Querida M.I.A.

Nos conocimos en el SoulSeek, ¿te acuerdas? Que me bajé el Arular porque alguien de gusto me lo había recomendado. Vaya disquete te marcaste, me ayudó mucho en mi cruzada de defensa del reggaeton y otros ritmos mal vistos en Europa. ¡Esos aburguesados modernos! Leí que eras una artista, de las de Bellas Artes,  y me lo compré original, para ver el diseño que habías montado; y también para ver si salías guapeta en más fotos, jeje. Ya te dije que yo siempre he sido como xenófobo pero al revés, algo así como xenófilo (este chiste nunca te hizo gracia y ni siquiera te parecía un chiste), y tus srilankismos me mataban. El rollito hindú, ya sabes. Qué te voy a contar. Por aquel entonces todavía bajaba los vídeos de música del eMule, no sé si existía YouTube ya, y los tuyos me los veía como diez veces por semana. Te propuse que me enseñaras a hacer lo de tirar la granada que hacías en el vídeo de «Bucky done gun», que siempre pensé -y sigo pensando- que es lo más peligrosamente sepsi que se ha visto en una pantalla. Tu exotismo, la contemporaneidad de tu música y de tu imagen y de tu concepto, tus vínculos sospechosos con los Tigres Tamiles. ¿Cómo no iba a enamorarme de ti? Me pierdo; decía lo de la granada, al final aprendí por mi cuenta y de vez en cuando deleito a mi panda con ese movimiento. Aunque este último año ha estado más de moda en mi círculo el step on the cockroach que hacías en Pancake Mountain, enseñando a los niños lo que es bueno. En fin, que menudos bailes me marcaba yo en casa con «Galang», ensayando la coreografía en mi cuarto como unas ochoañeras en el patio. Descubrí poco más tarde, retroactivamente, la mixtape que habías sacado antes del primer disco, Piracy funds terrorism volume 1. ¡Vaya título, jodía! Menuda tía estabas hecha. Era un poco lo mismo que Arular pero más tosco, y por eso mismo todavía más divertido. Baile extremo todo el día. En mi habitación más que nada; menos una vez que fui a Valencia y pusieron «Pull up the people» y enloquecí. Hice un ridículo guapo, nano. Pero, literalmente, que me quiten lo bailao, jaja. Aún guardo copia transcrita del semese que te mandé para contártelo. Nunca contestaste, pero sé que te llegó.

