Quien te lee

Esa persona que se ha levantado hoy antes que tú y ha desayunado hecho caca puesto demasiada colonia. O no suficiente. La que se acaba de duchar porque no se duchó anoche, cuando llegó a casa cubierta de invisible sustancia urbana y habiendo abandonado la lectura de un libro en el metro, tras una página, diciéndose que estaba cansada; o que es que tenía que mirar una pantalla. Necesitaba mirar su pantalla, la que no era el libro.

La persona que a lo largo del día ha dado vueltas a lo mismo en su cabeza, la que lo consultó con alguno de sus mejores amigos oficiales, con su madre, con su pareja; tal vez contigo (quizá solo es porque te conoce). Aunque no esperaba que nadie le aportara ninguna solución y se conformó con que la escucharan. Es tan insuficiente el simplemente ser.

Hoy ha bebido litro y medio de agua y comido al menos 750 gramos de productos edibles. No le han sentado ni mal, ni bien. Algo de lo que ha ingerido le ha traído recuerdos (de tiempos en los que…) y ha merecido la pena. No ha probado nada nuevo, ¡cómo se le ocurriría! Estaba todo tan bueno. Ha sido tan saciante.

Esa persona satisfecha en varios aspectos de su vida ha escuchado siete canciones a medias y dieciocho enteras mientras hacía otras cosas. Ha empleado 26 minutos de este día para cantar una de ellas o tararearla, sin querer realmente hacerlo; pero ha pasado, y volverá a pasar. Ha recomendado una producción cultural, desconoce si con éxito y puede que por eso al terminar de conversar, después de despedirse, se ve invadida de una pequeña frustración.

Esa persona es la misma a la que le hubiera gustado comentar con quien fuera la serie que está viendo este mes, a razón de tres capítulos diarios, para los que invariablemente tiene fuerzas por la noche. Es una persona sensible. ¿No lo son todas?

Está sola, o está acompañada. Ha pensado en hablar con sus padres.

Se ha arrepentido de no haber leído más esta semana. Lo ha dicho en voz alta. Lo ha escrito y le han dado ánimos. ¿Quién?: trece personas. Las hay entre ellas que tienen hijos, o no, y en ambos casos la mayoría la comprenden desde la distancia.

Esta persona que genera empatía en su entorno (como su entorno se la genera a ella) se ha replanteado lo de cada día y no ha tomado ninguna decisión. La ausencia de conclusiones resulta agobiante, a veces. En algunas ocasiones está a punto de reventar, si bien no se da cuenta y sigue adelante. Siente que es poseedora de la verdad en lo suyo y que está capacitada para lo que hace. No debe dar importancia a lo que no lo tiene, es su lema; en realidad es su ideal inalcanzado.

Ha dicho fuck you con un acento inglés mediocre en una situación que no pedía tal salida de tono. Ha reído por una locución bien traída y de esa persona se han reído, sin ella saberlo (aunque lo sospecha) (y mañana será ridícula de nuevo). Con una sonrisa que no ha percibido, ha visto algo que le ha llamado la atención y lo ha transformado en cuatro fotos, dos de las cuales han salido borrosas y las dos restantes esperan el proceso de selección que plaga su carrete virtual y nunca llega.

Ha escrito cientos de palabras con un minúsculo teclado que solo existe cuando es invocado con un movimiento de dedos. Le encanta escribir, pero nunca ha escrito.

No es infeliz.

¿Qué ha hecho hoy de especial esa persona? Nada: ha ofrecido; sobre todo ha recibido. Nadie echará de menos lo que no ha tomado de esa persona.

Ha querido no estar donde estaba pero, en ciertos momentos, ha agradecido e incluso disfrutado de su lugar y de su puesto.

Oyó el grito de una oca. Sobresaltada y fascinada, esa persona, sin embargo, lo olvidó enseguida y jamás volverá a pensar en el estrépito creado por ese pico irrepetible. Esa persona es quien debería leerte. Esa persona es quien te lee.

Escribir los pájaros

1.

