Alegato anticapitalista

No tengo trabajo. UN solo trabajo y que además sea DE VERDAD, quiero decir. Mi curriculum vitae da explicaciones al sugerir un sociópata involuntario: nacido en 1981, licenciado en Humanidades y con un máster en Filosofía. Nacido, crecido y macerado en España, país en el que la gente, desde hace 6 años, ya no se macera sino que se curte. Espacios y tiempos que ese tipo de la foto en una esquina del CV ha desperdiciado entre libros, películas y noches.

No tengo dinero. No me importaría tenerlo para poder quedarme en el lugar en el que quiero quedarme. Solo para eso. De momento, para eso hay y para nada más. Pero, por ahora, hoy, mañana, la semana que viene, no tengo tanto como para poder decir: “tengo dinero”. Sí, algo queda de antes, algo gano a veces. “Algo” es igual a nada, “queda” es igual a negar toda nueva productividad, más allá del plazo en el horizonte visible.

Vivo a 10.000 kilómetros del que es, a todos los efectos, mi auténtico hogar. En mi ciudad biológica, las escaleras están algo menos sucias que aquí y las cucarachas son infrecuentes y de un tamaño emocionalmente manejable. Algunos de mis amigos están todavía allí, pero no a una llamada de distancia para verlos y tocarlos, una llamada que rara vez hacía cuando podía. Otros están ya tan lejos de mi hogar como de mi residencia, por lo que es irrelevante dónde quiera, pueda o deba estar yo para poder disfrutar de ellos. Para que disfrutemos juntos como antes, como en menos de una decena de ocasiones en el futuro. Esta decena es probablemente literal y la única cosa que me da miedo y desestabiliza mi armonía austera, trabajada y frágil. Es la única victoria que le concedo al capitalismo.

Después de infestaciones, mi piso suele sufrir inundaciones seguidas de nuevas infestaciones. Las maderas y paredes crían humedad. Las máquinas que pueblan la casa, nuevas o no, son imposibles de limpiar por mucho que se raspe y el traqueteo es su estado natural. Las comodidades de la vida moderna existen y ciertamente en plenitud, tanta como fragilidad; es decir, internet funciona siempre que yo quiero pero en las condiciones que él quiere. El incienso ahúma la escalera en honor de antepasados y los gatos maúllan de madrugada como bebés estrangulados. En las últimas semanas de verano, mi cuerpo huele a alcohol por el repelente, un muro con grietas que me protege de los mosquitos que, como espermatozoides luchando por un óvulo, hacen cola para pasarme el dengue que ya han pasado a miles de personas en el último mes. La línea entre infestación y epidemia está demasiado clara cuando la segunda deja de ser una simple palabra.

No puedo acceder a libros físicos en mi idioma. Las únicas páginas de papel que toco son documentos con el sello del Partido Comunista Chino. Solo puedo leer en pequeñas pantallas de móvil, de ordenador o de Kindle. El Kindle, que nunca quise y mi padre me regaló a traición, es tal vez mi único amigo fiel aquí. La leal amistad a cambio de nada es la categoría en la que suelen terminar todas aquellas cosas que nunca quise y termino teniendo, como el perro que me añora a 10.000 kilómetros de distancia.

El tifón llega a mi ventana como el turco llegaba a mi costa hace siglos.

Y aun así: paz.

Paz en parques y colinas con caminos de cemento, llenos de jubilados haciendo ejercicio y más en forma que cualquier joven español que haya conocido, cantando y bailando apologéticas del Partido vaciadas de contenido, suponiendo que la melodía movilizadora no sea su significado último. En escaleras que suben y bajan montañas sagradas, sagradas para los turistas hoy como para los monjes y poetas durante siglos. La diferencia es que las cámaras de los turistas consiguen llevarse una respuesta concreta de los dioses que habitan los paisajes, algo que pocos religiosos o artistas consiguieron.

Paz en paseos sin rumbo por barrios superpoblados, contaminados, sucios, llenos de escupitajos tras desesperados esfuerzos por sacar el gargajo invocado sin necesidad. En paseos sin rumbo admirando la juventud y la senilidad, los que vienen en el mundo que viene y los que se están yendo en un mundo que ya no está, paseo fascinado por el horror vacui de los escaparates y locales enanos llenos de productos que ni quiero ni puedo tener.

