Luz y terror (III): La luz no es una metáfora

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Estar seguro de que la luz es una metáfora o un símbolo, y nada más que eso. Que solo de esa manera puede la luz ser hablada o escrita. Pues no. La luz, la media luz, las sombras distinguibles solo en la falta de luz, los juegos lumínicos, los brillos, los destellos reflejados. Todo eso es lo bastante poderoso y sugerente por sí mismo como para, encima, tener que empotrarle un segundo significado. El discurso filosófico o poético que apunta a la luz como algo que apunta a algo es un discurso ciego, que no sabe mirar las cosas, petulante y antifenomenológico, en un sentido que incluso ofende a los antifenomenológicos. Cuando nos dicen (nos decimos) que la luz representa la Verdad, o cosas aún peores, de hecho ocultamos la verdad desde un antropocentrismo insoportable y decadente. La luz transporta debilidad cuando es lirismo, soberbia cuando es concepto. Definir la luz como algo más que luz es una moralización gratuita del absurdo de la existencia, que arrebata al vidente la posibilidad de ver el universo en su pureza, al mediatizar su mirada dirigiéndola a un pensamiento y alejándola de la realidad. Tampoco es cuestión de mirar el dedo del mono que señala la luna, pero sí de no creerse más listo que el que no mira lo que señala.

Entonces… ¿nos aleja toda metáfora y símbolo de la experiencia directa del mundo, empobrecen la vida por definición? No tiene por qué. El caso de la luz es particular. Ella es algo tan presente, tan constante (y necesario) en cada paso que damos o mirada de reojo que echamos, que utilizarla metafórica o simbólicamente es como no decir nada. Usarla lingüísticamente, en lugar de constatarla viviéndola, es convertir una realidad en una mentira. Un escarabajo, una miga de pan, una hoja que cae, un ojo enrojecido. Todo eso tiene gran potencial de segundo sentido. Pero ¿la luz? Claro, ¿y por qué no el lenguaje? El lenguaje como símbolo… ¿de qué? ¿De la humanidad? ¿Del ascenso de la humanidad? ¿De la caída de la humanidad? De todo y, por eso, de nada. Las metáforas y símbolos son maravillosas a pequeña escala, pero si se rebasa cierto nivel de zoom se esfuma toda su fuerza descriptiva. La luz como Verdad es lo mismo que decir el aire como Vida, el fuego como Muerte, el agua como Movimiento. Y que la Sustancia me perdone.

La luz funciona perfectamente siendo luz, con mil matices y sugerencias. Cambia, literalmente, la forma de ver el mundo. Ilumina, literalmente. Y eso, fuera del terreno del símbolo o la metáfora, no es ni bueno ni malo por sí mismo. La iluminación es lo que es, y su gran valor es que muestra lo que hay. Sin coartadas y sin dejar una vía de escape a la negación. Este es un hecho que no se puede juzgar ni interpretar. Si hay luz, se ve. Si además se mira, si encima se mantiene la mirada, se siente lo que se recorta del mundo. Por mucho que se empeñen, los sentidos no engañan, si se les hace caso con atención y juego limpio; otra cosa es lo que se haga con la información que dan.

La luz es una cosa y además funciona como otra. Es en sí misma luz, funciona como iluminación. La combinación de ambas permite hablar de la luz como la gran mediadora. El intermediario definitivo entre el ser que ahora puede ver gracias a ella y aquello que, sin la luz, ya estaba allí, invisible. Al usarla como símbolo o como metáfora, se le acumulan capas encima que le roban lo que es. Nos lo robamos a nosotros mismos. Es precioso acceder al mundo mediante estos recursos literarios (o lingüísticos, sencillamente), a menudo hasta necesario. Pero a veces es un error. No porque estén mal escogidos, ¡es prodigiosa la idea de identificar la luz con la Verdad, o hasta con Dios!, sino porque estorban más que ayudan, oscurecen más que iluminan (con perdón de la metáfora). Ponen poesía falseadora y generalizadora para tapar miles de verdades relucientes, que se ofrecían desnudas a quien tuviera la desvergüenza de mirarlas sin miedo.

