Luz y terror (II): Todo el cine de terror tendría que suceder de día

Todo el cine de terror tendría que suceder de día. En grandes extensiones de campo o en grandes avenidas o en habitaciones con rendijas por las que entra casi más polvo que luz solar. En esos sitios que habitas y que conoces bien, iluminados. El tópico de la oscuridad es el que más ha impedido el desarrollo del género de terror, el que le ha robado la posibilidad de ser tomado en serio. Porque la oscuridad es lo que da miedo a los niños y lo que pasa en la infancia no puede ser respetado por cualquiera con un mínimo de cabeza. Puede caer simpático, dar miedo (no en el sentido del cine de miedo), ser entrañable, pero no se le puede otorgar seso.

De mayor (no hace falta ser adulto) lo que da miedo es lo que se ve. Lo que se sabe. Aunque sea poco. Da igual que lo que haya al final del pasillo sin luz pueda arrastrarte al peor infierno, porque en el plano solo ves una mancha negra y el vacío no significa nada. El vacío no puede provocar más que aburrimiento en estos tiempos de horror vacui. Pero ver un cuerpo corriendo hacia ti, mil cuerpos corriendo hacia mil otros cuerpos, eso (Guerra mundial Z) es el terror. El que no se puede olvidar, el que recuerdas cada día cuando sales a la calle y ves mil cuerpos rodeándote y te acuerdas de que has visto en una película lo que puede pasar. Lo has visto, no te lo han sugerido entre sombras, montajes tramposos y efectos de sonido. Podría ser falso o ficticio, pero era una imagen veraz y que no se podía confundir con otra cosa. La imaginación no tenía parte. Ha pasado en una pantalla, ya sabes cómo es y cómo sería si pasara ante ti. Si la luz lo ha iluminado en una pantalla y parecía real, y daba miedo, sin duda es porque puede ser real. Y lo que se sabe que puede ser real es lo único que da miedo al adulto.

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Ver, con tanta claridad como puedes ver tu mano si bajas la cabeza para mirarla, pero sin tener que bajar la cabeza porque está delante de ti y se dirige hacia ti; ver cientos y cientos de cosas a la vez que te rodean y de las que no puedes escapar. Ver un vacío, sin duda un vacío y no como el vacío supuesto de la oscuridad (el negro es nada y el blanco es todo, es el ser), un espacio completo pero sin objetos que utilizar como los que te ofrecen una vía en una aventura gráfica, sin habitáculos en los que acurrucarte con tu gorro de pensar o una cama en la que taparte hasta arriba. Estar en el centro de una calle, de la autopista de los muertos. En el sofá de tu casa a mediodía y la puerta se abre y ahí está el monstruo. De noche, leyendo en la cama con la luz encendida después de haber despertado de una pesadilla que no te deja dormir, que se materializa ante ti de forma totalmente inesperada y distinta a la soñada pero irrefutable, sobre el antimosquitos enchufado al lado del escritorio. Mirar tu mano por no mirar al horror y ver cómo tiembla la mano y ver ahí el horror, no reflejado en ti sino en ti. Nadie siente cómo tiembla su mano. Cualquiera puede ver cómo tiembla una mano.

Ver todo eso es ver mucho. Y ver mucho es la gran fuente del terror, porque nada da más miedo que conocer la verdad y no poder dudar de ella. La sospecha es ociosa. La visión directa muestra la obra terminada del mundo, que se cierne sobre ti y sobre la que no se puede interpretar. Si no ves, solo está tu cuerpo y normalmente tienes el control sobre él y el miedo que da es del todo mainstream. Si ves, sabes que está todo lleno de cuerpos (naturales o sobrenaturales, humanos o no) que pueden aplicar presión sobre tu cuerpo con tanta fuerza como crean necesaria, con la intención que deseen. Verías su mano venosa, vieja y con garras apretando tu brazo y luego saldría un hilillo de sangre y luego otro y otro, hasta que tus ojos se llenaran de sangre y todo fuera rojo y ya no estarías viendo. En ese momento, el sufrimiento habría ya sustituido al terror.