Paz en degustaciones de comida local o nacional, barata y basada en aceite tan reutilizado que probablemente esté haciendo crecer un bosque en mis intestinos, infestando de pequeñas criaturas mi hábitat interior como lo está mi hábitat exterior.

También encuentro paz en templos llenos de imágenes y símbolos que entiendo aún menos que los de mis iglesias cristianas. Son lugares en los que la identidad de la religión a la que rinden culto es aún más ambigua y superflua que mi presencia allí. Espacios que me aportan tanta cercanía con los dioses y sus adoradores (mis actuales vecinos y permanentes familiares políticos) como lejanía, grandeza y sobrecogimiento me dan las iglesias de mi cultura. Estas y no otras son las sensaciones complementarias y necesarias de una mística pacificadora, aplanante.

En el amor, terrenal, oscilante, límite, constante en su nunca ver el fondo ni el cielo. Impresionante y sorprendente en su capacidad casi vampírica de regeneración.

En todos esos sitios encuentro paz, porque la estoy encontrando en el único sitio en el que siempre estoy. Mi cuerpo, mi cabeza.

Mi lucha. A través de idas y venidas, desvíos y callejones sin salida, paradas de metro desconocidas y familiares, incomprensibles rutas de autobús, centros comerciales y colmenas de venta al por mayor, a través de distritos sin peligro porque, a diferencia de los de mi hogar, no están llenos de violentos aún más pobres que yo y que amenazan con asesinar a quien se atreva a entrar y no sea más pobre que ellos. En esta jaula china que encierra un infinito urbano, mi castigada salud mental está alcanzando un equilibrio que no tenía en años. El secreto es bajar el listón de cordura para mantener a raya el ansia, como los sistemas educativos bajan su nivel hasta adecuarse a los más atrasados de la clase y poder seguir siendo funcionales. Redefinir los conceptos y su aplicación en el mundo. Y, siempre, contar hasta diez para vencer a la autodestrucción y, a cambio y para dar salida a la frustración, terminar señalando a los mismos hijos de puta, con gesto algo cínico ya. Muchos de sus nombres son evidentes y los veis en los medios, otros no tanto porque somos cualquiera de nosotros en ciertos momentos, por el mero hecho de haber nacido con el don de relacionarnos en sociedad. En ciertos momentos en los que este constructo global y antropológico no nos deja sentirnos en paz.

Convertirse en adulto parece consistir en aceptar el conformismo. Pero hay dos tipos de conformismo. El de mierda, sobre cuyas cenizas, restos humanos aún vivos a su mediana edad, hay que escupir; es el conformismo definido por los conformistas. Los conformistas definidos por un falso pacto social que los necesita para mantenerse a flote. Un conformismo de renuncia, no de paz.

El otro es el conformismo contemplativo, el que sale de uno mismo, de hacer las paces con el pasado y no culparle de todas las potencias nunca desarrolladas. Autoritario con todo aquello que se aleje del justo medio sin llegar a ahogarlo con represión. Ese conformismo que acepta el presente como única vía para seguir andando hacia el futuro, en constante diálogo con el best of de la memoria biográfica personal. Es un conformismo que mira al mundo cara a cara y acepta su dolor, el del mundo y el propio. Acepta que quizá no pueda hacer mucho para acabar con ese dolor y, sin embargo, lo incorpora a su presente. Lo explicita y lo manosea sin vergüenza, para poder aplicarlo al ámbito y las potencialidades de la experiencia cotidiana. Lo incorpora al repertorio de conocimiento antropológico que desborda al contexto socioeconómico y, por eso mismo, entiende por inercia que está causado por él.

Este es mi humilde alegato anticapitalista. Uno de los muchos posibles, tan diversos como días en los que una precaria integración social está equipada con la voluntad suficiente para escribir. Cinco mil mundos, cinco mil alegatos. Mientras, millones sufren y mueren de formas evitables. Eso no son alegatos, eso es la verdad. La única que debe ser contada en cada una de las miles de permutaciones posibles de alegatos anticapitalistas escritos. El humanismo no está en el anticapitalismo, sino en los que ni siquiera pueden ser anticapitalistas.

Como en todo enfrentamiento de pequeño ante grande, en la humildad de una improvisada y poco elaborada declaración existencial está su única posibilidad de ser escrita. La (¿aparente?) actitud de aceptación sacrifica infinitas posibles potencias por la segura existencia de unos cuantos actos posibles. La esperanza: algunos de ellos incluso necesarios.

