Blackmirrored

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El chico que se borró del Facebook admite, una vez más, su derrota. Más que una derrota, porque (historicismo al poder) en su momento fue una victoria, era más bien un error estratégico, un fútil arrebato de ludita destinado a fracasar. Nos haga tontos y marginados o no, el Facebook es una realidad ontológica con demasiada fuerza, un monstruo devorador de naturales. Pide sacrificios en su altar (creación de páginas, entrega masiva de tiempo que no conocerá un eterno retorno), aunque a cambio puede dar mucho. O algo, que ya es. Da, por ejemplo, la posibilidad de sentirse dentro de Black Mirror y no fuera, un fuera en el que todavía están los críticos con libreta y boli con linternita. Da una falsa sensación de comunidad para personas demasiado vagas para crear una comunidad de verdad, pero no tan vagas como para crear su sensación pinchando con píxeles en forma de flecha sobre un puñado de píxeles que identificamos como botoncitos. Esa falsa comunidad se basa en compartir enlaces (¡que llevan a textos, nada menos!) y hacer thumbs up virtuales, mucho menos tristes que los high five reales. Esas cosas estarán a partir de ahora en la terrorífica y falsable categoría del “a partir de ahora”, que ha sido abierta al abrir este su blog un espacio en Facebook, al que se puede apuntar el que quiera, el que deba y el que se atreva. Hasta he puesto un iconito ahí a la derecha; la tiranía de la diseñocracia es alargada, pero ¡es tan cuca! que ni la resistencia cultural se puede resistir a ella. También me he vendido haciendo espectáculo del blog en sí, cambiando los viejos diseños por unos que me hacen sentir más joven. Tamaño de letra agresivo nivel sonda anal. Hay por ahí una sangrantemente vacua imagen de Zhao Bing Bin (aka 盲) sangrando, unos simbolitos de neolengua que representan la división entre todo el contenido del blog y una parte del contenido clasificable como imágenes en movimiento, así como un loco protozoo medio transparente (ni la magia futurista de Google puede decirme de dónde salió) que está dispuesta de tal modo que cause dolores de cabeza mientras se lee el blog. O sea, que El Ansia ya no sólo es Black Mirror sino que también es Videodrome. Hay que andarse con cuidado cuando uno abraza de verdad el verdadero siglo XXI.

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MANIAC (2012): Un mundo de belleza maníaca

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No sólo está ya prohibido ser feo, sino que hoy es imposible. La nueva versión de Maniac enseña esto sin dejar espacio a la duda, por comparación con la original. Y por comparación con otras películas de finales de los 70 y principios de los 80, cuyo grano era físico en dos sentidos: el de la propia película y el de la metáfora que serviría para describir su estética. Imposible olvidar aquellos vagabundos vomitándose encima en Driller Killer, o las calles sucias que merecían estarlo de The New York Ripper. Era un mundo feo y así nos lo transmitían sus cámaras. La sordidez ahora sólo está en los conceptos de la vida pública, no en sus manifestaciones: ¿hay algo más de ciencia-ficción que Rajoy en una tele de plasma?

En cambio, hoy somos todos guapos. Los adolescentes, no sólo los de Noruega, parecen modelos o protagonistas de un catálogo de skate norteamericano. La ropa hortera viste de seda a muchos monos, que no dejan de ser simios pero que apelan en nuestros sentidos al significado adjetivo de la palabra “mono”. Incluso una aberración cultural como los tacones altos nos da piernas y culos dignos de ser premiados en cualquier certamen no muy exigente. Nuestras cámaras, ellas mismas de diseño agradabilísimo, captan las luces de nuestras calles como si fueran celestiales o extremadamente cool, japonesas. Por mucho que un director se empeñe en ser sórdido, si tiene una cámara estará ya más cerca de Vimeo que de YouTube. Si algo logra ser feísta (suavizando los colores, no retratando algo feo; recordemos que ya nada es feo), se cataloga de inmediato como retro, revivalista o simplemente cutre; todas ellas categorías de la belleza actual por contraposición con la añeja. La basura queda desenfocada, los pobres son estetizados y causan admiración antes por su huidiza presencia en el encuadre que como personas. Se diría que todo parece filtrado, pero no es así; quita la mediación de la cámara y verás como te es imposible descubrir la horripilancia con tus propios ojos. Sean o no decorados nuestras ciudades, las percibimos como tales. El mundo y sus habitantes están ahí como materia en bruto para una foto, fotos que podemos (y sentimos que debemos) hacer en cantidades infinitas, por eso sólo podemos percibirlos como objetos dignos de ser retratados. Pensar que algo no merece ser captado es desperdiciar una posible oportunidad que, a fin de cuentas, sólo pide pulsar un botón.

