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LA TOMA DEL PODER POR PARTE DE LUIS XIV: La televisión pública francesa quiere venderte su línea otoño-invierno

1. La última media hora de La prise de pouvoir par Louis XIV, una de las obras fundamentales tanto de Roberto Rossellini como del cine histórico, revela una de las tretas principales del rey para fortalecer su poder absoluto. ¿Quién le molesta? La aristocracia. ¿Cómo es la aristocracia? Vanidosa y vana. Aprovechémonos de esto, se dice. Llama a los mejores sastres a palacio, a los que obliga a añadir a su ropa más capas, más encaje, más gritos cromáticos, más-más. Nunca es suficiente. En mitad de las pruebas, disfrazado más que vestido, desvela su plan: «Monsieur Fouquet adoptó esta moda. Nosotros le daremos más suntuosidad. Monsieur Fouquet sólo veía en ella un instrumento para su vanidad. Nosotros haremos de ella una utilización política. Y nos aseguraremos de que nuestros nobles sólo piensen en la moda. Una costumbre como esta, Monsieur Colbert, le costará la renta de un año a cada cortesano». Se vuelve hacia el modisto y le dice que el diseño es insuficiente y que tiene que empezar de nuevo, ¡más, esto es demasiado poco, necesito más! Él sabe que todos imitarán su estilo. Todos quieren parecerse al rey, por sentirse un poco reyes y por puro peloteo. La primera aparición de Luis XIV con la nueva moda muestra un ridículo fantoche que, lejos de provocar risa en sus súbditos, es respetado, idolatrado y copiado. Conseguir esto último es un trabajo duro y constante para la nobleza, que queda así neutralizada porque no tiene tiempo ni dinero para otra cosa.

2. En una pequeña entrevista actual, La Rochefoucauld, director artístico de la película, cuenta por qué la ORTF, televisión pública francesa de entonces, se animó a producirla. En aquellos momentos era importante para la economía vender el máximo posible de televisores en color. Había que ofrecer algo para que mereciera la pena comprarlos, y por eso se financiaban producciones de época, en las que el protagonismo recaía en la suntuosidad del vestuario. Algo que, por supuesto, sólo podía apreciarse en color. Exigieron dos condiciones para dar dinero para el proyecto: que tuviera alguna figura prestigiosa y glamourosa al cargo (Rossellini) y que las imágenes se recrearan en el colorido del lujo. Confluyeron así los intereses artístico-didácticos del director con los intereses comerciales de una gran compañía. ¿Una compañía pública, como Luis XIV?

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Lujo y barbarie

Louis Vuitton es en muchos sentidos el símbolo más puro de la parte más decadente de la cultura occidental. Son paladines de esa idea aberrante que es el lujo, un concepto que en gran medida es el culpable de la peor parte del capitalismo. Del deseo de enriquecimiento sin medida y sin importar las consecuencias, sólo como medio para poder acceder al paraíso con 72 vírgenes que es el lujo. El lujo es que puedes comprar algo que casi nadie puede comprar y, sólo por eso, te sitúas en un estadio superior al del Homo sapiens. Es una idea simple que toma las formas más retorcidas y los matices más sutiles. El lujo es la escolástica de nuestro tiempo, sólo que donde aquella creaba impresionantes construcciones lógicas para probar la existencia de Dios, el lujo acumula egoísmo y desprecio altivo y técnicas cada vez más subrepticias de engaño y destrucción de la autoconfianza del comprador potencial. La alta sociedad de la última parte del siglo XIX es traducida por Louis Vuitton al mundo actual, haciendo vivos sus valores obsoletos. La barbarie del liberalismo, su lado más animal, se desarrolla de una manera tan sofisticada, cruel y vacía como el mismo lujo que lleva a ella.

Otra idea integrada en el lujo es la de la exclusividad. El lujo no es únicamente que sólo tú puedas poseerlo, sino que aunque otros pudieran no podrían tener lo que tú tienes. Eres mejor y además eres único. Louis Vuitton insiste en el origen artesanal de sus productos, lo que inmediatamente evoca un taller rural de un viejo maestro gremial que pone todo su celo en hacer el complemento más bonito posible para que luzca la mujer del nuevo comendador. Y para que ella sea la única que luzca. Sin embargo, aunque se la ha apropiado, la exclusividad nada tiene que ver con el lujo. No hay nada más exclusivo que un dibujo que te hace una amiga en una servilleta dedicado a ti. O que el CD que te graba otro amigo con canciones que sabe que te van a encantar. O que esos marcos chillones que puede hacer un hijo para su madre o su padre en el Día de la Madre o del Padre. Y nada de eso es lujoso. Pero es estupendo, porque no hay nada de malo en la idea de la exclusividad. Algo exclusivo es único y te hace único. Algo lujoso no sólo te hace diferente, sino que te hace mejor. El lujo es el Hitler del consumismo. El lujo de baja intensidad de los imperios de estilo inditexo es el alcalde que se ocupa de que no se pierda el respeto al líder entre el pueblo.

La imagen, para el lujo, lo es todo. Colores dorados, texturas que necesitas tocar, brillos que sacan el judío que hay en ti y no el urraco que fomentan los chinos. Hay diferencia, ¿no la ves? La publicidad es el arma del lujo. Una vez el lujo tiene el poder, la publicidad cobra vida propia y se extiende entre los compradores potenciales sin necesidad de hacer nada. Si la marca ya tiene la reputación, sólo le queda vigilar que no muera ni cambie. Eso sí, se puede aumentar y expandir a nuevos ámbitos, como en la foto de ahí arriba. Juntando todos los retratos de modelos sin maquillar que acaban de hacer en Louis Vuitton sale ese ejército de decadencia y enfermedad. No son seres humanos, sino mujeres consumidas, cuya vitalidad ha sido totalmente absorbida por la apariencia. El cuerpo, físicamente, ya no tiene fuerza. No puede plantar batalla. Sólo puede seguir su instinto, que en ese estado es seguir consumiendo lujo y apariencia. El resultado es visible, como no podía ser de otra manera en el mundo de lo aparente: no-muertas de un planeta extraño, procedentes de la capital de ese planeta, del barrio más cool, del piso más minimalista y mejor equipado para fiestas sobriamente explosivas. Son adictas a la droga, tanto química como comercial, y necesitan siempre otra dosis. Una dosis cada vez mayor. No un gramo sino dos, no un bolso de mil euros sino de tres mil. La foto muestra a ex-humanas consumidas por el consumo, cuerpos modificados más allá del sencillo maquillaje a mayor gloria de la superficialidad, el modelo de ser humano que tiene y quiere Louis Vuitton y toda la aberrante idea del lujo. Esto es literal. Y también es metafórico: la metáfora del interior muerto y enfermo y a la deriva del sinsentido, el interior incapaz de sonreír, de los capitalistas bárbaros que totemizan el lujo. Lo de esas chicas no es irreversible. Algunas incluso conservan la fuerza.