Hablar de la luz como si fuera una metáfora, o un símbolo, es un expolio de la experiencia directa del mundo. Es el gran fracaso del humano que se cree demasiado listo, sin saber que su inteligencia le está aplastando y haciéndole mucho, mucho más tonto.

Luz y terror (II): Todo el cine de terror tendría que suceder de día

Todo el cine de terror tendría que suceder de día. En grandes extensiones de campo o en grandes avenidas o en habitaciones con rendijas por las que entra casi más polvo que luz solar. En esos sitios que habitas y que conoces bien, iluminados. El tópico de la oscuridad es el que más ha impedido el desarrollo del género de terror, el que le ha robado la posibilidad de ser tomado en serio. Porque la oscuridad es lo que da miedo a los niños y lo que pasa en la infancia no puede ser respetado por cualquiera con un mínimo de cabeza. Puede caer simpático, dar miedo (no en el sentido del cine de miedo), ser entrañable, pero no se le puede otorgar seso.

De mayor (no hace falta ser adulto) lo que da miedo es lo que se ve. Lo que se sabe. Aunque sea poco. Da igual que lo que haya al final del pasillo sin luz pueda arrastrarte al peor infierno, porque en el plano solo ves una mancha negra y el vacío no significa nada. El vacío no puede provocar más que aburrimiento en estos tiempos de horror vacui. Pero ver un cuerpo corriendo hacia ti, mil cuerpos corriendo hacia mil otros cuerpos, eso (Guerra mundial Z) es el terror. El que no se puede olvidar, el que recuerdas cada día cuando sales a la calle y ves mil cuerpos rodeándote y te acuerdas de que has visto en una película lo que puede pasar. Lo has visto, no te lo han sugerido entre sombras, montajes tramposos y efectos de sonido. Podría ser falso o ficticio, pero era una imagen veraz y que no se podía confundir con otra cosa. La imaginación no tenía parte. Ha pasado en una pantalla, ya sabes cómo es y cómo sería si pasara ante ti. Si la luz lo ha iluminado en una pantalla y parecía real, y daba miedo, sin duda es porque puede ser real. Y lo que se sabe que puede ser real es lo único que da miedo al adulto.

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Ver, con tanta claridad como puedes ver tu mano si bajas la cabeza para mirarla, pero sin tener que bajar la cabeza porque está delante de ti y se dirige hacia ti; ver cientos y cientos de cosas a la vez que te rodean y de las que no puedes escapar. Ver un vacío, sin duda un vacío y no como el vacío supuesto de la oscuridad (el negro es nada y el blanco es todo, es el ser), un espacio completo pero sin objetos que utilizar como los que te ofrecen una vía en una aventura gráfica, sin habitáculos en los que acurrucarte con tu gorro de pensar o una cama en la que taparte hasta arriba. Estar en el centro de una calle, de la autopista de los muertos. En el sofá de tu casa a mediodía y la puerta se abre y ahí está el monstruo. De noche, leyendo en la cama con la luz encendida después de haber despertado de una pesadilla que no te deja dormir, que se materializa ante ti de forma totalmente inesperada y distinta a la soñada pero irrefutable, sobre el antimosquitos enchufado al lado del escritorio. Mirar tu mano por no mirar al horror y ver cómo tiembla la mano y ver ahí el horror, no reflejado en ti sino en ti. Nadie siente cómo tiembla su mano. Cualquiera puede ver cómo tiembla una mano.

