Películas, series, literatura y sentido de la vida

Una película empieza y luego se acaba. Es una vida que pasa en un rato de 90, 120, 180 minutos. Lo importante no es el número, sino la palabra “minutos”. Y la de “acaba”. Juntas, ambas palabras prueban que una película no es más que una experiencia breve y finita. La pones, la ves, con suerte te metes en ella y, de manera inevitable, The End. Como en Aristóteles, es algo que empieza y que acaba. Como en Aristóteles, su función es catártica. Se abre un paréntesis, se dedica un rato a una película para exorcizar demonios, sublimar deseos. O, sencillamente, para mirar para otro lado (de la vida), mediante la paradoja de apartar la mirada para mirar algo de manera sostenida, con intensidad y dirección. Ese mirar es vivir, pero solo mientras dura la mirada. Cuando los minutos establecidos en la ficha técnica se consumen, todo ha acabado. Pueden o no quedar rastros de la experiencia, pero la experiencia como tal ha terminado. Con suerte, se ha producido una catarsis; sin suerte, al menos un desahogo. Pero el destino de ambos es el mismo, encontrarse con el tope de la segunda parte del paréntesis, el cuarto creciente que lo cierra y que encierra lo que acaba de pasar. Lo que ocurre en el paréntesis, como en Las Vegas, se queda en el paréntesis. Esa vida o esas vidas vividas mediante una pantalla han sido fugaces, ya no volverán y se han convertido en un cadáver inútil. A la salida del cine o del centro cultural, o ante la pantalla negra, la ventana reducida de golpe, del VLC, solo queda ese negro. El vacío que somos: la pantalla encendida, oscura porque no proyecta nada. Radio silence. Al otro lado, como consecuencia, un silencio que no recibe nada. El picor de la muerte cerebral que invade a la inevitable aberración metafísica del espectador sin nada que ver.

Una serie empieza y luego se acaba. O no. Hay dos formas de ver una serie: cuando ha terminado o cuando está en marcha. La segunda es un híbrido entre una película y una serie finalizada, el espacio entre cada capítulo es una realidad difuminada, débil aunque más presente, porque se sabe que va a volver. La serie en marcha acompaña un rato cada semana, sea el rato en el que se ve o los ratos en los que se comenta. A diferencia de una película, no es un paréntesis, pero sí una serie de paréntesis acerca del mismo tema. Cuando haya acabado, si ha cumplido las condiciones que tiene que cumplir una película para grabarse en la idiosincrasia (en la identidad) del espectador, se quedará grabada como sucede con una serie ya finalizada.

La primera manera, ver una serie ya terminada, se parece bastante a leer una novela larga. Sabes que tiene X páginas y que, durante unas semanas, te acompañará allá donde vayas. Los conflictos éticos y vitales de los personajes se integrarán con los de tu vida cotidiana, a veces hasta arrojándoles algo de luz, incluso produciendo decisiones personales sorprendentes al yuxtaponerse las personalidades de la persona, el lector, el autor y el personaje leído. Así, las series que ya se han cerrado, que se tienen enteras en el puño como pasa con las novelas impresas, activan en quien las consume/usa/disfruta/experimenta/desea un mecanismo de mente colmena o, al menos, añaden nuevas conciencias y visiones del mundo que enriquecen la propia. Y hasta la influencian, si uno es impresionable y lee o ve una novela gorda o una serie que es buena o, más bien, que es buena o adecuada para uno durante las semanas en las que la lee o ve. Todo por su duración dilatada en el tiempo y porque se conoce que son una unidad de sentido, justo lo que no se suele tener en la vida, la Gran Carencia.

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Esta serie o novelón da, en definitiva, un sentido nuevo a la vida propia, que es eficaz conformándose como sentido de la vida por ser exterior, múltiple y ajeno. Pero, sobre todo, se mete bajo lo piel y despierta al receptor precisamente por ser un sentido nuevo y, al mismo tiempo, lo suficientemente breve como para no agotar la intensidad de la novedad. No tan breve como para ser un paréntesis, una parada temporal porque el autobús se ha estropeado y hay que bajar a la carretera para esperar a que venga otro que funciona bien y permite cumplir con lo que hay que cumplir a diario. Tras la serie terminada o la novela larga no vuelve otro autobús, porque el que lleva al lector no se ha roto nunca. La experiencia de cambiar de autobús se ha vivido en la fantasía, superpuesta a la realidad, sin tener que bajar del autobús. Y esto ha pasado un buen montón de días seguidos. La extensión es un potenciador del sabor sin efectos negativos. Es probable que también suceda con la acumulación de películas o relatos de un mismo género o autor, o por leer o ver muchas veces la misma obrita literaria o película.

