EL FUSTE TORCIDO DE LA HUMANIDAD (Libros que cambiaron el mundo, 1)

[De la serie Libros que cambiaron el mundo]

La única disciplina humanística o social de la que me considero 100% acólito es la Historia de las ideas. Creo que sus explicaciones son las más completas y profundas sobre la realidad experimentada, sin los reduccionismos de la psicología o la sociología, sin la excesiva distancia en la que a veces cae la disciplina reina, la filosofía. Los profesores de los que más he aprendido son seguidores de esta corriente, algunos incluso brillantes practicantes. Y creo que los libros de divulgación de Historia de las ideas podrían ser los más eficaces para explicar la cultura en los institutos, incluso los más interesantes y reveladores para los alumnos. Su problema es que no se pueden adscribir a una sola disciplina, picotean de todas, y por eso no tienen cabida en un sistema educativo tan compartimentado como el español. Yo mismo he llegado a ellos de forma a menudo oblicua, y eso que he estudiado la carrera de Humanidades. En todo caso, tendrían que ser las lecturas más habituales para cualquier adulto que quiera saber qué es una sociedad para sus habitantes y qué les lleva a pensarla (y actuarla) de una forma y no de otra. También como cura contra los reduccionismos con los que se explica todo hoy: reduccionismos psicologicistas, economicistas, sociologicistas, hasta filosoficistas. Y, además, porque la (buena) Historia de las ideas adopta y aporta una perspectiva humana, imperfecta pero esforzada, intelectual a la vez que empática.

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Uno de los grandes maestros de la Historia de las ideas fue Isaiah Berlin. No voy a entrar en sus propuestas propias, la más célebre la de la libertad positiva y negativa. Sin embargo, su análisis e interpretación de las ideas de la Modernidad es revelador. Tan revelador que puede afectar de manera decisiva a un espíritu sensible como el mío, que tiene el difícil papel de ser español y, a la vez, desea secretamente la moderación política.

El fuste torcido de la humanidad recoge varios ensayos de Berlin, todos geniales y de lectura obligatoria (pido perdón por enlazar a un texto de FAES, y encima de un franquista y exministro del PP, pero es que es un artículo bastante decente). Entre ellos, los que vienen a cuento aquí son los que dan vueltas sobre la idea de la utopía. El título del libro sigue una frase de Kant, según la cual no puede salir nada perfecto del material imperfecto que es la humanidad. Así que mejor no insistir. Berlin se dedica a hundir la aspiración utópica con implacable moderación, mostrándola como algo nefasto para la historia humana. Se puede tolerar en tanto ideal que es él mismo consciente de ser ideal, el también kantiano “como si”. Pero tomarse el utopismo en serio es un gran desastre humano, porque está destinado a no cumplirse y, mucho peor, por el camino se llevará a todo lo que no encaje en su visión y su objetivo.

En mi interpretación y mi recuerdo, Berlin se refería en el fondo a Hegel y a Marx, por su organización del mundo en perfectos absolutos. Absolutos solo interrumpidos por grandes choques históricos que, sabemos hoy, consisten en la muerte de cientos, miles o millones de individuos humanos. Además, los utopistas modernos no se contentan con la mera reflexión, sino que aspiran a hacer realidad su visión. Más que aspirar a ello, la aceptan como un destino ineludible, y por eso terminan justificando los asesinatos, las guerras y los genocidios. Yo detesté a Hegel cuando empecé a estudiarlo, me ponía físicamente enfermo su justificación la miseria y el poder; pero, con el tiempo, fui aceptando que culturalmente soy hegeliano, con mezcla nietzscheana, la misma receta en la cabeza de la mayoría de los occidentales modernos. En cuanto a Marx, es evidente que tenía razón en casi todo lo que escribió y es justo seguir explicando buena parte de nuestro mundo en términos marxistas, pero el pequeño porcentaje de (en mi opinión) errores en su propuesta es demasiado importante como para hacer la vista gorda.

Otro ensayo espectacular de este libro es el dedicado a Joseph de Maistre, último defensor, en términos de gran pensador, del Antiguo Régimen. En el contexto de El fuste torcido de la humanidad, la exhibición de Maistre funciona como prueba fehaciente de que, por mucho que estés convencido de que tienes la razón (la izquierda…), siempre habrá al menos una minoría que pensará lo contrario y no podrás lograr ¡de ninguna de las maneras! que cambie de idea. Por eso, cualquier acción social tiene que tener en cuenta que habrá un número importante de personas que no la va a aceptar, y hay que valorar su esperada reacción a la hora de planificar lo que se quiere hacer, para que los resultados no sean peores que el statu quo que se intenta mejorar. En España se ve bien claro, con una derecha perro de presa que preferiría destruir el país (ya lo ha hecho en más de una ocasión) antes que permitir un auténtico gobierno de izquierdas. Y esto tiene que tenerlo en cuenta la acción política de izquierdas, en el sentido de que no puede perder de vista que es posible que sea mejor hacer algunos cambios poco a poco, en lugar de cambiar algo de golpe, provocando una reacción traumática e irracional en una parte irreductible de la sociedad. Es decir, mejor la reforma hacia un objetivo final que la reforma cumpliendo un objetivo final para, en el camino, enfrentar de manera encarnizada a las distintas partes de una sociedad que, de otra manera, más o menos conviven en paz. Parece que me desvío, pero es que exactamente a hacer cada día este tipo de reflexiones me llevó el libro de Isaiah Berlin.

