Archivo mensual: diciembre 2012

TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN: El cine nos da una base fija sobre la que hablar

Él reinó desde su cuna, desde el primer momento.

[«En su lecho de muerte, cogiéndote la mano, el padre del aclamado nuevo dramaturgo joven y alternativo pide un favor», en Entrevistas breves con hombres repulsivos, David Foster Wallace]

 

En el relato de David Foster Wallace citado arriba, un hombre moribundo cuenta su historia, marcada por un profundo odio hacia su hijo, en quien sólo veía maldad y monstruosidad. Nadie más ha podido darse cuenta. Bien al contrario, todo el mundo lo adoraba y el padre no ha tenido más remedio que disimular su odio cerval durante toda su vida. Pero, en su interior, ver a su hijo, o la mera idea de tener que verlo, y no poder evitarlo, le hacía vivir en un infierno constante. Delirando en sus últimos minutos de aliento, confiesa ser una rata, pero desgrana los argumentos contra su hijo que le han llevado a serlo, intentando exculparse. No descubriremos si su repulsión tenía motivos ciertos o si era poco más que un loco.

Tenemos que hablar de Kevin cuenta una historia muy similar, en la que una mujer no consigue establecer lazos con su hijo. Desde pequeño, éste le lanza toda su rabia concentrada, mientras parece comportarse de manera más o menos normal con el resto del mundo. La diferencia respecto al relato de Wallace es que el cine nos da muchos más datos, es capaz de ofrecer más argumentos para decantar la ambigüedad hacia un lado (¿tiene razón y su hijo es un nuevo Damien?) o a otro (¿es una pobre tarada?). Porque el cine tiene la capacidad de enseñar los hechos, de mostrar las imágenes que nos ayuden a decidir. No es lo mismo leer una descripción en primera persona, o incluso de un narrador externo, que ver lo que sucede en los rostros enfrentados de los dos protagonistas. Sí, la mejor literatura puede lograrlo, pero lo audiovisual capta esa cierta realidad incontestable sin esfuerzo. Lo que se mueve en la pantalla tiene una vida propia que se libera, en mayor medida, de lo que se nos pretende contar.

Ramsay se ejercita a fondo para tratar de manipular lo mostrado, para acomodar nuestra percepción a la de la madre. En un visionado automatizado y completamente acrítico, ¿cómo dudar de que el niño es, efectivamente, un genio del mal y de que ella tiene razón en temerle? Sin embargo, ese visionado no es posible porque no deja de ser evidente que lo que la directora pretende es meterse en la cabeza —en la piel, en su relación directa y física con lo que pasa— del personaje de Tilda Swinton. La directora intenta condicionar nuestra visión de los hechos, no con las trampas baratas habituales sino con un estilo más elaborado, que intenta asimilar y reproducir los mismos mecanismos cognitivos que condicionarían la visión de la madre en la vida real. Es uno de los motivos por los que la narración da constantes saltos temporales, emulando los ecos de la memoria que la madre padece en su interior, dándonos pistas sobre por qué su cabeza funciona como funciona. Esta intención está también tras algunos momentos epifánicos seleccionados porque concentran la personalidad del personaje, porque son los antes y después que pudieron cambiarla decisivamente. Sin embargo, ese ejercicio sólo consigue enseñar que la mujer funciona de determinada manera, no que esos recuerdos o catarsis sean las causas. Aquí no hay psicoanálisis, sino fatalismo. Ella siempre ha sido así y su mundo más profundo no se ha visto alterado por su hijo, por lo que se sugiere que el orden causal de la relación de odio no empieza en él, sino que todo se origina en la permanente amenaza de catástrofe mental que transmite su madre. La mujer es frágil y ser madre no parece haber destruido su cordura, sólo ha sido el catalizador que ha hecho explotar lentamente su terremoto interior.