Es verdad que los monstruos, bajo la luz del sol o hasta del fluorescente parpadeante en los primeros segundos de entrar en la cocina, no pueden ocultarte su intención maligna. Pero tú tampoco puedes esconderte, por eso los muertos vivientes no tienen nada que perder al pavonearse de su podredumbre.

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Luz y terror (I): Botellones de día

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Botellones de día. Un recuerdo precioso, un deseo satisfecho en muy pocas ocasiones (y por eso memoria atesorada). Eran en la universidad, en octubre, o en primavera, bajo el antropológico nombre de “Paellas”. Los cielos cubiertos de nubes grises solían descargar, llegando una vez a crear una catarsis de destrucción, pis y hasta sexo aulario, según testimonios. Pero mirar hacia arriba y verlo todo negro no quitaba que ahí, entre la tierra, con mirada horizontal y vaso de litro, todo pareciera iluminado por el sol. Y qué distinto se veía el mundo etílico sin enmarcar por la luz selectiva de las farolas. Con el sol se veía todo. Lo que querías ver y lo que no. Claro que en esas circunstancias (de edad, cosmovisión y alteración) se quiere ver todo. Y se veía y por eso era tan maravilloso. Cuando un borracho gritaba, descubría sus dientes sin brillo y un par de gotas de baba que saltaban y lo veías. Bailes que hacían sangrar el tercer ojo moral pero que tolerabas con simpatía y empatía, siempre desde fuera, siempre mirando. Arroces mojados que repetías más que las patatas a lo pobre del comedor del colegio.

En el epílogo, el terror. Las sonrisas se sombrean. De noche, se puede ver a un intoxicado cada pocos minutos diciéndole adiós a su kebap por la boca hacia el pavimento, o tirado entre cajas de cartón mientras su tropa lo fotografía y lectores de dominical pasan a su lado (son ya las 7 de la mañana del domingo; aunque no amanece aún) girando la cabeza de lado a lado, diciendo “no” no se sabe a quién porque lo dicen en silencio y mirando al suelo o al agónico alcohólico juvenil, que ni puede ver el gesto ni opina. Todo eso es lo que se ve de noche en el epílogo, que puede incluso ser no el final sino el inicio del último tercio del arco narrativo. De día es diferente, porque no se ve individuos vomitando. No uno y uno y otro. Se ve a todo el mundo, todos iluminados por igual y bañando sus zapatos en las gachas de su vómito o el de su cómplice, algunos con el pelo mojado por la lluvia y otros con el pelo seco, los dos tipos recibiendo el rayo de sol que se filtra entre las nubes ya en retirada. Se ve todo, a todos, una panorámica post-etílica (y este es el único post- que puedo aceptar, porque no solo es cultural sino también biológico). Cuerpos sobre el césped del campus intentando alcanzar los cuerpos que están situados entre 0,10 y 10 metros de distancia. Levantando la mano los que pueden, gritando algo como los invasores de cuerpos que son. Y a la luz del día, que ya decae y se vuelve atardecer, se dan cuenta de que eso es lo que son. Que pasarán varias horas hasta que vuelvan a sentir que su cuerpo es suyo, por mucho que es precisamente ahora, embriagado, cuando más sienten su presencia y su poder. Ven la mano, el vómito, el pelo manchado, la mano ajena en la piel propia que parece ajena.

(Más) reflexiones sobre la crítica de cine hoy

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La mayoría de textos críticos que se pueden leer en internet sobre la crítica son cansinos. Destinados al autoconsumo gremial (aunque sus consecuencias puedan —deban— salir de él), demasiado a menudo llenos de obviedades presentadas como grandes descubrimientos, de apertura de debates que aparecen como actuales y ardientes, cuando fueron abiertos (y más o menos cerrados) en los mismos términos por lo menos en el siglo XVIII. En este tipo de artículos, los críticos tienden a no ser concretos en sus experiencias y propuestas prácticas. Cegados por la importancia de internet, les cuesta centrarse en lo que urge, la actualización del ejercicio de la crítica en un nuevo contexto “moral”, no tecnológico. Un texto que me ha gustado mucho es “Perfiles críticos de la crítica acrítica”, de Horacio Muñoz Fernández para A Cuarta Parede, por su claridad, oportunidad y eficacia. Dice cosas concretas y hace las preguntas apropiadas.

