Archivo mensual: agosto 2010

Sucursal

Hace poco fantaseaba con la posibilidad de un blog dedicado íntegramente a citas, salvando alguna hipotética microglosa. Como no era completamente una deriva imaginativa, me he animado a crear ese universo alternativo con unos pases de ratón. He fundado -palabras grandes para actos diminutos- una versión sencilla de El Ansia en Tumblr, que se puede ver aquí. Como diría el tópico, una sucursal más ajustada a las formas de expresión y recepción de internet por su simplicidad. Tiene intención de poner en práctica lo que proponía en aquel post, sirviendo como escaparate de citas ajenas, de vídeos o sonidos o imágenes que hablen por sí mismas, contradiciendo con alegría mi defensa a ultranza de la contextualización (aunque cualquiera con una mínima capacidad de búsqueda puede contextualizar por sí mismo). Un caótico potaje de referencias y medios que me conforman y me van conformando. Como objetivo, abandonando toda pretensión, la mera recomendación o las ganas de compartir algo que me ha removido alguna cosa, reptiliana o reflexiva, por dentro. Que no dejan de ser las intenciones finales que he tenido siempre.

Nazca así el hermano tonto de El Ansia. Cuyo vientre admite, como aquí, comentarios y discusiones.

Doblaje y subtitulado

Hace pocos días se publicó en Miradas de Cine un artículo bastante polémico sobre el doblaje y la subtitulación, posicionándose con claridad a favor del primero. El enfoque es, en mi opinión, erróneo, pero es oportuno al poner sobre la mesa este tema, más presente que nunca dado que el subtitulado ya no es un “capricho” de minorías, en el que todo el mundo parece estar posicionado de un bando o de otro sin haber pensado demasiado en ello. Creo que el texto es erróneo porque centra buena parte de sus esfuerzos en crear un enemigo imaginario o, como mucho, obsoleto. Ese enemigo es el espectador de sala de arte y ensayo, cuya única motivación para escoger el cine subtitulado es la de aparentar y distanciarse de la masa. Si esgrime otros argumentos (idiomas, cercanía a la auténtica obra, etc.) son, siempre, pura apariencia y ansia de coolness. Pero para defender o atacar algo no es necesario hacerlo adyacente a una generalización compuesta por seres de paja. Al contrario, esto es un serio obstáculo para el conocimiento. Este es una de las falacias más habituales de parte de la crítica de cine (especialmente la mainstream), que a menudo emplea la mayoría del esfuerzo y del ingenio en dejar claro que tal película es para “descerebrados de multisala” o para “pedantes amantes de sí mismos”, olvidando, obviando o dejando en segundo plano las virtudes o defectos de la obra misma. Es cierto que en toda generalización tópica hay algo de verdad, pero es ingenuo utilizar ese pelele para apoyar, en ocasiones incluso fundamentar, los argumentos. Sin duda, el autor intenta aquí explorar el tema; pero su partidismo y ese falso enemigo a batir debilitan, dañan de muerte, el conjunto del discurso. Pero no es este el lugar para explayarse sobre los misterios de la argumentación, sino que mi intención es simplemente ofrecer otra visión, por supuesto mera aproximación, al problema del doblaje y el subtitulado. Un breve intento de hacerlo desde la imparcialidad, considerando las ventajas y los inconvenientes de ambos, partiendo de que los dos son sistemas imperfectos y de que, en el fondo, preferir uno u otro depende sobre todo del hábito. Para no guardarme cartas, aclaro de antemano que yo soy espectador de versiones originales; pero soy consciente de los fallos de este modo, y no pocas veces me planteo si no sería mejor volver al doblaje que, como señala Pablo Vázquez en el texto, era el medio para acceder al cine en la infancia. Antes de empezar, anulo la validez de lo que voy a proponer diciendo: tal vez lo mejor para aclarar la situación fuera llevar a cabo un experimento de ver sucesivamente ambas versiones de una misma película.