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Aunque nunca fui un utópico ingenuo, siempre sentí simpatía por los intentos totalizadores de explicar y mejorar el mundo, tal vez por mi amor por la ciencia-ficción. Sin embargo, Berlin me obligó a aceptar, como una Verdad Fundamental y sin dejarme la posibilidad de pensar otra cosa, que el ser humano es un ente aporético y, por extensión, sus sociedades también lo son y lo serán siempre. Pensar lo contrario es aplaudir a medio o largo plazo la imposición y la muerte. La humanidad es una acumulación de aporías y las sociedades un intento de mantenerlas bajo control, con un mínimo de armonía. Las aspiraciones utópicas activas o los desequilibrios y abusos terminan por desestabilizar los mínimos de armonía, y el resultado suele ser que la nueva situación termina siendo mucho peor que la previa. Por supuesto, el asunto es muy complejo y ni siquiera pretendo esbozarlo. Mi propia posición tiene bastantes matices. Pero mi intención con esta serie de textos es poner cara y ojos a una idea general que me ronda por la cabeza durante años, cada día, como consecuencia de haber leído un libro concreto. Un campo de cosmovisión y un horizonte general hacia el que se dirige o contempla. En este caso, el de evitar el caos total, el odio desatado y las masacres, la Guerra, entre las personas de una sociedad. Si esto es defender el pensamiento débil, apúntenme como un anémico crónico incurable.

La principal consecuencia que tuvo todo esto en mí es que me convirtió en un estoico. Desde entonces, cada día peleo conmigo mismo para compatibilizar ese estoicismo (a veces escepticismo, nunca nunca cinismo) con la lucha contra la injusticia, sobre todo a partir de algún principio ético básico, como el camusiano de la no-justificación de la muerte y el dolor por encima de todo, o el adorniano “que Auschwitz no se repita”. Siempre fui un heterodoxo pero, por culpa de Berlin, ya no puedo siquiera soñar con la posibilidad de unirme a un grupo establecido y que tenga las cosas lo suficientemente claras como para hacer algo (un partido político, un país), o adscribirme a una escuela de pensamiento, o a una corriente de gusto estético, etc. No digo que no tengan su función, pero no pueden contar conmigo más que para la discusión, nunca para la conclusión. De estas ideas de Berlin se deriva, así, una posición de cierto relativismo, pero ese es un problema al que nos enfrentamos todos y para el que aún no he encontrado un libro que me ayude.

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Libros que cambiaron el mundo (0)

Un libro es capaz de trastocar el orden de las cosas dentro de la cabeza humana, a condición, claro, de que haya alguna cosa en ella antes de empezar la lectura. (Vacío perfecto, Stanislaw Lem)

Voy a dedicar las próximas entradas a hablar de algunos libros que cambiaron el mundo. Decir “el” mundo es, a la vez que un truco publicitario, un nuevo ejercicio de solipsismo desaforado, porque “el” mundo va a ser sinónimo de “mi” mundo. Me niego a ejercer del analista de big data que podría haber sido, del estudioso de la cultura occidental o global que un día fui, del psicohistoriador asimoviano con el que soñaba en convertirme. Lo que veo, lo que tengo, lo que hay es lo que soy. No puedo desplegar un ala que cubra el mundo y, después, estudiar cuadrante a cuadrante la sombra que queda debajo para, al final, levantar el ala y buscar en el conjunto lo que he visto en las partes.

Sí puedo hacer eso mismo con mi vida. O, más bien, con mi vida lectora y sus implicaciones intelectuales, morales. Puedo cerrar los ojos y elaborar una rápida lista mental de títulos de libros que han cambiado mi forma de ver, pensar, estar en el mundo, cada uno de ellos asociado a una idea central para mí. Si nadie me habla mientras cierro los ojos, bajo mis párpados se suceden a gran velocidad los nombres de esas obras, impresos en neones y acompañados por miodesopsias (el gran símbolo del solipsismos) que practican su baile epiléptico al son de una música arrolladora. Pues sí, visualizo las lecturas que me marcaron como si fueran los créditos de Enter the Void. A la inversa que en la película,  investigarse a uno mismo no es entrar en el vacío, sino admitir que se está lleno, aunque eso implique que se estuvo vacío una vez.

¿Qué significa que un libro cambie el mundo, tu mundo? Significa que algo que lees coge tu cabeza con una garra de cuero, penetra en tu nuca para pulsar un interruptor que, tal vez, ni siquiera sabías que tenías. Al cambiar de off a on, o subir o bajar el volumen o el contraste de manera espectacular, produce un cambio radical en una parte fundamental de la relación propia con el mundo. No cambia tu mundo al completo, eso solo puede hacerlo la muerte. El mundo, la vida de cada uno, se sostiene sobre una serie de diferentes pilares más o menos estables, relacionados o no entre sí de manera probablemente incoherente, unas certezas aceptadas (de manera provisional o dogmática) para poder seguir adelante. Son unos principios intelectuales y morales generales, a partir de los cuales se prejuzgan, interpretan y desarrollan las interacciones con uno mismo y con lo que hay alrededor. Según lo que uno entiende, actúa o deja de actuar de una manera o de otra. Por esto último es tan importante la idiosincrasia individual, porque de ella depende qué será e irá siendo la vida de cada uno, como se enfrentará, hundirá o superará las limitaciones o ventajas materiales del contexto en el que le toca vivir. El orteguiano “yo soy yo y mi circunstancia”, pero incluyendo los libros leídos como parte importante tanto del yo como de la circunstancia, además de como nexo de unión y correa de transmisión entre ambos.

