Alegato anticapitalista

No tengo trabajo. UN solo trabajo y que además sea DE VERDAD, quiero decir. Mi curriculum vitae da explicaciones al sugerir un sociópata involuntario: nacido en 1981, licenciado en Humanidades y con un máster en Filosofía. Nacido, crecido y macerado en España, país en el que la gente, desde hace 6 años, ya no se macera sino que se curte. Espacios y tiempos que ese tipo de la foto en una esquina del CV ha desperdiciado entre libros, películas y noches.

No tengo dinero. No me importaría tenerlo para poder quedarme en el lugar en el que quiero quedarme. Solo para eso. De momento, para eso hay y para nada más. Pero, por ahora, hoy, mañana, la semana que viene, no tengo tanto como para poder decir: “tengo dinero”. Sí, algo queda de antes, algo gano a veces. “Algo” es igual a nada, “queda” es igual a negar toda nueva productividad, más allá del plazo en el horizonte visible.

Vivo a 10.000 kilómetros del que es, a todos los efectos, mi auténtico hogar. En mi ciudad biológica, las escaleras están algo menos sucias que aquí y las cucarachas son infrecuentes y de un tamaño emocionalmente manejable. Algunos de mis amigos están todavía allí, pero no a una llamada de distancia para verlos y tocarlos, una llamada que rara vez hacía cuando podía. Otros están ya tan lejos de mi hogar como de mi residencia, por lo que es irrelevante dónde quiera, pueda o deba estar yo para poder disfrutar de ellos. Para que disfrutemos juntos como antes, como en menos de una decena de ocasiones en el futuro. Esta decena es probablemente literal y la única cosa que me da miedo y desestabiliza mi armonía austera, trabajada y frágil. Es la única victoria que le concedo al capitalismo.

Después de infestaciones, mi piso suele sufrir inundaciones seguidas de nuevas infestaciones. Las maderas y paredes crían humedad. Las máquinas que pueblan la casa, nuevas o no, son imposibles de limpiar por mucho que se raspe y el traqueteo es su estado natural. Las comodidades de la vida moderna existen y ciertamente en plenitud, tanta como fragilidad; es decir, internet funciona siempre que yo quiero pero en las condiciones que él quiere. El incienso ahúma la escalera en honor de antepasados y los gatos maúllan de madrugada como bebés estrangulados. En las últimas semanas de verano, mi cuerpo huele a alcohol por el repelente, un muro con grietas que me protege de los mosquitos que, como espermatozoides luchando por un óvulo, hacen cola para pasarme el dengue que ya han pasado a miles de personas en el último mes. La línea entre infestación y epidemia está demasiado clara cuando la segunda deja de ser una simple palabra.

No puedo acceder a libros físicos en mi idioma. Las únicas páginas de papel que toco son documentos con el sello del Partido Comunista Chino. Solo puedo leer en pequeñas pantallas de móvil, de ordenador o de Kindle. El Kindle, que nunca quise y mi padre me regaló a traición, es tal vez mi único amigo fiel aquí. La leal amistad a cambio de nada es la categoría en la que suelen terminar todas aquellas cosas que nunca quise y termino teniendo, como el perro que me añora a 10.000 kilómetros de distancia.

El tifón llega a mi ventana como el turco llegaba a mi costa hace siglos.

Y aun así: paz.

Paz en parques y colinas con caminos de cemento, llenos de jubilados haciendo ejercicio y más en forma que cualquier joven español que haya conocido, cantando y bailando apologéticas del Partido vaciadas de contenido, suponiendo que la melodía movilizadora no sea su significado último. En escaleras que suben y bajan montañas sagradas, sagradas para los turistas hoy como para los monjes y poetas durante siglos. La diferencia es que las cámaras de los turistas consiguen llevarse una respuesta concreta de los dioses que habitan los paisajes, algo que pocos religiosos o artistas consiguieron.

Paz en paseos sin rumbo por barrios superpoblados, contaminados, sucios, llenos de escupitajos tras desesperados esfuerzos por sacar el gargajo invocado sin necesidad. En paseos sin rumbo admirando la juventud y la senilidad, los que vienen en el mundo que viene y los que se están yendo en un mundo que ya no está, paseo fascinado por el horror vacui de los escaparates y locales enanos llenos de productos que ni quiero ni puedo tener.