Una película, una novela de tamaño estándar, una novella o un relato corto pueden tener un efecto igual de poderoso, pero las condiciones para que así sea son más estrictas que las que necesitan una novela enorme o una serie ya finalizada. Decía el bueno de Stephen King (en la introducción de Skeleton Crew) que una novela es como un matrimonio, mientras que un relato corto es como el beso fugaz de un extraño en la oscuridad. Yo matizo que el beso puede ser, con más probabilidad, una molestia en un estado de borrachera que solo se recordará entre niebla, o una vívida anécdota desagradable o curiosa con la que amenizar de manera recurrente las reuniones adultas entre amigos durante años. Así funcionan las consecuencias de la mayoría de las películas, novelas, novellas o relatos cortos que nos gustan. Es cierto que, si el beso furtivo llega en un momento adecuado y sucede de la manera más apropiada, puede ser una life-changing experience. Pero estas son circunstancias de lo más infrecuentes, que explican que solo se otorgue (y mantenga durante años) un 10 a un ínfimo porcentaje de películas.

En cambio, después de haber visto con regularidad constante y relativa rapidez una serie ya finalizada, o de haber leído de la misma manera una novela enorme, su contenido te acompaña quieras o no. Siempre que cumpla unos mínimos para el criterio personal, aquí importa menos su calidad, o el hecho de que sean oportunas o no para relacionarse con lo que pasa en la vida de uno en esa época. Lo más importante es su extensión. Mientras se están viendo o leyendo, duran, acompañan, están presentes en un presente alargado. Se incorporan a los encuentros cotidianos como espectros que solo tú puedes ver, acechan tras cada diálogo, en la esquina de un espejo cuando te miras buscando respuestas o nada más que compañía. Su ficción se hace real y da sentido a lo que pasa en la realidad y, por eso, como pasa con el extraño caso de las reposiciones infinitas de Los Simpsons, llevan a la lengua citas de cien capítulos como glosa que apuntilla cualquier situación real. Vengan a cuento o no, porque son ya parte de uno y uno, en fin, es como es.

Las series cerradas o las novelas grandes (no necesariamente grandes novelas) no son un beso furtivo, aunque tampoco un matrimonio. Pasas tanto tiempo con ellas como con un buen amigo con el que, con sus defectos incluidos, puedes hablar de todo. Por eso, incluso después de terminadas, las series cerradas o las novelas gordísimas toman la forma de una amistad incondicional. Mientras se ven o leen, y también en los meses siguientes a haberlas acabado, son como uno o dos amigos que están a tu lado comentando cada jugada de tu vida y aportándote su opinión complementaria o alternativa. Sin pedírselo pero necesitándolo, te regalan su consejo de personajes/autores que han pensado mucho en ello, o que han sido muy exigentes con lo que que finalmente quieren decir, antes de plasmarlo en el papel para la eternidad. O, lo que es lo mismo, para ti. Te aceptan como eres y, si creen que debes cambiar o hacer o pensar algo diferente a lo que tienes pensado hacer o pensar, te lo dicen. Sin compromiso. Para eso están los amigos. Y valoras mucho su opinión. No en vano, estás agradecido por las horas, ¡no minutos!, semanas, ¡no eco de días!, que te están haciendo o te han hecho pasar. Te completan, sin pedir a cambio nada más que tu atención sostenida.

Cuando acaban, echas de menos a las largas series ya finalizadas o a las eternas novelas de autores extranjeros con las que pasaste una temporada especial en tu vida, de la misma forma que un cuarentón con barriga cervecera tiene nostalgia del campamento para gordos al que fue con 12 años. O como un nuevo oficinista licenciado hace unos meses aplica lo aprendido en las reuniones scouts, llenas de fumetas, a las que iba cada domingo durante toda su etapa escolar. Sumadas sus horas, se descubre que son al menos tantas como las que has pasado junto a esa serie o esa novela inacabable y, sin embargo, finalmente acabada. Como los viejos y grandes amigos que viven a miles de kilómetros, su recuerdo es parte de ti y vuelve cuando lo necesitas y sin llamarlo, le da sentido a lo que haces, o trae un “¿qué haría o me diría?” y el sentido de la vida es la sensación de comunidad, al sentir la vida compartida con ellos, amigos reales, personajes, autores. Aunque ya no puedas llamarlos para quedar y tomar un café.