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Daño cerebral (Manifiesto parcialmente robado)

[Extracto de «Brain damage», incluido en City Life, de Donald Barthelme; la traducción es mía]

Oh hay daño cerebral en el este, y daño cerebral en el oeste, y en el piso de arriba hay daño cerebral, y en el piso de abajo hay daño cerebral, y en el salón de mi señora -daño cerebral. El daño cerebral está muy extendido. Apollinaire era una víctima del daño cerebral -recuerdas la fotografía, la venda en su cabeza, y los poemas… Bonnie y Clyde sufrían de daño cerebral en los últimos cuatro minutos de la película. Hay daño cerebral en el horizonte, un gran nubarrón grasiento del mismo viniendo haciendo aquí-

Y puedes esconderte debajo de la cama pero el daño cerebral está debajo de la cama, y puedes esconderte en las universidades pero son el cuerpo y el alma del daño cerebral- Daño cerebral causado por osos que ponen tu cabeza en sus espumosas fauces mientras estás cantando “Masters of War”… Daño cerebral causado por la revolución durmiente que nadie puede despertar… Daño cerebral causado por el arte. Podría describirlo mejor si no estuviera afectado por él…

Este es el país del daño cerebral, este es el mapa del daño cerebral, estos son los ríos del daño cerebral, y mira, esos sitios iluminados son los aeropuertos del daño cerebral, donde los pilotos dañados aterrizan las grandes, dañadas naves.

La Inmaculada Concepción provocó mucho daño cerebral en un tiempo, pero ya no. Un equipo de lipizzanos acaba de publicar una autobiografía. ¿Hay alguna razón para acusarlos de ya-sabes-qué? Y vi a una chica andando por la calle, estaba cantando “Me and my Winstons”, y yo también empecé a cantar, y eso nos protegió, por un momento, de algo terrible que podría haber pasado…

Y hay daño cerebral en Arizona, y daño cerebral en Maine, y pueblecitos de Idaho están en sus garras, y mi cielo azul está ennegrecido por él, daño cerebral cubriéndolo todo como un contrato irrompible-

Esquiando sobre la suave superficie del daño cerebral, que nunca se hundirá, porque no entendemos el peligro-