Aunque hasta los más vagos de entre los interesados pueden hacer el esfuerzo de dedicar 10 minutos a leerlo, voy a resumir (y glosar, para justificar esta entrada). La parte central es la enumeración de lo que serían los tres tipos de críticos dominantes hoy: el filósofo, el historiador y el periodista. El crítico filósofo es el que se empeña en interpretar la película más allá de la misma película. La ve como una selva de signos y de símbolos que apuntan (a veces inconscientemente —sobre todo en el cine comercial—) a un segundo significado, la razón de ser de la obra. Al entender su contenido, se justificaría su existencia. La versión soft de este crítico sería el hermeneuta, que habita en el texto de la pantalla y trata de descifrarlo, busca El Tema para rellenar el segundo apartado de todo comentario de texto que consiste en decir cuál es el tema, un apartado que aquí absorbe todo el resto del comentario. La versión hard es el alegorista, para quien toda película no es más que una excusa para hablar de otra cosa diferente. No es ya que apunte a (que tenga) otros significados, como piensa el hermeneuta, sino que esos significados son el único motivo por el que ha sido creada. Por eso, una vez descubiertos, la película sobra y se puede tirar a la basura. Por su parte, el crítico historiador se empeña en releer la historia del cine, proponiendo la suya propia. Sobre el crítico periodista no creo que haya mucho que decir; se explica y se entiende por sí mismo (y a sí mismo).

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Yo, en mi evolución como alguien que escribe de cine, me reconozco en algún punto entre los dos primeros (me gustaría ser también del tercero porque, aunque poco, implica dinerillo). Mi primer blog nació con la clara voluntad de crítica histórica. Mi objetivo, mi misión, era recuperar o reivindicar películas olvidadas, desconocidas o menospreciadas, más cerca de Lo Extraño que de Lo Bello, segunda opción en la que por desgracia me encuentro cómodo ahora, en una actitud algo mesiánica, como dice el artículo de Horacio Muñoz. Sigo creyendo que es un objetivo no solo lícito sino necesario, porque gracias a internet tenemos acceso a miles de películas que ningún historiador pudo ver, por lo que deberíamos reorganizar la historia del cine, o al menos los cánones. Hoy día no hay excusa para hacer las mismas listas de siempre de “mejores películas de la historia”. ¿Cómo es posible no incluir al menos un 20% de películas personales, propias, no demasiado vistas y que sinceramente uno considera entre las más grandes? El problema de este modelo de crítica es que es un modelo de selección, no de crítica. Está muy bien nombrar y recuperar, es genial escoger hablar de obras de las que apenas se ha hablado, pero ¿qué decir? ¿Cuál es el contenido de la crítica?

Cansado de limitarme a ser un selector, cada vez escogía más por lo que tenía que decir sobre la película que por hablar de una película concreta. Así me fui convirtiendo en crítico filósofo, espoleado por mi vuelta a la universidad y la inoculación del virus académico. El crítico filósofo tiene una variación que, creo, respeta a la película. Es la que practico yo la mayoría de las veces. Consiste en utilizar la obra como excusa, como modelo, parte de ella para hablar de otra cosa diferente. De una cosa filosófica, más importante, ejem. Con esto, el crítico interpreta la obra pero sin ofenderla, porque reconoce tranquilamente que lo hace en beneficio de sus ideas propias y no de las de la película. El hermeneuta y el alegorista violan la obra, porque afirman que su interpretación es una lectura del mundo de la obra y no una lectura del mundo desde la obra, que es lo que hace el otro tipo de crítico filósofo que propongo y que reconoce no estar haciendo crítica de cine.