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Pero vale ya de exégesis argumentales. Lo importante es que, al mismo tiempo que todo sucede en la pantalla, podemos quitar fácilmente los añadidos que obstaculizan el juicio de la madre para intentar que no nos pase lo mismo. Es decir, eliminar los recursos narrativos encaminados a crear tensión, como la música extravagante y disruptiva o el montaje traicionero. Los que te inclinan a pensar, según tu propia inclinación, o que es una enferma y su hijo es simplemente un gamberrete con algunos problemas, o que él es una auténtica espora de Lucifer. Más importante aún: incluso quitando esos obstáculos no podemos saber si tenemos o no razón. Pero, y aquí está (ya era hora) el asunto central, sí podemos saber lo que está pasando. Que la madre ha hecho esto, que ha hecho lo otro, que el marido parece extrañado o no según su expresión, que el niño ha hecho algo genuinamente extraño o sólo una travesura. Podemos saberlo porque lo vemos, tras la capa manipulada hay un segundo nivel que damos por válido, por verdadera. Vemos la mirada de los personajes y vemos cómo actúan, nos pongamos o no de acuerdo en lo que significa. Esta segunda capa la intuimos cierta y desnuda. En literatura nunca vemos con más ojos que los interiores, y la vista es nuestra forma central de conocimiento y de relación con el mundo, a la que entregamos nuestra fe. Por supuesto que ésta es una visión ingenua del cine, que las imágenes fílmicas están muy conscientemente utilizadas (o no, pero siempre sesgadas), que sólo registran una parcela del mundo. Más aún, sólo es una parcela del mundo que se nos quiere contar. Pero, estableciendo un paralelismo con nuestra vida cotidiana, nosotros también realizamos un montaje perceptivo constante y, más o menos, aceptamos lo que vemos como hechos-base. La literatura crea un mundo, sin duda los textos también ofrecen hechos-base. La diferencia es que los que crea el cine encajan con los que vivimos desde nuestro cuerpo, repiten a pequeña escala nuestro modelo epistemológico y si nos creemos uno tendemos a creernos otro.

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MILLONES

Se mueren de hambre y cosas así unos 5 millones de niños cada año. Más o menos los mismos judíos que murieron en el Holocausto, pero una y otra vez, anualmente, sin fin. Sin interés. MILLONES de niños, M-I-L-L-O-N-E-S. ¡¡¡Cada año!!! Y nos da igual. Seguimos traumatizados (con razón) por Auschwitz, mientras que mueren infinitamente más personas hoy que entonces, a pocos miles de kilómetros de donde escribo esto. Sí, los judíos y gitanos y homosexuales fueron masacrados activamente por los nazis. Hubo deshumanización y barbarie en Occidente, donde pensábamos que teníamos controlada a la bestia. Pero los niños, y los que no son niños para llegar a sumar más millones, mueren también por nuestra culpa. No por el colonialismo ni porque les explotáramos y les explotemos, sino por omisión. Son muertes absolutamente evitables, y nos da igual. Dicen que, desde que empezó esto que se ha dado en llamar “crisis”, se ha regalado a los bancos en Occidente una cantidad que podría haber servido para paliar el hambre anual en el mundo unas noventa veces. Y nos da igual. Volvamos a lo importante: 5 millones de niños. En serio. No es ficción ni un libro de historia. Yo, Borja, te digo que pienses en el horror que supone para ti el genocidio nazi. Ahora piensa que eso, de otra manera mucho más aparentemente natural (total, los negritos son como animales y es su ciclo de vida; lo raro es que la muerte masiva llegue a nosotros, los espabilados blanquitos y por eso merece ser estudiado), está pasando ahora. En 2011, cuando tú estabas terminando la carrera o preocupado por si te van a bajar el sueldo o si se te va a pasar la fecha para fichar el paro o cuando reflexionabas sobre la miseria moral de la Shoah. En 2010 también. Y en 2012 también van a morir 5 millones de niños. Compáralo con tus sentimientos ante el Holocausto. Te dejo un rato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A ver cómo lo digo, porque esto es tan indecible, tan inimaginable como el Holocausto. O tan decible y tan imaginable, tan representable, como el Holocausto, lo que nos hace aún más miserables. Hay medios técnicos de sobra para producir suficientes alimentos, para evitar la mayoría de enfermedades que asolan a una parte importantísima de la humanidad. Para ayudar, primero a sobrevivir y luego a vivir autónomamente. Y no se aplican. Y nos da igual. No desahucian a 5 millones de niños cada año, no les quitan la beca o sus padres se van a la calle con 55 años. No: se mueren. Y se mueren de hambre. Imagina cómo tiene que ser morir así. La muerte es el límite. Quitando los cuatro gatos que se suicidan, aquí no se muere ni Dios. Seguimos viviendo maravillosamente bien, con todos nuestros problemas y neuras. Dile al negro que vende películas falsas en la calle, que vive en cualquier agujero y siempre teme a la policía, dile a ese negro que por qué no se vuelve a su país por la crisis. Si yo fuera ese negro, sacaría el machete y te emascularía. Me comería tu corazón ante tus hijos y ni me estaría acercando al infierno que viven MILLONES de personas CADA AÑO, CADA DÍA. Un infierno de ahora, no de la Primera ni de la Segunda Guerra Mundial. De hoy, de mientras escribo y lees. De mientras nos gastamos cinco euros que podrían salvar vidas de niños. Un infierno sin salida y sin opción, del que Occidente no es completamente culpable por acción pero totalmente culpable por omisión. Por enriquecerse a su costa unos, por ignorarles todos los demás. No hablo de los gobiernos, que ya sabemos que nuestros políticos/banqueros son más tontos que el hijo del panadero y más malos que el que te pegaba en el recreo. Hablo de ti y de mí, de la abuela que tienes delante en la cola del pan y de tu profesor de ética. Es culpa nuestra. Podemos ayudar y no lo hacemos. Podemos dar una mísera parte del poco dinero que tenemos y salvar a MILLONES de personas de una muerte infinita. Esto no es un anuncio de una ONG, esto es un grito de banshee ante el apocalipsis moral. Imagina que todos lo hacemos, que damos diez euros al mes. Suma. Imagina que ese dinero alguien lo utiliza de manera inteligente.

