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Así leo yo

Jot Down no es una revista online tan buena como sugiere su reputación. Por ejemplo, los artículos de cine son poco más que una disimulada actualización posmoderna de Boyero y Garci, presos de diarrea verbal; otra oportunidad perdida para difundir visiones alternativas del cine en un medio mayoritario. Sin embargo, con cierta frecuencia publican cosas que en cualquier dominical de la CT parecerían obras maestras, aunque solo por comparación.

Por ejemplo, el muy irregular Cristian Campos ha escrito este simpático artículo, «Las andaluzas pityfucker y el negro que barre». En una de sus partes, enumera algunos de sus hábitos de lectura, convencido de que cómo lee o escribe uno es un espejo del alma. Discrepo. Para mí, la elección de lo que se lee o lo que se hace con ello después de leído sí podría decir algo de lo que alguien es, pero las manías y obsesiones de tipo práctico, del tipo que se sacan a pasear en el artículo, suelen estar condicionadas por el contexto de posibilidad mucho más que por la personalidad. Sea como sea, es un ejercicio que a mí me gustaría leer de mucha gente, porque conocer los hábitos de consumo cultural de mis amigos, conocidos y leídos es mi prensa rosa particular, y no me resisto a hacerlo mío también. Por eso, voy a seguir la estructura de este “Así leo yo” de Cristian Campos para mostrar (y descubrir) cómo leo yo. Un texto más largo pero más ligero de lo habitual y que hace el número 200 de este blog.

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1. Suelo tener cuatro o cinco libros en la mesita de noche: una antología de poesía, bien gorda a ser posible, para ir absorbiéndola durante años; otro monográfico de un poeta concreto, que dura semanas o meses; el que esté leyendo en ese momento; el que me acabe de comprar y quiera tenerlo cerca metiéndome presión, pero que no está más que en un purgatorio porque, de manera casi irremediable, termina pasando a formar parte de The Pila.

2. En mi etapa académica fui alejándome de la ficción y terminé pasando el día entre monografías, tratados o libros de referencia. La religión de la distancia crítica. Las novelas y los relatos me llegaron a parecer cosas falsas o inútiles o, como mucho, material para la reflexión. Por suerte, con el fin de la universidad, la ficción (mucha antología de relatos, alguna novela no muy gorda) restauró su poder sobre mí y anuló la objetividad del analista. Ahora mantengo un equilibrio sano entre ficción y no ficción y todos sus cruces bastardos. También leo poesía, siempre en voz alta y muy, muy lentamente; el teatro lo leo en voz alta y muy, muy rápido.

3. Ni de broma leo todos los libros que compro. Si no caen en las primeras semanas, tienden a integrarse en una The Pila que empezó a formarse a finales de los 90. Eso sí, soy de buena familia y los leo siempre en orden, desde el índice hasta los datos de la imprenta.

4. Acabo prácticamente todos los libros que empiezo con intención de leerlos enteros. Sé que cuando sea más mayor y sea consciente de que mi tiempo no es infinito seré valiente y podré abandonar a la mitad los que no me funcionan. Pero, hasta entonces, seguiré siendo un cobarde. O un perseverante, que casualmente en este caso es lo mismo.

5. Me encantan las introducciones y los prólogos. De hecho, a veces es lo único que leo de los libros más académicos, sobre todo si he sacado una decena de la biblioteca en un arrebato. Una de las cosas que más echo de menos de España son las ediciones de clásicos de Cátedra, por sus maravillosas introducciones, donde los spoilers se toleran por estar entre agudos apuntes críticos. Sin ellas, nunca habría apreciado ni la mitad de lo que tienen, por ejemplo, los libros de Flaubert o Tolstoi. Los epílogos, aunque suelen ser innecesarios, también me caen bien, porque son un breve descanso después del largo trabajo, una especie de premio por haber llegado hasta allí.

6. Suelo subrayar, poner título a ciertos bloques de sentido en los libros académicos, poner flechas y exclamaciones en los pasajes cambia-vidas, llenar los márgenes con notas de todo tipo (reescribiendo de forma clara algo que he sudado para entender, dejando para la posteridad una idea “brillante” sugerida por el texto…). Luego nunca sé qué hacer con todo eso, y una de las constantes de mi vida lectora es preguntarme cómo y para qué subrayar y anotar, si sirve de algo o estropea la experiencia. El Kindle me ha ayudado a mejorar esto, porque al menos suelo releer las partes subrayadas cuando devuelvo el ebook al ordenador.

