LA MADONNA (Clive Barker): El eterno y mojado femenino

7-10-2010 8;00;48 PM

Aunque por lo visto hay gente que duda de su existencia, yo estoy convencido de que hay un inconsciente colectivo. Tal y como lo entiendo, es un imaginario común a un grupo humano, a veces a casi toda la humanidad, formado a medio camino entre la industria cultural y los universales antropológicos. La expresión de ese inconsciente colectivo suele partir de intuiciones borrosas que se hacen públicas y reconocibles en forma de imágenes, y quizá por esta fe en la lírica visual de inspiración jungiana me apasiona el género de terror, que tiene su razón de ser en elaborar estas imágenes y presumir de ellas.

La fuerza de esas imágenes viene de que no son alegorías ni metáforas. Como pasa con el uso alegórico de la luz, interpretarlas de manera explícita, de una manera o de otra, les quita la fuerza porque obliga a desviar la mirada. Es verdad que esas imágenes pueden funcionar a veces como símbolos, pero no tendrían que ser desentrañados. Si se hace, el símbolo se anula y se convierte en una idea banal, directa, corre el riesgo de quedar desprovista de la fuerza humana que la creó y, por tanto, de dejar de apelar a esa misma fuerza humana. El símbolo explicado habla en un lenguaje que no es el suyo, que se puede entender pero no interiorizar con la claridad de la lengua materna. El inconsciente colectivo apela al inconsciente colectivo y, como tal, solo puede experimentarse de verdad en sus propios términos.

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Las imágenes son de una adaptación del relato al cómic

Lo que puede hacer muy bien el género de terror es dar forma a esas imágenes latentes, encontrar su jaula siguiendo el olor de su rastro y abrirla para dejarlas campar a sus anchas en páginas y pantallas. Clive Barker es un maestro en esto. Es un autor que consigue encontrar en su cabeza algo que está en muchas otras cabezas, pero que estas no aciertan o no se atreven a ver. Y lo cuenta muy bien, con tantas aristas y sugerencias como lo visualiza. Digamos que hace el trabajo sucio, excava y filtra un sedimento de imágenes y deseos hasta dar con algo imprevisto que hace click. Un pequeño problema de su obra es que quizá no es lo suficientemente radical como para explorar hasta el límite, y más allá, estas visiones. A veces parece conformarse con enumerarlas o mostrarlas, con cierto detalle pero con el argumento empujándole para que no se detenga mucho en su contemplación. La tiranía narrativa ocupa un lugar prominente en su jerarquía, como en la de la gran mayoría de escritores, y en él supone un obstáculo para desplegar del todo su genio. Thomas Ligotti, por ejemplo, sí se ensaña y se recrea en sus visiones, pero lo que él muestra es la exploración y la búsqueda, no el hallazgo decantado de Clive Barker. Además, Ligotti se queda más bien en un plano lingüístico, mientras que Barker propone imaginar literalmente lo que cuenta.

«La Madonna» (puede leerse aquí) es uno de los relatos más potentes de Barker. Está en el volumen 3 de la edición española (La Factoría de Ideas) de los Libros de sangre, el IV en la anglosajona. No hace referencia explícita al inconsciente colectivo, algo que sí desarrolla en «Lo prohibido», pero pone en marcha ese concepto y no lo detiene hasta que todos sus personajes han sido primero humillados y luego destruidos por él. Que es el peligro que cualquiera teme que puede derivarse de descubrir y sacar a la luz ciertas cosas.

El relato trata sobre la virilidad y la feminidad con contundencia, fiel al estilo de su autor. Hay dos personajes masculinos, uno de ellos es el gallo del corral y otro cree que puede llegar a serlo. Ambos son desquiciados por voluptuosas adolescentes desnudas, en una mezcla variada de lujuria y amor que, encima, ni siquiera disfrutan cuando se materializa porque está oculto en su memoria. Como hombres, ellos están convencidos de la grandeza de las mujeres bellas. Pueden dar la muerte y la perdición al hombre de una manera más humillante que al revés, pero eso no las hace mejores. Creer que ese poder es indicativo de divinidad eso es un error que se encuentra en su mirada hetero-masculina, no en la realidad, tanto como creer en que las mujeres tienen ese poder.