El artículo publicado en Miradas centra buena parte de su extensión en decir quién ve el cine subtitulado. Como se indica acertadamente en los comentarios al texto, ese enemigo pudo haber sido real hace 20 años, pero ya no. Los tiempos han cambiado y mucho. La VOS es muy diferente desde que llegó el DVD e internet. Ahora, cualquiera puede acceder a subtítulos de casi cualquier película. Esto es un paraíso que saboreo cuando recuerdo cómo, a finales de los 90, en plena adolescencia, sufría por encontrar (y pagar más por) ciertas películas en versión original subtitulada en VHS. En principio, porque las vi en VOS en cine, y es muy chirriante enfrentarse a un doblaje conociendo el audio original; algo que, al menos en mi experiencia y en la de las personas con las que he hablado de todo esto, no ocurre a la inversa. El asunto es que el subtitulado ya no es, no necesariamente, sinónimo de elitismo. Si está aumentando tanto su público no es porque haya más gente que quiera molar, sino por pura obligación: se quieren seguir las series americanas al día y los subtítulos son la única manera de poder hacerlo. Así, miles de personas que nunca se habrían acercado a una VOS ahora las consumen diariamente. Probablemente (todavía no he realizado el estudio sociológico pertinente), la inmensa mayoría siga viendo el cine doblado cuando tiene la posibilidad, pero lo importante es que ya conviven ambos sistemas, ya no hay ghettos y los miedos se han reducido, y casi cualquiera con una conexión a internet puede comprobar que es perfectamente posible enterarse de algo a través de unos subtítulos. No sólo enterarse sino, esto es clave, disfrutarlo. Todos esos aficionados a las series no son snobs de gabán, pipa y chasquido a modo de aplauso, sino espectadores medios. Y son ellos, quienes quizá apenas se habían enfrentado a la VOS antes (y que probablemente la sigan evitando si pueden, más por inercia que otra cosa) los que crean esos foros tan vivos sobre las series, los que comparten apasionadamente en el bus el recuerdo de tal o cual escena, de tal personaje. Pablo Vázquez considera en su texto que no se puede vivir el cine, meterse en él, implicarse emocionalmente, mediante los subtítulos. Creo que la realidad refuta esta idea. El autor defiende que es mucho más fácil meterse en una película con el doblaje, ya que está mucho más integrado en ella. Puede que tenga algo de cierto pero, como decía al principio, no deja de ser una cuestión de hábito, y para alguien que está acostumbrado a la VOS el doblaje le resulta tan chocante y artificial como sucede al contrario.

Un tema importante, quizá el fundamental, es el de esa artificialidad. ¿Cómo llegar a la versión más pura, auténtica de la película, dando por hecho (puede que con demasiada ligereza) que es la deseable? Los subtítulos son un apéndice sobre la imagen, nada menos que sobre la imagen, lo más importante. Un cuerpo extraño que se cree importante y se atreve a desviar la atención de lo visual para, en realidad, ofrecer lo mismo que el doblaje. ¿No? Pero es que el doblaje también es una perversión de la forma original. Así, teniendo en cuenta que los dos sistemas son intrusivos, aquí cabría, en apariencia, calibrar qué se considera más importante, si la imagen o el sonido. Lo que ocurre es que esto implicaría aceptar que se pierde uno u otro, y no es así. En el doblaje no se pierde el sonido, sino que se sustituye. En el subtitulado, aunque haya que desplazar la mirada, no desaparece la imagen. Acerquémonos un poco más. Sin afán de empezar a teorizar a lo gordo sobre los elementos del cine, más allá de lo necesario para el contexto. El sonido original es una de las partes constitutivas de la obra más importantes; aunque no se comprenda el idioma, los matices y el tono (el incomprensible «soniquete» del que habla Pablo Vázquez es, en la práctica, muy expresivo), sobre todo si hay una afinidad cultural, occidental, permiten una visión mucho más sutil, quizá inconsciente, de lo que sucede en pantalla, del ambiente general. Sin duda, el doblaje también puede ser matizado; aunque, por su propia naturaleza, es mucho más basto. Y en todo caso no sería el matiz inicialmente buscado por los creadores. Un ejemplo. Hace un rato he visto La ofensa, de Sidney Lumet. En VOS, claro. Detienen a un hombre, y es precisamente en su voz donde está la mayor densidad de la ambigüedad, la mayor parte de la fuerza que permite interpretar de una u otra manera tanto el personaje (“detecto un asesino esquizoide en esa fragilidad expresiva…”) como la trama (“si es el asesino… o si no lo es…”). Esto se pierde inevitablemente en el doblaje. Si se intenta imitar la excéntrica debilidad lograda por el actor, se bordeará el ridículo; si no se intenta, desaparece la sutileza, básica para una comprensión completa de la película. En la versión original, se entienda o no lo que se dice, el ambiente es mucho más intenso. En este sentido, el sonido sería lo que aporta más realismo al cine, por encima de la imagen, ya que su continuidad suele estar truncada por el montaje, mientras el audio es constante y, aunque sea de manera mucho menos consciente, facilita la inmersión profunda en la obra al emanar directamente de ella. En el doblaje, la banda sonora es, de nuevo de forma inevitable, un elemento siempre extradiegético que, como tal, produce distancia. Un punto para el subtitulado.

