La catástrofe de Canal 9

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1) La justificación: Dice Alberto Fabra, y con él todo el PPCV, que tienen que cerrar RTTV. El argumento es que, si no lo hacen, no podrán pagar servicios sociales básicos y tendrían que cerrar hospitales y colegios. Dice que duele mucho, pero el pueblo tiene que entender que un gobierno tiene que priorizar el gasto. Sin embargo, no hace tanto, este mismo gobierno derrochaba cientos de millones de euros en grandes eventos, como la Fórmula 1, o infraestructuras elefantiásicas, infrautilizadas y probablemente innecesarias, como la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, la Ciudad de la Luz en Alicante o el célebre Aeropuerto de Castellón. Y ese dinero no lo derrochaban porque las necesidades básicas estuvieran cubiertas. No. Se gastaban cientos de millones de euros en eso AL MISMO TIEMPO QUE miles de niños estudiaban en barracones, AL MISMO TIEMPO QUE las listas de espera en ambulatorios y hospitales se disparaban. Eso incluso antes de la crisis, que ahora les sirve como excusa para todo. Hay que recordar los presupuestos de la época de bonanza, para demostrar que ni siquiera entonces, cuando en apariencia sobraba el dinero, invertían en servicios sociales básicos. Al contrario: ya entonces los destruían. ¿Dónde estaba la prioridad? He ahí su verdadero programa.

2) La manipulación: Es cierto que los informativos de Canal 9 y Radio 9 han sido vergonzosamente manipuladores. RTTV ha sido una institución completamente plegada al poder político, eso es indiscutible. Pero su manipulación no era del tipo más terrible, sino que funcionaba por omisión y por exageración. Por un lado, los informativos omitían, disimulaban o despachaban a toda prisa cualquier noticia negativa para el PPCV o el PP nacional. Por otro, cantaban las glorias de los políticos dirigentes, con el mismo pudor que los periodistas que narraban la inauguración de pantanos por el Caudillo. Sin embargo, digo que la manipulación no es tan terrible porque, en general, era más defensiva que agresiva. Yo tuve un shock inmenso cuando pude ver TeleMadrid el año pasado, al comprobar que era una hermana gemela de Intereconomía, con programas y tertulias enfocados por completo a desprestigiar, o directamente insultar, a la oposición y a elementos subversivos y radicales como los sindicatos. Eso no se puede aceptar en un servicio público. Canal 9 fue algo más elegante en su manipulación informativa, hay que reconocérselo. Claro que el PSPV no necesita ser hundido desde fuera, se machaca a sí mismo. Por otro lado, es muy curioso cómo, en las últimas 24 horas, Canal 9 se ha convertido en un canal de extrema izquierda y apología del sindicalismo. ¿Veremos lo mismo en Intereconomía o la tele española no se merece una comedia tan buena?

3) La llengua: RTTV ha sido un símbolo de la defensa de la llengua valenciana, pese a su sistemática lucha contra ella. En Ràdio 9 no han tenido más remedio que mantenerla; en los canales de la tele, su presencia ha ido disminuyendo mucho con los años. Esto no ha sido casualidad, claro. La derecha valenciana defiende que el valenciano es una lengua diferente al catalán, algo tan absurdo como si crees que el español de Valladolid y el de Sevilla son idiomas distintos. Sin embargo, el PPCV se ha empeñado en esta separación para alejar la identidad valenciana de la catalana, cuyo nacionalismo ha sido siempre mucho más militante y mayoritario. Es una burda estratagema política. Ellos saben bien que valenciano y catalán son dos dialectos, pero una misma lengua. Un profesor de lingüística nos contaba que un amigo suyo era amigo de Zaplana. Un día, le echó en cara al político esa insistencia irracional en considerar el valenciano como una lengua distinta del catalán, algo aceptado por cualquier filólogo o persona sensata del mundo. Zaplana le dijo: “¿Crees que soy tonto? Claro que lo sé. Pero tú en tus clases di lo que tienes que decir, déjame a mí decir lo que toca en mi trabajo”. En los últimos tiempos, se ha ido modificando con creciente violencia la guía lingüística de RTTV, obligando a redactores y presentadores a utilizar palabras muy castellanizadas o, sencillamente, distintas a las catalanas. Todo con ese objetivo cínico (o incluso ignorante) de hacer parecer al valenciano una lengua y al catalán otra. “Si la realidad no te conviene, invéntate otra; siempre habrá quien se la trague”, parece ser el lema apócrifo del PP. Para disminuir las posibilidades de contaminación catalanista, hace algunos años el gobierno del País Valencià llegó a prohibir la difusión de TV3 en la Comunidad, alegando excusas sobre permisos de emisión. Eso es, literalmente, cercenar por motivos políticos la libertad de acceso a la información pública, un movimiento que no es otra cosa sino antidemocrático.