A veces, pocas, se lee algo que habla directamente, y dice algo que uno no sabía, acerca de uno de los pilares que construyen la idiosincrasia del mundo propio. Y, a veces, menos aún, eso que el libro dice provoca un cambio decisivo sobre la forma en la que uno entiende ese importante principio en su vida. Otras veces ni siquiera es un cambio, sino una iluminación, una explicación clara de algo que ya se sospechaba pero que, por primera vez, se lee de manera clara y sin duda. Y que se entenderá de forma clara y distinta cada vez que se piense en ello en los años por venir. Sí, una página puede afectar el curso de la existencia de un ser humano. Primero abre los ojos para, en el futuro, aparecer debajo de ellos cada vez que los párpados se caen. Son algunas de las miodesopsias que se van acumulando en el humor vítreo, siendo el humor vítreo una bonita forma de llamar a lo que se va convirtiendo una persona con el paso del tiempo. En definitiva, la revelación que salta desde un libro para cambiar la vida puede ser un choque sobre un pilar intelectual-moral personal, o una limpieza de sus aristas para dejar al descubierto la enunciación que ocultaba la piedra imperfecta. O, en ocasiones más que especiales, un terremoto que rotura el suelo, abriendo una grieta de la que emerge un nuevo pilar, mojado y deseable como un recién nacido.

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Eso que se lee y cambia el mundo digo que es un libro, pero solo lo llamo así para hacer más manejable la experiencia. En realidad, suele ser más bien una idea que circula entre las páginas de un libro concreto y lo anima, y que puede o no explicitarse en algún que otro momento pero que, en todo caso, explica todo lo demás. Y no solo en el libro. También puede ser una sola frase que resuena a gritos y con reverb modo catedral en la mente del lector, provocándole un espasmo eléctrico que deriva en taquicardia. El efecto puede ser súbito como un martillo, pero también diferido, como les gusta a los profesores de filosofía, con la cita o la idea particular haciéndose hueco en la mente del lector a lo largo de un tiempo hasta que revela su poder, como el espermatozoide triunfador que no cesa hasta haber metido el último átomo de su cola y lo va cambiando todo durante semanas, luego meses y finalmente todos los años por venir. En cualquiera de los dos casos, lo que se lee ya no se olvida. Más aún: se piensa en ello y se recuerda prácticamente cada día del resto de la vida. ¡Cada día! Lo digo de manera literal. De lunes a domigo, cuando vivía en Alicante o en Madrid, cuando vivo en China. A veces pasa por la mañana, a veces por la noche, a veces comprando pescado vivo en el mercado, a veces viendo las noticias o una película, a veces pensando en el pasado o en la estructura que quiero dar a mis próximos meses o años. Eso es que un libro cambie el mundo, tu mundo.

En esta serie de entradas sobre libros que cambiaron mi mundo, no voy a necesitar por tanto un gran esfuerzo de memoria. Porque voy a hablar de libros que contienen ideas que me acompañan allá donde voy, que empapan de distintas maneras todas mis relaciones con el mundo. Es un ejercicio muy personal, por eso no va a consistir en comentarios académicos, análisis intelectualizados o estéticos, ni intentos de establecer un canon. No tengo que analizar ni pensar nada, porque lo tengo todo dentro ya. No hace falta hacer una selección, solo dejar constancia de algo que ya existe y que es mi sombra. Por todo eso, no son necesariamente títulos de los que estar orgulloso, aunque tampoco placeres culpables. Ni recomendaciones ni reivindicaciones. Son lo que son: libros que contienen alguna idea que, en su momento, abrió o explicitó para mí una manera nueva y radical de comprender el mundo y cuyos efectos, por mucho que haya matizado con incontables viviencias y lecturas posteriores, se mantienen frescos en mí en su forma originaria.

Son libros que cambiaron el mundo. Y el mundo sigue gracias a ellos, mi mundo sigue porque sé que hay más, esperándome en las próximas décadas. Sin ellos, no sé.

Así leo yo

Jot Down no es una revista online tan buena como sugiere su reputación. Por ejemplo, los artículos de cine son poco más que una disimulada actualización posmoderna de Boyero y Garci, presos de diarrea verbal; otra oportunidad perdida para difundir visiones alternativas del cine en un medio mayoritario. Sin embargo, con cierta frecuencia publican cosas que en cualquier dominical de la CT parecerían obras maestras, aunque solo por comparación.

Por ejemplo, el muy irregular Cristian Campos ha escrito este simpático artículo, «Las andaluzas pityfucker y el negro que barre». En una de sus partes, enumera algunos de sus hábitos de lectura, convencido de que cómo lee o escribe uno es un espejo del alma. Discrepo. Para mí, la elección de lo que se lee o lo que se hace con ello después de leído sí podría decir algo de lo que alguien es, pero las manías y obsesiones de tipo práctico, del tipo que se sacan a pasear en el artículo, suelen estar condicionadas por el contexto de posibilidad mucho más que por la personalidad. Sea como sea, es un ejercicio que a mí me gustaría leer de mucha gente, porque conocer los hábitos de consumo cultural de mis amigos, conocidos y leídos es mi prensa rosa particular, y no me resisto a hacerlo mío también. Por eso, voy a seguir la estructura de este “Así leo yo” de Cristian Campos para mostrar (y descubrir) cómo leo yo. Un texto más largo pero más ligero de lo habitual y que hace el número 200 de este blog.

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1. Suelo tener cuatro o cinco libros en la mesita de noche: una antología de poesía, bien gorda a ser posible, para ir absorbiéndola durante años; otro monográfico de un poeta concreto, que dura semanas o meses; el que esté leyendo en ese momento; el que me acabe de comprar y quiera tenerlo cerca metiéndome presión, pero que no está más que en un purgatorio porque, de manera casi irremediable, termina pasando a formar parte de The Pila.

