LA EXPERIENCIA DE LEER (Libros que cambiaron el mundo, 3)

[De la serie Libros que cambiaron el mundo]

Leer no es leer y nada más. Leer, en el pleno sentido de la palabra, es leer conscientemente. Tendemos a leer muy mal, incluso los que leemos mucho nos dejamos llevar y somos arrastrados por la vagancia y la espectacularidad. No importa si rápido o lento, pero leemos sin leer las palabras, solo los dichos y los hechos en la ficción; en los ensayos, las premisas y las conclusiones, y más aún los ejemplos narrativos para explicar algo. Eso es también lectura, claro, pero limitarse a ello es obviar el poder profundo del lenguaje literario, o del lenguaje escrito sin más, su capacidad de meterse debajo de la piel como un parásito a través de palabras que contienen una mirada única a un mundo a veces también único. La lectura pragmática se salta la violencia y el placer de la estética en el mismo lenguaje, su capacidad para crear matices en lo dicho y, así, modificar de manera sustancial (literaria… ¡humana!) su recepción. La lectura simplificada es sentarse a ver la tele, la lectura compleja es leer un texto.

laexperienciadeleer1
Yo aprendí que no sabía leer cuando leí La experiencia de leer, de C. S. Lewis. Cayó en mis manos por casualidad, en uno de esos raids azarosos que a veces hago en las bibliotecas, en busca de algo que no suelo ni sospechar. No hacía mucho que había salido de la adolescencia, si es que había salido; y, durante años, no había encontrado respuestas a preguntas, que ni siquiera sabía concretar, acerca de la lectura. ¿Pierdo el tiempo leyendo tantos libros, me sirve de algo… todo porque no sé si los leo de verdad? ¿Qué, cómo, por qué, para qué? Todo tan periodístico como la misma existencia del ser adolescente.

laexperienciadeleer2Este es otro libro que tendría que ser lectura obligatoria y programa de curso en los institutos, y que no puede serlo porque no encaja en ninguna de las asignaturas del curriculum académico. El ensayo de C. S. Lewis fue para mí revelador y me abrió las puertas de la teoría literaria, bastante antes de tener que enfrentarme a la “verdadera” teoría literaria, tan a menudo críptica, retorcida y árida. No era raro para mí acordarme con nostalgia de la capacidad divulgativa de Lewis cuando, en la universidad, trabajaba duro para descuartizar textos de teóricos literarios empeñados en que solo alguien muy perseverante y con mucho tiempo disponible pudiera entender lo que decían, o siquiera si decían algo. En mi vida adulta apenas ha habido alguna excepción, como Barthes o Todorov, o las poéticas de algunos escritores contadas por ellos mismos, que ha tenido un impacto directo en mi forma de leer apenas comparable al de esta accesible obra de Lewis, tan simple.

Con La experiencia de leer entendí, sin rodeos, qué es leer y qué es no leer. Como consecuencia, desde entonces, cada día, me esfuerzo para leer de la manera más completa: leyendo de verdad, leyendo cada palabra y aprehendiendo su significado, leyendo esa y no otra que podría haber ido ahí, cierta frase o giro metida en un momento que podría haber sido ocupado por otra frase o giro, o haber quedado vacío por completo. Lewis considera mal lector al que lee solo el argumento, al que le gustan los diálogos —menos palabras por página y menos “abstractas”— pero no las descripciones, al que se salta los poemas incrustados en las novelas, al que solo es capaz de disfrutar con el avance de la narración y no con las divagaciones ni, por supuesto, con la ausencia de narración o ruptura con la narración tradicional. Todo esto, por cierto, no tiene nada de malo en sí mismo, solo que no conviene llamarlo con exactitud “leer” porque es una lectura a medias. «Matrimonio es matrimonio». Leer es leer.

Lo que Lewis dice que es leer mal yo digo que es desaprovechar la oportunidad. Es negar y hasta renegar de la potencia de la literatura. Quedarse en la acción es quedarse en la superficie, algo que puede ser muy bueno para la salud mental, pero siempre y cuando no sea toda la dieta sino solo una parte, el picoteo entre horas. Y ese es el problema de la mayoría de la industria cultural, que ofrece como todo “leer” lo que solo es una manera de leer (drama incluso más evidente en el caso equivalente del cine mainstream). Los lectores la aceptan como lo que hay sin hacerse muchas preguntas, de la misma manera en que insisten en votar a quienes les perjudican a ellos y a sus vecinos. Los mecanismos de la dictadura (de la concepción reduccionista) del entretenimiento y la falta de una mínima educación crítica y activadora de las potencialidades humanas en las escuelas son una guerra fría perpetua contra la literatura, es decir, contra el poder cuasimágico del lenguaje escrito y la capacidad del ser humano de hacer maravillas (estéticas, filosóficas) con él. En los mass media, entre los que cabe incluir en cierto modo los centros educativos, la literatura es funcional y se limita a sus poderes de expresividad mediante lugares comunes y a su capacidad de persuasión (distracción).

Crear un lector y luego limitar su vida a una manera superficial de leer es un proceso indoloro de castración química de la experiencia de leer, de saborear y entender cada palabra en sí misma y en el conjunto del texto, del mundo y del mundo del texto. Un insulto a la capacidad creadora y receptora de la humanidad. Leer de verdad exige un esfuerzo, mejor si es placentero pero, incluso si no lo es, la lectura intensa es mucho más plena que la superficial, y la plenitud es a lo que tendríamos que aspirar. Pero ya sabemos el lugar que tiene el esfuerzo en nuestras sociedades, una de esas cosas que se defiende y elogia públicamente, pero nunca se promueve ni practica con hechos. La lectura esforzada suele conllevar, entre otras, recompensas inmediatas, y por eso, además de por sus valores, merece la pena enseñar y animar a lograr la experiencia de leer.