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4) La importancia de las teles autonómicas: La llengua valenciana tiene que tener un espacio público, y no sólo para ayudar a su difusión y supervivencia. También por pragmatismo, porque es la primera lengua para muchísima gente, ciudadanos que no tienen otra opción de acceder a contenidos en su idioma (a diferencia de los castellanoparlantes, para quienes es enriquecedor escuchar otra lengua). Son cosas que los que viven en regiones no bilingües, como los madrileños, a menudo no entienden bien. Pero, en el debate sobre si las teles autonómicas son necesarias, creo que la clave es otra. Y es que un medio de comunicación autonómico es la única forma de enterarse de información regional y local. Los canales nacionales son en la práctica casi teles locales de Madrid, que obvian o minimizan la mayoría de las cosas que ocurren fuera de la capital. A la gente que no vive en Madrid, que sigue siendo casi toda la sociedad española, le suelen importar poco esas informaciones inútiles para ellos. Sin embargo, les interesa mucho lo que sucede en su ciudad, en su comarca, en las provincias compañeras. Porque es lo que afecta directamente a sus vidas durante buena parte del tiempo. Es una información que sólo dará en profundidad una tele autonómica, dedicada en exclusiva a ello; no basta con las breves desconexiones territoriales de un canal estatal. Pese a las críticas, Canal 9 nunca ha dejado de producir contenidos de calidad en este sentido (ya hemos hablado de su vergonzosa información política). Por ejemplo, un programa como Trau la llengua es de lo mejor que se puede ver en cualquier tele, por su frescura y cercanía, por su apasionada difusión de la llengua, de la cultura regional y de cotidianidades invisibles en los medios. Y no es el único caso: Canal 9 también hace (hacía…) una buena labor informando sobre el campo y el mundo rural, visibilizando a esos colectivos tan grandes como ignorados, pero también dándoles contenidos relevantes sobre y para su vida que no pueden encontrar en otra parte. Yo he aprendido muchísimo sobre mi comarca y mi comunidad viendo Canal 9. En cierto sentido, y aunque suene un poco triste, una tele autonómica puede suplir el desconocimiento del campo que tienen la mayoría de los que viven en ciudades, cosas que antes se descubrían de forma natural o a través de los abuelos y ahora, simplemente, ni se saben ni interesan. Que no se confunda esto con un “¡Qué tiempo tan feliz!”. Canal 9 es una parte importante de la educación sentimental global de los que hemos crecido viéndola. Podíamos comparar sus infames doblajes de Bola de drac con las maravillosos de TV3, lo que, ya desde niños, nos daba una primera perspectiva de la miserable calidad del compromiso cultural del País Valencià. Pero, sobre todo, nos ha dado una identidad propia, unos referentes que sólo podemos compartir con gente de aquí. Una identidad inofensiva y sana. Lo dicho: ¡pura educación sentimental! Sin la tele autonómica (y sin TV3), los alicantinos, los valencianos y los castellonenses sólo podríamos hablar de las entrevistas que hacen a madrileños en las calles y platós de Madrid. Y no de Joan Monleón o el Babalà.

