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MANIAC (2012): Un mundo de belleza maníaca

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No sólo está ya prohibido ser feo, sino que hoy es imposible. La nueva versión de Maniac enseña esto sin dejar espacio a la duda, por comparación con la original. Y por comparación con otras películas de finales de los 70 y principios de los 80, cuyo grano era físico en dos sentidos: el de la propia película y el de la metáfora que serviría para describir su estética. Imposible olvidar aquellos vagabundos vomitándose encima en Driller Killer, o las calles sucias que merecían estarlo de The New York Ripper. Era un mundo feo y así nos lo transmitían sus cámaras. La sordidez ahora sólo está en los conceptos de la vida pública, no en sus manifestaciones: ¿hay algo más de ciencia-ficción que Rajoy en una tele de plasma?

En cambio, hoy somos todos guapos. Los adolescentes, no sólo los de Noruega, parecen modelos o protagonistas de un catálogo de skate norteamericano. La ropa hortera viste de seda a muchos monos, que no dejan de ser simios pero que apelan en nuestros sentidos al significado adjetivo de la palabra “mono”. Incluso una aberración cultural como los tacones altos nos da piernas y culos dignos de ser premiados en cualquier certamen no muy exigente. Nuestras cámaras, ellas mismas de diseño agradabilísimo, captan las luces de nuestras calles como si fueran celestiales o extremadamente cool, japonesas. Por mucho que un director se empeñe en ser sórdido, si tiene una cámara estará ya más cerca de Vimeo que de YouTube. Si algo logra ser feísta (suavizando los colores, no retratando algo feo; recordemos que ya nada es feo), se cataloga de inmediato como retro, revivalista o simplemente cutre; todas ellas categorías de la belleza actual por contraposición con la añeja. La basura queda desenfocada, los pobres son estetizados y causan admiración antes por su huidiza presencia en el encuadre que como personas. Se diría que todo parece filtrado, pero no es así; quita la mediación de la cámara y verás como te es imposible descubrir la horripilancia con tus propios ojos. Sean o no decorados nuestras ciudades, las percibimos como tales. El mundo y sus habitantes están ahí como materia en bruto para una foto, fotos que podemos (y sentimos que debemos) hacer en cantidades infinitas, por eso sólo podemos percibirlos como objetos dignos de ser retratados. Pensar que algo no merece ser captado es desperdiciar una posible oportunidad que, a fin de cuentas, sólo pide pulsar un botón.

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THE ART STAR AND THE SUDANESE TWINS: Imágenes del cuerpo ajeno

(Dicen que) dice el crítico de arte Jerome Sans:

Artists who “work” on themselves, including the early Zhang Huan (65 kg. 1994) and the most recent Marina Abramovic (The House with the Ocean View, 2002) can have integrity, and respect for themselves and others. Whatever they endure, they endure themselves. They are on a journey, and the audience is a part of it, but mainly as witnesses.

Artists who “work” on others, though, like Wearing, Beecroft, and Sierra, are misanthropes, people-haters, who not only want to see others humiliated or ordered around, they want to do it themselves. For them, the audience is implicated in the whole scam by visiting and watching and buying and supporting their work. A massive sliming of mutual humiliation.

Dice Vanessa Beecroft, dándole la razón al convertir en frívola estética el cuerpo ajeno (y encima el cuerpo ajeno indefenso y sufriente), en una de las películas más aberrantes que se pueden contemplar:

tumblr_m5ihbpEGNz1qb4pxeo1_500¿Dónde deja todo esto a los directores de cine? ¿Y a los que escribimos sobre cine? ¿No nos aprovechamos también indirectamente de la manipulación de los cuerpos, para satisfacer nuestras pulsiones y callando cuando lo grabado merece ser denunciado como deshumanizador? ¿No contribuimos a esa deshumanización? ¿Por qué no podemos creernos ya la ficción? ¿Por qué la única ficción en la que todavía se cree como tal es en la de las series, físicamente tan planas como la vieja novelucha por entregas? ¿Por qué la única ficción que se cuenta (y se acepta) como creíble es la del discurso económico, que no tiene imágenes sino que es pura y falazmente numérico? ¿Por qué la única fuerza de impacto que tienen hoy las imágenes es la de lo físico humano innumerado, como mucho como masa innumerable o como numeración de partes (fotografía de muchedumbres desnudas, trío, doble penetración, gangbang con 237 hombres, sueldo antes y después de retenciones fiscales), pero siempre tomado como herramienta o como “documento”? ¿Dónde queda la ingenua simpatía por el paisajismo de wallpaper de Windows, además de en wallpapers con una presencia constante en nuestra vida estética cotidiana? ¿Tiene algo que ver esa permanencia con la experiencia fugaz y acumulativa de las webs que filtran sus colores para hacerlos (con nuestra manipulación directa —le damos al botón— y sin embargo indirecta —no tenemos poder sobre la elección de qué botones pueden hacer qué cosas—) más afines a la percepción de moda? ¿De quién son los cuerpos reales que salen en imágenes convertidas en realidad? ¿Qué les pasa cuando se apaga la cámara y se cierra la jornada de trabajo audiovisual? ¿Y antes: existían como cuerpos antes de ser grabados o eran individuos aislados interiormente? ¿Puede acabar con el solipsismo el tratamiento artístico o documental de los cuerpos? ¿Merece la pena? ¿Merece la pena pensar todo esto o es suficiente con salir a la calle a comienzos de una primavera tras el invierno más largo y que le dé a uno un poco el sol para integrarlo?

