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Películas, series, literatura y sentido de la vida

Una película empieza y luego se acaba. Es una vida que pasa en un rato de 90, 120, 180 minutos. Lo importante no es el número, sino la palabra “minutos”. Y la de “acaba”. Juntas, ambas palabras prueban que una película no es más que una experiencia breve y finita. La pones, la ves, con suerte te metes en ella y, de manera inevitable, The End. Como en Aristóteles, es algo que empieza y que acaba. Como en Aristóteles, su función es catártica. Se abre un paréntesis, se dedica un rato a una película para exorcizar demonios, sublimar deseos. O, sencillamente, para mirar para otro lado (de la vida), mediante la paradoja de apartar la mirada para mirar algo de manera sostenida, con intensidad y dirección. Ese mirar es vivir, pero solo mientras dura la mirada. Cuando los minutos establecidos en la ficha técnica se consumen, todo ha acabado. Pueden o no quedar rastros de la experiencia, pero la experiencia como tal ha terminado. Con suerte, se ha producido una catarsis; sin suerte, al menos un desahogo. Pero el destino de ambos es el mismo, encontrarse con el tope de la segunda parte del paréntesis, el cuarto creciente que lo cierra y que encierra lo que acaba de pasar. Lo que ocurre en el paréntesis, como en Las Vegas, se queda en el paréntesis. Esa vida o esas vidas vividas mediante una pantalla han sido fugaces, ya no volverán y se han convertido en un cadáver inútil. A la salida del cine o del centro cultural, o ante la pantalla negra, la ventana reducida de golpe, del VLC, solo queda ese negro. El vacío que somos: la pantalla encendida, oscura porque no proyecta nada. Radio silence. Al otro lado, como consecuencia, un silencio que no recibe nada. El picor de la muerte cerebral que invade a la inevitable aberración metafísica del espectador sin nada que ver.

Una serie empieza y luego se acaba. O no. Hay dos formas de ver una serie: cuando ha terminado o cuando está en marcha. La segunda es un híbrido entre una película y una serie finalizada, el espacio entre cada capítulo es una realidad difuminada, débil aunque más presente, porque se sabe que va a volver. La serie en marcha acompaña un rato cada semana, sea el rato en el que se ve o los ratos en los que se comenta. A diferencia de una película, no es un paréntesis, pero sí una serie de paréntesis acerca del mismo tema. Cuando haya acabado, si ha cumplido las condiciones que tiene que cumplir una película para grabarse en la idiosincrasia (en la identidad) del espectador, se quedará grabada como sucede con una serie ya finalizada.

La primera manera, ver una serie ya terminada, se parece bastante a leer una novela larga. Sabes que tiene X páginas y que, durante unas semanas, te acompañará allá donde vayas. Los conflictos éticos y vitales de los personajes se integrarán con los de tu vida cotidiana, a veces hasta arrojándoles algo de luz, incluso produciendo decisiones personales sorprendentes al yuxtaponerse las personalidades de la persona, el lector, el autor y el personaje leído. Así, las series que ya se han cerrado, que se tienen enteras en el puño como pasa con las novelas impresas, activan en quien las consume/usa/disfruta/experimenta/desea un mecanismo de mente colmena o, al menos, añaden nuevas conciencias y visiones del mundo que enriquecen la propia. Y hasta la influencian, si uno es impresionable y lee o ve una novela gorda o una serie que es buena o, más bien, que es buena o adecuada para uno durante las semanas en las que la lee o ve. Todo por su duración dilatada en el tiempo y porque se conoce que son una unidad de sentido, justo lo que no se suele tener en la vida, la Gran Carencia.

