CANNIBALS AND CRAMPONS: El estilo de nuestra tribu

Cannibals and Crampons recoge la aventura de Bruce Parry y Mark Anstice en unos lugares de la parte indonesia de Nueva Guinea auténticamente remotos. Son dos ingleses que se dedicaban a trabajar intensamente durante una temporada para financiarse viajes extremos; Parry, que terminaría siendo una estrella mediática en su país, es un ex-militar, una suerte de Bear Grylls que parece salido de una película mucho más profunda, con unos ojos conradianos que han visto La Verdad, no sólo cine de acción ultraviolenta. Los dos amigos se proponen coronar una montaña subiendo (sin cuerdas, con los crampons del título) por una cara inexplorada por el hombre blanco, lo que les lleva varias semanas de peligrosa travesía por la jungla antes siquiera de llegar a sus faldas. Un total de 77 días hasta que llegan a la cima. Esto no es uno de los sucedáneos backpackers con los que nos atrevemos los miedicas, ni un programa de televisión más o menos controlado: es the real deal, con dos amigos que se lo organizan solos y se llevan cámaras por su cuenta y riesgo, cargando con mochilas de 90 kilos cada uno y sin ninguno de los estrictos permisos de las autoridades. Lo que se encuentran en esa zona, desconocida incluso para la cartografía que manejan, es un sueño húmedo de Werner Herzog, pero protagonizado no por un demente Klaus Kinski sino por gente normal con la que te puedes tomar una caña en un bar. Ampollas y pies en carne viva, temporada de lluvias, asfixiante calor tropical y heladas (llevan material para los dos ambientes), tribus de antiguos caníbales.

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Pero la estandarización mata la vida. Esta apasionante historia sólo se transmite a medias, al verse reducida a un formato televisivo de 50 minutos. No sólo la duración cercena su alma y liquida su hálito épico, sino toda la falta de estilo que es su estilo: narrador omnisciente de perfecta dicción, música discotequera, brevedad de los pasajes. Es una experiencia límite transformada en lo que ves que suelta la tele cada vez que te acercas al salón mientras vas haciendo la comida. Hay una falta de sensibilidad poética en Parry y Anstice (tampoco podemos acusarles de nada en esas condiciones) pero, más aún, hay una dictadura silenciosa e indirecta de las formas narrativas dominantes, que se imponen a la realidad y a la creatividad sin permitir que éstas se le impongan antes. No puede infravalorarse la importancia del estilo en el cine, puesto que de él depende la conexión entre los que graban, lo que nos quieren enseñar o contar, lo que nos ofrece el mundo y nosotros los que vemos. Sin libertad creativa parece complicado que haya auténtica experiencia estética. Una libertad creativa obstaculizada por una falta de “talento” personal pero, más aún, por una coerción estructural del sistema artístico-industrial que es, en última instancia, culpable de esa falta de “talento”. Imagino el material grabado y muero pensando en lo que se podría haber hecho con él: al menos 4 horas de película para intentar establecer una equivalencia entre el largo viaje frente a un viaje normal y la duración de la sentada ante sus filmaciones frente a un documental habitual; fuera el narrador de la BBC, dentro sólo los comentarios a cámara de Anstice y Parry; fuera la música y dentro la amplificación masiva del sonido ambiente. Quiero ver al menos durante media hora cómo aprendió tan bien Bruce Parry esa lengua local, sus esfuerzos agradecidos. Quiero sufrir durante al menos media hora la subida desnuda de la montaña, quiero más largos planos sostenidos de sus pies despellejados, quiero saber cómo se limpian el culo después de hacer caca y disfrutar con mucha más calma de la sonrisa total de Superman, su jefe porteador. Quiero ver cada vez más sus costillas, huella que prueba que no nos están engañando y que están sacrificando su cuerpo. Quiero sobre todo silencio, escuchar la tensión entre ellos tras horas andando juntos sin decirse nada, la potencia de su relación incluso ante una naturaleza tan abrumadora. Poderoso silencio nuestro y atronador ruido de allí.

