La puerta: secuencias de apertura y cierre

Te acercas a la puerta

para abrir la puerta, estiras la mano hacia el pomo que no es propiamente un pomo porque no es redondo, ¿cómo se llama?, es eso que está en la puerta, que protubera, lineal (hecho de líneas) como la propia puerta, la que bien mirado es algo más que los trazos que la perfilan y la distinguen de todo lo demás, eso que no se llama pomo es lo que te permite abrirla y cruzarla, esa acción que es la que pretendes llevar a cabo y (ojalá) culminar cuando

te acercas a la puerta.

Has abierto la puerta

y adelantas uno de tus pies, el bueno, el útil (tanto como la propia puerta), el que usas para cruzar puertas y la cruzas, es el mismo pie con el que subes y bajas de distintos niveles de suelo en situaciones variopintas a lo largo del día, incluso una serie de veces por minuto, no es el otro pie que nunca adelantas ni para bajar o subir de vagones, de coches, de autobuses o aviones, ese pie se diría que no sirve para nada porque está (queda) estrictamente congelado cuando completas el primer movimiento, el de dar un primer paso y situarte parcialmente en un lugar que ya no es en el que estabas, ese movimiento conocido aunque nunca te has detenido a pensar en él y que solo puedes completar porque antes

has abierto la puerta.

Están al otro lado de la puerta

tus veinte dedos (tan quietos, siempre, los de los pies incluso cuando los pies se desplazan), que giran ahora con el resto de tu cuerpo, de hecho es gracias en parte a cambios de ángulo, a reposicionamientos semiconscientes de estos dedos (tan quietos, o mejor dicho inmóviles, como un hongo entre la tierra) que tu cuerpo se puede dar la vuelta, y confrontas la puerta desde el lado opuesto, “la frontera contraria” se te ocurre de pronto que podría decirse, sea como sea es el punto contrario al del comienzo y eso ninguna palabra lo cambiará, es en cualquier caso un proceso muy mecánico y sin interés y pensarás más tarde que habría sido bonito, un buen toque para dar color a tu rutina, para humanizar tu vida diaria, haber observado en ese momento los detalles de la puerta en este lado y a continuación quizá volver a cruzarla (al menos con los ojos) para comparar esos detalles con los de la superficie que muestra al otro lado (lo que ahora es el otro lado), en apariencia idéntica, pero una observación atenta (incluso rápida) te habría permitido distinguir las diferencias de rasguños y oxidaciones y hasta alguna variación material que hubiera podido colorear de humedades variables la madera a un lado y al otro, pero no lo hiciste, no miraste la puerta, solo tu mano mientras la cerraba y el pomo, ¿la manilla?, que enganchas, aprietas, desplazas en un leve espacio de centímetros para cambiar la localización de la puerta (de parte de ella: y es que las bisagras se voltean pero no se desplazan) y cerrar una puerta (literalmente) entre dos espacios, lo público y lo privado de nuevo separados porque tú, es decir todo lo que te compone, has completado la tarea de salir al exterior y todas y cada una de las cosas que eres (las que siempre están contigo cuando te mueves)

están al otro lado de la puerta.

