Karl Kraus: Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (II)

Karl Kraus optó por el silencio cuando creyó que la palabra ya no tenía nada que decir ante el empuje de la barbarie. Pero sólo relativamente: en los primeros meses tras el estallido la Primera Guerra Mundial se espaciaron, pero no desaparecieron, sus textos. Y justificó su silencio ante el ascenso al poder de los nazis precisamente con una densa y larga obra: La tercera noche de Walpurgis. Es cierto que la palabra no puede decirlo todo, que la acción a veces la supera, que si nadie quiere escuchar sirve de poco hablar. Pero Kraus demostró que hay que insistir. Que la humanidad no puede hacerse a un lado cuando triunfa la barbarie; al contrario, debe mostrar como pueda que todavía existe. Que las palabras todavía pueden hablar del mundo y al mundo, aunque sean insuficientes. «Ninguna razón de inhibición frente a la coacción tendría el poder suficiente como para silenciar sus convicciones más íntimas», dice Kraus. Pero mientras existan esas razones y alguien las diga, no todo está perdido. Así, el silencio no es una opción.

Al contrario, hay que hablar. Hay que decir mucho mientras la irracionalidad se pasee triunfante. Hay que seguir dejando en evidencia la inmoralidad, la irresponsabilidad, el lenguaje vacío que impide el pensamiento y convierte a la sociedad en su miserable espejo. Aunque nuestra época sea diferente a la de Kraus, sus problemas no son tan distintos. El conformismo, el hedonismo o la falta de responsabilidad y de empatía con el sufrimiento siguen estando ahí. Cada época debería tener su Karl Kraus, su constante azote, molesta conciencia que, si bien no puede impedir la impunidad, al menos sí puede lograr que la falsedad quede a la vista de todos (aunque, sin sentido de la responsabilidad, esto termine sirviendo de poco). Sigue habiendo mucho dolor en el mundo, ante lo que se puede recuperar esta cita de Walter Benjamin: «A las sensaciones siempre iguales con que la prensa diaria sirve a su público, Kraus contrapone las “nuevas” eternamente renovadas que hay que comunicar respecto a la historia de la creación: la lamentación continua y eternamente renovada». La lamentación ha de renovarse mientras haya inocentes que sufran y egoístas que mientan y se aprovechen. Cada época debería tener su Karl Kraus.

Karl Kraus: Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (I)

ÍNDICE: CONTRA LA TRIPLE ALIANZA DE TINTA, TÉCNICA Y MUERTE

  1. Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (I)
  2. Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (II)
  3. Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (III)
  4. Contra la triple alianza de tinta, técnica y muerte (IV)
  5. Moral
  6. Lenguaje
  7. Progreso y técnica
  8. Prensa
  9. Memoria

Karl Kraus (1874-1936) era mucho más que un satírico. Entendió que la sátira era la mejor moralizadora. En sus juicios satíricos se encuentran, amalgamados, los enunciados descriptivos y los valorativos. Como juicios negativos, «parten de la inadecuación entre lo que las cosas son y lo que deberían ser» (dice García Alonso en sus Ensayos sobre literatura filosófica); es decir, son una expresión indirecta del deber ser. Indirecta pero poderosa, ya que este (como moral) aparece contrastado con el ser (la realidad), lejos de toda metafísica. Crítico del esteticismo vacuo en su multiplicidad de formas, entendió que es una obligación dejar que la realidad invada el espacio del arte. La humanidad estaba en caída libre y habría sido irresponsable darle la espalda: «La ficción era para él demasiado débil ante el siglo XX» (Adam Kovacsics, en Karl Kraus y su obra); su obra no es ficción, y Kraus aparece en ella como mensajero de los males del mundo. Y sabe cuándo hay que apartarse a un lado y permitir al mundo que hable por sí mismo, cuándo la palabra estorba. Adelantándose a Adorno, plantea que no de todo se puede hacer poesía.