2. En mi etapa académica fui alejándome de la ficción y terminé pasando el día entre monografías, tratados o libros de referencia. La religión de la distancia crítica. Las novelas y los relatos me llegaron a parecer cosas falsas o inútiles o, como mucho, material para la reflexión. Por suerte, con el fin de la universidad, la ficción (mucha antología de relatos, alguna novela no muy gorda) restauró su poder sobre mí y anuló la objetividad del analista. Ahora mantengo un equilibrio sano entre ficción y no ficción y todos sus cruces bastardos. También leo poesía, siempre en voz alta y muy, muy lentamente; el teatro lo leo en voz alta y muy, muy rápido.

3. Ni de broma leo todos los libros que compro. Si no caen en las primeras semanas, tienden a integrarse en una The Pila que empezó a formarse a finales de los 90. Eso sí, soy de buena familia y los leo siempre en orden, desde el índice hasta los datos de la imprenta.

4. Acabo prácticamente todos los libros que empiezo con intención de leerlos enteros. Sé que cuando sea más mayor y sea consciente de que mi tiempo no es infinito seré valiente y podré abandonar a la mitad los que no me funcionan. Pero, hasta entonces, seguiré siendo un cobarde. O un perseverante, que casualmente en este caso es lo mismo.

5. Me encantan las introducciones y los prólogos. De hecho, a veces es lo único que leo de los libros más académicos, sobre todo si he sacado una decena de la biblioteca en un arrebato. Una de las cosas que más echo de menos de España son las ediciones de clásicos de Cátedra, por sus maravillosas introducciones, donde los spoilers se toleran por estar entre agudos apuntes críticos. Sin ellas, nunca habría apreciado ni la mitad de lo que tienen, por ejemplo, los libros de Flaubert o Tolstoi. Los epílogos, aunque suelen ser innecesarios, también me caen bien, porque son un breve descanso después del largo trabajo, una especie de premio por haber llegado hasta allí.

6. Suelo subrayar, poner título a ciertos bloques de sentido en los libros académicos, poner flechas y exclamaciones en los pasajes cambia-vidas, llenar los márgenes con notas de todo tipo (reescribiendo de forma clara algo que he sudado para entender, dejando para la posteridad una idea “brillante” sugerida por el texto…). Luego nunca sé qué hacer con todo eso, y una de las constantes de mi vida lectora es preguntarme cómo y para qué subrayar y anotar, si sirve de algo o estropea la experiencia. El Kindle me ha ayudado a mejorar esto, porque al menos suelo releer las partes subrayadas cuando devuelvo el ebook al ordenador.

7. El patrón de ordenación de mis libros en casa suele cambiar cada 4 o 5 años, pero en general tengo dos. Uno, organizados entre ficción y ensayo, con subtramas dentro de cada uno de los dos grupos: novela, relato, teatro, poesía, antología…; tema o disciplina en la no ficción… Las fronteras son difusas y la memoria flaquea, así que ahora está vigente mi segundo patrón (dos), que es simplemente ponerlo todo seguido, en orden alfabético por el apellido del autor, con las antologías y obras grupales al final.

8. El libro físico lo suelo leer en gran parte en español, pero en libro digital tengo que tirar de lo que hay o intento aprovechar la oferta mundial y, de hecho y por ambas razones, la mayoría de mis lecturas en los dos últimos años han sido en inglés. El español es La Lengua, nunca disfruto tanto un libro como cuando es un original en español (¡Galdós!). El inglés lo leo más con el piloto automático puesto, pierdo el giro de la floritura pero eso me permite fijarme y entender mejor el contenido. También cae un par de veces al año algo en catalán, por ser la lengua original o porque no lo he encontrado en otro idioma, y me hace sentir como en casa, cuando veía Bola de drac de pequeño. Y alguna vez me he animado con libros en francés y en italiano para trabajos académicos.

9. Nunca compro libros por la portada. De hecho, yo creo que alguna vez he dejado de comprar alguno que quería porque me daba vergüenza pagar por una portada aberrante, y termino buscando una edición vieja mexicana o argentina por Iberlibro.

10. Casi nunca descarto un libro que ya esté dispuesto a empezar a leer. Si voy a por uno, es porque el tema del libro me interesa mucho, o porque es algo que debo, necesito leer. Siempre hay equivocaciones, claro, pero el masoquismo suele cumplir su labor y me obliga a terminar de leerlo como sacrificio para salvar al resto de la humanidad.

11. Salvo en casos o detalles en los que hay relación con la vida real del autor, nunca pienso en el escritor como una persona real. Pienso, disfruto y analizo mucho la obra de un autor poniéndola en relación con todo lo que he leído de o sobre ese autor, pero el conjunto de una obra es como un ente con vida propia, un microcosmos que da la casualidad de que tiene firma humana.

12. Disfruto mucho leyendo la ficción (y hasta el ensayo) de forma directa, algo que me pasa igual con el cine. De ahí mi obsesión con el terror. Por eso, si el género, el autor o la historia me ha caído en gracia, le perdono todo y lucho por dejarme llevar por las emociones que pretenda sacarme. Es difícil a veces.

13. Soy extremadamente paciente con los libros y, salvo cuando gentes como Derrida o Nancy o Lyotard o Deleuze se ponen a echar todo lo que les sale y como salga, no me importa no entender nada. Si sospecho (o si la tradición en la que confío me dice) que hay algo ahí y que merece la pena, peleo y peleo hasta que lo saco. Siempre defenderé la claridad, pero puede haber una gran honestidad en el horror vacui y la confusión. El truco está en aprender a detectar cuándo no hay nada detrás del torrente y el escorzo, para ahorrarse el esfuerzo.

14. Las pretensiones pueden llevar un libro al más absoluto sublime, si quien las pone en práctica está a la altura, o al ridículo más vergonzante, en la inmensa mayoría de los casos. El primero me hace sentirme humano y vivo. El segundo está omnipresente en lo que cualquiera lee en el día a día de internet o los medios, lo que me empuja hacia el precipicio del cinismo.