Mientras, millones sufren y mueren de formas evitables y yo sigo sin encontrar trabajo, un trabajo y que sea de verdad. Pero con dedos para escribir, con ojos para ver las imágenes del mundo, con boca y oídos y cuerpo para interactuar con la parte a mi alcance. Que es esta y me permite dirigirme hacia ti y pedirte tu propio alegato.

Anuncios

Release the kraken!

krul1

Uno de los grandes placeres de haber consumido compulsivamente ficción durante años, puede que el único útil, es ser capaz de reconocer cómo la realidad copia a menudo los parámetros narrativos que hemos leído o visto cientos de veces en historias inventadas. No hay posible discusión sobre ¿qué fue antes, el tópico literario o la costumbre social?, porque la materia prima del primero es la segunda, a la que al final termina dando una nueva forma en una bonita, y universal, venganza de la creatividad sobre el mundo que le niega su verdad. El amor romántico y muchas de las rutinas derivadas de él que desarrollamos en nuestras relaciones proceden hoy del audiovisual, al que copiamos sin darnos mucha cuenta pero notando que, si queremos una vida intensa, hay que representarla como en las aventuras que nos han emocionado intensamente. Si no se copia a la ficción, la vida puede ser interesante o profunda a largo plazo pero, a estas alturas de la civilización, el largo plazo es una cosa que pertenece al mismo universo que los relojes de bolsillo o pensar con frases largas y articuladas. No es de esta época y no tiene un efecto decisivo sobre ella, ni un impacto real sobre aquellos que la vivimos. Sustituimos el largo plazo por la punch-line o el golpe de efecto.

Un topos audiovisual muy simpático es el siguiente, puro golpe de efecto antes que sensatez: alguien se enfrenta a otro alguien al que parece que va a poder vencer sin problemas. Por lento, gordo, escuchimizado, tonto o, sencillamente, miembro del bando equivocado. El aparente ganador ve su confianza por las nubes, gana antes de empezar. El que va a perder intenta aguantar el tipo, rascándose la oreja cuando el ganador le mira, para tapar su cuello y que nadie se dé cuenta de toda la saliva que está tragando. Llega la hora de la verdad, pero el desenlace esperado no llega. A cambio, la música sube al siguiente estrato emocional y anuncia un giro argumental, que provoca que el corazón pegue también a su vez unas cuantas vueltas. Y es que resulta que el ganador, al final, no se tiene que enfrentar a la carne de cañón. No. En su lugar, sale un hombre (necesariamente un hombre, si es que no lo era antes), enorme, poderoso, con zumo de nabo por materia gris y jamones bien duros por brazos y piernas, puede que lento y gordo pero solo si son características positivas en el caso particular. El ganador ahora ve que su lugar en el mundo era mutable, que es una persona enfrentada al caos connatural al universo y no, como imaginaba, la última y superior encarnación de un arquetipo heroico al que muchas mujeres querrán toquetear. Descubre que le van a reventar los dientes cuando era él quien iba a reventar los de otro, más débil. Ahora el débil, el inerte, es él.

Este patrón se reconoce en aquellos dibujos animados de, creo, Looney Tunes, en los que alguien vacilaba a un perrito inofensivo, hasta que aparecía su defensor, su amigo perro compuesto por tres plantas y cuatro bajos con almacén de cosas muy pesadas. Es el arco argumental del primo de Zumosol, del tío Phil perdiendo al billar ingenuamente hasta que saca su palo de profesional al que quiere más que a su mujer, de tantos momentos memorables de Juego de tronos (siempre basada en la alteración de la predecibilidad del poder), del gitano (quien escribe esto no es gitano) de 11 años que te amenaza y le devuelves una carcajada que se congela a los quince segundos (sí, te has reído durante tanto tiempo) cuando llega parte de su familia, más grande, más morena y, sobre todo y en general, más que tú.

krul2

Y ha sido también el momento cumbre de una situación real vivida en un partido del Mundial —suponiendo que el fútbol profesional se sitúe en la dimensión de lo real y no de lo ficticio—, los cuartos de final entre los Países Bajos y Costa Rica. Haciendo honor a sus nombres de universo de fantasía, nos regalaron una reivindicación práctica de la ficción traspasada a nuestro mundo para encoger almas. Cuando se veía que iban a llegar a los penaltis, Van Gaal quitó al portero titular y puso a otro, uno que llevaba de relleno. Y que podía tocar cualquiera de los tres palos de la portería estirando un poco cualquiera de sus hinchados miembros. Los costarricenses reconocieron al momento el giro narrativo como algo que habían visto en películas y series, identificaron con temblor ese topos del monstruo imbatible que aparece cuando ya se ve uno triunfador, el Bowser que emerge tras la tranquilidad de haber bajado la bandera del Mario. Y los costarricenses, como sus homólogos en la ficción, interpretaron su papel y se echaron a llorar y llamar a su mamá. Sabían que no iban a poder pasar pantalla (no, desde luego, solo con cinco intentos), porque eso nunca ha sucedido en esta situación que tan bien conocen.

