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MILLONES

Se mueren de hambre y cosas así unos 5 millones de niños cada año. Más o menos los mismos judíos que murieron en el Holocausto, pero una y otra vez, anualmente, sin fin. Sin interés. MILLONES de niños, M-I-L-L-O-N-E-S. ¡¡¡Cada año!!! Y nos da igual. Seguimos traumatizados (con razón) por Auschwitz, mientras que mueren infinitamente más personas hoy que entonces, a pocos miles de kilómetros de donde escribo esto. Sí, los judíos y gitanos y homosexuales fueron masacrados activamente por los nazis. Hubo deshumanización y barbarie en Occidente, donde pensábamos que teníamos controlada a la bestia. Pero los niños, y los que no son niños para llegar a sumar más millones, mueren también por nuestra culpa. No por el colonialismo ni porque les explotáramos y les explotemos, sino por omisión. Son muertes absolutamente evitables, y nos da igual. Dicen que, desde que empezó esto que se ha dado en llamar “crisis”, se ha regalado a los bancos en Occidente una cantidad que podría haber servido para paliar el hambre anual en el mundo unas noventa veces. Y nos da igual. Volvamos a lo importante: 5 millones de niños. En serio. No es ficción ni un libro de historia. Yo, Borja, te digo que pienses en el horror que supone para ti el genocidio nazi. Ahora piensa que eso, de otra manera mucho más aparentemente natural (total, los negritos son como animales y es su ciclo de vida; lo raro es que la muerte masiva llegue a nosotros, los espabilados blanquitos y por eso merece ser estudiado), está pasando ahora. En 2011, cuando tú estabas terminando la carrera o preocupado por si te van a bajar el sueldo o si se te va a pasar la fecha para fichar el paro o cuando reflexionabas sobre la miseria moral de la Shoah. En 2010 también. Y en 2012 también van a morir 5 millones de niños. Compáralo con tus sentimientos ante el Holocausto. Te dejo un rato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A ver cómo lo digo, porque esto es tan indecible, tan inimaginable como el Holocausto. O tan decible y tan imaginable, tan representable, como el Holocausto, lo que nos hace aún más miserables. Hay medios técnicos de sobra para producir suficientes alimentos, para evitar la mayoría de enfermedades que asolan a una parte importantísima de la humanidad. Para ayudar, primero a sobrevivir y luego a vivir autónomamente. Y no se aplican. Y nos da igual. No desahucian a 5 millones de niños cada año, no les quitan la beca o sus padres se van a la calle con 55 años. No: se mueren. Y se mueren de hambre. Imagina cómo tiene que ser morir así. La muerte es el límite. Quitando los cuatro gatos que se suicidan, aquí no se muere ni Dios. Seguimos viviendo maravillosamente bien, con todos nuestros problemas y neuras. Dile al negro que vende películas falsas en la calle, que vive en cualquier agujero y siempre teme a la policía, dile a ese negro que por qué no se vuelve a su país por la crisis. Si yo fuera ese negro, sacaría el machete y te emascularía. Me comería tu corazón ante tus hijos y ni me estaría acercando al infierno que viven MILLONES de personas CADA AÑO, CADA DÍA. Un infierno de ahora, no de la Primera ni de la Segunda Guerra Mundial. De hoy, de mientras escribo y lees. De mientras nos gastamos cinco euros que podrían salvar vidas de niños. Un infierno sin salida y sin opción, del que Occidente no es completamente culpable por acción pero totalmente culpable por omisión. Por enriquecerse a su costa unos, por ignorarles todos los demás. No hablo de los gobiernos, que ya sabemos que nuestros políticos/banqueros son más tontos que el hijo del panadero y más malos que el que te pegaba en el recreo. Hablo de ti y de mí, de la abuela que tienes delante en la cola del pan y de tu profesor de ética. Es culpa nuestra. Podemos ayudar y no lo hacemos. Podemos dar una mísera parte del poco dinero que tenemos y salvar a MILLONES de personas de una muerte infinita. Esto no es un anuncio de una ONG, esto es un grito de banshee ante el apocalipsis moral. Imagina que todos lo hacemos, que damos diez euros al mes. Suma. Imagina que ese dinero alguien lo utiliza de manera inteligente.