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Por suerte, el mundo es mucho mundo, y en algunos momentos consigue saltar la valla montada por un formato tan encorsetado, superficial e impersonal. Uno es cuando Anstice pierde pie en una de las lianas que extienden sus porteadores para que estos blanquitos discapacitados crucen una cascada; ahí parece ver la muerte muy de cerca, pero es salvado por la urgencia con la que los nativos saltan del puente improvisado y pasean sin problemas por la roca, situándose estratégicamente para sujetarlo. Es todo demasiado rápido, pero se puede sentir la pausada intensidad que supone estar a unos metros de caer para siempre. El mejor momento sucede cuando se encuentran con una tribu aparentemente nunca antes contactada (por representantes de la civilización), una tribu que es posible que siga practicando rituales caníbales. Son inolvidables los gestos de terror incontrolable de uno de ellos, cómo se cubre la cara desesperado y se golpea la cabeza, es su reacción desde su cabaña sobre troncos rodeada por unos demonios blancos que tal vez traigan el fin del mundo. Anstice, Parry y Superman imitan sus movimientos, pero llegan a ser apuntados fugazmente por una flecha matapersonas que conocimos minutos antes en otro contexto. Finalmente no es posible acercarse mutuamente, fracasando también un segundo encuentro en la selva. Pero esa sensación de que el tiempo se ha parado y de que estamos presenciando algo de verdad, un acontecimiento, consigue acelerar el corazón y hacer abrir la boca, olvidar el propio cuerpo y entrar en las imágenes. Pese a los inanes estilos actuales de nuestra tribu.

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Flamenca

Un sencillito vídeo que hice hace unas semanas, con la excusa de un festival de cortos de temática Asia-Europa, para celebrar que ahora tengo una cámara bonica (mejor verlo a 1080) a la que nunca sacaré demasiado partido.

ABOUT LOVE: El lenguaje universal ¿del amor?

Las barreras culturales ya no son lo que eran. El monopolio del estilo de vida americano ha llegado a casi todo el mundo (urbano) y, aunque matizado según el sitio, los jóvenes lo asumen como propio. La posible incomprensión depende de lo lingüístico, las diferencias entre personas no son mayores que las que podrían encontrarse entre gente del mismo lugar. En About love (2005) se escenifica precisamente esto. Son tres historias de amor ambiguo, más bien no-nato, situadas en tres partes del este de Asia. La primera entre un chino y una japonesa en Tokio; la segunda entre una taiwanesa y un japonés en Taipei; la tercera entre un japonés y una china en Shanghai. Y son intercambiables. No iguales, sino intercambiables. Los personajes, los estilos de filmar, las intenciones, las emociones que quieren transmitir, las que transmiten. Cada uno de los tres directores es de un país, pero da igual. Hay directores europeos o americanos afines que podrían también haberlas rodado en sus ciudades con gente de allí, y las diferencias habrían sido cosa de detalles.

A las tres parejas de las tres historias les pasa lo mismo: hablan distintos idiomas. Y eso es todo lo que les separa. Es decir, les separa que son personas diferentes, pero no por su cultura sino por su biografía individual. Todos han bebido de lo mismo y aspiran a lo mismo, pese a que algunos han podido materializar sus sueños y otros no. Lo que les une es la ciudad. Porque sus ciudades son, también, intercambiables en general. Y en esas megalópolis todos los individuos se igualan, se empequeñecen; incluso pierden la posibilidad de ser humanos, de ser lo que quieren ser, como en el triste final, crítico con el hiperdesarrollismo urbanístico chino. Se refugian en el amor y se fascinan con la única diferencia persistente que existe entre ellos: la lengua. Es lo único que les atrae ya, que les sorprende y que les hace reír. Lo demás suena a aburrido o a ya vivido. La distancia idiomática es lo único que puede marcar unos límites y unas posibilidades más allá de los impuestos por la ciudad. Es la alternativa. (Quizá incluso sea una alegoría en paralelo, en la que la incomprensión lingüística representaría la incomunicación de los habitantes de las ciudades.) Anhelan el amor con alguien que parece distinto para poder salir de sí mismos, para intentar llegar efectivamente a un otro que parece un otro. Los idiomas son la gran diferencia perceptible que queda, y se entregan a ella. Sólo esa, porque hasta la forma de desear, de entender y de comunicar el amor es, al final, casi la misma.

