LA VOZ DE SU AMO (Libros que cambiaron el mundo, 4)

[De la serie Libros que cambiaron el mundo]

La ciencia no es una mentira. Tampoco es del todo verdad, pero es lo único que tenemos que se parece a la verdad. La ciencia no nos asegura cómo son las cosas, pero sí puede decirnos cómo y cómo no funcionan. Eso no es poco mérito. La ciencia contemporánea es infalible en un buen número de cosas, y esto es incontestable incluso por sus (demasiado a menudo analfabetos en estos temas) críticos. Algo que se le da muy bien es destapar y señalar mentiras e imposibilidades del mundo físico y matemático. Y si, hoy por hoy, la ciencia no puede demostrar lo contrario, cierta mentira que prueba como tal es una mentira y cierta imposibilidad que prueba como tal es una imposibilidad. Por otro lado, no hay que olvidar que la ciencia es un add-on del conocimiento humano, que es el que establece los conceptos de mentira e imposibilidad y, por definición, ella no tiene la capacidad para alterarlos por sí misma. Sin embargo, sus resultados o falta de resultados sí pueden ser interpretados de tal forma que subviertan las categorías previas, sobre todo las de verdad, armonía y capacidad humana. Aunque, a cambio, tras la ruptura de las categorías previas solo queda el vacío. La nada. La confusión total y, por eso, ofuscadora, no creativa. La evidencia de infinitas limitaciones humanas que, irónicamente, solo se desvelan como tales gracias a las infinitas potencias humanas.

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La herramienta científica rompe los límites impuestos por las formas que admite el conocimiento humano. Stanislaw Lem dedicó buena parte de su obra a probarlo, pero nunca con tanta profundidad como en La voz de su amo. Es un ensayo de epistemología humanista disfrazado de novela de ciencia-ficción, en la que la ciencia es incapaz de descifrar un posible mensaje que ha sido captado del espacio exterior. De hecho, ni siquiera puede confirmar si es un mensaje o una improbabilidad que parece un mensaje. Científicos dedican años a un trabajo imposible, mientras Lem disfruta, con sadismo y pena, evidenciando la futilidad de su esfuerzo. Hay cosas que, sencillamente, no se pueden entender. Está bien insistir, así se avanza y el ser humano se realiza como tal. Pero el fin es inalcanzable y el científico, el humano, termina por entender que el medio, o lo que se hace con él, es lo único que hay. Y que eso ya está bastante bien.

lavozdesuamo2Con Lem he aprendido muchísimas cosas en los últimos 17 años, pero la más importante es esta. Es la misma que está en la razón de ser en la crónica de los fracasos de la solarística de Solaris, aunque en La voz de su amo alcanza aún mayores cotas de brillantez y complejidad. En estos dos libros me expuse por primera vez a dos nociones fundamentales para mí, la aporía y la incomensurabilidad, que más tarde tuve la suerte de desmenuzar en varias asignaturas de la carrera con un profesor experto en ellas, obsesionado con ellas. En la vertiente concreta de la inconmensurabilidad que le interesa a Lem, la ciencia no llega a todo, pero no tanto por sus limitaciones, sino por las de su creador. El monstruo puede ser más listo que Victor Frankenstein, pero solo en sus mismos términos, dentro de sus mismas categorías. Si las desborda, o si genera nuevos mundos que las desbordan, nada garantiza que el creador de la herramienta pueda alcanzar a comprender sus efectos. La ciencia permite oír una regularidad que parece un mensaje del espacio, el científico no puede hacer nada con él, más allá de ponerle un frágil nombre que está a punto de venirse abajo a cada acercamiento. A cambio, de manera inexorable, descubre algo clave: aprende a aceptar que no sabe qué hacer con él.

Tal vez décadas o siglos de nuevas herramientas logren desvelar si es un mensaje y, en ese caso, entenderlo un poco; o quizá se consiga explicar qué leches es Solaris o si es un quién. Sin embargo, lo más importante de todo esto es que es probable que nunca se entiendan ciertas cosas, en sus propios términos y ni siquiera en términos humanos. La realidad es tozuda y se hace la dura, no porque le apetezca sino porque es dura. Tanto, que en muchos casos es en verdad impenetrable. La ciencia es profeta de la armonía en la repetición de patrones, cuando descubre que una coraza de la realidad no era tal y se puede desarmar, partir y comprender; pero es, a la vez, profeta de la inconmensurabilidad y la inarmonía, cuando su insistencia prueba que es imposible hacer converger cierta realidad innegable con las categorías del ser humano. Más aún: que, quizá, cualquier cosa que la ciencia trata es, en último término, imposible de comprender. Lo que no significa que no tenga sentido, porque entender y explicar su función o su verdad o mentira es el mayor, el más inequívoco de los sentidos a los que se puede aspirar, es epistemología convertida en ontología. Y, sea esto un sentido o no, las afirmaciones o negaciones epistemológicas niegan el relativismo, precisamente, al demostrar que es verdad que hay diversas realidades diferentes y variables y que pueden intercalarse sin tocarse.