Los personajes masculinos apenas atisban entre retazos de luz a las mujeres del relato pero, aun así, se animan a interactuar con ellas en plenitud física y conceptual, como arquetipos (de semidiosas) que se hubieran hecho carne. De nuevo, la superioridad de las chicas solo está en ellos, en la forma en la que ellos las contemplan y desde donde las contemplan. Desde su cuerpo masculino y heterosexual. También está en el lenguaje perverso y cabroncete del poco heterosexual Clive Barker. Pero, en el lenguaje colectivo, para una mujer no es lícito ser consciente de su grandeza y, si se apropia de esa conceptualización para describirse a sí misma, no está siendo más que una lasciva manipuladora que se aprovecha de sus encantos para abusar del hombre. En sí misma no es nada fuera del hombre; si utiliza la mirada de este, es peor que nada, es un demonio.

[Que quede claro que lo anterior es una propuesta de lectura temática del relato, no alegórica. No me refiero a las imágenes sino a la narración. Por otro lado, si se le hubiera explicado como alegoría a los personajes, es verdad que ellos habrían seguido actuando igual; pero eso habría arruinado la experiencia estética ("jungiana") al lector.]

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El texto tiene un hallazgo particularmente acertado, que es el que hace que su efectividad y poder se dispare. La parte fantástica de la acción sucede en un escenario insólito, el edificio abandonado y laberíntico de unas piscinas públicas, al que los personajes vuelven una y otra vez para encontrarse con y calmar sus deseos hiperexcitados y abiertamente pecaminosos. No es raro ver en la ficción a adolescentes que se cuelan en una piscina de noche, para desatar sus pasiones. También se ha visto que algún personaje sea amenazado por algún misterioso asesino al lado de una piscina cerrada, de nuevo de noche, con los reflejos del agua ondeando en el techo. Sin embargo, Barker lleva este topos (en sentido retórico y literal) a un nuevo nivel. No se conforma con dotar al local de cierta atmósfera de soledad y silencio. Más allá de eso, lo que hace en «La Madonna» es elaborar un lugar húmedo, excitante y peligroso, indescifrable y dispuesto a satisfacer todos los deseos. No le pondré nombre a ese conjunto.

La virilidad admite y se vanagloria de su hipersexualización, y el laberinto en forma de espiral que conduce a una enorme piscina cruza el (presuntamente ínfimo) umbral mínimo necesario para despertar la excitación de los hombres. Al mismo tiempo, el escenario cumple con una característica general del inconsciente colectivo, porque complementa al deseo con tabú, aunque lo hace de manera hetero-masculina y no universal: la piscina rebosa un líquido que podría ser amniótico, las chicas son demasiado jóvenes para los usos y costumbres contemporáneos, la maternidad y la divinidad están demasiado presentes, animando y observando cada penetración. El miedo al matriarcado toma forma en una mitología lovecraftiana que une el infierno con el paraíso, la valentía sobre la inquietud con el premio del placer, el culmen de la virilidad con su sumisión, tortura y condena. Nada de esto es una hermenéutica de las imágenes de Barker, es solo descriptivo.

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A pesar de que participan sin dudarlo, ninguno de los hombres puede descifrar lo que pasa. En el inconsciente colectivo, eso es la mujer: un misterio con tetas enormes, un secreto con un culo incitante. Los personajes masculinos se abandonan a su fantasía, aunque intuyan que pueden pagarlo muy caro. Pero su miedo se rebaja porque también sienten que están en su terreno, sospechan que todo lo que hay no es más que un teatro montado para satisfacerles. El laberinto de piscinas es todo lo que habían soñado pero no sabían o no se atrevían a mirar. Ahora tienen la oportunidad y no la van a desaprovechar. Todo excita sus sentidos sexuales, al mismo tiempo y de la misma manera que su terror: el topos de la piscina oculta es una orgía de silencios seguidos de ecos, de reflejos de luz en constante movimiento que proceden de fluidos feminoides, de calores seguidos de sudores, de embestidas, jadeos, dolores y placeres, repartidos de manera aleatoria, inexplicable pero indubitable para aquellos que los viven.

Lo que hace Barker en «La Madonna» es, en definitiva, crear un escenario para un cierto inconsciente colectivo cuyo material es ese mismo inconsciente colectivo. Una espiral abierta de piernas, que invita a ser recorrida y que invoca desde ese punto más exterior imágenes, sueños y tabúes, un conglomerado simbólico y compuesto en sus compactos muros por las mismas partes con las que los personajes terminan interactuando delante de esos muros. Una nueva vuelta de tuerca al fatalismo barkeriano. De manera literal, es un peligroso sueño húmedo de la hetero-masculinidad.

