Luz y terror (V): El mueble del karaoke

Estoy cantando en la habitación privada (todas lo son) de un karaoke, rodeado de médicos chinos borrachos. No me rodean, no son la amenaza amarilla; estoy con ellos. Mañana vuelven a su ciudad para despedirse de su familia, porque dentro de nueve días se van a África. A curar negritos. Beben cerveza y cantan, se abrazan más de lo que nadie habría imaginado que unos chinos podrían abrazarse en público. Es tierno. Uno de ellos, casado, intenta besar a una a de ellas, casada. Hay rechazo mediante ademanes de cabeza y boca cerrada, por la que ya no pueden salir palabras, solo aliento apestoso. De pronto veo la luz del mueble, el que soporta la pantalla (no puede llamarse televisión) y otras cosas en las que nadie se fija, como sucede en los salones de las casas. A modo de armario, recorre toda la pared que está delante de los sofás. La luz sale de un cristal inmediatamente inferior a la superficie. Es roja, luego verde, luego azul y luego rosa, antes de volver a ser roja. Tiene arabescos incrustados, un ataurique menos vulgar de lo que se podría esperar en semejante antro. Estas ramas estilizadas en relieve son negras, no cambian con la luz porque están hechas de metal pegado sobre el vidrio. Parecen formar un camino. La luz es roja, verde, azul, añil o rosa, roja. Dejo de cantar mi canción, que sigue sin mí.

Pienso en las prostitutas del karaoke, que tienen sexo en el mismo sofá en el que estoy yo ahora. Algunas son chinas, otras rusas, otras vietnamitas, otras ucranianas. Todas prostitutas. Cuando los (que no sus) clientes las manosean, la habitación sigue iluminada. Primero los dedos y luego los brazos se meten debajo de la camisa, de la falda. Bajan las medias, algunos les quitan los zapatos y otros no. ¿Qué mirarán ellas? Imagino que no a él; aunque en la realidad, un lugar con menos moralina que mi mente, puede que sí. Dos opciones: miran los vídeos de las canciones que, aunque más sonrojantes en su papilla sensiblera que los actos sexuales que ya no sorprenden a nadie, siguen proyectándose cuando el sexo ha terminado, y por eso permiten a la prostituta percibir una continuidad entre el antes y el después que le aleja de la sensación de que ha habido algo en medio; o miran la luz coloreada y cambiante del mueble. De la misma forma que uno se concentra en las sombras del techo o el gotelé de la pared cuando no puede dormirse o despertarse, sin duda ella mira los colores de la luz del mueble. Porque tampoco puede dormirse. Sigue el camino de las ramas del relieve, que terminan en ninguna parte. Tienen punta roma, sí, pero una punta muchas veces no significa un final. Casi más un principio: el arabesco no ha caído del mueble, así que su mirada tiene que quedarse en él para no irse a otro sitio aún menos interesante, y así una y otra vez se repite, sin cadencia.

La luz le permite huir. Es evidente para mí que desea huir. Una prostituta no puede tener otro tipo de deseo. No puede pensar o sentir otra cosa que lo que yo creo que piensa o siente, como todo arquetipo. Incluso aunque sea una persona real, no una construcción mediática en una pantalla, está claro lo que va a pensar o sentir.

Es un alma en pena, sin más porvenir que salir del purgatorio que es su vida. Pero no puede salir, y por eso mira la luz del mueble del karaoke. Lo que ve cuando mira lejos del mueble mata la potencia de cualquier deseo distinto. La cara del hombre de negocios japonés, o del joven peluquero de origen rural y polo apretado, o del marido local cuya mujer sabe lo que pasa cada vez que va al karaoke. O la expresión del proxeneta que cree ir bien vestido. Las caras de esos hombres no cambian de color, como la luz del mueble. Todas tienen el mismo aspecto y es constante. Son rostros mojados, idos a la vez que presentes, pálidos y, en su autoliberación expansiva, opresivos para todo lo que no son ellos mismos. Los clientes se desatan y oprimen por la sensación de poseer un cuerpo de mujer, por el sexo y por el dinero. Los proxenetas, por el dinero, por la posesión de un cuerpo de mujer y por el sexo; en ese orden.

Fun Bar Karaoke

Creo que en la luz del mueble hay un fantasma encerrado. Lo sé por cómo palpitan los colores, siguiendo un tempo distinto al de la música, más cercano al de los cantantes que más han bebido. El fantasma es un demonio de pelo largo que murió por el botellazo fortuito de un cliente. No dice nada pero lo ve todo. Como hacía en vida. Agradece que la habitación nunca esté demasiado oscura, porque considera que observar cada noche a las nuevas actrices del espectáculo es su penitencia. Hizo mucho mal, piensa. Sobre todo a sí misma, piensa. Su cuerpo sufrió más que las baladas pastelosas de los 80 que cada noche reinterpretan alcohólicos y alcohólicas de oficina.