El problema de estas tres opciones es que, unos creyendo hacer crítica de cine y otro escribiendo algo diferente, no prestan atención a la estética. Esto, que el artículo lo dice muy claro y muy bien, lo aprendí de José Luis Molinuevo y, desde entonces, batallo conmigo mismo cada vez que escribo para conseguir hablar de la película como punto de partida y de llegada, haya lo que haya en medio. Realmente es un trabajo difícil, cuesta mucho centrarse en la obra, interpretarla y criticarla, dar vueltas a su alrededor y, al mismo tiempo, no caer en la deshumanización del arte por el arte, del cine como algo en una dimensión diferente del mundo que lo produce y recibe. Esto es lo que trata la parte de fondo del artículo de Horacio Muñoz: ¿cómo se puede escribir crítica hoy? Antes, el canon estético era algo ortodoxo que todos, crítico, lector y público, conocían. El trabajo del crítico común podía limitarse a hacer check en las casillas de corrección estética y corrección moral, y ya estaría haciendo un trabajo de crítico digno. Como dice el autor del artículo, eso es lo que siguen haciendo los críticos de la prensa no especializada (y parte de la especializada escrita), con su visión limitada a un tipo de cine, el que sigue las formas clásicas y narrativas estadounidenses. Por puesto al día que estén el envoltorio y el ritmo, si cumple con su lenguaje y entretiene y además tiene un guión sólido que habla bien de la vida y del hombre y del cine, es buena. Si no cumple con lo establecido: uf. El crítico como experto en control de calidad. En parte lo envidio, porque todo trabajo automatizado no demasiado exigente es la clave para conservar la salud mental.

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Pero los cánones han estallado, todo lo Hollywood se desvanece en el aire. Entonces, ¿qué puede hacer el crítico? Sin estándar, ¿cómo criticar? ¿Solo le queda confiar en su subjetividad, su intuición? ¿O tirar de alguno de los tres modelos de crítica vistos más arriba? Ahora estoy parafraseando el artículo, pero es que ese es exactamente el problema que se encuentra cualquiera que escriba crítica de cine hoy, cualquiera que lo haga con un mínimo de reflexión y autoconsciencia y sin el piloto automático puesto. Ya no es solo qué decir, para qué decirlo o cómo decirlo, sino ¿de verdad tengo algo que decir? Si uno es capaz de responder a esta pregunta vigilándose a sí mismo para no caer en el solipsismo, podrá escribir crítica.

Pero ¿cómo se puede ser honesto y tener algo que decir y, al mismo tiempo, no caer en el fanboyismo ni olvidar la primacía compartida (y unida en la película visible) de la estética, la historia, el espectador, el crítico y el mundo? Pues se puede hacer así, viviendo todo eso a la vez y sintetizándolo. Confrontar la película individualmente, ponerla en contexto (histórico, personal), conocer y explicitar la época de la que surge y la que la recibe en este momento, quizá no crear nuevos criterios críticos (ni siquiera temporales), examinar sus temas, sus tropos, sus trucos, sus logros y sus limitaciones. Y, mientras en una columna se va listando en rojo todo eso, en la de al lado, escrito en color azul o negro, está el mundo, como un pajar del que hay que sacar (previo entrenamiento) las agujas adecuadas para las hebras de cada obra. Sin perder de vista que se pretende confeccionar la prenda con el propósito de que la compre alguien que la necesite. El crítico tiene que poner los ojos bizcos, mirar las dos columnas a la vez y sintetizar lo que piensa y siente. Refiriendo ostensivamente la película, en todo momento o al menos en los momentos clave del texto que va a (que debe deber) generar.

Eterna promesa

Este es un texto confesional que culmina en una pregunta práctica, técnica, dirigida a quienes me leéis.

Hace un par de semanas, supe que me denegaron la beca FPU para hacer el doctorado. La quería para poder dedicarme durante 4 años, como un trabajo, a leer y a escribir. Y, después, seguir intentando cobrar por hacer lo que más me gusta, lo único que me llena como el aire a un globo, eso con lo que creo que puedo ayudar un poco a la sociedad. La noticia fue el final de un plan general de vida que tracé hace ya 6 años, sin determinismos y más por inercia que por convicción, cuando decidí volver a la universidad a seguir en el 2º de carrera que tiempo antes había abandonado por holgazán, o para poder leer más y ver más películas, o para poder tener un trabajo basura que me permitiera vivir solo y leer más y ver más películas y tener siempre amigos y amigas en mi casa.