5) La responsabilidad: ¿Quién tiene la culpa de la catástrofe? Obviamente, el PPCV. Este artículo que publicó El País el año pasado lo explicaba muy bien. Pero no sólo ellos. También los ciudadanos que una y otra vez les votaron pese a lo que estaban haciendo (muchos ahora lloran), además de los pasivos (categoría en la que, por desgracia, estrictamente entraríamos casi todos). Pero, además, son culpables los propios trabajadores de RTTV, que han sido colaboracionistas durante años; me refiero sobre todo a los de los informativos. Hasta cierto punto, es injusto criticarles sin haber estado en su pellejo, uno no sabe cómo habría reaccionado en su situación. Hay que reconocer que, en los últimos tiempos, y con el pescado vendido, han ido creciendo las críticas públicas desde dentro. Pero los argumentos con los que justifican su comportamiento son EXACTAMENTE los mismos que los de los nazis: es que me lo mandaban. Ni siquiera eso, ni siquiera dicen: “lo hacía porque me lo mandaban”. Dicen: “lo mandaban”. La primera persona se esfuma. No tiene nada que ver. Ellos no estaban allí y, si estaban, era como máquinas, como robots que escribían y leían mecánicamente, sin saber lo que hacían ni decían. Un texto que acaba de publicar una reportera de Canal 9 me parece particularmente esclarecedor. Es una barbaridad porque cuenta algunas de las incontroladas prácticas de manipulación de la cadena, sin nada que envidiar a aparatos soviéticos con los que últimamente se empieza a comparar al PP. Pero es una barbaridad también como testimonio, como prueba de que no sólo los políticos echan la culpa a otros, sino que todos lo hacemos en este santo país. La autora del texto dice cosas que ningún Nuremberg le perdonaría: “un día empiezas a sentir vergüenza de trabajar para ellos” (y antes de ese día, ¿qué? Peor aún: ¿y después?); “Ahora se termina. Injustamente. Pero lo ganaron a pulso” (¿”lo ganaron”? ¿ellos solos? ¿y los redactores, locutores, votantes, ciudadanos pasivos? Aunque se nos olvida, y tenemos motivos para ello, los políticos no son los únicos responsables de todo lo malo). De nuevo, insisto en que es complicado hablar desde fuera, sin miedo a perder el trabajo y demás. Pero ¿tan difícil era filtrar a la prensa nacional aquellas prácticas?

[En la antivalencianista Alicante, un cántico local habitual en manifestaciones, fiestas o eventos deportivos dice así: ♪ “Canal Noou, Canal Noou, Canal Nooou… Canal Noou, Canal Noou, Canal Nooou… Canal Noou, Canal Noou, Canal Nooou… HIJOS DE PUTA, Canal Noou…” ♫ . ¿Qué haremos ahora sin nuestro querido enemigo? ¿Tendremos que sustituir los cánticos por cantares de alabanza y leyenda? ¡Eso no puede pasar! ¡Canal 9 debe vivir!]

