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Internet te está volviendo tonto

Nicholas Carr ha levantado mucho viento con su nuevo libro: Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Más allá del par de comentarios que haga aquí (y que, por lo visto, nadie va a leer en profundidad por la propia naturaleza de este medio, ¡imprimidlo si os interesa!), recomiendo su lectura directa, porque plantea con gran amenidad los temas adecuados para este momento de transición a una nueva forma de pensar (en) el mundo. Si no tenéis tiempo porque quedan demasiados enlaces que visitar y muchas actualizaciones en presente que comentar, se puede echar un ojo al artículo original, el también estruendoso «¿Google nos vuelve estúpidos?».

Carr no niega los inmensos valores de la Red (él mismo se declara ex-adicto), pero considera que el problema no es cómo se utiliza la herramienta, sino la herramienta en sí. El medio por el que accedemos al mundo nos transmite lo que percibe de la forma en la que lo percibe, y a través de internet recibimos un mundo de fugacidad y sobredosis de datos, de conocimiento disperso imposible de asimilar por nuestros cerebros. Sus argumentos vienen básicamente de la neurología, demostrando que el cerebro cambia físicamente si es sometido regularmente a unas mismas tareas, quedando atrofiadas las que no se usan; y de la psicología, trabajando con la idea de que el hiperenlace provoca un estado de distracción permanente que lleva a la ansiedad y que impide todo pensamiento profundo. Uno tiene un deseo de información, pulsa el link, llega a la información y se siente satisfecho. Un simple mecanismo de condicionamiento, con la pega de que la información no se recibe correctamente, queda perdida en un magma de actividad imparable y sin descanso que impide no ya su absorción, sino incluso su mera comprensión. Navegamos a la deriva por la Red, pinchando en los luminosos carteles de neón que gritan “Aquí está el conocimiento”, o “¡Pasa y diviértete!”, o “Tus amigos te esperan aquí y sólo aquí” y, justo cuando vamos a cruzar la puerta, vemos otro cartel aún más llamativo hacia el que tenemos que ir, y así en un bucle infinito. Y esto sucede no de vez en cuando, sino varias horas al día, y cada vez más gracias a la adicción generada por las redes sociales. Carr afronta estos problemas desde distintas perspectivas, destacando por ejemplo que el sistema de Google, fundamentado en el ansia de beneficios procedentes de la publicidad, prioriza en las búsquedas los resultados ya populares, por lo que al final casi todo el mundo terminaría leyendo lo mismo y, como consecuencia, pensando lo mismo.

A Carr le sobra catastrofismo implícito y reduccionismo en general (pese a la importancia absoluta de internet, no es el único medio); lo que le falta es extrapolar posibles consecuencias. Señala, con la máxima claridad, que vamos hacia un mundo en el que el pensamiento crítico y creativo no tendrá cabida, pero no dice cómo será ese mundo. Voy a mojarme interpretando los datos. Lo malo de la superficialidad intelectual, moral, emocional (la empatía profunda es sustituida por el deseo egoísta de ser aceptado por la manada) no es la superficialidad en sí, sino que esta es una comprensión simplista del mundo que puede llevar a comprar los argumentos más simples, los que más brillan, siempre disponibles junto a los pobrecitos que piden algo de esfuerzo de ti y a los que nadie hace caso. La superficialidad, unida a un cerebro saturado de información a medias, conlleva irracionalidad, y la irracionalidad puede tener graves consecuencias: nuevos totalitarismos. Estos se fundamentan en el populismo, en gritar más que los demás y, si la gente no tiene tiempo para pensar, aceptará que otros resuelvan sus problemas por el camino más corto y fácilmente comprensible. Me atrevería a decir incluso que ya vivimos en un totalitarismo, uno diferente a los del siglo XX: el sistema consumista, basado precisamente, como internet, en la primera reacción y en la constante búsqueda de nuevas experiencias. Detrás, no hay nada. Si no hay nada, otros lo van a llenar.

