Archivo mensual: mayo 2011

El amor es siempre la posibilidad de asistir al nacimiento del mundo

Esa preciosa frase del título no es mía, claro. Es de Alain Badiou y forma parte de su Elogio del amor. Como también la siguiente:

Digamos que si, apoyado sobre la espalda de aquella a quien amo, veo la paz de la tarde en un lugar montañoso, la pradera de un verde dorado, la sombra de los árboles, los corderos con hocicos negros inmóviles detrás de los setos y el sol a punto de ponerse detrás de las rocas, y sé, no por su rostro, sino en el mundo mismo tal y como es, que aquella a quien amo ve el mismo mundo, y que esta identidad forma parte del mundo, y que el amor es justamente, en ese momento mismo, esa paradoja de una diferencia idéntica, entonces el amor existe y promete seguir existiendo.

El amor no es el encuentro, que es puro azar, sino su construcción. En ese momento epifánico que es darse cuenta de que el mundo es el mismo para los dos se fija el azar y se convierte en destino. Es imposible garantizar su duración, pero se ve con claridad que merece la pena luchar por ella, para poder compartir el mundo con el otro.

Badiou critica las tres visiones del amor más frecuentes. La primera es la romántica, que se basa en el éxtasis del encuentro, confundiendo el goce corporal, que es en último término siempre de uno mismo, con el amor, que es la única forma genuina de intentar unir las diferencias. La segunda es la comercial o jurídica, la que busca la seguridad personal, la racionalización de la relación con la mirada puesta en sus ventajas. La tercera es la escéptica, muy extendida hoy, que niega la posibilidad del amor y se conforma con paripés generalmente hedonistas y despreciativos con el otro. Las tres coinciden en su incapacidad para salir del individuo. Pero el amor que propone Badiou es el de la construcción del mundo en común, el compromiso con la diferencia, sellado con un “te quiero” que ha de ser reformulado ante los distintos vaivenes de la vida. Entre dos se crea una verdad, que gusta a todos porque antropológicamente a todos gustan las verdades. Es una «obstinada aventura», cuya recompensa es la felicidad. Y es una resistencia ante el avance de una sociedad deshumanizadora y homogeneizadora, porque esa verdad que genera es una verdad particular y personal, y sin embargo muy real, alejada del mercado y de todo lo demás. El verdadero amor sirve como ejemplo porque muestra al resto de la humanidad que la superación de la diferencia es posible, siendo además un igualador, porque reyes o presidentes caen también en su misterio. Al final, el proceso del amor tiene también una lectura política: «En el amor, mínimamente, uno tiene confianza en la diferencia en lugar de sospechar acerca de ella».

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Acampada Alicante: La asamblea de majaras ha decidido

[Como se me ha ido un poco la mano escribiendo, porque aunque me he limitado al máximo hay mucho que decir, he dividido el texto en epígrafes para que se pueda leer a ratos o sólo lo que más le interese a cada cual]

Tinglado: los orígenes

El domingo 15 de marzo salió a la calle bastante gente a una manifestación. El éxito se debió, sobre todo, a que no se convocaba bajo la bandera de ningún partido o sindicato (incluso se prohibían), sino en nombre del ciudadano hasta las narices. Muchos de los que fuimos nos quedamos con ganas de hacer algo más, nos supo a poco, ¿por qué no aprovechar esta energía tanto tiempo dormida en tantos? Pronto salió aquello por un lado: se formaron acampadas. Estas acampadas en plazas clave de las ciudades funcionaron estupendamente los primeros días como terapia de grupo. La gente sentía que estaba haciendo algo por intentar mejorar las cosas, una desbordante sensación de comunidad más allá de izquierdas, derechas, edades y demás identidades de guiones de anuncios argentinos de CocaCola. La clave de la unión, parecida a la que defendí en este blog hace unos meses, era precisamente superar las etiquetas o, mejor, formar una etiqueta incluyente. ¡Cambiar el lenguaje!, tanto verbal como simbólico y de formas. Las asambleas nocturnas desbordaban, muchas personas querían comunicar a todos sus emociones, sus ideas, sus payasadas, sus ideologismos, sus moderaciones y radicalidades, surgiendo momentos absolutamente surrealistas, entre berlanguianos y chanantes, pero siempre entrañables. A partir del sábado más o menos, el modelo empezaba a agotarse y urgía centrar todo eso en algún objetivo, pasadas las elecciones. ¿En qué? En ninguno, como bien explica este sesudo pero brillante análisis del “ciudadanismo”.