Anuncios

Libros que cambiaron el mundo (0)

Un libro es capaz de trastocar el orden de las cosas dentro de la cabeza humana, a condición, claro, de que haya alguna cosa en ella antes de empezar la lectura. (Vacío perfecto, Stanislaw Lem)

Voy a dedicar las próximas entradas a hablar de algunos libros que cambiaron el mundo. Decir “el” mundo es, a la vez que un truco publicitario, un nuevo ejercicio de solipsismo desaforado, porque “el” mundo va a ser sinónimo de “mi” mundo. Me niego a ejercer del analista de big data que podría haber sido, del estudioso de la cultura occidental o global que un día fui, del psicohistoriador asimoviano con el que soñaba en convertirme. Lo que veo, lo que tengo, lo que hay es lo que soy. No puedo desplegar un ala que cubra el mundo y, después, estudiar cuadrante a cuadrante la sombra que queda debajo para, al final, levantar el ala y buscar en el conjunto lo que he visto en las partes.

Sí puedo hacer eso mismo con mi vida. O, más bien, con mi vida lectora y sus implicaciones intelectuales, morales. Puedo cerrar los ojos y elaborar una rápida lista mental de títulos de libros que han cambiado mi forma de ver, pensar, estar en el mundo, cada uno de ellos asociado a una idea central para mí. Si nadie me habla mientras cierro los ojos, bajo mis párpados se suceden a gran velocidad los nombres de esas obras, impresos en neones y acompañados por miodesopsias (el gran símbolo del solipsismos) que practican su baile epiléptico al son de una música arrolladora. Pues sí, visualizo las lecturas que me marcaron como si fueran los créditos de Enter the Void. A la inversa que en la película,  investigarse a uno mismo no es entrar en el vacío, sino admitir que se está lleno, aunque eso implique que se estuvo vacío una vez.

¿Qué significa que un libro cambie el mundo, tu mundo? Significa que algo que lees coge tu cabeza con una garra de cuero, penetra en tu nuca para pulsar un interruptor que, tal vez, ni siquiera sabías que tenías. Al cambiar de off a on, o subir o bajar el volumen o el contraste de manera espectacular, produce un cambio radical en una parte fundamental de la relación propia con el mundo. No cambia tu mundo al completo, eso solo puede hacerlo la muerte. El mundo, la vida de cada uno, se sostiene sobre una serie de diferentes pilares más o menos estables, relacionados o no entre sí de manera probablemente incoherente, unas certezas aceptadas (de manera provisional o dogmática) para poder seguir adelante. Son unos principios intelectuales y morales generales, a partir de los cuales se prejuzgan, interpretan y desarrollan las interacciones con uno mismo y con lo que hay alrededor. Según lo que uno entiende, actúa o deja de actuar de una manera o de otra. Por esto último es tan importante la idiosincrasia individual, porque de ella depende qué será e irá siendo la vida de cada uno, como se enfrentará, hundirá o superará las limitaciones o ventajas materiales del contexto en el que le toca vivir. El orteguiano “yo soy yo y mi circunstancia”, pero incluyendo los libros leídos como parte importante tanto del yo como de la circunstancia, además de como nexo de unión y correa de transmisión entre ambos.

A veces, pocas, se lee algo que habla directamente, y dice algo que uno no sabía, acerca de uno de los pilares que construyen la idiosincrasia del mundo propio. Y, a veces, menos aún, eso que el libro dice provoca un cambio decisivo sobre la forma en la que uno entiende ese importante principio en su vida. Otras veces ni siquiera es un cambio, sino una iluminación, una explicación clara de algo que ya se sospechaba pero que, por primera vez, se lee de manera clara y sin duda. Y que se entenderá de forma clara y distinta cada vez que se piense en ello en los años por venir. Sí, una página puede afectar el curso de la existencia de un ser humano. Primero abre los ojos para, en el futuro, aparecer debajo de ellos cada vez que los párpados se caen. Son algunas de las miodesopsias que se van acumulando en el humor vítreo, siendo el humor vítreo una bonita forma de llamar a lo que se va convirtiendo una persona con el paso del tiempo. En definitiva, la revelación que salta desde un libro para cambiar la vida puede ser un choque sobre un pilar intelectual-moral personal, o una limpieza de sus aristas para dejar al descubierto la enunciación que ocultaba la piedra imperfecta. O, en ocasiones más que especiales, un terremoto que rotura el suelo, abriendo una grieta de la que emerge un nuevo pilar, mojado y deseable como un recién nacido.

