La segunda secuencia de Help me Eros es como sigue. Vemos al bueno de Kang-sheng Lee tirado en un cómodo puf, con alguna que otra botella de cerveza por el suelo y la cabeza nublada por la marihuana. En la tele, un programa de cocina muestra con todo detalle la preparación de un plato tradicional taiwanés, que los subtítulos traducen como Carp jumps over the Dragon’s gate (un recochineo para el pobre pez, ya que es una imagen que en la cultura tradicional china simboliza el coraje). La carpa en cuestión es tirada a una bandeja, literalmente vivita y coleando, y le dan un par de leñazos en la cabeza para que no sea tan traviesa. Tras calmarla un poco, proceden a su desescamado, raspándole la piel. Después, y todavía viva, la cortan con un cuchillo, dejando expuesta su carne. Y aún después, todavía viva, el talentoso chef la pone en un plato con el filete al aire, la salsea bien, y presume ante el posible comensal de que aún mueve la cabeza y boquea. La escena es horripilante, pero al menos nos ahorran el ver cómo se la comen mientras les mira.
Los chinos están obsesionados por comer la carne cuanto más fresca mejor. En los mercados, cajas con agua y motores que la acondicionan rebosan de peces apelotonados, o almejas, o cangrejos, o…; en otros recipientes hormiguean serpientes, ranas, pájaros de todo tipo, tortugas o hasta escorpiones. Para que os hagáis una idea, este vídeo lo grabé en un mercado de Foshan, en el que lo único muerto que vi fue cocodrilo cortado a cachitos:
Una vez, mi suegra (madre de, por cierto, la santa que me aguanta en el vídeo mientras grabo; la paciente santa que me aguanta en la vida, en general) me recibió en su casa con una rica tanda de gambas que, hasta el momento de ser cocidas, pasaban sus últimos minutos chapoteando inocentemente en el fregadero. Como los peces y, bueno, creo que todo en un mercado de este tipo menos la carne, las gambas se compran y se llevan vivas en una bolsa. Pero esto, esto es demasiado, incluso para la mayoría de chinos. Recurramos a lo evidente: David Foster Wallace. En Hablemos de langostas, texto que debería ser lectura obligatoria en todo instituto y universidad, Wallace se dedicaba a juzgar una sociedad que decide que las langostas deben ser cocinadas vivas, extrapolando el sadismo implícito de esto a toda una forma de vida enferma, a toda una cultura con graves problemas. Sin embargo, esta secuencia que vemos en una tele en Help me Eros, y que desconozco si es parte de un programa real o se hizo para la peli (pienso que lo segundo), muestra algo que va mucho más allá. ¿O no? ¿No es mucho más cruel preparar y comer un animal vivo que, simplemente, cocinarlo vivo, por mucho que en este último caso se puedan escuchar ruidos procedentes de la olla con la langosta que al oído humano le parecen gritos de dolor? La respuesta es: depende. En gran medida, lo importante es la intención. La forma de cocinar langostas en la cultura occidental es más o menos conscientemente sádica, inmersa en una ideología general de dominio sobre la naturaleza heredera de la Ilustración. Sin embargo, esta delicatessen taiwanesa (al parecer prohibida desde el 2010, por bárbara y por peligrosa para la salud) podría enmarcarse en otro contexto, mucho más simple: la obsesión de los chinos por comer lo más fresco posible. Ahí no hay ideología que valga, sino sencillamente una cierta añoranza por la vida ancestral, por un tiempo en el que la comida parecía comida y no un producto inasociable con su origen. Siguiendo esta interpretación (una de tantas posibles), la civilización occidental estaría bastante más enferma, ya que proyecta en la langosta cocinada viva su crueldad reprimida hacia otros seres humanos y sus ansias de provocar sumisión. En cambio, la civilización china tradicional trata al animal como animal, como mero alimento; de manera algo imprudente e ingenua para nosotros, no relaciona estas cosas con la crueldad (en general o hacia otros humanos), sino con la comida. El chef se burla del pescado y supone que está pensando “ayúdame, ayúdame”, pero no deja de ser una tonta broma sin más mezquindad que el mal gusto.
Volviendo a Help me Eros, el significado más claro es el de entender esa carpa como metáfora del propio protagonista. Como iremos descubriendo, lo ha perdido todo en la Bolsa y vive una vida inerte, entre la pesadilla real y urbana y la alucinosis causada por las drogas y por la propia realidad urbana taiwanesa. Esa sociedad le ha desescamado vivo y lo ha sufrido. Ahora está en el plato, muerto en vida, sólo semiconsciente, con la cabeza anestesiada y el cuerpo convertido en pura materia. Reducido a instintos, flota y folla. Sin embargo, algo le diferencia de la carpa: hasta que no muere no está totalmente muerto, puede sentir. Puede incluso sentir amor (como veremos en otra entrada sobre Help me Eros). Pero, mientras ve esta atrocidad, no sabemos cómo se siente: acurrucado y emporrado, desconocemos si es incapaz de emocionarse ante lo que sale en la tele, si puede siquiera prestarle atención, o si le está provocando un terremoto interior que desencadena todo lo que está por venir en la película.
[En otra entrañable secuencia animalística de Help me Eros, el cocinero va a preparar una tortilla con huevo de avestruz: lo rompe y lo vierte en una sartén, pero lo que cae no es yema y clara sino un feto muerto de pájaro, que provoca el vómito de la chica que lo está viendo por la tele y causa un pequeño shock a cualquier espectador humano. Pero con esa escena ya no me atrevo.]





















