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EL FUSTE TORCIDO DE LA HUMANIDAD (Libros que cambiaron el mundo, 1)

[De la serie Libros que cambiaron el mundo]

La única disciplina humanística o social de la que me considero 100% acólito es la Historia de las ideas. Creo que sus explicaciones son las más completas y profundas sobre la realidad experimentada, sin los reduccionismos de la psicología o la sociología, sin la excesiva distancia en la que a veces cae la disciplina reina, la filosofía. Los profesores de los que más he aprendido son seguidores de esta corriente, algunos incluso brillantes practicantes. Y creo que los libros de divulgación de Historia de las ideas podrían ser los más eficaces para explicar la cultura en los institutos, incluso los más interesantes y reveladores para los alumnos. Su problema es que no se pueden adscribir a una sola disciplina, picotean de todas, y por eso no tienen cabida en un sistema educativo tan compartimentado como el español. Yo mismo he llegado a ellos de forma a menudo oblicua, y eso que he estudiado la carrera de Humanidades. En todo caso, tendrían que ser las lecturas más habituales para cualquier adulto que quiera saber qué es una sociedad para sus habitantes y qué les lleva a pensarla (y actuarla) de una forma y no de otra. También como cura contra los reduccionismos con los que se explica todo hoy: reduccionismos psicologicistas, economicistas, sociologicistas, hasta filosoficistas. Y, además, porque la (buena) Historia de las ideas adopta y aporta una perspectiva humana, imperfecta pero esforzada, intelectual a la vez que empática.

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Uno de los grandes maestros de la Historia de las ideas fue Isaiah Berlin. No voy a entrar en sus propuestas propias, la más célebre la de la libertad positiva y negativa. Sin embargo, su análisis e interpretación de las ideas de la Modernidad es revelador. Tan revelador que puede afectar de manera decisiva a un espíritu sensible como el mío, que tiene el difícil papel de ser español y, a la vez, desea secretamente la moderación política.

El fuste torcido de la humanidad recoge varios ensayos de Berlin, todos geniales y de lectura obligatoria (pido perdón por enlazar a un texto de FAES, y encima de un franquista y exministro del PP, pero es que es un artículo bastante decente). Entre ellos, los que vienen a cuento aquí son los que dan vueltas sobre la idea de la utopía. El título del libro sigue una frase de Kant, según la cual no puede salir nada perfecto del material imperfecto que es la humanidad. Así que mejor no insistir. Berlin se dedica a hundir la aspiración utópica con implacable moderación, mostrándola como algo nefasto para la historia humana. Se puede tolerar en tanto ideal que es él mismo consciente de ser ideal, el también kantiano “como si”. Pero tomarse el utopismo en serio es un gran desastre humano, porque está destinado a no cumplirse y, mucho peor, por el camino se llevará a todo lo que no encaje en su visión y su objetivo.

En mi interpretación y mi recuerdo, Berlin se refería en el fondo a Hegel y a Marx, por su organización del mundo en perfectos absolutos. Absolutos solo interrumpidos por grandes choques históricos que, sabemos hoy, consisten en la muerte de cientos, miles o millones de individuos humanos. Además, los utopistas modernos no se contentan con la mera reflexión, sino que aspiran a hacer realidad su visión. Más que aspirar a ello, la aceptan como un destino ineludible, y por eso terminan justificando los asesinatos, las guerras y los genocidios. Yo detesté a Hegel cuando empecé a estudiarlo, me ponía físicamente enfermo su justificación la miseria y el poder; pero, con el tiempo, fui aceptando que culturalmente soy hegeliano, con mezcla nietzscheana, la misma receta en la cabeza de la mayoría de los occidentales modernos. En cuanto a Marx, es evidente que tenía razón en casi todo lo que escribió y es justo seguir explicando buena parte de nuestro mundo en términos marxistas, pero el pequeño porcentaje de (en mi opinión) errores en su propuesta es demasiado importante como para hacer la vista gorda.