librosquecambiaronelmundo1

Eso que se lee y cambia el mundo digo que es un libro, pero solo lo llamo así para hacer más manejable la experiencia. En realidad, suele ser más bien una idea que circula entre las páginas de un libro concreto y lo anima, y que puede o no explicitarse en algún que otro momento pero que, en todo caso, explica todo lo demás. Y no solo en el libro. También puede ser una sola frase que resuena a gritos y con reverb modo catedral en la mente del lector, provocándole un espasmo eléctrico que deriva en taquicardia. El efecto puede ser súbito como un martillo, pero también diferido, como les gusta a los profesores de filosofía, con la cita o la idea particular haciéndose hueco en la mente del lector a lo largo de un tiempo hasta que revela su poder, como el espermatozoide triunfador que no cesa hasta haber metido el último átomo de su cola y lo va cambiando todo durante semanas, luego meses y finalmente todos los años por venir. En cualquiera de los dos casos, lo que se lee ya no se olvida. Más aún: se piensa en ello y se recuerda prácticamente cada día del resto de la vida. ¡Cada día! Lo digo de manera literal. De lunes a domigo, cuando vivía en Alicante o en Madrid, cuando vivo en China. A veces pasa por la mañana, a veces por la noche, a veces comprando pescado vivo en el mercado, a veces viendo las noticias o una película, a veces pensando en el pasado o en la estructura que quiero dar a mis próximos meses o años. Eso es que un libro cambie el mundo, tu mundo.

En esta serie de entradas sobre libros que cambiaron mi mundo, no voy a necesitar por tanto un gran esfuerzo de memoria. Porque voy a hablar de libros que contienen ideas que me acompañan allá donde voy, que empapan de distintas maneras todas mis relaciones con el mundo. Es un ejercicio muy personal, por eso no va a consistir en comentarios académicos, análisis intelectualizados o estéticos, ni intentos de establecer un canon. No tengo que analizar ni pensar nada, porque lo tengo todo dentro ya. No hace falta hacer una selección, solo dejar constancia de algo que ya existe y que es mi sombra. Por todo eso, no son necesariamente títulos de los que estar orgulloso, aunque tampoco placeres culpables. Ni recomendaciones ni reivindicaciones. Son lo que son: libros que contienen alguna idea que, en su momento, abrió o explicitó para mí una manera nueva y radical de comprender el mundo y cuyos efectos, por mucho que haya matizado con incontables viviencias y lecturas posteriores, se mantienen frescos en mí en su forma originaria.

Son libros que cambiaron el mundo. Y el mundo sigue gracias a ellos, mi mundo sigue porque sé que hay más, esperándome en las próximas décadas. Sin ellos, no sé.

Películas, series, literatura y sentido de la vida

Una película empieza y luego se acaba. Es una vida que pasa en un rato de 90, 120, 180 minutos. Lo importante no es el número, sino la palabra “minutos”. Y la de “acaba”. Juntas, ambas palabras prueban que una película no es más que una experiencia breve y finita. La pones, la ves, con suerte te metes en ella y, de manera inevitable, The End. Como en Aristóteles, es algo que empieza y que acaba. Como en Aristóteles, su función es catártica. Se abre un paréntesis, se dedica un rato a una película para exorcizar demonios, sublimar deseos. O, sencillamente, para mirar para otro lado (de la vida), mediante la paradoja de apartar la mirada para mirar algo de manera sostenida, con intensidad y dirección. Ese mirar es vivir, pero solo mientras dura la mirada. Cuando los minutos establecidos en la ficha técnica se consumen, todo ha acabado. Pueden o no quedar rastros de la experiencia, pero la experiencia como tal ha terminado. Con suerte, se ha producido una catarsis; sin suerte, al menos un desahogo. Pero el destino de ambos es el mismo, encontrarse con el tope de la segunda parte del paréntesis, el cuarto creciente que lo cierra y que encierra lo que acaba de pasar. Lo que ocurre en el paréntesis, como en Las Vegas, se queda en el paréntesis. Esa vida o esas vidas vividas mediante una pantalla han sido fugaces, ya no volverán y se han convertido en un cadáver inútil. A la salida del cine o del centro cultural, o ante la pantalla negra, la ventana reducida de golpe, del VLC, solo queda ese negro. El vacío que somos: la pantalla encendida, oscura porque no proyecta nada. Radio silence. Al otro lado, como consecuencia, un silencio que no recibe nada. El picor de la muerte cerebral que invade a la inevitable aberración metafísica del espectador sin nada que ver.

Una serie empieza y luego se acaba. O no. Hay dos formas de ver una serie: cuando ha terminado o cuando está en marcha. La segunda es un híbrido entre una película y una serie finalizada, el espacio entre cada capítulo es una realidad difuminada, débil aunque más presente, porque se sabe que va a volver. La serie en marcha acompaña un rato cada semana, sea el rato en el que se ve o los ratos en los que se comenta. A diferencia de una película, no es un paréntesis, pero sí una serie de paréntesis acerca del mismo tema. Cuando haya acabado, si ha cumplido las condiciones que tiene que cumplir una película para grabarse en la idiosincrasia (en la identidad) del espectador, se quedará grabada como sucede con una serie ya finalizada.

La primera manera, ver una serie ya terminada, se parece bastante a leer una novela larga. Sabes que tiene X páginas y que, durante unas semanas, te acompañará allá donde vayas. Los conflictos éticos y vitales de los personajes se integrarán con los de tu vida cotidiana, a veces hasta arrojándoles algo de luz, incluso produciendo decisiones personales sorprendentes al yuxtaponerse las personalidades de la persona, el lector, el autor y el personaje leído. Así, las series que ya se han cerrado, que se tienen enteras en el puño como pasa con las novelas impresas, activan en quien las consume/usa/disfruta/experimenta/desea un mecanismo de mente colmena o, al menos, añaden nuevas conciencias y visiones del mundo que enriquecen la propia. Y hasta la influencian, si uno es impresionable y lee o ve una novela gorda o una serie que es buena o, más bien, que es buena o adecuada para uno durante las semanas en las que la lee o ve. Todo por su duración dilatada en el tiempo y porque se conoce que son una unidad de sentido, justo lo que no se suele tener en la vida, la Gran Carencia.