Kraus no se casaba con nadie. Criticaba los hechos, vinieran de quien vinieran, no una esencia absoluta, genérica. Por eso, no dudaba en fustigar cualquier ideología organizada, ya que todas responden con meras consignas a los diferentes desafíos de la realidad. Canetti consideraba que Kraus usaba fundamentalmente dos medios para lograr el impacto de su mensaje. Por un lado, la literalidad, «el don de condenar a los seres humanos por sus propias bocas», mediante la utilización de la cita. Por otro, el horror: «Creaba en sus oyentes al menos un solo sentimiento unívoco e inalterable: el odio absoluto a la guerra». Y en plena Primera Guerra Mundial no era fácil ni obvio ser pacifista. Para que su mensaje calara, usaba la repetición, en forma de «la cita de lo estúpido, la reproducción de lo valioso o la memoria del dolor ajeno e inútil» (de nuevo García Alonso), para apuntar hacia la responsabilidad y, mediante ella, acercarse al objetivo de la dignidad y la supervivencia. Su enemigo, en sus propias palabras: «la triple alianza de la tinta, la técnica y la muerte».

Giacometti: una pequeña aporía cultural

Esta es una foto de Giacometti de mediados de los 6o, publicada entonces en Paris-Match. El bueno de John Berger estaba obsesionado con ella. La he recordado al leer la noticia de que se le dedica una exposición en el Museo Picasso de Málaga. No la he encontrado en internet, quedando probado que, aunque parezca lo contrario, no todo está en la red; o no es fácilmente encontrable a mayor distancia que 5 páginas de Google, lo que viene a ser casi equivalente a no estar. He tenido que escanearla, duro trabajo que ha merecido la pena para compartirla aun a esta escasa calidad.

¿Se parece el artista a su obra? ¿Se parece Giacometti a su obra? Juzgando por esta foto, ¡claro!, porque es el vivo reflejo de una de esas estilizadas figuras, tan expresivas y humanas como de gran concentración simbólica. Si aceptamos esto, y hay que aceptarlo si tenemos ojos, entonces Giacometti era, simplemente y como sus esculturas, un hombre sin atributos. La alegre tragedia andante de la modernidad. Pero, al mismo tiempo, sabemos que no lo era. Si tenemos ojos, no podemos más que aceptar (con gran gusto) que era un genio. Una excepción en su tiempo; y esto porque, como suele ocurrir en los genios, que por eso lo son, era más sensible a ese tiempo que ningún otro. Así, la mirada nos dice a la vez que su escultura es sobre nada y sobre todo. Que él mismo era nada y todo. Con esta información, y en busca de una aporía retorcida, el razonamiento llega a la conclusión inevitable (e irresoluble): su obra, que es él mismo, representa como muy pocas la contradicción que vive el ser humano en su interior ante la modernidad. El artista genial, el visionario, Giacometti o Musil, es la cima de la humanidad al erigirse en su caracterización histórica más idealmente perfecta.

Tres funciones del humanismo actual

Edward W. Said argumentó en Humanismo y crítica democrática, uno de sus últimos libros, por qué las humanidades pueden seguir teniendo un papel importante en el mundo actual. Él habla básicamente del academicismo estadounidense, que es el que conoce y del que ha formado parte en la Universidad de Columbia (famosa por su respeto a las humanidades), y lo pone bien a caldo. Critica, como otros, la ridícula especialización excesiva, el uso del lenguaje abstruso para ocultar discursos vacíos, la servidumbre directa o indirecta (mirando para otro lado) del poder, el vivir de espaldas o, como mucho, en paralelo al mundo real. Porque es ese mundo real el que más necesita de los humanistas, como contrapeso al imperialismo difundido y legitimado por los medios de masas. En un gesto de elitismo (más o menos justificable) propio del humanismo, Said viene a decir que la gente necesita a esos sabios que les iluminen. Los congresos y las publicaciones ya andan bien servidos.

Lo más interesante del libro se encuentra en la conclusión, donde sintetiza en tres puntos a modo de tres luchas el papel que el humanismo, en concreto sus paladines los intelectuales, puede (y debería) tener en el mundo actual, y que nadie más está tan capacitado para ejercer. Sobre todo ello, la defensa de los auténticos valores democráticos. Son estas tres luchas, interpretadas con cierta libertad por mí:

1) «Protegerse de la desaparición del pasado e impedirla». La hoy tan denostada tradición, barrida por el ascenso en reputación de la cultura popular, todavía es quien más tiene que enseñarnos. Aún hoy es posible interrogar a los clásicos desde nuestra perspectiva actual, y obtener mejores respuestas de las que puedan encontrarse en casi cualquier otro sitio. Ejemplo: ¿por qué perder el tiempo refugiándose en la psicología e inventando nuevos síndromes (al servicio de las farmacéuticas y del control social en general) para intentar entender al hombre, si prácticamente todo lo que nos puede decir ya estaba en Sófocles? Y con mucha mayor profundidad y comprensión de lo que es el ser humano en su totalidad. Aquí he puesto de mi parte; aunque durante el libro habla mucho de esto, en realidad en este punto se refiere sobre todo a la preeminencia de la Historia como materia sobre la que trabajar, teniendo siempre presente que sus protagonistas son seres humanos como nosotros. Un poco aquella cita de Santayana de que quien olvida su Historia está condenado a repetirla.

2) «Construir con el fruto del trabajo intelectual campos de coexistencia en lugar de campos de batalla». Said se refiere a abrazar un multiculturalismo enriquecedor, no tanto en el sospechoso sentido postmoderno que deriva en peligroso relativismo (lo critica abiertamente), sino más bien como la «empatía» de la que hablaba Rifkin. Uniendo esto a la recuperación de la Historia, todos podemos aprender mucho de los procesos de descolonización y de las otras culturas en general. Y podemos porque todos somos seres humanos y tenemos una base común que permite comprendernos mutuamente hasta cierto punto. El humanismo también tiene la función básica de desmontar las mentiras y manipulaciones de los medios de masas, sobre todo las que justifican las violencias imperialistas. «Quizá el intelectual sea una especie de memoria antagonista, con un discurso antagónico propio, que no permita que la conciencia mire hacia otro lado o se adormezca». Termina con una genial cita de Johnson: «como dijo el doctor Johnson, el mejor correctivo consiste en imaginar a la persona con la que uno está discutiendo -en este caso, a la persona sobre la que caerán las bombas- leyendo tu escrito en tu presencia».

3) Said se refiere explícitamente al conflicto de Palestina, como no podía ser de otra manera dado su origen y su trayectoria. En un sentido más amplio, lo que quiere decir es que el humanismo debe ser consciente tanto de sus límites como de los límites del ser humano, ya que «también se da el caso de que hay oposiciones dialécticas que no es posible conciliar, no se pueden trascender o a las que no se puede dar carpetazo mediante una especie de síntesis superior inequívocamente más noble». Es decir, que el humanismo actual tiene que abandonar las utopías definitivamente, sobre todo tras las infernales experiencias del siglo XX. El intelectual tiene que comprender el mundo en su medida, y tratar de buscar o ayudar a buscar soluciones realistas, justas y, en fin, humanas.


[Imagen: Edward W. Said]

Artefactos oratorios (II): Lo que escribo

Más de dos años y medio después de empezar esto, más de año y medio después de terminar aquello, vuelvo a preguntarme: ¿qué es El Ansia?

El Ansia son textos. Son mis textos, los de Borja, siempre impuros, nunca definitivos ni definitorios. Son materializaciones de pensamientos temporales, derivas de profundas creencias personales, son casualidades y causalidades, intuiciones que acaban en callejones sin salida o seguridades que mueren en saltos al mar abierto. Una fluida y sólida masa de la que emergen constantes por sí mismas, a menudo para mi sorpresa, que no pretenden ser tales. Es una aventura personal que quiero compartir Es, por eso, y más allá de toda la intención comunicativa, un espacio de autodescubrimiento. El Ansia es la imperiosa necesidad de hacerme entender una parte del mundo que me enloquece en cierto momento. Al escribir, el monólogo disperso en el interior de la cabeza se concreta y se puede trabajar con él, pasa de ser soliloquio a diálogo, aunque sea un diálogo imaginario con una pantalla en blanco. Una pelea a navaja entre mi lenguaje y el cursor parpadeante. El antes disperso e inacabado monólogo se centra, se desarrolla. Y me dejo arrastrar por él, para poder llegar a nuevos lugares, gracias a que el caos que es el pensamiento flotante se solidifica y se puede leer, tocar, comer, besar. En cierto sentido, y a pesar de que la mayoría de las ideas sobre las que escribo las tengo muy masticadas, es una versión de la escritura automática. El formato del blog es libre y lo permite, relaja la falta de compromiso, no hay más presión que la autoimpuesta y el peso de la responsabilidad toma otra forma; sólo hay compromiso con uno mismo pero, a diferencia de los documentos que se guardan en una carpeta del ordenador, el resultado desnudo lo puede ver cualquiera. Aunque haya una estructura argumental premeditada, aunque primen dos o tres ideas claras que me lleven a ponerme delante del ordenador para escribir, eso es sólo la excusa. Admito que entiendo el mundo, y mi comprensión del mundo, mucho mejor cuando escribo sobre ello. Ese premio es demasiado valioso, si se encorseta la vía que lleva a él nunca se conseguirá. Todo eso lo quiero compartir, quizá, como San Agustín, para honrar, emulándolos humildemente, a tantos autores que han horadado mi manera de ver y entender el mundo y, como San Agustín, con la esperanza de hacer yo lo mismo con algún lector despistado o interesado, aunque sea en una minúscula medida.