Pero, ¿qué hay de la imagen? ¿No es de cine de lo que estamos hablando? ¿Del medio visual por excelencia? Claro. Ya hemos visto en qué grado desaparece el sonido con el doblaje; ¿cuánta imagen se pierde por los subtítulos? Esto es más complejo, porque depende más de cómo mira el espectador que del sistema en sí. Pongamos que la manera natural de ver cine subtitulado es leer de corrida cada subtítulo que aparece. En esos momentos, en teoría, no se está prestando atención a la imagen. En películas en las que el diálogo es permanente, como por ejemplo las de Woody Allen, la experiencia no sería muy diferente si estuviéramos simplemente leyendo el guión (excepto por el «soniquete» incomprensible). Cualquiera que haya visto una VOS sabe que no es así, que se presta atención a las dos partes, incluso al mismo tiempo; un método que tiene paralelismos con la lectura diagonal. Así, los subtítulos pueden leerse del tirón o bien alternando rápidamente con la imagen, si en esta hay un dinamismo llamativo que pide que miremos. Y esto es cine, y normalmente se nos obliga a mirar. El problema, entonces, no sería tanto la pérdida de la imagen, sino su disminución. El audio original (el audio verdadero; este término es apropiado) desaparece casi por completo, o se pervierte masivamente en una mezcla bastarda -me refiero siempre, por supuesto, a obras con diálogos regulares o abundantes-. En cambio, la imagen se mantiene siempre incorrupta. El subtítulo coloniza la parte inferior de la pantalla y la hace suya, inutilizando esa franja original si aparece sobreimpresionado directamente en el encuadre. Sin embargo, la imagen verdadera sigue estando ahí. No muere, sino que su captación por parte del espectador se reduce a, digamos, la mitad, cuando hay subtítulos presentes. Así que ¡medio punto para el doblaje! Pero no nos dejemos llevar por esta, ejem, rigurosa matemática. Lo importante es que ambos sistemas tienen sus cosas buenas y sus cosas malas, sin que estas tengan por qué mantener un equlibrio.

Más allá del complejo asunto de la autenticidad, de la importancia de poder experimentar la versión más próxima a la original (tema no exclusivo del cine, cercano sobre todo a la filología), quedaría el golpe que, a primera vista, hunde el sistema del subtitulado. Se suele decir, como hace Pablo Vázquez en su artículo, que en el doblaje la inmersión en la obra es total (ya se ha explicado por qué esto no es así). Sin embargo, si no total, reconozcamos al final que quizá sí es mayor -siempre que el espectador no esté habituado al subtitulado-, en cuanto a que es más fácil dejarse llevar ya que el acto de escuchar es pasivo, mientras que el de leer es activo. Así, al final lo que tenemos no es una relación jerárquica, sino dos formas distintas de ver y entender el cine. Mirar una película doblada exige menos esfuerzo. Seguirla con subtítulos pide más al espectador, que tiene que realizar dos acciones. Aceptando entonces que este sistema es más activo, la pregunta sería: ¿es más fácil seguir críticamente una obra subtitulada, por ejemplo porque el cerebro está más despierto al tener que realizar dos acciones a la vez; o, al contrario, esto genera dispersión y deja menos tiempo para pensar sobre lo que se está viendo, en medio del esfuerzo de intentar seguirlo? No tengo la respuesta para esta deriva psicologista algo barata. Mientras la encontramos, me limitaré a decir que esta división entre “doblaje -> empatía” y “subtitulado -> distancia” me parece artificiosa. Ya he mostrado, con el ejemplo fundamental de cómo se siguen las series en la actualidad, que con ambos modos es posible emocionarse, integrar lo visto en la experiencia personal. Es evidente que los dos permiten también reflexionar. Adjudicar la distancia en exclusiva al subtitulado derivaría de asociarlo con el snobismo, como se hace sin pudor en el artículo de Miradas. A riesgo de desbarrar, diré que esa concepción de distancia entre espectador y obra es desde Kant la propia del academicismo y, por extensión, ciertamente del snobismo. Es la que se confronta con el disfrute pasional, directo, romántico de la cultura. Son las dos vías principales, que incluso hoy se siguen entendiendo, por desgracia, en buena medida como incompatibles. De todo lo dicho, puede concluirse que no parece realista otorgar en exclusiva y como característica definitoria una de estas vías al doblaje y la otra al subtitulado, a no ser que se esté también otorgando una personalidad (snob o masa) a su presunto usuario. Pero, en la práctica, las diferencias entre ambos sistemas no parecen estar en ese nivel, no son de mejor y peor sino sencillamente distintivas. Y, como decía al principio, escoger en la actualidad -gracias a que hoy se puede elegir; estoy con Pablo Vázquez al desear que siga siendo así, no olvidando además que el doblaje tendría más facilidad de extinción si se enfrentara al peligro, ya que el subtitulado lo puede hacer cualquiera y no requiere inversión ni medios-, escoger, decía, un sistema u otro termina siendo una consecuencia del hábito, ya no una decisión que se tome por un supuesto afán de pertenencia social a una clase distinguida.

