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Mi mayor miedo (o: pesadilla del siglo XX)

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Era difícil, pero se lo tragó. Al principio su preocupación fue saber si era el 4 ó el 6, sobre todo por el movimiento del brazo al empujárselo por el gaznate. La duda fue corta: el 4 tiene cuatro puntas, difíciles de pasar, y su odio al 6 era notorio. Redondo, se le atragantó. Mejor dicho: se le detuvo a medio camino y ahora empezaba el dolor. Una puñalada terrible en medio del esternón, que le atravesaba el cuerpo y le salía por la columna vertebral. Peso y cuchillo.
Entonces comprendió que iba a morir, asesinado por el 6 —¡la hoz!, ¡la hoz!—, quiso protestar, se levantó, fue al cuarto de baño, se metió los dedos en la boca, intentó devolver. En vano. El peso y la sierra (no era un cuchillo, no). En pleno plexo solar.
Volvió a la cama y pensó que quizá las cosas estaban bien así: que era justo que muriera asesinado por el número 6. ¿A qué mezclar el 4 en eso? El 4 siempre es inocente.

[«El fin», Max Aub]

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«Parasomnia» como segunda vía de vivificación del género

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A principios del siglo XXI el cine de terror vivió una etapa estupenda, en la que logró renovarse siendo más gráfico y físico de lo que nunca había sido en Occidente. Apenas unos años antes, el terror japonés también le había insuflado vida de forma memorable, llevando la palabra “miedo ante la pantalla” a su momento de mayor plenitud. Ecos de ambas corrientes aún perduran, pero ya totalmente degeneradas, muertas, sin ninguna fuerza. Sólo quedan copias y sucedáneos, películas tan automatizadas que a duras penas pueden considerarse películas. El cine de género siempre está ahí, parece aguantar mejor que otros el declive general de la ficción porque cuenta con firmes bases de seguidores ciegos (que son a la cinefilia lo que los votantes del PP a la democracia), lo que viene a garantizarle una cierta supervivencia en servicios mínimos hasta que lleguen tiempos mejores en los que encuentre nuevas fórmulas para respirar tranquilo y aun con orgullo. Sin embargo, el conformismo ante sus productos es un problema, ya que el cine de terror posee un gran potencial de subversión, de volver del revés las creencias de los espectadores, afectándoles además directamente a su cuerpo, generando experiencias reales que conectan el cine a la vida, sacándoles de su espacio de seguridad. Por eso hay que exigirle más, hay que exigirle que esté a la altura de este periodo de transición a un nuevo sistema socioeconómico que nos rodea o, si eso parece demasiado, al menos que conserve la dignidad. De todo esto hablé un poco en mi reciente crítica sobre El hombre de las sombras para Miradas de cine (donde escribo regularmente desde hace una temporada, creo que no lo había dicho por aquí). Allí concluía que un modo de mantener vivo el género como tal, pero también como cine, es el romper sus clichés, ignorarlos o negarlos. Es decir, partir de un terreno común para después volverse imprevisible y sorprendente, creando una auténtica experiencia, que es lo que a muchos nos hizo adictos a los géneros en origen, su simpleza y frontalidad. Le he estado dando algunas vueltas y creo que hay al menos otros dos modos de vivificación del terror en la actualidad

vlcsnap-2013-01-10-15h21m22s184El segundo estaría bien representado por Parasomnia, una película que es difícil creer que se date en 2009. No en vano, su director y guionista, William Malone, empezó en los 80. Pero no se limita a un ejercicio de nostalgia o de referencias gratuitas, que es donde se queda la mayoría que se pone a rodar, sino que Parasomnia es un acto de amor por el género. Y lo es porque no da nada por sabido, no intenta reproducir ningún modelo que le ha gustado antes sólo para su propio disfrute, sino que penetra en el fondo del terror para extraerle su corazón, y entregárselo después de utilizarlo. Ese corazón o motor no está en los recursos habituales, en los personajes arquetípicos, en los argumentos escritos sobre una plantilla. No, está en la ilusión, en la sorpresa, en la vitalidad. El sentido del cine de terror es que nos retrotrae a nuestra infancia e inocencia, con impactos físicos o con tropos oníricos de dark fantasy, material para las pesadillas frecuentes en aquellos primeros años de soledad nocturna. Su motor, para un adulto, está en una forma siempre particular y distinta de oscuridad. Malone logra hacer una película única dentro de los límites del género; y es que hacer cine de género no significa repetir lo mismo sin pensar, o sin al menos preguntarse por qué. Esto último es lo que hace Ti West, un director autoconsciente y personal, mucho más cercano a esta Parasomnia o incluso a Pierre Menard que a los miles de clonadores sin alma que se mueven en territorios similares. Con un espíritu afín a la imperdible Kissed (sobre la que escribí hace años) o a la menos lograda Dark Corners, lo que West y aquí Malone hacen son películas únicas, pero desde la humildad. Saben que lo que se tienen entre manos no va a cambiar el género, el cine, ni mucho menos el mundo y, sin embargo, no se les puede acusar de hacernos perder el tiempo ni de ser conformistas. ¿Por qué? Porque creen en lo que hacen, miman su obra hasta imbuirla de una calidez que traspasa la pantalla, un cariño contagioso por su historia, sus actores, sus imágenes, sus diálogos. Hasta por sus referencias (una parte final musical que parece recrear la guarida del Dr. Phibes). Nada de eso parece escrito ni filmado por un mono o un robot, como sí ocurre con la inmensa mayoría de lo que circula por ahí. Es un cine verdaderamente humano, con propósitos y motivaciones. Son películas románticas, en varios de los sentidos de la palabra. Y, pese a todo, siguen siendo en su corazón películas de género (término que, por cierto, estoy usando en estos textos más o menos como sinónimo del de “terror”, con algún pequeño matiz). Porque están animadas por él, por la conexión sincera entre él y estos creadores. Y los espectadores. Todo esto está presente en la encantadora Parasomnia, tan encantadora que cuando la vi había momentos en los que me apetecía levantarme y darle un beso a la pantalla; para la mayoría del género, hoy ya sólo me apetece levantarme para darle al fast-forward y seguir con mi vida cuanto antes, por lo que ya casi no veo por mucho que me gustaría. Parasomnia no quiere molar (por eso no tiene miedo al ridículo), sino enamorar. Que verla sea la única forma de verla. Quiere hacerse imprescindible como película, irreductible. Lo único que no le funciona es Jeffrey Combs, con una actuación histriónica y nefasta (frente a la sencilla naturalidad de los otros protagonistas), propia de otra época y de alguien que demuestra no entender que las cosas han cambiado. O, más bien, que deben cambiar: lo que tampoco quieren aceptar ni comprender la gran mayoría de “creadores” del cine de género. Parasomnia, lo diré una última vez, no es una manifestación de nostalgia, sino una obra totalmente consciente de dónde y cuándo está y, precisamente por ello, de su necesidad.

