Alta resolución

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vlcsnap-2013-01-14-14h14m00s241Me gusta mucho ver la serie Community porque al principio pasa siempre una cosa. Es un opening más, hasta que de pronto se abre el papel que contiene el título y no sólo contiene el título, sino también un blanco deslumbrante, que casi fuerza a la pantalla a hacer un ruido de trabajo duro como el de las viejas torres de ordenador para poder exponerlo. Hasta la mosca del canal queda deslumbrada y desaparece, se rinde absorbida por algo mucho más grande de lo que pudo concebir quien la diseñó. Es una maravilla en miniatura de la alta resolución. No es un punto concentrado de sublimidad sino toda una superficie del tamaño de un rectángulo del tamaño de una pantalla. He intentado hacer un .gif animado con el papel abriéndose pero pierde la gracia, ensucia el aura que sólo está en el .mkv, la imagen así puesta como está se acerca más a la experiencia de dejar pálido todo el blanco que rodea a este blanco limpio de Cristasol, con todo su olor arrebatador incluido. Si se repitiera demasiadas veces demasiado rápido se agotaría y tendríamos que buscar otra serie que nos diera, por tan poco, tanto booty estético de la misma calidad que el del folio sobre el que se inscribió un caballo que se intuye sobre la mesa y se aprecia con bastante claridad al trasluz y te hace que te preguntes cómo lo han grabado en el papel y si merecía la pena gastar ese dinero extra para hacerlo. Da miedo mirarlo más tiempo del que está previsto que lo miremos, por si el ruido de trabajo duro que hacían las viejas torres de ordenador empieza a salir de nuestros ojos y además acompañado de sangre. Da miedo que podamos asociar la tinta del bolígrafo de la imagen a la tinta que dejamos cuando escribimos en papel; da miedo imaginar que estás firmando un documento bancario, el azul Bic te trae la imagen del blanco nuclear de Community y empiezas a gritar y a llorar en un éxtasis que acaba en risa, también histérica y extática (como no puede ser de otra manera en un banco).

Me acuerdo de cuando entré en el salón de un amigo una tarde cualquiera y me topé en ese salón con algo tan inesperado como ese chorro de lejía de Community. Fue cuando pusieron la Xbox 360 con un juego de coches llamado aproximadamente Project Gotham Racing. Era como mirar sin gafas de sol al sol y, encima, pudiendo manipularlo. Era como los rayos con formas geométricas prismáticas medio transparentes que a veces captan las cámaras que se pasean por delante de la luz en lo que acabo de bautizar al escribir esto como sus “ángulos áureos” (pongo las comillas para que destaque más este bonito hallazgo semántico). Era una nitidez tal que se convertía en una revelación, en una epifanía tecnológica, un triple salto mortal desde aquellos días con la NES a una nueva existencia de las imágenes. Estaban más vivas que yo. Más vivas que cualquiera de nosotros, míralas si no lo crees. Cualquiera puede tener esta experiencia en su casa si tiene un cable HD en un cajón o en una especie de cesta que antiguamente hacía de revistero y ahora sirve para guardar cables, mandos y pilas que nunca se usan ya. Hiperrealismo controlable desde la realidad. Es el segundo más feliz del día, cuando recibo ese abrazo de fría pureza viendo Community. Me siento platónico. Cristales en mis ojos como en aquel texto de Blanchot pero sin dolor y sin locura, sólo placer y regresión al útero previo a la caverna; feísima comparación ésta ante un éxtasis hi-tech, pero es que los 720p van por delante de mí, que soy cuerpo marrón. Cuando emerge el título la fuerza de su brillantez es tal que es como si hubiera luces que se proyectaran desde detrás de la imagen para resaltarla aún más. Una metáfora que es exactamente lo que pasa, porque a veces la realidad es tan poderosa que la mejor metáfora para explicarla es la realidad misma.