sentidodelavida1

Esta serie o novelón da, en definitiva, un sentido nuevo a la vida propia, que es eficaz conformándose como sentido de la vida por ser exterior, múltiple y ajeno. Pero, sobre todo, se mete bajo lo piel y despierta al receptor precisamente por ser un sentido nuevo y, al mismo tiempo, lo suficientemente breve como para no agotar la intensidad de la novedad. No tan breve como para ser un paréntesis, una parada temporal porque el autobús se ha estropeado y hay que bajar a la carretera para esperar a que venga otro que funciona bien y permite cumplir con lo que hay que cumplir a diario. Tras la serie terminada o la novela larga no vuelve otro autobús, porque el que lleva al lector no se ha roto nunca. La experiencia de cambiar de autobús se ha vivido en la fantasía, superpuesta a la realidad, sin tener que bajar del autobús. Y esto ha pasado un buen montón de días seguidos. La extensión es un potenciador del sabor sin efectos negativos. Es probable que también suceda con la acumulación de películas o relatos de un mismo género o autor, o por leer o ver muchas veces la misma obrita literaria o película.

Una película, una novela de tamaño estándar, una novella o un relato corto pueden tener un efecto igual de poderoso, pero las condiciones para que así sea son más estrictas que las que necesitan una novela enorme o una serie ya finalizada. Decía el bueno de Stephen King (en la introducción de Skeleton Crew) que una novela es como un matrimonio, mientras que un relato corto es como el beso fugaz de un extraño en la oscuridad. Yo matizo que el beso puede ser, con más probabilidad, una molestia en un estado de borrachera que solo se recordará entre niebla, o una vívida anécdota desagradable o curiosa con la que amenizar de manera recurrente las reuniones adultas entre amigos durante años. Así funcionan las consecuencias de la mayoría de las películas, novelas, novellas o relatos cortos que nos gustan. Es cierto que, si el beso furtivo llega en un momento adecuado y sucede de la manera más apropiada, puede ser una life-changing experience. Pero estas son circunstancias de lo más infrecuentes, que explican que solo se otorgue (y mantenga durante años) un 10 a un ínfimo porcentaje de películas.

En cambio, después de haber visto con regularidad constante y relativa rapidez una serie ya finalizada, o de haber leído de la misma manera una novela enorme, su contenido te acompaña quieras o no. Siempre que cumpla unos mínimos para el criterio personal, aquí importa menos su calidad, o el hecho de que sean oportunas o no para relacionarse con lo que pasa en la vida de uno en esa época. Lo más importante es su extensión. Mientras se están viendo o leyendo, duran, acompañan, están presentes en un presente alargado. Se incorporan a los encuentros cotidianos como espectros que solo tú puedes ver, acechan tras cada diálogo, en la esquina de un espejo cuando te miras buscando respuestas o nada más que compañía. Su ficción se hace real y da sentido a lo que pasa en la realidad y, por eso, como pasa con el extraño caso de las reposiciones infinitas de Los Simpsons, llevan a la lengua citas de cien capítulos como glosa que apuntilla cualquier situación real. Vengan a cuento o no, porque son ya parte de uno y uno, en fin, es como es.

Las series cerradas o las novelas grandes (no necesariamente grandes novelas) no son un beso furtivo, aunque tampoco un matrimonio. Pasas tanto tiempo con ellas como con un buen amigo con el que, con sus defectos incluidos, puedes hablar de todo. Por eso, incluso después de terminadas, las series cerradas o las novelas gordísimas toman la forma de una amistad incondicional. Mientras se ven o leen, y también en los meses siguientes a haberlas acabado, son como uno o dos amigos que están a tu lado comentando cada jugada de tu vida y aportándote su opinión complementaria o alternativa. Sin pedírselo pero necesitándolo, te regalan su consejo de personajes/autores que han pensado mucho en ello, o que han sido muy exigentes con lo que que finalmente quieren decir, antes de plasmarlo en el papel para la eternidad. O, lo que es lo mismo, para ti. Te aceptan como eres y, si creen que debes cambiar o hacer o pensar algo diferente a lo que tienes pensado hacer o pensar, te lo dicen. Sin compromiso. Para eso están los amigos. Y valoras mucho su opinión. No en vano, estás agradecido por las horas, ¡no minutos!, semanas, ¡no eco de días!, que te están haciendo o te han hecho pasar. Te completan, sin pedir a cambio nada más que tu atención sostenida.

Cuando acaban, echas de menos a las largas series ya finalizadas o a las eternas novelas de autores extranjeros con las que pasaste una temporada especial en tu vida, de la misma forma que un cuarentón con barriga cervecera tiene nostalgia del campamento para gordos al que fue con 12 años. O como un nuevo oficinista licenciado hace unos meses aplica lo aprendido en las reuniones scouts, llenas de fumetas, a las que iba cada domingo durante toda su etapa escolar. Sumadas sus horas, se descubre que son al menos tantas como las que has pasado junto a esa serie o esa novela inacabable y, sin embargo, finalmente acabada. Como los viejos y grandes amigos que viven a miles de kilómetros, su recuerdo es parte de ti y vuelve cuando lo necesitas y sin llamarlo, le da sentido a lo que haces, o trae un “¿qué haría o me diría?” y el sentido de la vida es la sensación de comunidad, al sentir la vida compartida con ellos, amigos reales, personajes, autores. Aunque ya no puedas llamarlos para quedar y tomar un café.