Otro ensayo espectacular de este libro es el dedicado a Joseph de Maistre, último defensor, en términos de gran pensador, del Antiguo Régimen. En el contexto de El fuste torcido de la humanidad, la exhibición de Maistre funciona como prueba fehaciente de que, por mucho que estés convencido de que tienes la razón (la izquierda…), siempre habrá al menos una minoría que pensará lo contrario y no podrás lograr ¡de ninguna de las maneras! que cambie de idea. Por eso, cualquier acción social tiene que tener en cuenta que habrá un número importante de personas que no la va a aceptar, y hay que valorar su esperada reacción a la hora de planificar lo que se quiere hacer, para que los resultados no sean peores que el statu quo que se intenta mejorar. En España se ve bien claro, con una derecha perro de presa que preferiría destruir el país (ya lo ha hecho en más de una ocasión) antes que permitir un auténtico gobierno de izquierdas. Y esto tiene que tenerlo en cuenta la acción política de izquierdas, en el sentido de que no puede perder de vista que es posible que sea mejor hacer algunos cambios poco a poco, en lugar de cambiar algo de golpe, provocando una reacción traumática e irracional en una parte irreductible de la sociedad. Es decir, mejor la reforma hacia un objetivo final que la reforma cumpliendo un objetivo final para, en el camino, enfrentar de manera encarnizada a las distintas partes de una sociedad que, de otra manera, más o menos conviven en paz. Parece que me desvío, pero es que exactamente a hacer cada día este tipo de reflexiones me llevó el libro de Isaiah Berlin.

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Aunque nunca fui un utópico ingenuo, siempre sentí simpatía por los intentos totalizadores de explicar y mejorar el mundo, tal vez por mi amor por la ciencia-ficción. Sin embargo, Berlin me obligó a aceptar, como una Verdad Fundamental y sin dejarme la posibilidad de pensar otra cosa, que el ser humano es un ente aporético y, por extensión, sus sociedades también lo son y lo serán siempre. Pensar lo contrario es aplaudir a medio o largo plazo la imposición y la muerte. La humanidad es una acumulación de aporías y las sociedades un intento de mantenerlas bajo control, con un mínimo de armonía. Las aspiraciones utópicas activas o los desequilibrios y abusos terminan por desestabilizar los mínimos de armonía, y el resultado suele ser que la nueva situación termina siendo mucho peor que la previa. Por supuesto, el asunto es muy complejo y ni siquiera pretendo esbozarlo. Mi propia posición tiene bastantes matices. Pero mi intención con esta serie de textos es poner cara y ojos a una idea general que me ronda por la cabeza durante años, cada día, como consecuencia de haber leído un libro concreto. Un campo de cosmovisión y un horizonte general hacia el que se dirige o contempla. En este caso, el de evitar el caos total, el odio desatado y las masacres, la Guerra, entre las personas de una sociedad. Si esto es defender el pensamiento débil, apúntenme como un anémico crónico incurable.

La principal consecuencia que tuvo todo esto en mí es que me convirtió en un estoico. Desde entonces, cada día peleo conmigo mismo para compatibilizar ese estoicismo (a veces escepticismo, nunca nunca cinismo) con la lucha contra la injusticia, sobre todo a partir de algún principio ético básico, como el camusiano de la no-justificación de la muerte y el dolor por encima de todo, o el adorniano “que Auschwitz no se repita”. Siempre fui un heterodoxo pero, por culpa de Berlin, ya no puedo siquiera soñar con la posibilidad de unirme a un grupo establecido y que tenga las cosas lo suficientemente claras como para hacer algo (un partido político, un país), o adscribirme a una escuela de pensamiento, o a una corriente de gusto estético, etc. No digo que no tengan su función, pero no pueden contar conmigo más que para la discusión, nunca para la conclusión. De estas ideas de Berlin se deriva, así, una posición de cierto relativismo, pero ese es un problema al que nos enfrentamos todos y para el que aún no he encontrado un libro que me ayude.

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Libros que cambiaron el mundo (0)

Un libro es capaz de trastocar el orden de las cosas dentro de la cabeza humana, a condición, claro, de que haya alguna cosa en ella antes de empezar la lectura. (Vacío perfecto, Stanislaw Lem)

Voy a dedicar las próximas entradas a hablar de algunos libros que cambiaron el mundo. Decir “el” mundo es, a la vez que un truco publicitario, un nuevo ejercicio de solipsismo desaforado, porque “el” mundo va a ser sinónimo de “mi” mundo. Me niego a ejercer del analista de big data que podría haber sido, del estudioso de la cultura occidental o global que un día fui, del psicohistoriador asimoviano con el que soñaba en convertirme. Lo que veo, lo que tengo, lo que hay es lo que soy. No puedo desplegar un ala que cubra el mundo y, después, estudiar cuadrante a cuadrante la sombra que queda debajo para, al final, levantar el ala y buscar en el conjunto lo que he visto en las partes.