Luego ya vino la locura, en el 2007. No tengo miedo a decirlo en público: me enamoré de ti. Pero hasta el fondo, eh. Por fin me hiciste caso y dejaste a Diplo, que era un guayón. Por cierto, que con buena gente te has movido, no sé si te lo he dicho alguna vez pero me encantan tus featurings (por ejemplo con Buraka Som Sistema o tu homie Rye Rye). Las canciones que hiciste desde la ruptura con Diplo cambiaron mucho, ya no tenían esos ritmos marcados, sonabas menos a favela y más a poblado indígena con radiocassettes. Más que a bailar un agarrao espasmódico con una uzi, ahora los ritmos incitaban a dispararla contra la bola de espejos de la discoteca y todo el resto de iluminación y, sólo entonces, o durante, empezar a bailar. Kala, se llamaba tu segundo disco. Pero hubo algo antes. Qué te voy a contar a ti… por fin nos conocimos en persona. Fue en el Paredes de Coura, en Portugal. Yo me compré esa misma tarde la camiseta de how many how many que salía en el nuevo vídeo de «Boyz», que vaya gran vídeo con todos esos negros pobres bailantes entre colores chillones e incitaciones poco sutiles a la epilepsia. Siempre fuiste muy true. Y sigues siéndolo, no me malinterpretes. Tus africanismos y tercermundismos poco tenían -poco podían tener, de ahí venías- de pose. Volvamos al norte de Portugal, agosto del 2007. Saliste por fin al escenario, hortera perdía, en un espacio desangelado -sólo tú y la negra, y un DJ poniendo mandanga- con un sonido más desangelado aún. Parece mentira que un concierto importante en un festival pueda ser tan de andar por casa.  Pues así fue. Siempre sospeché que la gente no lo entendió y le pareció todo cutrón, pero es que la gente nunca entiende nada. Llevabas aquella peluca lila. Luego empezaste a montar un micro lateral que parecía un potro de gimnasio. SEX. Cuando sonó «Boyz» te enseñé, desde mi puesto central en primera fila, la camiseta; me miraste y me sonreíste, cómplice. A lo mejor te suena un poco triste, pero fue una de las cimas de mi vida. Qué quieres que te diga, es lo que hay. Si me hubieras hecho un poco más de caso durante estos años, que soy una joya como siempre te digo… Va, Portugal. Momento duro. Cuando te tiraste al público te fuiste por otro lado, y casi muero de envidia por no poder ser parte de toda aquella turba que te manoseaba. Todavía lloro por las noches pensando en aquella oportunidad perdida, y a veces me toco pensando en que el azar te podría haber hecho llegar a mi espacio vital, haber puesto tu culete en mi mano, cuando el público te manteaba. Pero no fue así. En fin. Seguimos bailando y cantando contigo como si estuviéramos en tu local de ensayo. Te hice algunas fotillos, que pensaba que no iban a salir porque llené la cámara de baba. En un tema nuevo hiciste una versión bastarda del estribillo de «Where is my mind?» de los Pichis y casi me desmayo de sorpresa y de gusto. Me duele recordar todo esto, los días dorados. Nuestros días dorados, Maya. Como el gorro de basurero que llevabas aquella noche. Volví a Alicante, como un adolescente me compré todos tus discos y singles en vinilo (que pueda o no escucharlos es irrelevante), incluso un poster, en el que apareces glorificando una bomba de mano, que aún preside mi cama. Bendito eBay, que nos hizo más íntimos aún. Salió por fin Kala, y me quedé completamente picuet de principio a fin. Todavía hoy me pasa, eh. Todo lo que en Arular era claridad y contundencia, aquí era maravillosa dispersión y combativo antieurocentrismo (ataque a Occidente desde dentro y con sus propias armas, lo cool y los raperismos, que también son tus armas). Desde bollywoodadas a industrialeces hiphopianas, pasando por todo tipo de diversidades culturales sinceras y sin condescendencia. Qué te voy a decir, si mejor que tú a ti misma no te conoce nadie. Lo único que no me gustó, como te comenté en su día, fue descubrir que fumabas porros. No fue mucho más tarde que te prohibieron entrar en Estados Unidos por tus presuntas alianzas con los supuestos terroristas tamiles, ¿no? Con el tiempo, «Paper planes» se convirtió en un hit universal, y llegaste a las masas, entre asustadas y fascinadas. Que hasta te censuraron el sonido de disparos cuando actuaste en Letterman (sorpresa desagradable te llevaste), menuda panda de mojigatos. Como para no tocarles los huevos. Si es que se lo buscan. No dejes de darles lo suyo, beibe. En el fondo, me alegra que no ganaras el Oscar al que te nominaron por la de Slumdog millionaire, porque hubiera sido un poco raro verte recoger un premio así, siguiéndole el rollo a toda esa gentoleta.

Te quedaste embarazada y te fuiste de los escenarios, no sé si porque estabas hasta los cojones de tanta tontería capitalista. Creo que algo de eso había. Aquí es que perdimos un poco el contacto, aunque muy a menudo me acordaba de ti y te echaba de menos. Cada vez que me acostaba y te veía en el poster, sobre todo. Este año volviste y montaste una buena traca. Te prohibieron en la MTv el vídeo de «Born free», decían que por violento y explícito, pero todos sabemos que era porque los soldados malvados llevaban bien clara la bandera norteamericana. Si hubieran sido militares alegóricos, como lo eran las víctimas que habíais grabado, seguro que os lo habrían pasado. Bueno, pues que telita el vídeo, y además me quedé clavado en la silla con la música. Hacía unos meses que no sabía nada de ti y descubrí que te habías hecho más incómoda. Punki, si me lo permites. Tralla de la buena. Oye, que voy a ir cortando ya. A lo que iba. Te escribía sólo para decirte que me he comprado tu disco nuevo ya, Maya, la edición especial, que sales hologramática en la portada, entre barras de progreso del YouTube recortadas con el Paint. Probablemente eres la persona con más estilo del mundo, lo sabes, ¿no? Y vaya musicón. Ya te da igual todo y se nota, como cuando repites lo de “I just give a damn” en la post-mákina «Meds and feds». Se te ha ido la olla y el disco es un barullo aún más tremendo que el Kala. Cosa que no puedo sino aplaudir con todo mi cuerpo. Es todo un caótico arrebato, como espontáneo y supertrabajado, que va desde Atari Teenage Riot a Tom Tom Club, pasando por las cloacas más sintéticas del rap, extraños reggaeismos ya más que reggaetonismos, sucedáneos de «Paper planes» aún más bonitos, tracas cada vez más violentas. Aún tengo alguna duda, pero creo que eres la personificación del espíritu de nuestra época. La Jenny Sparks del siglo XXI. Toda la humanidad contemporánea metida en tu cuerpet. A lo mejor es por eso que te quiero.