Así leo yo

Jot Down no es una revista online tan buena como sugiere su reputación. Por ejemplo, los artículos de cine son poco más que una disimulada actualización posmoderna de Boyero y Garci, presos de diarrea verbal; otra oportunidad perdida para difundir visiones alternativas del cine en un medio mayoritario. Sin embargo, con cierta frecuencia publican cosas que en cualquier dominical de la CT parecerían obras maestras, aunque solo por comparación.

Por ejemplo, el muy irregular Cristian Campos ha escrito este simpático artículo, «Las andaluzas pityfucker y el negro que barre». En una de sus partes, enumera algunos de sus hábitos de lectura, convencido de que cómo lee o escribe uno es un espejo del alma. Discrepo. Para mí, la elección de lo que se lee o lo que se hace con ello después de leído sí podría decir algo de lo que alguien es, pero las manías y obsesiones de tipo práctico, del tipo que se sacan a pasear en el artículo, suelen estar condicionadas por el contexto de posibilidad mucho más que por la personalidad. Sea como sea, es un ejercicio que a mí me gustaría leer de mucha gente, porque conocer los hábitos de consumo cultural de mis amigos, conocidos y leídos es mi prensa rosa particular, y no me resisto a hacerlo mío también. Por eso, voy a seguir la estructura de este “Así leo yo” de Cristian Campos para mostrar (y descubrir) cómo leo yo. Un texto más largo pero más ligero de lo habitual y que hace el número 200 de este blog.

asileoyo1

1. Suelo tener cuatro o cinco libros en la mesita de noche: una antología de poesía, bien gorda a ser posible, para ir absorbiéndola durante años; otro monográfico de un poeta concreto, que dura semanas o meses; el que esté leyendo en ese momento; el que me acabe de comprar y quiera tenerlo cerca metiéndome presión, pero que no está más que en un purgatorio porque, de manera casi irremediable, termina pasando a formar parte de The Pila.

2. En mi etapa académica fui alejándome de la ficción y terminé pasando el día entre monografías, tratados o libros de referencia. La religión de la distancia crítica. Las novelas y los relatos me llegaron a parecer cosas falsas o inútiles o, como mucho, material para la reflexión. Por suerte, con el fin de la universidad, la ficción (mucha antología de relatos, alguna novela no muy gorda) restauró su poder sobre mí y anuló la objetividad del analista. Ahora mantengo un equilibrio sano entre ficción y no ficción y todos sus cruces bastardos. También leo poesía, siempre en voz alta y muy, muy lentamente; el teatro lo leo en voz alta y muy, muy rápido.

3. Ni de broma leo todos los libros que compro. Si no caen en las primeras semanas, tienden a integrarse en una The Pila que empezó a formarse a finales de los 90. Eso sí, soy de buena familia y los leo siempre en orden, desde el índice hasta los datos de la imprenta.

4. Acabo prácticamente todos los libros que empiezo con intención de leerlos enteros. Sé que cuando sea más mayor y sea consciente de que mi tiempo no es infinito seré valiente y podré abandonar a la mitad los que no me funcionan. Pero, hasta entonces, seguiré siendo un cobarde. O un perseverante, que casualmente en este caso es lo mismo.

5. Me encantan las introducciones y los prólogos. De hecho, a veces es lo único que leo de los libros más académicos, sobre todo si he sacado una decena de la biblioteca en un arrebato. Una de las cosas que más echo de menos de España son las ediciones de clásicos de Cátedra, por sus maravillosas introducciones, donde los spoilers se toleran por estar entre agudos apuntes críticos. Sin ellas, nunca habría apreciado ni la mitad de lo que tienen, por ejemplo, los libros de Flaubert o Tolstoi. Los epílogos, aunque suelen ser innecesarios, también me caen bien, porque son un breve descanso después del largo trabajo, una especie de premio por haber llegado hasta allí.

6. Suelo subrayar, poner título a ciertos bloques de sentido en los libros académicos, poner flechas y exclamaciones en los pasajes cambia-vidas, llenar los márgenes con notas de todo tipo (reescribiendo de forma clara algo que he sudado para entender, dejando para la posteridad una idea “brillante” sugerida por el texto…). Luego nunca sé qué hacer con todo eso, y una de las constantes de mi vida lectora es preguntarme cómo y para qué subrayar y anotar, si sirve de algo o estropea la experiencia. El Kindle me ha ayudado a mejorar esto, porque al menos suelo releer las partes subrayadas cuando devuelvo el ebook al ordenador.

7. El patrón de ordenación de mis libros en casa suele cambiar cada 4 o 5 años, pero en general tengo dos. Uno, organizados entre ficción y ensayo, con subtramas dentro de cada uno de los dos grupos: novela, relato, teatro, poesía, antología…; tema o disciplina en la no ficción… Las fronteras son difusas y la memoria flaquea, así que ahora está vigente mi segundo patrón (dos), que es simplemente ponerlo todo seguido, en orden alfabético por el apellido del autor, con las antologías y obras grupales al final.

