El chico que se borró del Facebook

nos ha dado una serie de razones por las que lo ha hecho.  Adjuntamos algunos extractos de las declaraciones que ha hecho en el artículo que le ha dedicado al asunto en su blog, para intentar desvirtuar lo menos posible lo que quería decir.

1. Absorbía todo su tiempo libre dentro y fuera del ordenador. «Tenía un iconito en la barra de marcadores del Firefox, entonces entrar al Facebook era tan sencillo como mover el cursor y darle un botón. Lo hacía compulsivamente, cada cinco minutos si estaba haciendo otras cosas y cada dos minutos si estaba en el navegador. ¿Leer? Para qué, si ya leo los estados de mis amigos. ¿Ver películas? Hombre, con la lista de enlaces que tengo guardados para ir viendo poco a poco, no me seas antiguo. ¿Salir a pasear? Nahhh, los juegos sucedáneos de granjas son más cómodos. ¿Cómo que quedar esta tarde para hablar de cómo quedamos para el fin de semana? No, hombre, ahora mando un privado a todos y más fácil, y si cuesta quedar porque no existe el botón de concluir la conversación, pues más tiempo de vidilla tenemos».

2. Le fastidiaba el despertar mañanero. «Tengo un iPod Touch y allí podía consultar el Facebook. Duermo con música, por lo que al despertarme siempre lo tengo a mi lado. Comenzaba el día con ansiedad, no queriendo mirarlo pero sintiéndome obligado a ello. Después de una dura lucha interna que ya me dejaba tocado y nervioso para todo el día, lo primero que hacía, casi sin esperar a deslegañarme, era mirar el Facebook. Y mirarlo mal, además, porque la aplicación siempre daba problemas. Y, por supuesto, en cuanto encendía el portátil tenía que volver a mirarlo todo otra vez porque o no me acordaba o quería comentar algo y en el iPod me había dado pereza hacerlo».

3. Es algo absurdo y cretino. «De verdad, ¿para qué sirve? Echo la vista atrás de este año de adicción, que ha sido cada vez mayor y más intensa, y no me ha aportado nada. Cuatro risas con algún comentario bueno que he leído, siete haztefans con chistes metafilosóficos desopilantes, dos o tres personas nuevas interesantes y mucho estrés obligacional. ¿No perder el contacto? Si no quieres perderlo, tienes el e-mail o el Messenger. O, si nos ponemos serios, la vida real. El Facebook es el nuevo nihilismo».

4. La impersonalidad incluso con las personas. «Es una red social, vale. Está en su nombre: social. No es personal, no es individual. Ni siquiera es humana. Tiene la capacidad de convertir cualquier cosa en un grito al vacío. Además es un grito sin eco, porque las 300 personas que tienes como amigos quitan todo el aire que permitiría que sonara. O incluso que permitiría que ese grito saliera de ti, y no que lo hiciera el Facebook por su cuenta después de tu ínfima acción de publicar algo. Sí, dos o tres le darán al “Me gusta” y, con suerte, otros dos o tres comentarán una breve frase o un “jajajaja”. ¿Y qué? Aunque los 300 amigos comentaran, ¿de qué serviría eso? De nada. No hay más que comparar la pequeña alegría que da mandar un enlace o una foto por el Messenger a alguien en concreto con la nada absoluta que supone que te hayan dado un “Me gusta”. Podría haberle dado un ordenador, podría incluso haberte comentado el servidor del Facebook a base de pitiditos transcritos, y el resultado habría sido el mismo».

5. Es un ambiente irrespirable. «¡300 personas metidas en una pantallita! ¿Estamos locos? Es como entrar en el pub de moda en hora punta, sólo que más o menos conoces a todo el mundo y más o menos tienes que pararte a saludar y decir dos banalidades a cada uno de ellos. Te conviertes en un relaciones públicas sin sueldo y sin objeto ni objetivo».

6. No se liga nada. «Recuerdo los tiempos del Fotolog, o incluso del MySpace. Allí se conocía mucha gente nueva e, inevitablemente, chicas. Y alguna vez algo pasaba, claro. Era inevitable, ya digo. El Facebook es sólo para personas que ya conoces, no sólo es complicadísimo encontrar personas nuevas sino que se mecaniza y se vacía la relación que tenías con las anteriores. Si añades como amiga al Facebook a una chica que acabas de conocer en el mundo real y te gusta, ten por seguro que es la muerte de cualquier futuro sexual o amoroso que pudiérais haber tenido».

