Archivo mensual: septiembre 2010

El anacronismo de la izquierda

La sociedad ha cambiado mucho, mucho en las últimas décadas. Podría resumirse diciendo que ha perdido, o cree haber perdido, la inocencia. En este mundo parece que la izquierda ya no tiene lugar, y es lugar común hablar de su desorientación. Pero, yendo a la raíz, ¿es siquiera posible seguir hablando de izquierda y derecha? Y si siguen existiendo, ¿es conveniente que conserven esas denominaciones?

La izquierda presuntamente auténtica es la de base. Son pocos pero convencidos. El problema es que, para funcionar y ser eficaces, necesitan ser muchos. ¿Cómo convencer al resto de la sociedad de que sus propuestas son no sólo deseables sino incluso viables? Lo intentan, si es que lo intentan, de una forma anacrónica, utilizando un vocabulario decimonónico o beligerante que no responde a la realidad contemporánea. Es probable que el mundo siga siendo divisible, a grandes rasgos, entre proletariado y burguesía. Sin embargo, sin conciencia de clase, algo inexistente y muy improbable hoy, estos términos están muertos y no apelan a nadie. Y si nadie se siente incluido en esos discursos, son inútiles. El proletariado de hoy no sería sólo el que ocupa las fábricas, sino que la clase dominada incluiría a una hedonista clase media. De la misma forma, la burguesía ya no es el patrón, el cual hoy está explotado y sobre todo alienado como el que más; la clase dominante se encuentra en las torres más altas del sistema financiero global. La sociedad actual no es política ni histórica (o sí lo es pero no cree serlo), sino económica. El discurso proselitista tendría que ser claro y material, alejado de todo idealismo y consigna. Si se quiere convencer a alguien de que es necesario movilizarse o hacer algo, hay que exponerle con unos mínimos retóricos cómo le afectan y le afectarán unos hechos concretos. No vale decir: «la crisis que la paguen los ricos» o «abajo el capital». Hay que decir:  «amigo, te van a bajar el sueldo tanto, y planean hacerlo más aún, y si te despiden cobrarás mucho menos y esto probablemente va a ir a peor», o «date una vuelta por la educación y la sanidad públicas y saborea con tu propio paladar el principio del fin», «o algún día te acordarás de esto cuando tú o tus hijos viváis sin ninguna seguridad». Además, habría que abandonar los radicalismos. Se podrían plantear como objetivo, pero las propuestas prácticas deben ser moderadas, realistas y pacientes. Si se aspira a un futuro mejor, para llegar a él no se puede cambiar un presente inventado, sino que hay que trabajar con el que tenemos.

Quizá la mayor contradicción de la izquierda con la sociedad actual es que mientras la primera basa su fuerza y sentido en la unidad y en el grupo, la segunda está atomizada y dispersa. Y el problema de fondo es aún mayor, porque es moral, una moral que ha calado profundamente en las últimas décadas y sigue haciéndolo: y es que no puede haber una unión firme porque el egoísmo es absoluto, sólo interesa lo que tiene que ver con uno. Cuando alguien vota en este país no lo hace pensando en lo que es mejor para todos, sino en lo que es mejor para él; no se entiende, y es probable que nunca se comprenda, que lo mejor para todos es, al final, lo mejor para cada uno. Así, ¿cómo convencer a un oficinista de que tiene que sublevarse contra el capital y contra el patrón? El oficinista tiene bastante con su cubículo, y encuentra igualmente fantasioso ese discurso izquierdoso y las ficciones de cualquier serie de televisión. Sencillamente, pertenece a un mundo que no es el suyo.