8. El libro físico lo suelo leer en gran parte en español, pero en libro digital tengo que tirar de lo que hay o intento aprovechar la oferta mundial y, de hecho y por ambas razones, la mayoría de mis lecturas en los dos últimos años han sido en inglés. El español es La Lengua, nunca disfruto tanto un libro como cuando es un original en español (¡Galdós!). El inglés lo leo más con el piloto automático puesto, pierdo el giro de la floritura pero eso me permite fijarme y entender mejor el contenido. También cae un par de veces al año algo en catalán, por ser la lengua original o porque no lo he encontrado en otro idioma, y me hace sentir como en casa, cuando veía Bola de drac de pequeño. Y alguna vez me he animado con libros en francés y en italiano para trabajos académicos.

9. Nunca compro libros por la portada. De hecho, yo creo que alguna vez he dejado de comprar alguno que quería porque me daba vergüenza pagar por una portada aberrante, y termino buscando una edición vieja mexicana o argentina por Iberlibro.

10. Casi nunca descarto un libro que ya esté dispuesto a empezar a leer. Si voy a por uno, es porque el tema del libro me interesa mucho, o porque es algo que debo, necesito leer. Siempre hay equivocaciones, claro, pero el masoquismo suele cumplir su labor y me obliga a terminar de leerlo como sacrificio para salvar al resto de la humanidad.

11. Salvo en casos o detalles en los que hay relación con la vida real del autor, nunca pienso en el escritor como una persona real. Pienso, disfruto y analizo mucho la obra de un autor poniéndola en relación con todo lo que he leído de o sobre ese autor, pero el conjunto de una obra es como un ente con vida propia, un microcosmos que da la casualidad de que tiene firma humana.

12. Disfruto mucho leyendo la ficción (y hasta el ensayo) de forma directa, algo que me pasa igual con el cine. De ahí mi obsesión con el terror. Por eso, si el género, el autor o la historia me ha caído en gracia, le perdono todo y lucho por dejarme llevar por las emociones que pretenda sacarme. Es difícil a veces.

13. Soy extremadamente paciente con los libros y, salvo cuando gentes como Derrida o Nancy o Lyotard o Deleuze se ponen a echar todo lo que les sale y como salga, no me importa no entender nada. Si sospecho (o si la tradición en la que confío me dice) que hay algo ahí y que merece la pena, peleo y peleo hasta que lo saco. Siempre defenderé la claridad, pero puede haber una gran honestidad en el horror vacui y la confusión. El truco está en aprender a detectar cuándo no hay nada detrás del torrente y el escorzo, para ahorrarse el esfuerzo.

14. Las pretensiones pueden llevar un libro al más absoluto sublime, si quien las pone en práctica está a la altura, o al ridículo más vergonzante, en la inmensa mayoría de los casos. El primero me hace sentirme humano y vivo. El segundo está omnipresente en lo que cualquiera lee en el día a día de internet o los medios, lo que me empuja hacia el precipicio del cinismo.

15. Salvo cuando la escritura es clara y transparente, suelo tener problemas para entender a la primera y por completo lo que leo. Esto viene por defectos de fábrica personales, que me dificultan la concentración, pero se ha visto agravado por culpa de internet. De todas formas, es posible combatirlo: leyendo sin parar, día tras día, varias horas al día, para coger el ritmo y meterse en el mundo de lo escrito. La parte negativa (o no) es que, al mismo tiempo que mejora la capacidad de comprender con facilidad lo escrito, uno tiende a alejarse del mundo exterior.

16. Recuerdo lo que leo, pero a mi manera. No tanto porque la memoria se me debilite con el tiempo, sino sobre todo porque desde el primer momento interpreto lo leído un poco a mi manera, y los resultados de esa percepción se hacen aún más personales con el paso del tiempo. Eso sí, apenas puedo citar, aunque sí sé dónde encontrar las citas que busco. Por otro lado, uno de mis objetivos vitales es memorizar muchos poemas para impresionar a la gente. Hasta ahora solo he podido memorizar el del pirata de Espronceda y uno de cuatro versos de Alejandra Pizarnik.

17. Me acuerdo de los títulos y autores de los libros de ficción, aunque de los libros de no ficción (sobre todo académicos) casi nunca, porque es más bien irrelevante. Cuando era joven y soñador, mi cabeza era una especie de enciclopedia de todo lo que había leído, quería leer o nunca leería pero sabía de su existencia. Sin embargo, desde hace cosa de dos o tres años, el exceso de información se cobra su peaje y empiezo a olvidar y a confundir bastantes datos. Esto me inquieta porque nunca antes me había pasado, y ahora incluso he llegado a ver películas (o empezado a ver) que no sabía que había visto ya. Mi huida hacia delante consiste de momento en leer muchos clásicos, que son un número manejable y cuyos datos nunca se pueden olvidar.

18. El diseño de las portadas me suele dar igual, solo recuerdo con claridad los que son muy feos. Los de Alianza con fotos de objetos de atrezzo, por ejemplo. Eso sí que es literatura de terror hecha cuerpo en el mismo soporte físico del libro.

19. Yo no tengo ningún tipo de superstición, aunque sí trato a los libros como algo sagrado. Respeto cada uno de los libros sobre la Tierra como un texto revelado, religioso. Otra cosa es que me convenzan para profesarlos, pero la mística del lenguaje literario o científico es una creencia irracional que domina mi vida cada vez más fuerza.

20. Por mucho que el olor del papel sea una punzada en el cerebro reptiliano, más ahora que el exilio solo me lleva a libros físicos cada bastante tiempo, no soy nada fetichista. Por eso, no me importa deshacerme de libros. Si alguno vuela es por una buena razón. Por un lado, tengo una pila de libros que quiero vender o regalar a una tienda de segunda mano, pero nunca se completa la operación y no me atrevo a tirarlos a la basura (y eso que al menos dos o tres de ese grupo los encontré originalmente junto a algún contenedor). Por otro, alguna vez, también tengo algún libro que necesito regalárselo a alguien en concreto, impelido por el demonio familiar que lo habita y que me dice que el cuerpo de ese alguien será un mejor hogar que el mío para su espíritu.