XXXO

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Cómo suprimir la escritura femenina

Ella no lo escribió. Pero si es evidente que sí que lo hizo…

…lo escribió, pero no tendría que haberlo hecho. (Es político, sexual, masculino, feminista.)

…lo escribió, pero fíjate sobre lo que escribió. (El dormitorio, la cocina, su familia. ¡Otras mujeres!)

…lo escribió, pero sólo escribió uno así. (“Jane Eyre. Pobrecita, es lo único que…”)

…lo escribió, pero no es una artista, y tampoco es realmente arte. (Es un thriller, una novela rosa, literatura infantil. ¡Es ciencia-ficción!)

…lo escribió, pero la ayudaron. (Robert Browning. Branwell Brontë. Su propio “lado masculino”.)

…lo escribió, pero es una anomalía. (Woolf. Con la ayuda de Leonard…)

[De How to suppress women’s writing, Joanna Russ; la traducción es mía]

Retrato de blog con joven al fondo

Tal joven lleva tal blog. Un día, presa de un ataque de humildad severa, descubre, aunque siempre lo sospechó, que es un auténtico ignorante y que no tiene ni puta idea. ¿Para qué escribir, entonces?, puede que se esté preguntando. Se retrotrae a sus inicios, no del todo lejanos (por lo que es menos doloroso volver a ellos), para recordar por qué empezó. Lo hizo porque pensaba que tenía algo que decir, que aportar. Algo nuevo, distinto, original, incluso interesante, si se ponía utópico. Algo que nadie más, sólo él, podía decir. Es que si no, ¿para qué?, pues si el mensaje no fuera único siempre habría otros quiénes que dirían ese qué con un mismo o similar cómo. El suyo era otro punto de vista, formado por infinidad de puntos de vista pero, precisamente por eso, por la magia combinatoria de la cultura, un poco diferente. Aunque, claro [en este momento el joven vuelve al presente], no deja de ser un simple estudiante. No es, al menos todavía, un Nobel ni un catedrático de extrarradio parisino. Se da cuenta de que, si bien el aprendizaje es constante a lo largo de una vida, sí que se puede alcanzar un punto en el que se esté familiarizado con lo fundamental, las bases de la cultura. Tener unos mínimos competentes en “los grandes temas”. Algo para lo que todavía le falta pero que aspira a conseguir en unos cuantos años. Le hacen pensar, por ejemplo, las experiencias que Emilio Lledó cuenta en la tele pública, sabio que considera que, a grandes rasgos, hubo un momento en el que se completó como persona y a partir de entonces todo ha sido perfeccionamiento y matización. El joven del blog ve con claridad que, como estudiante, y sobre todo como joven, sus creencias y opiniones se ven azotadas por fuertes y desequilibrantes tempestades cada poco tiempo, al conocer constantemente más textos básicos, más ideas clave para entender el mundo, la humanidad. No pretende hincharse a leer hasta cruzar una línea que le convierta en un ser estático y absoluto, sino conseguir manejar unos mínimos que le permitan otros mínimos de estabilidad, coherencia y seguridad. En la práctica, atormentado por el pensamiento de que todo lo que escribe es de la misma categoría que «todo lo sólido [que] se desvanece en el aire» con rapidez, toma la fulminante decisión de retirarse oficialmente de la escritura personal, activa e independiente por un tiempo indefinido. Toma de perspectiva, reflexión profunda sobre las verdaderas capacidades propias y sus límites y posibilidades, recalibración o creación de objetivos. Sobre todo, prórroga hasta que considere estar diplomado en Mínimos Culturales. Entonces, con mayor claridad, nunca claridad total, escribir con motivos y motivado. Si se muere antes, piensa [pues siempre pensó que moriría antes de los 30], ya ha dejado en todo caso un cierto legado.