 

Alta resolución

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vlcsnap-2013-01-14-14h14m00s241Me gusta mucho ver la serie Community porque al principio pasa siempre una cosa. Es un opening más, hasta que de pronto se abre el papel que contiene el título y no sólo contiene el título, sino también un blanco deslumbrante, que casi fuerza a la pantalla a hacer un ruido de trabajo duro como el de las viejas torres de ordenador para poder exponerlo. Hasta la mosca del canal queda deslumbrada y desaparece, se rinde absorbida por algo mucho más grande de lo que pudo concebir quien la diseñó. Es una maravilla en miniatura de la alta resolución. No es un punto concentrado de sublimidad sino toda una superficie del tamaño de un rectángulo del tamaño de una pantalla. He intentado hacer un .gif animado con el papel abriéndose pero pierde la gracia, ensucia el aura que sólo está en el .mkv, la imagen así puesta como está se acerca más a la experiencia de dejar pálido todo el blanco que rodea a este blanco limpio de Cristasol, con todo su olor arrebatador incluido. Si se repitiera demasiadas veces demasiado rápido se agotaría y tendríamos que buscar otra serie que nos diera, por tan poco, tanto booty estético de la misma calidad que el del folio sobre el que se inscribió un caballo que se intuye sobre la mesa y se aprecia con bastante claridad al trasluz y te hace que te preguntes cómo lo han grabado en el papel y si merecía la pena gastar ese dinero extra para hacerlo. Da miedo mirarlo más tiempo del que está previsto que lo miremos, por si el ruido de trabajo duro que hacían las viejas torres de ordenador empieza a salir de nuestros ojos y además acompañado de sangre. Da miedo que podamos asociar la tinta del bolígrafo de la imagen a la tinta que dejamos cuando escribimos en papel; da miedo imaginar que estás firmando un documento bancario, el azul Bic te trae la imagen del blanco nuclear de Community y empiezas a gritar y a llorar en un éxtasis que acaba en risa, también histérica y extática (como no puede ser de otra manera en un banco).

Me acuerdo de cuando entré en el salón de un amigo una tarde cualquiera y me topé en ese salón con algo tan inesperado como ese chorro de lejía de Community. Fue cuando pusieron la Xbox 360 con un juego de coches llamado aproximadamente Project Gotham Racing. Era como mirar sin gafas de sol al sol y, encima, pudiendo manipularlo. Era como los rayos con formas geométricas prismáticas medio transparentes que a veces captan las cámaras que se pasean por delante de la luz en lo que acabo de bautizar al escribir esto como sus “ángulos áureos” (pongo las comillas para que destaque más este bonito hallazgo semántico). Era una nitidez tal que se convertía en una revelación, en una epifanía tecnológica, un triple salto mortal desde aquellos días con la NES a una nueva existencia de las imágenes. Estaban más vivas que yo. Más vivas que cualquiera de nosotros, míralas si no lo crees. Cualquiera puede tener esta experiencia en su casa si tiene un cable HD en un cajón o en una especie de cesta que antiguamente hacía de revistero y ahora sirve para guardar cables, mandos y pilas que nunca se usan ya. Hiperrealismo controlable desde la realidad. Es el segundo más feliz del día, cuando recibo ese abrazo de fría pureza viendo Community. Me siento platónico. Cristales en mis ojos como en aquel texto de Blanchot pero sin dolor y sin locura, sólo placer y regresión al útero previo a la caverna; feísima comparación ésta ante un éxtasis hi-tech, pero es que los 720p van por delante de mí, que soy cuerpo marrón. Cuando emerge el título la fuerza de su brillantez es tal que es como si hubiera luces que se proyectaran desde detrás de la imagen para resaltarla aún más. Una metáfora que es exactamente lo que pasa, porque a veces la realidad es tan poderosa que la mejor metáfora para explicarla es la realidad misma.