EPÍLOGO: Y esto ha sido una estampa de algunas de mis relaciones con los libros, siguiendo una estructura predefinida por un señor que a veces escribe cosas bien y a veces cosas mal. Mis categorías habrían sido otras, pero prefiero invertir en leer el tiempo que me llevaría elaborarlas.

Eterna promesa

Este es un texto confesional que culmina en una pregunta práctica, técnica, dirigida a quienes me leéis.

Hace un par de semanas, supe que me denegaron la beca FPU para hacer el doctorado. La quería para poder dedicarme durante 4 años, como un trabajo, a leer y a escribir. Y, después, seguir intentando cobrar por hacer lo que más me gusta, lo único que me llena como el aire a un globo, eso con lo que creo que puedo ayudar un poco a la sociedad. La noticia fue el final de un plan general de vida que tracé hace ya 6 años, sin determinismos y más por inercia que por convicción, cuando decidí volver a la universidad a seguir en el 2º de carrera que tiempo antes había abandonado por holgazán, o para poder leer más y ver más películas, o para poder tener un trabajo basura que me permitiera vivir solo y leer más y ver más películas y tener siempre amigos y amigas en mi casa.

Por un error de cálculo (los confusos documentos burocráticos no han ayudado), los últimos meses he estado convencido de que tenía bastantes posibilidades de conseguir la beca, más aún después de haber formado parte del grupo de elegidos que han superado la primera fase. Todo hacía pensar que mi estancia en China iba a ser solo una parada temporal en mi vida, la última antes de dar el salto a la gloria académica universal. Pero mi optimismo fue un error de cálculo y he quedado lejos de la beca. Podría seguir intentándolo, volver a pedirla si las ruinas del Ministerio de Educación se animan a seguir convocándola, pedir otras. Sin embargo, ahora mismo creo que se acaba aquí mi carrera académica, acabada justo al filo de comenzar. Fin de la cita. Ni puedo ni me apetece seguir siendo joven promesa, con 32 años ya, por bien llevados que estén. Daré algo de lástima a algunos profesores y compañeros que creían en mí, que se quedarán con mi imagen de promesa académica, congelada entre 2008 y 2014. Pero que no lloren. No estoy acabado (…dentro de diez años ya veremos).

Ahora toca decir en voz alta las sombras del mundo académico humanístico para engañarme un poco y aplacar la frustración: la dificultad de abrirse un hueco profesional en él, cómo consigue limitar el libre fluir del intelecto y la creatividad, su demasiado frecuente alejamiento de la praxis y de la sociedad, su autosuficiencia. Sin embargo, ya fuera de la universidad, lamento lo que voy a perder, probablemente para siempre: un sueldo con el que sobrevivir haciendo lo que más se aproxima a lo que me gusta y no otra cosa, una exigencia y regularidad intelectual que me obliguen a mantenerme activo como pensador y creador. Adiós. Me veo de nuevo en esa situación tan incómoda de tener que buscar un trabajo de verdad, más difícil aún para un licenciado en Humanidades con un máster en Filosofía que ya no está en la veintena. De momento, el camino se anda con escaso aunque suficiente éxito, además de que se abren perspectivas razonables de una alternativa aceptable, como es vivir de redactar y corregir y proofreadear. Pasar por el aro de la realpolitik cotidiana es una circunstancia de la que ya no puedo escapar (¡ni quiero! ¡no otra vez!) volviendo a estudiar, volviendo a entregarme a la noche o volviendo a encerrarme en casa. El hikikomori, el noctámbulo y el estudioso no pueden ser otra vez lo que me definan. No me da la gana.

Afortunadamente, en el último año he conseguido poco a poco poner en marcha mi alternativa vital por si la carrera académica me fallaba. Pensaba que no sería tan grave perder el doctorado si conseguía mantener la cabeza fresca de otra forma: escribiendo. El problema es que nunca había podido escribir con regularidad, por distintos motivos que solo conocen los retorcimientos de mi cerebro. Los primeros meses después de terminar el máster fueron oscuros y vacíos, no del todo improductivos pero lejos de lo que necesitaba. Mi salvación solo parecía encontrarse en la vía académica, en el peso de la institución obligándome al trabajo intelectual. Eso aún era una posibilidad lejana en el tiempo, ni siquiera convocadas las becas estatales. Cada día me levantaba ante un cartel imaginario pero muy real de “abandonad toda esperanza”. Pero lo he conseguido. El plan de choque que inicié en enero, y que ha estado a punto de descarrilar demasiadas veces, ha terminado funcionando y ahora escribo casi todos los días. ¡Por fin! ¡Por fin hago lo que quiero hacer! ¡Viva la libertad y el individuo! ¡U Ese A! El golpe definitivo vino de un recomendabilísimo y divertidísimo libro confesional sobre escribir, Bird by Bird de Anne Lamott, que en mi caso actuó como un libro de autoayuda puro y duro, tanto a nivel creativo como vital, ambos extremos unidos. Allí encontré la frase que ya no me permitiría fracasar, que me obligaba a escribir. Se la dijo a la autora un amigo escritor: le dijo que escribía porque la otra opción era suicidarse. Dejémoslo en que lo interpreté como una metáfora tremendamente eficaz.