La trama se complica: que no, que no nos representan

Nadie se preguntaba para qué estábamos allí. En la web de Democracia Real ¡Ya!, convocantes originales y colaboradores por inercia de las acampadas, aparecen 7 puntos a los que se ha dado protagonismo equivocadamente; pero eran ideas de trabajo, más bien del montón y ya algo ideologizadas, escritas a salto de mata. Algo secundario y genérico que a la mayoría se la traía bien al pairo. Sin embargo, algunos se aferraron a esa línea de trabajo porque querían sentir que estaban haciendo algo. Se crearon grupos temáticos sobre educación, sanidad, medio ambiente, incluso llengua i país en un delirio ombliguista. Los resultados, inútiles porque en cualquier sitio ya están esas propuestas y otras mucho mejores, se presentaban por la noche a todo el mundo con el orgullo de un niño que enseña a su familia que ha aprendido a tocar el Himno de la Alegría con su flauta del cole, ante un creciente hastío. Las personas que pasaban más tiempo en la acampada, ya fuera por mayor compromiso, porque tenían más empuje o simplemente porque tenían menos cosas que hacer fuera de todo esto, se fueron haciendo con el control. Sus argumento indirectos para justificarse: están allí con más regularidad que otros y están trabajando en muchas cosas. Trabajar está bien, pero ¿en qué y por qué? Se empezaba a crear una estructura organizativa desastrosa, incapaz de priorizar. ¿Cómo es posible que se hable ya de nacionalizar bancos cuando ni siquiera hay alguien que informe por internet del día a día de lo que pasa en la plaza? La modernidad se ciega con lo cuantitativo y con el orden, la organización seduce por sí misma sin haber pensado antes en su sentido, todo se deshumaniza en cuanto se automatiza y no parte de la pregunta de ¿para qué? Los que estaban allí todo el día no podían tomar distancia y, sin quererlo y de buena fe, se erigieron en representantes de una mayoría que decía algo bien diferente de lo que decían ellos. Mientras se perdían en marañas burocráticas sin contenido ni objetivo, en internet y en las asambleas nocturnas se pedía que la cosa se centrara en algo (se habla sobre todo de la Ley Electoral) que uniera a la mayoría para tener unos cimientos y un cemento que nos mantuviera pegados, que no se ideologizara, que se dejara de construir la casa por un tejado que nadie quería y que se nos estaba cayendo encima a todos. Pero los de dentro de la acampada ya apenas podían escuchar esto, ¡tenían mucho trabajo que hacer! El lunes me tomé el día libre para ir a luchar por enderezar el asunto, y fue imposible. Por activa y por pasiva, con la mayor claridad posible, con no pocos apoyos… y nada. Desde dentro, diré que en realidad estaban casi todos de acuerdo en lo mismo que la mayoría, sólo que enseguida las discusiones se ramificaban en complejidades cuya importancia sólo veían ellos (y eso que no podían justificar esa importancia), olvidando que no representaban a nadie y que a nadie interesaban los rollos. Mientras, en las asambleas nocturnas el público les dejaba hacer, también olvidando que no representaban a nadie y que la acampada era de todos, que su discurso oficial no era tal; ¡pero es que es tan sencillo que otros trabajen por ti! En síntesis: se ha reproducido el sistema criticado.