15. Salvo cuando la escritura es clara y transparente, suelo tener problemas para entender a la primera y por completo lo que leo. Esto viene por defectos de fábrica personales, que me dificultan la concentración, pero se ha visto agravado por culpa de internet. De todas formas, es posible combatirlo: leyendo sin parar, día tras día, varias horas al día, para coger el ritmo y meterse en el mundo de lo escrito. La parte negativa (o no) es que, al mismo tiempo que mejora la capacidad de comprender con facilidad lo escrito, uno tiende a alejarse del mundo exterior.

16. Recuerdo lo que leo, pero a mi manera. No tanto porque la memoria se me debilite con el tiempo, sino sobre todo porque desde el primer momento interpreto lo leído un poco a mi manera, y los resultados de esa percepción se hacen aún más personales con el paso del tiempo. Eso sí, apenas puedo citar, aunque sí sé dónde encontrar las citas que busco. Por otro lado, uno de mis objetivos vitales es memorizar muchos poemas para impresionar a la gente. Hasta ahora solo he podido memorizar el del pirata de Espronceda y uno de cuatro versos de Alejandra Pizarnik.

17. Me acuerdo de los títulos y autores de los libros de ficción, aunque de los libros de no ficción (sobre todo académicos) casi nunca, porque es más bien irrelevante. Cuando era joven y soñador, mi cabeza era una especie de enciclopedia de todo lo que había leído, quería leer o nunca leería pero sabía de su existencia. Sin embargo, desde hace cosa de dos o tres años, el exceso de información se cobra su peaje y empiezo a olvidar y a confundir bastantes datos. Esto me inquieta porque nunca antes me había pasado, y ahora incluso he llegado a ver películas (o empezado a ver) que no sabía que había visto ya. Mi huida hacia delante consiste de momento en leer muchos clásicos, que son un número manejable y cuyos datos nunca se pueden olvidar.

18. El diseño de las portadas me suele dar igual, solo recuerdo con claridad los que son muy feos. Los de Alianza con fotos de objetos de atrezzo, por ejemplo. Eso sí que es literatura de terror hecha cuerpo en el mismo soporte físico del libro.

19. Yo no tengo ningún tipo de superstición, aunque sí trato a los libros como algo sagrado. Respeto cada uno de los libros sobre la Tierra como un texto revelado, religioso. Otra cosa es que me convenzan para profesarlos, pero la mística del lenguaje literario o científico es una creencia irracional que domina mi vida cada vez más fuerza.

20. Por mucho que el olor del papel sea una punzada en el cerebro reptiliano, más ahora que el exilio solo me lleva a libros físicos cada bastante tiempo, no soy nada fetichista. Por eso, no me importa deshacerme de libros. Si alguno vuela es por una buena razón. Por un lado, tengo una pila de libros que quiero vender o regalar a una tienda de segunda mano, pero nunca se completa la operación y no me atrevo a tirarlos a la basura (y eso que al menos dos o tres de ese grupo los encontré originalmente junto a algún contenedor). Por otro, alguna vez, también tengo algún libro que necesito regalárselo a alguien en concreto, impelido por el demonio familiar que lo habita y que me dice que el cuerpo de ese alguien será un mejor hogar que el mío para su espíritu.

EPÍLOGO: Y esto ha sido una estampa de algunas de mis relaciones con los libros, siguiendo una estructura predefinida por un señor que a veces escribe cosas bien y a veces cosas mal. Mis categorías habrían sido otras, pero prefiero invertir en leer el tiempo que me llevaría elaborarlas.

Alegato anticapitalista

No tengo trabajo. UN solo trabajo y que además sea DE VERDAD, quiero decir. Mi curriculum vitae da explicaciones al sugerir un sociópata involuntario: nacido en 1981, licenciado en Humanidades y con un máster en Filosofía. Nacido, crecido y macerado en España, país en el que la gente, desde hace 6 años, ya no se macera sino que se curte. Espacios y tiempos que ese tipo de la foto en una esquina del CV ha desperdiciado entre libros, películas y noches.

No tengo dinero. No me importaría tenerlo para poder quedarme en el lugar en el que quiero quedarme. Solo para eso. De momento, para eso hay y para nada más. Pero, por ahora, hoy, mañana, la semana que viene, no tengo tanto como para poder decir: “tengo dinero”. Sí, algo queda de antes, algo gano a veces. “Algo” es igual a nada, “queda” es igual a negar toda nueva productividad, más allá del plazo en el horizonte visible.

Vivo a 10.000 kilómetros del que es, a todos los efectos, mi auténtico hogar. En mi ciudad biológica, las escaleras están algo menos sucias que aquí y las cucarachas son infrecuentes y de un tamaño emocionalmente manejable. Algunos de mis amigos están todavía allí, pero no a una llamada de distancia para verlos y tocarlos, una llamada que rara vez hacía cuando podía. Otros están ya tan lejos de mi hogar como de mi residencia, por lo que es irrelevante dónde quiera, pueda o deba estar yo para poder disfrutar de ellos. Para que disfrutemos juntos como antes, como en menos de una decena de ocasiones en el futuro. Esta decena es probablemente literal y la única cosa que me da miedo y desestabiliza mi armonía austera, trabajada y frágil. Es la única victoria que le concedo al capitalismo.