Su temor está muy fundado, pero me pregunto si la falta de profundidad intelectual que le aterra queda compensada por el amplísimo abanico de informaciones variadas que, por primera vez en la historia, se le abre al común de los mortales. En el discurso de Carr parece que los mortales del siglo XX eran todos sagaces lectores y académicos titulados pero, aunque es cierto que la educación se extendió más que nunca anteriormente, la gran mayoría de la gente seguía careciendo de ese pensamiento profundo. Aunque quizá esté descendiendo el ya exiguo número de personas que desarrollan ese pensamiento profundo, está aumentando espectacularmente el de las que antes apenas sabían un par de cosas sobre la vida y que, aunque ahora no sepan en realidad de nada, les suenan (o resuenan en su inconsciente intelectual) un montón de ideas distintas a las suyas que daban por hechas, que creían que eran las únicas válidas.

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Sucursal

Hace poco fantaseaba con la posibilidad de un blog dedicado íntegramente a citas, salvando alguna hipotética microglosa. Como no era completamente una deriva imaginativa, me he animado a crear ese universo alternativo con unos pases de ratón. He fundado -palabras grandes para actos diminutos- una versión sencilla de El Ansia en Tumblr, que se puede ver aquí. Como diría el tópico, una sucursal más ajustada a las formas de expresión y recepción de internet por su simplicidad. Tiene intención de poner en práctica lo que proponía en aquel post, sirviendo como escaparate de citas ajenas, de vídeos o sonidos o imágenes que hablen por sí mismas, contradiciendo con alegría mi defensa a ultranza de la contextualización (aunque cualquiera con una mínima capacidad de búsqueda puede contextualizar por sí mismo). Un caótico potaje de referencias y medios que me conforman y me van conformando. Como objetivo, abandonando toda pretensión, la mera recomendación o las ganas de compartir algo que me ha removido alguna cosa, reptiliana o reflexiva, por dentro. Que no dejan de ser las intenciones finales que he tenido siempre.

Nazca así el hermano tonto de El Ansia. Cuyo vientre admite, como aquí, comentarios y discusiones.

El chico que se borró del Facebook

nos ha dado una serie de razones por las que lo ha hecho.  Adjuntamos algunos extractos de las declaraciones que ha hecho en el artículo que le ha dedicado al asunto en su blog, para intentar desvirtuar lo menos posible lo que quería decir.

1. Absorbía todo su tiempo libre dentro y fuera del ordenador. «Tenía un iconito en la barra de marcadores del Firefox, entonces entrar al Facebook era tan sencillo como mover el cursor y darle un botón. Lo hacía compulsivamente, cada cinco minutos si estaba haciendo otras cosas y cada dos minutos si estaba en el navegador. ¿Leer? Para qué, si ya leo los estados de mis amigos. ¿Ver películas? Hombre, con la lista de enlaces que tengo guardados para ir viendo poco a poco, no me seas antiguo. ¿Salir a pasear? Nahhh, los juegos sucedáneos de granjas son más cómodos. ¿Cómo que quedar esta tarde para hablar de cómo quedamos para el fin de semana? No, hombre, ahora mando un privado a todos y más fácil, y si cuesta quedar porque no existe el botón de concluir la conversación, pues más tiempo de vidilla tenemos».

2. Le fastidiaba el despertar mañanero. «Tengo un iPod Touch y allí podía consultar el Facebook. Duermo con música, por lo que al despertarme siempre lo tengo a mi lado. Comenzaba el día con ansiedad, no queriendo mirarlo pero sintiéndome obligado a ello. Después de una dura lucha interna que ya me dejaba tocado y nervioso para todo el día, lo primero que hacía, casi sin esperar a deslegañarme, era mirar el Facebook. Y mirarlo mal, además, porque la aplicación siempre daba problemas. Y, por supuesto, en cuanto encendía el portátil tenía que volver a mirarlo todo otra vez porque o no me acordaba o quería comentar algo y en el iPod me había dado pereza hacerlo».