El portero-kraken se llama Krul, apropiado nombre de jefe final. Y se golpea en el pecho y te dice que no va a violar y matar a tu hermanita angelical porque ya lo ha hecho y no en ese orden. Te mira, te escupe fuego a la distancia justa para no quemarte, pero para que tengas claro que a la próxima serás ceniza. Ruge con la boca muy abierta, mirando a la cámara, porque sabe que eres tú quien está mirando la pantalla y que, por tanto, te vas a sentir aludido. Enseña las mandíbulas, los músculos, su atroz indigencia mental y soberanía física. Su cara de haber sido ridiculizado y pegado en el colegio te dice que ahora se cobrará contigo la venganza. No te toca, pero ya te ha derrotado. Te humilla. Y no te sientes del todo mal por haber sido vencido porque, en fin, ¿quién puede ganar a Krul? No es mérito suyo. Él, como tú, no es más que un personaje. Los argumentos están para cumplirlos hasta el final.

Cazador negro, cerebro blanco

Una imagen que me gusta mucho del fútbol de selecciones es la de los entrenadores blancos dirigiendo equipos negros o amarillos. Me gusta porque alaba al colonialista (sin “neo-“) que llevo dentro. Que está dentro de todos los europeos, como una tenia en el intestino de una modelo: está conceptualizado como una enfermedad, pero trae la felicidad porque te hace verte más delgada y guapa. Que Camacho entrenara a China o que canosos europeos (Europeos; merecen tanta mayúscula como el continente, porque su estirpe es de nombre propio) pongan a correr a, como dicen los periódicos, “titanes de ébano”, me parece un reconocimiento público de nuestra superioridad. Sí, somos genéticamente mejores. Sí, tenemos “un mystique determinado”. Nuestro je ne sais quoi es una cosa muy concreta para esas culturas tan pragmáticas: es el éxito. Nos necesitan y lo saben. Y saben que lo sabemos y que les haremos el favor. Les dimos el progreso y ahora quieren que les demos el triunfo. Y seremos magnánimos, en agradecimiento a su reconocimiento explícito y valiente, ¡en pleno siglo XXI!, de que somos mejores y tenemos un cerebro como una sandía de grande. Los suyos, lichis. Nuececillas. Les aportamos una reina con premio Nobel que instaura un régimen de mente colmena.

Camacho (China)

Lo tenemos en la sangre. Sin nosotros, los equipos africanos son meras aglomeraciones de atletas indisciplinados e instintivos, prodigio físico sin un triste seso. Cuando faltamos, los equipos asiáticos revelan toda su fragilidad y torpeza. Lo tienen en la sangre. ¡Estructura! ¡Inteligencia! ¡Resistencia! ¡Fuerza orientada a objetivos! ¡Poder! ¡Poder! Todo eso les regalamos.

Esto no pasa solo en ese mundo raro (y más políticamente incorrecto de lo que parece) de los campeonatos de selecciones. Aquí, en China, un entrenador italiano ha llevado al éxito a un equipo demencial como es el Guangzhou Evergrande. Mérito que todos reconocen está en la europeización de su preparación, mentalidad y juego. Los burócratas de oficinilla también se dan cuenta de esta verdad (que algunos llamarían racista, pero ¿puede una verdad ser recibida con un juicio moral tan fuerte?), y buscan europeos que superioricen a su fútbol a todos los niveles. Hace poco conocí a un militar jubilado extremeño que pasa buena parte del año en Guangzhou, dando clases de español a unos equipos de adolescentes que quieren ir a España a petarlo. Cuando no está compartiendo su sabiduría natural con respetuosos discípulos de cabeza baja, hace paellas y enseña esperanto a otros chinos. ¡Habilidades culinarias! ¡Sentido de la existencia! ¡Poliglotismo! Si es que como para no querernos. Como para no necesitarnos.