Paz en degustaciones de comida local o nacional, barata y basada en aceite tan reutilizado que probablemente esté haciendo crecer un bosque en mis intestinos, infestando de pequeñas criaturas mi hábitat interior como lo está mi hábitat exterior.

También encuentro paz en templos llenos de imágenes y símbolos que entiendo aún menos que los de mis iglesias cristianas. Son lugares en los que la identidad de la religión a la que rinden culto es aún más ambigua y superflua que mi presencia allí. Espacios que me aportan tanta cercanía con los dioses y sus adoradores (mis actuales vecinos y permanentes familiares políticos) como lejanía, grandeza y sobrecogimiento me dan las iglesias de mi cultura. Estas y no otras son las sensaciones complementarias y necesarias de una mística pacificadora, aplanante.

En el amor, terrenal, oscilante, límite, constante en su nunca ver el fondo ni el cielo. Impresionante y sorprendente en su capacidad casi vampírica de regeneración.

En todos esos sitios encuentro paz, porque la estoy encontrando en el único sitio en el que siempre estoy. Mi cuerpo, mi cabeza.

Mi lucha. A través de idas y venidas, desvíos y callejones sin salida, paradas de metro desconocidas y familiares, incomprensibles rutas de autobús, centros comerciales y colmenas de venta al por mayor, a través de distritos sin peligro porque, a diferencia de los de mi hogar, no están llenos de violentos aún más pobres que yo y que amenazan con asesinar a quien se atreva a entrar y no sea más pobre que ellos. En esta jaula china que encierra un infinito urbano, mi castigada salud mental está alcanzando un equilibrio que no tenía en años. El secreto es bajar el listón de cordura para mantener a raya el ansia, como los sistemas educativos bajan su nivel hasta adecuarse a los más atrasados de la clase y poder seguir siendo funcionales. Redefinir los conceptos y su aplicación en el mundo. Y, siempre, contar hasta diez para vencer a la autodestrucción y, a cambio y para dar salida a la frustración, terminar señalando a los mismos hijos de puta, con gesto algo cínico ya. Muchos de sus nombres son evidentes y los veis en los medios, otros no tanto porque somos cualquiera de nosotros en ciertos momentos, por el mero hecho de haber nacido con el don de relacionarnos en sociedad. En ciertos momentos en los que este constructo global y antropológico no nos deja sentirnos en paz.

Convertirse en adulto parece consistir en aceptar el conformismo. Pero hay dos tipos de conformismo. El de mierda, sobre cuyas cenizas, restos humanos aún vivos a su mediana edad, hay que escupir; es el conformismo definido por los conformistas. Los conformistas definidos por un falso pacto social que los necesita para mantenerse a flote. Un conformismo de renuncia, no de paz.

El otro es el conformismo contemplativo, el que sale de uno mismo, de hacer las paces con el pasado y no culparle de todas las potencias nunca desarrolladas. Autoritario con todo aquello que se aleje del justo medio sin llegar a ahogarlo con represión. Ese conformismo que acepta el presente como única vía para seguir andando hacia el futuro, en constante diálogo con el best of de la memoria biográfica personal. Es un conformismo que mira al mundo cara a cara y acepta su dolor, el del mundo y el propio. Acepta que quizá no pueda hacer mucho para acabar con ese dolor y, sin embargo, lo incorpora a su presente. Lo explicita y lo manosea sin vergüenza, para poder aplicarlo al ámbito y las potencialidades de la experiencia cotidiana. Lo incorpora al repertorio de conocimiento antropológico que desborda al contexto socioeconómico y, por eso mismo, entiende por inercia que está causado por él.

Este es mi humilde alegato anticapitalista. Uno de los muchos posibles, tan diversos como días en los que una precaria integración social está equipada con la voluntad suficiente para escribir. Cinco mil mundos, cinco mil alegatos. Mientras, millones sufren y mueren de formas evitables. Eso no son alegatos, eso es la verdad. La única que debe ser contada en cada una de las miles de permutaciones posibles de alegatos anticapitalistas escritos. El humanismo no está en el anticapitalismo, sino en los que ni siquiera pueden ser anticapitalistas.