7. Borrarse da un tema de conversación para el mundo exterior. «Todo el mundo habla de Facebook por la calle, en el autobús, en la universidad, en los institutos. O del Tuenti, que para el caso lo mismo es. Al estar fuera de la red social, no entiendes más de la mitad de lo que tus amigos hablan. Puedes preguntar y, si esos amigos todavía conservan cierto sentido de la realidad externa, estarán encantados de explicarte los últimos cotilleos de los que se han enterado por allí. Hacer esto supone también un proselitismo discreto, porque los llevas a tu terreno sin que se den cuenta: el mundo real. Además, nadie da crédito al hecho de que te hayas borrado y de pronto todo el mundo te pregunta si te ve por la calle, te manda mails, te llama diciendo ¿estás bien? ¿Te ha pasado algo? Puedes contar conmigo».

8. Los efectos psicológicos son desastrosos. «El Facebook puede generar no sólo adicción sino compulsión. Si uno no controla, en pocas semanas estará totalmente absorbido por la red social. Pensará la vida exclusivamente en términos de Facebook: me hago fan de esto, no sé si con esta chica tendría que poner ya que estoy en una relación y qué tipo de relación, hazme esta foto y luego etiquetamos al señor de atrás con una frase graciosa, qué vídeo será el apropiado para hoy y a quién le gustará y a quién no, tengo ganas de llegar a casa ya ya ya ya para comentar en todas las nuevas fotos que han subido quiero llegar ya ya ya vamos autobusero dale gas ya ya ya ya ya. Al principio todo esto es divertido, incluso muy divertido. La novedad, una nueva forma de ver el mundo. Y encima compartida, esto es la monda. Pero después se convierte en una obligación, y una bastante desagradable. Cuando antes corrías a ver qué te habían puesto o qué podías poner, ahora luchas por no ir pero no lo puedes evitar. Cambia la forma de percibir la realidad, todo se vuelve superficial, inmediato… y urgentemente obligatorio. Sigues corriendo para ir a hacerlo, corriendo en la esclavitud o en la eterna cinta mecánica para mejorar tus glúteos y tus gemelos pero empeorándolos».

9. El capítulo de South Park mostró las verdades y nos hizo empatizar con ellas. «Hace dos semanas hicieron un episodio dedicado al Facebook, “You have zero friends”. Y mostraba su miseria de forma tan clara que daba mucho, mucho miedo. Por primera vez, me reconocí no en los niños que representan el sentido común, sino en los idiotas ridiculizados. No lo contaré, porque hay que verlo directamente, para que funcione como una terapia de choque. Pónganlo en las universidades, profesores. Si es que no se conforman con haberlo compartido por el Facebook».

10. Es un invento de la CIA para monitorizarnos. «Uno lee aquí y allá que el Facebook está controlado por la CIA, que es el Gran Hermano, que toda tu vida se convierte en datos para mandarte la publicidad adecuada. Y teniendo en cuenta que toda tu vida llega a estar en Facebook, es algo que da que pensar. La privacidad en realidad no es algo tan importante, precisamente porque ellos mismos, los publicitarios, no le dan importancia: no lo ven como algo humano, sino como simples variables a las que hay que ajustarse. Sin embargo, cuando empiezas a tener miedo de ir a Estados Unidos, por si en el aeropuerto les da por hacerte una inspección de orificios porque un amigo tuyo se hizo fan del Partido Comunista, o porque deseaste en tu estado la muerte del capital, o porque hiciste apología del terrorismo cultural compartiendo un vídeo de Banksy… cuando piensas que eso puede influir en cómo te recibirá ese país si te apetece ir de turista o a formarte académicamente, entonces conviene darle alguna que otra pensada. ¿A quién le interesa más lo que dices en el Facebook, a tus amigos o a Jack Bauer?».

