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Nuestra bella oscura retorcida fantasía

A volumen máximo o nada. Es un gran triunfador que se abre sin pudor ni vergüenza, una exaltación de ego y miserias de profunda ambigüedad moral, tenemos que ponernos en su escala. Una tensión sofocante entre fantasmeo y sinceridad insobornable y valiente, entre lo sublime y lo vulgar, que sólo puede salir por la vía de la catarsis; la del artista y la del oyente (experimentador). Eso viene a ser el quinto disco de Kanye West, My beautiful dark twisted fantasy. Un apabullante exceso, con manchas de imperfección que lo terminan de hacer inmenso. Terremoto de ritmos y estilización absoluta del sample, caos siempre armónico y coherente, desde la perspectiva de un Dios que es, en realidad, más humano que cualquiera de nosotros y nos lo enseña. Porque, más allá de la turba sónica que se te lleva por delante con su imprevisibilidad y retorcimiento de géneros, la grandeza está en esas voces sin apenas efectos perceptibles que parece que las están grabando ahora mismo en el ordenador que tienes delante, con una naturalidad y ausencia total de pensar en el qué dirán. Kanye habla de la vida pero, sobre todo, de su vida, de su mundo interior y exterior, convencido de que todo el mundo está deseando escucharle. Su oscuro cripticismo juguetón revela por momentos el simbolismo satanista que subyace, si leemos correctamente vemos la verdad: es una misa negra celebrada por Kanye como antisacerdote y, además, en su honor. La conspiración masónica/diabólica en la que están enredados los grandes negros de la cultura popular americana es un secreto a voces. Mientras, su falta de sentido del ridículo le lleva a decir lo que piensa, alternando el mal gusto con el lirismo. Dice lo que nadie se atreve a decir, o lo que nadie se atreve a decir sin cuidado. Se confunde el personaje y la persona, pero no le queda otra. Y su voz y pensamientos impresionan porque no son los de un negro de ghetto, de los que nos fascinan a los blanquitos que escribimos en blogs pero que nos parecen extraterrestres. No es uno de esos, sino uno de los nuestros. Kanye es como nosotros, como si cualquiera de nosotros tocara la cima del espectáculo y este nos calara hasta los huesos, y como si después lo contáramos sin autocensura, imbuidos de la idiosincrasia de ese mundo sin haber perdido la propia, contagiados de esa frívola existencia y a la vez encontrándole sentido a la vida gracias a ella. Ese hombrecillo se nos muestra en toda su fragilidad y fuerza, con toda su creatividad, confianza e inseguridad, y tiene tanto talento y tal carencia de miedo que eso apabulla, apabulla. Por si no queda claro, lo dice también con imágenes.

Con «Dark fantasy» cruzamos la entrada del túnel, el estribillo es el principio del ritual que sitúa en el estado anímico extático adecuado. «Gorgeous» suena en la radio y la guitarra nos lleva a conversar un poco con el acompañante, quizá hay miedo y es un intento de quitarle hierro. «POWER» es ya una danza tribal para celebrar a este hombre esquizoide del siglo XXI. «All of the lights» muestra que el túnel está increíblemente iluminado por todo tipo de lámparas de diseño y velones de iglesia, y que los diáconos son del más alto nivel; ¿es Elton John un inaccesible antipapa? «Monster» anuncia la llegada de Satán en persona, Kanye le ha vendido su alma (esto es cierto) y cada vez se parece más al Swan de El fantasma del Paraíso. «So appalled» se ríe del resto del mundo, de los que no están en la logia, de los pobres mortales que creen ser algo y no son nada. Jay-Z plantea el gran dilema: “Would you rather be underpayed or overrated?“. «Devil in a new dress» es un compadreo directo con Satanás. «Runaway» une al Kanye pre-pacto con el diablo con el Kanye post-pacto, el vano humano con el trascendente semidiós, conjugando la contagiosa sensibilidad de ambos mundos para engañar a todos. «Hell of a life» exalta la vida lasciva frente a la falsa vida de la conveniencia social, es el ideal luciferino que sólo trae buenas consecuencias (para quien lo vive). En «Blame game» se pone de nuevo el disfraz de humano, y consigue transmitir la tragedia que es vivir una relación amorosa; quizá eso fue lo que le llevó a abrazar al demonio. «Lost in the world» es la explosión final, todos los sentimientos de la múltiple personalidad de Kanye llevados al límite en el último y ultrarromántico aquelarre en su honor. «Who will survive in America» enlaza su experiencia con la sociedad, utilizando un speech anti-sistema de Gil Scott-Heron, profetizando el cercano Apocalipsis. Apocalipsis que ellos, los elegidos, están disfrutando ya. Nos invitan a verlo desde dentro, quizá incluso a ser partícipes.