Los arabescos en relieve sobre la luz no estaban antes de que la asesinaran, aunque ningún empleado se ha dado cuenta, y eso que solo tendrían que fijarse en las demás habitaciones para ver que idénticos muebles no tienen el mismo dibujo. Ella murió con la boca abierta y tres dientes menos. Los dientes adyacentes a los nuevos espacios vacíos empezaron a hacer crecer su marfil, para rellenar los huecos. Lo que pasa es que en esa dimensión espectral hay dinámicas que funcionan de manera diferente. La mecánica celeste no es la misma dentro que fuera del mueble del karaoke. Por eso, los viejos dientes no formaron nuevos, como era su intención, sino que crecieron en forma de tres ramas metálicas, regadas cada noche. Generaron curiosas figuras, que alguien podría decir que se inspiraban en el arte musulmán. Sin embargo, emparentaban mucho más con los primeros atauriques de la Roma post-Cristo, en esa época en la que la humanidad perdió su inocencia y los demonios empezaron a hablar latín. Los dibujos, en definitiva, raíces y ramas retorcidas y curvas como pura manifestación del alma doliente que las había producido. La prueba más clara de que la esencia humana es más vegetal que animal. La evidencia de que el hombre está hecho de espirales, nunca de ángulos. Ahí, a la vista de todos, en el mueble de un karaoke del distrito más viejo al sur del río.

La luz roja, solo la roja, no estaba en los muebles de las otras habitaciones. La diferencia no había llamado la atención de nadie, porque el resto de las salas tenían luces que llegaban hasta un terroso Pantone 1797, muy similar al intenso rojo 185 que transpiraba la luz de la muerta. En su cadáver, la lengua había quedado colgando fuera de la boca, y era precisamente ese color de la lengua, aunque más ensangrentado, el que aparecía sobre el cristal cada pocos segundos. Coincidía con los momentos en los que al fantasma le hubiera gustado hablar, y siempre aparecía al final del arco circular y de duración idéntica que era la sucesión de las luces. Como el tiempo en su dimensión no es un valor tan fijado como en la nuestra, las luces sobre el cristal eran una mera estilización del mismo, adaptadas al entorno de nuestro universo y de nuestros modos de percepción. Dicho de otra forma, ella quería hablar cuando le apetecía y sin seguir un reloj, pero cada una de esas veces no se reproducía instantáneamente sobre el mueble, sino que se ponía en cola para salir a nuestro mundo convertida en luz roja cuando le tocara, según la cadencia disparada por el sistema del karaoke. Así, aunque uno viera la luz roja cada, digamos, 15 segundos, no hay duda de que dentro de esos 15 segundos ella había querido hablar al menos 15 veces, todas almacenadas esperando su turno.

Me toca otra canción, pero ya no quiero cantar más. El arabesco palpita y comienza a revelar su naturaleza, que es tender hacia el infinito desde el cero absoluto que es la muerte. Más correctamente, desde el cero con cinco que es el mundo espectral. Esas cinco décimas le otorgan algo de energía, por eso puede mutar y moverse. Ya es más del cero con tres que fue el cuerpo de la prostituta en vida, cero con cuatro justo antes de morir.

El karaoke cerrará dentro de unos quince años, cuando pase del todo la moda que empezó en los 80. La luz del mueble se apagará, el hijo bastardo de la prostituta morirá atropellado porque la luz roja de un semáforo se fundió, su inconsciente asesino se jubilará y se irá de viaje a pueblos renovados para los turistas a lo largo de la China milenaria. Y una nueva generación de médicos se emborrachará unos días antes de participar en el proyecto número XXXVIII de colaboración humanitaria con un país africano, cuyo nombre, para variar, no importa. Allí atenderán a muchas prostitutas con sífilis, muerte o cosas peores.

Luz y terror (IV): Resplandor tras la bomba

Te muestras vivo, presumes de cómo rezumas vida y músculo delante de todos los que pueden verlo en la orilla del mar, en una playa en la que quema la luz y te parece bien y te sientes aún más vivo porque te miran y tú los ves mirándote. Muchas cosas brillan, tus cosas las primeras. Antes de venir, has oído que es el verano más caluroso desde que vino el siglo. Una vez en la playa lo has vuelto a oír, pero porque lo has dicho tú. Nadie te escuchaba como tú sí lo escuchaste antes. Lo has dicho para ti mismo porque has venido solo. Te imaginas acusando al sol de ser demasiado duro, de no respetar las vacaciones de la gente. ¿Es tanto pedir una mañana agradable junto al mar en la que uno no termine cocinándose?

