Archivo mensual: octubre 2011

Karl Kraus: Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (II)

Karl Kraus optó por el silencio cuando creyó que la palabra ya no tenía nada que decir ante el empuje de la barbarie. Pero sólo relativamente: en los primeros meses tras el estallido la Primera Guerra Mundial se espaciaron, pero no desaparecieron, sus textos. Y justificó su silencio ante el ascenso al poder de los nazis precisamente con una densa y larga obra: La tercera noche de Walpurgis. Es cierto que la palabra no puede decirlo todo, que la acción a veces la supera, que si nadie quiere escuchar sirve de poco hablar. Pero Kraus demostró que hay que insistir. Que la humanidad no puede hacerse a un lado cuando triunfa la barbarie; al contrario, debe mostrar como pueda que todavía existe. Que las palabras todavía pueden hablar del mundo y al mundo, aunque sean insuficientes. «Ninguna razón de inhibición frente a la coacción tendría el poder suficiente como para silenciar sus convicciones más íntimas», dice Kraus. Pero mientras existan esas razones y alguien las diga, no todo está perdido. Así, el silencio no es una opción.

Al contrario, hay que hablar. Hay que decir mucho mientras la irracionalidad se pasee triunfante. Hay que seguir dejando en evidencia la inmoralidad, la irresponsabilidad, el lenguaje vacío que impide el pensamiento y convierte a la sociedad en su miserable espejo. Aunque nuestra época sea diferente a la de Kraus, sus problemas no son tan distintos. El conformismo, el hedonismo o la falta de responsabilidad y de empatía con el sufrimiento siguen estando ahí. Cada época debería tener su Karl Kraus, su constante azote, molesta conciencia que, si bien no puede impedir la impunidad, al menos sí puede lograr que la falsedad quede a la vista de todos (aunque, sin sentido de la responsabilidad, esto termine sirviendo de poco). Sigue habiendo mucho dolor en el mundo, ante lo que se puede recuperar esta cita de Walter Benjamin: «A las sensaciones siempre iguales con que la prensa diaria sirve a su público, Kraus contrapone las “nuevas” eternamente renovadas que hay que comunicar respecto a la historia de la creación: la lamentación continua y eternamente renovada». La lamentación ha de renovarse mientras haya inocentes que sufran y egoístas que mientan y se aprovechen. Cada época debería tener su Karl Kraus.

Karl Kraus: Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (I)

ÍNDICE: CONTRA LA TRIPLE ALIANZA DE TINTA, TÉCNICA Y MUERTE

  1. Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (I)
  2. Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (II)
  3. Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (III)
  4. Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (IV)
  5. Moral
  6. Lenguaje
  7. Progreso y técnica
  8. Prensa
  9. Memoria

Karl Kraus (1874-1936) era mucho más que un satírico. Entendió que la sátira era la mejor moralizadora. En sus juicios satíricos se encuentran, amalgamados, los enunciados descriptivos y los valorativos. Como juicios negativos, «parten de la inadecuación entre lo que las cosas son y lo que deberían ser» (dice García Alonso en sus Ensayos sobre literatura filosófica); es decir, son una expresión indirecta del deber ser. Indirecta pero poderosa, ya que este (como moral) aparece contrastado con el ser (la realidad), lejos de toda metafísica. Crítico del esteticismo vacuo en su multiplicidad de formas, entendió que es una obligación dejar que la realidad invada el espacio del arte. La humanidad estaba en caída libre y habría sido irresponsable darle la espalda: «La ficción era para él demasiado débil ante el siglo XX» (Adam Kovacsics, en Karl Kraus y su obra); su obra no es ficción, y Kraus aparece en ella como mensajero de los males del mundo. Y sabe cuándo hay que apartarse a un lado y permitir al mundo que hable por sí mismo, cuándo la palabra estorba. Adelantándose a Adorno, plantea que no de todo se puede hacer poesía.

Kraus no se casaba con nadie. Criticaba los hechos, vinieran de quien vinieran, no una esencia absoluta, genérica. Por eso, no dudaba en fustigar cualquier ideología organizada, ya que todas responden con meras consignas a los diferentes desafíos de la realidad. Canetti consideraba que Kraus usaba fundamentalmente dos medios para lograr el impacto de su mensaje. Por un lado, la literalidad, «el don de condenar a los seres humanos por sus propias bocas», mediante la utilización de la cita. Por otro, el horror: «Creaba en sus oyentes al menos un solo sentimiento unívoco e inalterable: el odio absoluto a la guerra». Y en plena Primera Guerra Mundial no era fácil ni obvio ser pacifista. Para que su mensaje calara, usaba la repetición, en forma de «la cita de lo estúpido, la reproducción de lo valioso o la memoria del dolor ajeno e inútil» (de nuevo García Alonso), para apuntar hacia la responsabilidad y, mediante ella, acercarse al objetivo de la dignidad y la supervivencia. Su enemigo, en sus propias palabras: «la triple alianza de la tinta, la técnica y la muerte».

Giacometti: una pequeña aporía cultural

Esta es una foto de Giacometti de mediados de los 6o, publicada entonces en Paris-Match. El bueno de John Berger estaba obsesionado con ella. La he recordado al leer la noticia de que se le dedica una exposición en el Museo Picasso de Málaga. No la he encontrado en internet, quedando probado que, aunque parezca lo contrario, no todo está en la red; o no es fácilmente encontrable a mayor distancia que 5 páginas de Google, lo que viene a ser casi equivalente a no estar. He tenido que escanearla, duro trabajo que ha merecido la pena para compartirla aun a esta escasa calidad.

¿Se parece el artista a su obra? ¿Se parece Giacometti a su obra? Juzgando por esta foto, ¡claro!, porque es el vivo reflejo de una de esas estilizadas figuras, tan expresivas y humanas como de gran concentración simbólica. Si aceptamos esto, y hay que aceptarlo si tenemos ojos, entonces Giacometti era, simplemente y como sus esculturas, un hombre sin atributos. La alegre tragedia andante de la modernidad. Pero, al mismo tiempo, sabemos que no lo era. Si tenemos ojos, no podemos más que aceptar (con gran gusto) que era un genio. Una excepción en su tiempo; y esto porque, como suele ocurrir en los genios, que por eso lo son, era más sensible a ese tiempo que ningún otro. Así, la mirada nos dice a la vez que su escultura es sobre nada y sobre todo. Que él mismo era nada y todo. Con esta información, y en busca de una aporía retorcida, el razonamiento llega a la conclusión inevitable (e irresoluble): su obra, que es él mismo, representa como muy pocas la contradicción que vive el ser humano en su interior ante la modernidad. El artista genial, el visionario, Giacometti o Musil, es la cima de la humanidad al erigirse en su caracterización histórica más idealmente perfecta.