3. Es algo absurdo y cretino. «De verdad, ¿para qué sirve? Echo la vista atrás de este año de adicción, que ha sido cada vez mayor y más intensa, y no me ha aportado nada. Cuatro risas con algún comentario bueno que he leído, siete haztefans con chistes metafilosóficos desopilantes, dos o tres personas nuevas interesantes y mucho estrés obligacional. ¿No perder el contacto? Si no quieres perderlo, tienes el e-mail o el Messenger. O, si nos ponemos serios, la vida real. El Facebook es el nuevo nihilismo».

4. La impersonalidad incluso con las personas. «Es una red social, vale. Está en su nombre: social. No es personal, no es individual. Ni siquiera es humana. Tiene la capacidad de convertir cualquier cosa en un grito al vacío. Además es un grito sin eco, porque las 300 personas que tienes como amigos quitan todo el aire que permitiría que sonara. O incluso que permitiría que ese grito saliera de ti, y no que lo hiciera el Facebook por su cuenta después de tu ínfima acción de publicar algo. Sí, dos o tres le darán al “Me gusta” y, con suerte, otros dos o tres comentarán una breve frase o un “jajajaja”. ¿Y qué? Aunque los 300 amigos comentaran, ¿de qué serviría eso? De nada. No hay más que comparar la pequeña alegría que da mandar un enlace o una foto por el Messenger a alguien en concreto con la nada absoluta que supone que te hayan dado un “Me gusta”. Podría haberle dado un ordenador, podría incluso haberte comentado el servidor del Facebook a base de pitiditos transcritos, y el resultado habría sido el mismo».

5. Es un ambiente irrespirable. «¡300 personas metidas en una pantallita! ¿Estamos locos? Es como entrar en el pub de moda en hora punta, sólo que más o menos conoces a todo el mundo y más o menos tienes que pararte a saludar y decir dos banalidades a cada uno de ellos. Te conviertes en un relaciones públicas sin sueldo y sin objeto ni objetivo».

6. No se liga nada. «Recuerdo los tiempos del Fotolog, o incluso del MySpace. Allí se conocía mucha gente nueva e, inevitablemente, chicas. Y alguna vez algo pasaba, claro. Era inevitable, ya digo. El Facebook es sólo para personas que ya conoces, no sólo es complicadísimo encontrar personas nuevas sino que se mecaniza y se vacía la relación que tenías con las anteriores. Si añades como amiga al Facebook a una chica que acabas de conocer en el mundo real y te gusta, ten por seguro que es la muerte de cualquier futuro sexual o amoroso que pudiérais haber tenido».

7. Borrarse da un tema de conversación para el mundo exterior. «Todo el mundo habla de Facebook por la calle, en el autobús, en la universidad, en los institutos. O del Tuenti, que para el caso lo mismo es. Al estar fuera de la red social, no entiendes más de la mitad de lo que tus amigos hablan. Puedes preguntar y, si esos amigos todavía conservan cierto sentido de la realidad externa, estarán encantados de explicarte los últimos cotilleos de los que se han enterado por allí. Hacer esto supone también un proselitismo discreto, porque los llevas a tu terreno sin que se den cuenta: el mundo real. Además, nadie da crédito al hecho de que te hayas borrado y de pronto todo el mundo te pregunta si te ve por la calle, te manda mails, te llama diciendo ¿estás bien? ¿Te ha pasado algo? Puedes contar conmigo».