El sudor resbala, supones en cada una de las gotas el reflejo del sol. Corren por tu brazo, resplandecientes. Caen demasiado rápido y son cada vez más. En tu frente ya forman casi un río, que podría ser tanto de agua como de tu carne derretida. Las pestañas se van poniendo fláccidas, las cejas no cumplen su función de parapeto. El sudor llega a tus ojos y, en ese momento, la gota dentro de tu retina multiplica el efecto de la luz, ahora una mancha borrosa a través de un caleidoscopio pegado a tu cara. El sol parece estar demasiado cerca y no en el centro del Sistema Solar. Rodeado de zumbidos de silencio, te estás poniendo moreno a ojos vista y te sientes vivo. Hasta que descubres que esa luz que te ilumina y ennegrece ya no viene del sol, sino de una bomba atómica que acaba de caer a 3 kilómetros de distancia y con una onda expansiva que te va a reventar. Y lo sabes y lo ves y estás seguro y no puedes hacer nada. Solo gritar. Y todos pueden ver cómo abres la boca y tus dientes brillan mucho mucho. Pueden verlo, pero no lo hacen porque no te miran. Solo pueden mirar hacia la luz que se eleva en el horizonte y que ahora viene corriendo hacia la orilla, transformada en viento.

Alguien (ya no tú: has muerto) podría haber esperado que la luz se comiera la playa, porque luz es lo que se acercaba con una rapidez desmedida, inmedible. Pero, cuando llega, en forma de huracán, se limita a multiplicar la arena, indudablemente molesta porque, además de quedarse pegada a las zapatillas, vuela por el espacio sobre el suelo como un proyectil que puede atravesar cualquiera de los cientos de cuerpos expuestos. A esa velocidad, podría haberlos perforado incluso antes de que hubieran quedado carbonizados. Más violento que el círculo de guijarros flotantes alrededor de un super saiyan enfadado, el polvo en el aire salta hacia los cadáveres y los rompe, los hace estallar como consecuencia de la primera bomba, entra en sus poros, dados de sí por la explosión. Pero no se puede ver, porque todo está cubierto por una oscuridad que da mucho, mucho, mucho miedo. Solo imaginarla (escribirla, leerla) aterra. De la misma forma que la luz viene acompañada de calor, su ausencia es fría, incluso después de la bomba y con el campo de arena humeando. El helor se explica por la súbita desaparición de todo calor humano.

Si los bañistas hubieran sospechado que podría caer la bomba, algunos habrían utilizado sus vacaciones para formar un grupo terrorista. Con la bomba tirada, habrían organizado células activas para vengar a los que hubieran sido atomizados. Habrían secuestrado y torturado durante meses a los líderes mundiales, culpables, CULPABLES de la muerte de millones de personas por debajo de ellos. Por acción o por omisión, las oligarquías económico-políticas habrían causado el holocausto nuclear, del que en todo momento sabían que saldrían indemnes. Un conocimiento que se demostraría equivocado. No fueron los bañistas, ellos murieron y su carne se disolvió; pero otros sí crearon escuadrones para cumplir esa función.

Los terroristas eran tantos que consiguieron sus objetivos con mucho éxito. Secuestraron a un presidente, lo encerraron en un habitáculo sin ventanas, con tres tubos de neón de gran potencia encendidos 24/7. Le daban comida, de mala calidad y aspecto, además de ser letalmente radiactiva. El presidente sufría sus efectos poco a poco, mientras cada día se le mostraban descargas de electricidad a pocos milímetros de sus ojos, la distancia justa para provocar fuertes dolores sin derivar en ceguera permanente. Los ojos quedaron cuarteados como los de un ignorante soldador somalí. Cuando apenas quedaba presidente, sacaron sus restos vivos al exterior, en el día concreto en el que habían previsto matarlo. Los llevaron al prado más alto de la montaña más alta de la región, para que se lo comieran los buitres. El presidente apestaba tanto a radiación, brillaba tanto con una desagradable luz azulona, que ni siquiera ellos lo querían como carroña. Así que murió días después, por todo lo que le habían hecho antes. Una cámara en el único árbol cercano lo registró todo.

Después de él, murieron como él cientos de líderes mundiales. Los filósofos no veían problema moral alguno, no se dudaba de la justicia del castigo sobre los culpables de la destrucción de una humanidad que había brillado durante milenios. Ahora se estaba apagando por voluntad de los oligarcas, como se apagan las bombillas mucho antes de lo que técnicamente es posible que duren.