Como en todo enfrentamiento de pequeño ante grande, en la humildad de una improvisada y poco elaborada declaración existencial está su única posibilidad de ser escrita. La (¿aparente?) actitud de aceptación sacrifica infinitas posibles potencias por la segura existencia de unos cuantos actos posibles. La esperanza: algunos de ellos incluso necesarios.

Mientras, millones sufren y mueren de formas evitables y yo sigo sin encontrar trabajo, un trabajo y que sea de verdad. Pero con dedos para escribir, con ojos para ver las imágenes del mundo, con boca y oídos y cuerpo para interactuar con la parte a mi alcance. Que es esta y me permite dirigirme hacia ti y pedirte tu propio alegato.

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Nuestra bella oscura retorcida fantasía

A volumen máximo o nada. Es un gran triunfador que se abre sin pudor ni vergüenza, una exaltación de ego y miserias de profunda ambigüedad moral, tenemos que ponernos en su escala. Una tensión sofocante entre fantasmeo y sinceridad insobornable y valiente, entre lo sublime y lo vulgar, que sólo puede salir por la vía de la catarsis; la del artista y la del oyente (experimentador). Eso viene a ser el quinto disco de Kanye West, My beautiful dark twisted fantasy. Un apabullante exceso, con manchas de imperfección que lo terminan de hacer inmenso. Terremoto de ritmos y estilización absoluta del sample, caos siempre armónico y coherente, desde la perspectiva de un Dios que es, en realidad, más humano que cualquiera de nosotros y nos lo enseña. Porque, más allá de la turba sónica que se te lleva por delante con su imprevisibilidad y retorcimiento de géneros, la grandeza está en esas voces sin apenas efectos perceptibles que parece que las están grabando ahora mismo en el ordenador que tienes delante, con una naturalidad y ausencia total de pensar en el qué dirán. Kanye habla de la vida pero, sobre todo, de su vida, de su mundo interior y exterior, convencido de que todo el mundo está deseando escucharle. Su oscuro cripticismo juguetón revela por momentos el simbolismo satanista que subyace, si leemos correctamente vemos la verdad: es una misa negra celebrada por Kanye como antisacerdote y, además, en su honor. La conspiración masónica/diabólica en la que están enredados los grandes negros de la cultura popular americana es un secreto a voces. Mientras, su falta de sentido del ridículo le lleva a decir lo que piensa, alternando el mal gusto con el lirismo. Dice lo que nadie se atreve a decir, o lo que nadie se atreve a decir sin cuidado. Se confunde el personaje y la persona, pero no le queda otra. Y su voz y pensamientos impresionan porque no son los de un negro de ghetto, de los que nos fascinan a los blanquitos que escribimos en blogs pero que nos parecen extraterrestres. No es uno de esos, sino uno de los nuestros. Kanye es como nosotros, como si cualquiera de nosotros tocara la cima del espectáculo y este nos calara hasta los huesos, y como si después lo contáramos sin autocensura, imbuidos de la idiosincrasia de ese mundo sin haber perdido la propia, contagiados de esa frívola existencia y a la vez encontrándole sentido a la vida gracias a ella. Ese hombrecillo se nos muestra en toda su fragilidad y fuerza, con toda su creatividad, confianza e inseguridad, y tiene tanto talento y tal carencia de miedo que eso apabulla, apabulla. Por si no queda claro, lo dice también con imágenes.