Alta resolución

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vlcsnap-2013-01-14-14h14m00s241Me gusta mucho ver la serie Community porque al principio pasa siempre una cosa. Es un opening más, hasta que de pronto se abre el papel que contiene el título y no sólo contiene el título, sino también un blanco deslumbrante, que casi fuerza a la pantalla a hacer un ruido de trabajo duro como el de las viejas torres de ordenador para poder exponerlo. Hasta la mosca del canal queda deslumbrada y desaparece, se rinde absorbida por algo mucho más grande de lo que pudo concebir quien la diseñó. Es una maravilla en miniatura de la alta resolución. No es un punto concentrado de sublimidad sino toda una superficie del tamaño de un rectángulo del tamaño de una pantalla. He intentado hacer un .gif animado con el papel abriéndose pero pierde la gracia, ensucia el aura que sólo está en el .mkv, la imagen así puesta como está se acerca más a la experiencia de dejar pálido todo el blanco que rodea a este blanco limpio de Cristasol, con todo su olor arrebatador incluido. Si se repitiera demasiadas veces demasiado rápido se agotaría y tendríamos que buscar otra serie que nos diera, por tan poco, tanto booty estético de la misma calidad que el del folio sobre el que se inscribió un caballo que se intuye sobre la mesa y se aprecia con bastante claridad al trasluz y te hace que te preguntes cómo lo han grabado en el papel y si merecía la pena gastar ese dinero extra para hacerlo. Da miedo mirarlo más tiempo del que está previsto que lo miremos, por si el ruido de trabajo duro que hacían las viejas torres de ordenador empieza a salir de nuestros ojos y además acompañado de sangre. Da miedo que podamos asociar la tinta del bolígrafo de la imagen a la tinta que dejamos cuando escribimos en papel; da miedo imaginar que estás firmando un documento bancario, el azul Bic te trae la imagen del blanco nuclear de Community y empiezas a gritar y a llorar en un éxtasis que acaba en risa, también histérica y extática (como no puede ser de otra manera en un banco).

Me acuerdo de cuando entré en el salón de un amigo una tarde cualquiera y me topé en ese salón con algo tan inesperado como ese chorro de lejía de Community. Fue cuando pusieron la Xbox 360 con un juego de coches llamado aproximadamente Project Gotham Racing. Era como mirar sin gafas de sol al sol y, encima, pudiendo manipularlo. Era como los rayos con formas geométricas prismáticas medio transparentes que a veces captan las cámaras que se pasean por delante de la luz en lo que acabo de bautizar al escribir esto como sus “ángulos áureos” (pongo las comillas para que destaque más este bonito hallazgo semántico). Era una nitidez tal que se convertía en una revelación, en una epifanía tecnológica, un triple salto mortal desde aquellos días con la NES a una nueva existencia de las imágenes. Estaban más vivas que yo. Más vivas que cualquiera de nosotros, míralas si no lo crees. Cualquiera puede tener esta experiencia en su casa si tiene un cable HD en un cajón o en una especie de cesta que antiguamente hacía de revistero y ahora sirve para guardar cables, mandos y pilas que nunca se usan ya. Hiperrealismo controlable desde la realidad. Es el segundo más feliz del día, cuando recibo ese abrazo de fría pureza viendo Community. Me siento platónico. Cristales en mis ojos como en aquel texto de Blanchot pero sin dolor y sin locura, sólo placer y regresión al útero previo a la caverna; feísima comparación ésta ante un éxtasis hi-tech, pero es que los 720p van por delante de mí, que soy cuerpo marrón. Cuando emerge el título la fuerza de su brillantez es tal que es como si hubiera luces que se proyectaran desde detrás de la imagen para resaltarla aún más. Una metáfora que es exactamente lo que pasa, porque a veces la realidad es tan poderosa que la mejor metáfora para explicarla es la realidad misma.

EVIL SPIRITS OF JAPAN: Intercambio de papeles o argumentos compartidos

Además de ser, cuando se pone, el director japonés que mejor filma a las mujeres, Kazuo Kuroki tiene un rasgo compartido con otros maestros compatriotas suyos: sabe escoger un buen argumento, uno que sintetice lo que quiere decir, que contenga la raíz del problema a plantear, a partir del cual sea muy difícil hacerlo mal. En Evil spirits of Japan (Nippon no akuryo, 1970), que habla entre otras cosas del Japón de la época un poco alegóricamente, Kei Sato interpreta a un yakuza y a un policía, que se conocen en el curioso contexto de que una fulandonga ha confundido al uno con el otro. Sea como sea, recuperan la entrañable tradición de intercambiar sus vidas, pasando el yakuza a ser un exitoso inspector de policía y el policía a ser un yakuza fracasado, aunque termina desatando ese instinto violento que los criminales tienen actualizado.