Finke (Camerún)

Luego la mayoría no ganan, es verdad, pero es su culpa. De donde no hay no se puede sacar. Ni siquiera nosotros podemos. Míralos, a los negritos y los moritos (que no son negros, pero que no se les suba a la cabeza), que siguen haciendo guerras y matándose entre ellos aun después de que les hayamos descubierto los secretos de la modernidad.

[Post scriptum: He oído que una nueva forma de dopaje, que hará furor (y provocará furor en los organismos de los futbolistas), es hacer transfusiones de sangre de los entrenadores europeos a sus jugadores negros y amarillos. Y también he oído que Estados Unidos está en contra.]

S-21 – LA MACHINE DE MORT KHMÈRE ROUGE: Camboya (los verdugos)

Cuando ya no están amparados por el contexto, los verdugos a pequeña escala siempre se justifican de la misma forma: sólo seguía órdenes, eran ellos o yo, estaba adoctrinado, era muy joven… Aunque también son víctimas deshumanizadas por los regímenes totalitarios, nunca aceptan su parte de responsabilidad. Algunos, nostálgicos, hasta se niegan a admitir que sus víctimas fueran inocentes. «El Partido no era tonto, los que entraban allí era por algo», dicen aún hoy algunos verdugos camboyanos. Lo dicen delante de sus víctimas, incapaces de darle relevancia al hecho de que las confesiones eran sacadas a base de torturas. Perdieron su capacidad de reconocer la verdad y la lógica, la humanidad ajena, la suya propia. Se convirtieron en algo peor que animales, como admiten que hicieron con los prisioneros. Mientras los escasos supervivientes multiplicaron su dignidad, ellos, simplemente, pasaron a ser pedazos de carne andante cuando todo terminó.

S-21: La machine de mort Khmère Rouge (Rithy Panh, 2003) es un documento muy incómodo y difícil de ver. Sólo esto ya dice mucho a su favor, ya que un episodio histórico tan brutal como el genocidio camboyano merece ser contado con crudeza y sin efectismos. No en vano su director, que dedica su vida a rodar sobre ello, lo vivió en primera persona. En S-21 realiza una especie de versión camboyana de Shoah (la película más imprescindible de todas). Pero, mientras aquella se centraba en las víctimas, S-21 se ocupa ante todo de los verdugos. Sin participación directa en lo que vemos, el director deja hablar a los guardias y torturadores, que se prestan a dar su testimonio. No sólo hablado, sino que incluso recrean con el vacío (¿supone diferencia para ellos gritar al aire y no a personas despojadas de humanidad?) escenas cotidianas de aquel centro de exterminio, en algunas de las interpretaciones más duras y despojadas de intenciones ocultas que se pueden ver en una pantalla. Estas reconstrucciones podrían ser cómicas de no ser tan profundamente trágicas, como se puede comprobar en el vídeo que pongo por aquí. Rithy Panh intenta desnudar emocionalmente a los verdugos, provocar que salga lo que queda en ellos. Pero es imposible: no queda nada. Hablan entre ellos con frialdad, recordando las anécdotas del exterminio y la tortura como quien recuerda las batallitas de la mili. No hay orgullo en sus palabras, claro; pero tampoco hay arrepentimiento. De hecho, no hay nada. Están vacíos. Dos de los apenas doce supervivientes conversan entre sí: «¿Alguien te ha dicho que fue un error? ¿Alguien te ha pedido perdón? ¿Escuchaste eso de la boca de los dirigentes o de los ejecutantes?», «No», responde el otro, incapaz de controlar su pena y rompiendo a llorar desconsolado. Cuando las víctimas se reúnen con los verdugos ni siquiera hay tensión, sólo un abatimiento no ominoso. Los antiguos guardias son incapaces de mirarles a los ojos. Si sienten algo, sólo es algo ligeramente parecido a la vergüenza. Un pintor superviviente, aunque derrumbado por dentro, se muestra entero ante ellos y da lecciones silenciosas de lo que es ser humano. Sus recriminaciones no son vengativas ni contienen odio, sino sólo dolor. Tanto por ellos como por él. Porque las víctimas, transformadas por las circunstancias en una especie de mártires hiperempáticos, son capaces de absorber el dolor de todos. La sobredosis les lleva a una aparente entereza, que lo único que hace es aumentar su dignidad. Sus narraciones, como las de los guardias, no se detienen en los detalles más crueles, como sucedía en Shoah con las víctimas de los nazis. No dulcifican lo que ocurrió ni omiten lo terrible, pero su forma de contarlo es más estoica, más general, menos íntima. Quizá es que es otra cultura, o que su menor educación les impide ser tan claros como cuando los sufridores judíos hablan de lo que pasaron y vieron; quizá el hecho de vivir todavía bajo el régimen que los masacró no les ha dejado coger distancia y recordar la destrucción en todo su esplendor; o quizá los europeos fueron efectivamente mucho más creativos en sus aberraciones precisamente por esa mayor educación (tampoco hay que olvidar que los totalitarismos asiáticos tienen origen occidental, tanto en las teorías que decidieron aplicar a su manera como en su componente importante de ser reacción al colonialismo europeo y al imperialismo norteamericano). Da que pensar el hecho de que los verdugos nazis no quieran mostrarse en Shoah, donde eran grabados con cámara oculta, mientras que en S-21 aparecen con naturalidad y sin miedo. Y también da que pensar el hecho de que los alemanes asesinos conserven algo de orgullo y odio en su tono, mientras que los camboyanos sólo transmiten derrota y desesperanza.