Con «Dark fantasy» cruzamos la entrada del túnel, el estribillo es el principio del ritual que sitúa en el estado anímico extático adecuado. «Gorgeous» suena en la radio y la guitarra nos lleva a conversar un poco con el acompañante, quizá hay miedo y es un intento de quitarle hierro. «POWER» es ya una danza tribal para celebrar a este hombre esquizoide del siglo XXI. «All of the lights» muestra que el túnel está increíblemente iluminado por todo tipo de lámparas de diseño y velones de iglesia, y que los diáconos son del más alto nivel; ¿es Elton John un inaccesible antipapa? «Monster» anuncia la llegada de Satán en persona, Kanye le ha vendido su alma (esto es cierto) y cada vez se parece más al Swan de El fantasma del Paraíso. «So appalled» se ríe del resto del mundo, de los que no están en la logia, de los pobres mortales que creen ser algo y no son nada. Jay-Z plantea el gran dilema: “Would you rather be underpayed or overrated?“. «Devil in a new dress» es un compadreo directo con Satanás. «Runaway» une al Kanye pre-pacto con el diablo con el Kanye post-pacto, el vano humano con el trascendente semidiós, conjugando la contagiosa sensibilidad de ambos mundos para engañar a todos. «Hell of a life» exalta la vida lasciva frente a la falsa vida de la conveniencia social, es el ideal luciferino que sólo trae buenas consecuencias (para quien lo vive). En «Blame game» se pone de nuevo el disfraz de humano, y consigue transmitir la tragedia que es vivir una relación amorosa; quizá eso fue lo que le llevó a abrazar al demonio. «Lost in the world» es la explosión final, todos los sentimientos de la múltiple personalidad de Kanye llevados al límite en el último y ultrarromántico aquelarre en su honor. «Who will survive in America» enlaza su experiencia con la sociedad, utilizando un speech anti-sistema de Gil Scott-Heron, profetizando el cercano Apocalipsis. Apocalipsis que ellos, los elegidos, están disfrutando ya. Nos invitan a verlo desde dentro, quizá incluso a ser partícipes.

Todo lo que tienes es lo que nunca puedes perder

Las grandes religiones no llegaron a ser tan poderosas porque fueran impuestas por propaganda o publicidad, sino por la sabiduría a escala humana que aún hoy siguen ofreciendo. Como en el siguiente cuento judío, que recuerdo en su esencia más o menos así:

Cuentan que tres hombres estaban un día en un cruce de caminos. No tenían nada, ni hogar, ni familia, solamente unos harapos. Empezaron a hablar. «Si pudierais pedir un deseo ahora mismo, ¿qué pediríais?», dijo uno. «No lo sé, tantas cosas…», respondió otro. «Yo lo tengo claro», contestó el tercero. «Si pudiera pedir un deseo, quisiera ser rey del reino más extenso y rico, tener un castillo de oro con joyas colgando de cada pared y almena, una camisa nueva y limpia, los mejores caballos del mundo cabalgados por los jinetes más hábiles, los soldados más fuertes y valerosos, la esposa más bella y los hijos más despiertos, que otro rey me declarara la guerra, perder la guerra, que el castillo fuera invadido y todos asesinados, conseguir escapar a pie». «Pero ¿qué clase de deseo es ese? ¿Qué habrías ganado con todo eso?», preguntó el primero. «Habría ganado una camisa nueva».

Moraleja: no busques el dinero ni el poder, porque siempre estarás expuesto a perderlos. Incluso en la Europa del siglo XXI sigue viva la amenaza de quedarse sin nada de un día para otro. Atesora sólo aquello que puedas llevar siempre contigo. Haz amigos, lee. Cosas así.

La prohibición del burka musulmán y la promoción del burka occidental

En la tolerante y moderna Europa está siempre presente, desde el aumento de la inmigración musulmana, el debate sobre el hiyab (velo islámico) y el burka. ¿Hay que respetarlos como símbolos religiosos válidos y aceptados, como la cruz al cuello, o hay que desacreditarlos y hasta prohibirlos por ser parte activa de la opresión islámica sobre la mujer? Las leyes de países como Francia presumen de avanzadas y abiertas, de cosmopolitas y respetuosas, pero la prohibición de manifestar una elección personal que no interfiere en la vida de nadie más aparte de quien la realiza es algo, sin matices, reaccionario. No siempre son elecciones personales, claro: el burka suele ser una imposición masculina, o autoimposición, y es más difícil defenderlo desde algún punto de vista. El hiyab es algo diferente. Occidente, desde su superioridad moral, dictamina que el velo humilla a las mujeres que lo llevan. Puede ser una opción personal, sí, pero una no respetable. No parece constitucional un símbolo tan claramente antidemocrático de machismo. Porque es un símbolo claro de machismo, ¿no?