¿Filosofía? ¡Me río en tu cara! Creería en ti si todos tus lacayos estuvieran dedicados en exclusiva a pensar en esto. O al menos unos cuantos. A darle vueltas y más vueltas a por qué cinco MILLONES de niños mueren CADA AÑO mientras seguimos con nuestra vida y nos quejamos de la pérdida del bienestar. ¿Qué es el robo de nuestro bienestar comparado con el robo de MILLONES de vidas cada año, un asesinato incesante del que todos somos cómplices? Está pasando ahora. A la filosofía le da igual, por eso merece todo el descrédito del mundo. El mejor de los hombres modernos fue tal vez Karl Kraus, que sintetizó todo esto en su “Todo, pero no Hitler”. Hoy: todo, pero no África. Por favor, no. Crisis, derecha, pobreza, inseguridad, paro, ignorancia, desabastecimiento, muerte de algunos cientos de personas en Occidente en un oscuro futuro tras el austericidio. ¿Qué es eso ante MILLONES de niños muertos cada año, muertes que se podrían evitar? ¿Muertes que cinco hombres ricos podrían evitar si les sentara bien el desayuno y no lo hacen? ¿O que cinco millones de hombres medianos, como nosotros, podríamos evitar y no lo hacemos? Todo lo nuestro es una triste risa, el llanto de tu sobrino cuando se le cae el caramelo al suelo. El llanto de tu abuela cuando sólo puede comer verdura de la barata con su pensión, el de tu madre cuando te vas a vivir al extranjero porque aquí no puedes trabajar, el de tu profesor o el de tu amigo activista cuando no vas a la manifestación ni haces huelga por tus derechos. Tristes risas. Somos unos payasos pagados de nosotros mismos, indiferentes ante el mayor genocidio de la historia de la humanidad que tiene lugar a las puertas de casa. Un genocidio indirecto pero completamente evitable. Del que es tan culpable el presidente de un banco internacional como el estudiante que se fuma una cajetilla de tabaco o se compra una pizza. Yo soy culpable, un triste español que lee, ve y escribe. Tú eres culpable, seas quien seas. Convierte la triste risa que es el llanto porque te quitan el caramelo en el grito más desesperado por la muerte evitable de cinco millones, CINCO MILLONES, MMIILLLLOONNEESS de niños ¡¡¡¡CADA AÑO!!!! Expía tu culpa, aunque sea por ti.