Aquellos programas de televisión de “Cambia de familia” son experimentos sensibleros y morbosos pero, de partida, interesantes. En China pude ver uno en el que un niño campesino muy pobre se cambia con un acomodado chico de ciudad, lo que por supuesto saca lo mejor de cada uno y, durante la hora y media que dura cada capítulo, lo mejor de los espectadores. Quizá lo olvidan en cuanto comienzan los anuncios y el culebrón subsiguiente, pero algo queda. Tanto los que protestan (protestamos) contra las injusticias sociopolíticas como aquellos que nos las imponen podríamos quizá sacar mucho en claro de un ejercicio así. ¿Os imagináis a alguno de los escasos políticos en los que se perciben ciertos rasgos humanos viviendo en un hogar de clase media-baja y metido todo el día en las redes sociales poniendo a parir a los suyos? ¿Y a un ciudadano de izquierdas obligado a tomar decisiones difíciles que afectaran a millones de personas y a sentir que, en algunos momentos, puede estar equivocado? Bien pensado, no serviría de mucho. El problema: cada cual vive en su mundo y les es imposible salir siquiera temporalmente de él. Unos consideran que tienen toda la razón, otros que tienen el poder absoluto. Con distintos matices y en distinto grado, ambos yerran en esto. Pero no pueden saberlo, cada uno habita un espacio diferente y cerrado, convencido de que si presta la llave al otro terminará entrando para robarle el estéreo. No hay confianza posible porque no hay comunicación posible. Sin el opuesto no se puede poner en duda el positivo, el negativo es simplemente negativo, un dogma. Como en las imágenes de arriba de Evil spirits of Japan, uno se siente desnudo y el otro fuerte; pero la situación de cada uno ahí es intercambiable, uno puede ser el otro en ese momento o, más aún, probablemente ambos se sientan a la vez como el que mira desde las alturas, poseído por saberse con razón o con poder.

Pero el diálogo es necesario. Es la única forma de comprobar que, más allá de retóricas (y realidades) marxistas, de estadísticas neoliberales, todos somos, o podemos ser, lo mismo. Tal vez el experimento de cambiarse de vida durante unos días sería una pérdida de tiempo, como un viaje que recuerdas con placer y que, sin embargo, te frustra porque no eres capaz de reproducir en tu vida cotidiana la actitud abierta que tuviste entonces. Pero la alternativa más sencilla del diálogo no sería inútil. De vez en cuando salen los resultados de encuestas en las que se pregunta a los españoles: ¿con quién te irías de cañas? Suelen salir futbolistas sosísimos. Yo elegiría, hoy por hoy, a Rajoy. Incluso a Botín. Quiero saber lo que piensan de verdad, quiero que sepan lo que pienso de verdad. Quiero sentirlos y que me sientan, y no hablo de sodomizarlos brutalmente, por mucho que puedan merecerlo. Pasando una tarde juntos pinta tras pinta seguro que se enriquecería nuestra visión del mundo, la visión mutua el uno del otro, de lo que representamos. La empatía, en fin. Y la empatía es condición necesaria para actuar teniendo en cuenta al Otro, no sólo pensándolo sino sintiéndolo como un ser humano, como tú. El intercambio de vidas no funcionaría porque se ocupa el lugar del Otro, pero el Otro desaparece. Es lo que sucede en Evil spirits of Japan, no hay humanidad sino mecánica social. En cambio, la conversación franca serviría porque tendrías al otro delante. Y, dado que no sé cómo he llegado hasta aquí partiendo de una captura de pantalla de Kei Sato desnudo, este es un buen momento para acabar, citando a Lévinas (Totalidad e infinito):