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THE GOOD WOMAN OF BANGKOK: Esas mujeres viven para ti

The women of Thailand are so beautiful that they have become the hostesses of the Western World, sought after and desired everywhere for their grace, which is that of a submissive and affectionate femininity of nubile slaves – now dressed by Dior – an astounding sexual come on in a gaze which looks you straight in the eye and a potential acquiescence to your every whim. In short, the fulfillment of Western man’s dreams. Thai women seem spontaneously to embody the sexuality of the Arabian Nights, like the Nubian slaves in the ancient Rome. Thai men, on the other hand, seem sad and forlorn; their physiques are not in tune with world chic, while their women’s are privileged to be currently fashionable form of ethnic beauty. What is left for these men but to assist in the universal promotion of their women for high-class prostitution.

Dice Jean Baudrillard en sus Cool Memories. Yo le digo que se calle su delicada boquita gabacha y se deje de romantizaciones. Que no son así las tailandesas, que ni siquiera son tan guapas y que es que ni aunque lo fueran. Que me sustituya ya ese “these men” por un “us“, viejo verde. Poca broma porque hay gente que se cree lo que dicen los ancianos de la tribu como usted y luego se dedican a poetizar sobre el particular, o a ver documentales de denuncia o, peor aún, objetivos, sobre el particular. Que empiezan a llamarlo “el particular” mientras se difuminan las caras de las niñas chapoteantes sobre embarrados campos de arroz que se convertirán en mujeres sufrientes y predestinadas. Las mujeres de Tailandia no son especiales, no es un fenómeno cualitativo. Ve y díselo a una prostituta camboyana. Lo que tienen de especial, lo que no pasa en todos los demás sitios donde pasa, es que son un fenómeno de masas. Los hombres de Occidente (sólo unos pocos, los que unen la capacidad de lograr unos ahorrillos con una suficiente imaginación romántica y un ímpetu decisivo para practicar realmente su depravación deshumanizadora con muñecas reales) lo han convertido en una institución. Malditos marines. Malditos Humbert Humbert y Baudrillards. Si creía usted que las mujeres tailandesas son bellezas étnicas con niveles Def con Uno de habilidades sociales y emocionales y amorosas, haber terminado sus días en una aldea remota de alguna selva de Siam restregando sus educados billetes de meñique en alto por la cara de las familias de las chicas para que reunieran una buena dote a cambio de que usted comprobara directamente en sus carnes, las de usted y las de las hijas de la aldea, a las que echa el humo y acaricia el lomo a intervalos alternados con caricias al lomo de los puercos que sacrificarán un día para usted, para que usted comprobara en todo ese conjunto de carnes sus teorías, lo que llevaría simultáneamente a la inutilización de su dote al mancillar sus cuerpos porque ya nadie se querría casar con ellas y sólo les quedaría gastar sus euros en pillar el último autobús a Pattaya (dejarían pasar los dos primeros de la semana porque todavía no habrían reunido el valor; quién las culparía, si sabían que lo que les esperaba allí sería más hombres como Baudrillard pero por menos dinero y con menos sensibilidad y desde luego sin mirada ni palabra) para hacerse, efectivamente, prostitutas para hombres como usted. O incluso peores. Profecía autocumplida, cerdo colonialista. Ah, no, que usted las prefiere high-class, chichostesses y de Dior. Porque es como ellas se prefieren por su naturaleza y hay que satisfacerlas, ¿no? A ellas, ¿no?

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Tres: abismo

Hablaba de la segunda de tres vías por las que el cine de terror puede mantenerse vivo hoy. No son caminos independientes, de hecho las pocas películas de género que me han gustado en los últimos años poseen las tres cualidades en grados variables. La primera es la imprevisibilidad. La segunda la calidez, el cariño consciente (y transmitido) de estar haciendo algo especial y que merece la pena ser hecho. La tercera: el abismo. Del que no quiero escribir ya, mejor contemplarlo cada uno por su cuenta. Y bla, bla, bla. Leo mis palabras como si salieran de mis labios y sólo oigo bla, bla, bla. Porque no salen de ellos. Ya se ha dicho esto y no interesa. Ya dije todo esto y con más simpatía hace unos meses, quedando mucho más satisfecho. Me aburro a mí mismo. Ayer me aburrí tras imaginar (ni siquiera leer) el resultado de lo que había escrito y reescrito. Me di cuenta de que me estaba repitiendo incluso más de lo habitual y sobre unos temas con escaso interés para ser hombre. Que cada palabra tenga su sentido y su razón, pero que, por favor, no sean siempre las mismas ni los mismos. Por favor, por favor. O borraré lo publicado y lo reescribiré con ansia y con ilusión de primer latido, como estoy haciendo ahora, como he hecho con esta entrada por primera vez. Esto no es un trabajo de clase esto es un trabajo de vida esto no es literatura esto es la adorable esclavitud de ser humano.