Sí puedo hacer eso mismo con mi vida. O, más bien, con mi vida lectora y sus implicaciones intelectuales, morales. Puedo cerrar los ojos y elaborar una rápida lista mental de títulos de libros que han cambiado mi forma de ver, pensar, estar en el mundo, cada uno de ellos asociado a una idea central para mí. Si nadie me habla mientras cierro los ojos, bajo mis párpados se suceden a gran velocidad los nombres de esas obras, impresos en neones y acompañados por miodesopsias (el gran símbolo del solipsismos) que practican su baile epiléptico al son de una música arrolladora. Pues sí, visualizo las lecturas que me marcaron como si fueran los créditos de Enter the Void. A la inversa que en la película,  investigarse a uno mismo no es entrar en el vacío, sino admitir que se está lleno, aunque eso implique que se estuvo vacío una vez.

¿Qué significa que un libro cambie el mundo, tu mundo? Significa que algo que lees coge tu cabeza con una garra de cuero, penetra en tu nuca para pulsar un interruptor que, tal vez, ni siquiera sabías que tenías. Al cambiar de off a on, o subir o bajar el volumen o el contraste de manera espectacular, produce un cambio radical en una parte fundamental de la relación propia con el mundo. No cambia tu mundo al completo, eso solo puede hacerlo la muerte. El mundo, la vida de cada uno, se sostiene sobre una serie de diferentes pilares más o menos estables, relacionados o no entre sí de manera probablemente incoherente, unas certezas aceptadas (de manera provisional o dogmática) para poder seguir adelante. Son unos principios intelectuales y morales generales, a partir de los cuales se prejuzgan, interpretan y desarrollan las interacciones con uno mismo y con lo que hay alrededor. Según lo que uno entiende, actúa o deja de actuar de una manera o de otra. Por esto último es tan importante la idiosincrasia individual, porque de ella depende qué será e irá siendo la vida de cada uno, como se enfrentará, hundirá o superará las limitaciones o ventajas materiales del contexto en el que le toca vivir. El orteguiano “yo soy yo y mi circunstancia”, pero incluyendo los libros leídos como parte importante tanto del yo como de la circunstancia, además de como nexo de unión y correa de transmisión entre ambos.

A veces, pocas, se lee algo que habla directamente, y dice algo que uno no sabía, acerca de uno de los pilares que construyen la idiosincrasia del mundo propio. Y, a veces, menos aún, eso que el libro dice provoca un cambio decisivo sobre la forma en la que uno entiende ese importante principio en su vida. Otras veces ni siquiera es un cambio, sino una iluminación, una explicación clara de algo que ya se sospechaba pero que, por primera vez, se lee de manera clara y sin duda. Y que se entenderá de forma clara y distinta cada vez que se piense en ello en los años por venir. Sí, una página puede afectar el curso de la existencia de un ser humano. Primero abre los ojos para, en el futuro, aparecer debajo de ellos cada vez que los párpados se caen. Son algunas de las miodesopsias que se van acumulando en el humor vítreo, siendo el humor vítreo una bonita forma de llamar a lo que se va convirtiendo una persona con el paso del tiempo. En definitiva, la revelación que salta desde un libro para cambiar la vida puede ser un choque sobre un pilar intelectual-moral personal, o una limpieza de sus aristas para dejar al descubierto la enunciación que ocultaba la piedra imperfecta. O, en ocasiones más que especiales, un terremoto que rotura el suelo, abriendo una grieta de la que emerge un nuevo pilar, mojado y deseable como un recién nacido.

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Eso que se lee y cambia el mundo digo que es un libro, pero solo lo llamo así para hacer más manejable la experiencia. En realidad, suele ser más bien una idea que circula entre las páginas de un libro concreto y lo anima, y que puede o no explicitarse en algún que otro momento pero que, en todo caso, explica todo lo demás. Y no solo en el libro. También puede ser una sola frase que resuena a gritos y con reverb modo catedral en la mente del lector, provocándole un espasmo eléctrico que deriva en taquicardia. El efecto puede ser súbito como un martillo, pero también diferido, como les gusta a los profesores de filosofía, con la cita o la idea particular haciéndose hueco en la mente del lector a lo largo de un tiempo hasta que revela su poder, como el espermatozoide triunfador que no cesa hasta haber metido el último átomo de su cola y lo va cambiando todo durante semanas, luego meses y finalmente todos los años por venir. En cualquiera de los dos casos, lo que se lee ya no se olvida. Más aún: se piensa en ello y se recuerda prácticamente cada día del resto de la vida. ¡Cada día! Lo digo de manera literal. De lunes a domigo, cuando vivía en Alicante o en Madrid, cuando vivo en China. A veces pasa por la mañana, a veces por la noche, a veces comprando pescado vivo en el mercado, a veces viendo las noticias o una película, a veces pensando en el pasado o en la estructura que quiero dar a mis próximos meses o años. Eso es que un libro cambie el mundo, tu mundo.