Cuando me siento a escribir sin saber lo que va a pasar, aparecen los pájaros. De pronto salen de mí y hacia el texto pájaros que me miran, pájaros parados en tierra esperándome o dejándose observar a una distancia que respete su espacio personal, que es de lo poco que tienen. Pájaros necesitados de mí. Aves que vuelan sobre mi cabeza, que se posan en un banco o una fuente y solo con estar ahí y hacer el pájaro son capaces de provocar una epifanía.

Llegan en silencio. Son imagen, movimiento. Volúmenes que no toco pero se me dan fríos y huecos. No son letras porque son pájaros.


2.

Los picos cerrados, apretados como mi boca cuando olvido que tengo un cuerpo que reclama mi control, picos duros, cartílagos que tienen una lengua dentro y un paladar que imagino seco, picos cerrados que se abren para emitir unos sonidos irrepetibles; como mi boca cuando encuentro a quien me busca.

Los saltitos, siempre los saltitos a media definición de la palabra “andar” y de la palabra “volar”. Sobre todo esos amagos de elevarse pero también, cuando nada más se mueve, los giros espasmódicos de sus minúsculas cabezas, las cuales contienen un cerebro de pájaro, la antítesis del campo de fútbol como unidad de medida.

Y finalmente el vuelo. El brinco que lo inicia todo, que los dispara hacia el infinito de posibilidades que es el aire sin calzadas ni más señales que el alimento o las corrientes que los alteran. El cielo es un desierto sin arena con nubes en lugar de dunas.


3.

Planean las gaviotas siguiendo el barco que me lleva a otro continente. Me están siguiendo. Siguen a la estructura humana de la que formo parte. El gran ferry como el parque, islas artificiales que facilitan nuestro encuentro con los pájaros y que prometen una simbiosis que nunca se dará. “No dar de comer a las palomas” los unos, “no acercarse tanto al hombre” los otros. Nuestra relación es platónica y hermosa. Es liberadora, mientras uno entienda que no puede progresar, cambiar ni durar.

Cerca de la mesa de la terraza aletean las palomas y arrullan. Protejo mis frutos secos, que me encantaría que fueran para ellas pero no lo son. Se confían porque nos ven sentados en esos lugares inmutables e idénticos entre sí, sin escopetas nuestros brazos. Una, gris azulada, de ojos rojos, se sitúa en el respaldo de la silla de al lado y no se va; se asienta, se menea, vuelve a aletear cuando parecía haberse calmado. Hace “glugluglú”, “curr-curr”. Un impulso con las garras que para ella no supone esfuerzo y ya está sobre la superficie de la mesa, casi tira la copa y, como un deber, agito la mano para espantarla, sin rencores. Ojalá pudiéramos ser amigos, pienso. Pero el mundo está hecho así, paloma.

Sí, son animales y son predecibles y catalogables. Son categorías mucho más universales que nosotros los humanos. Una oca es una oca y en todos los rincones del planeta es una criatura enrabietada.

Y aun así cada ave es un ser único con el que se comparte un momento inolvidable. La oca encerrada en un corral de perro de una masía muy concreta de una comarca con nombre particular y que ladró cuando hice ademán de acercarme a ese caserío en aquel día especial para mí en el que tenía afán de aventura. O las ocas que vigilaban decenas de pavos reales entre los que yo caminaba, yo como ellos entre vallas, muchos tumbados y otros andando, uno que bailaba y no para mí junto a un enclave estratégico del río Amarillo. Los buitres devorando un ternero, me topé con ellos de golpe al culminar la subida a una colina mientras a nuestro lado (al mío, que estaba solo, y al de los buitres con el cadáver) un mastín odiaba todo lo que no era él mismo, a pocos cientos de metros de la carretera donde desapareció el niño de Somosierra. Quizá aquellos necrófagos estaban comiéndose al niño desaparecido, lo hacían eternamente, día tras día a la misma hora en la que tal vez lo mataron hace unos 30 años. También, gigantescos cálaos al amanecer cuando navegaba un río en una selva de Borneo.

Las crestas de las alondras que me permiten reconocerlas y desear estar acompañado de alguien y decirle: “eso es una alondra”, no para impresionarle sino para compartir el asombro ante el mundo. La perfección del ave.

