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Los números de Motor City

Los números nos pueden. Frente a la inexistencia de una fundamentación absoluta de la moral, son los que nos permiten tener razón. Los que nos dan la fortaleza completa para plantarnos delante de un político y decirle sin desviaciones significativas lo que está mal. No hay que caer en reduccionismos estadísticos, pero tampoco conviene olvidar que, cuando hay que defender lo que debe ser defendido, podemos hacer que los números digan una verdad intratable. Uno de los motivos por los que el caso de la debacle de Detroit es tan fascinante es por sus cifras, que voy a citar de memoria y a lo gordo, porque viene bien unir datos y emociones dadas mis intenciones propagandísticas: casi 50% de analfabetismo, una disminución del 70% de la población en medio siglo, 30 incendios diarios, 20.000 muertos desde los años 60, 800.000 edificios abandonados o en ruinas, 25 colegios cerrados cada año, un paro real de tal vez el 50%. Y todo así. Todo esto en la que fue joya de la corona del Imperio, cuna de nuestro estilo de vida actual, de nuestro estilo de pensamiento cotidiano. Nos lo contaba El País en un artículo muy bueno, que da a conocer a nuestro público mayoritario una de las realidades más sorprendentes de la civilización occidental. Nos lo contó Julien Temple en la BBC en su documental Requiem for Detroit?, un vídeo poderoso porque mezcla esa verdad insobornable de las cifras con otra verdad incuestionable: la de las imágenes.

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Saber que murieron 43 personas en los disturbios de los 60 es chocante, pero ese número se encarna ante nuestros ojos en su cuerpo correspondiente cuando vemos al ejército desplazarse a los suburbios para controlar la insurrección, cuando el testimonio de una anciana nos cuenta que no fueron luchas contra el racismo sino contra la brutalidad policial, cuando oímos el impacto de las porras sobre las cabezas de los negros y tenemos ante nuestras caras sus caras muertas paseadas por la multitud como estamos acostumbrados a ver en los países árabes (¿cuánto falta para que podamos grabar así a nuestros vecinos con nuestros móviles en nuestras principales plazas?). No es lo mismo leer que los descampados ocupan una gran superficie de la ciudad que comprobar con los ojos que la naturaleza reclama pronto lo que es suyo, recubriendo de vigoroso verde-pureza lo que queda de las estructuras abandonadas y de los vacíos en lo que antes eran calles. Como dice el narrador del documental, son imágenes que evocan a la vez el pasado y el futuro; como digo yo, realidades que evocan a la vez los años 60 del siglo XX y los años 60 del siglo XXI. Es la misma sensación que uno tiene cuando uno recorre unas ruinas poco musealizadas de una vieja ciudad romana. Porque representan exactamente lo mismo, el fracaso de un Imperio. No son sólo un lugar al que el poder central imperial ha abandonado o no ha llegado por completo, sino una manifestación de la corriente subterránea de la dinámica de su autodestrucción. Los restos arqueológicos de los romanos los ubicamos sentimentalmente en un ubi sunt?, son un pasado lejano, con el que tenemos conexión pero insuperablemente lejano; mientras que las de Detroit son las de un Imperio que está ahora, en estas décadas, comenzando a sentir su lenta caída. No son tanto ruinas vivas como vidas arruinadas, no son yacimientos sino barrios. En ambas habita la Historia, pero en las segundas esa Historia todavía nos la pueden contar sus protagonistas. Es más, nosotros somos parte protagonista y no sólo como espectadores, ni siquiera como el ingenuo turista de los esqueletos industriales que recorren Detroit. Podemos hacer fotos, sí, pero tenemos que salir en ellas. Sunt en nuestra cara y sus consecuencias quizá las viviremos directamente, los tal vez catastróficos intentos del Imperio de revolverse a la desesperada para no perder la hegemonía global quizá cambien del todo nuestras vidas (o lleguen incluso a acabar con ellas). Ante el hundimiento de las ciudades, ante su colapso, implosión, creciente inhabitabilidad, quizá tengamos que huir al campo o habituarnos a él si devora nuestro hábitat y volver a cultivar, como hicieron los supervivientes del Imperio de Roma y como hacen ahora los supervivientes de Detroit. Como hacen ahora los supervivientes de Atenas y los que están/estamos por venir.