¿Filosofía? ¡Me río en tu cara! Creería en ti si todos tus lacayos estuvieran dedicados en exclusiva a pensar en esto. O al menos unos cuantos. A darle vueltas y más vueltas a por qué cinco MILLONES de niños mueren CADA AÑO mientras seguimos con nuestra vida y nos quejamos de la pérdida del bienestar. ¿Qué es el robo de nuestro bienestar comparado con el robo de MILLONES de vidas cada año, un asesinato incesante del que todos somos cómplices? Está pasando ahora. A la filosofía le da igual, por eso merece todo el descrédito del mundo. El mejor de los hombres modernos fue tal vez Karl Kraus, que sintetizó todo esto en su “Todo, pero no Hitler”. Hoy: todo, pero no África. Por favor, no. Crisis, derecha, pobreza, inseguridad, paro, ignorancia, desabastecimiento, muerte de algunos cientos de personas en Occidente en un oscuro futuro tras el austericidio. ¿Qué es eso ante MILLONES de niños muertos cada año, muertes que se podrían evitar? ¿Muertes que cinco hombres ricos podrían evitar si les sentara bien el desayuno y no lo hacen? ¿O que cinco millones de hombres medianos, como nosotros, podríamos evitar y no lo hacemos? Todo lo nuestro es una triste risa, el llanto de tu sobrino cuando se le cae el caramelo al suelo. El llanto de tu abuela cuando sólo puede comer verdura de la barata con su pensión, el de tu madre cuando te vas a vivir al extranjero porque aquí no puedes trabajar, el de tu profesor o el de tu amigo activista cuando no vas a la manifestación ni haces huelga por tus derechos. Tristes risas. Somos unos payasos pagados de nosotros mismos, indiferentes ante el mayor genocidio de la historia de la humanidad que tiene lugar a las puertas de casa. Un genocidio indirecto pero completamente evitable. Del que es tan culpable el presidente de un banco internacional como el estudiante que se fuma una cajetilla de tabaco o se compra una pizza. Yo soy culpable, un triste español que lee, ve y escribe. Tú eres culpable, seas quien seas. Convierte la triste risa que es el llanto porque te quitan el caramelo en el grito más desesperado por la muerte evitable de cinco millones, CINCO MILLONES, MMIILLLLOONNEESS de niños ¡¡¡¡CADA AÑO!!!! Expía tu culpa, aunque sea por ti.