Un día, cayeron más bombas. Por todas partes. La Tierra dejó de ser el planeta azul. Se convirtió en el planeta blanco, por la luz que lo recorría entero. Hasta los océanos se iluminaron en cada rincón. Después, el planeta negro.

Luz y terror (III): La luz no es una metáfora

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Estar seguro de que la luz es una metáfora o un símbolo, y nada más que eso. Que solo de esa manera puede la luz ser hablada o escrita. Pues no. La luz, la media luz, las sombras distinguibles solo en la falta de luz, los juegos lumínicos, los brillos, los destellos reflejados. Todo eso es lo bastante poderoso y sugerente por sí mismo como para, encima, tener que empotrarle un segundo significado. El discurso filosófico o poético que apunta a la luz como algo que apunta a algo es un discurso ciego, que no sabe mirar las cosas, petulante y antifenomenológico, en un sentido que incluso ofende a los antifenomenológicos. Cuando nos dicen (nos decimos) que la luz representa la Verdad, o cosas aún peores, de hecho ocultamos la verdad desde un antropocentrismo insoportable y decadente. La luz transporta debilidad cuando es lirismo, soberbia cuando es concepto. Definir la luz como algo más que luz es una moralización gratuita del absurdo de la existencia, que arrebata al vidente la posibilidad de ver el universo en su pureza, al mediatizar su mirada dirigiéndola a un pensamiento y alejándola de la realidad. Tampoco es cuestión de mirar el dedo del mono que señala la luna, pero sí de no creerse más listo que el que no mira lo que señala.

Entonces… ¿nos aleja toda metáfora y símbolo de la experiencia directa del mundo, empobrecen la vida por definición? No tiene por qué. El caso de la luz es particular. Ella es algo tan presente, tan constante (y necesario) en cada paso que damos o mirada de reojo que echamos, que utilizarla metafórica o simbólicamente es como no decir nada. Usarla lingüísticamente, en lugar de constatarla viviéndola, es convertir una realidad en una mentira. Un escarabajo, una miga de pan, una hoja que cae, un ojo enrojecido. Todo eso tiene gran potencial de segundo sentido. Pero ¿la luz? Claro, ¿y por qué no el lenguaje? El lenguaje como símbolo… ¿de qué? ¿De la humanidad? ¿Del ascenso de la humanidad? ¿De la caída de la humanidad? De todo y, por eso, de nada. Las metáforas y símbolos son maravillosas a pequeña escala, pero si se rebasa cierto nivel de zoom se esfuma toda su fuerza descriptiva. La luz como Verdad es lo mismo que decir el aire como Vida, el fuego como Muerte, el agua como Movimiento. Y que la Sustancia me perdone.

La luz funciona perfectamente siendo luz, con mil matices y sugerencias. Cambia, literalmente, la forma de ver el mundo. Ilumina, literalmente. Y eso, fuera del terreno del símbolo o la metáfora, no es ni bueno ni malo por sí mismo. La iluminación es lo que es, y su gran valor es que muestra lo que hay. Sin coartadas y sin dejar una vía de escape a la negación. Este es un hecho que no se puede juzgar ni interpretar. Si hay luz, se ve. Si además se mira, si encima se mantiene la mirada, se siente lo que se recorta del mundo. Por mucho que se empeñen, los sentidos no engañan, si se les hace caso con atención y juego limpio; otra cosa es lo que se haga con la información que dan.

La luz es una cosa y además funciona como otra. Es en sí misma luz, funciona como iluminación. La combinación de ambas permite hablar de la luz como la gran mediadora. El intermediario definitivo entre el ser que ahora puede ver gracias a ella y aquello que, sin la luz, ya estaba allí, invisible. Al usarla como símbolo o como metáfora, se le acumulan capas encima que le roban lo que es. Nos lo robamos a nosotros mismos. Es precioso acceder al mundo mediante estos recursos literarios (o lingüísticos, sencillamente), a menudo hasta necesario. Pero a veces es un error. No porque estén mal escogidos, ¡es prodigiosa la idea de identificar la luz con la Verdad, o hasta con Dios!, sino porque estorban más que ayudan, oscurecen más que iluminan (con perdón de la metáfora). Ponen poesía falseadora y generalizadora para tapar miles de verdades relucientes, que se ofrecían desnudas a quien tuviera la desvergüenza de mirarlas sin miedo.

Hablar de la luz como si fuera una metáfora, o un símbolo, es un expolio de la experiencia directa del mundo. Es el gran fracaso del humano que se cree demasiado listo, sin saber que su inteligencia le está aplastando y haciéndole mucho, mucho más tonto.