Pero no puede dejar de sentarse y escribir, de intentar hacer pensar y transmitir ideas y conocimientos que considera interesantes, si no importantes o incluso fundamentales al más alto nivel. Por eso, como última decisión, reconstruye su blog como espacio de citas de otros autores, de personas mucho más completas como tales, mucho más sabias. Que tienen realmente algo que decir y tienen claro cómo hacerlo. El joven teme que se le identifique con los textos seleccionados; pero ya lo temía cuando se dedicaba a los textos propios. Y, aunque puede ser así, colocando en su boca palabras mejor y más sólidamente dichas, puede también no serlo. Siempre ha considerado que la máxima incitación a pensar viene más a menudo de aquello con lo que no se está de acuerdo, de ponerse en el lugar del otro. En todo caso, la misma selección de textos, como conjunto, puede resultar un collage no demasiado alejado de su propia y contradictoria visión del mundo, un collage único y personal; esto le vale como alivio, su identidad cultural y creativa todavía tiene un resquicio para expresarse. No deja de ser un proceso activo e individual el elegir lo que han dicho otros, y puede servir como sucedáneo hasta que considere que él mismo tiene suficiente entidad como para que su propia opinión tenga algún valor relevante y serio. En fin, se dice, que sea lo que tenga que ser. Se reserva para sí mismo el derecho a glosa en el campo de texto y, por supuesto, reserva para cualquier sabio o no sabio el derecho a debate en el submundo de los comentarios. Porque el verdadero aprendizaje, la auténtica reflexión e integración de los conocimientos, viene cuando se habla de tú a tú, ya sea sólo en el interior de la cabeza mientras se lee o respondiendo por escrito, a los autores. Sean otros o uno mismo.

Como siempre en El Ansia, hablamos de un caso hipotético y buena parte del parecido con la realidad es pura proyección.

AND SOON THE DARKNESS: Dignidad fílmica en el cine de terror

(And soon the darkness, Robert Fuest, 1970)

El eslabón perdido entre Hitchcock y el moderno cine de terror. Dos chicas inglesas hacen un viajecito por la adorable Francia rural, en bicis, durante unos días de verano. Pero pasa algo, ¿no? Un festival de suspense construido a partir de sutilezas, de planificación detallista, de anticipaciones inconscientes que derivan tarde, más que temprano, en realidades. Aplicado no a una compleja historia de gran estudio del Antiguo Régimen fílmico, a base de espías, traiciones, secretos familiares… sino a una anécdota sencilla y casi creíble. Esa inteligente sencillez esquelética es el puente a la simplicidad anémica del moderno cine de terror, con la que no hay que confundirla. No es lo mismo tener elementos mínimos (tres o cuatro personajes con dos claros trazos de personalidad, llanos y abiertos paisajes naturales rurales, permutaciones de las posibilidades de formas de transporte y un par de lugares sin interés aparente), como ocurre en el infinitesimalismo de raíz clásica, con la que por esto mismo choca, de And soon the darkness, eso no es lo mismo que hacer lo mínimo con unos elementos (sordidez y recargamiento ambiental y violento como herramienta fundamental y a menudo única), como sucede en el moderno cine de terror. Mientras aquí la estructura es de espiral descendente, que se aleja y se acerca por igual del epicentro del horror a lo largo del metraje, arriesgándose (venciendo) a crear un círculo cerrado que rompa el interés, el moderno cine de terror de jóvenes y psicópatas es una caída libre, directa, en línea recta hacia el infierno. La falta de matices tiene unas ventajas que no existen en el amor por el detalle, sobre todo que el impacto físico es mucho mayor; pero la sutileza tiene sus propias armas, diferentes, para crear una efectividad más profunda y consistente, aunque menos intensa. And soon the darkness se asoma por encima de la valla de esa sutileza repensada, y entrevé lo que será el género en las próximas décadas. Adelanta sólo una pizca, la pizca que le permite su clasicismo hitchcockiano: no hay que anteponer las intenciones de mostrar palmito, utilizando un nutrido grupo de actores y actrices de belleza populista y en la flor de la vida, a las posibilidades narrativas de tratar sólo con un par de chicas. Busca el reto creativo. ¿Para qué utilizar una furgoneta pudiendo crear el misterio con dos bicis y una moto? ¿Por qué rodar terror de noche y en angostos bosques? ¿No hay acaso un miedo menos oculto, y a la vez paradójicamente más difícil de encontrar, en el sol del mediodía? ¿No hay más amenaza en la lenta pero inexorable caída hacia el atardecer, retratada aquí con discreción extrema, casi a imperceptible tiempo real? La explotación de todo esto no es fácil, como bien entendió el director de Jeepers Creepers utilizando elementos muy parecidos en la primera parte de su película. Pero Jeepers Creepers ya es terror moderno, y su camino al horror no tiene desvíos, pronto se entregaba a lo evidente; sin que esto sea malo, como ha quedado claro, ya que lo que se pierde en dominio de gramática cinematográfica tradicional se gana en intensidad, tampoco fácil de conseguir. Robert Fuest, en cambio, sigue hasta el final con su táctica de dar rodeos, de jugar con la mente del espectador sin necesidad de contar con su complicidad. Lo único que tiene que pedirle es su atención, como Hitchcock; el terror moderno no la pide sino que impone la obligación de mirarlo.