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Esta serie o novelón da, en definitiva, un sentido nuevo a la vida propia, que es eficaz conformándose como sentido de la vida por ser exterior, múltiple y ajeno. Pero, sobre todo, se mete bajo lo piel y despierta al receptor precisamente por ser un sentido nuevo y, al mismo tiempo, lo suficientemente breve como para no agotar la intensidad de la novedad. No tan breve como para ser un paréntesis, una parada temporal porque el autobús se ha estropeado y hay que bajar a la carretera para esperar a que venga otro que funciona bien y permite cumplir con lo que hay que cumplir a diario. Tras la serie terminada o la novela larga no vuelve otro autobús, porque el que lleva al lector no se ha roto nunca. La experiencia de cambiar de autobús se ha vivido en la fantasía, superpuesta a la realidad, sin tener que bajar del autobús. Y esto ha pasado un buen montón de días seguidos. La extensión es un potenciador del sabor sin efectos negativos. Es probable que también suceda con la acumulación de películas o relatos de un mismo género o autor, o por leer o ver muchas veces la misma obrita literaria o película.

Una película, una novela de tamaño estándar, una novella o un relato corto pueden tener un efecto igual de poderoso, pero las condiciones para que así sea son más estrictas que las que necesitan una novela enorme o una serie ya finalizada. Decía el bueno de Stephen King (en la introducción de Skeleton Crew) que una novela es como un matrimonio, mientras que un relato corto es como el beso fugaz de un extraño en la oscuridad. Yo matizo que el beso puede ser, con más probabilidad, una molestia en un estado de borrachera que solo se recordará entre niebla, o una vívida anécdota desagradable o curiosa con la que amenizar de manera recurrente las reuniones adultas entre amigos durante años. Así funcionan las consecuencias de la mayoría de las películas, novelas, novellas o relatos cortos que nos gustan. Es cierto que, si el beso furtivo llega en un momento adecuado y sucede de la manera más apropiada, puede ser una life-changing experience. Pero estas son circunstancias de lo más infrecuentes, que explican que solo se otorgue (y mantenga durante años) un 10 a un ínfimo porcentaje de películas.

En cambio, después de haber visto con regularidad constante y relativa rapidez una serie ya finalizada, o de haber leído de la misma manera una novela enorme, su contenido te acompaña quieras o no. Siempre que cumpla unos mínimos para el criterio personal, aquí importa menos su calidad, o el hecho de que sean oportunas o no para relacionarse con lo que pasa en la vida de uno en esa época. Lo más importante es su extensión. Mientras se están viendo o leyendo, duran, acompañan, están presentes en un presente alargado. Se incorporan a los encuentros cotidianos como espectros que solo tú puedes ver, acechan tras cada diálogo, en la esquina de un espejo cuando te miras buscando respuestas o nada más que compañía. Su ficción se hace real y da sentido a lo que pasa en la realidad y, por eso, como pasa con el extraño caso de las reposiciones infinitas de Los Simpsons, llevan a la lengua citas de cien capítulos como glosa que apuntilla cualquier situación real. Vengan a cuento o no, porque son ya parte de uno y uno, en fin, es como es.

Las series cerradas o las novelas grandes (no necesariamente grandes novelas) no son un beso furtivo, aunque tampoco un matrimonio. Pasas tanto tiempo con ellas como con un buen amigo con el que, con sus defectos incluidos, puedes hablar de todo. Por eso, incluso después de terminadas, las series cerradas o las novelas gordísimas toman la forma de una amistad incondicional. Mientras se ven o leen, y también en los meses siguientes a haberlas acabado, son como uno o dos amigos que están a tu lado comentando cada jugada de tu vida y aportándote su opinión complementaria o alternativa. Sin pedírselo pero necesitándolo, te regalan su consejo de personajes/autores que han pensado mucho en ello, o que han sido muy exigentes con lo que que finalmente quieren decir, antes de plasmarlo en el papel para la eternidad. O, lo que es lo mismo, para ti. Te aceptan como eres y, si creen que debes cambiar o hacer o pensar algo diferente a lo que tienes pensado hacer o pensar, te lo dicen. Sin compromiso. Para eso están los amigos. Y valoras mucho su opinión. No en vano, estás agradecido por las horas, ¡no minutos!, semanas, ¡no eco de días!, que te están haciendo o te han hecho pasar. Te completan, sin pedir a cambio nada más que tu atención sostenida.