La puerta queda atrás

cuando tu cuerpo avanza y se aleja de ella, por el camino dejas atrás otras puertas, alguna de las cuales (en concreto una) se abre y se cierra exactamente a tu paso porque es la hora en que muchas otras puertas (en este caso solo una, a decir verdad), como la tuya, cumplen su segunda función: la de desproteger (su primera función es la de proteger, mediante una separación física insuperable; la de separar, es oportuno indicarlo, no es una función sino una cualidad de las puertas), no piensas en tu propia puerta ni en su importancia, hasta que te das cuenta (estás en la calle) de que sin ella no habrías podido salir de tu casa, que no es tuya en realidad, “de esa casa” te dices mejor, si no hubiera existido la puerta (el concepto de puerta) te habrías quedado encerrado entre las paredes (no piensas en cómo habrías llegado a parar ahí, haber entrado en un lugar sin puertas, ¿cómo habría sido posible?, no tienes respuesta porque ni te planteas la pregunta ya que a fin de cuentas la hora en que tantas puertas se abren es temprana y no estás del todo despierto, aún), aunque quizá de no existir habría sido para la puerta realmente una no-existencia que habría llegado a afectar a tantas cosas, es decir que la carencia de puerta podría haber supuesto también un hueco abierto, una ausencia notoria imposible de explicar (porque no se puede echar de menos lo que nunca ha existido), el ahorro de la secuencia de movimientos que implica la necesidad de abrirla y cerrarla de tanto en tanto, así sigues todo el día dando vueltas a la puerta hasta que regresas a esa casa (a la que antes llamabas “tu casa”) que pagas aunque no es tuya (la puerta no te pertenece, aunque es el elemento más tuyo de los que conforman la vivienda en sí, el elemento sobre el que tienes más control y del que dependen muchos otros), te das cuenta de que no recuerdas nada de este día porque lo has pasado pensando en puertas, aunque resulta que no recuerdas ni uno solo de los pensamientos que has desarrollado (en los que una conclusión anulaba o hacía olvidar la anterior) porque, al fin y al cabo, no eran más que pensamientos ociosos ya que, bueno, “bueno” te dices un poco avergonzado de tu obsesión de hoy, tu obsesión definitiva, final, una puerta es una puerta y no es mucho más, y la cruzas por última vez (verdaderamente será la última vez) y dejas de reflexionar sobre estas tonterías y te entregas a tus cosas, las del final, y, así,

la puerta queda atrás.

Sin voz y gritando

Te imaginas sin voz y gritando.

Te imaginas abriendo la boca y apretando los ojos, los puños, encarando el infinito. Pero solo tienes delante una pared. Te imaginas golpeándola y después las consecuencias, los vecinos, la policía, el dolor. Así que no golpeas nada.

Te golpeas la cabeza porque no tienes voz y no puedes gritar, suena a hueco, lo puedes escuchar. Estrellas tus nudillos contra tu nuez y casi te ahogas pero no, porque piensas que si dejas de respirar nunca más podrás gritar y no te quieres creer que la última vez ha sido la última. La falta de grito seguro que es temporal, te dices; sí, eso debe de ser. Que nada sea irreversible.

Te cansas de la violencia, del odio. Te inclinas hacia el suelo y te tumbas y desde allí miras a otro infinito. Que no es tal, que solo es el techo. Quieres gritar contra lo que hay sobre ti y no hay manera. No tienes voz. El grito hoy no saldrá, precisamente hoy que es cuando más empuja.

El grito mudo sí lo puedes practicar. Mandas unos mensajes y alguien viene a tu casa, tres personas, las coges de la mano y hacéis el grito mudo, hacia la ventana y luego entre vosotros mismos, mirándoos a los ojos. Es una buena sensación, no por el grito ni por su sucedáneo sino porque alguien hace lo mismo que tú. Varias personas juntas, con poco que ver entre sí, se han puesto de acuerdo para algo y lo hacen. Sin discutir, sin argumentar, se hace y punto en boca. Una de ellas, sin embargo, rompe la magia del momento. Se deja llevar y grita de verdad, porque su cuerpo está bien y puede hacerlo lo hace, un poco nada más, grita primero y después jadea. No lo soportas, ojalá pudieras jadear. Que jadeen ellos, que griten ellos. Te gustaría decírselo y no puedes, pero no necesitan que se lo digas, lo saben. Están al otro lado de la pared, se han ido a la habitación excitados por el grito y ahora emiten toda clase de sonidos, esos tres. El silencio propio a nadie exalta, te quedas callado con tu mudez. Escuchas.

Te vas. No soportas no poder participar. Quieres ir a un desfiladero y escuchar el eco de tus pasos retumbar contra muros de arcillas y piedras, que no puedas hablar no significa que no puedas producir sonidos. Tu cuerpo sigue siendo físico, una masa en el espacio, cortable por el viento, el agua, por otras personas que alargan sus miembros hacia ti.

El desfiladero está lejos y no vas. El eco, inalcanzable.

La vieja muralla de la ciudad, solo tienes que caminar entre matojos, allí sí que puedes llegar. Tus pasos hacen crujir los arbustos secos aunque ellos mismos, tus pies, no suenan. Llegas arriba, miras abajo. Esa colina que tantas veces has subido antes, es la primera vez que la trepas por donde no toca, por donde no hay sendero.

Oteas el mar y el horizonte, que no es más que el mar, o un producto de tu visión, o de tu concepto. Imagen y palabra, el sentido del significado, eso no lo pierdes. Te gustaría gritar que todavía puedes ver, razonar y comprender, ¡cómo te gustaría!

