Archivo mensual: abril 2011

Sidney Lumet (II)

Fail-Safe (Punto límite, 1964) – El reverso tenebroso de Dr. Strangelove. Partiendo de un argumento prácticamente idéntico, donde Kubrick cedía al humor cínico de un “ya estamos condenados”, casi un “nos lo merecemos”, Lumet planteaba una aventura semi-realista que daba miedo precisamente por su banalidad. La sátira del primero era desesperanzada; el tenso drama del segundo contiene el deseo de esperanza, pero muestra que hay pocos motivos para tenerla, así que cae igualmente en el pesimismo. Un mal sueño apasionante que evidencia que el presente y el futuro de la humanidad están en manos de unos pocos, igual de perdidos en la vida que nosotros, igual de fascinados por la técnica. ¿Es justo que otros tan imperfectos como nosotros tengan tanta más responsabilidad?

The hill (La colina, 1965) – Película básica en la obra de Lumet y en el cine antimilitarista en general. Todo sucede en una prisión militar disciplinaria, destinada a maltratar a los de tu propio bando. Así, queda claro que lo que mueve la violencia que se desata en las Guerras no es tanto el odio al enemigo, sino el odio al otro, entendido este en el sentido fundamental de “el que no soy yo”. O incluso el sadismo como algo inherente al ser humano, secretamente deseado por él y puesto en práctica inevitablemente si se dan las condiciones propicias. El tema tolera poca broma, reproducido en la pantalla por un estilo cortante y áspero. Lo que se ve es lo que hay. Nihil y agresividad egocéntrica y ciega, por desgracia.

The deadly affair (Llamada para un muerto, 1966) – Película de espías carne de análisis psicoanalítico. Como es habitual en Lumet, pone al mismo nivel el drama interior de las relaciones humanas que uno vive con la gran tragedia exterior de la humanidad, puesto que, si no son la misma cosa, al menos una se deriva siempre de la otra y viceversa. La familia como eterna alegoría, o reproducción en pequeñito, de la sociedad; y viceversa.

The Anderson tapes (Supergolpe en Manhattan, 1971) – Quizá la más política de las películas de robos. Aparecen todos los tópicos del género (ladrones de guante blanco, imprevistos que destruyen la concienzuda planificación, etc.), pero el trasfondo anclado en el contexto de la época le da otro regusto. Ese contexto es el de la lucha por los derechos civiles, anticipando el escándalo de COINTELPRO (que ya sería entonces un secreto a voces, excepto para los oscurantistas medios de comunicación) y sus persecuciones ilegales. Aunque lo principal sigue siendo la acción, el poderoso subtexto entronca más con la paranoia tecnológica de Los crímenes del Dr. Mabuse.

The offence (La ofensa, 1972) – Sean Connery desata sus demonios en algo que un crítico al uso se contentaría con llamar “oscuro drama policial”, con un personaje que mata a un asesino de niños cuando lo interroga… porque, en lo profundo de su psique, se ve reflejado en él. En realidad, una exploración de los instintos, del origen de la violencia, de la frustración generada por una sociedad que se autoconsidera hipercivilizada y, con ello, oprime y reprime hasta grados que no todos pueden soportar. El uso de la luz destaca todo esto, insiste en ello, y en esa insistencia se revela la potencia de las fuerzas sociales (y por tanto humanas) que hunden a los hombres.

Sidney Lumet (I)

[Pobre Sidney Lumet… aquí empieza el repaso a las películas suyas que he visto]

12 angry men (Doce hombres sin piedad, 1957) – La primera en la frente. Lumet se hizo grande desde el principio, con esta apología racionalista del Estado de derecho, que unía lo jurídico con lo humanista con la máxima perfección formal y moral posible. Logra algo tan complicado como es justificar el sistema de la democracia capitalista sin caer en su legitimación propagandística. Más bien al contrario, lo justifica a partir del disenso, criticando a aquellos que más integrados están, avisando de que es a ellos a quienes hay que temer.

The fugitive kind (Piel de serpiente, 1959) – Un hipersexuado viaje al oscuro mundo rural de Tennessee Williams, a modo de pesimista melodrama en el que la marginalidad concuerda en medios y fines con el dominio sobre el otro. La dignidad sólo existe para ser pisoteada, por culpa de la total falta de autocontrol. Y esta viene de la soledad extrema que lleva a abrazar con desesperación cualquier sucedáneo de cercanía humana.

Vu du pont (A view from the bridge, 1962) – El hábitat de la clase obrera aparece como un mundo aparte, como si hubiera alambradas de espino alrededor de los recintos del hogar y del lugar de trabajo, como si toda la libertad espacial fuera ir en un autobús policial del uno al otro. ¿Una alegoría; no tiene el pobre realmente grandes limitaciones, de todo tipo? El aislamiento lleva a una espiral de ansiedad y autodestrucción, que degenera en delación, autoodio xenófobo y, en general, violencia potencial que acaba ejerciéndose contra los únicos que se pueden alcanzar: los que están en la misma situación que tú.