Y, claro, el gorrión. La perfección de la naturaleza.

Todas son escritas. Todas pendientes de escribir.


4.

Los pájaros no son símbolos. Solo se convierten en símbolos cuando son tratados con ramplonería. Los pájaros no necesitan ser símbolos de nada: son criaturas acabadas tal y como son. Son perfectas para nosotros porque podemos contemplarlas. Sus pechos hinchados. Sus sonidos, que son puros, que no son un canto porque considerarlo música es una antropomorfización vulgar.

No representan la libertad. A los más grandes los vemos planear y los imaginamos como nosotros cuando cerramos los ojos al recibir el viento y sentir cómo se agitan las partes sueltas de nuestro cabello a través de la ventana abierta de un coche que avanza. Pero no son libres. ¡Son animales inferiores! Son presa del instinto. No saben escribir.


5.

Una de mis grandes preguntas sobre el universo siempre ha sido esta: ¿por qué una rama y no otra? ¿Por qué vuelan o se posan? ¿Gorjear en este preciso instante? ¿Y por qué no callar? No puedo poner un “deciden”, o “eligen”, ni siquiera “prefieren” tras esos “por qué”. Porque no tienen voluntad. Hacen lo que hacen y casi podemos describir desde la biología y la etología por qué lo hacen pero no por qué lo hacen justo entonces. No hay nada que entender, la mayor parte de las veces.


6.

Me niego a tenerlos en casa. Quizá tema que la posibilidad de observarlos de manera rutinaria y disponer de ellos a mi merced acabe con su magia y termine por quitarle la gracia a la vida. Sí podría criar unos peces o una chinchilla.

Pero ¿por qué los escribo? ¿Por qué los adoro? Mis diarios privados están llenos de ellos. Ni uno solo dibujado.

Los escribía a menudo, me fijaba en ellos. Pero fue ella, no hace tanto, quien se dio cuenta y me hizo notar explícitamente lo especiales que eran para mí, mi atontamiento desaforado cuando un pájaro se cruzaba en mi camino o entraba en la escena general. Todo lo demás pasaba a ser atrezzo, me explicó. Como el perro ante una mariposa o el gato que persigue una cucaracha, así mis ojos frente al gorrión o el pato, o delante de la ninfa enjaulada en un parque a la que intento convencer para que me diga nihao. Están allí y no hay nada más en el mundo porque hay poco mejor. Un niño, quizá. De un año, cuatro, seis a lo sumo. Pero los niños son demasiado humanos, tan reconocibles que solo despiertan el amor y la ternura, emociones que soy capaz de comprender, sin pizca de misterio.

Sospecho que todo empezó cuando veía desde el coche de mi padre planear las aves rapaces en los veranos que pasaba en distintas montañas españolas y sus siluetas me hacían tan feliz como perseguir saltamontes y empalar moscas. Sucedía entre finales de los 80 y principios de los 90, cuando aprendí a reconocerlas pero, por si acaso, siempre llevaba un par de libros plastificados con fotos y dibujos de sus perfiles y datos del ejemplar medio, del comportamiento habitual, de la región y otra información que leí y estudié y que consultaba sin falta y que ahora, 30 años después, escribo sin intención científica.

Todos esos pájaros concretos que vi en mi infancia y me asombraron han muerto. Algunos habrán sido comidos por otros pájaros. También han muerto muchos de los que engendraron aquellos pájaros, descendientes prácticamente idénticos y con casi igual composición genética. Así son las familias. Números increíbles de pájaros vivieron y murieron antes que yo y otros que están por ser creados vivirán y morirán. Espero que ninguno de los que están viviendo ahora, en este momento, me sobreviva.


7.

Entonces, cuando estoy a punto de dar por terminado este texto, algo blanco se desliza al límite de mi mirada, al mismo tiempo que una ráfaga de aire me despierta del trance de la escritura. Es una bolita; no, es una pluma curvada de una paloma blanca. Rueda por el suelo mientras familias de palomas dan saltitos en el edificio abandonado al otro lado de la ventana, lo ocupan y lo ensucian, las más estúpidas o desafortunadas mueren atrapadas en la tensa red que protege la construcción en ruina y se pudren, las demás bailan amenazantes a unas decenas de metros de mi teclado. No quisiera ser ellas.