El chico que se borró del Facebook da vueltas y más vueltas sobre lo mismo. Un diagnóstico rápido es el del estrés postraumático: después de un año comunicándose por internet a base del equivalente a los gruñidos, no puede controlarse y escribe y escribe, se repite, aumentan sutil y progresivamente los delirios paranoide-conspiratorios, propone quemar sostenes y routers, sugiere boicots a Estados Unidos, considera llevar a la práctica la idea del magnicidio disparando a los creadores del Facebook o reventando su sede central, incluso llega a hacer una apología del Tuenti (de la que se arrepiente dolorosamente en el párrafo siguiente) por considerarlo la versión buena del Facebook, el paladín de Dios que ha de luchar contra el enviado de Satán. La lectura es engorrosa y quizá más interesante para un psicólogo que para un analista cultural, pero rescatemos para terminar otro pequeño extracto: «Al mismo tiempo que yo se lo ha borrado una amiga. Hablando por el Messenger estamos compartiendo un momento epifánico, el sentimiento de ver la luz al final de un túnel que no sólo estaba cerrado sino en el que nos gustaba vivir como ratas. Si se me permite citarla (y saludarla, ¿puedo?: ¡hola, Rosa!): “Me siento como si hubiera salido de Matrix“, me dice. Y no puedo sino darle la razón. Me duele la cabeza porque me han quitado los cables, me duele la libertad, pero ahora la tengo y puedo volver a ser humano. Puedo volver a utilizar internet». Pero algo bueno tendría, ¿no? «Tiene muchas cosas buenas. Pero hay que callarlas, porque esto es una guerra y al enemigo no hay que darle ni una gota de agua ni un momento de respiro».

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GAMER: La importancia de la ciencia-ficción

(Gamer, Neveldine / Taylor, 2009)

Gamer es una muestra modélica de la grandeza de la ciencia-ficción. Esta grandeza intrínseca al género bien entendido reside no tanto en la imaginación o en la fantasía (aunque también), sino sobre todo en la capacidad que tiene para hablar sobre el presente sin hablar de él, proyectándolo a un futuro que permite tomar una distancia para observarlo y preguntarle mejor. El resto es envoltorio. El de Gamer es espectacular, un despliegue de barroquismo gráfico (hay que utilizar términos de videojuegos y no cinematográficos) que enseña a las claras que las reglas narrativas del cine comercial ya no son las mismas, que las películas de acción hace tiempo que dejaron de entenderse en términos de planos para pasar a ser macroconstrucciones de montaje acumulativo. Neveldine/Taylor ya avisaron de lo que eran capaces en las dos partes de Crank, entretenidas y hasta algo atrevidas, pero insuficientes, además de lastradas por una estupidez por momentos ofensiva. Algo de ese humor machista y racista queda en Gamer, pero aquí matizado y ya no en la base del sentido de la obra, por lo que esta vez se puede hacer la vista gorda. En todo caso, esta pareja de creadores tiene una frescura y una energía imposible de encontrar en los muertos mamotretos de Michael Bay, tomado este como ejemplo paradigmático del cine cadáver hollywoodiense.

Gamer abre, quizá sin saberlo, muchas preguntas sobre nuestro mundo, como la mejor ciencia-ficción. La película apabulla, no permite respiro físico ni intelectual. El espectador es jugador, no espectador. El tema básico se puede resumir en: sexo y violencia. Hay dos videojuegos, cuya clave es que se controla una persona real, no una figura digital. El primero se llama Society, un entorno que utiliza lo chillón como sucedáneo de la vitalidad, y que permite la explicitación de todo lo que se reprime en Los Sims o Second Life. El segundo es Slayers, que utiliza a presidiarios como carne de cañón para un juego de acción bélica. Este último parece poco implantable en el mundo real, ya que se asesina cruel y gratuitamente a personas de verdad, y para eso se exigiría ser un psicópata, de los que en el fondo hay pocos. Pero el primero es tremendamente creíble, porque todo el mundo disfruta con el sexo, y más aún en la actualidad con el sexo como experimentación, mercancía y objetivación del otro. Lo siniestro de este asunto no es que sea creíble, sino que… ya existe. ¿Qué es sino el ciberporno, por otra parte tan aparentemente querido por Neveldine/Taylor? Unos maniquíes que hacen las guarradas que pide el público/mercado. La línea de separación entre Society y el mundo que habitamos casi desaparece si hablamos de las chicas que hacen lo que pide el cliente/jugador a través de una webcam. Por lo tanto, si alguien se siente incómodo con lo que sucede en Gamer, tiene que pensar que no es un futuro deshumanizado al final del camino en el que estamos, sino que es ya la realidad. Todo esto se podría comparar con la prostitución tradicional, pero no es lo mismo porque allí al menos hay una interacción física auténtica, que implica el reconocimiento del otro como igual al menos en lo material. Sin embargo, aquí el otro queda absolutamente desligado del yo, las actrices del ciberporno son objetos que no se perciben al mismo nivel que el perceptor, sino al mismo nivel que un banner o una entrada de un blog. Se puede argumentar que la distancia no es tal porque en Society hay una asimilación del jugador con el personaje, pero es que la tensión entre identificación y voyeurismo es también la clave del ciberporno, y el resultado final, el que queda cuando todo ha terminado, es siempre la objetivación y la separación. El porno tradicional tiende a la pasividad del espectador, a una distancia puntualmente identificativa, pero el ciberporno requiere de la participación activa del consumidor, que se ve obligado a hacer algo más que pulsar el play. De la acción de escribir en una ventana diciéndole a la chica que se vende por webcam que se quite la parte de abajo, a la acción de transmitirle “telepáticamente” a una persona real caracterizada de personaje virtual que le meta el dedo por ahí al personaje virtual que pasa por su lado, de una a otra no hay ni un paso. Es lo mismo, la gradación es puramente tecnológica. La diferencia que hace que Society sea todavía ciencia-ficción es que la chica de la webcam aún tiene la posibilidad de decir “no” a una petición, mientras que la chica convertida en personaje de videojuego no tiene libre albedrío. Pero la complejidad del asunto está en que, como en la interesantísima serie Dollhouse, se desprende voluntariamente de ese libre albedrío mediante un acto libre (todo lo libre que puede ser firmar un contrato en una sociedad capitalista).