7. El patrón de ordenación de mis libros en casa suele cambiar cada 4 o 5 años, pero en general tengo dos. Uno, organizados entre ficción y ensayo, con subtramas dentro de cada uno de los dos grupos: novela, relato, teatro, poesía, antología…; tema o disciplina en la no ficción… Las fronteras son difusas y la memoria flaquea, así que ahora está vigente mi segundo patrón (dos), que es simplemente ponerlo todo seguido, en orden alfabético por el apellido del autor, con las antologías y obras grupales al final.

8. El libro físico lo suelo leer en gran parte en español, pero en libro digital tengo que tirar de lo que hay o intento aprovechar la oferta mundial y, de hecho y por ambas razones, la mayoría de mis lecturas en los dos últimos años han sido en inglés. El español es La Lengua, nunca disfruto tanto un libro como cuando es un original en español (¡Galdós!). El inglés lo leo más con el piloto automático puesto, pierdo el giro de la floritura pero eso me permite fijarme y entender mejor el contenido. También cae un par de veces al año algo en catalán, por ser la lengua original o porque no lo he encontrado en otro idioma, y me hace sentir como en casa, cuando veía Bola de drac de pequeño. Y alguna vez me he animado con libros en francés y en italiano para trabajos académicos.

9. Nunca compro libros por la portada. De hecho, yo creo que alguna vez he dejado de comprar alguno que quería porque me daba vergüenza pagar por una portada aberrante, y termino buscando una edición vieja mexicana o argentina por Iberlibro.

10. Casi nunca descarto un libro que ya esté dispuesto a empezar a leer. Si voy a por uno, es porque el tema del libro me interesa mucho, o porque es algo que debo, necesito leer. Siempre hay equivocaciones, claro, pero el masoquismo suele cumplir su labor y me obliga a terminar de leerlo como sacrificio para salvar al resto de la humanidad.

11. Salvo en casos o detalles en los que hay relación con la vida real del autor, nunca pienso en el escritor como una persona real. Pienso, disfruto y analizo mucho la obra de un autor poniéndola en relación con todo lo que he leído de o sobre ese autor, pero el conjunto de una obra es como un ente con vida propia, un microcosmos que da la casualidad de que tiene firma humana.

12. Disfruto mucho leyendo la ficción (y hasta el ensayo) de forma directa, algo que me pasa igual con el cine. De ahí mi obsesión con el terror. Por eso, si el género, el autor o la historia me ha caído en gracia, le perdono todo y lucho por dejarme llevar por las emociones que pretenda sacarme. Es difícil a veces.

13. Soy extremadamente paciente con los libros y, salvo cuando gentes como Derrida o Nancy o Lyotard o Deleuze se ponen a echar todo lo que les sale y como salga, no me importa no entender nada. Si sospecho (o si la tradición en la que confío me dice) que hay algo ahí y que merece la pena, peleo y peleo hasta que lo saco. Siempre defenderé la claridad, pero puede haber una gran honestidad en el horror vacui y la confusión. El truco está en aprender a detectar cuándo no hay nada detrás del torrente y el escorzo, para ahorrarse el esfuerzo.

14. Las pretensiones pueden llevar un libro al más absoluto sublime, si quien las pone en práctica está a la altura, o al ridículo más vergonzante, en la inmensa mayoría de los casos. El primero me hace sentirme humano y vivo. El segundo está omnipresente en lo que cualquiera lee en el día a día de internet o los medios, lo que me empuja hacia el precipicio del cinismo.

15. Salvo cuando la escritura es clara y transparente, suelo tener problemas para entender a la primera y por completo lo que leo. Esto viene por defectos de fábrica personales, que me dificultan la concentración, pero se ha visto agravado por culpa de internet. De todas formas, es posible combatirlo: leyendo sin parar, día tras día, varias horas al día, para coger el ritmo y meterse en el mundo de lo escrito. La parte negativa (o no) es que, al mismo tiempo que mejora la capacidad de comprender con facilidad lo escrito, uno tiende a alejarse del mundo exterior.