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[Queda una tercera vía, sobre la que espero escribir algo en cuanto se me ocurra un ejemplo reciente apropiado…]

Yoshihiro Ito

“Cine invisible” es un término que a muchos gusta últimamente. Por mi parte, lo veo atractivo pero tan genérico que termina por no significar nada. Una interpretación más acotada, aunque igualmente ociosa, podría ser considerar “cine invisible” no a todo cine que apenas se ve sino, en una definición positiva, a todo cine (en sentido más que amplio) que sólo se ve en unos contextos determinados y bastante cerrados. Es el de algunos festivales minoritarios o aislados geográficamente, o simplemente alejados de nuestro ombligo. Es el que uno se encuentra por casualidad y que sólo puede encontrarse por casualidad. Yoshihiro Ito es un director japonés manifiestamente invisible, si se acepta la paradoja. Hace poco me topé con un DVDR suyo en un tracker, y mi olfato siempre alerta me señaló que ahí había algo. ¿Quién es? No se sabe, prácticamente no hay información en inglés o idioma cristiano. ¿Cuál es su filmografía, de la que el DVD anuncia ser una selección? Que alguien que sepa japonés nos lo cuente, si sabe buscar y tiene suerte. ¿Una entrevista con él? ¡Quiero!

Nadie parece saber quién es Yoshihiro Ito y, por supuesto, a nadie le importa. Nadie lo sabrá; la única manera sería que hiciera un largo (¿lo habrá hecho ya?) y que se proyectara en algún festival occidental, dando a conocer su nombre para algunas decenas de personas. O dedicándole unas palabras y unas imágenes en un blog, cuya oscuridad no lo hará visible. Sea como sea, ahí está su cine, no es una mentira. Vortex and others, disco gracias al cual tenemos al menos títulos y subtítulos en inglés con los que manejarnos, recopila cinco cortos de un cineasta fascinante. Una imposible mezcla entre el onirismo urbano de Shinya Tsukamoto y el mejor cine taiwanés contemporáneo, metido en una cáscara de surrealismo puro próximo al videoarte, con una evidente pero huidiza intención alegórica y un erotismo incandescente, incontenible y, sin embargo, contenido. En Imaginary lines (2001) llega el fin del milenio en las calles de Tokyo, mientras dos hombres fantasmales y vulgares, incorpóreos y reales, acosan a una mujer inestable como sombras lynchianas. En The plum suicide (2003), que dice ser parte de un todo mayor llamado Sextet, asistimos a la extraña historia de una mujer con brazos de plástico que seduce a un hombre con ambos brazos escayolados; juntos presencian lo que podría ser el fin del mundo o, quizá, el nacimiento del mundo. Vortex (2005), el más “convencional”, muestra un adulterio entre un director de cine y una chica que existe (¿que él crea?) sólo para este acto; y para permitir que existan las fotos que lo prueban. Wife’s knife (2006) es un relato de terror extraído directamente de una pesadilla auténtica, rodado en 16 milímetros de paranoia decantada. El más reciente, Non-intervention game (2008), sigue a un guiri mochilero por Tokyo, al que rodean personajes simbólicos de cierta imagen japonesa; colisiona con una especie de performer dolorosa que baila el anuncio de su muerte en un puente, y que termina siendo más una sirena homérica que una japoamericana arty de los años 60.

Apartamentos con vistas a valles de rascacielos, imaginería (por fin) verdaderamente chocante, lirismo ballardiano, amor intensamente personal, guiones extraídos de la fase REM, criaturas salidas de alguna mitología de megalópolis, pseudohumor de colapso nervioso, poderosos símbolos escogidos con delicadeza… Yoshihiro Ito. Sea quien sea.