Somos unos patéticos seres tribales. La cultura es una farsa, la educación es una farsa, la filosofía y la literatura son una mentira escupida en la cara de los millones que mueren y sufren, muchísimos más que los judíos exterminados. Nuestras vidas son una pulga antropológica y lo seguirán siendo si no convertimos en el centro de las preocupaciones de toda la humanidad esa muerte constante de MILLONES de hermanos genéticos. Negamos nuestra dignidad al ignorar la suya. Sólo nos preocupamos de nuestra tribu: nuestra familia, nuestros amigos, nuestra ciudad, nuestro país, nuestra civilización. Lo que queda fuera no nos interesa. Hoy tenemos la posibilidad de saber lo que pasa, de tener presente a todas horas a esos 25.000 niños que mueren CADA DÍA (¡imagina una centésima parte de estas cifras en cualquier país occidental, que es el peor de los escenarios posibles de esta crisis!), de compartir sus verdades en las redes sociales y de hablar y hablar y recordarlos en todo. De escribir sobre ellos, de pensar sobre y en ellos. De mandar al agujero al que pertenecen a todos los filósofos inútiles y ociosos y sustituirlos por aquellos que piensen en ellos y sólo en ellos. Vamos a dejar de estudiar inglés, chino, alemán para ingenieros; busca a cualquier somalí por las calles de tu ciudad y págale unas clases de su idioma y de su cultura. Olvida a tus líderes políticos, a tus guías intelectuales, borra todo y pon en su lugar a esos MILLONES de niños que mueren CADA AÑO, que están muriendo ahora mismo sin razón. ¿No podemos cambiar esto? Pero ¡por algo se empieza! ¡Empieza por ti! ¡Por mí! Por relativizar las miserias de tu vecino y las que nos esperan en los próximos años, comienza haciendo una columna con todos nuestros dramas actuales y por venir y ponla en paralelo a una columna con tres niños muertos sin motivo, con  su cara y su dolor. Multiplica hasta niveles cósmicos ese número de niños muertos y compara esas dos columnas. Ahora defiende tu vida, la mía, atrévete a defender las autojustificaciones de la filosofía, defiende que lo que nos hacen las oligarquías es muy gordo. Defiende que nosotros somos importantes. Venga, atrévete. Gasta tus ahorros o móntate de polizón y vete a Níger a hablar de la crisis. Ponte en un taburete en un parque y habla de la crisis y de los desahucios y de Rajoy y de Merkel y de tu hijo sin trabajo y de tu padre que busca comida en los contenedores y de los suicidas y de la prima de riesgo y del sueldo mínimo y de los iPad de los diputados y de cómo las redes sociales ayudan a mejorar el mundo y de las asociaciones vecinales y de los derechos palestinos y del Madrid Arena y de Cáritas y de banderas y de los productos de marca blanca que te ves obligado a consumir porque parece que ya no puedes pagar los de verdad y de que no te pagan la beca y de que no pagan a las farmacias y de que dan dinero a los toros y a los colegios privados y de las tiendas cerradas en tu barrio y de tu amigo que se ha ido a Alemania y de las verdades que te descubrió tu profesor y de las vacunas y medicamentos que ya no se hallarán por la falta de inversiones en I+D. Cuéntales que hay una diferencia ontológica entre el hecho de que millones de judíos murieran en la Shoah y el hecho de que 5 millones de niños mueran de hambre y otras cosas evitables cada año. ¿Ya te has cansado de gritar en el parque de la ciudad más grande de Níger? Sigue andando, busca una caravana de personas en Somalia. Repite todo eso en voz muy alta, con todas tus ganas, a esa caravana de familias en la que ayer murieron siete niños y tres viejos y hoy morirán algunos más. Venga, díselo. Diles que tienes resaca y que no sabes si te va a llegar para el alquiler este mes y eso que estamos a día 10. Pero creyéndotelo, ¿eh? Vamos juntos a decírselo a la cara. A hablarles de Marx y Berlusconi y Zapatero y Proust y Marhuenda y Derrida y Draghi y Mozart y Spinoza y Camps a esas decenas y decenas de MILLONES MILLONEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEES de niños que han muerto, están muriendo ahora mismo y van a morir por nuestra culpa. Vamos, vamos a decírselo, VAMOS.

Cinco de la tarde de ayer:

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De poco sirven las fotos. Ni siquiera para eso somos buenos. Son demasiado bonitas y acogedoras. Y, como se suele decir, estamos inmunizados (véamoslas de verdad, por primera vez) (pensemos en todo esto, por primera vez). La inmensa mayoría muere lejos de las cámaras, abandonados en la tierra de un camino por sus padres cuando sólo les quedan un par de días de vida durante los que sólo oirán el paso de más caravanas más siniestras que la Santa Compaña y ya no les funcionarán los ojos para verlas. No mueren ni agonizan en el instante de la imagen que nos cae encima, sino durante los pocos meses o años que logran vivir. “Vivir”. Piensa en los judíos asesinados. Piensa en ti en ambos lugares, en su lugar.

Y ya está. Ya podemos seguir escribiendo sobre las ingeniosas metanarrativas del cine francés y haciendo fotomontajes sobre las mentiras y recortes del PP. A lo mejor esta tarde escribo otro texto sobre una curiosa peli japonesa que vi anoche. No queda otra. Creo que me voy a afiliar a una ONG para dar un poco de dinero a los negritos. Lo digo en serio. Qué menos, después de escribir esto. Sigamos con nuestras importantes y apasionantes vidas. Sigamos. ¿No queda otra?