Y hay daño cerebral en España, y hay daño cerebral en Alicante. Pero sobre todo hay daño cerebral dentro de cada uno. Encadenado a nuestras cadenas de ADN. No podemos entenderlo y no podemos observarlo y no podemos destruirlo porque es parte de nosotros. Nosotros somos el daño cerebral. Acabará cuando nosotros acabemos, y no inmediatamente. La materia oscura choca a velocidades cósmicas produciendo las chispas que lo alimentan, y nosotros describimos esa materia oscura y nosotros la creamos y le otorgamos sus capacidades. El daño cerebral no está en el cerebro, está por todas partes. Somos devotos de la religión panteísta del daño cerebral, nos inmolamos por ella sin saberlo, y lo hacemos entre gritos si lo sabemos. Su color es el falso gris de las pantallas y el verdadero azul del mar y cielo. Su sabor el de mil clavos empapados en perfume barato, que crea desde dentro su olor, olor persistente que al ser constantemente percibido mantiene activa la conciencia del daño cerebral. Su tacto el de una tecla grasienta empapada en un sudor sin fruto. ¿A qué se parece? A todo, porque es todo, porque impone su estructura a todo lo que vemos. Lo visto y lo sugerido está filtrado por el daño cerebral, y ese sesgo no se puede eliminar. Porque no se quiere eliminar. El daño cerebral es causa y consecuencia del lavado cerebral, por eso es todo lo que queda. Cáscaras con el cerebro dañado, miles de millones de pequeñas vidas borboteantes que corretean con sus cientos de patas hibridadas por tierras húmedas y cementadas, sólo sienten y piensan con sus antenas metálicas, y el ligero zumbido que provocan al moverse ahoga la información que pudieran transmitir. El daño cerebral está en el aire, en forma de ondas de radio creadas por nosotros y que nunca salen al verdadero exterior, porque el aire no es más que daño cerebral. El daño es nato y permanente y no eterno, el cerebro es nato y orgánico y lee mediante rayos lumínicos. Relámpagos que cruzan la cultura dañada en su base desde su origen, sus truenos son el eco que resuena en el interior de la cabeza vacía dañada en sus paredes gomosas. Los ojos son espejos del daño cerebral. El daño deja de ser daño por ser estado genérico. No hay lucha contra él ni deseo de curarlo porque no es una enfermedad y porque sabemos que no se va a romper y esa es la única seguridad que nos permite ver el daño cerebral. Tenemos daño cerebral y queremos daño cerebral. Lesiones absolutas en un cerebro miniaturizado y desconectado. El daño cerebral me impide ser consecuente con el hecho de saber que todo esto estaba expresado mucho mejor y más sintéticamente en el texto del menos dañado Donald Barthelme. Menos dañado: sí, hay grados y sí, esa es la única esperanza.

Internet te está volviendo tonto

Nicholas Carr ha levantado mucho viento con su nuevo libro: Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Más allá del par de comentarios que haga aquí (y que, por lo visto, nadie va a leer en profundidad por la propia naturaleza de este medio, ¡imprimidlo si os interesa!), recomiendo su lectura directa, porque plantea con gran amenidad los temas adecuados para este momento de transición a una nueva forma de pensar (en) el mundo. Si no tenéis tiempo porque quedan demasiados enlaces que visitar y muchas actualizaciones en presente que comentar, se puede echar un ojo al artículo original, el también estruendoso «¿Google nos vuelve estúpidos?».

Carr no niega los inmensos valores de la Red (él mismo se declara ex-adicto), pero considera que el problema no es cómo se utiliza la herramienta, sino la herramienta en sí. El medio por el que accedemos al mundo nos transmite lo que percibe de la forma en la que lo percibe, y a través de internet recibimos un mundo de fugacidad y sobredosis de datos, de conocimiento disperso imposible de asimilar por nuestros cerebros. Sus argumentos vienen básicamente de la neurología, demostrando que el cerebro cambia físicamente si es sometido regularmente a unas mismas tareas, quedando atrofiadas las que no se usan; y de la psicología, trabajando con la idea de que el hiperenlace provoca un estado de distracción permanente que lleva a la ansiedad y que impide todo pensamiento profundo. Uno tiene un deseo de información, pulsa el link, llega a la información y se siente satisfecho. Un simple mecanismo de condicionamiento, con la pega de que la información no se recibe correctamente, queda perdida en un magma de actividad imparable y sin descanso que impide no ya su absorción, sino incluso su mera comprensión. Navegamos a la deriva por la Red, pinchando en los luminosos carteles de neón que gritan “Aquí está el conocimiento”, o “¡Pasa y diviértete!”, o “Tus amigos te esperan aquí y sólo aquí” y, justo cuando vamos a cruzar la puerta, vemos otro cartel aún más llamativo hacia el que tenemos que ir, y así en un bucle infinito. Y esto sucede no de vez en cuando, sino varias horas al día, y cada vez más gracias a la adicción generada por las redes sociales. Carr afronta estos problemas desde distintas perspectivas, destacando por ejemplo que el sistema de Google, fundamentado en el ansia de beneficios procedentes de la publicidad, prioriza en las búsquedas los resultados ya populares, por lo que al final casi todo el mundo terminaría leyendo lo mismo y, como consecuencia, pensando lo mismo.