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Así leo yo

Jot Down no es una revista online tan buena como sugiere su reputación. Por ejemplo, los artículos de cine son poco más que una disimulada actualización posmoderna de Boyero y Garci, presos de diarrea verbal; otra oportunidad perdida para difundir visiones alternativas del cine en un medio mayoritario. Sin embargo, con cierta frecuencia publican cosas que en cualquier dominical de la CT parecerían obras maestras, aunque solo por comparación.

Por ejemplo, el muy irregular Cristian Campos ha escrito este simpático artículo, «Las andaluzas pityfucker y el negro que barre». En una de sus partes, enumera algunos de sus hábitos de lectura, convencido de que cómo lee o escribe uno es un espejo del alma. Discrepo. Para mí, la elección de lo que se lee o lo que se hace con ello después de leído sí podría decir algo de lo que alguien es, pero las manías y obsesiones de tipo práctico, del tipo que se sacan a pasear en el artículo, suelen estar condicionadas por el contexto de posibilidad mucho más que por la personalidad. Sea como sea, es un ejercicio que a mí me gustaría leer de mucha gente, porque conocer los hábitos de consumo cultural de mis amigos, conocidos y leídos es mi prensa rosa particular, y no me resisto a hacerlo mío también. Por eso, voy a seguir la estructura de este “Así leo yo” de Cristian Campos para mostrar (y descubrir) cómo leo yo. Un texto más largo pero más ligero de lo habitual y que hace el número 200 de este blog.

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1. Suelo tener cuatro o cinco libros en la mesita de noche: una antología de poesía, bien gorda a ser posible, para ir absorbiéndola durante años; otro monográfico de un poeta concreto, que dura semanas o meses; el que esté leyendo en ese momento; el que me acabe de comprar y quiera tenerlo cerca metiéndome presión, pero que no está más que en un purgatorio porque, de manera casi irremediable, termina pasando a formar parte de The Pila.

2. En mi etapa académica fui alejándome de la ficción y terminé pasando el día entre monografías, tratados o libros de referencia. La religión de la distancia crítica. Las novelas y los relatos me llegaron a parecer cosas falsas o inútiles o, como mucho, material para la reflexión. Por suerte, con el fin de la universidad, la ficción (mucha antología de relatos, alguna novela no muy gorda) restauró su poder sobre mí y anuló la objetividad del analista. Ahora mantengo un equilibrio sano entre ficción y no ficción y todos sus cruces bastardos. También leo poesía, siempre en voz alta y muy, muy lentamente; el teatro lo leo en voz alta y muy, muy rápido.

3. Ni de broma leo todos los libros que compro. Si no caen en las primeras semanas, tienden a integrarse en una The Pila que empezó a formarse a finales de los 90. Eso sí, soy de buena familia y los leo siempre en orden, desde el índice hasta los datos de la imprenta.

4. Acabo prácticamente todos los libros que empiezo con intención de leerlos enteros. Sé que cuando sea más mayor y sea consciente de que mi tiempo no es infinito seré valiente y podré abandonar a la mitad los que no me funcionan. Pero, hasta entonces, seguiré siendo un cobarde. O un perseverante, que casualmente en este caso es lo mismo.

5. Me encantan las introducciones y los prólogos. De hecho, a veces es lo único que leo de los libros más académicos, sobre todo si he sacado una decena de la biblioteca en un arrebato. Una de las cosas que más echo de menos de España son las ediciones de clásicos de Cátedra, por sus maravillosas introducciones, donde los spoilers se toleran por estar entre agudos apuntes críticos. Sin ellas, nunca habría apreciado ni la mitad de lo que tienen, por ejemplo, los libros de Flaubert o Tolstoi. Los epílogos, aunque suelen ser innecesarios, también me caen bien, porque son un breve descanso después del largo trabajo, una especie de premio por haber llegado hasta allí.

6. Suelo subrayar, poner título a ciertos bloques de sentido en los libros académicos, poner flechas y exclamaciones en los pasajes cambia-vidas, llenar los márgenes con notas de todo tipo (reescribiendo de forma clara algo que he sudado para entender, dejando para la posteridad una idea “brillante” sugerida por el texto…). Luego nunca sé qué hacer con todo eso, y una de las constantes de mi vida lectora es preguntarme cómo y para qué subrayar y anotar, si sirve de algo o estropea la experiencia. El Kindle me ha ayudado a mejorar esto, porque al menos suelo releer las partes subrayadas cuando devuelvo el ebook al ordenador.