Alegato anticapitalista

No tengo trabajo. UN solo trabajo y que además sea DE VERDAD, quiero decir. Mi curriculum vitae da explicaciones al sugerir un sociópata involuntario: nacido en 1981, licenciado en Humanidades y con un máster en Filosofía. Nacido, crecido y macerado en España, país en el que la gente, desde hace 6 años, ya no se macera sino que se curte. Espacios y tiempos que ese tipo de la foto en una esquina del CV ha desperdiciado entre libros, películas y noches.

No tengo dinero. No me importaría tenerlo para poder quedarme en el lugar en el que quiero quedarme. Solo para eso. De momento, para eso hay y para nada más. Pero, por ahora, hoy, mañana, la semana que viene, no tengo tanto como para poder decir: “tengo dinero”. Sí, algo queda de antes, algo gano a veces. “Algo” es igual a nada, “queda” es igual a negar toda nueva productividad, más allá del plazo en el horizonte visible.

Vivo a 10.000 kilómetros del que es, a todos los efectos, mi auténtico hogar. En mi ciudad biológica, las escaleras están algo menos sucias que aquí y las cucarachas son infrecuentes y de un tamaño emocionalmente manejable. Algunos de mis amigos están todavía allí, pero no a una llamada de distancia para verlos y tocarlos, una llamada que rara vez hacía cuando podía. Otros están ya tan lejos de mi hogar como de mi residencia, por lo que es irrelevante dónde quiera, pueda o deba estar yo para poder disfrutar de ellos. Para que disfrutemos juntos como antes, como en menos de una decena de ocasiones en el futuro. Esta decena es probablemente literal y la única cosa que me da miedo y desestabiliza mi armonía austera, trabajada y frágil. Es la única victoria que le concedo al capitalismo.

Después de infestaciones, mi piso suele sufrir inundaciones seguidas de nuevas infestaciones. Las maderas y paredes crían humedad. Las máquinas que pueblan la casa, nuevas o no, son imposibles de limpiar por mucho que se raspe y el traqueteo es su estado natural. Las comodidades de la vida moderna existen y ciertamente en plenitud, tanta como fragilidad; es decir, internet funciona siempre que yo quiero pero en las condiciones que él quiere. El incienso ahúma la escalera en honor de antepasados y los gatos maúllan de madrugada como bebés estrangulados. En las últimas semanas de verano, mi cuerpo huele a alcohol por el repelente, un muro con grietas que me protege de los mosquitos que, como espermatozoides luchando por un óvulo, hacen cola para pasarme el dengue que ya han pasado a miles de personas en el último mes. La línea entre infestación y epidemia está demasiado clara cuando la segunda deja de ser una simple palabra.

No puedo acceder a libros físicos en mi idioma. Las únicas páginas de papel que toco son documentos con el sello del Partido Comunista Chino. Solo puedo leer en pequeñas pantallas de móvil, de ordenador o de Kindle. El Kindle, que nunca quise y mi padre me regaló a traición, es tal vez mi único amigo fiel aquí. La leal amistad a cambio de nada es la categoría en la que suelen terminar todas aquellas cosas que nunca quise y termino teniendo, como el perro que me añora a 10.000 kilómetros de distancia.

El tifón llega a mi ventana como el turco llegaba a mi costa hace siglos.

Y aun así: paz.

Paz en parques y colinas con caminos de cemento, llenos de jubilados haciendo ejercicio y más en forma que cualquier joven español que haya conocido, cantando y bailando apologéticas del Partido vaciadas de contenido, suponiendo que la melodía movilizadora no sea su significado último. En escaleras que suben y bajan montañas sagradas, sagradas para los turistas hoy como para los monjes y poetas durante siglos. La diferencia es que las cámaras de los turistas consiguen llevarse una respuesta concreta de los dioses que habitan los paisajes, algo que pocos religiosos o artistas consiguieron.

Paz en paseos sin rumbo por barrios superpoblados, contaminados, sucios, llenos de escupitajos tras desesperados esfuerzos por sacar el gargajo invocado sin necesidad. En paseos sin rumbo admirando la juventud y la senilidad, los que vienen en el mundo que viene y los que se están yendo en un mundo que ya no está, paseo fascinado por el horror vacui de los escaparates y locales enanos llenos de productos que ni quiero ni puedo tener.

Paz en degustaciones de comida local o nacional, barata y basada en aceite tan reutilizado que probablemente esté haciendo crecer un bosque en mis intestinos, infestando de pequeñas criaturas mi hábitat interior como lo está mi hábitat exterior.