En esta serie de entradas sobre libros que cambiaron mi mundo, no voy a necesitar por tanto un gran esfuerzo de memoria. Porque voy a hablar de libros que contienen ideas que me acompañan allá donde voy, que empapan de distintas maneras todas mis relaciones con el mundo. Es un ejercicio muy personal, por eso no va a consistir en comentarios académicos, análisis intelectualizados o estéticos, ni intentos de establecer un canon. No tengo que analizar ni pensar nada, porque lo tengo todo dentro ya. No hace falta hacer una selección, solo dejar constancia de algo que ya existe y que es mi sombra. Por todo eso, no son necesariamente títulos de los que estar orgulloso, aunque tampoco placeres culpables. Ni recomendaciones ni reivindicaciones. Son lo que son: libros que contienen alguna idea que, en su momento, abrió o explicitó para mí una manera nueva y radical de comprender el mundo y cuyos efectos, por mucho que haya matizado con incontables viviencias y lecturas posteriores, se mantienen frescos en mí en su forma originaria.

Son libros que cambiaron el mundo. Y el mundo sigue gracias a ellos, mi mundo sigue porque sé que hay más, esperándome en las próximas décadas. Sin ellos, no sé.

Así leo yo

Jot Down no es una revista online tan buena como sugiere su reputación. Por ejemplo, los artículos de cine son poco más que una disimulada actualización posmoderna de Boyero y Garci, presos de diarrea verbal; otra oportunidad perdida para difundir visiones alternativas del cine en un medio mayoritario. Sin embargo, con cierta frecuencia publican cosas que en cualquier dominical de la CT parecerían obras maestras, aunque solo por comparación.

Por ejemplo, el muy irregular Cristian Campos ha escrito este simpático artículo, «Las andaluzas pityfucker y el negro que barre». En una de sus partes, enumera algunos de sus hábitos de lectura, convencido de que cómo lee o escribe uno es un espejo del alma. Discrepo. Para mí, la elección de lo que se lee o lo que se hace con ello después de leído sí podría decir algo de lo que alguien es, pero las manías y obsesiones de tipo práctico, del tipo que se sacan a pasear en el artículo, suelen estar condicionadas por el contexto de posibilidad mucho más que por la personalidad. Sea como sea, es un ejercicio que a mí me gustaría leer de mucha gente, porque conocer los hábitos de consumo cultural de mis amigos, conocidos y leídos es mi prensa rosa particular, y no me resisto a hacerlo mío también. Por eso, voy a seguir la estructura de este “Así leo yo” de Cristian Campos para mostrar (y descubrir) cómo leo yo. Un texto más largo pero más ligero de lo habitual y que hace el número 200 de este blog.

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1. Suelo tener cuatro o cinco libros en la mesita de noche: una antología de poesía, bien gorda a ser posible, para ir absorbiéndola durante años; otro monográfico de un poeta concreto, que dura semanas o meses; el que esté leyendo en ese momento; el que me acabe de comprar y quiera tenerlo cerca metiéndome presión, pero que no está más que en un purgatorio porque, de manera casi irremediable, termina pasando a formar parte de The Pila.

2. En mi etapa académica fui alejándome de la ficción y terminé pasando el día entre monografías, tratados o libros de referencia. La religión de la distancia crítica. Las novelas y los relatos me llegaron a parecer cosas falsas o inútiles o, como mucho, material para la reflexión. Por suerte, con el fin de la universidad, la ficción (mucha antología de relatos, alguna novela no muy gorda) restauró su poder sobre mí y anuló la objetividad del analista. Ahora mantengo un equilibrio sano entre ficción y no ficción y todos sus cruces bastardos. También leo poesía, siempre en voz alta y muy, muy lentamente; el teatro lo leo en voz alta y muy, muy rápido.