Cuando acaban, echas de menos a las largas series ya finalizadas o a las eternas novelas de autores extranjeros con las que pasaste una temporada especial en tu vida, de la misma forma que un cuarentón con barriga cervecera tiene nostalgia del campamento para gordos al que fue con 12 años. O como un nuevo oficinista licenciado hace unos meses aplica lo aprendido en las reuniones scouts, llenas de fumetas, a las que iba cada domingo durante toda su etapa escolar. Sumadas sus horas, se descubre que son al menos tantas como las que has pasado junto a esa serie o esa novela inacabable y, sin embargo, finalmente acabada. Como los viejos y grandes amigos que viven a miles de kilómetros, su recuerdo es parte de ti y vuelve cuando lo necesitas y sin llamarlo, le da sentido a lo que haces, o trae un “¿qué haría o me diría?” y el sentido de la vida es la sensación de comunidad, al sentir la vida compartida con ellos, amigos reales, personajes, autores. Aunque ya no puedas llamarlos para quedar y tomar un café.

Alta resolución

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vlcsnap-2013-01-14-14h14m00s241Me gusta mucho ver la serie Community porque al principio pasa siempre una cosa. Es un opening más, hasta que de pronto se abre el papel que contiene el título y no sólo contiene el título, sino también un blanco deslumbrante, que casi fuerza a la pantalla a hacer un ruido de trabajo duro como el de las viejas torres de ordenador para poder exponerlo. Hasta la mosca del canal queda deslumbrada y desaparece, se rinde absorbida por algo mucho más grande de lo que pudo concebir quien la diseñó. Es una maravilla en miniatura de la alta resolución. No es un punto concentrado de sublimidad sino toda una superficie del tamaño de un rectángulo del tamaño de una pantalla. He intentado hacer un .gif animado con el papel abriéndose pero pierde la gracia, ensucia el aura que sólo está en el .mkv, la imagen así puesta como está se acerca más a la experiencia de dejar pálido todo el blanco que rodea a este blanco limpio de Cristasol, con todo su olor arrebatador incluido. Si se repitiera demasiadas veces demasiado rápido se agotaría y tendríamos que buscar otra serie que nos diera, por tan poco, tanto booty estético de la misma calidad que el del folio sobre el que se inscribió un caballo que se intuye sobre la mesa y se aprecia con bastante claridad al trasluz y te hace que te preguntes cómo lo han grabado en el papel y si merecía la pena gastar ese dinero extra para hacerlo. Da miedo mirarlo más tiempo del que está previsto que lo miremos, por si el ruido de trabajo duro que hacían las viejas torres de ordenador empieza a salir de nuestros ojos y además acompañado de sangre. Da miedo que podamos asociar la tinta del bolígrafo de la imagen a la tinta que dejamos cuando escribimos en papel; da miedo imaginar que estás firmando un documento bancario, el azul Bic te trae la imagen del blanco nuclear de Community y empiezas a gritar y a llorar en un éxtasis que acaba en risa, también histérica y extática (como no puede ser de otra manera en un banco).