Pero Occidente no es quién para imponer a las mujeres musulmanas que viven en Europa lo que pueden o no hacer, no más que a otros ciudadanos. ¿Les han preguntado a ellas? ¿Tienen representación o voz en esos parlamentos que les quieren decir cómo tienen que vivir, al mismo tiempo que les dicen que Europa es la libertad total de elección, el lugar mágico en el que cada uno puede decidir lo que hará con su vida, idea en paralelo al sueño americano? Nadie les pregunta. Preguntádselo. Preocupaos por saber qué significa para ellas, no para vosotros, no deis por hecho que sólo tiene una interpretación correcta y que esta es, por supuesto, la vuestra. Habrá muchas respuestas diferentes. Algunas llevarán el hiyab por tradición, por fervor religioso. Dentro de esto, algunas, las menos en Europa, porque su familia masculina les obliga. Para otras, no pocas, no sólo no es un símbolo de opresión, sino que lo es de libertad. De reivindicación feminista. Se sienten perdidas en la materialista Europa y llevando el hiyab quieren gritar: “valórame por lo que soy, no por lo que aparento”, frente a la superficialidad occidental que prejuzga y valora y ayuda o no a una mujer según su aspecto físico permanentemente desvelado. Si uno quiere respetar los derechos fundamentales, no puede prohibir en bloque algo tan diverso. Eso es el reverso casi exacto de los países árabes que imponen su uso.

La prohibición del hiyab, aunque sea sólo en los lugares públicos, como colegios o centros políticos, es un acto etnocéntrico y despreciable. La única lectura es que Occidente sabe mejor que una pobrecita e ignorante mujer musulmana lo que a esta le conviene. El mismo Occidente que, en la cima de la hipocresía que es uno de sus principales rasgos culturales, acepta y promueve su propio burka: el canon estético. La vida de casi cada mujer occidental es una lucha constante por lucir bien, por estar atractiva de forma acorde a los modelos mandados desde la publicidad y la cultura de masas (y no sólo de masas) en general. Modelos asimilados por los hombres y por las mujeres que viven en el mundo occidental, quienes aceptan o desprecian, favorecen o ponen baches, a una mujer por el mero hecho de si es guapa o no. La mujer occidental, y en los últimos años también el hombre en otro de los perversos giros del capitalismo comercial, siempre está pendiente de su figura. Vive angustiada por la báscula, pasa hambre por las dietas, sufre rechazos si no encaja (¡y hasta casi encajando!) en el modelo estético, incluso está dispuesta a modificar brutalmente su cuerpo para ser aceptada. Se la valora por lo que aparenta, ella misma se valora por lo que aparenta, adoptando una mirada masculina sobre sí misma. Es una esclavitud diaria y constante. Interiorizada y asumida. ¿De verdad esto es mejor que el burka islámico? El burka islámico es impuesto por unos preceptos religiosos mal entendidos; el burka occidental está en la base de su propia cultura patriarcal-liberal. Mientras el terrible burka occidental no sea cuestionado abiertamente, cualquier defensa de la prohibición paternalista del hiyab por la presunta opresión que supone sólo puede considerarse como eurocéntrica en el peor sentido, cínica y xenófoba, deudora de los valores que llevaron al colonialismo y a la miseria y muerte del mal llamado Tercer Mundo.