S-21 – LA MACHINE DE MORT KHMÈRE ROUGE: Camboya (los verdugos)

Cuando ya no están amparados por el contexto, los verdugos a pequeña escala siempre se justifican de la misma forma: sólo seguía órdenes, eran ellos o yo, estaba adoctrinado, era muy joven… Aunque también son víctimas deshumanizadas por los regímenes totalitarios, nunca aceptan su parte de responsabilidad. Algunos, nostálgicos, hasta se niegan a admitir que sus víctimas fueran inocentes. «El Partido no era tonto, los que entraban allí era por algo», dicen aún hoy algunos verdugos camboyanos. Lo dicen delante de sus víctimas, incapaces de darle relevancia al hecho de que las confesiones eran sacadas a base de torturas. Perdieron su capacidad de reconocer la verdad y la lógica, la humanidad ajena, la suya propia. Se convirtieron en algo peor que animales, como admiten que hicieron con los prisioneros. Mientras los escasos supervivientes multiplicaron su dignidad, ellos, simplemente, pasaron a ser pedazos de carne andante cuando todo terminó.

S-21: La machine de mort Khmère Rouge (Rithy Panh, 2003) es un documento muy incómodo y difícil de ver. Sólo esto ya dice mucho a su favor, ya que un episodio histórico tan brutal como el genocidio camboyano merece ser contado con crudeza y sin efectismos. No en vano su director, que dedica su vida a rodar sobre ello, lo vivió en primera persona. En S-21 realiza una especie de versión camboyana de Shoah (la película más imprescindible de todas). Pero, mientras aquella se centraba en las víctimas, S-21 se ocupa ante todo de los verdugos. Sin participación directa en lo que vemos, el director deja hablar a los guardias y torturadores, que se prestan a dar su testimonio. No sólo hablado, sino que incluso recrean con el vacío (¿supone diferencia para ellos gritar al aire y no a personas despojadas de humanidad?) escenas cotidianas de aquel centro de exterminio, en algunas de las interpretaciones más duras y despojadas de intenciones ocultas que se pueden ver en una pantalla. Estas reconstrucciones podrían ser cómicas de no ser tan profundamente trágicas, como se puede comprobar en el vídeo que pongo por aquí. Rithy Panh intenta desnudar emocionalmente a los verdugos, provocar que salga lo que queda en ellos. Pero es imposible: no queda nada. Hablan entre ellos con frialdad, recordando las anécdotas del exterminio y la tortura como quien recuerda las batallitas de la mili. No hay orgullo en sus palabras, claro; pero tampoco hay arrepentimiento. De hecho, no hay nada. Están vacíos. Dos de los apenas doce supervivientes conversan entre sí: «¿Alguien te ha dicho que fue un error? ¿Alguien te ha pedido perdón? ¿Escuchaste eso de la boca de los dirigentes o de los ejecutantes?», «No», responde el otro, incapaz de controlar su pena y rompiendo a llorar desconsolado. Cuando las víctimas se reúnen con los verdugos ni siquiera hay tensión, sólo un abatimiento no ominoso. Los antiguos guardias son incapaces de mirarles a los ojos. Si sienten algo, sólo es algo ligeramente parecido a la vergüenza. Un pintor superviviente, aunque derrumbado por dentro, se muestra entero ante ellos y da lecciones silenciosas de lo que es ser humano. Sus recriminaciones no son vengativas ni contienen odio, sino sólo dolor. Tanto por ellos como por él. Porque las víctimas, transformadas por las circunstancias en una especie de mártires hiperempáticos, son capaces de absorber el dolor de todos. La sobredosis les lleva a una aparente entereza, que lo único que hace es aumentar su dignidad. Sus narraciones, como las de los guardias, no se detienen en los detalles más crueles, como sucedía en Shoah con las víctimas de los nazis. No dulcifican lo que ocurrió ni omiten lo terrible, pero su forma de contarlo es más estoica, más general, menos íntima. Quizá es que es otra cultura, o que su menor educación les impide ser tan claros como cuando los sufridores judíos hablan de lo que pasaron y vieron; quizá el hecho de vivir todavía bajo el régimen que los masacró no les ha dejado coger distancia y recordar la destrucción en todo su esplendor; o quizá los europeos fueron efectivamente mucho más creativos en sus aberraciones precisamente por esa mayor educación (tampoco hay que olvidar que los totalitarismos asiáticos tienen origen occidental, tanto en las teorías que decidieron aplicar a su manera como en su componente importante de ser reacción al colonialismo europeo y al imperialismo norteamericano). Da que pensar el hecho de que los verdugos nazis no quieran mostrarse en Shoah, donde eran grabados con cámara oculta, mientras que en S-21 aparecen con naturalidad y sin miedo. Y también da que pensar el hecho de que los alemanes asesinos conserven algo de orgullo y odio en su tono, mientras que los camboyanos sólo transmiten derrota y desesperanza.