Estás solo y sucede que toda la pena se acaba. Quieres hablar y no puedes y descubres que para qué, que no hace falta, que casi mejor, que si tienes ganas de gritar y no es posible pues haces otra cosa, te entregas al sexo duro con una compañía de confianza, te golpeas o atizas una superficie sin vida, de un material que no sabrías concretamente decir cómo se llama.

Que casi mejor no tener que decir nada. Abres la boca y cierras los ojos. Allá sigue el mar, aunque no lo percibas.

Luz roja

¿Por qué se ve esa luz roja entre la niebla? ¿Por qué no la miro tanto cuando la noche está despejada y es mucho más evidente? Ya no se ve. Demasiada niebla. Pero ahora hay más (luces rojas).

¿Por qué esa persona insiste en salir a la calle de noche y andar hacia la luz roja, sin saber que va hacia ella? Siempre hacia el norte.

¿Y por qué el hombre de ayer decidió dar la vuelta y reandar el camino que ya había hecho? ¿Alguien le esperaba o le dejó de esperar? ¿Por qué ignoró la luz roja del semáforo? ¿Es que nadie le enseñó de pequeño que eso-no-se-hace? Pero sí se hace, abuelo, tanta gente lo hace.

¿Hacia dónde iba el perro la semana pasada? ¿Dónde estaba su correa? ¿Por qué dar por hecho que ha tenido correa? ¿Por qué andaba con tanta seguridad a pesar de estar solo? ¿Por qué dejaba de transmitir seguridad en cuanto bajaba de la acera hacia la carretera, bajo el reinado de la luz roja? ¿Hacia dónde iba el perro? Llegó.

¿Cuántos policías se quitaron el brazalete rojo, como hizo él aquella vez? Solo él.

La chica, ¿cómo estaba? ¿De verdad le gustaba ese vestido rojo? Claro. Le encantaba. ¿De verdad se sentía cómoda con él? En absoluto. Y eso, conjeturaba el anciano, también le encantaba.

¿Por qué las otras chicas solo caminaban en el exterior bajo el cielo carmesí del atardecer? ¿Qué hacían tantas horas entre paredes y pantallas? (en su casa, en el trabajo) ¿Por qué ellas elegían la calle al terminar las horas extra? ¿Por qué tan pocas elegían la calle al terminar las horas extra? ¿Por qué tantas seguían hasta el final del corredor de tiendas, donde estaba el túnel del tren, y no miraban atrás? Mentira. Sí miraban atrás, cuando levantaban el móvil para hacerse un selfie se aseguraban de que no hubiera nadie subido a su espalda o enfocado cerca de sus clavículas.

¿A quién se le ocurrió pintar de dorado el monstruo de metal inaugurado el tercer año? ¿Quién lo aceptó, lo aprobó y enrojeció de placer al recibir su parte? ¿Por qué una idea tan terrible corrupta infame terminó funcionando tan bien? Todos amamos ese edificio dorado, porque tiende al rojo al amanecer y al atardecer, que es cuando pasamos a su lado, cerca, a distancia de visibilidad, cuando vamos adonde tenemos que ir.

¿Por qué sangra el niño? ¿Es su nariz? No. ¿Sus oídos? Son sus ojos y se están inundando. Las venas rojas rompen el humor vítreo y se desbordan por toda la ciudad. Las calles ahora son estrías ensangrentadas de niño. ¿Por qué no muere el niño? Ya morirá, no te preocupes. Espera como espera él, como no esperan sus padres.

¿Debes esperar? ¿Acaso importa? ¿Debes, puedes? Pasará.

¿Por qué la mujer, casi una mujer, sangra? Mírala, no la ves. Es que no la estás viendo. ¿Eso que vierte al mundo son estelas de neón rosa? ¿Eso que le cae de dentro no es lo que entró antes? Entonces, ¿no es sangre? ¿Qué es? ¿Qué es?

¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué es?

¿Qué es? Di.

¿Por qué se ve esa niebla entre la luz roja? Di.

¿A qué huelen las cucarachas?

Las cucarachas huelen a paja seca, a aglomerado de virutas de serrín compactas como el que terminó siendo toda la materia interna de aquel ciervo volante que capturé en Asturias cuando tenía diez años y terminó momificado en vida después de habitar una caja de zapatos durante una semana.