A pesar de todo esto, la izquierda auténtica sigue hablando como si Marx estuviera mirando y poniendo positivos a su buen comportamiento. Donde más se dejan ver es en carteles por las calles y en las manifestaciones. Los primeros forman parte de un paisaje corriente y nadie, aparte de los convencidos, les presta atención. ¿Acaso podría ser de otro modo? En las segundas, al menos se suelen distribuir panfletos con las ideas algo más desarrolladas. Estos papeles pueden ser útiles como información, pueden llegar a interesar al ciudadano medio. Pero el interés se queda ahí, y se olvida cuando se llega a casa y el panfleto acaba al lado del 20 Minutos y a la mañana siguiente en la basura. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque no ofrecen soluciones creíbles y prácticas. No le dicen al ciudadano: «puedes hacer esto y lo otro», algo concreto. No le dicen: «una alternativa mejor, más humana, posible y viable es la siguiente y se puede conseguir de esta y esta manera». Lo descorazonador es que, aunque esto se exponga así, hablando en el lenguaje utilitarista y pragmático que entiende hoy la sociedad y con el que se identifica a una política deshumanizada, no funciona. La apatía y el conformismo político están demasiado incrustados en los ciudadanos, que se sumen en un triste cinismo al confundir el desencanto con la sensación de incapacidad para cambiar nada. ¡Pero es que sí que existe esa capacidad! ¡Aunque sólo sea ejerciendo el voto! Entonces, los esfuerzos para convencer tendrían que ir centrados en este objetivo: que se cambie el voto. Explicar con insistencia por qué hay que cambiarlo, y después decir hacia dónde es mejor para todos, incluido tú, cambiarlo. Se podría convencer a mucha gente así, pero lamentablemente siempre seguirían siendo insuficientes. Porque, primero, la sociedad ha cambiado y es prácticamente imposible una movilización ciudadana que cambie las cosas, y aunque se consiguiera de poco serviría si no sucediera en más lugares a la vez porque el mundo ahora es global y absolutamente internacional e interrelacionado; y segundo, y llego a lo que había que decir, seguiría apelando en el fondo (y seguramente en la forma) sólo a la izquierda. Un concepto anacrónico o, al menos, excluyente, lo que es peor. El verdadero cambio social, ya sea profundo o suficiente, sólo podría llegar si todos pudieran sentirse identificados con él, y si sólo lo realiza y propone la autodenominada izquierda deja sin espacio, al menos en este país tan radical e irreversiblemente polarizado, a gran parte de la población. No sólo a la derecha, como es obvio, sino también a esa mayoría que se considera “apolítica” y a la que “izquierda” le suena a “aburriiiiiidoooo” y antiguo, como de padres y de la época de Franco y de la Guerra Civil. Por eso, para lograr la unión y movilización potente y efectiva, habría que desterrar el término “izquierda”, olvidar la pertenencia a un grupo y apelar a todos por igual. Olvidar las consignas y mostrar y explicar hechos, si es con ejemplos claros y hasta con hilo argumental mejor. Todo esto sonaría de un utópico subido si creyera en ello, y no creo. En lo que sí que creo es en que, si se hiciera de forma incluyente, calaría a más personas, y a cuantas más personas calara más posibilidades habría de que calara a otras, y así sucesiva o suficientemente.

Un ejemplo práctico: la Huelga General del 29-S. Sin valoraciones políticas, sólo (con perdón) sociológicas. ¿Quién la hizo? Los que siguen viviendo en condiciones similares a las que movieron a la izquierda cuando esta se movía: en esencia, la industria. Pero si antes su peso (cantidad y/o calidad) era enorme, ahora este “proletariado puro” representa un porcentaje relativamente pequeño del conjunto de los trabajadores. El sector servicios, la mayoritaria clase media, asiste indiferente a las proclamas sindicalistas porque no se siente parte de ellas. Está con la cabeza en otra parte. Los pocos jóvenes que había eran los ya politizados y ganados de antemano; los demás, la gran mayoría, estarían buscando alguna oferta de vuelo low-cost o planificando las fiestas del fin de semana o contando las hazañas del anterior o, como mucho, trabajando en algo que ni les va ni les viene o estudiando de aquella manera. Esta gran parte de la juventud forma parte de esta clase media a la que le parece que eso del “trabajo”, el “capital”, la “explotación”, etc., es de otra gente, de la gente de los barrios; lo suyo es pagar un alquiler, comprarse una cámara nueva, usar el Facebook, leer un best-seller. Disocia el trabajo de su vida; la clase media no se siente trabajadora, sino burguesa. Por eso, a pesar de que sí es clase trabajadora (y dominada) no se moviliza y es explotada con una facilidad pasmosa, poco a poco va tragando porque no va con ellos, hasta que sea demasiado tarde cuando, dentro de 30 o 40 años, apenas queden las migajas del Estado del Bienestar. No actúan porque están convencidos de que la vida ya no es como era antes y de que las cosas no pueden cambiar demasiado, que por mucha crisis que haya el estilo de vida moderno de comodidad en Occidente está estabilizado y más o menos garantizado. La clase trabajadora se ha metamorfoseado en una clase con ínfulas que ha olvidado la historia o que, sin saberlo, ha comprado el discurso falaz y peligrosísimo del Fin de la Historia. A lo que iba: los trabajadores de los servicios no hicieron huelga porque era un suceso de otro mundo. No era asunto suyo, ni en el espacio -eso es cosa de los obreros y de los pobres, si es que es de alguien- ni en el tiempo -qué antiguo es todo esto, no merece la pena intentar cambiar nada porque en el futuro vamos a seguir viviendo más o menos bien-. En lugar de manifestarse por unos derechos que ahora apenas están comenzando a recortarse, esputan argumentos (excusas) cómodos por las redes sociales o con una caña en un bar, el más dañino de los cuales es aquel de «no hago huelga para joder a los sindicatos». Lo más duro es que la culpa no es sólo suya, sino de la misma izquierda, que no se esfuerza en incluirlos ni en actualizar su discurso, o no sabe hacerlo. Hay que ponerse en el lugar de uno de estos pseudo-burgueses que son mayoría: ¿cómo va a unirse a algo que es abiertamente político cuando él es apolítico, cómo puede colaborar con algo que se declara de izquierdas si él es apolítico? ¿Para qué hacer huelga o manifestarme o participar políticamente en la sociedad civil si, realmente, no me falta de nada? Y aun así, si me llegara a faltar, está el colchón del Estado o el de la familia. Pero lo que hay que hacer entender es que lo que está en juego es precisamente la existencia de ese colchón.