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Me sentí viejo y aburrido. Con ganas de que Matrix se apoderara de mi blog y un tsunami de números verdes bajara destruyéndolo todo, declarando un estado de excepción y de revolución permanente maoísta. Con ganas de caos y vida y provocación y hablar a la gente y con la gente. De no ser uno más, de ganarme el puesto y ser insustituible, de no revivir Trueque Mental, que comenzó para tratar de aportar algunas cositas que no había en internet, de vivir El Ansia [Sustituye ese “internet” por “el mundo” y añade por ahí un “necesita” y eso es lo que quiero]. De no alimentar con mero peso el enorme basurero de la creación humana, de ser la niña con el abrigo rojo rodeada de palabras grises y ancianas y ejercitando un proselitismo hardcore. De ser la niña con el abrigo rojo y con los labios rojos.

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Tener taquicardias cuando escribo y oír fuegos artificiales al terminar de entregar, que no devolver, ese pedazo de mundo al mundo. Que mis palabras no hiedan a alcanfor sino a zagalico jugando y después de jugar. Ser irracional sin ser irracional, ¡porque eso nunca! Pero ¡adiós a la filosofía! Y no callarme, ¡imposible! Sólo tal vez reinventar un poco esto, recuperar (y reconvertir) la función de apasionado abismo incontrolable incontrolable con la que nació. De autoimportancia que no se pavonea sino que abraza. Regalarle otra oportunidad torrencial y abierta. Tener cada día al menos la mitad de una decena de ideas que merecería la pena publicar. Como si hiciera un nuevo blog; que ya es el 2013, que no es 2005 y ni siquiera 2009, marzo (aunque parece octubre) de ese año en el que casi empiezo a pegar con mi cabeza la ventana del autobús hasta que capturé el fuego con el que labré esto. Que uno tiene ya una edad y tiene que empezar a reírse del carpe diem pero sintiendo que algo se le rompe por dentro al desvelársele poco a poco su verdad y tiene que empezar a no dejar de hacerse el joven pero creyéndoselo, creyéndoselo. No quiero ser poeta, no otro poeta. Quiero ser persona y que los demás también. Lo sean. Quiero que la poesía muerda el cuello de todos los cínicos que la abusan psicológicamente y la empapan de sus artificios de bourbon y humo y de su odio y quiero ver cómo arranca su carne y el resultado de ese mordisco con mandíbulas intratables sea que sale un chorro de sangre en un rápido primer plano. Quiero amar y que os améis y que améis todo. Ser inocente sin baba, con la mirada limpia para poder ver y señalar. Quiero ver y sobre todo que veáis. Por primera vez. Ni profeta ni heraldo, sólo director de mirada. Apuntando con un rifle de asalto comprado y usado en Estados Unidos, si hace falta; y la hace. Que el lugar común de la víctima se vea y se duela por primera vez. Quiero complejidad clara desnuda fotografiada vivisecta. Quiero la concisión inquisitiva de la metáfora de una bomba de racimo que no se sabe si explotará pero se dirige a ti y a tus hijos y llegará a un radio de un metro de ti y de tus hijos en dos segundos. Estaría bien aquí precisamente aquí ese humilde núcleo de convicción de resistencia particular rebosante abismal al ritmo de los tiempos sin traicionarse que pido. Que sea mío absoluto y contra todo y con todo y con todos. Como acto cultural, al estar puesto en exposición. Si soy cargante me lo decís. Pero de lo que hablo no carga. Que sea algo que no hago ni puedo hacer en otras partes pero que desee hacerlo en todas partes y que todos nosotros muertos lo deseemos también. Vida vida cultura cultura mundo mundo mundo mundo Otro Otro Otro y amor. Conmigo y con todos y para vosotros ustedes todos ellos.

