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El humanista como superviviente

El gran Molinuevo nos contaba esta mañana que esta semana ha sido el Día Mundial de la Filosofía. Pasemos de la pertinencia o no de los días-de-algo y vayamos al grano (a uno de ellos), que está en el lacónico final de su texto:

Lamento tener que usar esta estrategia de sucursal bancaria, pero si no llegamos a 20 nos cierran.

Se refiere a que parece que, a partir del próximo curso, las carreras o posgrados que no lleguen a un mínimo de alumnos en su primer curso no se harán. Es otra de esas medidas irracionales de racionalización del gasto, aplicando una lógica empresarial a lo que, por definición, sigue una lógica diferente: los servicios públicos, que están precisamente para garantizar algo que merece la pena garantizar aunque no dé beneficios. Siempre pienso lo mismo: ¿por qué no se toma la universidad en su conjunto, teniendo en cuenta que en Derecho o en ADE hay cientos de alumnos que pueden equilibrar los diez estudiantes de un curso escaso, en lo que sería casi un acto de solidaridad académica con el más débil? Pues no, porque estas medidas amenazan de manera bastante consciente la supervivencia de los estudios minoritarios en todo el país, con la intención explícita de concentrarlos en una o dos sedes y la intención implícita de aumentar la tiranía del pensamiento economicista. Carreras como la mía (Humanidades) o mi ojito derecho (Filosofía), por no meterme en vecinos pobres como las Matemáticas, pueden quedar reducidas a ser estudiadas en apenas un par de universidades. Lo que conlleva un genocidio del pensamiento, puesto que ¿qué fuerza van a tener si se concentra en uno o dos pisos de uno o dos edificios en toda España? ¿Cómo iba a haber discusión y heterogeneidad si apenas quedaría un puñado de profesores y de investigadores? ¿Qué posibilidades les quedan a los que viven lejos y no pueden permitirse mudarse, que son cada vez más? Me niego a hablar de una muerte de las humanidades, que siempre han sido minoritarias y han vivido en crisis; pero sin duda estamos ante uno de sus presentes y futuros más oscuros en bastante tiempo, al menos a nivel académico y profesional. Por eso tenemos que defendernos, aunque sea como el pez que se revuelve en el anzuelo un par de horas antes de ser puesto en papel de aluminio sobre unas brasas.

¿Tenemos que sobrevivir a cualquier precio? No estoy seguro. Pero sí creo que la salida no puede estar por uno de los dos extremos a los que nos enfrentamos. El primero es el de las leyes de mercado, que exigen eficiencia. El problema no es la eficiencia en sí, sino que tiene que ser la eficiencia entendida en los términos del pensamiento único. El pragmatismo no tiene por qué ser un mumo del que las humanidades deben huir, sino que, bien enfocado, puede ser un empuje para obligarnos a conectar con la realidad, para hacernos útiles (en un sentido amplio) y enlazarnos con el presente, partir de él y hacia él, siempre de la mano de la tradición y del futuro. El segundo ogro viene desde dentro de nosotros mismos, y es el de justificarnos apelando al valor del conocimiento por el conocimiento. Desde luego que hay que tener en cuenta ese valor, pero que no nos aleje de las necesidades ni de los límites humanos. Antes de hacer una tesis doctoral o cualquier otra cosa relacionada con las humanidades, incluido un pequeño blog, habría que preguntarse ¿por qué hago esto? ¿Qué sentido tiene? ¿Merece la pena? Yo siempre lo hago, unido a un utilitarismo relacionado con las preguntas ¿para qué? y ¿para quién? Las humanidades tenemos que ganarnos nuestra supervivencia, sin vender nuestra alma pero sin darle la espalda al mundo. Sin elitismos pero sin complejos. Si creemos en lo que hacemos, tenemos que ser proselitistas y divulgar, divulgar. Y hacernos amigos de otras disciplinas pobres ( o ricas) y de tradiciones alejadas de la propia, no por estrategia vital sino porque es la mejor manera de revitalizar un conocimiento humanista que, a pesar de todo, se sigue identificando con lo metafísico. Y todo lo que huela a metafísico apesta hoy a muerto viviente.

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Tres funciones del humanismo actual

Edward W. Said argumentó en Humanismo y crítica democrática, uno de sus últimos libros, por qué las humanidades pueden seguir teniendo un papel importante en el mundo actual. Él habla básicamente del academicismo estadounidense, que es el que conoce y del que ha formado parte en la Universidad de Columbia (famosa por su respeto a las humanidades), y lo pone bien a caldo. Critica, como otros, la ridícula especialización excesiva, el uso del lenguaje abstruso para ocultar discursos vacíos, la servidumbre directa o indirecta (mirando para otro lado) del poder, el vivir de espaldas o, como mucho, en paralelo al mundo real. Porque es ese mundo real el que más necesita de los humanistas, como contrapeso al imperialismo difundido y legitimado por los medios de masas. En un gesto de elitismo (más o menos justificable) propio del humanismo, Said viene a decir que la gente necesita a esos sabios que les iluminen. Los congresos y las publicaciones ya andan bien servidos.