Zulawski y el Mal

Según Leibniz, el Mal (y los desastres, las desgracias, etc.) existe porque Dios creó el mejor de los mundos posibles. No el mejor a secas, sino simplemente aquel en el que las combinaciones permitidas provocaban menos dolor. En ese (este) universo las películas son calmantes, tienen esencialmente una coherencia con lo que el espectador, o el tipo de espectador al que se dirige o incluso interpela, espera de ellas. Pero ¿y si hubiera sido Satanás el que hubiera ordenado, o más bien desordenado, esta parcela de realidad en la que habitamos? Pues que el cine de Andrzej Zulawski ofrecería la estética paradigmática de esa cultura. Sus películas, al menos las que escupen sobre la contención, transpiran Mal. Su montaje loco y alucinado es como el sudor de un psicópata que ha tomado LSD. Sus imágenes rezuman simbolismo oscuro, y circulan a gran velocidad, haciéndose inasibles aquellas con más densidad lírica. Ese luciferino mejor mundo de los posibles se fundamenta en el caos, la contradicción y la confusión, mostradas directamente y metaforizadas en la idea del doble, uno de los universales siniestros según Freud. Los personajes que viven allí sufren de una percepción temporal distinta a la que tenemos aquí, y están acostumbrados a las elipsis como cortes de navaja, a los sucesos repetidos cíclicamente, a los recuerdos que se hacen carne. Habitan en un presente que recorre el futuro antes de llegar, un futuro cuyos agentes son los niños, anunciando por si acaso que no hay esperanza y que nada llegará a tener sentido. Esos protagonistas, que lo son porque apelan ingenuamente a una dignidad que no saben que no existe, conforman una mitología, son alegóricos de las formas que puede tomar el efecto del Mal en el mundo moderno, son casos singulares que se pueden agrandar hasta ser identificables como las víctimas ejemplares de las enfermedades que asolan a la humanidad. Enfermedades que han salido del armario y se han apoderado de las calles en el luciferino mejor mundo de los posibles, mientras que en el nuestro son cobardes y sólo se dejan sentir latentes y se dejan ver en escenarios contaminados por la guerra, el odio o la indiferencia. Zulawski es un director al servicio del diablo, quien le ha encomendado la tarea de hacer burla del divino mejor mundo de los posibles y de sus condenados habitantes. En su primera obra, La tercera parte de la noche, unos infelices polacos trabajan dejando que se experimente en su cuerpo el tifus, transmitido por piojos, en la gris, paranoide y ruinosa realidad de la II Guerra Mundial. Cuando son infectados, son ascendidos a “inyectadores”, siendo su instrumental laboral un microscopio y unas pinzas con las que inoculan sangre vacunada en los piojos, mostrado en detalle por una cámara que hiperamplía la imagen. Este es un buen ejemplo tanto de la estética  de Zulawski, anclada en la antipatía a menudo inconexa e impactante, como de su visión del simbolismo. En este caso se permite la asimilación de los piojos a las personas, que van creando la enfermedad (el nazismo aquí, pero también aplicable a la maldad de menor grado de la Polonia soviética contemporánea al rodaje) guiadas por algún orden psicopático-político al que siguen ciegamente, y una vez infectada la sociedad… aquí se acaba la coherencia de la interpretación y hay que cortar, falla como falla tantas otras veces, por ilógica o porque todo ocurre demasiado rápido en el cine irracional de Zulawski. Otra interpretación: de nuevo los piojos contagian el Mal y su acumulación va generando un gran Mal; pero como el objetivo es encontrar la vacuna, lo que se estaría sugiriendo es que hay que llegar al límite de la miseria política, moral y social para poder enfrentarla con efectividad. Sólo cuando el Mal fuera un bloque se podría erradicar por completo, la fuerza real del Bien sólo podría surgir cuando el Mal domina. Pero es un acercamiento demasiado optimista para proceder del diablo. Zulawski es el vocero de Satanás («Me importa una mierda el público», es la consigna del director en los comentarios del DVD de Posesión) y su jefe, que sabe reconocer una buena sensibilidad estética cuando la tiene delante, le ha encargado que apunte el microscopio a los seres del divino mejor mundo de los posibles, y luego les hace llegar los resultados con un eMule interdimensional, enseñando a los seres predilectos de Dios que no son más que microbios que intentan sobrevivir en un universo que bien podría estar regido por las leyes de la física cuántica y no por aquellas que toman por válidas. Las criaturas que centran el discurso tienen un nivel mítico, pero no tanto por unas habilidades heroicas inexistentes sino porque parecen cargar sobre sus hombros con todas las miserias y todos los dolores de los demás microbios humanos. Un sacrificio que en el universo de Dios sería épico y glorioso, pero que en el de Satanás, que es donde se realiza el montaje de las películas de Zulawski, es inútil y vacío. No lleva a ninguna parte, y cuando se acaban las películas los personajes de épico dolor se abandonan a su suerte/muerte, y se va a por los siguientes en una repetición cíclica del horror y del sinsentido de la que no hay salida. El Mal a nivel macro, social y moral, se forma por la acumulación de pequeños Males a nivel micro, individual y ético. Y en los dos campos de batalla, advierte el ángel caído mientras nos hace gozar de la estética hostil de Zulawski, la guerra está perdida. Corre, corre y grita, es todo lo que puedes hacer.