La ucronía de China

Me gusta pensar en Taiwan como en una realidad histórica alternativa de China, un what if? viviente de cómo sería la China actual de haber perdido la Guerra los comunistas. Aunque la historia (real) es bien conocida, resumo rápidamente por si alguien se saltó esa clase. En el 49 Mao y el Partido Comunista se hacían con el poder y la Guerra Civil se daba por zanjada. El Kuomintang, el partido que acabó con el imperio unas décadas antes, se refugió en la isla de Taiwan (habitada entonces por unos 5 o 6 millones de chinos), más o menos parte de China desde hacía unos tres siglos, llevándose con ellos a un par de millones de simpatizantes. Allí establecieron un régimen militar que se autoproclamaba y se autoproclama aún hoy como el verdadero gobierno chino, considerando todo el territorio continental como sus dominios, bajo el nombre de República de China. Por su parte, el Partido Comunista hacía lo propio declarando la República Popular China, en la que Taiwan era (y es) una provincia. En la práctica, la isla ha funcionado de forma básicamente independiente, siempre en tensión con sus hermanos del continente y siguiendo cada bando en sus trece.

La visión ucrónica viene de pensar que la situación actual de Taiwan bien podría ser la de toda China si el Kuomintang hubiera seguido en el poder: un Estado más o menos democrático, moderno, de éxito en muchos campos, discutible en otros. Lo curioso es que la modernización de la China comunista se aproxima cada vez más a lo que es el modelo taiwanés (bastante más que al de Hong Kong), tanto en lo social/moral/cultural como, bueno, un poco en todo. Y toda esta convergencia le hace a uno sentirse weberiano, incluso un poquito hegeliano no sin vergüenza, y desde luego sorprendido ante la generación a medio/largo plazo de dos sociedades muy parecidas partiendo de dos sistemas políticos opuestos. La gran pregunta es: ¿realmente tiene la política tanto peso en el desarrollo de un tipo u otro de sociedad, más allá de contextos históricos concretos? La base cultural tanto de la República Popular China como de la República de China es la misma, ¿no ha pesado mucho más esto a largo plazo para que esos dos mundos, con idéntico origen pero irreconciliables temporalmente por las diferencias políticas, se vuelvan a convertir en el mismo? Pongámonos metafóricos: el hombre trabaja el mineral y lo convierte conscientemente en metal para fabricar herramientas, pero con el paso del tiempo entran en marcha procesos de corrosión en los que el metal va perdiendo la forma y composición artificial y tiende a volver a ser mineral. Lo mismo podría decirse en este caso: los sistemas políticos (y económicos) intentan modelar una sociedad, pero el peso cultural acumulado durante siglos en las mentalidades y en las estructuras termina por imponerse sutilmente. No digo que sea así, pero desde luego es una pregunta que hay que plantearse seriamente ante la actual aparente omnipotencia de la economía/política, al menos para relativizarla un poco y poder tomarse la vida con más calma. El estoicismo, en permanente estado de alerta, siempre es un valor al alza.

Aunque ha tomado vida propia, este texto partía como excusa para introducir un par de entradas que quiero escribir a propósito de la tan fascinante como incomprendida película taiwanesa Help me, Eros! (Bāngbāng wǒ ài shén /帮帮我爱神, 2007) de Kang-sheng Lee, inseparable compañero del inmenso Tsai Ming-Liang, y de dos extrañas prácticas culturales que allí se enseñan. Aviso de que tengo intención de escribir sobre ella para intentar animaros a que os atreváis a verla y tal vez se puede montar un pequeño cine-fórum por aquí. Doy facilidades.