7. El patrón de ordenación de mis libros en casa suele cambiar cada 4 o 5 años, pero en general tengo dos. Uno, organizados entre ficción y ensayo, con subtramas dentro de cada uno de los dos grupos: novela, relato, teatro, poesía, antología…; tema o disciplina en la no ficción… Las fronteras son difusas y la memoria flaquea, así que ahora está vigente mi segundo patrón (dos), que es simplemente ponerlo todo seguido, en orden alfabético por el apellido del autor, con las antologías y obras grupales al final.

8. El libro físico lo suelo leer en gran parte en español, pero en libro digital tengo que tirar de lo que hay o intento aprovechar la oferta mundial y, de hecho y por ambas razones, la mayoría de mis lecturas en los dos últimos años han sido en inglés. El español es La Lengua, nunca disfruto tanto un libro como cuando es un original en español (¡Galdós!). El inglés lo leo más con el piloto automático puesto, pierdo el giro de la floritura pero eso me permite fijarme y entender mejor el contenido. También cae un par de veces al año algo en catalán, por ser la lengua original o porque no lo he encontrado en otro idioma, y me hace sentir como en casa, cuando veía Bola de drac de pequeño. Y alguna vez me he animado con libros en francés y en italiano para trabajos académicos.

9. Nunca compro libros por la portada. De hecho, yo creo que alguna vez he dejado de comprar alguno que quería porque me daba vergüenza pagar por una portada aberrante, y termino buscando una edición vieja mexicana o argentina por Iberlibro.

10. Casi nunca descarto un libro que ya esté dispuesto a empezar a leer. Si voy a por uno, es porque el tema del libro me interesa mucho, o porque es algo que debo, necesito leer. Siempre hay equivocaciones, claro, pero el masoquismo suele cumplir su labor y me obliga a terminar de leerlo como sacrificio para salvar al resto de la humanidad.

11. Salvo en casos o detalles en los que hay relación con la vida real del autor, nunca pienso en el escritor como una persona real. Pienso, disfruto y analizo mucho la obra de un autor poniéndola en relación con todo lo que he leído de o sobre ese autor, pero el conjunto de una obra es como un ente con vida propia, un microcosmos que da la casualidad de que tiene firma humana.

12. Disfruto mucho leyendo la ficción (y hasta el ensayo) de forma directa, algo que me pasa igual con el cine. De ahí mi obsesión con el terror. Por eso, si el género, el autor o la historia me ha caído en gracia, le perdono todo y lucho por dejarme llevar por las emociones que pretenda sacarme. Es difícil a veces.

13. Soy extremadamente paciente con los libros y, salvo cuando gentes como Derrida o Nancy o Lyotard o Deleuze se ponen a echar todo lo que les sale y como salga, no me importa no entender nada. Si sospecho (o si la tradición en la que confío me dice) que hay algo ahí y que merece la pena, peleo y peleo hasta que lo saco. Siempre defenderé la claridad, pero puede haber una gran honestidad en el horror vacui y la confusión. El truco está en aprender a detectar cuándo no hay nada detrás del torrente y el escorzo, para ahorrarse el esfuerzo.

14. Las pretensiones pueden llevar un libro al más absoluto sublime, si quien las pone en práctica está a la altura, o al ridículo más vergonzante, en la inmensa mayoría de los casos. El primero me hace sentirme humano y vivo. El segundo está omnipresente en lo que cualquiera lee en el día a día de internet o los medios, lo que me empuja hacia el precipicio del cinismo.

15. Salvo cuando la escritura es clara y transparente, suelo tener problemas para entender a la primera y por completo lo que leo. Esto viene por defectos de fábrica personales, que me dificultan la concentración, pero se ha visto agravado por culpa de internet. De todas formas, es posible combatirlo: leyendo sin parar, día tras día, varias horas al día, para coger el ritmo y meterse en el mundo de lo escrito. La parte negativa (o no) es que, al mismo tiempo que mejora la capacidad de comprender con facilidad lo escrito, uno tiende a alejarse del mundo exterior.

16. Recuerdo lo que leo, pero a mi manera. No tanto porque la memoria se me debilite con el tiempo, sino sobre todo porque desde el primer momento interpreto lo leído un poco a mi manera, y los resultados de esa percepción se hacen aún más personales con el paso del tiempo. Eso sí, apenas puedo citar, aunque sí sé dónde encontrar las citas que busco. Por otro lado, uno de mis objetivos vitales es memorizar muchos poemas para impresionar a la gente. Hasta ahora solo he podido memorizar el del pirata de Espronceda y uno de cuatro versos de Alejandra Pizarnik.