Por un error de cálculo (los confusos documentos burocráticos no han ayudado), los últimos meses he estado convencido de que tenía bastantes posibilidades de conseguir la beca, más aún después de haber formado parte del grupo de elegidos que han superado la primera fase. Todo hacía pensar que mi estancia en China iba a ser solo una parada temporal en mi vida, la última antes de dar el salto a la gloria académica universal. Pero mi optimismo fue un error de cálculo y he quedado lejos de la beca. Podría seguir intentándolo, volver a pedirla si las ruinas del Ministerio de Educación se animan a seguir convocándola, pedir otras. Sin embargo, ahora mismo creo que se acaba aquí mi carrera académica, acabada justo al filo de comenzar. Fin de la cita. Ni puedo ni me apetece seguir siendo joven promesa, con 32 años ya, por bien llevados que estén. Daré algo de lástima a algunos profesores y compañeros que creían en mí, que se quedarán con mi imagen de promesa académica, congelada entre 2008 y 2014. Pero que no lloren. No estoy acabado (…dentro de diez años ya veremos).

Ahora toca decir en voz alta las sombras del mundo académico humanístico para engañarme un poco y aplacar la frustración: la dificultad de abrirse un hueco profesional en él, cómo consigue limitar el libre fluir del intelecto y la creatividad, su demasiado frecuente alejamiento de la praxis y de la sociedad, su autosuficiencia. Sin embargo, ya fuera de la universidad, lamento lo que voy a perder, probablemente para siempre: un sueldo con el que sobrevivir haciendo lo que más se aproxima a lo que me gusta y no otra cosa, una exigencia y regularidad intelectual que me obliguen a mantenerme activo como pensador y creador. Adiós. Me veo de nuevo en esa situación tan incómoda de tener que buscar un trabajo de verdad, más difícil aún para un licenciado en Humanidades con un máster en Filosofía que ya no está en la veintena. De momento, el camino se anda con escaso aunque suficiente éxito, además de que se abren perspectivas razonables de una alternativa aceptable, como es vivir de redactar y corregir y proofreadear. Pasar por el aro de la realpolitik cotidiana es una circunstancia de la que ya no puedo escapar (¡ni quiero! ¡no otra vez!) volviendo a estudiar, volviendo a entregarme a la noche o volviendo a encerrarme en casa. El hikikomori, el noctámbulo y el estudioso no pueden ser otra vez lo que me definan. No me da la gana.

Afortunadamente, en el último año he conseguido poco a poco poner en marcha mi alternativa vital por si la carrera académica me fallaba. Pensaba que no sería tan grave perder el doctorado si conseguía mantener la cabeza fresca de otra forma: escribiendo. El problema es que nunca había podido escribir con regularidad, por distintos motivos que solo conocen los retorcimientos de mi cerebro. Los primeros meses después de terminar el máster fueron oscuros y vacíos, no del todo improductivos pero lejos de lo que necesitaba. Mi salvación solo parecía encontrarse en la vía académica, en el peso de la institución obligándome al trabajo intelectual. Eso aún era una posibilidad lejana en el tiempo, ni siquiera convocadas las becas estatales. Cada día me levantaba ante un cartel imaginario pero muy real de “abandonad toda esperanza”. Pero lo he conseguido. El plan de choque que inicié en enero, y que ha estado a punto de descarrilar demasiadas veces, ha terminado funcionando y ahora escribo casi todos los días. ¡Por fin! ¡Por fin hago lo que quiero hacer! ¡Viva la libertad y el individuo! ¡U Ese A! El golpe definitivo vino de un recomendabilísimo y divertidísimo libro confesional sobre escribir, Bird by Bird de Anne Lamott, que en mi caso actuó como un libro de autoayuda puro y duro, tanto a nivel creativo como vital, ambos extremos unidos. Allí encontré la frase que ya no me permitiría fracasar, que me obligaba a escribir. Se la dijo a la autora un amigo escritor: le dijo que escribía porque la otra opción era suicidarse. Dejémoslo en que lo interpreté como una metáfora tremendamente eficaz.