También encuentro paz en templos llenos de imágenes y símbolos que entiendo aún menos que los de mis iglesias cristianas. Son lugares en los que la identidad de la religión a la que rinden culto es aún más ambigua y superflua que mi presencia allí. Espacios que me aportan tanta cercanía con los dioses y sus adoradores (mis actuales vecinos y permanentes familiares políticos) como lejanía, grandeza y sobrecogimiento me dan las iglesias de mi cultura. Estas y no otras son las sensaciones complementarias y necesarias de una mística pacificadora, aplanante.

En el amor, terrenal, oscilante, límite, constante en su nunca ver el fondo ni el cielo. Impresionante y sorprendente en su capacidad casi vampírica de regeneración.

En todos esos sitios encuentro paz, porque la estoy encontrando en el único sitio en el que siempre estoy. Mi cuerpo, mi cabeza.

Mi lucha. A través de idas y venidas, desvíos y callejones sin salida, paradas de metro desconocidas y familiares, incomprensibles rutas de autobús, centros comerciales y colmenas de venta al por mayor, a través de distritos sin peligro porque, a diferencia de los de mi hogar, no están llenos de violentos aún más pobres que yo y que amenazan con asesinar a quien se atreva a entrar y no sea más pobre que ellos. En esta jaula china que encierra un infinito urbano, mi castigada salud mental está alcanzando un equilibrio que no tenía en años. El secreto es bajar el listón de cordura para mantener a raya el ansia, como los sistemas educativos bajan su nivel hasta adecuarse a los más atrasados de la clase y poder seguir siendo funcionales. Redefinir los conceptos y su aplicación en el mundo. Y, siempre, contar hasta diez para vencer a la autodestrucción y, a cambio y para dar salida a la frustración, terminar señalando a los mismos hijos de puta, con gesto algo cínico ya. Muchos de sus nombres son evidentes y los veis en los medios, otros no tanto porque somos cualquiera de nosotros en ciertos momentos, por el mero hecho de haber nacido con el don de relacionarnos en sociedad. En ciertos momentos en los que este constructo global y antropológico no nos deja sentirnos en paz.

Convertirse en adulto parece consistir en aceptar el conformismo. Pero hay dos tipos de conformismo. El de mierda, sobre cuyas cenizas, restos humanos aún vivos a su mediana edad, hay que escupir; es el conformismo definido por los conformistas. Los conformistas definidos por un falso pacto social que los necesita para mantenerse a flote. Un conformismo de renuncia, no de paz.

El otro es el conformismo contemplativo, el que sale de uno mismo, de hacer las paces con el pasado y no culparle de todas las potencias nunca desarrolladas. Autoritario con todo aquello que se aleje del justo medio sin llegar a ahogarlo con represión. Ese conformismo que acepta el presente como única vía para seguir andando hacia el futuro, en constante diálogo con el best of de la memoria biográfica personal. Es un conformismo que mira al mundo cara a cara y acepta su dolor, el del mundo y el propio. Acepta que quizá no pueda hacer mucho para acabar con ese dolor y, sin embargo, lo incorpora a su presente. Lo explicita y lo manosea sin vergüenza, para poder aplicarlo al ámbito y las potencialidades de la experiencia cotidiana. Lo incorpora al repertorio de conocimiento antropológico que desborda al contexto socioeconómico y, por eso mismo, entiende por inercia que está causado por él.

Este es mi humilde alegato anticapitalista. Uno de los muchos posibles, tan diversos como días en los que una precaria integración social está equipada con la voluntad suficiente para escribir. Cinco mil mundos, cinco mil alegatos. Mientras, millones sufren y mueren de formas evitables. Eso no son alegatos, eso es la verdad. La única que debe ser contada en cada una de las miles de permutaciones posibles de alegatos anticapitalistas escritos. El humanismo no está en el anticapitalismo, sino en los que ni siquiera pueden ser anticapitalistas.

Como en todo enfrentamiento de pequeño ante grande, en la humildad de una improvisada y poco elaborada declaración existencial está su única posibilidad de ser escrita. La (¿aparente?) actitud de aceptación sacrifica infinitas posibles potencias por la segura existencia de unos cuantos actos posibles. La esperanza: algunos de ellos incluso necesarios.