A Carr le sobra catastrofismo implícito y reduccionismo en general (pese a la importancia absoluta de internet, no es el único medio); lo que le falta es extrapolar posibles consecuencias. Señala, con la máxima claridad, que vamos hacia un mundo en el que el pensamiento crítico y creativo no tendrá cabida, pero no dice cómo será ese mundo. Voy a mojarme interpretando los datos. Lo malo de la superficialidad intelectual, moral, emocional (la empatía profunda es sustituida por el deseo egoísta de ser aceptado por la manada) no es la superficialidad en sí, sino que esta es una comprensión simplista del mundo que puede llevar a comprar los argumentos más simples, los que más brillan, siempre disponibles junto a los pobrecitos que piden algo de esfuerzo de ti y a los que nadie hace caso. La superficialidad, unida a un cerebro saturado de información a medias, conlleva irracionalidad, y la irracionalidad puede tener graves consecuencias: nuevos totalitarismos. Estos se fundamentan en el populismo, en gritar más que los demás y, si la gente no tiene tiempo para pensar, aceptará que otros resuelvan sus problemas por el camino más corto y fácilmente comprensible. Me atrevería a decir incluso que ya vivimos en un totalitarismo, uno diferente a los del siglo XX: el sistema consumista, basado precisamente, como internet, en la primera reacción y en la constante búsqueda de nuevas experiencias. Detrás, no hay nada. Si no hay nada, otros lo van a llenar.

Su temor está muy fundado, pero me pregunto si la falta de profundidad intelectual que le aterra queda compensada por el amplísimo abanico de informaciones variadas que, por primera vez en la historia, se le abre al común de los mortales. En el discurso de Carr parece que los mortales del siglo XX eran todos sagaces lectores y académicos titulados pero, aunque es cierto que la educación se extendió más que nunca anteriormente, la gran mayoría de la gente seguía careciendo de ese pensamiento profundo. Aunque quizá esté descendiendo el ya exiguo número de personas que desarrollan ese pensamiento profundo, está aumentando espectacularmente el de las que antes apenas sabían un par de cosas sobre la vida y que, aunque ahora no sepan en realidad de nada, les suenan (o resuenan en su inconsciente intelectual) un montón de ideas distintas a las suyas que daban por hechas, que creían que eran las únicas válidas.

Sucursal

Hace poco fantaseaba con la posibilidad de un blog dedicado íntegramente a citas, salvando alguna hipotética microglosa. Como no era completamente una deriva imaginativa, me he animado a crear ese universo alternativo con unos pases de ratón. He fundado -palabras grandes para actos diminutos- una versión sencilla de El Ansia en Tumblr, que se puede ver aquí. Como diría el tópico, una sucursal más ajustada a las formas de expresión y recepción de internet por su simplicidad. Tiene intención de poner en práctica lo que proponía en aquel post, sirviendo como escaparate de citas ajenas, de vídeos o sonidos o imágenes que hablen por sí mismas, contradiciendo con alegría mi defensa a ultranza de la contextualización (aunque cualquiera con una mínima capacidad de búsqueda puede contextualizar por sí mismo). Un caótico potaje de referencias y medios que me conforman y me van conformando. Como objetivo, abandonando toda pretensión, la mera recomendación o las ganas de compartir algo que me ha removido alguna cosa, reptiliana o reflexiva, por dentro. Que no dejan de ser las intenciones finales que he tenido siempre.

Nazca así el hermano tonto de El Ansia. Cuyo vientre admite, como aquí, comentarios y discusiones.