A modo de posdata, unas notas sobre un elemento más bien externo al propio cine, por cerrar con un tema secundario y más ligero: la lengua. Pablo Vázquez trata en su artículo una comparación, habitual en las conversaciones que he tenido sobre todo esto. Equipara la traducción con el doblaje. La primera, dice, es respetada y hasta alabada; mientras el segundo, que parece considerar equivalente, es despreciado por la élite cultural. Pero no es equivalente en absoluto. La traducción es la única forma que tenemos de enfrentarnos a un texto en una lengua que desconocemos o no dominamos. La traducción cambia el texto y el texto es toda la materia de la obra literaria. Por contra, el doblaje es sólo una parte del cine o de la televisión, ¡hay muchas más partes! Tranquilidad, no voy a volver otra vez sobre esto. Por último, algo que siempre aparece al hablar de la versión original es la posibilidad que ofrece de aprender idiomas. El autor del texto de Miradas parece decir que en este punto se encuentra el snobismo definitivo, ya que considera que es imposible aprender otras lenguas a través del cine y, cuando se defiende esto, es el súmum de la pretensión aparentista, ya que (viene a decir Pablo Vázquez) la imagen del políglota es la del triunfador del mundo cosmopolita y multicultural. Es evidente que no se va a aprender japonés por mucho cine en japonés que se vea si no se tiene ni idea del idioma. Pero, con una base, permite mejorarlo muchísimo. Un ejemplo que conozco bien es el mío. Me defiendo con bastante dignidad en inglés, y esto no ha sido gracias a la lamentable enseñanza lingüística de este país, ni a una estancia en el extranjero que no he tenido oportunidad de vivir. Si he aprendido a hablar, a pronunciar, a entender conversaciones y participar con soltura en ellas, a conocer giros y acentos y frases hechas y slang, es porque lo he escuchado mil veces en pantalla. Aunque no entienda todo, ese sedimento se va quedando y sale automáticamente cuando tengo que hablar con alguien en inglés. Y he llegado al punto de que puedo entender sin demasiadas complicaciones una versión original sin subtítulos, si no hay más remedio. Es decir, he conseguido el sueño de poder enfrentarme a la obra verdadera, sin intermediación, y ha sido en un porcentaje importante gracias a ver más y más versiones originales. Practice makes perfect. De la misma manera, mi escaso francés ha crecido hasta unos niveles de comprensión mínimos de tanto ver, escuchar cine de Francia. No he aprendido una palabra de japonés, pero he logrado acercarme al significado de los tonos con que se utiliza. Así que, sí, viendo versiones originales se pueden aprender lenguas. Por supuesto, si uno prioriza el aprendizaje lingüístico, lo recomendable son los subtítulos en ese mismo idioma, como se hace en la educación oficial. Pero si no, es innegable que es un estupendo efecto secundario, positivo a todas luces, de ver el cine en versión original.