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Querida M.I.A.

Nos conocimos en el SoulSeek, ¿te acuerdas? Que me bajé el Arular porque alguien de gusto me lo había recomendado. Vaya disquete te marcaste, me ayudó mucho en mi cruzada de defensa del reggaeton y otros ritmos mal vistos en Europa. ¡Esos aburguesados modernos! Leí que eras una artista, de las de Bellas Artes,  y me lo compré original, para ver el diseño que habías montado; y también para ver si salías guapeta en más fotos, jeje. Ya te dije que yo siempre he sido como xenófobo pero al revés, algo así como xenófilo (este chiste nunca te hizo gracia y ni siquiera te parecía un chiste), y tus srilankismos me mataban. El rollito hindú, ya sabes. Qué te voy a contar. Por aquel entonces todavía bajaba los vídeos de música del eMule, no sé si existía YouTube ya, y los tuyos me los veía como diez veces por semana. Te propuse que me enseñaras a hacer lo de tirar la granada que hacías en el vídeo de «Bucky done gun», que siempre pensé -y sigo pensando- que es lo más peligrosamente sepsi que se ha visto en una pantalla. Tu exotismo, la contemporaneidad de tu música y de tu imagen y de tu concepto, tus vínculos sospechosos con los Tigres Tamiles. ¿Cómo no iba a enamorarme de ti? Me pierdo; decía lo de la granada, al final aprendí por mi cuenta y de vez en cuando deleito a mi panda con ese movimiento. Aunque este último año ha estado más de moda en mi círculo el step on the cockroach que hacías en Pancake Mountain, enseñando a los niños lo que es bueno. En fin, que menudos bailes me marcaba yo en casa con «Galang», ensayando la coreografía en mi cuarto como unas ochoañeras en el patio. Descubrí poco más tarde, retroactivamente, la mixtape que habías sacado antes del primer disco, Piracy funds terrorism volume 1. ¡Vaya título, jodía! Menuda tía estabas hecha. Era un poco lo mismo que Arular pero más tosco, y por eso mismo todavía más divertido. Baile extremo todo el día. En mi habitación más que nada; menos una vez que fui a Valencia y pusieron «Pull up the people» y enloquecí. Hice un ridículo guapo, nano. Pero, literalmente, que me quiten lo bailao, jaja. Aún guardo copia transcrita del semese que te mandé para contártelo. Nunca contestaste, pero sé que te llegó.