Lo más interesante del libro se encuentra en la conclusión, donde sintetiza en tres puntos a modo de tres luchas el papel que el humanismo, en concreto sus paladines los intelectuales, puede (y debería) tener en el mundo actual, y que nadie más está tan capacitado para ejercer. Sobre todo ello, la defensa de los auténticos valores democráticos. Son estas tres luchas, interpretadas con cierta libertad por mí:

1) «Protegerse de la desaparición del pasado e impedirla». La hoy tan denostada tradición, barrida por el ascenso en reputación de la cultura popular, todavía es quien más tiene que enseñarnos. Aún hoy es posible interrogar a los clásicos desde nuestra perspectiva actual, y obtener mejores respuestas de las que puedan encontrarse en casi cualquier otro sitio. Ejemplo: ¿por qué perder el tiempo refugiándose en la psicología e inventando nuevos síndromes (al servicio de las farmacéuticas y del control social en general) para intentar entender al hombre, si prácticamente todo lo que nos puede decir ya estaba en Sófocles? Y con mucha mayor profundidad y comprensión de lo que es el ser humano en su totalidad. Aquí he puesto de mi parte; aunque durante el libro habla mucho de esto, en realidad en este punto se refiere sobre todo a la preeminencia de la Historia como materia sobre la que trabajar, teniendo siempre presente que sus protagonistas son seres humanos como nosotros. Un poco aquella cita de Santayana de que quien olvida su Historia está condenado a repetirla.

2) «Construir con el fruto del trabajo intelectual campos de coexistencia en lugar de campos de batalla». Said se refiere a abrazar un multiculturalismo enriquecedor, no tanto en el sospechoso sentido postmoderno que deriva en peligroso relativismo (lo critica abiertamente), sino más bien como la «empatía» de la que hablaba Rifkin. Uniendo esto a la recuperación de la Historia, todos podemos aprender mucho de los procesos de descolonización y de las otras culturas en general. Y podemos porque todos somos seres humanos y tenemos una base común que permite comprendernos mutuamente hasta cierto punto. El humanismo también tiene la función básica de desmontar las mentiras y manipulaciones de los medios de masas, sobre todo las que justifican las violencias imperialistas. «Quizá el intelectual sea una especie de memoria antagonista, con un discurso antagónico propio, que no permita que la conciencia mire hacia otro lado o se adormezca». Termina con una genial cita de Johnson: «como dijo el doctor Johnson, el mejor correctivo consiste en imaginar a la persona con la que uno está discutiendo -en este caso, a la persona sobre la que caerán las bombas- leyendo tu escrito en tu presencia».

3) Said se refiere explícitamente al conflicto de Palestina, como no podía ser de otra manera dado su origen y su trayectoria. En un sentido más amplio, lo que quiere decir es que el humanismo debe ser consciente tanto de sus límites como de los límites del ser humano, ya que «también se da el caso de que hay oposiciones dialécticas que no es posible conciliar, no se pueden trascender o a las que no se puede dar carpetazo mediante una especie de síntesis superior inequívocamente más noble». Es decir, que el humanismo actual tiene que abandonar las utopías definitivamente, sobre todo tras las infernales experiencias del siglo XX. El intelectual tiene que comprender el mundo en su medida, y tratar de buscar o ayudar a buscar soluciones realistas, justas y, en fin, humanas.

Humanistas modernos

El humanista radical es particularmente amigo de los funcionarios. El humanista llamado “de izquierda” considera su principal cuidado velar por los valores humanos; no pertenece a ningún partido, porque no quiere traicionar lo humano, pero sus simpatías se inclinan a los humildes; a los humildes consagra su bella cultura clásica. […] También quiere al gato, al perro, a todos los mamíferos superiores. El escritor comunista ama a los hombres después del segundo plan quinquenal; castiga porque ama. Púdico como todos los fuertes, sabe ocultar sus sentimientos, pero también, con una mirada, con una inflexión de voz, sabe insinuar tras sus rudas palabras de justiciero, una pasión áspera y dulce por sus hermanos. El humanista católico, el rezagado, el benjamín, habla de los hombres con aire maravillado. ¡Qué hermoso cuento de hadas, dice, la más humilde de las vidas, la de un docker londinense, la de una aparadora! Ha elegido el humanismo de los ángeles; escribe, para celificación de los ángeles, largas novelas tristes y bellas que obtienen con frecuencia el premio Fémina.

Estos son los primeros grandes papeles. Pero hay otros, una nube: el filósofo humanista, que se inclina hacia sus camaradas como un hermano mayor, y que conoce sus responsabilidades; el humanista que ama a los hombres tal como son, el que los ama tal como deberían ser, el que quiere salvarlos con su consentimiento y el que los salvará a pesar de ellos, el que quiere crear mitos nuevos y el que se conforma con los antiguos, el que ama en el hombre su muerte, el que ama en el hombre su vida, el humanista jocundo, que siempre tiene una chanza, el humanista sombrío, que se encuentra de preferencia en velatorios. Todos se odian entre sí, en tanto que individuos, naturalmente, no en tanto que hombres.

[La náusea, 1938, Jean-Paul Sartre]