«Parasomnia» como segunda vía de vivificación del género

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A principios del siglo XXI el cine de terror vivió una etapa estupenda, en la que logró renovarse siendo más gráfico y físico de lo que nunca había sido en Occidente. Apenas unos años antes, el terror japonés también le había insuflado vida de forma memorable, llevando la palabra “miedo ante la pantalla” a su momento de mayor plenitud. Ecos de ambas corrientes aún perduran, pero ya totalmente degeneradas, muertas, sin ninguna fuerza. Sólo quedan copias y sucedáneos, películas tan automatizadas que a duras penas pueden considerarse películas. El cine de género siempre está ahí, parece aguantar mejor que otros el declive general de la ficción porque cuenta con firmes bases de seguidores ciegos (que son a la cinefilia lo que los votantes del PP a la democracia), lo que viene a garantizarle una cierta supervivencia en servicios mínimos hasta que lleguen tiempos mejores en los que encuentre nuevas fórmulas para respirar tranquilo y aun con orgullo. Sin embargo, el conformismo ante sus productos es un problema, ya que el cine de terror posee un gran potencial de subversión, de volver del revés las creencias de los espectadores, afectándoles además directamente a su cuerpo, generando experiencias reales que conectan el cine a la vida, sacándoles de su espacio de seguridad. Por eso hay que exigirle más, hay que exigirle que esté a la altura de este periodo de transición a un nuevo sistema socioeconómico que nos rodea o, si eso parece demasiado, al menos que conserve la dignidad. De todo esto hablé un poco en mi reciente crítica sobre El hombre de las sombras para Miradas de cine (donde escribo regularmente desde hace una temporada, creo que no lo había dicho por aquí). Allí concluía que un modo de mantener vivo el género como tal, pero también como cine, es el romper sus clichés, ignorarlos o negarlos. Es decir, partir de un terreno común para después volverse imprevisible y sorprendente, creando una auténtica experiencia, que es lo que a muchos nos hizo adictos a los géneros en origen, su simpleza y frontalidad. Le he estado dando algunas vueltas y creo que hay al menos otros dos modos de vivificación del terror en la actualidad

