THE GOOD WOMAN OF BANGKOK: Esas mujeres viven para ti

The women of Thailand are so beautiful that they have become the hostesses of the Western World, sought after and desired everywhere for their grace, which is that of a submissive and affectionate femininity of nubile slaves – now dressed by Dior – an astounding sexual come on in a gaze which looks you straight in the eye and a potential acquiescence to your every whim. In short, the fulfillment of Western man’s dreams. Thai women seem spontaneously to embody the sexuality of the Arabian Nights, like the Nubian slaves in the ancient Rome. Thai men, on the other hand, seem sad and forlorn; their physiques are not in tune with world chic, while their women’s are privileged to be currently fashionable form of ethnic beauty. What is left for these men but to assist in the universal promotion of their women for high-class prostitution.

Dice Jean Baudrillard en sus Cool Memories. Yo le digo que se calle su delicada boquita gabacha y se deje de romantizaciones. Que no son así las tailandesas, que ni siquiera son tan guapas y que es que ni aunque lo fueran. Que me sustituya ya ese “these men” por un “us“, viejo verde. Poca broma porque hay gente que se cree lo que dicen los ancianos de la tribu como usted y luego se dedican a poetizar sobre el particular, o a ver documentales de denuncia o, peor aún, objetivos, sobre el particular. Que empiezan a llamarlo “el particular” mientras se difuminan las caras de las niñas chapoteantes sobre embarrados campos de arroz que se convertirán en mujeres sufrientes y predestinadas. Las mujeres de Tailandia no son especiales, no es un fenómeno cualitativo. Ve y díselo a una prostituta camboyana. Lo que tienen de especial, lo que no pasa en todos los demás sitios donde pasa, es que son un fenómeno de masas. Los hombres de Occidente (sólo unos pocos, los que unen la capacidad de lograr unos ahorrillos con una suficiente imaginación romántica y un ímpetu decisivo para practicar realmente su depravación deshumanizadora con muñecas reales) lo han convertido en una institución. Malditos marines. Malditos Humbert Humbert y Baudrillards. Si creía usted que las mujeres tailandesas son bellezas étnicas con niveles Def con Uno de habilidades sociales y emocionales y amorosas, haber terminado sus días en una aldea remota de alguna selva de Siam restregando sus educados billetes de meñique en alto por la cara de las familias de las chicas para que reunieran una buena dote a cambio de que usted comprobara directamente en sus carnes, las de usted y las de las hijas de la aldea, a las que echa el humo y acaricia el lomo a intervalos alternados con caricias al lomo de los puercos que sacrificarán un día para usted, para que usted comprobara en todo ese conjunto de carnes sus teorías, lo que llevaría simultáneamente a la inutilización de su dote al mancillar sus cuerpos porque ya nadie se querría casar con ellas y sólo les quedaría gastar sus euros en pillar el último autobús a Pattaya (dejarían pasar los dos primeros de la semana porque todavía no habrían reunido el valor; quién las culparía, si sabían que lo que les esperaba allí sería más hombres como Baudrillard pero por menos dinero y con menos sensibilidad y desde luego sin mirada ni palabra) para hacerse, efectivamente, prostitutas para hombres como usted. O incluso peores. Profecía autocumplida, cerdo colonialista. Ah, no, que usted las prefiere high-class, chichostesses y de Dior. Porque es como ellas se prefieren por su naturaleza y hay que satisfacerlas, ¿no? A ellas, ¿no?

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La ilusión cinematográfica (I): la pérdida

Voy a descontextualizar algunas citas de Baudrillard (de «Duelo», que puede leerse aquí) y usarlas en mi beneficio, que creo que es la mejor forma de trabajar con su obra. Él estaría de acuerdo.

«El cine actual desconoce la ilusión y la alusión: se encadena bajo un modelo hipertécnico, hipereficaz, hipervisible. Nada de blanco, nada de vacío, nada de elipse, nada de silencio […]; nos dirigimos hacia la alta definición, es decir a la perfección inútil de la imagen». Matizo: estamos en la perfección inútil de la narración, cuya eficacia ha fosilizado su valor artístico y ha convertido al espectador en una máquina que responde automáticamente a códigos generados de forma automática. «Y no somos ya capaces de enfrentar el misterio simbólico de la ausencia: es por ello que estamos ahora hundidos en la ilusión invertida, la ilusión de la profusión, la del desencantamiento». ¿Quién no se siente o se ha sentido desencantado con el arte, con los objetos de cultura? No siempre ha sido así, y estar satisfecho con la propia cultura no es necesariamente lo mismo que ser un conformista.

«No hay la posibilidad de una mirada, de aquello que suscita la mirada, porque, en todos los sentidos del término, aquello ha dejado de mirarnos. Si eso ya no nos mira, nos deja completamente indiferentes. […] No cree en su propia ilusión, y cae irremediablemente en el ridículo de la simulación de sí misma». Las obras no nos miran porque han perdido su humanidad, son sólo repetición de esquemas, creaciones que podrían ser generadas por monos apretando botones para dar apariencia de combinaciones nuevas, pero siempre con los mismos elementos. No sólo la obra, el espectador también ha perdido su humanidad, no es indiferente a esa falta de mirada porque tampoco tiene esa mirada. No mira el cine, sino que responde a sus estímulos como ha sido condicionado para hacerlo. Y si es artístico, sólo parece serlo, lo simula: «Es de nuevo un arte oficial que viene a estetizar la mercancía, que recae en la estetización cínica y sentimental». El espectador contemporáneo es cínico y sentimental, por eso responde.