En las siguientes imágenes, un ejemplo (de muchos, aquí es así constantemente) de cómo crear tensión e incomodidad, sin aspavientos, sin obviedades, pero de una forma eficacísima que se mete debajo de la piel sin llamar la atención. Esta chica se queda sola, tumbada tomando el sol, en un hueco que forma una pequeña arboleda junto a la carretera. En un mismo plano, un rato después: está dormida (1); algo pasa sobre ella y le ensombrece un momento el rostro, sin que casi lo notemos (2); sigue dormida unos instantes (3); se despierta bruscamente (4). Lo que ve en el cielo es un avión (5). Así, parece sugerirse que ha sido el avión el que ha creado esa sombra, pero tanto ella como el espectador intuye, sabe, que es imposible. Y si no ha sido el avión, ¿qué ha sido, en ese sitio en mitad del campo? No hay respuesta… al menos, no inmediata.

EL PATRULLERO: Defensa de la corrupción policial de baja intensidad

El patrullero (Alex Cox, 1991) es un policía corrupto, pero también es un tipo normal. Incluso uno un poco pringado. ¿Qué se siente al ver a un hombre flacucho, algo tonteras y, en general, más bien sencillo, humilde y bonachón, aceptando sobornos? ¿Por qué no tiene rabo luciferino acabado en punta de flecha roja y mirada profunda y cínica de villano? Porque en la realidad no es así. Un policía corrupto, más aún en México, no es necesariamente un malvado extorsionador; puede ser tan solo alguien que sigue el ritmo natural de una sociedad. Sin los excesos (por muy auténticos que sean) de Serpico, el protagonista cae en la corrupción sin darse cuenta, acepta pequeños sobornos sin darle importancia más allá del momento. Alex Cox no retrata una caída a los infiernos ni le recrimina su inmoralidad. No se recrea en una trágica desgracia impuesta por el argumento y los clichés de género, sino que a los 20 minutos de su película el protagonista ya ha aceptado algún soborno y no ha subido la música ni se ha colado un primer plano del sobre o de su cara que por convención estaría confusa y triste. No se resalta ni narrativamente ni moralmente. El patrullero se corrompe (¿se corrompe?) porque es lo que toca, se guarda el dinero en el bolsillo casi de la misma manera que un camarero recibe una propina. Se emborracha y es adúltero con una puta drogadicta, pero eso no le impide mostrar con orgullo su anillo de matrimonio. Y cree en esa alianza y siente que la respeta. No ve la contradicción entre estar casado y poner los cuernos a su mujer, porque es lo normal. Se puede aceptar un extra de plata por hacer la vista gorda a un ganadero de malas pintas que no tiene unos permisos higiénicos, golpear a algún muchacho borracho y respondón, incluso robar droga para dársela a su amante… se acepta todo eso y al tiempo el patrullero es generoso y bueno, recoge a niños perdidos y los lleva a la escuela, desface los entuertos de un poblado perdido en mitad de la nada que al mundo no le importa, sufre ante el delito y la miseria. La mayoría de personas no son almas atormentadas entre el bien y el mal, los policías no tienen por qué sufrir congoja moral por ser corruptos, ni siquiera ser conscientes de que lo están siendo. Uno se deja llevar y vive, haciendo lo que viere allá donde fuere, sin pensar demasiado en lo que es. ¿Por qué no voy a coger unos billetes por una chorrada, unos billetes que me vendrán bien para sacar a mi mujer a cenar? ¡Nadie se va a enterar, no se va a hacer mal a nadie, sólo es un atajo burocrático! Lo que una sociedad acepta no tiene por qué ser mejor que lo que otra acepta; ¿en base a qué es preferible ignorar a un mendigo a coger un poco de dinero de alguien a quien le sobra, a cambio de saltarse unos trámites, para dárselo a unos niños pobres? ¿Se puede ser corrupto por puntos y, mientras no se extralimiten los extremismos que quiten el mayor número de esos puntos, como colaborar directamente con los narcos o matar o torturar o violar, seguir siendo, a pesar y al lado de todo eso, de verdad, una buena persona? ¿Se convierte en mala persona un policía que empieza a aceptar unos pagos, irregulares legalmente y discutibles éticamente, mientras el resto de su vida, una vida normal, por momentos bondadosa, sigue igual?