordan, nada garantiza que el creador de la herramienta pueda alcanzar a comprender sus efectos. La ciencia permite oír una regularidad que parece un mensaje del espacio, el científico no puede hacer nada con él, más allá de ponerle un frágil nombre que está a punto de venirse abajo a cada acercamiento. A cambio, de manera inexorable, descubre algo clave: aprende a aceptar que no sabe qué hacer con él.

Tal vez décadas o siglos de nuevas herramientas logren desvelar si es un mensaje y, en ese caso, entenderlo un poco; o quizá se consiga explicar qué leches es Solaris o si es un quién. Sin embargo, lo más importante de todo esto es que es probable que nunca se entiendan ciertas cosas, en sus propios términos y ni siquiera en términos humanos. La realidad es tozuda y se hace la dura, no porque le apetezca sino porque es dura. Tanto, que en muchos casos es en verdad impenetrable. La ciencia es profeta de la armonía en la repetición de patrones, cuando descubre que una coraza de la realidad no era tal y se puede desarmar, partir y comprender; pero es, a la vez, profeta de la inconmensurabilidad y la inarmonía, cuando su insistencia prueba que es imposible hacer converger cierta realidad innegable con las categorías del ser humano. Más aún: que, quizá, cualquier cosa que la ciencia trata es, en último término, imposible de comprender. Lo que no significa que no tenga sentido, porque entender y explicar su función o su verdad o mentira es el mayor, el más inequívoco de los sentidos a los que se puede aspirar, es epistemología convertida en ontología. Y, sea esto un sentido o no, las afirmaciones o negaciones epistemológicas niegan el relativismo, precisamente, al demostrar que es verdad que hay diversas realidades diferentes y variables y que pueden intercalarse sin tocarse.