Escribir las verdades

¿Cómo escribir las verdades? Antes hay que conocerlas. Para eso, hay que vivirlas y, encima, saber reconocerlas. El método es tan sencillo como poco practicado: en primer lugar, vivir muchos años; en segundo lugar, y aquí es donde se empieza a complicar, no cejar en el empeño de vivir cada año como si fuera el primero y el último, con la misma ansia de verdad; en tercer lugar, y esto toma tintes de imposibilidad, estar en el mundo con humildad, con la posibilidad, no, con la certeza de que uno está equivocado; por último, vivir con los ojos abiertos para ver las verdades, con los oídos dispuestos a escucharlas. Con la experiencia y esta actitud tan fácil de adoptar como infrecuente se sabrán reconocer.

Las verdades que se ven son los cuerpos que caen. Si caen desde un punto alto, se estropean por lo general. Esa es una de las verdades que si se niegan es que uno no tiene cabeza. Otra, no opuesta a la anterior sino claramente perteneciente al mismo horizonte de realidad, son las masas pegadas al suelo, las montañas y los árboles muy, muy difíciles de mover. Es el edificio que ha construido alguien que tenía una serie de verdades a su disposición. Otra es el sol, que sale hoy y casi seguro saldrá mañana. Ese “casi seguro” es, a menudo, una verdad.

Las verdades que se oyen son las que dicen los que saben, y los que saben son los que han llegado al punto justo de seguridad y frugalidad, de amabilidad y de inflexibilidad. Son los que han sabido ver y escuchar, dejarse llevar por la (por lo visto hasta ahora en la historia y cada día, insuficiente) fuerza de las verdades. No se enfadan con la ignorancia y la prepotencia, sino que las pastorean para llevarlas más cerca de la verdad o, si el estúpido se pone pesado y el sabio socrático ya es algo cínico, el tonto es acompañado fuera de la habitación. Las verdades que se oyen también son los pájaros y el viento. Los pájaros son quizá mi verdad favorita.

La verdad que más es, si es que hay grados de verdad, es la muerte. El nacimiento también, pero después de haber sucedido, así que es una categoría algo diferente.

Ya tienes las verdades, que no tienen por qué ser estas pero algo hay. Ahora: ¿cómo escribir las verdades? Antes he escrito una, la de los pájaros; es una pista. Las verdades se escriben con palabras, que en sí mismas también son bastante ciertas o no servirían para nada. ¿No? Son tan auténticas, las palabras, que a veces preceden a las verdades, llevan hasta ellas.

También se puede decir y se dice que las verdades se pueden escribir con dibujos, con fotografías, con gestos, de amor y comprensión me gustaría, aunque muchos son de odio y egoísmo. Se pueden escribir, dicen, con un beso plantado con todas las ganas del mundo, con un grito al eco, con un suicida que salta y no muere, con un caballo que corre más rápido que tú, con los números exactos de tu sueldo y el número exacto de cervezas de una marca concreta que podrías comprar con ese dinero esta tarde, serían verdades y ellas mismas serían su expresión. Una verdad es que un planeta orbita, las fórmulas que lo demuestran, los vídeos que un día podremos (podrán) grabar para probarlo. Lo que hay al otro lado del mirador, allá abajo, incluso entre la niebla. Las verdades son el niño que sale de la vagina y el trozo de pollo que atraviesa tu garganta esta noche, en la cena, sus expresiones correspondientes y también verdades en si mismas son el llanto de la madre (y del niño) y tu sensación de que está jugoso pero le falta sal. ¿Qué son verdades y qué son expresiones de estas verdades, y qué es decir las verdades o escribir verdades? La verdad es que me he liado un poco, pero es que el tema es complejo. Se pueden decir verdades con abrazos, con un golpe, con un cuchillo que corta algo, moviendo los ojos de aquí para allá, magreando un pecho o un culo cuando no toca o cuando toca, suspendiendo un examen con justicia por una serie de razones que son verdades (te gusten o no), siendo un pez que nada en círculos y a la mañana siguiente ya no nada y está boca arriba. Todo eso es verdad y lleva incrustado la expresión de que lo es.