Después de infestaciones, mi piso suele sufrir inundaciones seguidas de nuevas infestaciones. Las maderas y paredes crían humedad. Las máquinas que pueblan la casa, nuevas o no, son imposibles de limpiar por mucho que se raspe y el traqueteo es su estado natural. Las comodidades de la vida moderna existen y ciertamente en plenitud, tanta como fragilidad; es decir, internet funciona siempre que yo quiero pero en las condiciones que él quiere. El incienso ahúma la escalera en honor de antepasados y los gatos maúllan de madrugada como bebés estrangulados. En las últimas semanas de verano, mi cuerpo huele a alcohol por el repelente, un muro con grietas que me protege de los mosquitos que, como espermatozoides luchando por un óvulo, hacen cola para pasarme el dengue que ya han pasado a miles de personas en el último mes. La línea entre infestación y epidemia está demasiado clara cuando la segunda deja de ser una simple palabra.

No puedo acceder a libros físicos en mi idioma. Las únicas páginas de papel que toco son documentos con el sello del Partido Comunista Chino. Solo puedo leer en pequeñas pantallas de móvil, de ordenador o de Kindle. El Kindle, que nunca quise y mi padre me regaló a traición, es tal vez mi único amigo fiel aquí. La leal amistad a cambio de nada es la categoría en la que suelen terminar todas aquellas cosas que nunca quise y termino teniendo, como el perro que me añora a 10.000 kilómetros de distancia.

El tifón llega a mi ventana como el turco llegaba a mi costa hace siglos.

Y aun así: paz.

Paz en parques y colinas con caminos de cemento, llenos de jubilados haciendo ejercicio y más en forma que cualquier joven español que haya conocido, cantando y bailando apologéticas del Partido vaciadas de contenido, suponiendo que la melodía movilizadora no sea su significado último. En escaleras que suben y bajan montañas sagradas, sagradas para los turistas hoy como para los monjes y poetas durante siglos. La diferencia es que las cámaras de los turistas consiguen llevarse una respuesta concreta de los dioses que habitan los paisajes, algo que pocos religiosos o artistas consiguieron.

Paz en paseos sin rumbo por barrios superpoblados, contaminados, sucios, llenos de escupitajos tras desesperados esfuerzos por sacar el gargajo invocado sin necesidad. En paseos sin rumbo admirando la juventud y la senilidad, los que vienen en el mundo que viene y los que se están yendo en un mundo que ya no está, paseo fascinado por el horror vacui de los escaparates y locales enanos llenos de productos que ni quiero ni puedo tener.

Paz en degustaciones de comida local o nacional, barata y basada en aceite tan reutilizado que probablemente esté haciendo crecer un bosque en mis intestinos, infestando de pequeñas criaturas mi hábitat interior como lo está mi hábitat exterior.

También encuentro paz en templos llenos de imágenes y símbolos que entiendo aún menos que los de mis iglesias cristianas. Son lugares en los que la identidad de la religión a la que rinden culto es aún más ambigua y superflua que mi presencia allí. Espacios que me aportan tanta cercanía con los dioses y sus adoradores (mis actuales vecinos y permanentes familiares políticos) como lejanía, grandeza y sobrecogimiento me dan las iglesias de mi cultura. Estas y no otras son las sensaciones complementarias y necesarias de una mística pacificadora, aplanante.

En el amor, terrenal, oscilante, límite, constante en su nunca ver el fondo ni el cielo. Impresionante y sorprendente en su capacidad casi vampírica de regeneración.

En todos esos sitios encuentro paz, porque la estoy encontrando en el único sitio en el que siempre estoy. Mi cuerpo, mi cabeza.

Mi lucha. A través de idas y venidas, desvíos y callejones sin salida, paradas de metro desconocidas y familiares, incomprensibles rutas de autobús, centros comerciales y colmenas de venta al por mayor, a través de distritos sin peligro porque, a diferencia de los de mi hogar, no están llenos de violentos aún más pobres que yo y que amenazan con asesinar a quien se atreva a entrar y no sea más pobre que ellos. En esta jaula china que encierra un infinito urbano, mi castigada salud mental está alcanzando un equilibrio que no tenía en años. El secreto es bajar el listón de cordura para mantener a raya el ansia, como los sistemas educativos bajan su nivel hasta adecuarse a los más atrasados de la clase y poder seguir siendo funcionales. Redefinir los conceptos y su aplicación en el mundo. Y, siempre, contar hasta diez para vencer a la autodestrucción y, a cambio y para dar salida a la frustración, terminar señalando a los mismos hijos de puta, con gesto algo cínico ya. Muchos de sus nombres son evidentes y los veis en los medios, otros no tanto porque somos cualquiera de nosotros en ciertos momentos, por el mero hecho de haber nacido con el don de relacionarnos en sociedad. En ciertos momentos en los que este constructo global y antropológico no nos deja sentirnos en paz.

Convertirse en adulto parece consistir en aceptar el conformismo. Pero hay dos tipos de conformismo. El de mierda, sobre cuyas cenizas, restos humanos aún vivos a su mediana edad, hay que escupir; es el conformismo definido por los conformistas. Los conformistas definidos por un falso pacto social que los necesita para mantenerse a flote. Un conformismo de renuncia, no de paz.

El otro es el conformismo contemplativo, el que sale de uno mismo, de hacer las paces con el pasado y no culparle de todas las potencias nunca desarrolladas. Autoritario con todo aquello que se aleje del justo medio sin llegar a ahogarlo con represión. Ese conformismo que acepta el presente como única vía para seguir andando hacia el futuro, en constante diálogo con el best of de la memoria biográfica personal. Es un conformismo que mira al mundo cara a cara y acepta su dolor, el del mundo y el propio. Acepta que quizá no pueda hacer mucho para acabar con ese dolor y, sin embargo, lo incorpora a su presente. Lo explicita y lo manosea sin vergüenza, para poder aplicarlo al ámbito y las potencialidades de la experiencia cotidiana. Lo incorpora al repertorio de conocimiento antropológico que desborda al contexto socioeconómico y, por eso mismo, entiende por inercia que está causado por él.

