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El baile de la alondra

“Invocación” es un poema de Raquel Lanseros que dice otra vez lo que tantas veces le gusta a uno decirse:

Que no crezca jamás en mis entrañas

esa calma aparente llamada escepticismo.

Huya yo del resabio,

del cinismo,

de la imparcialidad de hombros encogidos.

Crea yo siempre en la vida

crea yo siempre

en las mil infinitas posibilidades.

Engáñenme los cantos de sirenas,

tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua.

Que nunca se parezca mi epidermis

a la piel de un paquidermo inconmovible,

helado.

Llore yo todavía

por sueños imposibles

por amores prohibidos

por fantasías de niña hechas añicos.

Huya yo del realismo encorsetado.

Consérvense en mis labios las canciones,

muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.

Por si vinieran tiempos de silencio.

Alondra2

¿Nadie se da cuenta de lo preciosos que son los pájaros? Están a nuestro alrededor cada día y casi ni los miramos. Como mucho lanzamos asco a las palomas. El asco, en todo caso, para nosotros, por el bonito desperdicio que hacemos al ignorarlos. No hay que celebrar el Día de la Tierra ni declararse ecologista militante, sólo ir unos pasos más allá de nuestro cuerpo. Aprovechar las únicas veces en las que salimos de nuestro ensimismamiento para levantar los ojos de las pantallas y agradecer al gorrión, superviviente del genocidio maoísta, que nos haga compañía y nos recuerde que hay algo más allá de los humanos. En las ciudades se olvida porque todo, todo es humano y, sin contraste, se pierde la perspectiva de que las cosas del mundo no son una sino también varias; todo lo que percibimos es humano, salvo los otros animales con los que convivimos y sobre los que no tenemos influencia. Los que no van con correa. Como tras un gran pacto arcano en el que todos aceptamos convivir, sus especies y las nuestras ocupan en paralelo el mismo espacio, habitando distintos nichos vacíos.

Los pajaritos difícilmente se pueden antropomorfizar, por lo que sólo quedan dos opciones (además de comérnoslos): poetizarlos utilizándolos como símbolos, algo que ya no podemos hacer si queremos evitar ser lapidados por la turba posmoderna que vigila para que siempre se cumpla con el más estricto antropocentrismo, mamacentrismo a lo sumo; o admirarlos sin más, por lo que son. No hace falta pagar la entrada de un zoo ni sucumbir ante un documental. Basta con mirar a la calle. Sólo nos fijamos en los pajaritos cuando se ponen en nuestro balcón o, incluso, se cuelan en uno de nuestros espacios humanos cerrados. ¿Qué pasa cuando un gorrión entra en una cafetería, o incluso una paloma se acerca demasiado a la mesa de la terraza? Que no damos crédito. Sólo en esos casos nos sorprendemos de que existan esos pobrecitos seres que te convierten a ti en un ser inocentón y con cara de bobo.

El otro día leía en un parque, rodeado de patos (nada que envidiar a los pingüinos en cuanto a simpatía), de urracas (cuyos brillos, entre lovecraftianos y tropicales, a duras penas pasan desapercibidos incluso entre nosotros los abollados) y de ocas (estiradas, con el gargajo siempre en la mirada perdida dirigida, sin embargo, contra ti). Un pajarito empezó a cantar a voz en cuello, al mismo tiempo que ponía todo su cuerpo en tensión hacia el cielo, sin moverse del suelo. Era como un gorrión, pero no era un gorrión; no todos lo son. Creo que era una alondra. A su canto unió un baile intensísimo, en el que separaba sus alas del tronco hasta hacerlas parecer nuestros torpes brazos, y erguía el pecho, muy macho ella, para impresionar a otra alondra que hacía como que no la miraba pero sí. Qué escena tan bonita. Y ahí al lado, no en un safari ni en un museo.

Malick lo ha visto bien siempre, pero sobre todo en To the Wonder: nuestra vida cotidiana moderna, la de la clase media cada vez menos media y más clase, se debate entre la derrota cínica ante el inevitable (y casi justo) imperio del nihilismo, y la felicidad que da el darse cuenta de lo que te rodea y que nadie parece ver. Lo guapa que es esa chica, lo gracioso que es ese perro, el misterio fantasmal en ese edificio sucio a la luz del día. El baile de la alondra. La cámara de Malick se despista, deja de seguir a sus personajes y se queda atrapada en la red del mundo; no hace falta ni siquiera decir que lo que le enamora es la naturaleza, sino que lo que le enamora es lo que nos rodea y no somos nosotros mismos ni todo lo que damos por supuesto a cada minuto. Nuestros ojos pueden hacer lo mismo, y detrás de ellos va todo lo demás que tenemos.

La astronomía ya sé que sí, pero ¿puede la ornitología ser cool?

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Sobre el tiempo presente

Tenía preparada para este poema una glosa apasionada y rebosante de contradictorias intuiciones a medio nacer, como todas las que intento escribir. Pero he decidido callármela por una vez y dejaros disfrutar de un diálogo directo con Valente que, entre otras cosas, dice mucho mejor que yo mucho de lo que siempre intento decir por aquí. Esto necesitamos, voces lúcidas del pasado que nos hablen de nuestro tiempo y, sobre todo, de lo que los humanos de todas las épocas tenemos en común.

 

SOBRE EL TIEMPO PRESENTE (José Ángel Valente)

Escribo desde un naufragio,

desde un signo o una sombra,

discontinuo vacío

que de pronto se llena de amenazante luz.