Mientras, millones sufren y mueren de formas evitables y yo sigo sin encontrar trabajo, un trabajo y que sea de verdad. Pero con dedos para escribir, con ojos para ver las imágenes del mundo, con boca y oídos y cuerpo para interactuar con la parte a mi alcance. Que es esta y me permite dirigirme hacia ti y pedirte tu propio alegato.

Luz y terror (V): El mueble del karaoke

Estoy cantando en la habitación privada (todas lo son) de un karaoke, rodeado de médicos chinos borrachos. No me rodean, no son la amenaza amarilla; estoy con ellos. Mañana vuelven a su ciudad para despedirse de su familia, porque dentro de nueve días se van a África. A curar negritos. Beben cerveza y cantan, se abrazan más de lo que nadie habría imaginado que unos chinos podrían abrazarse en público. Es tierno. Uno de ellos, casado, intenta besar a una a de ellas, casada. Hay rechazo mediante ademanes de cabeza y boca cerrada, por la que ya no pueden salir palabras, solo aliento apestoso. De pronto veo la luz del mueble, el que soporta la pantalla (no puede llamarse televisión) y otras cosas en las que nadie se fija, como sucede en los salones de las casas. A modo de armario, recorre toda la pared que está delante de los sofás. La luz sale de un cristal inmediatamente inferior a la superficie. Es roja, luego verde, luego azul y luego rosa, antes de volver a ser roja. Tiene arabescos incrustados, un ataurique menos vulgar de lo que se podría esperar en semejante antro. Estas ramas estilizadas en relieve son negras, no cambian con la luz porque están hechas de metal pegado sobre el vidrio. Parecen formar un camino. La luz es roja, verde, azul, añil o rosa, roja. Dejo de cantar mi canción, que sigue sin mí.

Pienso en las prostitutas del karaoke, que tienen sexo en el mismo sofá en el que estoy yo ahora. Algunas son chinas, otras rusas, otras vietnamitas, otras ucranianas. Todas prostitutas. Cuando los (que no sus) clientes las manosean, la habitación sigue iluminada. Primero los dedos y luego los brazos se meten debajo de la camisa, de la falda. Bajan las medias, algunos les quitan los zapatos y otros no. ¿Qué mirarán ellas? Imagino que no a él; aunque en la realidad, un lugar con menos moralina que mi mente, puede que sí. Dos opciones: miran los vídeos de las canciones que, aunque más sonrojantes en su papilla sensiblera que los actos sexuales que ya no sorprenden a nadie, siguen proyectándose cuando el sexo ha terminado, y por eso permiten a la prostituta percibir una continuidad entre el antes y el después que le aleja de la sensación de que ha habido algo en medio; o miran la luz coloreada y cambiante del mueble. De la misma forma que uno se concentra en las sombras del techo o el gotelé de la pared cuando no puede dormirse o despertarse, sin duda ella mira los colores de la luz del mueble. Porque tampoco puede dormirse. Sigue el camino de las ramas del relieve, que terminan en ninguna parte. Tienen punta roma, sí, pero una punta muchas veces no significa un final. Casi más un principio: el arabesco no ha caído del mueble, así que su mirada tiene que quedarse en él para no irse a otro sitio aún menos interesante, y así una y otra vez se repite, sin cadencia.

La luz le permite huir. Es evidente para mí que desea huir. Una prostituta no puede tener otro tipo de deseo. No puede pensar o sentir otra cosa que lo que yo creo que piensa o siente, como todo arquetipo. Incluso aunque sea una persona real, no una construcción mediática en una pantalla, está claro lo que va a pensar o sentir.

Es un alma en pena, sin más porvenir que salir del purgatorio que es su vida. Pero no puede salir, y por eso mira la luz del mueble del karaoke. Lo que ve cuando mira lejos del mueble mata la potencia de cualquier deseo distinto. La cara del hombre de negocios japonés, o del joven peluquero de origen rural y polo apretado, o del marido local cuya mujer sabe lo que pasa cada vez que va al karaoke. O la expresión del proxeneta que cree ir bien vestido. Las caras de esos hombres no cambian de color, como la luz del mueble. Todas tienen el mismo aspecto y es constante. Son rostros mojados, idos a la vez que presentes, pálidos y, en su autoliberación expansiva, opresivos para todo lo que no son ellos mismos. Los clientes se desatan y oprimen por la sensación de poseer un cuerpo de mujer, por el sexo y por el dinero. Los proxenetas, por el dinero, por la posesión de un cuerpo de mujer y por el sexo; en ese orden.