El Ansia es movimiento, claro. Eso es lo que hace interesante y único el formato del blog: ligereza, libertad, cambio. También es su abismo: lo que escribimos ayer con toda nuestra sangre, hoy desaparece o mañana desaparecerá. Tenga o no un gran valor, es diminuto y, por tanto, efímero. En la práctica, funciona incluso como algo más microscópico de lo que en realidad es. Es una galaxia como un grano de arena, parafraseando a Aldiss. Aunque queda lejos aquella primitiva concepción de los blogs como diarios, ¿no siguen siendo eso? El Ansia no es un diario de anécdotas, no comienza con «hoy la he vuelto a ver»; pero no deja de ser un diario intelectual, un recorrido por el camino cultural (vital) por el que paseo yo, Borja. La imagen recurrente del flâneur, que con tanta fortuna simbólica utilizó Walter Benjamin, es perfecta para describir El Ansia. Estos textos son mis incursiones en productos culturales que me sorprenden, que me hacen sentirme vivo, que me hacen pensar (de la reducción de esto a su mínima expresión nació El hermano tonto de El Ansia). Son blitzkriegs de rápida entrada y salida en ideas que me atormentan en una época concreta. Son exploraciones sinceras de esas ideas, que a menudo terminan en experimentales porque las matizo o incluso abandono gracias a que, al haber escrito sobre ellas, he tomado distancia para valorarlas en su medida. Son furiosos raids estéticos o intelectuales o puramente físicos, que despegan desde mi mundo interior para ser transmutados mediante mis manos en una pulcra fuente de texto. Son esbozos, son fracasos y algunos son incluso clásicos para mí. Son aperturas de piernas para que entre el mundo en toda su espléndida locura.

El Ansia es profunda fugacidad. Es profunda porque pongo todo lo que tengo en cada texto que escribo. Puede que haya ingenuidad y seguro que el error desborda, pero no hay relleno. El auténtico aprendizaje no puede permitirse perder el tiempo. Lucho con mis ideas, reescribo palabras, destruyo párrafos, abandono entradas completas; ¿como todos? Para Borja, El Ansia es una profunda exigencia, aun siendo consciente de su irrelevancia. Y también es fugacidad. La naturaleza de internet es volátil y superficial. Mientras escribo, cuando he escrito, soy consciente de que difícilmente alguien podrá leer aquí uno de mis textos con tanta intensidad como la que he puesto al crearlo, sé que es complicado que se aprecien los matices por los que he peleado, como sí sucedería en la lectura atenta de un libro. Pero no importa. No cederé por esto, ¡nadie que se respete debería! El Ansia es, también, resistencia. Una guerra contra los lugares comunes, un, al menos para mí, fértil intento de ofrecer perspectivas diferentes, de dar nuevas miradas a viejas obras o de hallar y gritar cualidades de las menos habituales. Que lo consiga o no es sólo relativamente importante. Lo importante es el camino. Llevo más de diez años escribiendo en internet y, si no lo hubiera hecho, no habría escrito ni una pequeña parte de lo que he escrito, por eso siento que ahora sería sólo la mitad de persona de lo que soy. El Ansia es una de mis más importantes proyecciones al mundo. El Ansia soy yo. Mutable, constante, inconstante, siempre sincero, siempre intenso. Siempre abierto a que el mundo me siga sorprendiendo, deseando estar equivocado, admitiéndolo feliz cuando lo estoy. Es mi batalla eterna contra el cinismo, contra el dogma, contra la deshumanización. El Ansia soy yo.