Así que ahora escribo y escribo. Pero el blog se me queda corto, este blog que es tan importante para mí, aunque tenga que reconocer que nunca lo he explotado del todo. Aquí tengo una gran escuela, un lugar de desahogo y libertad creativa en el que puedo dar rienda suelta a mis intuiciones. Y este es el problema, que en el blog, al final, apenas me limito a intuiciones. Los textos que publico, como ya he dicho alguna vez, son elaborados en un rato más o menos largo y publicados en el rato siguiente. No tienen maceración, más allá del sedimento cultural y vital que ya acumulo, o del tiempo que lleve masticando de forma inarticulada las ideas centrales. Empiezan a ser escritos en un día y terminan de ser escritos y entregados al mundo en el mismo día. No cambian, por muchos añadidos o correcciones que se me ocurran después. No se revisan más allá de lo presentable, apenas tienen apuntes de sus potencialidades. No llevo al límite su coherencia ni elaboro a fondo su estructura. Se quedan fijados. Como mucho, fantaseo con que son un almacén de esbozos que algún día desarrollaré.

Por todo eso estoy haciendo algo más. Estoy escribiendo textos más largos, desde 2.000 palabras hasta el infinito, a los que doy todo el tiempo que necesiten. Y el tiempo es mucho más importante que la extensión. No me atrevo a llamarlos ensayos ni relatos ni experimentos, aunque por ahora tienen unos gramitos más de lo último que de lo primero y apenas unas gotas de lo segundo. Pero los que leáis este blog os podéis hacer una idea de por dónde van, en algún punto descentrado entre la escritura automática, la literatura abierta y la crítica cultural. Solo tengo un puñado terminados, pero el problema va creciendo y tengo que decirlo ya: no sé qué hacer con esos textos.

Estoy escribiendo todo esto para pediros consejo, a los tres o cuatro indocumentados que me seguís con regularidad, a los diez o quince perdidos que caen aquí por alguna búsqueda en Google que nada tiene que ver con lo que digo (pero quizá mucho con lo que no me atrevo a decir). Mi primera idea era crear una especie de pseudoeditorial paralela al blog, para publicar cuadernos o pequeños libros que recopilen esos textos en PDF y, sobre todo, formatos de libro electrónico, con hilo temático (estoy desvelando el misterio del teaser que publiqué hace unas semanas) o ni eso. ¿Por qué un formato descargable? Porque pienso que los textos en html no se leen con toda la atención que idealmente requerirían, perdidos en un mar de pestañas en segundo plano y lectura diagonal. Ante esto, experiencias como la Incógnita OVNI: Metafísica de la ruptura de Pablo Vergel, la Prosa Inmortal de los de siempre o el Fantasmas contra extraterrestres de Javier Avilés, han sido fuentes directas de inspiración. Sin embargo, también he pensado que, si solo están accesibles mediante descarga, es bastante posible que se lean menos, porque la gente suele (solemos) ser tirando a vaga y nada más cómodo que leer algo directamente. Más aún con el móvil, que facilita mucho la lectura atenta de entradas en blogs o webs, gracias a inventos como Pocket o Feedly, sin mil pestañas que te miran de reojo, sin más ruido de fondo que el del entorno de nuestra querida sociedad postliberal.