«No hace falta añadir lo mismo a lo mismo y así hasta el abismo: esa es la simulación pobre. Hace falta que cada imagen rete a la realidad del mundo, hace falta que en la imagen alguna cosa desaparezca, pero no hace falta ceder a la tentación del vaciamiento, de la entropía definitiva, hace falta que la desaparición siga viva: ahí está el secreto del arte y de la seducción». Las obras mecánicas no pueden estar vivas, y si obtienen correspondencia es porque no son recibidas por humanos, sino por consumidores que se mueven en su misma dimensión y utilizan los mismos signos (que no símbolos). Para dotarlas de vida en sentido humano, que es el sentido al que hay que aspirar para alcanzar la plenitud personal (tanto creativa como receptiva), es necesaria «una doble estrategia. Una pulsión de vaciamiento, de borrar todas las huellas del mundo y de la realidad, y una resistencia inversa a esta pulsión». El arte sin tensión no es arte. Y no hay que confundir tensión con cripticismo, no sólo una élite debe ser capaz de rellenar las ausencias. Porque no se trata, o no sólo, de rellenarlas, sino de aceptarlas.

«Todas las cosas, privadas de su secreto y de su ilusión, están condenadas a la existencia, a la apariencia visible, a la publicidad, a hacer-creer, a hacer-ver, a hacer-valer. Nuestro mundo moderno es publicitario en esencia». Y, de nuevo, un mundo publicitario se mueve estrictamente entre el estímulo y la respuesta. La expresión y la recepción artística tiene, ante todo, que perder “artístico” como apellido y adoptarlo como nombre; después, ser imprevisible, original, sorprendente, realista, fantasiosa. Sin perder la escala humana y, al mismo tiempo, sin banalizarse. «Ustedes creen fotografiar alguna cosa por placer, pero de hecho es ella la que quiere ser fotografiada, no son más que la figura de su puesta en escena, secretamente, por la perversión autopublicitaria del mundo circundante». Las personas tienen que ser activas al relacionarse con el mundo, la cultura sólo puede ser generada automáticamente cuando se haya encontrado un sentido sincero y profundo, que puede ser sencillo, para hacerlo; cuando se sabe que aporta algo al mundo y a aquellos que la confrontarán y disfrutarán.

«Todos los artefactos modernos, de lo publicitario a la electrónica, de lo mediático a lo virtual, objetos, imágenes, modelos, redes, tienen una función de absorción y de vértigo del interlocutor (nosotros, los sujetos, los supuestos actuantes, los actores), mucho más que de comunicación o de información, y al mismo tiempo tienen la función de eyección y de rechazo, como en las formas de exorcismo y paroxismo anteriores». La magia del cine puede todavía convertirse en magia real, en un modo de expresión primitivo adaptado a la sensibilidad de un mundo en el que existe la alta tecnología pero en el que, a la vez, no ha desaparecido la naturaleza. El cine puede devolvernos a la relación con ella. «Quién sabe si el arte, como tal, no sea más que un paréntesis, una suerte de lujo efímero de la especie».

«Hay de hecho dos maneras de escapar a la trampa de la representación. La de su deconstrucción interminable […]. O bien abandonar simplemente toda representación, olvidar toda preocupación de lectura, interpretación y desciframiento, olvidar la violencia crítica del sentido y del contrasentido para recuperar la matriz de la aparición de las cosas, ahí donde rinden simplemente su presencia». La cultura debería ser antes producto de la violencia del mundo sobre el hombre que al contrario. El hombre, al final, es demasiado vano, y proyectándose en exceso en los objetos de cultura termina por desintegrar lo sublime, y hasta lo real. «Nos hacen falta ilusionistas […] que sepan que todo el arte es desde luego un trompe l’oil, un engaño de la vida»; el arte «consiste en dirigir los señuelos ahí donde la supuesta realidad del mundo es lo suficientemente ingenua para dejarse atrapar». Se puede crear así una «ilusión “antropológica” […]. No la ilusión negativa y supersticiosa de otro mundo, sino la ilusión positiva de este mundo, de la operación simbólica del mundo, de la ilusión vital de las apariencias de que habla Nietzsche: la ilusión como escena primitiva, ya anterior, ya más fundamental que la escena estética».

«El reino del arte es en rigor el de una gestión convencional de la ilusión, una convención que en principio neutraliza los efectos delirantes de la ilusión, que neutraliza la ilusión como fenómeno extremo. La estética constituye una suerte de sublimación […]. Nosotros, las culturas modernas, no creemos ya en esa ilusión del mundo, sino en su realidad (que es por supuesto la última de las ilusiones), cuyos estragos hemos escogido atemperar por medio de esa forma cultivada, dócil, de simulacro que es la forma estética». Pero necesitamos un mínimo de convención: la de la escala humana. Incluso desbordándola hay que partir de ella y dirigirse a ella. Sin subestimarla, retándola.

¿Cómo recuperar la ilusión cinematográfica? Ilusión no como “simulacro”, sino como “amor por”. Próximamente, una breve tentativa de respuesta a propósito de Innisfree.