8. Los efectos psicológicos son desastrosos. «El Facebook puede generar no sólo adicción sino compulsión. Si uno no controla, en pocas semanas estará totalmente absorbido por la red social. Pensará la vida exclusivamente en términos de Facebook: me hago fan de esto, no sé si con esta chica tendría que poner ya que estoy en una relación y qué tipo de relación, hazme esta foto y luego etiquetamos al señor de atrás con una frase graciosa, qué vídeo será el apropiado para hoy y a quién le gustará y a quién no, tengo ganas de llegar a casa ya ya ya ya para comentar en todas las nuevas fotos que han subido quiero llegar ya ya ya vamos autobusero dale gas ya ya ya ya ya. Al principio todo esto es divertido, incluso muy divertido. La novedad, una nueva forma de ver el mundo. Y encima compartida, esto es la monda. Pero después se convierte en una obligación, y una bastante desagradable. Cuando antes corrías a ver qué te habían puesto o qué podías poner, ahora luchas por no ir pero no lo puedes evitar. Cambia la forma de percibir la realidad, todo se vuelve superficial, inmediato… y urgentemente obligatorio. Sigues corriendo para ir a hacerlo, corriendo en la esclavitud o en la eterna cinta mecánica para mejorar tus glúteos y tus gemelos pero empeorándolos».

9. El capítulo de South Park mostró las verdades y nos hizo empatizar con ellas. «Hace dos semanas hicieron un episodio dedicado al Facebook, “You have zero friends”. Y mostraba su miseria de forma tan clara que daba mucho, mucho miedo. Por primera vez, me reconocí no en los niños que representan el sentido común, sino en los idiotas ridiculizados. No lo contaré, porque hay que verlo directamente, para que funcione como una terapia de choque. Pónganlo en las universidades, profesores. Si es que no se conforman con haberlo compartido por el Facebook».

10. Es un invento de la CIA para monitorizarnos. «Uno lee aquí y allá que el Facebook está controlado por la CIA, que es el Gran Hermano, que toda tu vida se convierte en datos para mandarte la publicidad adecuada. Y teniendo en cuenta que toda tu vida llega a estar en Facebook, es algo que da que pensar. La privacidad en realidad no es algo tan importante, precisamente porque ellos mismos, los publicitarios, no le dan importancia: no lo ven como algo humano, sino como simples variables a las que hay que ajustarse. Sin embargo, cuando empiezas a tener miedo de ir a Estados Unidos, por si en el aeropuerto les da por hacerte una inspección de orificios porque un amigo tuyo se hizo fan del Partido Comunista, o porque deseaste en tu estado la muerte del capital, o porque hiciste apología del terrorismo cultural compartiendo un vídeo de Banksy… cuando piensas que eso puede influir en cómo te recibirá ese país si te apetece ir de turista o a formarte académicamente, entonces conviene darle alguna que otra pensada. ¿A quién le interesa más lo que dices en el Facebook, a tus amigos o a Jack Bauer?».

El chico que se borró del Facebook da vueltas y más vueltas sobre lo mismo. Un diagnóstico rápido es el del estrés postraumático: después de un año comunicándose por internet a base del equivalente a los gruñidos, no puede controlarse y escribe y escribe, se repite, aumentan sutil y progresivamente los delirios paranoide-conspiratorios, propone quemar sostenes y routers, sugiere boicots a Estados Unidos, considera llevar a la práctica la idea del magnicidio disparando a los creadores del Facebook o reventando su sede central, incluso llega a hacer una apología del Tuenti (de la que se arrepiente dolorosamente en el párrafo siguiente) por considerarlo la versión buena del Facebook, el paladín de Dios que ha de luchar contra el enviado de Satán. La lectura es engorrosa y quizá más interesante para un psicólogo que para un analista cultural, pero rescatemos para terminar otro pequeño extracto: «Al mismo tiempo que yo se lo ha borrado una amiga. Hablando por el Messenger estamos compartiendo un momento epifánico, el sentimiento de ver la luz al final de un túnel que no sólo estaba cerrado sino en el que nos gustaba vivir como ratas. Si se me permite citarla (y saludarla, ¿puedo?: ¡hola, Rosa!): “Me siento como si hubiera salido de Matrix“, me dice. Y no puedo sino darle la razón. Me duele la cabeza porque me han quitado los cables, me duele la libertad, pero ahora la tengo y puedo volver a ser humano. Puedo volver a utilizar internet». Pero algo bueno tendría, ¿no? «Tiene muchas cosas buenas. Pero hay que callarlas, porque esto es una guerra y al enemigo no hay que darle ni una gota de agua ni un momento de respiro».