Pero eso no sería verdad, quiero decir que no sería escribir las verdades. Porque estamos hablando de escribir y las palabras palabras son.

Mi libro salió

Y mi libro salió. La espina, el lomo, no sé cómo decirlo en español (menudo escritor), esa parte que queda al lado, estirada en la que pone el nombre. El mío y el del libro. Esas letras quedaron un poco pixeladas. No había podido pedir una copia de prueba y me temía el error y se dio.

No es verdad, salieron bien, pero lo que sí es cierto es que tuve pesadillas recurrentes en las que esas palabras habían salido emborronadas.

Y hasta en los malos sueños me dio igual que así fuera. Estaba escrito en negro y en rojo, como había escogido, con el tipo de fuente que me había gustado. La que pensé que me podría hacer, a mí no, a mí libro, que podía hacer parecer a mi libro y a su autor un poco hipster, un poco como de editorial indie a la que los modernos siguen en Twitter y más aún en Facebook, ya sabes cuáles digo. Una tipografía handwriting, gratuita y de licencia libre. Para mi libro, perfecta.

Tenía hasta código de barras, mi libro. Lo hizo el propio sistema de Amazon, yo solo dejé un hueco vacío para que incrustara automáticamente esa firma de rayas blancas y negras. ¡Qué cosa tan obsoleta! Recuerdo que de pequeño, antes de estar (yo) obsoleto, tuve una maquinita que leía códigos de barras y los convertía en personajes, en números, para jugar a un juego de destrucción de otros personajes por turnos. En aquel momento me pareció lo más avanzado que había visto, no solo poseído, nunca. Lo sigo pensando; que en aquel momento era hi-tech y fui afortunado de tener el Barcode Battler.

Los códigos de barras están hoy obsoletos pero se siguen utilizando. Las tipografías, así como las portadas de los productos culturales, todavía gozan de buena salud. Aunque sea en jpg.

La distancia entre un juego que escanea códigos de barras y un código QR que sirve para literalmente cualquier cosa, esa distancia es tan grande como la que hay entre el folio que entregué en 5º de EGB con el cuento de un extraterrestre asesino y el libro que publiqué yo mismo décadas más tarde, también sobre un papel (con la opción de tenerlo en papel, que no es lo mismo, que es menos aunque parezca más porque da opciones; lo de tener donde elegir es engañoso).

Todo es papel, de la misma manera que los códigos, incluso la mayoría de los QR, son en blanco y negro o, en último término, ceros y unos. Todo cero, uno.

Y mi libro no tenía mucho que ver con el alien destripador. Sí, la historia que escribió mi yo nano era de un ser que llegaba a la Tierra y se hacía amigo de un niño, imagino que mi sosías, mi proyección, y juntos se iban a eviscerar. Quizá hasta usaba la palabra “eviscerar” encontrada en algún diccionario, vívida en mi mente al leerla para mis adentros. Yo mismo dibujé algunas tripas para acompañar el texto, como hago ahora al editar algunas de mis fotos que hacen más llamativos algunos de los textos que escribo. En fin, esa espiral de ultraviolencia de mi “ello” infantil en 200 palabras anticipaba lo que fue mi libro, más de 25 años después. Con fantasmas, metafísica y un montón de ultraviolencia. Aquella historia también avisaba de que terminaría yendo al psicólogo. Así fue, entre medias de un texto y otro. Aproximadamente a la mitad.

Me vino bien. Aquel hombre, al que visité durante un año, me recomendó escribir para ponerme sano.

No es verdad, me recomendó hacer ejercicios de relajación. Ojalá me hubiera dicho que escribiera. Pero yo he seguido escribiendo igual y creo que a él, al hombre, el psicólogo, le habría parecido bien. Que hiciera un libro, aunque sea violento.