16. Recuerdo lo que leo, pero a mi manera. No tanto porque la memoria se me debilite con el tiempo, sino sobre todo porque desde el primer momento interpreto lo leído un poco a mi manera, y los resultados de esa percepción se hacen aún más personales con el paso del tiempo. Eso sí, apenas puedo citar, aunque sí sé dónde encontrar las citas que busco. Por otro lado, uno de mis objetivos vitales es memorizar muchos poemas para impresionar a la gente. Hasta ahora solo he podido memorizar el del pirata de Espronceda y uno de cuatro versos de Alejandra Pizarnik.

17. Me acuerdo de los títulos y autores de los libros de ficción, aunque de los libros de no ficción (sobre todo académicos) casi nunca, porque es más bien irrelevante. Cuando era joven y soñador, mi cabeza era una especie de enciclopedia de todo lo que había leído, quería leer o nunca leería pero sabía de su existencia. Sin embargo, desde hace cosa de dos o tres años, el exceso de información se cobra su peaje y empiezo a olvidar y a confundir bastantes datos. Esto me inquieta porque nunca antes me había pasado, y ahora incluso he llegado a ver películas (o empezado a ver) que no sabía que había visto ya. Mi huida hacia delante consiste de momento en leer muchos clásicos, que son un número manejable y cuyos datos nunca se pueden olvidar.

18. El diseño de las portadas me suele dar igual, solo recuerdo con claridad los que son muy feos. Los de Alianza con fotos de objetos de atrezzo, por ejemplo. Eso sí que es literatura de terror hecha cuerpo en el mismo soporte físico del libro.

19. Yo no tengo ningún tipo de superstición, aunque sí trato a los libros como algo sagrado. Respeto cada uno de los libros sobre la Tierra como un texto revelado, religioso. Otra cosa es que me convenzan para profesarlos, pero la mística del lenguaje literario o científico es una creencia irracional que domina mi vida cada vez más fuerza.

20. Por mucho que el olor del papel sea una punzada en el cerebro reptiliano, más ahora que el exilio solo me lleva a libros físicos cada bastante tiempo, no soy nada fetichista. Por eso, no me importa deshacerme de libros. Si alguno vuela es por una buena razón. Por un lado, tengo una pila de libros que quiero vender o regalar a una tienda de segunda mano, pero nunca se completa la operación y no me atrevo a tirarlos a la basura (y eso que al menos dos o tres de ese grupo los encontré originalmente junto a algún contenedor). Por otro, alguna vez, también tengo algún libro que necesito regalárselo a alguien en concreto, impelido por el demonio familiar que lo habita y que me dice que el cuerpo de ese alguien será un mejor hogar que el mío para su espíritu.

EPÍLOGO: Y esto ha sido una estampa de algunas de mis relaciones con los libros, siguiendo una estructura predefinida por un señor que a veces escribe cosas bien y a veces cosas mal. Mis categorías habrían sido otras, pero prefiero invertir en leer el tiempo que me llevaría elaborarlas.

Notas de campo

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¿Por qué escribir algo como, no sé, un blog? ¿Por exhibicionismo? ¿Por incontinencia? ¿Por supervivencia o militancia cultural? Yo lo entiendo sobre todo en este último sentido, como una forma de guardar intuiciones e inquietudes, para que otros que lleguen aquí por azar o afinidad y las lean de verdad puedan pensarlas por sí mismos hacia donde les lleven o estimen oportuno. O para poder volver yo a ellas en el futuro, a recolectarlas en una hipotética profundización unida, inexorablemente, a una no menos hipotética intención de ordenamiento que algún día tendrá que terminar convertida en algún tipo de obra coherente y más grande. Digamos un libro o sus equivalentes tecnológicos. Este párrafo de Heinz Steinert en su Culture Industry (la voluntariosa traducción es mía) me ha recordado estas intenciones mías, que son las que me respondo al preguntarme de vez en cuando por los motivos de seguir con todo esto. A leer a Steinert que, tan poco mediterráneo, es mucho más exigente que un cualquiera con un blog como pueda ser yo:

Llevar un cuaderno de notas nos ayudará a consolidar nuestro conocimiento cultural. Es recomendable que hagamos anotaciones acerca de nuestras propias reacciones —así como de las de otros— respecto a acontecimientos (culturales) particulares. Deberíamos llevar un registro de nuestras apreciaciones y de nuestras discusiones, y experimentar distintas formas de interpretar los diversos fenómenos. De hecho, tendríamos que aprovechar cualquier oportunidad para escribir y comentar sobre la industria de la cultura. Hay una gran diferencia entre pensar algo para ti mismo, discutir tus pensamientos con otros y dar a tus ideas una forma definitiva mediante la escritura. En cualquier caso, nuestra memoria es de hecho mucho más limitada de lo que normalmente nos gusta aceptar. Si conservamos nuestras experiencias en la escritura, tendremos la posibilidad de seguir trabajando con ellas, comparándolas, intentando encontrar diferentes respuestas e interpretaciones y buscando otros acontecimientos que nos gustaría añadir a nuestra colección. Si luego volvemos a leer nuestros primeros intentos de interpretación, a menudo nos encontraremos con la fascinante evidencia de cómo nos hemos desarrollado, intelectualmente y en otros sentidos. (Por esta razón, deberíamos fechar nuestros apuntes.) Más aún, si alguna vez necesitamos trabajar en un tema en concreto o elaborarlo más como parte de un estudio más amplio, sin duda nos beneficiaremos de la posibilidad de releer y reorganizar nuestras anotaciones originales.

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Supongo que otros que yo me sé (o no) con blogs de crítica cultural que lean esto se sentirán tan identificados como yo, ¿no? Por otro lado, aunque acepto que escribir con este espíritu es una manera de consolidar nuestro conocimiento, no es sólo eso. No es un mero almacén o una transcripción de ideas. Como —no deja de sorprenderme— se olvida a menudo, la escritura en sí misma es una forma de conocimiento. Un proceso único en el que las ideas no sólo quedan fijadas, sino que se desarrollan en ramificaciones inesperadas y de lo más enriquecedoras (“¿de verdad eso se me ha ocurrido a mí?”) a poco que uno se deja llevar. La escritura no es una pura técnica ni un acto mecánico, sino un acontecimiento con todas las de la ley, que genera algo que antes no existía. Cuando el escribir se afronta con el respeto y el terror que merece, ambas sensaciones pueden acabar sintetizadas en una superior, de poder, estrictamente somática. Esa emoción corporal, esa electricidad, puede unirse con una actividad cerebral intensificada y una eléctrica velocidad de tecleo. La bravuconada de la conversación en persona o lo inofensivo y fugaz del soliloquio interior se superan al querer escribir en estas condiciones más o menos autoinducidas. Como un taoísmo invertido, satánico, la concentración (de “concentrar”, no de “concentrarse”) resultante provoca unas taquicardias y respiraciones aceleradas que se traducen, ellas sí, en nuevas ideas, fuertes y sanas. Llevando la creatividad a estos límites, rechazando lo automatizado —que no lo automático: las asociaciones espontáneas de ideas pueden ser fructíferas en las condiciones adecuadas—, el autoconocimiento suele aparecer a mitad de texto, más o menos, si se ha hecho bien. Además de que también se crea conocimiento en general y a quien pueda interesar. En un cuaderno de notas público como pueda ser éste.

Estos días empiezo a sospechar que mis teorías estéticas (toma chaval presuntuoso que estoy hecho) pueden acabar desembocando en un radicalismo político destructivo de lo más libidinoso que, en todo caso, jamás podría ni querría llevar a cabo. Aunque, si viera su necesidad como incontestable, sí osaría materializarlo en manifiestos incitadores de insurrecciones populares. Permanezcan atentos y no dejen de informar a las autoridades si leen aquí algo que consideren que pueda atentar contra el orden.

El baile de la alondra

“Invocación” es un poema de Raquel Lanseros que dice otra vez lo que tantas veces le gusta a uno decirse:

Que no crezca jamás en mis entrañas

esa calma aparente llamada escepticismo.

Huya yo del resabio,

del cinismo,

de la imparcialidad de hombros encogidos.

Crea yo siempre en la vida

crea yo siempre

en las mil infinitas posibilidades.

Engáñenme los cantos de sirenas,

tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua.

Que nunca se parezca mi epidermis

a la piel de un paquidermo inconmovible,

helado.