Luego ya vino la locura, en el 2007. No tengo miedo a decirlo en público: me enamoré de ti. Pero hasta el fondo, eh. Por fin me hiciste caso y dejaste a Diplo, que era un guayón. Por cierto, que con buena gente te has movido, no sé si te lo he dicho alguna vez pero me encantan tus featurings (por ejemplo con Buraka Som Sistema o tu homie Rye Rye). Las canciones que hiciste desde la ruptura con Diplo cambiaron mucho, ya no tenían esos ritmos marcados, sonabas menos a favela y más a poblado indígena con radiocassettes. Más que a bailar un agarrao espasmódico con una uzi, ahora los ritmos incitaban a dispararla contra la bola de espejos de la discoteca y todo el resto de iluminación y, sólo entonces, o durante, empezar a bailar. Kala, se llamaba tu segundo disco. Pero hubo algo antes. Qué te voy a contar a ti… por fin nos conocimos en persona. Fue en el Paredes de Coura, en Portugal. Yo me compré esa misma tarde la camiseta de how many how many que salía en el nuevo vídeo de «Boyz», que vaya gran vídeo con todos esos negros pobres bailantes entre colores chillones e incitaciones poco sutiles a la epilepsia. Siempre fuiste muy true. Y sigues siéndolo, no me malinterpretes. Tus africanismos y tercermundismos poco tenían -poco podían tener, de ahí venías- de pose. Volvamos al norte de Portugal, agosto del 2007. Saliste por fin al escenario, hortera perdía, en un espacio desangelado -sólo tú y la negra, y un DJ poniendo mandanga- con un sonido más desangelado aún. Parece mentira que un concierto importante en un festival pueda ser tan de andar por casa.  Pues así fue. Siempre sospeché que la gente no lo entendió y le pareció todo cutrón, pero es que la gente nunca entiende nada. Llevabas aquella peluca lila. Luego empezaste a montar un micro lateral que parecía un potro de gimnasio. SEX. Cuando sonó «Boyz» te enseñé, desde mi puesto central en primera fila, la camiseta; me miraste y me sonreíste, cómplice. A lo mejor te suena un poco triste, pero fue una de las cimas de mi vida. Qué quieres que te diga, es lo que hay. Si me hubieras hecho un poco más de caso durante estos años, que soy una joya como siempre te digo… Va, Portugal. Momento duro. Cuando te tiraste al público te fuiste por otro lado, y casi muero de envidia por no poder ser parte de toda aquella turba que te manoseaba. Todavía lloro por las noches pensando en aquella oportunidad perdida, y a veces me toco pensando en que el azar te podría haber hecho llegar a mi espacio vital, haber puesto tu culete en mi mano, cuando el público te manteaba. Pero no fue así. En fin. Seguimos bailando y cantando contigo como si estuviéramos en tu local de ensayo. Te hice algunas fotillos, que pensaba que no iban a salir porque llené la cámara de baba. En un tema nuevo hiciste una versión bastarda del estribillo de «Where is my mind?» de los Pichis y casi me desmayo de sorpresa y de gusto. Me duele recordar todo esto, los días dorados. Nuestros días dorados, Maya. Como el gorro de basurero que llevabas aquella noche. Volví a Alicante, como un adolescente me compré todos tus discos y singles en vinilo (que pueda o no escucharlos es irrelevante), incluso un poster, en el que apareces glorificando una bomba de mano, que aún preside mi cama. Bendito eBay, que nos hizo más íntimos aún. Salió por fin Kala, y me quedé completamente picuet de principio a fin. Todavía hoy me pasa, eh. Todo lo que en Arular era claridad y contundencia, aquí era maravillosa dispersión y combativo antieurocentrismo (ataque a Occidente desde dentro y con sus propias armas, lo cool y los raperismos, que también son tus armas). Desde bollywoodadas a industrialeces hiphopianas, pasando por todo tipo de diversidades culturales sinceras y sin condescendencia. Qué te voy a decir, si mejor que tú a ti misma no te conoce nadie. Lo único que no me gustó, como te comenté en su día, fue descubrir que fumabas porros. No fue mucho más tarde que te prohibieron entrar en Estados Unidos por tus presuntas alianzas con los supuestos terroristas tamiles, ¿no? Con el tiempo, «Paper planes» se convirtió en un hit universal, y llegaste a las masas, entre asustadas y fascinadas. Que hasta te censuraron el sonido de disparos cuando actuaste en Letterman (sorpresa desagradable te llevaste), menuda panda de mojigatos. Como para no tocarles los huevos. Si es que se lo buscan. No dejes de darles lo suyo, beibe. En el fondo, me alegra que no ganaras el Oscar al que te nominaron por la de Slumdog millionaire, porque hubiera sido un poco raro verte recoger un premio así, siguiéndole el rollo a toda esa gentoleta.

Te quedaste embarazada y te fuiste de los escenarios, no sé si porque estabas hasta los cojones de tanta tontería capitalista. Creo que algo de eso había. Aquí es que perdimos un poco el contacto, aunque muy a menudo me acordaba de ti y te echaba de menos. Cada vez que me acostaba y te veía en el poster, sobre todo. Este año volviste y montaste una buena traca. Te prohibieron en la MTv el vídeo de «Born free», decían que por violento y explícito, pero todos sabemos que era porque los soldados malvados llevaban bien clara la bandera norteamericana. Si hubieran sido militares alegóricos, como lo eran las víctimas que habíais grabado, seguro que os lo habrían pasado. Bueno, pues que telita el vídeo, y además me quedé clavado en la silla con la música. Hacía unos meses que no sabía nada de ti y descubrí que te habías hecho más incómoda. Punki, si me lo permites. Tralla de la buena. Oye, que voy a ir cortando ya. A lo que iba. Te escribía sólo para decirte que me he comprado tu disco nuevo ya, Maya, la edición especial, que sales hologramática en la portada, entre barras de progreso del YouTube recortadas con el Paint. Probablemente eres la persona con más estilo del mundo, lo sabes, ¿no? Y vaya musicón. Ya te da igual todo y se nota, como cuando repites lo de “I just give a damn” en la post-mákina «Meds and feds». Se te ha ido la olla y el disco es un barullo aún más tremendo que el Kala. Cosa que no puedo sino aplaudir con todo mi cuerpo. Es todo un caótico arrebato, como espontáneo y supertrabajado, que va desde Atari Teenage Riot a Tom Tom Club, pasando por las cloacas más sintéticas del rap, extraños reggaeismos ya más que reggaetonismos, sucedáneos de «Paper planes» aún más bonitos, tracas cada vez más violentas. Aún tengo alguna duda, pero creo que eres la personificación del espíritu de nuestra época. La Jenny Sparks del siglo XXI. Toda la humanidad contemporánea metida en tu cuerpet. A lo mejor es por eso que te quiero.

XXXO