Somos unos patéticos seres tribales. La cultura es una farsa, la educación es una farsa, la filosofía y la literatura son una mentira escupida en la cara de los millones que mueren y sufren, muchísimos más que los judíos exterminados. Nuestras vidas son una pulga antropológica y lo seguirán siendo si no convertimos en el centro de las preocupaciones de toda la humanidad esa muerte constante de MILLONES de hermanos genéticos. Negamos nuestra dignidad al ignorar la suya. Sólo nos preocupamos de nuestra tribu: nuestra familia, nuestros amigos, nuestra ciudad, nuestro país, nuestra civilización. Lo que queda fuera no nos interesa. Hoy tenemos la posibilidad de saber lo que pasa, de tener presente a todas horas a esos 25.000 niños que mueren CADA DÍA (¡imagina una centésima parte de estas cifras en cualquier país occidental, que es el peor de los escenarios posibles de esta crisis!), de compartir sus verdades en las redes sociales y de hablar y hablar y recordarlos en todo. De escribir sobre ellos, de pensar sobre y en ellos. De mandar al agujero al que pertenecen a todos los filósofos inútiles y ociosos y sustituirlos por aquellos que piensen en ellos y sólo en ellos. Vamos a dejar de estudiar inglés, chino, alemán para ingenieros; busca a cualquier somalí por las calles de tu ciudad y págale unas clases de su idioma y de su cultura. Olvida a tus líderes políticos, a tus guías intelectuales, borra todo y pon en su lugar a esos MILLONES de niños que mueren CADA AÑO, que están muriendo ahora mismo sin razón. ¿No podemos cambiar esto? Pero ¡por algo se empieza! ¡Empieza por ti! ¡Por mí! Por relativizar las miserias de tu vecino y las que nos esperan en los próximos años, comienza haciendo una columna con todos nuestros dramas actuales y por venir y ponla en paralelo a una columna con tres niños muertos sin motivo, con  su cara y su dolor. Multiplica hasta niveles cósmicos ese número de niños muertos y compara esas dos columnas. Ahora defiende tu vida, la mía, atrévete a defender las autojustificaciones de la filosofía, defiende que lo que nos hacen las oligarquías es muy gordo. Defiende que nosotros somos importantes. Venga, atrévete. Gasta tus ahorros o móntate de polizón y vete a Níger a hablar de la crisis. Ponte en un taburete en un parque y habla de la crisis y de los desahucios y de Rajoy y de Merkel y de tu hijo sin trabajo y de tu padre que busca comida en los contenedores y de los suicidas y de la prima de riesgo y del sueldo mínimo y de los iPad de los diputados y de cómo las redes sociales ayudan a mejorar el mundo y de las asociaciones vecinales y de los derechos palestinos y del Madrid Arena y de Cáritas y de banderas y de los productos de marca blanca que te ves obligado a consumir porque parece que ya no puedes pagar los de verdad y de que no te pagan la beca y de que no pagan a las farmacias y de que dan dinero a los toros y a los colegios privados y de las tiendas cerradas en tu barrio y de tu amigo que se ha ido a Alemania y de las verdades que te descubrió tu profesor y de las vacunas y medicamentos que ya no se hallarán por la falta de inversiones en I+D. Cuéntales que hay una diferencia ontológica entre el hecho de que millones de judíos murieran en la Shoah y el hecho de que 5 millones de niños mueran de hambre y otras cosas evitables cada año. ¿Ya te has cansado de gritar en el parque de la ciudad más grande de Níger? Sigue andando, busca una caravana de personas en Somalia. Repite todo eso en voz muy alta, con todas tus ganas, a esa caravana de familias en la que ayer murieron siete niños y tres viejos y hoy morirán algunos más. Venga, díselo. Diles que tienes resaca y que no sabes si te va a llegar para el alquiler este mes y eso que estamos a día 10. Pero creyéndotelo, ¿eh? Vamos juntos a decírselo a la cara. A hablarles de Marx y Berlusconi y Zapatero y Proust y Marhuenda y Derrida y Draghi y Mozart y Spinoza y Camps a esas decenas y decenas de MILLONES MILLONEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEES de niños que han muerto, están muriendo ahora mismo y van a morir por nuestra culpa. Vamos, vamos a decírselo, VAMOS.

Cinco de la tarde de ayer:

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De poco sirven las fotos. Ni siquiera para eso somos buenos. Son demasiado bonitas y acogedoras. Y, como se suele decir, estamos inmunizados (véamoslas de verdad, por primera vez) (pensemos en todo esto, por primera vez). La inmensa mayoría muere lejos de las cámaras, abandonados en la tierra de un camino por sus padres cuando sólo les quedan un par de días de vida durante los que sólo oirán el paso de más caravanas más siniestras que la Santa Compaña y ya no les funcionarán los ojos para verlas. No mueren ni agonizan en el instante de la imagen que nos cae encima, sino durante los pocos meses o años que logran vivir. “Vivir”. Piensa en los judíos asesinados. Piensa en ti en ambos lugares, en su lugar.

Y ya está. Ya podemos seguir escribiendo sobre las ingeniosas metanarrativas del cine francés y haciendo fotomontajes sobre las mentiras y recortes del PP. A lo mejor esta tarde escribo otro texto sobre una curiosa peli japonesa que vi anoche. No queda otra. Creo que me voy a afiliar a una ONG para dar un poco de dinero a los negritos. Lo digo en serio. Qué menos, después de escribir esto. Sigamos con nuestras importantes y apasionantes vidas. Sigamos. ¿No queda otra?