He desarrollado por encima una de las cuestiones que puede plantear Gamer, pero hay muchas más. Por ejemplo, sobre la identificación contemporánea del goce y de la libertad con los entornos virtuales. ¿No se siente envidia al entrar en la casa del chico que, literalmente, habita en internet? Sin embargo ¿no es la ansiedad que provoca la falta de realidad algo más que una sombra sobre ese placer? Otras preguntas, además de las consabidas sobre la relación entre violencia ficticia y violencia real (la indistinción entre ambas ya es a menudo real en las guerras estadounidenses hipertecnificadas), pueden tratar sobre la potencialidad revolucionaria de las redes. ¿Puede ser útil internet como herramienta de subversión, puede tener consecuencias importantes en el mundo tradicionalmente real? Las preguntas relativas a la percepción de la virtualidad como realidad son tan evidentes que no hace falta ni enunciarlas. Pero ¿llegará el punto en el que sea indistinguible el producto publicitario no ya del producto cultural en sí, sino incluso de la realidad tradicional? ¿O hace mucho que estamos en ese escenario? Dejo aquí planteados algunos temas que pueden surgir en el diálogo con Gamer, un monumento sensorial y una estimulación intelectual de primera. Atributos ambos de toda buena ciencia-ficción.

THE GIRLFRIEND EXPERIENCE: Situacionismo contemporáneo y estética Apple

(The girlfriend experience, Steven Soderbergh, 2009)

El mayor mérito de The girlfriend experience es que parece hecha ayer por la tarde. Sí, esa contemporaneidad en la que tan a menudo insisto es, en mi opinión, en sí misma un valor estético, y uno de primera. Expresiones culturales que son de ahora, y que sólo podrían haber sido de ahora. Aquí se habla de la crisis económica, del poder que otorga la posibilidad de que cualquiera pueda decir lo que quiera en internet, del dinero como fin, de las nuevas relaciones amorosas y sexuales. En realidad ni siquiera se habla de todo esto, sino que estas cosas hablan por sí mismas, emergiendo de la contemporaneidad total que rebosa The girlfriend experience, como Cloverfield. No lanza preguntas, ni mucho menos ofrece respuestas. Se limita a situarse en medio de la época, la filma con la estética ultracool desapasionada y superficialmente superficial que ella misma pide y le deja hacer. Desde el punto de vista mayoritario en el imaginario cultural, el estadounidense. Nada de resabios europeos deudores de la tradición, como en los -en todo caso brillantes- thrillers tecnoempresariales de Olivier Assayas, como Demonlover y Boarding gate, con los que tiene mucho en común. Aquí no hay modernidad, sino actualidad.