No insistamos, no hay soluciones

Si bien hasta el sábado casi todos estábamos encantados de habernos conocido y el triunfalismo campaba a sus anchas, esa noche fue un antes y después. Como la autocrítica brilló por su ausencia, se convirtió en crítica externa. Tras repetidos intentos de retomar la dirección (o al menos de elegir una), los de dentro seguían inevitablemente empeñados en su burbuja organizativa vacua, ineficaz y divisoria. De pronto, me di cuenta de que no había nada que hacer. No se podía montar nada serio ni coherente allí, por la misma naturaleza del movimiento. No podía haber objetivos concretos porque la fuerza original no los tenía, era sólo una queja compartida. Al mismo tiempo, el afán por intentar incluir a todos lleva al planteamiento de buscar un sistema de votación que legitime lo que se está haciendo (que es nada), pero cualquier tipo de votación es imposible. ¡Más complicaciones irresolubles! ¿Mano alzada?, pero ¿y los que no están? ¿Por internet?, pero ¿y los que no tienen? Quizá las mejores sean el aplausómetro que propuse o la aclamación popular “como al Papa” (grupo jurídico, el más sensato, dixit). Aunque no estaban en el orden del día, estas aclamaciones populares surgieron por sí solas, pero los “organizadores” estaban entre bambalinas con sus carpetas y sus portavoces y sus empantanamientos, así que no se enteraron. Y la gente, insisto, les dejaba hacer, incapaces de entender que esto está funcionando con una dinámica política colectiva. En resumen: no puede haber objetivos claros, entre otras cosas porque no hay a corto plazo herramientas para lograrlos ni consensuarlos; y no puede haber decisiones consensuadas porque no hay forma de alcanzarlas en común ni objetivos a los que llegar, ¡toma círculo vicioso! A la vez, miles de propuestas llueven de todas partes, diluyéndose todas por saturación. Y por esta misma sobredosis de información ha sido imposible establecer no ya una red entre acampadas, sino directamente un mínimo de comunicación entre cada acampada y la gente que pasa por allí, incluso entre cada acampada y su propio funcionamiento interno. Todo esto, sumado a la heterogeneidad de los simpatizantes, a la impaciencia, a los agoreros, a los intolerantes, evidencia que si esto se encamina a alguna parte es hacia la autodestrucción. Así, probablemente lo mejor sea desmontar el chiringuito antes de que se siga hundiendo, algo complicado porque algunos (con la mejor de las intenciones, insisto) ya se lo han apropiado. Y la propia dinámica establecida, perversión cutre de la lógica política que vemos en los medios y de la que desgraciadamente parece tan difícil salir por ahora, no permite que se convierta en algo nuevo e incluyente. Simplemente hay que preguntarse ahora: ¿por qué seguir, para qué sirve? La respuesta es clara: no hay salida, sólo sirve para complicarse la vida, luego lo mejor es no seguir con las acampadas. ¡Espero equivocarme! Ahora, fuera de la vorágine, haciendo trampa porque es fácil juzgar a toro pasado, veo que lo mejor tal vez habría sido limitarse a informar de los desmanes políticos y económicos, de soluciones alternativas, de reflexiones inteligentes. Sólo informar: los viejos pasquines, fotocopias de artículos de internet, conversaciones abiertas con las personas que pasean… ¡si se crea conciencia, el resto vendrá solo!

Todo lo bueno, que no es poca cosa

A pesar de todo, no soy pesimista, ¡al contrario! Las acampadas son sólo la punta del iceberg, la primera forma (inevitablemente fallida) que ha tomado el descontento. Lo importante ahora es intentar desmantelarlas antes de que se siga en esta espiral de decadencia y alejamiento de la gente o, al menos, dejar claro que no representan a los que protestamos, para que hagan el menor daño posible. De aquí ya han salido muchas cosas buenas, conformémonos, tengamos paciencia y no nos empecinemos. Primero, mucha gente ha descubierto que tiene voz pública y que hay muchos dispuestos a escucharla. Con esto, mucha gente ha descubierto que no está sola y que hay muchos otros que también son inteligentes, que también tienen opiniones políticas, que también disfrutan hablando de ellas, que tienen cosas que decir y saben cómo hacerlo. Segundo, se ha recuperado el espacio público para el público, el espíritu de plaza de pueblo ha humanizado las relaciones sociales de la deshumanizadora vida urbana; al mismo tiempo, esa plaza se ha convertido en ágora, en foro de debate con desconocidos de muy distinto tipo. Tercero, se han despertado no pocas personas que eran más bien acríticas con los medios y los políticos, o que ya no tenían esperanza en movilizaciones y daban por muerta en vida a la ciudadanía. Cuarto, a nivel personal estoy aprendiendo muchísimo, me siento cobaya de un experimento de psicología social y empiezo a pensar que tal disciplina es realmente una ciencia; y al mismo tiempo descubro que puedo aplicar mis conocimientos en la práctica, ¡que las Humanidades no tengan salidas laborales no significa que no sean fundamentales en las salidas vitales! Quinto, se ha hecho mella en el discurso oficial. Más aún, en su forma. “No te preocupes, es una cuestión de estética política”, me decía un profesor (y sin embargo amigo) ante mi queja de que no había contenido, ante mis dudas al ver aquello convertido en barraca de hogueras o comuna. Parte de la ciudadanía ha descubierto que hay otra forma de hacer política más allá de los partidos, de sus charlatanerías, aunque ahora se estén reproduciendo en las acampadas. ¡No pasa nada! ¡Caaaalma! Esto ya está en marcha.

El futuro (…no es una mancha en la pared)