3. Ni de broma leo todos los libros que compro. Si no caen en las primeras semanas, tienden a integrarse en una The Pila que empezó a formarse a finales de los 90. Eso sí, soy de buena familia y los leo siempre en orden, desde el índice hasta los datos de la imprenta.

4. Acabo prácticamente todos los libros que empiezo con intención de leerlos enteros. Sé que cuando sea más mayor y sea consciente de que mi tiempo no es infinito seré valiente y podré abandonar a la mitad los que no me funcionan. Pero, hasta entonces, seguiré siendo un cobarde. O un perseverante, que casualmente en este caso es lo mismo.

5. Me encantan las introducciones y los prólogos. De hecho, a veces es lo único que leo de los libros más académicos, sobre todo si he sacado una decena de la biblioteca en un arrebato. Una de las cosas que más echo de menos de España son las ediciones de clásicos de Cátedra, por sus maravillosas introducciones, donde los spoilers se toleran por estar entre agudos apuntes críticos. Sin ellas, nunca habría apreciado ni la mitad de lo que tienen, por ejemplo, los libros de Flaubert o Tolstoi. Los epílogos, aunque suelen ser innecesarios, también me caen bien, porque son un breve descanso después del largo trabajo, una especie de premio por haber llegado hasta allí.

6. Suelo subrayar, poner título a ciertos bloques de sentido en los libros académicos, poner flechas y exclamaciones en los pasajes cambia-vidas, llenar los márgenes con notas de todo tipo (reescribiendo de forma clara algo que he sudado para entender, dejando para la posteridad una idea “brillante” sugerida por el texto…). Luego nunca sé qué hacer con todo eso, y una de las constantes de mi vida lectora es preguntarme cómo y para qué subrayar y anotar, si sirve de algo o estropea la experiencia. El Kindle me ha ayudado a mejorar esto, porque al menos suelo releer las partes subrayadas cuando devuelvo el ebook al ordenador.

7. El patrón de ordenación de mis libros en casa suele cambiar cada 4 o 5 años, pero en general tengo dos. Uno, organizados entre ficción y ensayo, con subtramas dentro de cada uno de los dos grupos: novela, relato, teatro, poesía, antología…; tema o disciplina en la no ficción… Las fronteras son difusas y la memoria flaquea, así que ahora está vigente mi segundo patrón (dos), que es simplemente ponerlo todo seguido, en orden alfabético por el apellido del autor, con las antologías y obras grupales al final.

8. El libro físico lo suelo leer en gran parte en español, pero en libro digital tengo que tirar de lo que hay o intento aprovechar la oferta mundial y, de hecho y por ambas razones, la mayoría de mis lecturas en los dos últimos años han sido en inglés. El español es La Lengua, nunca disfruto tanto un libro como cuando es un original en español (¡Galdós!). El inglés lo leo más con el piloto automático puesto, pierdo el giro de la floritura pero eso me permite fijarme y entender mejor el contenido. También cae un par de veces al año algo en catalán, por ser la lengua original o porque no lo he encontrado en otro idioma, y me hace sentir como en casa, cuando veía Bola de drac de pequeño. Y alguna vez me he animado con libros en francés y en italiano para trabajos académicos.

9. Nunca compro libros por la portada. De hecho, yo creo que alguna vez he dejado de comprar alguno que quería porque me daba vergüenza pagar por una portada aberrante, y termino buscando una edición vieja mexicana o argentina por Iberlibro.

10. Casi nunca descarto un libro que ya esté dispuesto a empezar a leer. Si voy a por uno, es porque el tema del libro me interesa mucho, o porque es algo que debo, necesito leer. Siempre hay equivocaciones, claro, pero el masoquismo suele cumplir su labor y me obliga a terminar de leerlo como sacrificio para salvar al resto de la humanidad.

11. Salvo en casos o detalles en los que hay relación con la vida real del autor, nunca pienso en el escritor como una persona real. Pienso, disfruto y analizo mucho la obra de un autor poniéndola en relación con todo lo que he leído de o sobre ese autor, pero el conjunto de una obra es como un ente con vida propia, un microcosmos que da la casualidad de que tiene firma humana.

12. Disfruto mucho leyendo la ficción (y hasta el ensayo) de forma directa, algo que me pasa igual con el cine. De ahí mi obsesión con el terror. Por eso, si el género, el autor o la historia me ha caído en gracia, le perdono todo y lucho por dejarme llevar por las emociones que pretenda sacarme. Es difícil a veces.