vlcsnap-2013-01-10-15h21m22s184El segundo estaría bien representado por Parasomnia, una película que es difícil creer que se date en 2009. No en vano, su director y guionista, William Malone, empezó en los 80. Pero no se limita a un ejercicio de nostalgia o de referencias gratuitas, que es donde se queda la mayoría que se pone a rodar, sino que Parasomnia es un acto de amor por el género. Y lo es porque no da nada por sabido, no intenta reproducir ningún modelo que le ha gustado antes sólo para su propio disfrute, sino que penetra en el fondo del terror para extraerle su corazón, y entregárselo después de utilizarlo. Ese corazón o motor no está en los recursos habituales, en los personajes arquetípicos, en los argumentos escritos sobre una plantilla. No, está en la ilusión, en la sorpresa, en la vitalidad. El sentido del cine de terror es que nos retrotrae a nuestra infancia e inocencia, con impactos físicos o con tropos oníricos de dark fantasy, material para las pesadillas frecuentes en aquellos primeros años de soledad nocturna. Su motor, para un adulto, está en una forma siempre particular y distinta de oscuridad. Malone logra hacer una película única dentro de los límites del género; y es que hacer cine de género no significa repetir lo mismo sin pensar, o sin al menos preguntarse por qué. Esto último es lo que hace Ti West, un director autoconsciente y personal, mucho más cercano a esta Parasomnia o incluso a Pierre Menard que a los miles de clonadores sin alma que se mueven en territorios similares. Con un espíritu afín a la imperdible Kissed (sobre la que escribí hace años) o a la menos lograda Dark Corners, lo que West y aquí Malone hacen son películas únicas, pero desde la humildad. Saben que lo que se tienen entre manos no va a cambiar el género, el cine, ni mucho menos el mundo y, sin embargo, no se les puede acusar de hacernos perder el tiempo ni de ser conformistas. ¿Por qué? Porque creen en lo que hacen, miman su obra hasta imbuirla de una calidez que traspasa la pantalla, un cariño contagioso por su historia, sus actores, sus imágenes, sus diálogos. Hasta por sus referencias (una parte final musical que parece recrear la guarida del Dr. Phibes). Nada de eso parece escrito ni filmado por un mono o un robot, como sí ocurre con la inmensa mayoría de lo que circula por ahí. Es un cine verdaderamente humano, con propósitos y motivaciones. Son películas románticas, en varios de los sentidos de la palabra. Y, pese a todo, siguen siendo en su corazón películas de género (término que, por cierto, estoy usando en estos textos más o menos como sinónimo del de “terror”, con algún pequeño matiz). Porque están animadas por él, por la conexión sincera entre él y estos creadores. Y los espectadores. Todo esto está presente en la encantadora Parasomnia, tan encantadora que cuando la vi había momentos en los que me apetecía levantarme y darle un beso a la pantalla; para la mayoría del género, hoy ya sólo me apetece levantarme para darle al fast-forward y seguir con mi vida cuanto antes, por lo que ya casi no veo por mucho que me gustaría. Parasomnia no quiere molar (por eso no tiene miedo al ridículo), sino enamorar. Que verla sea la única forma de verla. Quiere hacerse imprescindible como película, irreductible. Lo único que no le funciona es Jeffrey Combs, con una actuación histriónica y nefasta (frente a la sencilla naturalidad de los otros protagonistas), propia de otra época y de alguien que demuestra no entender que las cosas han cambiado. O, más bien, que deben cambiar: lo que tampoco quieren aceptar ni comprender la gran mayoría de “creadores” del cine de género. Parasomnia, lo diré una última vez, no es una manifestación de nostalgia, sino una obra totalmente consciente de dónde y cuándo está y, precisamente por ello, de su necesidad.

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[Queda una tercera vía, sobre la que espero escribir algo en cuanto se me ocurra un ejemplo reciente apropiado…]

CANNIBALS AND CRAMPONS: El estilo de nuestra tribu

Cannibals and Crampons recoge la aventura de Bruce Parry y Mark Anstice en unos lugares de la parte indonesia de Nueva Guinea auténticamente remotos. Son dos ingleses que se dedicaban a trabajar intensamente durante una temporada para financiarse viajes extremos; Parry, que terminaría siendo una estrella mediática en su país, es un ex-militar, una suerte de Bear Grylls que parece salido de una película mucho más profunda, con unos ojos conradianos que han visto La Verdad, no sólo cine de acción ultraviolenta. Los dos amigos se proponen coronar una montaña subiendo (sin cuerdas, con los crampons del título) por una cara inexplorada por el hombre blanco, lo que les lleva varias semanas de peligrosa travesía por la jungla antes siquiera de llegar a sus faldas. Un total de 77 días hasta que llegan a la cima. Esto no es uno de los sucedáneos backpackers con los que nos atrevemos los miedicas, ni un programa de televisión más o menos controlado: es the real deal, con dos amigos que se lo organizan solos y se llevan cámaras por su cuenta y riesgo, cargando con mochilas de 90 kilos cada uno y sin ninguno de los estrictos permisos de las autoridades. Lo que se encuentran en esa zona, desconocida incluso para la cartografía que manejan, es un sueño húmedo de Werner Herzog, pero protagonizado no por un demente Klaus Kinski sino por gente normal con la que te puedes tomar una caña en un bar. Ampollas y pies en carne viva, temporada de lluvias, asfixiante calor tropical y heladas (llevan material para los dos ambientes), tribus de antiguos caníbales.