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En resumen, quiero preguntaros cuál creéis que es la mejor forma de sacar a la luz estos textos. ¿Cómo se van a leer más? Algunas opciones previas: montar una pseudoeditorial online para ofrecerlos en descarga gratuita (con opción a pagarme una empanadilla), organizados en cuadernos o de manera individual; organizarlos como una revista periódica, quizá con un tema principal del que haya más de un texto, pero con cabida para otros; crear esos mismos cuadernos o revistas pero, además de dar la posibilidad de bajarlos, mantenerlos accesibles directamente en la web; subirlos a Amazon o alguna otra plataforma de uno en uno, siempre que tengan una extensión mínima (nada fuera de lo común), publicitándolos en este vuestro blog; lo mismo, pero con un blog o web dedicado en exclusiva a estos textos extensos y trabajados; ponerlos directamente aquí en el blog, sin descargas, a palo seco o por entregas; imprimirlos para poder quemarlos y mandarlos al infierno de las letras del que nunca debieron salir, incluso cuando eran indefensos nascituri. Etcétera, etcétera, etcétera. Por su heterodoxia y probable inmadurez, quedan (de momento) fuera las opciones de moverlos por editoriales o enviarlos a concursos. Quizá lo mejor sería una mezcla de algunos de estos puntos o una guerra total. Por supuesto, juntar los textos en pequeños libros temáticos sería la opción más sencilla, porque eso casi se mueve solo. Esa fue la idea primigenia, una serie de textos a partir de algunas de mis experiencias en China. Pero tengo una mente algo dispersa y me cuesta mantenerme fiel a un tema…

Me gustaría leer vuestros comentarios, si es que hay interés, y vuestros consejos y experiencias. No solo en relación a cómo puedo publicar yo lo que escribo, sino también sobre la cuestión en general. Quería mantener todo esto en secreto hasta el gran anuncio, pero como no tengo manera de llegar a producir algo que anunciar, prefiero apelar a la mente colmena de internet. Mi objetivo básico es que se lean, que se lean más que el blog porque estoy invirtiendo en ellos incluso más que aquí. Cuanto más ¡y mejor! se lean, mejor.

VLAD: ¿Quién quiere ser un vampiro?

vlad1Un escritor mexicano, que tuvo sus días de mayor gloria creativa en los 60 y en los 70, decide escribir una reinterpretación del Drácula de Stoker ambientada en la Ciudad de México actual. Cuando lo hace, a Carlos Fuentes apenas le quedan un par de años para morir. Lo que promete ser un ejercicio de puro kitsch, de divertimento de última hora para alguien que ya no tiene nada que demostrar y nada que decir por desgracia, lo que les ocurre a la mayoría de escritores viejos), es en realidad una de las más agudas revisiones del mito.

Yo, desde luego, nunca he querido ser un vampiro. A veces es presentado como alguien tan poderoso y libre que da muchas ganas de serlo, y piensas que te gustaría estar en ese mundo de ficción y devorar doncellas, vivir eternamente para convertirte en el máximo experto en lo que más te gusta y matar personas indefensas, todos ellos deseos profundos de la masculinidad. Pero son cosas deseables solo mientras rijan las reglas impuestas por la historia inventada. Trasladada a la vida real, la posibilidad de ser un vampiro no parece tan agradable: engatusar y matar inocentes cada noche solo para alimentar tu sed, recibir borbotones de sangre y otros fluidos en tu boca (quieras que no) cuarteada por las siglos, vivir como un terrorista en permanente huida de una ley que jamás entendería tus motivos.

vlad2Sin embargo, el Vlad de Carlos Fuentes ofrece el vampirismo como la posibilidad de cumplir el deseo de masoquismo, esas ganas de sentir ¡lo que sea! que hormiguean dentro de cualquiera que viva en una megalópolis, y que de manera inevitable pican ahí. Ante el mismo viaje en metro, el mismo polvo cada tres noches, el mismo arco argumental en una nueva serie favorita, la misma comprobación cada día 2 en el cajero para ver si has recibido el mismo pequeño sueldo (esto sí que siempre es el mismo), las mismas noticias contadas por los medios de la misma manera efectista, el mismo asfalto, cemento, hierro, óxido, acero, escalón, ascensor, portón, despacho, local, partido, cuerpo, cuerpos, vestidos, pantalones, pequeños placeres, pis y pos de perro en la acera. Ante todo eso, mejor obligar a sufrir a la carne en sí misma antes que aguantar otra reposición de la rutina propia. Ante eso, mejor convertirse en vampiro y destruir con una carcajada que solo podrá ser parada por una estaca que ya nadie recuerda cómo manejar manualmente.

