Archivo mensual: febrero 2011

«¡Vivas! ¡Vivas! ¡Dios mío, están vivas!»

Vasíliev visita varias casas de mala nota por primera vez. Le abruma su vulgaridad:

“En este absurdo que veo ante mis ojos, ¿qué puede impulsar a un hombre normal a cometer el pecado terrible de comprar a una persona viva por un rublo?”

Vasíliev empieza a ver más allá del mal gusto en la decoración y en el vestir:

Al contemplar la cara de ese lacayo y su chaqueta gastada, Vasíliev pensó: “¡Cuánto debe haber sufrido un hombre normal y corriente antes de acabar como lacayo en un lugar como éste! ¿Dónde habrá vivido antes y qué habrá hecho? ¿Qué le esperará en la vida? ¿Estará casado? ¿Dónde estará su madre? ¿Sabrá acaso que trabaja aquí como lacayo?”.

Y como el lacayo, las prostitutas. Todos se han vendido. Pero todos son algo más que mero cuerpo, sospecha Vasíliev.

Too loose - AJ Williamson

En su interior, la comprensión enciende la llama de la contradicción que desatará la crisis:

“¿Qué tiene esto de alegre? Si al menos hubiera personas, pero sólo hay salvajes y animales”. […] Le agobiaba pensar que él, un hombre decente y afectuoso, odiaba a esas mujeres y no sentía por ellas más que aversión. No le daba pena de las mujeres, ni de los músicos, ni de los lacayos. “Eso es porque no trato de comprenderlos -pensaba-. Todos ellos se parecen más a animales que a personas; y sin embargo son personas y tienen alma. Hay que tratar de comprenderlos antes de juzgarlos”. […] Entonces comprendió Vasíliev que allí vivían seres humanos de verdad, que se ofendían, sufrían, lloraban y pedían ayuda, como en todas partes…

Y, por fin, después de superar el grado máximo de rechazo, Vasíliev descubre con claridad la verdad. La trágica verdad de los seres humanos fracasados:

“Está presente el vicio -pensó-. Pero no la conciencia de la culpa ni la esperanza de la salvación. Las venden, las compran, se hunden en el vino y en otras abominaciones, pero son tan tontas como las ovejas, se muestras indiferentes y no comprenden nada. ¡Dios mío, Dios mío! […] ¡Vivas! ¡Vivas! ¡Dios mío, están vivas!”.

Sufre la crisis. Presa de la desesperación, necesita hacer algo, lo que sea. Sus amigos le llevan a un psiquiatra, pero Vasíliev comprende que el problema no está en él, sino en la sociedad que han creado entre todos:

“¿Por qué calláis? Es verdad que son personas ajenas a vosotros, pero también tienen padres y hermanos…. [ … ] ¡Y por ser incapaz de hablar con la misma indiferencia de las mujeres caídas que de estas sillas me llevan al médico, me tildan de loco y sienten piedad de mí!”.

[«La crisis», Antón Pávlovich Chéjov]

¿Por qué río cuando los veo y las veo por la televisión? ¿Acaso me excita? ¿Me reconforta? ¿Por qué miro hacia otro lugar cuando los veo y las veo por la calle? ¿Por qué hay una lucha en mi interior para no pensar en que están ahí cuando los veo y las veo? Los veo y las veo.

[también podría llamarse «El ansia»]

El origen de la felicidad

Soy enormemente feliz contigo, cariño -decía él, rozando sus dedos o deshaciendo su trenza y componiéndola luego-. Pero no considero mi felicidad como algo que haya caído casualmente sobre mí, como llovido del cielo. Esa felicidad es un fenómeno completamente natural, consistente y perfectamente lógico. Creo que el hombre es responsable de su propia felicidad, de modo que ahora estoy disfrutando de lo que yo mismo me he labrado. Sí, puedo decirlo sin falsa modestia: esta felicidad la he creado yo mismo y tengo un poder absoluto sobre ella. [ … ] Todo era una lucha, un camino hacia esa felicidad…

[«El profesor de ruso», Antón Pávlovich Chéjov]

THEY MIGHT BE GIANTS: Extraordinaria locura

En They might be giants (Anthony Harvey, 1974), George C. Scott era un brillante juez hasta la muerte de su mujer, momento en el que se vuelve turulato y empieza a creerse un no menos brillante Sherlock Holmes, un «paranoico clásico» que ve pistas por todas partes, llegando a menudo a conclusiones auténticas. En su quijotesco modo de vida, capta a Joanne Woodward, una doctora apellidada casualmente Holmes. Lo que no es tan casual es que sea una psiquiatra. Acostumbrada a la lógica de las correlaciones, encuentra la mejor comprensión del mundo en las deducciones de Holmes, que superan a las de su ciencia. El efectivo absurdo de un lunático resulta ser mejor que el frecuente absurdo reduccionista de la psiquiatría, llevando los principios de ésta a sus últimas consecuencias.

El clímax sucede cuando a Holmes y a una ya más que convencida y hasta enamorada doctora Watson, se les une un pequeño ejército de inadaptados: un matrimonio de horticultores solipsistas, una negrota operadora telefónica frustrada por los ridículos límites impuestos por las normas administrativas, una solterona obsesionada con el western, un Rodolfo Valentino gordo como una pelota, un burócrata al borde la jubilación que decide cumplir el sueño de su vida y convertirse al fin en la Pimpinela Escarlata… Todos ellos se ponen al mando de Holmes, quien va en busca de Moriarty, personificado en un capitalista sin escrúpulos que quiere que declaren loco al protagonista para quedarse con sus bienes, ¡bonita alegoría sociológica! Los discípulos de Holmes se unen a él sin saber por qué, sin motivos, simplemente siguiendo a un iluso con la inconsciente esperanza de transformarse ellos mismos en soñadores. New York, y con la ciudad todo el mundo contemporáneo, parece ser poco más que una máquina represora de los verdaderos sentimientos, deshumanizada. Y sólo los gigantes (que haberlos, haylos) vistos por un perturbado genial pueden devolverle la humanidad.