La narración es tan libre como la ligereza del mundo que salta del navegador de internet al viaje low-cost. Se sigue -a ratos mediante una entrevista con, asumimos, fines promocionales; dato relevante- a una prostituta de lujo que se mueve entre empresarios, a los que ofrece una experiencia de intimidad y cercanía que no se limita al sexo. Ese personaje queda engarzado en Sasha Grey, una actriz porno en la vida real y, como el personaje, un producto que mezcla ficción y realidad, un producto dirigido en parte a un target pretendidamente elevado sobre la vulgaridad. La verdadera señorita Grey aparenta inteligencia y presume de buen gusto en lecturas, cine y música, además de hacer sus pinitos en el activismo contracultural. Esto contrasta con sus vídeos explícitos, en los que parece que se entrega a prácticas sexuales bastante brutales. ¿O lo interesante es que ya no son vidas incompatibles hoy? ¿Por qué alguien inteligente y con potencial para hacer lo que quiera escoge ser sometida a vejaciones públicas extremas? ¡Pues porque quiere! ¡Su cuerpo es suyo! ¿No? ¿O es que acaso es de quien lo paga?

En resumen: es un icono (¿contra?)cultural. El personaje de la escort ofrece algo similar, humanidad dentro de algo que podría o no ser nada más que puro sexo. Estos paralelismos no son accidentales y componen buena parte de la base de la película, enlazándola con la realidad con su regusto docudramático. Se pueden conectar de muchas maneras, permitiendo múltiples lecturas, con temas relevantes hoy, como la relación entre el valor de las cosas y el dinero, el libre uso de la propia persona que quiera o pueda hacer cada cual, o las nuevas formas de entender la pareja, si es que todavía es pertinentente este concepto. De este personaje que vende su cuerpo a hombres de negocios que buscan un extra de cariño se podría, probablemente, extraer alguna lectura central alegórica sobre el sistema económico global. Pero la esencia de The girlfriend experience es la humanidad latente en este mundo de culto al dinero. Pretende mostrar, sin afán de comentario político sino de retrato que aporta las herramientas para hacer las preguntas, que toda ese gente que se mueve en las esferas empresariales también son personas. Este acercamiento difícilmente podría aparecer en un film europeo, por eso el valor de la propuesta de Soderbergh -que quisiera ser europeo pero por suerte nunca lo será-, la inusual posibilidad de acceder a un punto de vista humanista surgido del corazón del capitalismo… sin dejar de ser implícitamente crítico con él.

Películas para una década: Hubo mucho cine entre el 2000 y el 2009

Es cierto, yo lo vi. Yo lo viví, analicé, comenté, compartí. Descubrí el eMule y con él se abrió el mundo al que no conseguía terminar de acceder por completo, pese a mis desesperados intentos recorriendo todos los videoclubs de la ciudad y tramando locos intercambios por correo de cintas VHS grabadas. Viva el eMule y lo que ha hecho por el cine. Viva internet y lo que ha hecho por la cultura. Viva el cine en sí, que sigue absolutamente vivo pese a los rancios y conservadores agoreros, ancianos de todas las edades que no se extinguen por décadas o siglos que pasen. El cine sigue el signo de los tiempos, emociona intensamente, provoca, apasiona y disgusta, todo a la vez. Se hace querer. Por motivos variadísimos, personales, presuntamente objetivos, circunstanciales, estéticos, ideológicos, innovadores, contemporáneos, valientes, todo. Por la imperfección. Para mí, se hizo querer de una forma que estropearé reduciendo a un orden jerárquico y enlaces a textos que, más o menos, pueden ponerse en mi boca, si es que no han salido de ella (si la crítica es mía, marco con asterisco). Sigue a continuación una lista estrictamente ordenada de películas que mantuvieron vivo y humano el cine durante la década pasada y, espero, para siempre. Y que me cambiaron a mí y a muchas otras personas, que de eso se trata en ultimísima instancia. La selección oficial se reduce a treinta obras de entre cientos que devoré. Insisto, para dejar claro que ha sido un proceso de decantación de una larga lista de posibilidades: de entre cientos. Las que están, están por algo. Merecen estar y las defenderé a muerte; esto no es una metáfora. Dos objetivos básicos: primero, sugerir películas en las que creo firmemente, con las que me siento en deuda, sugerirlas a quien se deje caer por aquí, para que las busque y las vea y disfrute o no y descubra nuevos mundos o no; segundo, ofrecer una lista algo alejada de las aburridas y previsibles, muertas antes de nacer, que se pueden leer por todas partes, no voluntariamente montada así sino porque, por vocación, así es como me sale. Pido perdón por el abuso de la primera persona en esta introducción, pero es que voy a presentar treinta experiencias integradas en mi vida, casi amigas íntimas, y es inevitable el tono cercano porque hablamos de la realidad, no de píxels en movimiento en una pantalla o letras en un blog. Por eso todas encajan con mi visión del mundo. Todas las películas que he elegido son especiales para mí, y quiero creer que para el cine. La intensidad como norma y la inteligencia como pretexto.