Sidney Lumet (I)

[Pobre Sidney Lumet… aquí empieza el repaso a las películas suyas que he visto]

12 angry men (Doce hombres sin piedad, 1957) – La primera en la frente. Lumet se hizo grande desde el principio, con esta apología racionalista del Estado de derecho, que unía lo jurídico con lo humanista con la máxima perfección formal y moral posible. Logra algo tan complicado como es justificar el sistema de la democracia capitalista sin caer en su legitimación propagandística. Más bien al contrario, lo justifica a partir del disenso, criticando a aquellos que más integrados están, avisando de que es a ellos a quienes hay que temer.

The fugitive kind (Piel de serpiente, 1959) – Un hipersexuado viaje al oscuro mundo rural de Tennessee Williams, a modo de pesimista melodrama en el que la marginalidad concuerda en medios y fines con el dominio sobre el otro. La dignidad sólo existe para ser pisoteada, por culpa de la total falta de autocontrol. Y esta viene de la soledad extrema que lleva a abrazar con desesperación cualquier sucedáneo de cercanía humana.

Vu du pont (A view from the bridge, 1962) – El hábitat de la clase obrera aparece como un mundo aparte, como si hubiera alambradas de espino alrededor de los recintos del hogar y del lugar de trabajo, como si toda la libertad espacial fuera ir en un autobús policial del uno al otro. ¿Una alegoría; no tiene el pobre realmente grandes limitaciones, de todo tipo? El aislamiento lleva a una espiral de ansiedad y autodestrucción, que degenera en delación, autoodio xenófobo y, en general, violencia potencial que acaba ejerciéndose contra los únicos que se pueden alcanzar: los que están en la misma situación que tú.

Long day’s journey into the night (Larga jornada hacia la noche, 1962) – Lumet logra por fin el virtuosismo formal y la libertad creativa que le permiten plasmar a lo grande la tragedia que buscaba: la de las relaciones humanas. Aquí ya no están mediatizadas (¿o sí…?) por el sexo ni por la clase, sino que se presentan en su forma más pura, la de la familia. La obra original de Eugene O’Neill no escatimaba sordideces, y la fotografía de Boris Kaufman vierte ese abismo a la pantalla. Un recital de intensidad interpretativa y de la angustia de tener que vivir en sociedad, casi a la manera de la “insociable sociabilidad” kantiana, con uno de los finales más memorables y pesimistas del cine: no se puede huir de los demás, ni aunque necesites hacerlo. Y ningún otro va a venir ayudarte con tus otros. Qué plano, qué plano…

The pawnbroker (El prestamista, 1964) – Años antes de Shoah, el cine se acercó (aún en la ficción) con Lumet a las consecuencias del Holocausto en los supervivientes. La destrucción de la humanidad interna. En los campos de concentración y de exterminio el presente era la muerte en vida. Aunque el cuerpo se conservara, todo lo demás quedaba limitado al mero instinto de autoconservación. El superviviente, a veces, lo es a su pesar. Y el mejor ejemplo es Sol Nazerman (Rod Steiger), cuyos sentimientos quedaron perdidos para siempre en el Lager. Su existencia como regente de un local de préstamos es tan inercial como la que padecía en el campo. La única diferencia es que allí soñaba con llegar vivo al final del día, y hoy sufre porque sabe que lo conseguirá. No le quedan fuerzas para intentar escapar de este purgatorio. Ante un mundo degradado y degradante, es un preso eterno tras las rejas de su mostrador, sin esperanza, sin memoria, sin futuro ni pasado ni presente. Los demás están condenados y no lo saben, pero qué le importa a él. Lo merecen.