Este es mi humilde alegato anticapitalista. Uno de los muchos posibles, tan diversos como días en los que una precaria integración social está equipada con la voluntad suficiente para escribir. Cinco mil mundos, cinco mil alegatos. Mientras, millones sufren y mueren de formas evitables. Eso no son alegatos, eso es la verdad. La única que debe ser contada en cada una de las miles de permutaciones posibles de alegatos anticapitalistas escritos. El humanismo no está en el anticapitalismo, sino en los que ni siquiera pueden ser anticapitalistas.

Como en todo enfrentamiento de pequeño ante grande, en la humildad de una improvisada y poco elaborada declaración existencial está su única posibilidad de ser escrita. La (¿aparente?) actitud de aceptación sacrifica infinitas posibles potencias por la segura existencia de unos cuantos actos posibles. La esperanza: algunos de ellos incluso necesarios.

Mientras, millones sufren y mueren de formas evitables y yo sigo sin encontrar trabajo, un trabajo y que sea de verdad. Pero con dedos para escribir, con ojos para ver las imágenes del mundo, con boca y oídos y cuerpo para interactuar con la parte a mi alcance. Que es esta y me permite dirigirme hacia ti y pedirte tu propio alegato.

Eterna promesa

Este es un texto confesional que culmina en una pregunta práctica, técnica, dirigida a quienes me leéis.

Hace un par de semanas, supe que me denegaron la beca FPU para hacer el doctorado. La quería para poder dedicarme durante 4 años, como un trabajo, a leer y a escribir. Y, después, seguir intentando cobrar por hacer lo que más me gusta, lo único que me llena como el aire a un globo, eso con lo que creo que puedo ayudar un poco a la sociedad. La noticia fue el final de un plan general de vida que tracé hace ya 6 años, sin determinismos y más por inercia que por convicción, cuando decidí volver a la universidad a seguir en el 2º de carrera que tiempo antes había abandonado por holgazán, o para poder leer más y ver más películas, o para poder tener un trabajo basura que me permitiera vivir solo y leer más y ver más películas y tener siempre amigos y amigas en mi casa.

Por un error de cálculo (los confusos documentos burocráticos no han ayudado), los últimos meses he estado convencido de que tenía bastantes posibilidades de conseguir la beca, más aún después de haber formado parte del grupo de elegidos que han superado la primera fase. Todo hacía pensar que mi estancia en China iba a ser solo una parada temporal en mi vida, la última antes de dar el salto a la gloria académica universal. Pero mi optimismo fue un error de cálculo y he quedado lejos de la beca. Podría seguir intentándolo, volver a pedirla si las ruinas del Ministerio de Educación se animan a seguir convocándola, pedir otras. Sin embargo, ahora mismo creo que se acaba aquí mi carrera académica, acabada justo al filo de comenzar. Fin de la cita. Ni puedo ni me apetece seguir siendo joven promesa, con 32 años ya, por bien llevados que estén. Daré algo de lástima a algunos profesores y compañeros que creían en mí, que se quedarán con mi imagen de promesa académica, congelada entre 2008 y 2014. Pero que no lloren. No estoy acabado (…dentro de diez años ya veremos).

Ahora toca decir en voz alta las sombras del mundo académico humanístico para engañarme un poco y aplacar la frustración: la dificultad de abrirse un hueco profesional en él, cómo consigue limitar el libre fluir del intelecto y la creatividad, su demasiado frecuente alejamiento de la praxis y de la sociedad, su autosuficiencia. Sin embargo, ya fuera de la universidad, lamento lo que voy a perder, probablemente para siempre: un sueldo con el que sobrevivir haciendo lo que más se aproxima a lo que me gusta y no otra cosa, una exigencia y regularidad intelectual que me obliguen a mantenerme activo como pensador y creador. Adiós. Me veo de nuevo en esa situación tan incómoda de tener que buscar un trabajo de verdad, más difícil aún para un licenciado en Humanidades con un máster en Filosofía que ya no está en la veintena. De momento, el camino se anda con escaso aunque suficiente éxito, además de que se abren perspectivas razonables de una alternativa aceptable, como es vivir de redactar y corregir y proofreadear. Pasar por el aro de la realpolitik cotidiana es una circunstancia de la que ya no puedo escapar (¡ni quiero! ¡no otra vez!) volviendo a estudiar, volviendo a entregarme a la noche o volviendo a encerrarme en casa. El hikikomori, el noctámbulo y el estudioso no pueden ser otra vez lo que me definan. No me da la gana.

Afortunadamente, en el último año he conseguido poco a poco poner en marcha mi alternativa vital por si la carrera académica me fallaba. Pensaba que no sería tan grave perder el doctorado si conseguía mantener la cabeza fresca de otra forma: escribiendo. El problema es que nunca había podido escribir con regularidad, por distintos motivos que solo conocen los retorcimientos de mi cerebro. Los primeros meses después de terminar el máster fueron oscuros y vacíos, no del todo improductivos pero lejos de lo que necesitaba. Mi salvación solo parecía encontrarse en la vía académica, en el peso de la institución obligándome al trabajo intelectual. Eso aún era una posibilidad lejana en el tiempo, ni siquiera convocadas las becas estatales. Cada día me levantaba ante un cartel imaginario pero muy real de “abandonad toda esperanza”. Pero lo he conseguido. El plan de choque que inicié en enero, y que ha estado a punto de descarrilar demasiadas veces, ha terminado funcionando y ahora escribo casi todos los días. ¡Por fin! ¡Por fin hago lo que quiero hacer! ¡Viva la libertad y el individuo! ¡U Ese A! El golpe definitivo vino de un recomendabilísimo y divertidísimo libro confesional sobre escribir, Bird by Bird de Anne Lamott, que en mi caso actuó como un libro de autoayuda puro y duro, tanto a nivel creativo como vital, ambos extremos unidos. Allí encontré la frase que ya no me permitiría fracasar, que me obligaba a escribir. Se la dijo a la autora un amigo escritor: le dijo que escribía porque la otra opción era suicidarse. Dejémoslo en que lo interpreté como una metáfora tremendamente eficaz.