He terminado un libro. Se llama Pasará en el rascacielos y creo que no está mal. Yo lo leería y pienso que me gustaría, lejos de cambiarme la vida o el mes. Algunas personas lo van a leer, al menos diez. Al menos cincuenta leían cada texto que publicaba en internet. Me parecía poco entonces y ahora lo envidio. Echo de menos el ser leído por decenas. Pero no leían un papel, solo leían textos. ¡Chúpate esa!

El negro tinta sobre el blanco. Mi libro. Más gente leerá esto que mi libro. Pero no es para ir contando que he escrito esto y sí, durante años, durante toda mi vida, sí es para contar o que lo cuenten otros que terminé un libro y que alguna gente lo compró y lo leyó. Por cortito que sea, que lo es aunque entre unas cosas y otras tardé dos años en cerrarlo.

La verdad es que digo “mi libro” y me da igual. Palabras son.

Escribir no es vivir (conclusión del pacto de suicidio)

Fin de la escritura por decreto

Hace un mes que firmé un pacto de suicidio. Dije que escribiría y publicaría un texto al día durante un año, o me suicidaría. Luego lo rebajé a cuatro a la semana. Y ni aun así. Y tan pronto. No he cumplido. Un mes. La última semana sin un solo texto.

He fracasado. Pues bueno. En otro proyecto más; pero no en todos los que he emprendido, viene bien recordarlo en estos momentos. La tentación es arrancarme pelos y avergonzarme en público. Vale, el acto de contrición lo dejamos implícito.

Y tampoco es para tanto: si tengo que suicidarme, pues me suicido.

¿O no? He tenido que poner en juego mi vida para darme cuenta de que la misma está por encima de la escritura. Decía más o menos en serio lo del suicidio cuando lo dije, el primer día. También, tranquilizaos, estaba por completo convencido de que completaría el reto y no tendría que suicidarme. Pero ahora tocaría, ¿lo haré? Quizá la acumulación de razones y párrafos que sigue llegue a una respuesta al final de este texto.

El error con los proyectos, error del que al menos yo nunca aprendo, es publicitarlos antes de que estén terminados, o siquiera en marcha. Ya ha pasado dos veces en esta web, primero en su formato original de plataforma para relatos de terror, y segundo en este intento de escribir como vivir, ¡menos mal que esta vez no prolongo la agonía!

En cierto sentido, es adecuado que esto suceda en www.borjavargas.com, porque refleja lo que es el Borja Vargas que está detrás. Es uno, un hombre (extraña palabra aplicada a uno mismo), que se mueve a bandazos y pasiones de escueta duración y, por el camino, consigue completar algunas pocas cosas que mantienen a flote su imagen pública de persona creativa y, para él mismo, su realidad como persona creativa.

Que tenga lectores fieles, escasos y que no consigo aumentar, no oculta que la falta de respuesta y la rápida caída del interés y las visitas han jugado una parte en que no haya funcionado. Pero no eres tú, soy yo.

Escribir solo lo mejor

La racionalización inevitable tras cada fracaso dice que ha habido dos problemas en este proyecto.

El primero es que no me ha convencido lo que estoy escribiendo y publicando, y no tiene pinta de mejorar; más bien al contrario. He releído algunos textos que hice para la versión original de la web, como Escritura vívida: la carne de la palabra, El poder de lo abyecto o Cuando no escribo, y noto con claridad la diferencia, aunque no sé si los lectores se percatan también.

Aquellos textos tuvieron un proceso de elaboración, los pensé y revisé con bastante detenimiento, mientras intentaba mantener la espontaneidad que tanto valoro en mi escritura. Este exceso de exigencia fue lo que me desmotivó para escribir (en público). Pero, oh paradójico destino, la falta de exigencia había sido precisamente lo que en principio me había llevado a escribirlos, porque sentía como agotado el modelo de textos random, fugaces e intensos que desarrollaba en El Ansia.

En su momento, pese a la falta de regularidad, di lo mejor que tenía en aquel blog y era lo mejor que podía escribir en esos años. Pero ese Borja ya fue. Aquel tipo de textos ya ha dejado de ser lo mejor que puedo escribir. No sé si lo que pueda escribir ahora será mejor o peor que antes, pero su cumbre y su plenitud están en un lugar distinto. Uno en el que hay que pensar, dejar descansar y revisar los textos. Ajustarlos, depurarlos al máximo.