El tercero me mira en los ojos del otro: el lenguaje es justicia. No decimos que haya rostro desde el principio y que, a continuación, el ser que éste manifiesta o expresa se preocupe de la justicia. La epifanía del rostro como rostro introduce la humanidad. El rostro en su desnudez de rostro me presenta la indigencia del pobre y del extranjero; pero esta pobreza y este exilio que invocan a mis poderes me señalan, no se entregan a estos poderes como datos, siguen siendo expresión del rostro. El pobre, el extranjero se presentan como iguales. Su igualdad en esta pobreza esencial consiste en referirse a un tercero, así presente en el encuentro y al que, en el seno de su miseria, el Otro sirve ya. Se une a mí. Pero me une a él para servir, me manda como un señor. Mandato que sólo puede concernirme en tanto que yo mismo soy señor, mandato, en consecuencia, que me manda a mandar. El tú se coloca ante un nosotros.

LA TOMA DEL PODER POR PARTE DE LUIS XIV: La televisión pública francesa quiere venderte su línea otoño-invierno

1. La última media hora de La prise de pouvoir par Louis XIV, una de las obras fundamentales tanto de Roberto Rossellini como del cine histórico, revela una de las tretas principales del rey para fortalecer su poder absoluto. ¿Quién le molesta? La aristocracia. ¿Cómo es la aristocracia? Vanidosa y vana. Aprovechémonos de esto, se dice. Llama a los mejores sastres a palacio, a los que obliga a añadir a su ropa más capas, más encaje, más gritos cromáticos, más-más. Nunca es suficiente. En mitad de las pruebas, disfrazado más que vestido, desvela su plan: «Monsieur Fouquet adoptó esta moda. Nosotros le daremos más suntuosidad. Monsieur Fouquet sólo veía en ella un instrumento para su vanidad. Nosotros haremos de ella una utilización política. Y nos aseguraremos de que nuestros nobles sólo piensen en la moda. Una costumbre como esta, Monsieur Colbert, le costará la renta de un año a cada cortesano». Se vuelve hacia el modisto y le dice que el diseño es insuficiente y que tiene que empezar de nuevo, ¡más, esto es demasiado poco, necesito más! Él sabe que todos imitarán su estilo. Todos quieren parecerse al rey, por sentirse un poco reyes y por puro peloteo. La primera aparición de Luis XIV con la nueva moda muestra un ridículo fantoche que, lejos de provocar risa en sus súbditos, es respetado, idolatrado y copiado. Conseguir esto último es un trabajo duro y constante para la nobleza, que queda así neutralizada porque no tiene tiempo ni dinero para otra cosa.

2. En una pequeña entrevista actual, La Rochefoucauld, director artístico de la película, cuenta por qué la ORTF, televisión pública francesa de entonces, se animó a producirla. En aquellos momentos era importante para la economía vender el máximo posible de televisores en color. Había que ofrecer algo para que mereciera la pena comprarlos, y por eso se financiaban producciones de época, en las que el protagonismo recaía en la suntuosidad del vestuario. Algo que, por supuesto, sólo podía apreciarse en color. Exigieron dos condiciones para dar dinero para el proyecto: que tuviera alguna figura prestigiosa y glamourosa al cargo (Rossellini) y que las imágenes se recrearan en el colorido del lujo. Confluyeron así los intereses artístico-didácticos del director con los intereses comerciales de una gran compañía. ¿Una compañía pública, como Luis XIV?

Nico, en serio, les lavan el cerebro

Nico, en serio, el neocolonialismo estadounidense no es un invento de europeos paranoides, que miran para otro lado porque son demasiado cobardes para criticar sus propios males internos. Existe. Se impone por todas partes, no sólo económicamente sino también ideológicamente. Durante años, el consumo constante y repetido de los productos de los medios de masas va integrando una determinada manera de pensar en el espectador, una destinada a legitimar el poder y los modos norteamericanos. Es un bucle cada vez más agresivo y superficial de mensajes matizados y sutiles, que tienen siempre esa misma finalidad. Sin ofrecer alternativa posible y sin que se note que no se ofrece alternativa. Te conté el sábado una escena del documental The Weather Underground que me impactó especialmente: el grupo revolucionario/terrorista protagonista se ve obligado a pasar a la clandestinidad. Lo hacen con miedo porque, reflexionan, en las películas no han visto ni una sola historia en la que los criminales no sean atrapados y castigados. Pueden tardar, pero los pillarán. Y no los pillaron. Al final deciden entregarse; vivieron diez años como fugitivos activos y no consiguieron capturarlos, ¡es que ni a uno! Fíjate cómo tenían de interiorizado el discurso del miedo incluso estos radicales ultracuestionadores.