Así que ahora escribo y escribo. Pero el blog se me queda corto, este blog que es tan importante para mí, aunque tenga que reconocer que nunca lo he explotado del todo. Aquí tengo una gran escuela, un lugar de desahogo y libertad creativa en el que puedo dar rienda suelta a mis intuiciones. Y este es el problema, que en el blog, al final, apenas me limito a intuiciones. Los textos que publico, como ya he dicho alguna vez, son elaborados en un rato más o menos largo y publicados en el rato siguiente. No tienen maceración, más allá del sedimento cultural y vital que ya acumulo, o del tiempo que lleve masticando de forma inarticulada las ideas centrales. Empiezan a ser escritos en un día y terminan de ser escritos y entregados al mundo en el mismo día. No cambian, por muchos añadidos o correcciones que se me ocurran después. No se revisan más allá de lo presentable, apenas tienen apuntes de sus potencialidades. No llevo al límite su coherencia ni elaboro a fondo su estructura. Se quedan fijados. Como mucho, fantaseo con que son un almacén de esbozos que algún día desarrollaré.

Por todo eso estoy haciendo algo más. Estoy escribiendo textos más largos, desde 2.000 palabras hasta el infinito, a los que doy todo el tiempo que necesiten. Y el tiempo es mucho más importante que la extensión. No me atrevo a llamarlos ensayos ni relatos ni experimentos, aunque por ahora tienen unos gramitos más de lo último que de lo primero y apenas unas gotas de lo segundo. Pero los que leáis este blog os podéis hacer una idea de por dónde van, en algún punto descentrado entre la escritura automática, la literatura abierta y la crítica cultural. Solo tengo un puñado terminados, pero el problema va creciendo y tengo que decirlo ya: no sé qué hacer con esos textos.

Estoy escribiendo todo esto para pediros consejo, a los tres o cuatro indocumentados que me seguís con regularidad, a los diez o quince perdidos que caen aquí por alguna búsqueda en Google que nada tiene que ver con lo que digo (pero quizá mucho con lo que no me atrevo a decir). Mi primera idea era crear una especie de pseudoeditorial paralela al blog, para publicar cuadernos o pequeños libros que recopilen esos textos en PDF y, sobre todo, formatos de libro electrónico, con hilo temático (estoy desvelando el misterio del teaser que publiqué hace unas semanas) o ni eso. ¿Por qué un formato descargable? Porque pienso que los textos en html no se leen con toda la atención que idealmente requerirían, perdidos en un mar de pestañas en segundo plano y lectura diagonal. Ante esto, experiencias como la Incógnita OVNI: Metafísica de la ruptura de Pablo Vergel, la Prosa Inmortal de los de siempre o el Fantasmas contra extraterrestres de Javier Avilés, han sido fuentes directas de inspiración. Sin embargo, también he pensado que, si solo están accesibles mediante descarga, es bastante posible que se lean menos, porque la gente suele (solemos) ser tirando a vaga y nada más cómodo que leer algo directamente. Más aún con el móvil, que facilita mucho la lectura atenta de entradas en blogs o webs, gracias a inventos como Pocket o Feedly, sin mil pestañas que te miran de reojo, sin más ruido de fondo que el del entorno de nuestra querida sociedad postliberal.

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En resumen, quiero preguntaros cuál creéis que es la mejor forma de sacar a la luz estos textos. ¿Cómo se van a leer más? Algunas opciones previas: montar una pseudoeditorial online para ofrecerlos en descarga gratuita (con opción a pagarme una empanadilla), organizados en cuadernos o de manera individual; organizarlos como una revista periódica, quizá con un tema principal del que haya más de un texto, pero con cabida para otros; crear esos mismos cuadernos o revistas pero, además de dar la posibilidad de bajarlos, mantenerlos accesibles directamente en la web; subirlos a Amazon o alguna otra plataforma de uno en uno, siempre que tengan una extensión mínima (nada fuera de lo común), publicitándolos en este vuestro blog; lo mismo, pero con un blog o web dedicado en exclusiva a estos textos extensos y trabajados; ponerlos directamente aquí en el blog, sin descargas, a palo seco o por entregas; imprimirlos para poder quemarlos y mandarlos al infierno de las letras del que nunca debieron salir, incluso cuando eran indefensos nascituri. Etcétera, etcétera, etcétera. Por su heterodoxia y probable inmadurez, quedan (de momento) fuera las opciones de moverlos por editoriales o enviarlos a concursos. Quizá lo mejor sería una mezcla de algunos de estos puntos o una guerra total. Por supuesto, juntar los textos en pequeños libros temáticos sería la opción más sencilla, porque eso casi se mueve solo. Esa fue la idea primigenia, una serie de textos a partir de algunas de mis experiencias en China. Pero tengo una mente algo dispersa y me cuesta mantenerme fiel a un tema…

Me gustaría leer vuestros comentarios, si es que hay interés, y vuestros consejos y experiencias. No solo en relación a cómo puedo publicar yo lo que escribo, sino también sobre la cuestión en general. Quería mantener todo esto en secreto hasta el gran anuncio, pero como no tengo manera de llegar a producir algo que anunciar, prefiero apelar a la mente colmena de internet. Mi objetivo básico es que se lean, que se lean más que el blog porque estoy invirtiendo en ellos incluso más que aquí. Cuanto más ¡y mejor! se lean, mejor.