Huelen a patitas con espinas y dos o más ángulos, extremidades cortadas por su único depredador lógico a entender del hombre: una rata en mitad de la noche. Las patitas son abandonadas sobre la lavadora y son confundidas al día siguiente con el hilo de lana del jersey nuevo (estamos en noviembre).

Las cucarachas huelen a luz recién encendida. En su defecto, hieden aún más fuerte a sombra invisible innombrable en la oscura negrura de brea tenebrosa que inspiraba a Lovecraft.

A medio bote de insecticida vaciado con el mismo oportunismo exacerbado con el que un policía vacía gas pimienta en la cara de un occupier. Oportunismo porque es una rara oportunidad para vaciar con violencia algo sobre algo pasivo, el deseo que ocupa mañanas y tardes de forma subrepticia y, en especial y en abierto, noches y despertares a media madrugada. Este deseo tiene el mismo hábitat que las cucarachas.

Las más grandes y menos pulidas huelen a trópico y a exilio, al barco que tomaste para huir del país y que en realidad fue un avión, pero no lo recuerdas bien porque allí no había nada vivo y prefieres pensar que viniste un par de pisos más arriba del ataúd de Drácula. En el avión no hay cucarachas, ni misterio, ni vida, ni aroma de huida. Solo azafatas y pasajeros.

Todas huelen a película de ciencia-ficción de la Guerra Fría, son un eco de violencias apagadas que esperan en las tuberías de la civilización para volver a tomar el control mediante el miedo.

Apestan a vómito siempre contenido, a hedor imaginado, a barro nunca visto en el que viven y crecen larvas inocentes, calladas, instruidas para sufrir un genocidio en sus cuerpecitos anillados.

Huelen a ausencia de género y a intersexualidad depurada, a coito de libro de biología, a vejiga deshidratada, diseccionada.

Huelen como el barniz de miel o azúcar líquido que recubre su piel dura, vuelta del revés, con la bilis haciendo el papel de los poros.

Las cucarachas huelen a grito mudo, a millones de patas correteando sobre la superficie limpia de la cocina sin hacer un solo ruido, sin despertarte mientras duermes. Si cobras vida a la hora de los espíritus es por culpa de pesadillas que nada tienen que ver con ellas. Ellas te esperan en la cocina de camino al aseo para pavonearse de que no las puedes oír, están orgullosas de no causarte pesadillas y, a la vez, de ser por sí mismas una pesadilla independiente de ti, fuera de ti, lejos de ti, de tu poder como humano gigantesco y seguro de tu fuerza sobre ellas.

Huelen a miles de hijos que crecen en el agua sucia llena de migas de pan entre tu pared y la del vecino, familias completas de crustáceos terrestres que sobreviven en el espacio prestado por esos artrópodos silenciosos llamados cucarachas.

Las cuales huelen tu miedo y deciden bailar con él como si danzaran con el diablo bajo la luz de la luna.


[Imagen: Mr. Kraken]

Vivo fuera

Así veía dentro y fuera, incluso con gafas.

雷岗公园佛山1

Ya no vivo dentro. Dentro no queda nada. Quedan algunos, no nadie, pero nada.

¿Cómo es vivir fuera? Es vivir la literatura del exilio. Ser a la vez personaje y autor de posguerra o preguerra.

¿Hay algo fuera? Hay mucho, mucho. ¿Queda algo fuera? Algo. Yo, al menos.

La experiencia lingüística, pragmática, pragmático-lingüística, literaria de vivir fuera es poder decir o gritar que vivo en la China Popular sin que sea una acertada metáfora de mi estatus social o una frase hecha graciosa. Es que es verdad, aunque sigue siendo fuera.

Esto no es una postal. No la he comprado de paso en un kiosko y la he mandado tras complicadas gestiones y equívocos en una oficina postal extranjera. Que no es una postal. Que ya es una carta. Su origen no es una pausa en el movimiento continuo de un viaje. Es una carta escrita desde mi casa. Desde una pausa real que he tenido que entresacar de mi rutina. Vivo fuera. Gracias.

雷岗公园佛山2

Así se ve fuera y dentro. Aún llevo las gafas, aunque a veces me las quito para salir a la calle y dejarme ver.