KINO KINO KINO KINO KINO! (The heart of the world)

1. EL NUEVO MUNDO (The new world, Terrence Malick, 2005)

2. THE HEART OF THE WORLD (Guy Maddin, 2000) (se puede ver aquí)

3. INLAND EMPIRE (David Lynch, 2006)

4. MULHOLLAND DRIVE (Mulholland Dr., David Lynch, 2001)

5. EL VIAJE DE CHIHIRO (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001)

6. INTELIGENCIA ARTIFICIAL (A.I., Steven Spielberg, 2001)

7. MONSTRUOSO* (Cloverfield, Matt Reeves, 2008)

8. LOS RENEGADOS DEL DIABLO (The devil’s rejects, Rob Zombie, 2005)

9. Todas las que ha hecho TSAI MING-LIANG entre el 2000 y el 2009, porque su obra es esencialmente una sola película: What time is it there? (Ni nei pien chi tien – Ni neibian jidian, 2001), The skywalk is gone (Tian qiao bu jian le, 2002), Good Bye, Dragon Inn (Bu San, 2003), El sabor de la sandía (The wayward cloud / Tian bian yi duo yun, 2005), No quiero dormir solo (I don’t want to sleep alone / Hei yan quan, 2006), It’s a dream (en Chacun son cinéma, 2007) [a falta de poder ver Visage (2009)]

10. DEATH PROOF (Quentin Tarantino, 2007)

11. CIGARETTE BURNS (John Carpenter, 2005)

12. FEMME FATALE (Brian De Palma, 2002)

13. MARTYRS (Pascal Laugier, 2008)

14. PULSE (Kairo, Kiyoshi Kurosawa, 2001)

15. TROPICAL MALADY (Sud pralad, Apichatpong Weerasethakul, 2004)

16. CECIL B. DEMENTE (Cecil B. DeMented, John Waters, 2000)

17. DANS MA PEAU (Marina de Van, 2002)

18. BLACK HAWK DERRIBADO (Black Hawk down, Ridley Scott, 2001)

19. REDACTED* (Brian De Palma, 2007)

20. LAS REGLAS DEL JUEGO (The rules of attraction, 2002)

[COGIENDO AIRE]

Death to mainstream cinema! (Cecil B. Demente)

21. AS I WAS MOVING AHEAD OCCASIONALLY I SAW BRIEF GLIMPSES OF BEAUTY (Jonas Melkar, 2000) // Ésta tiene un puesto asignado al azar, porque está tan entrelazada con la experiencia vital, es tan indistinguible de ella, que no puedo ponerla en relación con otras películas.

22. MALDITOS BASTARDOS* (Inglourious basterds, Quentin Tarantino, 2009)

23. VISITOR Q (Bijitâ Q, Takashi Miike, 2001)

24. FIVE ACROSS THE EYES (Greg Swinson & Ryan Thiessen, 2006)

25. HAZE (Shinya Tsukamoto, 2005)

26. ALL ABOUT LILY CHOU-CHOU (Riri Shushu no subete, Shunji Iwai, 2001)

27. LAST DAYS* (Gus van Sant, 2005)

28. SEÑALES (Signs, M. Night Shyamalan, 2002)

29. LA NIÑA SANTA (Lucrecia Martel, 2005)

30. THE BROWN BUNNY (Vincent Gallo, 2003)

Proyección de una película hecha, literalmente, con las tripas (Cigarette burns)