17. Me acuerdo de los títulos y autores de los libros de ficción, aunque de los libros de no ficción (sobre todo académicos) casi nunca, porque es más bien irrelevante. Cuando era joven y soñador, mi cabeza era una especie de enciclopedia de todo lo que había leído, quería leer o nunca leería pero sabía de su existencia. Sin embargo, desde hace cosa de dos o tres años, el exceso de información se cobra su peaje y empiezo a olvidar y a confundir bastantes datos. Esto me inquieta porque nunca antes me había pasado, y ahora incluso he llegado a ver películas (o empezado a ver) que no sabía que había visto ya. Mi huida hacia delante consiste de momento en leer muchos clásicos, que son un número manejable y cuyos datos nunca se pueden olvidar.

18. El diseño de las portadas me suele dar igual, solo recuerdo con claridad los que son muy feos. Los de Alianza con fotos de objetos de atrezzo, por ejemplo. Eso sí que es literatura de terror hecha cuerpo en el mismo soporte físico del libro.

19. Yo no tengo ningún tipo de superstición, aunque sí trato a los libros como algo sagrado. Respeto cada uno de los libros sobre la Tierra como un texto revelado, religioso. Otra cosa es que me convenzan para profesarlos, pero la mística del lenguaje literario o científico es una creencia irracional que domina mi vida cada vez más fuerza.

20. Por mucho que el olor del papel sea una punzada en el cerebro reptiliano, más ahora que el exilio solo me lleva a libros físicos cada bastante tiempo, no soy nada fetichista. Por eso, no me importa deshacerme de libros. Si alguno vuela es por una buena razón. Por un lado, tengo una pila de libros que quiero vender o regalar a una tienda de segunda mano, pero nunca se completa la operación y no me atrevo a tirarlos a la basura (y eso que al menos dos o tres de ese grupo los encontré originalmente junto a algún contenedor). Por otro, alguna vez, también tengo algún libro que necesito regalárselo a alguien en concreto, impelido por el demonio familiar que lo habita y que me dice que el cuerpo de ese alguien será un mejor hogar que el mío para su espíritu.

EPÍLOGO: Y esto ha sido una estampa de algunas de mis relaciones con los libros, siguiendo una estructura predefinida por un señor que a veces escribe cosas bien y a veces cosas mal. Mis categorías habrían sido otras, pero prefiero invertir en leer el tiempo que me llevaría elaborarlas.

LA MADONNA (Clive Barker): El eterno y mojado femenino

7-10-2010 8;00;48 PM

Aunque por lo visto hay gente que duda de su existencia, yo estoy convencido de que hay un inconsciente colectivo. Tal y como lo entiendo, es un imaginario común a un grupo humano, a veces a casi toda la humanidad, formado a medio camino entre la industria cultural y los universales antropológicos. La expresión de ese inconsciente colectivo suele partir de intuiciones borrosas que se hacen públicas y reconocibles en forma de imágenes, y quizá por esta fe en la lírica visual de inspiración jungiana me apasiona el género de terror, que tiene su razón de ser en elaborar estas imágenes y presumir de ellas.

La fuerza de esas imágenes viene de que no son alegorías ni metáforas. Como pasa con el uso alegórico de la luz, interpretarlas de manera explícita, de una manera o de otra, les quita la fuerza porque obliga a desviar la mirada. Es verdad que esas imágenes pueden funcionar a veces como símbolos, pero no tendrían que ser desentrañados. Si se hace, el símbolo se anula y se convierte en una idea banal, directa, corre el riesgo de quedar desprovista de la fuerza humana que la creó y, por tanto, de dejar de apelar a esa misma fuerza humana. El símbolo explicado habla en un lenguaje que no es el suyo, que se puede entender pero no interiorizar con la claridad de la lengua materna. El inconsciente colectivo apela al inconsciente colectivo y, como tal, solo puede experimentarse de verdad en sus propios términos.