Así que durante este pacto de suicidio no he escrito lo mejor que he podido escribir. Eso es lo único de lo que me avergüenzo. Perdón por el kitsch pero, si me muero mañana, lo que ya haya escrito será lo único que vaya a escribir. Por eso no debo perder el tiempo con retos de productividad. Son buenos para coger hábito, pero hay cosas más importantes que el hábito. Y los plazos son eficaces solo dentro de un plazo eficaz.

Hay que intentar siempre lo mejor. Siempre intentarlo. Utilizan alguna treta para empezar, si fallan los ánimos. Pero, al final, solo siempre lo mejor, lo que no se puede no hacer.

Esta última semana, coincidiendo con una situación personal compleja y oscura, y breve, ha sido el fin. No ha salido ningún texto porque he tirado cuatro terminados a la basura, los cuatro mínimos semanales estipulados en el contrato; confiad en mí, no queréis leerlos. Os tendréis que conformar con este, que tampoco es ni medio bueno pero toca, y esperar.

Siempre salen más. Siempre escribo más.

Escribir como sentido de la vida

En todo caso, después de una etapa de sequía (pública), he conseguido crear y compartir un puñado de textos aceptables en un tiempo corto. Pero resulta que si he superado la procrastinación ha sido porque, paradójicamente, escribir ya no es lo primero para mí. No sé si conocíais esta regla vital, pero es así: la procrastinación se vence rebajando la importancia de lo que debes o quieres hacer, hasta que deja de ser una obligación fundamental y entonces no pesan tanto la responsabilidad o la pereza. Es en ese momento cuando a veces se hace.

Nunca en los últimos años, ni por una hora, había dudado de que mi vida era la escritura; si es que mi vida era o tenía que ser algo. ¡Eso pesa! Me había convencido de que escribir era mi vivir-en-el-mundo desde aproximadamente 2008, desde que leí en profundidad a Sartre. Sartre sigue teniendo influencia en mi vida, pero la vida tiene una influencia mayor. O quizá es que tiendo a Heidegger y el círculo se cerrará y volveré a Kierkegaard cuando se acerque el final.

Escribir ha resultado ser solo mi ser-en-el-mundo. Gracias a este frustrado pacto de suicidio ha surgido esta verdad, quizá como consecuencia. Escribir es una de las cosas que hago. Algo que hago y me apetece hacer, pero ya no algo que debo hacer. Ya no el criterio sobre el que juzgar el éxito o fracaso de mi vida. Este es el segundo motivo del fiasco de este proyecto, una derrota que no me duele demasiado. Y es que, aunque no es agradable descubrir un muerto, poco puedes hacer ya cuando te lo encuentras.

Y también está la fotografía. Ha entrado en mi vida la fotografía y se ha situado al mismo nivel que la escritura en mis prioridades creativas, por eso la escritura ya no puede acaparar todo el espacio. A esto se une que el éxito social que proporciona la imagen es mayor y más inmediato que la palabra, lo cual suena a frivolidad pero no hay que despreciarlo como motivación. Y, además, en China no entienden mis textos pero sí mis fotos.

Sobre eso escribiré en otro momento. El sentido de este texto es explicar(me) que ya no tengo que fiarlo todo, absolutamente todo a la escritura, por mucho que vaya a seguir escribiendo con creciente seriedad y consciencia. Y (aún) no dudo que seguiré escribiendo hasta que físicamente no pueda hacerlo.

¿Cuándo será eso?

¿Escritura o suicidio?

Supongo que tendré que cumplir y suicidarme. No sé.

Pero no ahora. No hay prisa. Tengo mucho que hacer y quiero hacer tanto. ¡Puedo hacer tanto! Y hay quien espera que lo haga. Quizá me suicide justo antes de morir de muerte natural, si me acuerdo, si se dan las condiciones y si soy capaz; por ese orden. Recordádmelo si estáis cerca, cuando llegue el momento.

Perdón. Yo qué sé. Perdón… Bah, no, ¿por qué? ¿Para qué?