Pero ¿qué va a pasar? ¿Se va a canalizar el descontento? Estoy convencido de que, independientemente de las ya entrampadas y atorrantes acampadas, todo esto va a salir por aquí o por allá. Muchas personas sensatas y con buenas ideas se han conocido y siguen conociendo a otras personas sensatas y con buenas ideas. Estoy seguro de que algún proyecto (manifestaciones masivas, acciones no tanto simbólicas como concretas, etc.) terminará poniéndose en marcha, probablemente alguno propuesto por Democracia Real ¡Ya!, que supo desvincularse a tiempo de todo este tinglado y sigue como referencia. No pocos de los que ahora están o, más bien a estas alturas, han estado en las plazas se unirán a ellos, desencantados con las acampadas, cansados de intentar crear un imposible sentido a partir de la nada, sino participar en algo que ya funciona. Y si no a DRY, a otras asociaciones preexistentes, aumentando su fuerza. O a lo mejor alguien anónimo crea un evento en Facebook, se apuntan 45.000 personas y se lleva a cabo. Quién sabe. Lo que está claro es que la próxima vez que se hagan recortes antisociales (“ajustes”), parte de la ciudadanía no va a esperar a que los sindicatos les saquen a la calle, sino que van a ir por sí mismos, con su propia voz y sus propios medios, poniéndolo un poco más difícil porque nadie podrá ocultar que tienen razón y que no son títeres de nadie. Serán menos que los convocados por los sindicatos mayoritarios, pero más auténticos y, por eso mismo, con más impacto. No es (sólo) una cuestión de número, sino de espíritu y de legitimidad. Es cuestión de tiempo. Hasta entonces, yo seguiré pasando por la Plaza de la Montanyeta cuando tenga ratos para charrar con muchas personas estupendas que he conocido. Mientras, doy todo mi apoyo a la comisión de cerveceo, válvula de escape efectiva para cuando los portavoces se pongan pesados y cabezotas.

Inmigrantes, refugiados

Como consecuencia de las revueltas en Túnez y, sobre todo, de la Guerra en Libia, miles y miles de personas están huyendo de esos países en dirección a Europa. Europa, que ya hace tiempo que perdió el sentido de las palabras, los identifica como «inmigrantes». Vienen en barcazas, vienen del sur, son morenitos y quieren ayuda… no hay duda, son inmigrantes. Los conocemos bien. ¿Por qué se ha multiplicado su número en las últimas semanas? No sé, se habrá puesto de moda otra vez ir hacia el norte, ¿no? O es que se acerca el veranito y allí el sol pega muy fuerte.

Pero no son inmigrantes. Son refugiados. Refugiados de Guerra. De esos protegidos y santificados por nuestras organizaciones internacionales, tan caritativas -siempre que todo suceda fuera de nuestro territorio-. Ya no escapan solamente de la pobreza y de la miseria social, que por otro lado no sería tan difícil solucionar desde aquí, sino también del miedo a morir cualquier mañana por culpa de la Guerra y el caos.

La palabra «inmigrante», a pesar de la terrible realidad que probablemente está definiendo, nos connota a estas alturas indiferencia o hasta negatividad. Un inmigrante es algo común y permanente, algo que siempre existe porque percibimos sus sociedades como naturalmente inestables y subdesarrolladas (por otro lado, ¿no merecerían también muchos inmigrantes comunes el título de «refugiados»?). Pero un refugiado es consecuencia de una situación contingente y concreta. Con causas claras. En el caso de Libia, una Guerra, necesaria o no es otra cuestión, en la que todos nosotros estamos participando activamente. Al ocultar la palabra «refugiado» y sustituirla por «inmigrante» se oculta esa realidad. Se falsea. Se les despoja de su tragedia a aquellos a quienes se aplica y, por tanto, de su valor humano y de su dignidad.

La lógica es la siguiente. Nosotros os apoyamos a crear instituciones, a organizar un sistema político civilizado y no esa cosa tan antigüita que tenéis. Os mandamos algo de comida. Queremos que estéis bien. Queremos que tengáis un futuro, tan bonito como el nuestro. Pero ¿por qué venís a nuestros territorios? No, no, quedaos allí. Estamos en crisis, aquí no tenemos medios para vosotros («pero sí que tenéis medios para comprar armas y aviones de combate», responde un refugiado). Si os montamos un campamento, será con mínimos y sólo a modo de cola hacia la puerta de embarque. Os recibiremos con agrado, fronteras abiertas; dice el discurso oficial. Nos estáis molestando, estáis sucios y tenéis cara de mala gente, cerrad las fronteras; dice el discurso real. Os devolvemos a vuestros países. Os dejamos allí, el viaje es gratis, y si eso ya nos escribís una carta y nos contáis qué tal os va, si habéis tenido suerte, si habéis encontrado un trabajo, si vuestros hijos tienen una barra de pan para comer o vuestra mujer ha sido asesinada cuando ha ido a comprarla. En Túnez, buscaos la vida hasta que todo se arregle. En Libia, tened cuidado no os caiga encima una bomba o una caja con víveres de las que humanitariamente os enviamos.

Hace dos semanas, la Comisión Europea autorizó una partida extra de 30 millones para frenar la hemorragia migratoria de Túnez y Libia.

¿Cuántos millones harían falta para montar unos campamentos temporales adecuados y una red de integración social en estos nuestros santos territorios pacificados?