Nico, 24 o Battlestar Galactica son series arrolladoras. Son la hostia. Son apasionantes y se te llevan por delante. Pero más allá de su alto valor como entretenimiento, también son artefactos de ideologización. Muestran situaciones en las que la única opción aceptable parece estar clara: ¿cómo no matar a uno si existe la posibilidad de salvar a cien, o acabar con cien por la supervivencia de mil? Pero no es casual que lo que vemos sean siempre casos extremos, como la búsqueda de una bomba nuclear o bacteriológica, o hasta la supervivencia de la humanidad. En esos casos al límite, lo que hacen los personajes es irrechazable. Aunque al final estuvieran equivocados, han hecho lo correcto. Como en el conflicto de los submarinos de Marea roja, el utilitarismo se presenta como la única solución razonable, siempre argumentado indirectamente de forma potente y convincente. Las vías alternativas son ignoradas, descartadas o despreciadas. Siempre se dispara a matar, nunca a herir. Todo eso termina extrapolándose a la vida real, donde las circunstancias no son tan claras, radicales y apremiantes. Después de años y años de ver una y otra y otra vez esos procederes en la ficción, es normal encontrar tolerable en casos reales ese mismo utilitarismo antihumano, meramente numérico o, como mucho, despectivo de la otredad prejuzgada. ¿Cómo no aceptar que se torture a un presunto terrorista de Al Qaeda, si es probable que oculte información vital para salvar a tropas estadounidenses o a civiles inocentes, como nos han enseñado las películas? ¡Incluso en Europa se entiende! Su modalidad más fuerte sí encuentra todavía resistencia en Europa, pero ya no en Estados Unidos: ¿cómo no invadir un país con armas de destrucción masiva que es probable que nos vayan a matar a todos? Sin embargo, en la vida real los malos no son villanos de ficción, sino que son seres humanos que sufren y mueren, que son humillados por la superioridad moral (y humana) autoasumida e incuestionada del utilitarista.

Además de la apología de los fines sobre los medios, se defiende el conformismo para aquella clase media no destinada a actos heroicos ni militares. Para nosotros, tío. Juzgamos los grandes hechos y los actos de violencia, pero no participamos en ellos. Estamos en otro universo, paralelo, para el que la ideologización neoliberal proimperialista también tiene una ristra de valores que inculcar. No dejan cabos sueltos. La vida cotidiana con la que tenemos que identificarnos es representada en la ficción por Friends y otras teleseries, por todos los subproductos cómicos y melodramáticos del Hollywood más duro y de sus sucedáneos internacionales ya globalizados. Esa vida cotidiana es siempre vacía y automatizada, lo que se disimula con unas cuantas risas y lágrimas. Se transmite a veces una falsa rebeldía apaciguadora, consistente en que se permite follar antes del matrimonio y decir alguna palabrota. La disensión mostrada en los medios de masas nunca es política (y si lo es, lo es como mucho anecdótica o superficialmente), sólo hedonista. Por su parte, los formatos informativos adoptan mecanismos similares a la ficción, disminuyendo mucho el impacto del único contacto del espectador con las miserias reales. La insensibilización, por sobreexposición en los informativos y por banalización en la ficción, es una de las armas más eficaces. Y ya que te hago un recorrido algo completo, termino con los libros: la lectura también se banaliza, sus únicos recursos y funciones son adaptados de todo lo anterior.