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Las imágenes son de una adaptación del relato al cómic

Lo que puede hacer muy bien el género de terror es dar forma a esas imágenes latentes, encontrar su jaula siguiendo el olor de su rastro y abrirla para dejarlas campar a sus anchas en páginas y pantallas. Clive Barker es un maestro en esto. Es un autor que consigue encontrar en su cabeza algo que está en muchas otras cabezas, pero que estas no aciertan o no se atreven a ver. Y lo cuenta muy bien, con tantas aristas y sugerencias como lo visualiza. Digamos que hace el trabajo sucio, excava y filtra un sedimento de imágenes y deseos hasta dar con algo imprevisto que hace click. Un pequeño problema de su obra es que quizá no es lo suficientemente radical como para explorar hasta el límite, y más allá, estas visiones. A veces parece conformarse con enumerarlas o mostrarlas, con cierto detalle pero con el argumento empujándole para que no se detenga mucho en su contemplación. La tiranía narrativa ocupa un lugar prominente en su jerarquía, como en la de la gran mayoría de escritores, y en él supone un obstáculo para desplegar del todo su genio. Thomas Ligotti, por ejemplo, sí se ensaña y se recrea en sus visiones, pero lo que él muestra es la exploración y la búsqueda, no el hallazgo decantado de Clive Barker. Además, Ligotti se queda más bien en un plano lingüístico, mientras que Barker propone imaginar literalmente lo que cuenta.

«La Madonna» (puede leerse aquí) es uno de los relatos más potentes de Barker. Está en el volumen 3 de la edición española (La Factoría de Ideas) de los Libros de sangre, el IV en la anglosajona. No hace referencia explícita al inconsciente colectivo, algo que sí desarrolla en «Lo prohibido», pero pone en marcha ese concepto y no lo detiene hasta que todos sus personajes han sido primero humillados y luego destruidos por él. Que es el peligro que cualquiera teme que puede derivarse de descubrir y sacar a la luz ciertas cosas.

El relato trata sobre la virilidad y la feminidad con contundencia, fiel al estilo de su autor. Hay dos personajes masculinos, uno de ellos es el gallo del corral y otro cree que puede llegar a serlo. Ambos son desquiciados por voluptuosas adolescentes desnudas, en una mezcla variada de lujuria y amor que, encima, ni siquiera disfrutan cuando se materializa porque está oculto en su memoria. Como hombres, ellos están convencidos de la grandeza de las mujeres bellas. Pueden dar la muerte y la perdición al hombre de una manera más humillante que al revés, pero eso no las hace mejores. Creer que ese poder es indicativo de divinidad eso es un error que se encuentra en su mirada hetero-masculina, no en la realidad, tanto como creer en que las mujeres tienen ese poder.

Los personajes masculinos apenas atisban entre retazos de luz a las mujeres del relato pero, aun así, se animan a interactuar con ellas en plenitud física y conceptual, como arquetipos (de semidiosas) que se hubieran hecho carne. De nuevo, la superioridad de las chicas solo está en ellos, en la forma en la que ellos las contemplan y desde donde las contemplan. Desde su cuerpo masculino y heterosexual. También está en el lenguaje perverso y cabroncete del poco heterosexual Clive Barker. Pero, en el lenguaje colectivo, para una mujer no es lícito ser consciente de su grandeza y, si se apropia de esa conceptualización para describirse a sí misma, no está siendo más que una lasciva manipuladora que se aprovecha de sus encantos para abusar del hombre. En sí misma no es nada fuera del hombre; si utiliza la mirada de este, es peor que nada, es un demonio.

[Que quede claro que lo anterior es una propuesta de lectura temática del relato, no alegórica. No me refiero a las imágenes sino a la narración. Por otro lado, si se le hubiera explicado como alegoría a los personajes, es verdad que ellos habrían seguido actuando igual; pero eso habría arruinado la experiencia estética (“jungiana”) al lector.]

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El texto tiene un hallazgo particularmente acertado, que es el que hace que su efectividad y poder se dispare. La parte fantástica de la acción sucede en un escenario insólito, el edificio abandonado y laberíntico de unas piscinas públicas, al que los personajes vuelven una y otra vez para encontrarse con y calmar sus deseos hiperexcitados y abiertamente pecaminosos. No es raro ver en la ficción a adolescentes que se cuelan en una piscina de noche, para desatar sus pasiones. También se ha visto que algún personaje sea amenazado por algún misterioso asesino al lado de una piscina cerrada, de nuevo de noche, con los reflejos del agua ondeando en el techo. Sin embargo, Barker lleva este topos (en sentido retórico y literal) a un nuevo nivel. No se conforma con dotar al local de cierta atmósfera de soledad y silencio. Más allá de eso, lo que hace en «La Madonna» es elaborar un lugar húmedo, excitante y peligroso, indescifrable y dispuesto a satisfacer todos los deseos. No le pondré nombre a ese conjunto.