[No me puedo resistir a hacer un apunte biográfico. Y es que no todos los días uno ve una película en la que su vida podría estar reflejada. Por un lado, vi los tres episodios por separado (sin prepararlo), en distintos países: el de Tokio en mi habitación de la residencia de estudiantes extranjeros de la South China Normal University, una noche de tormenta tropical; el de Taipei en el aeropuerto de Tel Aviv, en una madrugada de jet lag con 20 horas de viaje a mis espaldas y 20 por delante; el de Shanghai cayó lejos de China, anoche en el salón de mi casa en Alicante. Por otro lado, mi historia de amor se parece no poco a las contadas. Creo que podría hacer mi aportación a la película con un episodio autobiográfico pero, siguiendo lo que digo en el texto, no sería aportación cualitativa sino cuantitativa, acumulación de otra historia más. Y, por último, porque no puedo sino sentirme cercano a esos pobres que, como yo, están aprendiendo chino y tratan de balbucear cosas intensas con un dominio de la lengua equivalente al de un niño de 2 años. Una larguísima secuencia de la segunda historia me pareció, por esto, lo más divertido que he visto en tiempo: un momento íntimo y triste, melodramático, se convierte en una escena obsesiva, desaforadamente cómica y tensa por la incapacidad lingüística.]

Aquí y en la China Popular

Ahora mismo estoy en el Aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv, ejerciendo de globalizado. La temperatura y el ambiente general son tan increíblemente agradables que me quedaría aquí a dormir. Pero no puedo: es mi escala en mi viaje a China. Si todo va bien, mañana llegaré a Hong Kong sobre la 13:30 y a Guangzhou sobre las 18:30. Horas locales. Para llenar ratos de soledad y anticipando el aburrimiento impuesto por obligadas horas en cama por probables futuras convalecencias diarreicas, me animo a empezar un diario de viaje de la vieja escuela, con fotos y con historietas, como el del Fraggle viajero. Quizá sea la primera y a la vez última entrada, ya que creo que WordPress está caput en China y no sé si podré engañar al Great Firewall.

Todo empezó en septiembre, cuando conocí en clase a tres chinitas adorables. Con una de ellas surgió el amor y esas cosas que pasan en esta vida tan aventurada. Allá por febrero me puse a estudiar chino mandarín, allá por marzo a buscar vuelos en oferta y allá por abril a rastrear cursos de verano en la comarca de mi señora. Tras muchas vicisitudes, la South China Normal University (a la que me referiré en adelante con el carismático nombre de Universidad Normal, léase en castellano) me aceptó, me mareó y finalmente conseguí un visado. Ayer partí de Alicante rumbo a Barcelona en tren, dormí en una pensión regentada por un abuelo tan amable que parecía de otra época, cené en la hamburguesería más vieja de la ciudad (cuya veteranía por desgracia no implica calidad), borré algunos prejuicios sobre la artificialidad de los barceloneses y su ciudad y admiré sinceramente su multiculturalidad. Niñas en bici con velo, pakistaníes intentando venderme móviles, mujeres musulmanas corriendo con el iPod bien puesto, y otras escenas propia de un programa de integración financiado por la tele pública. Lo que no ha cambiado es mi percepción de que los barceloneses son más bien secos, el 70% de las veces que tengo que preguntar algo me responden a regañadientes y con las palabras justas, si es que llegan a responder.

Una foto de la portería del hostal en la portería del hostal, cuyo significado desconozco (¿orgullosos de que unos vándalos les hicieran tal salvajada? ¿advierten a caso de que si los inquilinos hacen algo parecido sus fotos serán también expuestas en ese corcho?)

