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Son demasiado altos

Por encima de tu hombro. Desde arriba, incluso cuando bajas la escalera. Con simpatía y a gritos. Se carcajean, se enfadan. Su mirada es acción. Mueven mucho las manos. No controlan bien su cuerpo. Caóticos como siempre, seguros como nunca. Son los adolescentes de hoy. Han comido demasiado bien. Son demasiado altos.

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Lectura de poesía

El domingo fui al parque. Bajo el sol y rodeado de árboles estaba el poeta, sobre una tarima de color indefinido y frente a unas cincuenta personas que lo escuchaban atentas o despreocupadas o corteses.

El poeta leía en voz alta unos papeles que sostenía con la mano izquierda, mientras con la derecha acentuaba las palabras ahí donde le parecía mejor. Cuando terminaba un poema se oía el aplauso del público, tan tenue y tan desganado que casi podía tomarse como una desaprobación. El sol daba con entusiasmo en las cabezas de todos, pero todos habían encontrado la manera de defenderse de él poniéndose encima los programas. Una niñita de tres años y medio señaló riéndose este hecho a su padre, quien también se rió, al mismo tiempo que admiraba para sus adentros la inteligencia de su hija.

El poeta, vestido un poco fuera de moda, continuaba leyendo. Ahora se ayudaba con el cuerpo y estiraba los brazos hacia adelante, como si de su boca lanzara al público, en lugar de palabras, alguna otra cosa, tal vez flores, o algo, aunque el público, atento a guardar el equilibrio para no dejar caer los programas de las cabezas, no correspondiera en forma debida al ademán.

Detrás del poeta, sentadas ante una larga mesa cubierta con una tela roja, se encontraban las autoridades, serias, como corresponde. Cerca, en la calzada, se oía el ruido de los autos que pasaban haciendo sonar sus bocinas; más cerca, uno no sabía muy bien por qué lado, pero entre los árboles, una banda tocaba la obertura de Guillermo Tell. Esto y aquello echaba a perder un tanto los efectos que el poeta buscaba; pero con cierta buena voluntad podía entenderse que decía algo de una primavera que albergaba en el corazón y de una flor que una mujer llevaba en la mano iluminándolo todo y de la convicción de que el mundo en general estaba bien y de que sólo se necesitaba alguna cosa para que el mundo fuera perfecto y comprensible y armonioso y bello.

«El poeta al aire libre», en Movimiento perpetuo (1972), Augusto Monterroso

Últimas palabras de la primera víctima de la Última Guerra Mundial

Me ha dicho: «Yo soy la primera víctima de la Última Guerra Mundial. He sido herido con regularidad durante toda mi vida y ahora me he muerto, no me han matado. Yo no soy nadie especial, me ha tocado a mí como te está tocando a ti y a todos los que conoces y a todos los que conozco. No les tocará a los que vendrán porque no vendrá nadie ya. Mi historia es la misma que la tuya, y su característica inevitable es que ya siempre será pasado. Desde que nací he recibido golpes en forma de sentido apretón de manos venosas, cada día he notado agujas por debajo de mi piel disfrazadas de refranes, saliva en mi cara, líquidos desagradecidos dentro y fuera de mi boca. Estas metáforas improvisadas y vulgares no son de una canción de Sabina. Son metáforas tristes y simples porque así es ser una víctima. La primera de muchas. De todas. No he sido una víctima por nada personal; mis verdugos también lo son, y los verdugos de sus verdugos. Los que viven en el vértice de la pirámide también son víctimas y morirán como tales. Esta Guerra -transcribe con mayúscula esta palabra, siempre, siempre- no tiene armas reales. Los moratones que he tenido han sido, como los tuyos, por caídas ociosas, no por brutales palizas de escuadrones de la muerte. Nadie me ha marcado como eliminable. El enciclopedista, al que tampoco le queda mucho tiempo, sufrirá cuando tenga que contar esta Guerra: ¿qué poner en el campo que enumera los bandos?, ¿y en el del casus belli?, ¿cómo explicar con palabras un tratado de paz que nunca existirá? Quisiera reírme, de verdad. Siempre había pensado que el humor era la clave de todo, que sería la única salvación de la humanidad. Pero ahora que me muero no me puedo reír, porque me doy cuenta de que la contradicción era evidente: ¿cómo va a ser el humor, algo tan sencillo, lo que venza grandilocuencias como el destino o el sentido de la vida? ¡Sería como intentar liquidar cachalotes con cerillas! Fíjate, todas mis comparaciones y metáforas se refieren a matar, ganar. Soy víctima pero también verdugo, como tú y como todos. Y ya no río; puede que esto sea lo propio de las víctimas, lo que las diferencia al final de su parte de verdugo. No puedo reír, el humor simplemente no tiene cabida aquí. Y si no es aquí, ¿dónde? ¿En algún sitio? Yo sólo puedo hablarte en negativo, de lo que no vale y de lo que no hay; es asunto de los vivos descubrir lo que sí funciona y cuándo y, sobre todo, por qué. Te cuento todo esto porque, como primera víctima de la Última Guerra, me parece que tengo derecho a que mi discurso final sea el más importante de todos, superado sólo por el de la última víctima. Pero no merezco ese privilegio ni creo en él. No quiero esa torre de marfil, origen de todo mal, y por eso he saltado de ella. Por eso soy la primera víctima. Por haber saltado de allí soy el único que sabe, de verdad, que todos vais a morir como víctimas y como verdugos». Y se ha muerto.