Llore yo todavía

por sueños imposibles

por amores prohibidos

por fantasías de niña hechas añicos.

Huya yo del realismo encorsetado.

Consérvense en mis labios las canciones,

muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.

Por si vinieran tiempos de silencio.

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¿Nadie se da cuenta de lo preciosos que son los pájaros? Están a nuestro alrededor cada día y casi ni los miramos. Como mucho lanzamos asco a las palomas. El asco, en todo caso, para nosotros, por el bonito desperdicio que hacemos al ignorarlos. No hay que celebrar el Día de la Tierra ni declararse ecologista militante, sólo ir unos pasos más allá de nuestro cuerpo. Aprovechar las únicas veces en las que salimos de nuestro ensimismamiento para levantar los ojos de las pantallas y agradecer al gorrión, superviviente del genocidio maoísta, que nos haga compañía y nos recuerde que hay algo más allá de los humanos. En las ciudades se olvida porque todo, todo es humano y, sin contraste, se pierde la perspectiva de que las cosas del mundo no son una sino también varias; todo lo que percibimos es humano, salvo los otros animales con los que convivimos y sobre los que no tenemos influencia. Los que no van con correa. Como tras un gran pacto arcano en el que todos aceptamos convivir, sus especies y las nuestras ocupan en paralelo el mismo espacio, habitando distintos nichos vacíos.

Los pajaritos difícilmente se pueden antropomorfizar, por lo que sólo quedan dos opciones (además de comérnoslos): poetizarlos utilizándolos como símbolos, algo que ya no podemos hacer si queremos evitar ser lapidados por la turba posmoderna que vigila para que siempre se cumpla con el más estricto antropocentrismo, mamacentrismo a lo sumo; o admirarlos sin más, por lo que son. No hace falta pagar la entrada de un zoo ni sucumbir ante un documental. Basta con mirar a la calle. Sólo nos fijamos en los pajaritos cuando se ponen en nuestro balcón o, incluso, se cuelan en uno de nuestros espacios humanos cerrados. ¿Qué pasa cuando un gorrión entra en una cafetería, o incluso una paloma se acerca demasiado a la mesa de la terraza? Que no damos crédito. Sólo en esos casos nos sorprendemos de que existan esos pobrecitos seres que te convierten a ti en un ser inocentón y con cara de bobo.

El otro día leía en un parque, rodeado de patos (nada que envidiar a los pingüinos en cuanto a simpatía), de urracas (cuyos brillos, entre lovecraftianos y tropicales, a duras penas pasan desapercibidos incluso entre nosotros los abollados) y de ocas (estiradas, con el gargajo siempre en la mirada perdida dirigida, sin embargo, contra ti). Un pajarito empezó a cantar a voz en cuello, al mismo tiempo que ponía todo su cuerpo en tensión hacia el cielo, sin moverse del suelo. Era como un gorrión, pero no era un gorrión; no todos lo son. Creo que era una alondra. A su canto unió un baile intensísimo, en el que separaba sus alas del tronco hasta hacerlas parecer nuestros torpes brazos, y erguía el pecho, muy macho ella, para impresionar a otra alondra que hacía como que no la miraba pero sí. Qué escena tan bonita. Y ahí al lado, no en un safari ni en un museo.

Malick lo ha visto bien siempre, pero sobre todo en To the Wonder: nuestra vida cotidiana moderna, la de la clase media cada vez menos media y más clase, se debate entre la derrota cínica ante el inevitable (y casi justo) imperio del nihilismo, y la felicidad que da el darse cuenta de lo que te rodea y que nadie parece ver. Lo guapa que es esa chica, lo gracioso que es ese perro, el misterio fantasmal en ese edificio sucio a la luz del día. El baile de la alondra. La cámara de Malick se despista, deja de seguir a sus personajes y se queda atrapada en la red del mundo; no hace falta ni siquiera decir que lo que le enamora es la naturaleza, sino que lo que le enamora es lo que nos rodea y no somos nosotros mismos ni todo lo que damos por supuesto a cada minuto. Nuestros ojos pueden hacer lo mismo, y detrás de ellos va todo lo demás que tenemos.

La astronomía ya sé que sí, pero ¿puede la ornitología ser cool?