Long day’s journey into the night (Larga jornada hacia la noche, 1962) – Lumet logra por fin el virtuosismo formal y la libertad creativa que le permiten plasmar a lo grande la tragedia que buscaba: la de las relaciones humanas. Aquí ya no están mediatizadas (¿o sí…?) por el sexo ni por la clase, sino que se presentan en su forma más pura, la de la familia. La obra original de Eugene O’Neill no escatimaba sordideces, y la fotografía de Boris Kaufman vierte ese abismo a la pantalla. Un recital de intensidad interpretativa y de la angustia de tener que vivir en sociedad, casi a la manera de la “insociable sociabilidad” kantiana, con uno de los finales más memorables y pesimistas del cine: no se puede huir de los demás, ni aunque necesites hacerlo. Y ningún otro va a venir ayudarte con tus otros. Qué plano, qué plano…

The pawnbroker (El prestamista, 1964) – Años antes de Shoah, el cine se acercó (aún en la ficción) con Lumet a las consecuencias del Holocausto en los supervivientes. La destrucción de la humanidad interna. En los campos de concentración y de exterminio el presente era la muerte en vida. Aunque el cuerpo se conservara, todo lo demás quedaba limitado al mero instinto de autoconservación. El superviviente, a veces, lo es a su pesar. Y el mejor ejemplo es Sol Nazerman (Rod Steiger), cuyos sentimientos quedaron perdidos para siempre en el Lager. Su existencia como regente de un local de préstamos es tan inercial como la que padecía en el campo. La única diferencia es que allí soñaba con llegar vivo al final del día, y hoy sufre porque sabe que lo conseguirá. No le quedan fuerzas para intentar escapar de este purgatorio. Ante un mundo degradado y degradante, es un preso eterno tras las rejas de su mostrador, sin esperanza, sin memoria, sin futuro ni pasado ni presente. Los demás están condenados y no lo saben, pero qué le importa a él. Lo merecen.

Sidney Lumet (0)

Sí, se ha muerto Sidney Lumet. No es una de esas muertes vanas de viejas glorias, sino que era todavía un artista en activo, aún persistente y apasionado ensamblador de algunas de las películas americanas más interesantes de la última década. Un viejo lobo de mar que ya era tal cuando empezó su carrera, y que por eso nunca perdió la energía y el talento juvenil, entremezclado desde el principio con su experiencia, indisociable de su capacidad artesanal. Su mejor hagiografía es la contada por su propia obra, y por eso me animo a escribir en los próximos días un sintético recorrido por todas las películas de Lumet que he podido ver, riquísimas en contenido y que todavía tienen mucho que decirnos. Pero ahora mismo no puedo de dejar de decir unas palabras, a modo de lectura rápida en su funeral.

Cojo el micro y bajo el atril hasta mi altura. Sidney Lumet era, ante todo, un norteamericano. Pero uno de los buenos, de los que acumulan en su persona los valores más positivos de esa paradójica cultura. Ante todo, un insobornable espíritu crítico, con afán corrosivo, sacando a la luz las miserias de todos y agitándolas sin piedad para que cualquiera las vea. Para que cualquiera se reconozca en ellas. Porque, aunque sean miserias individuales, como tales siempre son simbólicas, y siempre son producto de nuestra civilización. Las personas, de cualquier tipo y rango, no somos más que víctimas del leviatán que es el mundo de la modernidad capitalista. Pero, precisamente porque somos víctimas, no nos merecemos un trato cruel, y el inglés que lleva dentro nos hace entrega de estos análisis amablemente, con guante de seda. Por supuesto forjado en hierro, y que no oculta los gusanos de podredumbre que a veces se escapan por las mangas y que a menudo incluso nos miran directamente desde la palma de la mano enguantada, y aun se regodean manteniéndonos esa mirada.

Pero, como estadounidense que no podía dejar de ser, la crítica la hace desde dentro. Con un eco de fe en la regeneración democrática, con un optimismo injustificado e irreal pero que subyace, precisamente como el motor que le obliga a seguir rodando. Su cine es apabullante, intenso, una locomotora fruto del progreso tanto técnico como moral. Un canto sincero al poder de la artesanía fílmica como medio de comunicación de masas, conjugado con la integridad artística y el aguijonazo ético. Cada plano tiene sentido para el conjunto. Entretenimiento clásico y vanguardia creativa al servicio de un mensaje por la libertad y la inteligencia. Eso es Sidney Lumet, su cine, que es él mismo.