Pero, claro, hasta los poderosos del universo sobrenatural son casta y no cualquiera llega a convertirse en uno. Solo nobles o gente muy demente o muy macizorra pasa las pruebas. Convertirse en esclavo de vampiro es una opción más realista para la mayoría de nosotros. Como siervo del nosferatu, tu función es ser golpeado y maltratado y mutilado. Perdón: golpeada, maltratada y mutilada (el autor es un hombre). Además de conceder a la mujer urbanita sus presuntos deseos de ser violentada de maneras inimaginables, otros humanos inferiores como niños o, sobre todo, hombres deformes, también pueden apuntarse al plan. Y lo harán, sobre todo los segundos, porque les garantizará una depravación que, como todos saben, es lo único a lo que puede aspirar un cuerpo muy imperfecto. Pero en Vlad el dilema se le presenta a la mujer urbanita, siempre estrangulable, que no duda un segundo en pasarse al lado oscuro. Dice con orgullo que ¡muerte! a los mismos trucos sexuales de siempre del cónyuge y ¡larga vida! a la violación disfrutada, a la sumisión sanguinolenta al vampiro, por mucho que conlleve una más temprana que tardía metamorfosis en ceniza y la progresiva pérdida de miembros. Cuando la sociedad deja de ser providente, es hora de firmar un nuevo contrato social, un rechazo voluntario al pasado para abrazar un lifestyle incierto pero que garantiza ser experimentado entre gozosos gritos constantes.

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Todo eso ya estaba en el original de Stoker, y yo soy tan negado que no me he dado cuenta hasta que he leído a Carlos Fuentes, supongo que por lo bien que escribe este señor. Pero en la primera versión esta idea no era explícita sino colateral, y tal vez solo visible desde la posteridad. Por tanto, podría decirse que no estaba. Allí, como en la mayoría de (re)interpretaciones posteriores, lo importante era el deseo soterrado y el terror a que se convirtiera en realidad. Aquí, al contrario, el deseo es deseado, su transformación en hecho es la mayor fuente de alegría para el (perdón: la) sufriente. En Vlad, Fuentes aclara su propuesta vampírica en el mismo clímax de la historia, no como un huevo de Pascua para degenerados de épocas posteriores, sino destacándola como la idea clave para interpretar el draculismo hoy. Según lo que uno elija, ser vampiro/ghoul o burócrata, podrá considerarse dentro de la categoría de los vivos o la de los muertos.

La paradoja es que son los muertos quienes deciden vivir abrazando su humanidad, mientras que los vivos son cobardes que se conforman con residir en su zona de confort durante toda la eternidad. Una eternidad que, por otro lado, para un mortal, apenas se reduce a unas décadas. Aquellos que eligen seguir vivos son zombis, no vampiros. Convierten su lista de elecciones biográficas en una serie de planes quinquenales, apenas esbozados con unas directrices generales (mantener el trabajo, mantener el cónyuge, mantener los hobbies, mantener en equilibrio y bajo control los distintos yos), sobre las que no hace falta elaborar informes que las analicen en detalle porque todo el mundo sabe lo que se deriva de ellas. Si funcionan, bastará con renovarlas durante cinco años más. El vampiro o su esbirro complaciente, el muerto por elección, hace planes centenarios pero, al juntarse en su puesta en práctica el deseo humano y la inercia animal, tienen mucha más animación interna. Quizá menos cambios, pero sí una excitación renovada cada vez que se eviscera a una virgen (o se es una virgen eviscerada) o se desolla a un indigente o a un mamífero irreconocible, porque la parte más instintiva se olvida de que ya se hecho diez mil veces antes. Para un muerto sádico o masoquista, no hay pasado cuando se está en la acción. El vivo, en cambio, es consciente del progresivo desinterés de y hacia su vida, que acepta como peaje para poder autoconservarse con comodidad. Es demasiado consciente de su humanidad, la cual acepta con humildad de borrego, y no quiere forzar la máquina. Mientras, el muerto por elección, ya se puede decir el no-muerto por elección, ha descubierto y aceptado su condición de “Dios inacabado” y está dispuesto (dispuesta) a llevarla hasta el final. Dolor y placer mediante.