BROKEN: El teatro de la crueldad

(Broken, 2006, Adam Mason & Simon Boyes, UK)

Lejos de los, en principio y hasta nueva orden, grises 90, la pasada década ha sido grande para el cine de terror occidental. Lenguaje renovado y extremado, ruptura de límites, originalidad y valentía sobre todo en los antaño infiernos del directo-a-vídeo, talento que puede, quiere y se atreve a superar convenciones. Convenciones que siguen siendo mayoría, como continúan sobreabundando los productos derivativos; sin embargo, a diferencia de lo que pasó en los 90, ahora tenemos una contraprogramación que merece ser considerada como tal. El “problema” es que, ante tal saturación de títulos destacables, se ha hecho difícil reconocer lo simplemente digno de lo bueno, lo realmente bueno de lo mejor; pero, al tiempo, lo prescindible, lo vulgar y lo puramente malo queda con más facilidad en evidencia. Lo más probable es que sólo el paso de algunos años permita la perspectiva necesaria para la criba y la jerarquización. Porque, por más abultado que sea el cajón de lo salvable, siempre hay una película más salvable que otra, y decidir cuál es puede ser útil para el aficionado del futuro. Para sugerir que se invierta el tiempo y el esfuerzo, a quien no puede o quiere hacerlo, en lo que uno cree que es el grano y no en la paja. Para crear esa afición en el futuro en los próximos espectadores potenciales, reivindicando títulos contemporáneos de los que obligan a reconocer las virtudes del género y llevan a verlo compulsivamente, con una militancia que por momentos es casi como una forma de vida.

Ya empieza a distinguirse el contorno de las que, para cada uno o para la manada, más destacan, comienza a separarse con claridad el nivel medio del medio-alto o el alto (el muy alto y el supremo suelen poder verse pronto, si no instantáneamente). Broken es de las que van sacando su cabeza de entre varias películas que, a primera vista, parecerían pertenecer a un nivel similar si se consumen en un espacio de tiempo más bien breve. Indicadores de su altura los hay antes de verla (la cantidad de gente ofendida, fuera y dentro del fandom) y entrando en ella (el descomunal arranque, con los mejores títulos de crédito del género con los que me he topado en mucho tiempo). Broken lleva unas bases comunes, el clásico y sencillo -y cada vez más cansino- “chica torturada por perturbado”, mucho más lejos. Lo lleva más lejos por el minimalismo de la propuesta. No es el minimalismo de la falta de miras, sino el de saber elegir los elementos justos, es el que no confunde simplicidad narrativa y de imaginería con simplicidad mental y moral, el que ejerce activamente el matiz. Y esos pocos objetos, de trama, de personajes y de escenario, están rodados en estado de gracia. La escueta naturaleza en la que se desarrolla la acción es cerrada, casi podría pasar por adaptación teatral por su enmarcamiento, al mismo tiempo que rezuma vida y peligro. Logros todos de una fotografía que gravita entre el esteticismo del filtro bien entendido y, por tanto, artístico, y el bajo presupuesto que deja ver su patita en detalles (como el fuego que evidencia la calidad casi amateur del formato digital utilizado), tensión que juega en beneficio de la película al crear una atmósfera extraña, obsesiva y violenta a la vez que íntima. Los encuadres, voluntariamente repetitivos, son los mejores posibles, y el uso del primer plano potencia todavía más esa sensación entre una cercanía familiar y algo limítrofe con un videoarte sin pretensiones. Tres puntos más: el montaje, original, machacón y sorprendentemente anticlimático; la actriz principal (Nadja Mason), una treintañera sin figura escultural, más propia de una teleserie que de un salvaje gore, que devora la pantalla con una interpretación progresiva que superpone gloriosamente lo maternal con lo sexual; y, por fin, la violencia, explícita y sin concesiones, con unos directores conscientes que se recrean en su espectacular incomodidad. Sí, Broken consigue hacer sentir muy incómodo y desagradado a un espectador curtido como yo mismo. Quizá por el choque entre esa violencia carnal, una sexualidad animal contenida (los gemidos y gritos constantes, la sumisión del encadenamiento, el uso recurrente de la postura de andar a cuatro patas con el culo en pompa) y que remite a la infancia (un vestuario que sugiere uniformes escolares), y unas elecciones estéticas que crean distancia grabando algo muy físico de una manera pictórica y plástica.