Cuando voy a una manifestación y veo banderas con la hoz y el martillo se me revuelve el estómago, no veo gran diferencia con llevar una esvástica. La hoz y el martillo no representan al comunismo -sistema(s), por otro lado, interesante en algunos aspectos pero hoy por hoy anacrónico, al menos en sus postulados y métodos tradicionales; dejémoslo en que estoy fundamentalmente de acuerdo con el análisis marxista pero no con su praxis-, sino al stalinismo, que no sólo no era la izquierda sino que era la traición más cruel a la misma, ya que se hacía pasar por ella y acabó con casi toda su capacidad ilusionante. ¿Cómo va a gustarle a un pseudo-burgués unirse a una manifestación en la que algunos celebran un sistema genocida, inhumano y vejestorio? La bandera republicana, si bien es un caso diferente -cualquier demócrata informado debería sentirse identificado al menos por el intento que se hizo de establecer el concepto de ciudadano, con la justicia social que le acompaña-, transmite la desagradable sensación de que no viene a cuento, y así suele ser. Produce rechazo en la mayoría moderada y “apolítica”. Y no hace falta irse a estos extremos: la proliferación de banderitas de los sindicatos puede echar para atrás a muchos, que sienten -con buenas razones- que las reivindicaciones no les incluyen a ellos, sino sólo a los que se siente representados por esas vacuas y caras banderitas. Y que sus protestas no son sinceras y con aspiraciones generales, sino interesadas y propias de unas siglas llevadas con orgullo, como si de un partido político se tratase, mientras se olvida la denuncia y la propuesta concreta. Parece que la huelga sea ante todo a favor de mi organización y no en contra de una política injusta. La alternativa es reformular y modernizar este discurso, olvidándose del término “izquierda” (nunca del de “derecha”, que ejemplifica perfectamente lo anti-deseable y que, por desgracia, tiene un discurso mucho más efectivo y universal, al apelar a los sentimientos y no a la razón en esta época de irracionalismo) y pensando en la ciudadanía en conjunto, ¡en todos, incluidos los jefes! Que haya un diálogo y no un monólogo, que las propuestas sean realistas y permitan mantener el modo de vida que esa clase media con ínfulas lleva, pero que sean a la vez socialmente justas y con perspectivas de futuro. Con promesas factibles y fáciles («sólo tienes que votar» o «vente hoy con nosotros») que permitan empezar a recorrer un camino que seguirá estando asfaltado y con un destino desconocido pero constantemente adaptable y mejor para todos.

