Yo no sé si existe la muerte

Entrar en una fábrica de bolígrafos revelaría el simple mecanismo con el que funcionan, y a la visita seguiría una época de asombro durante la que sería difícil volver a utilizar uno, o siquiera verlo, sin maravillarse de estar teniendo un mano a mano con tal prodigio de la tecnología; esta sorpresa permitiría rellenar la cabeza con algo, algo bien nada, en las colas reptilianas contra las que luchamos en oficinas públicas. Hablar con una persona con Tourette hace reflexionar sobre el puto uso que se da a las palabrotas, o potencia la autoconsciencia de los tics nerviosos si la tipología del síndrome es de las que los sintomatizan; la percepción de uno mismo se desplaza de ser eléctrico a estar enfermo, o de enfermo a sólo eléctrico.

De la misma manera, una visita al cementerio funciona como una lupa sobre el abuso que hacemos de la palabra muerte y de todas sus derivaciones. Allí, la muerte viene por detrás y golpea el hombro con sus afiladas falanges distales: «Me pitan los oídos, ¿qué decíais de mí»; y la respuesta auténtica tiene que ser y es «Nada», sin siquiera agregar un «señor» o «señora» porque no se sospecha que ese borracho disfrazado pueda ser merecedor de un tratamiento de respeto. En apenas un par de horas de paseo cementérico se participa directa o indirectamente en al menos una docena de losientos, perdonasinoesapropiados o quécosasseteocurrenes que siguen a expresiones relacionadas con la muerte: “me muero de calor”, “cuidado con esa piedra suelta a ver si te vas a matar”, “que te matas”, “mataría por una botella de agua”, “me maté para conseguir que cambiaran de tumba a tu abuela”, y así. Con risitas y sonrojos al percibir simultáneamente el contexto. No es que sean ocurrencias que surjan por la situación, sino que son utilizadas, comprobable bloc en mano, cada y cada día. Cierto psicólogo dice que invocar así a la muerte, por medio de contenidos semánticos superficiales, materializa sutilmente una especie de anhelo de ella. La muerte ha muerto en nuestro mundo y la echamos de menos sin saberlo. Nos hemos apropiado de ella sin darnos cuenta y le hemos robado el alma. Sólo nos enfrentamos a la muerte a través de estas frases, o en películas y libros de género, o por los informativos, casos todos equivalentes en su falta de contenido real. Son palabras, son imágenes, son cifras. No son gente. Es que las personas ya no se mueren. La gente muerta que sale por la tele no es de atrezzo pero tampoco está muerta. Lo que mueren son los significados, y con ellos las cosas de las que son vicarios. ¡Pero si nosotros estamos vivos, cómo se va a morir alguien! La egolatría contemporánea desciende -o asciende- hacia el solipsismo más puro e inconsciente. Seguimos siendo niños, y los niños no creen en la muerte. Cuando por fin maduramos ya somos demasiado viejos y volvemos a ser niños. Y los niños no creemos en la muerte. Ya nunca se llega a comprenderla, y sólo se puede llegar a admitir su existencia en el último momento. Yo nunca he visto un muerto.

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