La virilidad admite y se vanagloria de su hipersexualización, y el laberinto en forma de espiral que conduce a una enorme piscina cruza el (presuntamente ínfimo) umbral mínimo necesario para despertar la excitación de los hombres. Al mismo tiempo, el escenario cumple con una característica general del inconsciente colectivo, porque complementa al deseo con tabú, aunque lo hace de manera hetero-masculina y no universal: la piscina rebosa un líquido que podría ser amniótico, las chicas son demasiado jóvenes para los usos y costumbres contemporáneos, la maternidad y la divinidad están demasiado presentes, animando y observando cada penetración. El miedo al matriarcado toma forma en una mitología lovecraftiana que une el infierno con el paraíso, la valentía sobre la inquietud con el premio del placer, el culmen de la virilidad con su sumisión, tortura y condena. Nada de esto es una hermenéutica de las imágenes de Barker, es solo descriptivo.

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A pesar de que participan sin dudarlo, ninguno de los hombres puede descifrar lo que pasa. En el inconsciente colectivo, eso es la mujer: un misterio con tetas enormes, un secreto con un culo incitante. Los personajes masculinos se abandonan a su fantasía, aunque intuyan que pueden pagarlo muy caro. Pero su miedo se rebaja porque también sienten que están en su terreno, sospechan que todo lo que hay no es más que un teatro montado para satisfacerles. El laberinto de piscinas es todo lo que habían soñado pero no sabían o no se atrevían a mirar. Ahora tienen la oportunidad y no la van a desaprovechar. Todo excita sus sentidos sexuales, al mismo tiempo y de la misma manera que su terror: el topos de la piscina oculta es una orgía de silencios seguidos de ecos, de reflejos de luz en constante movimiento que proceden de fluidos feminoides, de calores seguidos de sudores, de embestidas, jadeos, dolores y placeres, repartidos de manera aleatoria, inexplicable pero indubitable para aquellos que los viven.

Lo que hace Barker en «La Madonna» es, en definitiva, crear un escenario para un cierto inconsciente colectivo cuyo material es ese mismo inconsciente colectivo. Una espiral abierta de piernas, que invita a ser recorrida y que invoca desde ese punto más exterior imágenes, sueños y tabúes, un conglomerado simbólico y compuesto en sus compactos muros por las mismas partes con las que los personajes terminan interactuando delante de esos muros. Una nueva vuelta de tuerca al fatalismo barkeriano. De manera literal, es un peligroso sueño húmedo de la hetero-masculinidad.

VLAD: ¿Quién quiere ser un vampiro?

vlad1Un escritor mexicano, que tuvo sus días de mayor gloria creativa en los 60 y en los 70, decide escribir una reinterpretación del Drácula de Stoker ambientada en la Ciudad de México actual. Cuando lo hace, a Carlos Fuentes apenas le quedan un par de años para morir. Lo que promete ser un ejercicio de puro kitsch, de divertimento de última hora para alguien que ya no tiene nada que demostrar y nada que decir por desgracia, lo que les ocurre a la mayoría de escritores viejos), es en realidad una de las más agudas revisiones del mito.

Yo, desde luego, nunca he querido ser un vampiro. A veces es presentado como alguien tan poderoso y libre que da muchas ganas de serlo, y piensas que te gustaría estar en ese mundo de ficción y devorar doncellas, vivir eternamente para convertirte en el máximo experto en lo que más te gusta y matar personas indefensas, todos ellos deseos profundos de la masculinidad. Pero son cosas deseables solo mientras rijan las reglas impuestas por la historia inventada. Trasladada a la vida real, la posibilidad de ser un vampiro no parece tan agradable: engatusar y matar inocentes cada noche solo para alimentar tu sed, recibir borbotones de sangre y otros fluidos en tu boca (quieras que no) cuarteada por las siglos, vivir como un terrorista en permanente huida de una ley que jamás entendería tus motivos.

vlad2Sin embargo, el Vlad de Carlos Fuentes ofrece el vampirismo como la posibilidad de cumplir el deseo de masoquismo, esas ganas de sentir ¡lo que sea! que hormiguean dentro de cualquiera que viva en una megalópolis, y que de manera inevitable pican ahí. Ante el mismo viaje en metro, el mismo polvo cada tres noches, el mismo arco argumental en una nueva serie favorita, la misma comprobación cada día 2 en el cajero para ver si has recibido el mismo pequeño sueldo (esto sí que siempre es el mismo), las mismas noticias contadas por los medios de la misma manera efectista, el mismo asfalto, cemento, hierro, óxido, acero, escalón, ascensor, portón, despacho, local, partido, cuerpo, cuerpos, vestidos, pantalones, pequeños placeres, pis y pos de perro en la acera. Ante todo eso, mejor obligar a sufrir a la carne en sí misma antes que aguantar otra reposición de la rutina propia. Ante eso, mejor convertirse en vampiro y destruir con una carcajada que solo podrá ser parada por una estaca que ya nadie recuerda cómo manejar manualmente.