Y así hasta completar las al menos 200 películas que me han encantado en el sentido de encanto mágico, que me han interesado, fascinado y apasionado de mil y una maneras, de los últimos diez años (si he escrito sobre ellas, aunque fuera hace tiempo, lo enlazo): Caché, The raspberry reich, La guerra de los mundos, Donnie Darko, Apocalypto, Demonlover, Rejected, Los Tenenbaums, Twentynine Palms, Armonías de Werckmeister, Elogio del amor, In the mood for love, Suicide club, The Manson family, Idiocracia, Desenfocado, A snake of june, Million dollar baby, La vie nouvelle, Rubber Johnny, Saraband, Tokyo Gore Police, Hannibal, Antes del atardecer, Bug, Cosas secretas, Nadie sabe, Domino, Hunger, Izo, Kill Bill Vol. 1, Les amants réguliers, Maria Antonieta, Oldboy, Requiem por un sueño, El arca rusa, Moulin Rouge!, Shaun of the dead, The fog of war, Life aquatic, El protegido, United 93, Arrástrame al infierno, Eternal sunshine of the spotless mind, Lejos del cielo, Syndromes and a century, Ghost world, A tale of cinema, Hostel, King of the ants, El tiempo del lobo, Corrupción en Miami, Millennium Mambo, Punch-drunk love, There will be blood, [REC], Twelve and holding, Crank, Doomsday, Marebito, Shortbus, Silent Hill, The descent, The meaning of life… También dije cosas breves, algunas obsoletas, de varias de estas pelis aquí, aquí, aquí o aquí.

Estoy enamorado del cine y de la vida.

Centro comercial 2010: Pasos automáticos del consumismo al fascismo vía Ballard

El centro comercial Gran Vía fue el primero a nivel macro que se creó en Alicante. Hoy hay tres así, más dos o tres menos autocráticos, en la ciudad. Este, el de las fotos, el más perceptible como mole, está en decadencia, con comercios cerrados, locales siempre a punto de inauguración, zonas muertas y oscuras, eco en los pasillos por la mínima densidad poblacional y reformas eternas cuyo único sentido parece ser ajustar la forma del lugar a su espíritu. De todos, sólo uno (Plaza Mar 2) prevalece, con claro futuro, como un Leviatán del consumo, epicentro de la compra compulsiva que atrae a sus fauces a los compradores/ciudadanos perdidos, un remolino que recoge a los que abandonan a su suerte otros ancestrales templos de una década de antigüedad, siguiendo al mismo ídolo. A nadie le importa que vayan cayendo en ruinas mientras quede otro centro comercial tamaño monstruo rebosante de compradores al que poder ir. Uno que no sólo tenga sarro en forma de personas los sábados por la tarde, sino que acoja y reciba al peregrino con cientos de sectarios en su interior cualquier día de la semana.

– La gente siente que puede confiar en lo irracional. Ofrece la única garantía de libertad de entre toda la mierda y publicidad con la que nos alimentan los políticos, obispos y académicos. Las personas están re-primitivizándose deliberadamente. Anhelan la magia y la irracionalidad, que les funcionó en el pasado, y puede volver a ayudarles. Tienen muchas ganas de entrar en una nueva Edad Oscura. Las luces están encendidas, pero se refugian en la oscuridad más íntima, en la superstición y en lo irracional. El futuro va a ser una lucha entre vastos sistemas de psicopatías compitiendo entre sí, todas voluntarias y deliberadas, parte de un intento desesperado de escapar de un mundo racional y del aburrimiento del consumismo.

– ¿El consumismo lleva a la patología social? Difícil de creer.

– Va allanando el camino. La mitad de las cosas que compramos hoy no son mucho más que juguetes para adultos. El peligro es que el consumismo necesitará algo parecido al fascismo para seguir creciendo. Fíjate por ejemplo en el Metro-Centre y sus bajas ventas. Si cierras los ojos un momento ya parece como un mitin en Nuremberg. Las filas de vendedores, los largos pasillos rectos, los carteles y anuncios, el aspecto teatral en general.

– Pero no hay botas militares. No hay führers gritando enfadados.

– Todavía no. Sin embargo, están en la política de la calle. Nuestras calles son los canales de teletienda de la televisión por cable. Las insignias de nuestro partido son las tarjetas de crédito de oro y platino. ¿Te parece risible? Sí, pero la gente también pensó que los nazis eran un poco de broma. La sociedad de consumo es una especie de estado policial blando. Creemos que tenemos elección, pero todo es compulsivo. Tenemos que seguir comprando o fracasamos como ciudadanos. El consumismo crea necesidades inconscientes inmensas que sólo el fascismo satisface. Se puede incluso decir que el fascismo es la forma que toma el consumismo cuando se lanza a la locura electoral. Aquí ya lo puedes ver.

[Extracto de Kingdom come, de J. G. Ballard; la traducción es mía]