Me acuerdo de cuando entré en el salón de un amigo una tarde cualquiera y me topé en ese salón con algo tan inesperado como ese chorro de lejía de Community. Fue cuando pusieron la Xbox 360 con un juego de coches llamado aproximadamente Project Gotham Racing. Era como mirar sin gafas de sol al sol y, encima, pudiendo manipularlo. Era como los rayos con formas geométricas prismáticas medio transparentes que a veces captan las cámaras que se pasean por delante de la luz en lo que acabo de bautizar al escribir esto como sus “ángulos áureos” (pongo las comillas para que destaque más este bonito hallazgo semántico). Era una nitidez tal que se convertía en una revelación, en una epifanía tecnológica, un triple salto mortal desde aquellos días con la NES a una nueva existencia de las imágenes. Estaban más vivas que yo. Más vivas que cualquiera de nosotros, míralas si no lo crees. Cualquiera puede tener esta experiencia en su casa si tiene un cable HD en un cajón o en una especie de cesta que antiguamente hacía de revistero y ahora sirve para guardar cables, mandos y pilas que nunca se usan ya. Hiperrealismo controlable desde la realidad. Es el segundo más feliz del día, cuando recibo ese abrazo de fría pureza viendo Community. Me siento platónico. Cristales en mis ojos como en aquel texto de Blanchot pero sin dolor y sin locura, sólo placer y regresión al útero previo a la caverna; feísima comparación ésta ante un éxtasis hi-tech, pero es que los 720p van por delante de mí, que soy cuerpo marrón. Cuando emerge el título la fuerza de su brillantez es tal que es como si hubiera luces que se proyectaran desde detrás de la imagen para resaltarla aún más. Una metáfora que es exactamente lo que pasa, porque a veces la realidad es tan poderosa que la mejor metáfora para explicarla es la realidad misma.

99%

El análisis que hacen en South Park del Occupy Wall Street (y similares) es, por supuesto, terriblemente lúcido. South Park es, con diferencia, frente a tantas teleseries inanes o de apenas un par de ideas discretas repetidas hasta el infinito, frente a tantas teleseries que a través del entretenimiento y su capacidad de generar adicción consiguen disfrazar de respetabilidad su simpleza; South Park es, frente a tantos falsos profetas y productos de limitado interés, la mejor serie de televisión de la historia. Y sigue su marcha, siempre independiente, siempre brillante.

A partir de una alegoría, en la que los políticos hacen pagar al colegio al completo por los excesos de Cartman, tiran contra todos. Contra el 1%: es realmente culpable de lo que se le acusa. Contra los políticos: por su corrección política (la redundancia es inevitable), su debilidad, su dependencia de las apariencias; contra su tolerancia mal entendida. Contra los medios: siempre con intereses propios, siempre falseando la realidad, acomodados impunemente en el exceso. Contra el 99%: imitador de las fútiles maneras de la cultura dominante, conocedor de su posición de explotado y, a la vez, acomodado también en el exceso improductivo de ser clase media. Esto es un ataque contra la misma existencia del 99%: no sólo son minoría los que realmente salen a la calle y protestan, sino que sus acciones son inútiles por su autocomplacencia de clase media. ¿Realmente representan a un 99% de la sociedad, de verdad son sólo la punta del iceberg? ¿Todos son explotados y todos son críticos? ¿Tan simple y homogénea es la sociedad? Y ese 99%… ¿tiene siempre la razón? La gran crítica, como suele pasar en South Park, se dirige en el fondo contra la superficialidad, contra la retórica. Contra la sustitución de humanidad y valores por el abuso de palabras (o su equivalente: acciones significantes) vacías. Ninguno de los implicados es capaz de salir de sí mismo o de su hipotético grupo, nadie puede dejar de interpretar su papel. No importa que tengan o no razón: todos son incapaces de articular sus deseos. Porque no saben cómo hacerlo y porque desconocen sus mismos deseos. Sólo las oligarquías viven bien porque, aunque tampoco sepan lo que quieren, el dinero les permite vivir en la superficialidad y en la comodidad, que es hacia lo que automáticamente se dirigen todos. Nadie parece lograr conservar la dignidad. El pétreo e inexistente 99% no puede siquiera realizar un análisis adecuado e imparcial del mundo. Incapaz aún de superar la dialéctica de la lucha de clases (que aquí tiene lugar literalmente: se enfrentan los de 4º curso contra los de 5º curso), su maniqueísmo es admirablemente crítico pero no obtiene resultados, porque se autoengaña sin saberlo y, al no comprender ajustadamente la realidad, no puede actuar eficazmente sobre ella.

South Park vuelve a poner el dedo en la llaga y a apuntar a lo esencial: el gran problema no es económico, sino cultural y, si se me apura, moral.