13. Soy extremadamente paciente con los libros y, salvo cuando gentes como Derrida o Nancy o Lyotard o Deleuze se ponen a echar todo lo que les sale y como salga, no me importa no entender nada. Si sospecho (o si la tradición en la que confío me dice) que hay algo ahí y que merece la pena, peleo y peleo hasta que lo saco. Siempre defenderé la claridad, pero puede haber una gran honestidad en el horror vacui y la confusión. El truco está en aprender a detectar cuándo no hay nada detrás del torrente y el escorzo, para ahorrarse el esfuerzo.

14. Las pretensiones pueden llevar un libro al más absoluto sublime, si quien las pone en práctica está a la altura, o al ridículo más vergonzante, en la inmensa mayoría de los casos. El primero me hace sentirme humano y vivo. El segundo está omnipresente en lo que cualquiera lee en el día a día de internet o los medios, lo que me empuja hacia el precipicio del cinismo.

15. Salvo cuando la escritura es clara y transparente, suelo tener problemas para entender a la primera y por completo lo que leo. Esto viene por defectos de fábrica personales, que me dificultan la concentración, pero se ha visto agravado por culpa de internet. De todas formas, es posible combatirlo: leyendo sin parar, día tras día, varias horas al día, para coger el ritmo y meterse en el mundo de lo escrito. La parte negativa (o no) es que, al mismo tiempo que mejora la capacidad de comprender con facilidad lo escrito, uno tiende a alejarse del mundo exterior.

16. Recuerdo lo que leo, pero a mi manera. No tanto porque la memoria se me debilite con el tiempo, sino sobre todo porque desde el primer momento interpreto lo leído un poco a mi manera, y los resultados de esa percepción se hacen aún más personales con el paso del tiempo. Eso sí, apenas puedo citar, aunque sí sé dónde encontrar las citas que busco. Por otro lado, uno de mis objetivos vitales es memorizar muchos poemas para impresionar a la gente. Hasta ahora solo he podido memorizar el del pirata de Espronceda y uno de cuatro versos de Alejandra Pizarnik.

17. Me acuerdo de los títulos y autores de los libros de ficción, aunque de los libros de no ficción (sobre todo académicos) casi nunca, porque es más bien irrelevante. Cuando era joven y soñador, mi cabeza era una especie de enciclopedia de todo lo que había leído, quería leer o nunca leería pero sabía de su existencia. Sin embargo, desde hace cosa de dos o tres años, el exceso de información se cobra su peaje y empiezo a olvidar y a confundir bastantes datos. Esto me inquieta porque nunca antes me había pasado, y ahora incluso he llegado a ver películas (o empezado a ver) que no sabía que había visto ya. Mi huida hacia delante consiste de momento en leer muchos clásicos, que son un número manejable y cuyos datos nunca se pueden olvidar.

18. El diseño de las portadas me suele dar igual, solo recuerdo con claridad los que son muy feos. Los de Alianza con fotos de objetos de atrezzo, por ejemplo. Eso sí que es literatura de terror hecha cuerpo en el mismo soporte físico del libro.

19. Yo no tengo ningún tipo de superstición, aunque sí trato a los libros como algo sagrado. Respeto cada uno de los libros sobre la Tierra como un texto revelado, religioso. Otra cosa es que me convenzan para profesarlos, pero la mística del lenguaje literario o científico es una creencia irracional que domina mi vida cada vez más fuerza.

20. Por mucho que el olor del papel sea una punzada en el cerebro reptiliano, más ahora que el exilio solo me lleva a libros físicos cada bastante tiempo, no soy nada fetichista. Por eso, no me importa deshacerme de libros. Si alguno vuela es por una buena razón. Por un lado, tengo una pila de libros que quiero vender o regalar a una tienda de segunda mano, pero nunca se completa la operación y no me atrevo a tirarlos a la basura (y eso que al menos dos o tres de ese grupo los encontré originalmente junto a algún contenedor). Por otro, alguna vez, también tengo algún libro que necesito regalárselo a alguien en concreto, impelido por el demonio familiar que lo habita y que me dice que el cuerpo de ese alguien será un mejor hogar que el mío para su espíritu.

EPÍLOGO: Y esto ha sido una estampa de algunas de mis relaciones con los libros, siguiendo una estructura predefinida por un señor que a veces escribe cosas bien y a veces cosas mal. Mis categorías habrían sido otras, pero prefiero invertir en leer el tiempo que me llevaría elaborarlas.