Nico, como te dije el otro día en la barra de La Vereda, todo esto son ficciones que funcionan como babosas espaciales usurpadoras de la personalidad, disfrazadas por capas, siendo la penúltima de esas capas aparentes la de reivindicaciones absolutas de la democracia y de la libertad, ya sean militares o civiles. Son vehículos de lavado de cerebro. No necesariamente consciente por parte de sus creadores; no hay que caer en el conspiracionismo. Es sólo que esas ideologías están tan arraigadas en Estados Unidos que salen solas cuando se ponen a hacer series o películas. Los directivos de las superproductoras y de los grandes canales de televisión, no es casualidad que 24 sea de la Fox, no idean argumentos para transmitir y reforzar esas ideologías: lo que hacen es aceptar sólo aquellos proyectos que ya las tienen integradas. En síntesis, se transmiten dos valores básicos: la necesidad de la violencia, sea directa (como en las torturas o asesinatos) o indirecta (por ejemplo, la obligación de confiar ciegamente en los líderes, como en Lost), porque gracias a ella los norteamericanos, y por extensión los occidentales, podemos vivir en paz y bienestar pagando un pequeño precio; el otro es el conformismo, que mantiene una relación simbiótica e interesada con el ocio y el hedonismo. Ambos grupos de valores cumplen dos partes de una misma función: por un lado, legitimar y mantener el dominio imperialista estadounidense; por otro, ofrecer una única vía, la del entretenimiento instantáneo, que mantiene, reproduce y legitima ese mismo sistema neoliberal. No me invento todo esto. Está ahí, simplemente tienes que mirar con atención lo que pasa en el cine, en la tele y en la vida, que no deja de ser a estas alturas un medio de masas en sí misma.

Hace años me reía contigo del tipo que nos dijo que Black Hawk derribado era moralmente reprobable; hoy ya no puedo reírme de eso, porque me he dado cuenta de que tenía razón. Pero no me malinterpretes, sigo disfrutando de esas ficciones. El dominio narrativo de los que hacen el entretenimento estadounidense es total. Es difícil, y hasta poco deseable una vez metido en intensas persecuciones, explosiones y acciones límite, escapar a su poder. Por eso no te digo que haya que prohibir todos estos productos, ni siquiera hacerles boicot individual o colectivo. Sólo digo que, si uno se da cuenta de lo que hay detrás de ellos, es su deber decirlo, para que el espectador esté alerta y no le cambien la cabeza de sitio con demasiada facilidad. Tú y yo, sin ir más lejos, estamos atentos y no nos la cuelan. Podemos pasar grandes ratos con esos productos, hasta podemos reconocerles valores más allá del puro entretenimiento, porque algunos están realizados con inteligencia y plantean preguntas interesantes, aunque no nos gusten las respuestas que ellos mismos dan. Pero piensa en toooda esa gente que sólo ve esas películas, esas series, esos informativos, que sólo lee esos best-sellers. Que no conocen otra cosa. Que no tienen noticia de que puede, puede, que sean algo más que medios para pasar un buen rato. Nosotros paseamos por internet, leemos algunos libros, nos movemos en unos círculos sociales más críticos o, al menos, superficialmente alternativos; pero hay otras personas, y son mayoría. No pasa nada por ver un par de series pero, insisto, es que no son un par, es que es toda una vida viendo lo mismo, sin conocer y ni siquiera imaginar alternativa. El espectador pasivo termina siendo un sparring para la ideologización, y esta última siempre gana si no encuentra oposición. No sólo en Estados Unidos. Échale un ojo a lo que ponen aquí las televisiones: las teleseries importan, sin saber lo que hacen y de manera más esquematizada, esas situaciones en las que violencia y el cabreo priman siempre al diálogo y al intento de comprensión mutua, en las que el egoísmo y el placer propio se saltan la parte en la que hay que considerar que hay otras personas delante y a los lados. Fíjate en cómo piensa, habla, actúa la gente. Compáralo con lo que dice la última capa de disfraz de estas ficciones.