Esta mañana cogí el llamado Aerobús, nombre que hace mucho más llevadero el viaje al aeropuerto ya que puedes imaginarte que vas en una nave del siglo XXI como una suerte de Marty McFly low cost. Ya en el aeropuerto de Barcelona, siguiendo los consejos de mi tía, hago envolver mi maleta contra los consejos de mi sentido arácnido. Apenas 5 minutos después sería desenvuelta en la especial zona de check-in de la compañía israelí. Es fascinante que realmente tengan una zona especial, con funcionamiento propio y distinto a los demás. Los mostradores forman parte de un recinto cerrado con cintas, en el que hay atriles desde los que te realizan un interrogatorio. Un chico extremadamente amable me ha preguntado muchos detalles de mi viaje e invitado a enseñarle pruebas de cada uno de ellos, repitiéndome cada presunta incoherencia. Es una cultura de la sospecha que contagian inevitablemente. Al final, he vencido al Mossad (me gusta pensar que era un agente encubierto y no un mero trabajador de la compañía) y en mostrador he tenido los clásicos problemas, que el encargado me ha resuelto a cambio de que le traiga un iPhone de Hong Kong. La entrada al vuelo es la única que he realizado con militares, aunque eran como militares-florero con bandera de España y cara de más allá. En el vuelo me he cruzado con llamativos personajes de cejas pobladas y otras características hebraicas, y la chica de mi lado ha dormido las 4 horas sepultada al completo bajo una manta de la compañía. Teniendo en cuenta que han puesto una abismal película mainstream de Paul Giamatti (se me ha puesto mal cuerpo pensando en que la mayoría de gente sólo ve y conoce este tipo de cine durante toda su vida), lo mejor ha sido una comida bien kosher, con certificado rabínico incluido, mezlando una especie de arroz con lentejas y curry, un pudding que formaba remolinos al hundir el tenedor y una ensalada de col de fuerte sabores. Sí, aunque parezca Occidente ya estoy en Oriente.

¿Grecia? Por si acaso, he mandado ánimos al pasar por ahí.

Desde el avión esperaba ver la Franja de Gaza o algún otro hito histórico, y no ha habido forma. Pero Tel Aviv desde el aire es curioso, mezclando rascacielos con zonas más bien vacías y unas playas que daban envidia a 1 kilómetro de altura. Una vez aterrizado, compruebo como esperaba que todo es más bien normal y que no se siente como un país en guerra. Los aeropuertos por todas partes son clónicos, esto es casi un paradigma del aburrimiento que produce que la cultura se haya globalizado y cada sitio haya perdido su regusto local. El de aquí tiene sus particularidades, como todos. Para tirar de la cadena hay que pisar un pedal en el suelo, como el de los coches; un sistema más práctico que el nuestro y que deberíamos importar. Merece la pena venir para ver correr a los judíos ortodoxos uniformados a punto de perder un avión como cualquier ignorante y terrenal gentil, o esos mismos judíos ortodoxos como dependientes de una tienda duty free y un aspecto que deja traslucir un corazón algo hippy como consecuencia de las experiencias vividas en los kibbutz. El look de la zona de embarque es el de un centro comercial, con una fuente central rodeada de cafeterías reducidas a su esqueleto, y en segunda línea las tiendas y lugares de comercio de derivados. Voy a la solitaria zona de tránsito, a la que se dirigen los condenados que han de coger otro vuelo. Mientras bajo las escaleras, me cruzo con dos atractivas israelíes (las judías son todas tan guapas y perfectas que creo que el Photoshop en la piel les es impuesto por ley) que me preguntan: «Where are you going to?». Les digo que a Hong Kong. «We were waiting for you». Me llevan a una zona aislada y sin nadie, con cintas de maletas paradas e hileras de asientos vacíos. Lo que parecía el comienzo de una película porno o de un secuestro de Estado previo a la tortura (es tan fácil sentirse Jack Bauer cuando uno viaja a Israel), se revela como un rutinario check-in.

Y ahora, en un aparentemente cómodo sillón, que oculta un fracaso ergonómico descubierto cuando se usa durante más de 5 minutos, y sin militares a la vista pero sí rodeado de una destacable variedad de personas salidas de toda la gama de programas de televisión, me encuentro esperando. Porque eso es lo que me queda hacer durante un buen montón de horas todavía: esperar. Mientras, voy a rezar un Avemaría, que mi madre me ha encargado hacerlo en la Tierra del Señor.