Pero, claro, hasta los poderosos del universo sobrenatural son casta y no cualquiera llega a convertirse en uno. Solo nobles o gente muy demente o muy macizorra pasa las pruebas. Convertirse en esclavo de vampiro es una opción más realista para la mayoría de nosotros. Como siervo del nosferatu, tu función es ser golpeado y maltratado y mutilado. Perdón: golpeada, maltratada y mutilada (el autor es un hombre). Además de conceder a la mujer urbanita sus presuntos deseos de ser violentada de maneras inimaginables, otros humanos inferiores como niños o, sobre todo, hombres deformes, también pueden apuntarse al plan. Y lo harán, sobre todo los segundos, porque les garantizará una depravación que, como todos saben, es lo único a lo que puede aspirar un cuerpo muy imperfecto. Pero en Vlad el dilema se le presenta a la mujer urbanita, siempre estrangulable, que no duda un segundo en pasarse al lado oscuro. Dice con orgullo que ¡muerte! a los mismos trucos sexuales de siempre del cónyuge y ¡larga vida! a la violación disfrutada, a la sumisión sanguinolenta al vampiro, por mucho que conlleve una más temprana que tardía metamorfosis en ceniza y la progresiva pérdida de miembros. Cuando la sociedad deja de ser providente, es hora de firmar un nuevo contrato social, un rechazo voluntario al pasado para abrazar un lifestyle incierto pero que garantiza ser experimentado entre gozosos gritos constantes.

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Todo eso ya estaba en el original de Stoker, y yo soy tan negado que no me he dado cuenta hasta que he leído a Carlos Fuentes, supongo que por lo bien que escribe este señor. Pero en la primera versión esta idea no era explícita sino colateral, y tal vez solo visible desde la posteridad. Por tanto, podría decirse que no estaba. Allí, como en la mayoría de (re)interpretaciones posteriores, lo importante era el deseo soterrado y el terror a que se convirtiera en realidad. Aquí, al contrario, el deseo es deseado, su transformación en hecho es la mayor fuente de alegría para el (perdón: la) sufriente. En Vlad, Fuentes aclara su propuesta vampírica en el mismo clímax de la historia, no como un huevo de Pascua para degenerados de épocas posteriores, sino destacándola como la idea clave para interpretar el draculismo hoy. Según lo que uno elija, ser vampiro/ghoul o burócrata, podrá considerarse dentro de la categoría de los vivos o la de los muertos.

La paradoja es que son los muertos quienes deciden vivir abrazando su humanidad, mientras que los vivos son cobardes que se conforman con residir en su zona de confort durante toda la eternidad. Una eternidad que, por otro lado, para un mortal, apenas se reduce a unas décadas. Aquellos que eligen seguir vivos son zombis, no vampiros. Convierten su lista de elecciones biográficas en una serie de planes quinquenales, apenas esbozados con unas directrices generales (mantener el trabajo, mantener el cónyuge, mantener los hobbies, mantener en equilibrio y bajo control los distintos yos), sobre las que no hace falta elaborar informes que las analicen en detalle porque todo el mundo sabe lo que se deriva de ellas. Si funcionan, bastará con renovarlas durante cinco años más. El vampiro o su esbirro complaciente, el muerto por elección, hace planes centenarios pero, al juntarse en su puesta en práctica el deseo humano y la inercia animal, tienen mucha más animación interna. Quizá menos cambios, pero sí una excitación renovada cada vez que se eviscera a una virgen (o se es una virgen eviscerada) o se desolla a un indigente o a un mamífero irreconocible, porque la parte más instintiva se olvida de que ya se hecho diez mil veces antes. Para un muerto sádico o masoquista, no hay pasado cuando se está en la acción. El vivo, en cambio, es consciente del progresivo desinterés de y hacia su vida, que acepta como peaje para poder autoconservarse con comodidad. Es demasiado consciente de su humanidad, la cual acepta con humildad de borrego, y no quiere forzar la máquina. Mientras, el muerto por elección, ya se puede decir el no-muerto por elección, ha descubierto y aceptado su condición de “Dios inacabado” y está dispuesto (dispuesta) a llevarla hasta el final. Dolor y placer mediante.