Ver todo eso es ver mucho. Y ver mucho es la gran fuente del terror, porque nada da más miedo que conocer la verdad y no poder dudar de ella. La sospecha es ociosa. La visión directa muestra la obra terminada del mundo, que se cierne sobre ti y sobre la que no se puede interpretar. Si no ves, solo está tu cuerpo y normalmente tienes el control sobre él y el miedo que da es del todo mainstream. Si ves, sabes que está todo lleno de cuerpos (naturales o sobrenaturales, humanos o no) que pueden aplicar presión sobre tu cuerpo con tanta fuerza como crean necesaria, con la intención que deseen. Verías su mano venosa, vieja y con garras apretando tu brazo y luego saldría un hilillo de sangre y luego otro y otro, hasta que tus ojos se llenaran de sangre y todo fuera rojo y ya no estarías viendo. En ese momento, el sufrimiento habría ya sustituido al terror.

Es verdad que los monstruos, bajo la luz del sol o hasta del fluorescente parpadeante en los primeros segundos de entrar en la cocina, no pueden ocultarte su intención maligna. Pero tú tampoco puedes esconderte, por eso los muertos vivientes no tienen nada que perder al pavonearse de su podredumbre.

Luz y terror (I): Botellones de día

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Botellones de día. Un recuerdo precioso, un deseo satisfecho en muy pocas ocasiones (y por eso memoria atesorada). Eran en la universidad, en octubre, o en primavera, bajo el antropológico nombre de “Paellas”. Los cielos cubiertos de nubes grises solían descargar, llegando una vez a crear una catarsis de destrucción, pis y hasta sexo aulario, según testimonios. Pero mirar hacia arriba y verlo todo negro no quitaba que ahí, entre la tierra, con mirada horizontal y vaso de litro, todo pareciera iluminado por el sol. Y qué distinto se veía el mundo etílico sin enmarcar por la luz selectiva de las farolas. Con el sol se veía todo. Lo que querías ver y lo que no. Claro que en esas circunstancias (de edad, cosmovisión y alteración) se quiere ver todo. Y se veía y por eso era tan maravilloso. Cuando un borracho gritaba, descubría sus dientes sin brillo y un par de gotas de baba que saltaban y lo veías. Bailes que hacían sangrar el tercer ojo moral pero que tolerabas con simpatía y empatía, siempre desde fuera, siempre mirando. Arroces mojados que repetías más que las patatas a lo pobre del comedor del colegio.

En el epílogo, el terror. Las sonrisas se sombrean. De noche, se puede ver a un intoxicado cada pocos minutos diciéndole adiós a su kebap por la boca hacia el pavimento, o tirado entre cajas de cartón mientras su tropa lo fotografía y lectores de dominical pasan a su lado (son ya las 7 de la mañana del domingo; aunque no amanece aún) girando la cabeza de lado a lado, diciendo “no” no se sabe a quién porque lo dicen en silencio y mirando al suelo o al agónico alcohólico juvenil, que ni puede ver el gesto ni opina. Todo eso es lo que se ve de noche en el epílogo, que puede incluso ser no el final sino el inicio del último tercio del arco narrativo. De día es diferente, porque no se ve individuos vomitando. No uno y uno y otro. Se ve a todo el mundo, todos iluminados por igual y bañando sus zapatos en las gachas de su vómito o el de su cómplice, algunos con el pelo mojado por la lluvia y otros con el pelo seco, los dos tipos recibiendo el rayo de sol que se filtra entre las nubes ya en retirada. Se ve todo, a todos, una panorámica post-etílica (y este es el único post- que puedo aceptar, porque no solo es cultural sino también biológico). Cuerpos sobre el césped del campus intentando alcanzar los cuerpos que están situados entre 0,10 y 10 metros de distancia. Levantando la mano los que pueden, gritando algo como los invasores de cuerpos que son. Y a la luz del día, que ya decae y se vuelve atardecer, se dan cuenta de que eso es lo que son. Que pasarán varias horas hasta que vuelvan a sentir que su cuerpo es suyo, por mucho que es precisamente ahora, embriagado, cuando más sienten su presencia y su poder. Ven la mano, el vómito, el pelo manchado, la mano ajena en la piel propia que parece ajena.