[Entre mis planes para el año que viene se encuentra visitar Taiwan después de una hipotética vuelta al sur de China, pero mi señora es china del continente y, por desgracia, hoy por hoy todavía tienen muchas dificultades para conseguir el visado de turista a no ser que viajen en grupo organizado; y por ahí no pasamos.]

Sobre el tiempo presente

Tenía preparada para este poema una glosa apasionada y rebosante de contradictorias intuiciones a medio nacer, como todas las que intento escribir. Pero he decidido callármela por una vez y dejaros disfrutar de un diálogo directo con Valente que, entre otras cosas, dice mucho mejor que yo mucho de lo que siempre intento decir por aquí. Esto necesitamos, voces lúcidas del pasado que nos hablen de nuestro tiempo y, sobre todo, de lo que los humanos de todas las épocas tenemos en común.

 

SOBRE EL TIEMPO PRESENTE (José Ángel Valente)

Escribo desde un naufragio,

desde un signo o una sombra,

discontinuo vacío

que de pronto se llena de amenazante luz.

 

Escribo sobre el tiempo presente,

sobre la necesidad de dar un orden testamentario a nuestros gestos,

de transmitir en el nombre del padre,

de los hijos del padre,

de los hijos oscuros de los hijos del padre,

de su rastro en la tierra,

al menos una huella del amor que tuvimos

en medio de la noche,

del llanto o de la llama que a la vez alza al hombre

al tiempo ávido del dios

y arrasa sus palacios, sus ganados, riquezas,

hasta el tejo y la úlcera de Job el voluntario.

 

Escribo sobre el tiempo presente.

Con lenguaje secreto escribo,

pues quién podría darnos ya la clave

de cuanto hemos de decir.

Escribo sobre el hálito de un dios que aún no ha tomado forma,

sobre una revelación no hecha,

sobre el ciego legado

que de generación en generación llevará nuestro nombre.

 

Escribo sobre el mar,

sobre la retirada del mar que abandona en la orilla

formas petrificadas

o restos palpitantes de otras vidas.

Escribo sobre la latitud del dolor,

sobre lo que hemos destruido,

ante todo en nosotros,

para que nadie pueda edificar de nuevo

tales muros de odio.

 

Escribo sobre las humeantes ruinas de lo que creímos,

con palabras secretas,

sobre una visión ciega, pero cierta,

a la que casi no han nacido nuestros ojos.

Escribo desde la noche,

desde la infinita progresión de la sombra,

desde la enorme escala de innumerables números,

desde la lenta ascensión interminable,

desde la imposibilidad de adivinar aún la conjurada luz,

de presentir la tierra, el término,

la certidumbre al fin de lo esperado.

 

Escribo desde la sangre,

desde su testimonio,

desde la mentira, la avaricia y el odio,

desde el clamor del hambre y del trasmundo,

desde el condenatorio borde de la especie,

desde la espada que puede herirla a muerte,

desde el vacío giratorio abajo,

desde el rostro bastardo,

desde la mano que se cierra opaca,

desde el genocidio,

desde los niños infinitamente muertos,

desde el árbol herido en sus raíces,

desde lejos,

desde el tiempo presente.

 

Pero escribo también desde la vida,

desde su grito poderoso,

desde la historia,

no desde su verdad acribillada,

desde la faz del hombre,

no desde sus palabras derruidas,

desde el desierto,

pues de allí ha de nacer un clamor nuevo,

desde la muchedumbre que padece

hambre y persecución y encontrará su reino,

porque nadie podría arrebatárselo.

 

Escribo desde nuestros huesos

que ha de lavar la lluvia,

desde nuestra memoria

que será pasto alegre de las aves del cielo.

Escribo desde el patíbulo,

ahora y en la hora de nuestra muerte,

pues de algún modo hemos de ser ejecutados.

 

Escribo, hermano mío de un tiempo venidero,

sobre cuanto estamos a punto de no ser,

sobre la fe sombría que nos lleva.

 

Escribo sobre el tiempo presente.

[El inocente, 1970]