Así que ahora escribo y escribo. Pero el blog se me queda corto, este blog que es tan importante para mí, aunque tenga que reconocer que nunca lo he explotado del todo. Aquí tengo una gran escuela, un lugar de desahogo y libertad creativa en el que puedo dar rienda suelta a mis intuiciones. Y este es el problema, que en el blog, al final, apenas me limito a intuiciones. Los textos que publico, como ya he dicho alguna vez, son elaborados en un rato más o menos largo y publicados en el rato siguiente. No tienen maceración, más allá del sedimento cultural y vital que ya acumulo, o del tiempo que lleve masticando de forma inarticulada las ideas centrales. Empiezan a ser escritos en un día y terminan de ser escritos y entregados al mundo en el mismo día. No cambian, por muchos añadidos o correcciones que se me ocurran después. No se revisan más allá de lo presentable, apenas tienen apuntes de sus potencialidades. No llevo al límite su coherencia ni elaboro a fondo su estructura. Se quedan fijados. Como mucho, fantaseo con que son un almacén de esbozos que algún día desarrollaré.

Por todo eso estoy haciendo algo más. Estoy escribiendo textos más largos, desde 2.000 palabras hasta el infinito, a los que doy todo el tiempo que necesiten. Y el tiempo es mucho más importante que la extensión. No me atrevo a llamarlos ensayos ni relatos ni experimentos, aunque por ahora tienen unos gramitos más de lo último que de lo primero y apenas unas gotas de lo segundo. Pero los que leáis este blog os podéis hacer una idea de por dónde van, en algún punto descentrado entre la escritura automática, la literatura abierta y la crítica cultural. Solo tengo un puñado terminados, pero el problema va creciendo y tengo que decirlo ya: no sé qué hacer con esos textos.

Estoy escribiendo todo esto para pediros consejo, a los tres o cuatro indocumentados que me seguís con regularidad, a los diez o quince perdidos que caen aquí por alguna búsqueda en Google que nada tiene que ver con lo que digo (pero quizá mucho con lo que no me atrevo a decir). Mi primera idea era crear una especie de pseudoeditorial paralela al blog, para publicar cuadernos o pequeños libros que recopilen esos textos en PDF y, sobre todo, formatos de libro electrónico, con hilo temático (estoy desvelando el misterio del teaser que publiqué hace unas semanas) o ni eso. ¿Por qué un formato descargable? Porque pienso que los textos en html no se leen con toda la atención que idealmente requerirían, perdidos en un mar de pestañas en segundo plano y lectura diagonal. Ante esto, experiencias como la Incógnita OVNI: Metafísica de la ruptura de Pablo Vergel, la Prosa Inmortal de los de siempre o el Fantasmas contra extraterrestres de Javier Avilés, han sido fuentes directas de inspiración. Sin embargo, también he pensado que, si solo están accesibles mediante descarga, es bastante posible que se lean menos, porque la gente suele (solemos) ser tirando a vaga y nada más cómodo que leer algo directamente. Más aún con el móvil, que facilita mucho la lectura atenta de entradas en blogs o webs, gracias a inventos como Pocket o Feedly, sin mil pestañas que te miran de reojo, sin más ruido de fondo que el del entorno de nuestra querida sociedad postliberal.

c6fd773c

En resumen, quiero preguntaros cuál creéis que es la mejor forma de sacar a la luz estos textos. ¿Cómo se van a leer más? Algunas opciones previas: montar una pseudoeditorial online para ofrecerlos en descarga gratuita (con opción a pagarme una empanadilla), organizados en cuadernos o de manera individual; organizarlos como una revista periódica, quizá con un tema principal del que haya más de un texto, pero con cabida para otros; crear esos mismos cuadernos o revistas pero, además de dar la posibilidad de bajarlos, mantenerlos accesibles directamente en la web; subirlos a Amazon o alguna otra plataforma de uno en uno, siempre que tengan una extensión mínima (nada fuera de lo común), publicitándolos en este vuestro blog; lo mismo, pero con un blog o web dedicado en exclusiva a estos textos extensos y trabajados; ponerlos directamente aquí en el blog, sin descargas, a palo seco o por entregas; imprimirlos para poder quemarlos y mandarlos al infierno de las letras del que nunca debieron salir, incluso cuando eran indefensos nascituri. Etcétera, etcétera, etcétera. Por su heterodoxia y probable inmadurez, quedan (de momento) fuera las opciones de moverlos por editoriales o enviarlos a concursos. Quizá lo mejor sería una mezcla de algunos de estos puntos o una guerra total. Por supuesto, juntar los textos en pequeños libros temáticos sería la opción más sencilla, porque eso casi se mueve solo. Esa fue la idea primigenia, una serie de textos a partir de algunas de mis experiencias en China. Pero tengo una mente algo dispersa y me cuesta mantenerme fiel a un tema…

Me gustaría leer vuestros comentarios, si es que hay interés, y vuestros consejos y experiencias. No solo en relación a cómo puedo publicar yo lo que escribo, sino también sobre la cuestión en general. Quería mantener todo esto en secreto hasta el gran anuncio, pero como no tengo manera de llegar a producir algo que anunciar, prefiero apelar a la mente colmena de internet. Mi objetivo básico es que se lean, que se lean más que el blog porque estoy invirtiendo en ellos incluso más que aquí. Cuanto más ¡y mejor! se lean, mejor.