Sidney Lumet (II)

Fail-Safe (Punto límite, 1964) – El reverso tenebroso de Dr. Strangelove. Partiendo de un argumento prácticamente idéntico, donde Kubrick cedía al humor cínico de un “ya estamos condenados”, casi un “nos lo merecemos”, Lumet planteaba una aventura semi-realista que daba miedo precisamente por su banalidad. La sátira del primero era desesperanzada; el tenso drama del segundo contiene el deseo de esperanza, pero muestra que hay pocos motivos para tenerla, así que cae igualmente en el pesimismo. Un mal sueño apasionante que evidencia que el presente y el futuro de la humanidad están en manos de unos pocos, igual de perdidos en la vida que nosotros, igual de fascinados por la técnica. ¿Es justo que otros tan imperfectos como nosotros tengan tanta más responsabilidad?

The hill (La colina, 1965) – Película básica en la obra de Lumet y en el cine antimilitarista en general. Todo sucede en una prisión militar disciplinaria, destinada a maltratar a los de tu propio bando. Así, queda claro que lo que mueve la violencia que se desata en las Guerras no es tanto el odio al enemigo, sino el odio al otro, entendido este en el sentido fundamental de “el que no soy yo”. O incluso el sadismo como algo inherente al ser humano, secretamente deseado por él y puesto en práctica inevitablemente si se dan las condiciones propicias. El tema tolera poca broma, reproducido en la pantalla por un estilo cortante y áspero. Lo que se ve es lo que hay. Nihil y agresividad egocéntrica y ciega, por desgracia.

The deadly affair (Llamada para un muerto, 1966) – Película de espías carne de análisis psicoanalítico. Como es habitual en Lumet, pone al mismo nivel el drama interior de las relaciones humanas que uno vive con la gran tragedia exterior de la humanidad, puesto que, si no son la misma cosa, al menos una se deriva siempre de la otra y viceversa. La familia como eterna alegoría, o reproducción en pequeñito, de la sociedad; y viceversa.

The Anderson tapes (Supergolpe en Manhattan, 1971) – Quizá la más política de las películas de robos. Aparecen todos los tópicos del género (ladrones de guante blanco, imprevistos que destruyen la concienzuda planificación, etc.), pero el trasfondo anclado en el contexto de la época le da otro regusto. Ese contexto es el de la lucha por los derechos civiles, anticipando el escándalo de COINTELPRO (que ya sería entonces un secreto a voces, excepto para los oscurantistas medios de comunicación) y sus persecuciones ilegales. Aunque lo principal sigue siendo la acción, el poderoso subtexto entronca más con la paranoia tecnológica de Los crímenes del Dr. Mabuse.

The offence (La ofensa, 1972) – Sean Connery desata sus demonios en algo que un crítico al uso se contentaría con llamar “oscuro drama policial”, con un personaje que mata a un asesino de niños cuando lo interroga… porque, en lo profundo de su psique, se ve reflejado en él. En realidad, una exploración de los instintos, del origen de la violencia, de la frustración generada por una sociedad que se autoconsidera hipercivilizada y, con ello, oprime y reprime hasta grados que no todos pueden soportar. El uso de la luz destaca todo esto, insiste en ello, y en esa insistencia se revela la potencia de las fuerzas sociales (y por tanto humanas) que hunden a los hombres.