ABAJO EL TELÓN: El arte como sífilis

(Cradle will rock, 1999, Tim Robbins)

Tim Robbins plantea unas preguntas básicas: ¿cuál es la relación entre arte y dinero? ¿Y entre arte y política? Y según sea esta relación, ¿es más o menos arte, más auténtico o un arte puta? Una comedia arrolladoramente pasional pero con una sólida base intelectual, que parte de la elección de unos hechos reales que le dejan medio trabajo hecho. Por un lado, un programa gubernamental en los Estados Unidos de la Depresión de mediados de los 30 que consiste en emplear a actores y gente del teatro en paro. Pero esta gente, liderada por Orson Welles y una Hallie Flanagan en guerra contra los comités de Actividades Antiamericanas que creerían que su propio bebé podría ser un comunista, esta gente no se calla: preparan una representación de un musical revolucionario, subversivo y pro-sindicatos, una obra que además no es necesariamente comunista. Como en Pena de muerte, la ambigüedad es la que da la fuerza a las preguntas. El gobierno hace un recorte masivo en el plan y se pospone indefinidamente la obra, la excusa es económica pero todos sospechan (nunca se sabe con seguridad, otro mérito elíptico) que es una censura ideológica. Ellos dan miedo a sus mecenas, pero los mecenas pueden imponer el miedo que dan ellos y lo hacen, mediante el uso de la fuerza, ¡nada menos que el ejército les impide entrar a su teatro! Por otro lado, Nelson Rockefeller encarga a Diego Rivera un mural para su sede principal, y este hace lo que le da la gana, con la ayuda de Frida Kahlo, y se atreve incluso a pintar a Lenin. Otras historias paralelas, como la de un Bill Murray ventrílocuo y anticomunista (impresionante y divertidísima la catártica escena en la que el muñeco canta por su cuenta La Internacional), insisten en los temas principales, potenciándolos a la vez que mostrando otras alternativas que formulan de forma distinta las preguntas del principio.

Los últimos 20 minutos pueden mirar a la cara a cualquier clásico americano sin apartar la mirada. En un largo clímax perfecto a todos los niveles (montaje, dirección, fotografía, interpretación, música, ideas mostradas de forma puramente cinematográfica), se representa el musical en otro teatro. Sólo puede interpretarlo su autor, con un piano, ya que los sindicatos -aquí hay palos para todos, sólo se salva el arte y el artista- no permiten a los actores que participen. Pero estos se van levantando de sus butacas y recitan y cantan sus papeles, momento que podría haber sido tan cursi como el de El club de los poetas muertos pero que, al contrario, aparece creíble, realista (¡sucedió!), comprometido y subversivo, terminando todos con el puño en alto y el edificio convertido en una gran fiesta que celebra la vida, el arte y la lucha política sin perder el tono de comedia. Algunos actores olvidan su parte; la protagonista de la obra es una Emily Watson vagabunda con una voz horripilante; pero se sabe que lo que allí sucede es verdadero arte, y no en vano la leyenda considera aquella representación como la mejor jamás vista en Estados Unidos. Tim Robbins capta la maravilla que emana del arte imperfecto, que combina el genio creador con la fragilidad humana. En cierto sentido, la propia película derrocha imperfección y podría entenderse como una meta-parábola de todo esto.

Los últimos planos combinan el apogeo del teatro con la acción paralela de unos obreros destruyendo el mural de Diego Rivera. Pero se dejan un trocito, que resulta ser uno de los símbolos más poderosos y brillantes que he podido ver nunca en una película, la esperanza que queda incluso en momentos y tiempos oscuros: una bacteria de sífilis, que representa el propio arte, el impulso artístico. En mi opinión el símbolo funciona, al menos, en tres niveles. El mito dice que la sífilis es una enfermedad del artista y del poeta (o del intelectual, como en Campo de concentración de Disch), que lleva a delirios en los que se alcanzan niveles creadores de visionario, imposibles de conseguir de otro modo. Por otro lado, es una enfermedad contagiosa, lo que quiere decir que pueden multiplicarse sus víctimas; como ocurre con el proyecto narrado del Teatro Federal, que incita a muchos, cada vez a más, a crear y presentar sus propias obras, y con bastante libertad. Y al mismo tiempo, en un tercer nivel, no hay que olvidar que la sífilis se contrae por medio del sexo. Y el sexo sería aquí un símbolo de libertad, de autenticidad y de humanidad. Es decir, y sin olvidar una base intelectual, trabajada y crítica (esto no es Romanticismo, no hay individuo sino comunión), la mejor y más pura forma de afrontar el arte, tanto desde la creación como desde la butaca.