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Pero la estandarización mata la vida. Esta apasionante historia sólo se transmite a medias, al verse reducida a un formato televisivo de 50 minutos. No sólo la duración cercena su alma y liquida su hálito épico, sino toda la falta de estilo que es su estilo: narrador omnisciente de perfecta dicción, música discotequera, brevedad de los pasajes. Es una experiencia límite transformada en lo que ves que suelta la tele cada vez que te acercas al salón mientras vas haciendo la comida. Hay una falta de sensibilidad poética en Parry y Anstice (tampoco podemos acusarles de nada en esas condiciones) pero, más aún, hay una dictadura silenciosa e indirecta de las formas narrativas dominantes, que se imponen a la realidad y a la creatividad sin permitir que éstas se le impongan antes. No puede infravalorarse la importancia del estilo en el cine, puesto que de él depende la conexión entre los que graban, lo que nos quieren enseñar o contar, lo que nos ofrece el mundo y nosotros los que vemos. Sin libertad creativa parece complicado que haya auténtica experiencia estética. Una libertad creativa obstaculizada por una falta de “talento” personal pero, más aún, por una coerción estructural del sistema artístico-industrial que es, en última instancia, culpable de esa falta de “talento”. Imagino el material grabado y muero pensando en lo que se podría haber hecho con él: al menos 4 horas de película para intentar establecer una equivalencia entre el largo viaje frente a un viaje normal y la duración de la sentada ante sus filmaciones frente a un documental habitual; fuera el narrador de la BBC, dentro sólo los comentarios a cámara de Anstice y Parry; fuera la música y dentro la amplificación masiva del sonido ambiente. Quiero ver al menos durante media hora cómo aprendió tan bien Bruce Parry esa lengua local, sus esfuerzos agradecidos. Quiero sufrir durante al menos media hora la subida desnuda de la montaña, quiero más largos planos sostenidos de sus pies despellejados, quiero saber cómo se limpian el culo después de hacer caca y disfrutar con mucha más calma de la sonrisa total de Superman, su jefe porteador. Quiero ver cada vez más sus costillas, huella que prueba que no nos están engañando y que están sacrificando su cuerpo. Quiero sobre todo silencio, escuchar la tensión entre ellos tras horas andando juntos sin decirse nada, la potencia de su relación incluso ante una naturaleza tan abrumadora. Poderoso silencio nuestro y atronador ruido de allí.

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Por suerte, el mundo es mucho mundo, y en algunos momentos consigue saltar la valla montada por un formato tan encorsetado, superficial e impersonal. Uno es cuando Anstice pierde pie en una de las lianas que extienden sus porteadores para que estos blanquitos discapacitados crucen una cascada; ahí parece ver la muerte muy de cerca, pero es salvado por la urgencia con la que los nativos saltan del puente improvisado y pasean sin problemas por la roca, situándose estratégicamente para sujetarlo. Es todo demasiado rápido, pero se puede sentir la pausada intensidad que supone estar a unos metros de caer para siempre. El mejor momento sucede cuando se encuentran con una tribu aparentemente nunca antes contactada (por representantes de la civilización), una tribu que es posible que siga practicando rituales caníbales. Son inolvidables los gestos de terror incontrolable de uno de ellos, cómo se cubre la cara desesperado y se golpea la cabeza, es su reacción desde su cabaña sobre troncos rodeada por unos demonios blancos que tal vez traigan el fin del mundo. Anstice, Parry y Superman imitan sus movimientos, pero llegan a ser apuntados fugazmente por una flecha matapersonas que conocimos minutos antes en otro contexto. Finalmente no es posible acercarse mutuamente, fracasando también un segundo encuentro en la selva. Pero esa sensación de que el tiempo se ha parado y de que estamos presenciando algo de verdad, un acontecimiento, consigue acelerar el corazón y hacer abrir la boca, olvidar el propio cuerpo y entrar en las imágenes. Pese a los inanes estilos actuales de nuestra tribu.