 

Escribo sobre el tiempo presente,

sobre la necesidad de dar un orden testamentario a nuestros gestos,

de transmitir en el nombre del padre,

de los hijos del padre,

de los hijos oscuros de los hijos del padre,

de su rastro en la tierra,

al menos una huella del amor que tuvimos

en medio de la noche,

del llanto o de la llama que a la vez alza al hombre

al tiempo ávido del dios

y arrasa sus palacios, sus ganados, riquezas,

hasta el tejo y la úlcera de Job el voluntario.

 

Escribo sobre el tiempo presente.

Con lenguaje secreto escribo,

pues quién podría darnos ya la clave

de cuanto hemos de decir.

Escribo sobre el hálito de un dios que aún no ha tomado forma,

sobre una revelación no hecha,

sobre el ciego legado

que de generación en generación llevará nuestro nombre.

 

Escribo sobre el mar,

sobre la retirada del mar que abandona en la orilla

formas petrificadas

o restos palpitantes de otras vidas.

Escribo sobre la latitud del dolor,

sobre lo que hemos destruido,

ante todo en nosotros,

para que nadie pueda edificar de nuevo

tales muros de odio.

 

Escribo sobre las humeantes ruinas de lo que creímos,

con palabras secretas,

sobre una visión ciega, pero cierta,

a la que casi no han nacido nuestros ojos.

Escribo desde la noche,

desde la infinita progresión de la sombra,

desde la enorme escala de innumerables números,

desde la lenta ascensión interminable,

desde la imposibilidad de adivinar aún la conjurada luz,

de presentir la tierra, el término,

la certidumbre al fin de lo esperado.

 

Escribo desde la sangre,

desde su testimonio,

desde la mentira, la avaricia y el odio,

desde el clamor del hambre y del trasmundo,

desde el condenatorio borde de la especie,

desde la espada que puede herirla a muerte,

desde el vacío giratorio abajo,

desde el rostro bastardo,

desde la mano que se cierra opaca,

desde el genocidio,

desde los niños infinitamente muertos,

desde el árbol herido en sus raíces,

desde lejos,

desde el tiempo presente.

 

Pero escribo también desde la vida,

desde su grito poderoso,

desde la historia,

no desde su verdad acribillada,

desde la faz del hombre,

no desde sus palabras derruidas,

desde el desierto,

pues de allí ha de nacer un clamor nuevo,

desde la muchedumbre que padece

hambre y persecución y encontrará su reino,

porque nadie podría arrebatárselo.

 

Escribo desde nuestros huesos

que ha de lavar la lluvia,

desde nuestra memoria

que será pasto alegre de las aves del cielo.

Escribo desde el patíbulo,

ahora y en la hora de nuestra muerte,

pues de algún modo hemos de ser ejecutados.

 

Escribo, hermano mío de un tiempo venidero,

sobre cuanto estamos a punto de no ser,

sobre la fe sombría que nos lleva.

 

Escribo sobre el tiempo presente.

[El inocente, 1970]

El amor tiene que dejar ciego para ser amor

Potser només ets l’ombra rient i fugitiva

d’un desig obstinat a habitar dins la ment,

i t’he cenyit entorn amb carn de pensament

i amb sang de mes batalles t’he fet encesa i viva.

 

Amor, potser el suau sospirar que de tu

ve a mi, és tan sols la folla ressonança

d’aquell desig fet música, i és, damunt ta semblança,

ma pròpia joia el sol que s’hi atura i lluu.

 

No hi fa res: jo t’hauré amat carnal i eterna;

fugirà l’ombra, mes ja el meu únic destí

serà allò meu que no mor, que morirà amb mi,

-que tu sola, oh Amor, hauràs pogut saber-ne.

[Primer llibre d’estances, Carles Riba]

El amor toma la forma de la amada, no es una idea abstracta. Pero en este poema de Riba es una materia que al principio sí es abstracta: una sombra. Es algo volátil, difuso, ajeno al ser humano a la vez que dependiente de él. El esfuerzo del amante va convirtiendo en carne esa idea, que es inaprensible como una anguila, que se divierte huyendo. No se puede mirar directamente. Al menos no demasiado pronto: si nos equivocamos en los tiempos y fijamos la mirada antes de que la sombra haya tomado cuerpo, cambiará y hasta puede desaparecer, como dicta el principio de Heisenberg. Sin embargo, no es ciencia. Porque, aunque no sea verdad, se puede luchar para que lo sea. Se puede mirar su reflejo, como el del sol en una hoja de papel. Poco a poco, ir acostumbrando el cuerpo a la idea, para que se transforme en un suspiro que se pueda sentir y, después, en un cuerpo completo, pegado al nuestro. Entonces será el momento: hay que enfrentarlo directamente, hasta quedarse uno ciego. El amor no es ciego, pero ha de dejar ciego para ser amor. No puede conformarse con el reflejo. No puede ser el reflejo de uno mismo ni la sombra de la amada, sino la amada misma. Tanto la auténtica como la creada por el que ama.  Y, como cuando se mira al sol, se convierte en el centro de todo y la vida a su alrededor pasa a ser la verdadera sombra. Y la amada deja de ser la amada y se convierte en el amor, ya no su sombra o la del amante. El último verso culmina el camino, cuando se comprueba que ha sido recíproco: el amante a su vez también ha sido objeto de la amada y ha seguido el mismo proceso en ella. Juntos, son el sol el uno para el otro, el mundo es la sombra y son sombra y luz para el mundo.