Fun Bar Karaoke

Creo que en la luz del mueble hay un fantasma encerrado. Lo sé por cómo palpitan los colores, siguiendo un tempo distinto al de la música, más cercano al de los cantantes que más han bebido. El fantasma es un demonio de pelo largo que murió por el botellazo fortuito de un cliente. No dice nada pero lo ve todo. Como hacía en vida. Agradece que la habitación nunca esté demasiado oscura, porque considera que observar cada noche a las nuevas actrices del espectáculo es su penitencia. Hizo mucho mal, piensa. Sobre todo a sí misma, piensa. Su cuerpo sufrió más que las baladas pastelosas de los 80 que cada noche reinterpretan alcohólicos y alcohólicas de oficina.

Los arabescos en relieve sobre la luz no estaban antes de que la asesinaran, aunque ningún empleado se ha dado cuenta, y eso que solo tendrían que fijarse en las demás habitaciones para ver que idénticos muebles no tienen el mismo dibujo. Ella murió con la boca abierta y tres dientes menos. Los dientes adyacentes a los nuevos espacios vacíos empezaron a hacer crecer su marfil, para rellenar los huecos. Lo que pasa es que en esa dimensión espectral hay dinámicas que funcionan de manera diferente. La mecánica celeste no es la misma dentro que fuera del mueble del karaoke. Por eso, los viejos dientes no formaron nuevos, como era su intención, sino que crecieron en forma de tres ramas metálicas, regadas cada noche. Generaron curiosas figuras, que alguien podría decir que se inspiraban en el arte musulmán. Sin embargo, emparentaban mucho más con los primeros atauriques de la Roma post-Cristo, en esa época en la que la humanidad perdió su inocencia y los demonios empezaron a hablar latín. Los dibujos, en definitiva, raíces y ramas retorcidas y curvas como pura manifestación del alma doliente que las había producido. La prueba más clara de que la esencia humana es más vegetal que animal. La evidencia de que el hombre está hecho de espirales, nunca de ángulos. Ahí, a la vista de todos, en el mueble de un karaoke del distrito más viejo al sur del río.

La luz roja, solo la roja, no estaba en los muebles de las otras habitaciones. La diferencia no había llamado la atención de nadie, porque el resto de las salas tenían luces que llegaban hasta un terroso Pantone 1797, muy similar al intenso rojo 185 que transpiraba la luz de la muerta. En su cadáver, la lengua había quedado colgando fuera de la boca, y era precisamente ese color de la lengua, aunque más ensangrentado, el que aparecía sobre el cristal cada pocos segundos. Coincidía con los momentos en los que al fantasma le hubiera gustado hablar, y siempre aparecía al final del arco circular y de duración idéntica que era la sucesión de las luces. Como el tiempo en su dimensión no es un valor tan fijado como en la nuestra, las luces sobre el cristal eran una mera estilización del mismo, adaptadas al entorno de nuestro universo y de nuestros modos de percepción. Dicho de otra forma, ella quería hablar cuando le apetecía y sin seguir un reloj, pero cada una de esas veces no se reproducía instantáneamente sobre el mueble, sino que se ponía en cola para salir a nuestro mundo convertida en luz roja cuando le tocara, según la cadencia disparada por el sistema del karaoke. Así, aunque uno viera la luz roja cada, digamos, 15 segundos, no hay duda de que dentro de esos 15 segundos ella había querido hablar al menos 15 veces, todas almacenadas esperando su turno.

Me toca otra canción, pero ya no quiero cantar más. El arabesco palpita y comienza a revelar su naturaleza, que es tender hacia el infinito desde el cero absoluto que es la muerte. Más correctamente, desde el cero con cinco que es el mundo espectral. Esas cinco décimas le otorgan algo de energía, por eso puede mutar y moverse. Ya es más del cero con tres que fue el cuerpo de la prostituta en vida, cero con cuatro justo antes de morir.

El karaoke cerrará dentro de unos quince años, cuando pase del todo la moda que empezó en los 80. La luz del mueble se apagará, el hijo bastardo de la prostituta morirá atropellado porque la luz roja de un semáforo se fundió, su inconsciente asesino se jubilará y se irá de viaje a pueblos renovados para los turistas a lo largo de la China milenaria. Y una nueva generación de médicos se emborrachará unos días antes de participar en el proyecto número XXXVIII de colaboración humanitaria con un país africano, cuyo nombre, para variar, no importa. Allí atenderán a muchas prostitutas con sífilis, muerte o cosas peores.