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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA HUMANIDAD (Libros que cambiaron el mundo, 2)

[De la serie Libros que cambiaron el mundo]

Los Grados actuales en las universidades españolas incluyen un trabajo de fin de carrera, proyecto final que, creo, antes solo tenían ingenierías y arquitecturas. Me parece una de las pocas buenas ideas del llamado Plan Bolonia, porque puede servir para unir o aplicar los conocimientos o metodologías acumulados a lo largo de los estudios, algo muy interesante en las deslavazadas carreras de humanidades. Si el estudiante se lo toma en serio, permite concentrarse en un solo punto, cabe pensar que elegido en libertad por uno mismo, no impuesto por las exigencias de una asignatura y sin las limitaciones de un trabajo cuatrimestral. Es una manera de meterse a fondo en un tema que a uno le interesa de verdad, una experiencia que puede cambiar la forma de investigar y que puede marcar a la persona. Al menos, de nuevo, en los estudios de humanidades. Aunque yo no tuve un proyecto oficial de fin de carrera, sí considero como tal una monografía que desarrollé en mi cuarto y penúltimo año de licenciatura, para una asignatura llamada Cultura Contemporánea. El trabajo me absorbió y obsesionó durante cuatro meses, y fue una suma y focalización de todo lo aprendido hasta entonces. De fondo, la asignatura consistía en una exploración sin límites sobre Auschwitz, hasta el punto de que incluyó un devastador viaje real al campo de exterminio.

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Mi trabajo fue acerca de Karl Kraus, probablemente el autor que más ha influido (porque encajó con mis potencias latentes) en mi forma de ver el mundo y de enfocar la mejor forma de tener un papel en él. Es mi referente moral. Digamos que de mayor me gustaría ser como él, y una visión idealizada de mi blog o de mis proyectos de autoedición me llevan a pensar, ingenua y modestamente, que puedo llegar a tener mi propia Die Fackel en una escala mucho más humilde. Ya dediqué hace tiempo una serie de entradas a su obra y pensamiento, que pueden encontrarse aquí, y que incluyen un montón de citas que me cambiaron la vida. Entre su vasta producción, que incluye infinidad de artículos y ensayos brillantes sobre los temas clave de su mundo (que, disfrazado y suavizado, sigue siendo el nuestro), es muy difícil elegir uno solo, puesto que funcionan como un todo, una cosmovisión puesta en tinta a lo largo de décadas, y puesta en realidad por la propia y comprometida vida de Kraus.

losultimosdiasdelahumanidad2Pero voy a citar dos títulos de su obra. Cada uno de ellos contiene una frase que, desde que la leí, no ha cesado de multiplicar su efecto sobre mí. Kraus, no hace falta decirlo, era un maestro del aforismo. La primera cierra su monumental obra maestra Los últimos días de la humanidad. Es una cita real del emperador austrohúngaro Francisco José, de su reacción ante las consecuencias de la Gran Guerra que contribuyó a desatar. Dijo: “Y o n o q u e r í a e s t o”. Con millones de inútiles cadáveres acumulados, con sociedades destruidas y la humanidad europea arruinada física y moralmente, el buen dirigente se dio de pronto cuenta de lo que había pasado. De alguna manera, el sujeto divino sospechaba su responsabilidad, sin llegar a atreverse a aceptarla del todo. Con su frase, admite su culpa (¡casi total!), sin tomar más penitencia que un cierto dolor que le acompañará mientras viva.

La frase condensa toda la problemática de la responsabilidad, en este caso del inconsciente y egoísta poderoso, pero también la de la sociedad que lo tolera y a menudo apoya. Me acompaña cada día, cuando leo las noticias o análisis socioeconómicos de nuestro tiempo. Imagino a nuestros queridos políticos de la transición envejecidos, empequeñecidos ante un país que se cae a pedazos y a duras penas mantiene un esqueleto de normalidad, diciendo (y, hasta cierto punto, creyéndose) esa frase ante su espejo, ante su cónyuge; nunca ante la prensa, ante la opinión pública. Por otro lado, no imagino a los poderes financieros entonando un “y o n o q u e r í a e s t o”, porque lo que querían —DINERO— se ha hecho realidad y, además, no tienen que rendir cuentas ante nadie, solo disfrutar de los beneficios que les ha traído la implantación del neoliberalismo. A los políticos en ese sentido aún los contemplo de manera diferente, con un resquicio de vergüenza que puede llegar a asomar en los momentos bajos de ánimo por la necesidad de rendir cuentas, necesidad no por incumplida menos real. Esto no quiere decir que vayan a cambiar sus políticas, pero mientras haya elecciones y protestas habrá restos de serrín moral en los políticos, y ahí está la esperanza. El “y o n o q u e r í a e s t o” puede incluso aplicarse a la vida de cada uno, a ese duro momento en el que cada cual se da cuenta de que su inacción o malas o cobardes decisiones le han llevado a un lugar lejos del soñado. Pero, lo dicho, mientras exista conciencia de esa responsabilidad, hay esperanza.

losultimosdiasdelahumanidad3La segunda frase es ya todo un imperativo categórico político-moral para mí. Aparece en La tercera noche de Walpurgis y es más simple y clara: “Todo, pero no Hitler”. En sus últimos años, Karl Kraus pareció abandonar todas sus convicciones previas para apoyar al Primo de Rivera austriaco, Engelbert Dollfuss. No lo hizo feliz, lo hizo porque le parecía la única alternativa viable ante la barbarie. Literalmente, el menor de los males. La socialdemocracia hundida, el socialismo y el comunismo sovietizados y, como gran fuerza, el nazismo. Solo la dictablanda de Dollfuss parecía tener alguna opción de contener al nazismo, mediante un nazismo de baja intensidad. Kraus lo toleró por entender que era la única posibilidad de escapar de Hitler, a quien identificó con lucidez como el mayor peligro para la humanidad, peor aún que el apocalipsis de la Gran Guerra. Los demás actores políticos ya no tenían fuerza para acceder al poder o, si lo hubieran conseguido, solo habrían logrado el desencadenamiento de guerras civiles. Dollfuss, sin garantizar nada porque todo era débil ante Hitler, prometía presentar algo de batalla para mantener una cierta estabilidad, un dique de contención del nazismo aun aplicando técnicas y prácticas del fascismo del sur. Kraus no era tonto, por eso apoyaba a Dollfuss tapándose la nariz, con asco y hasta vergüenza. Pero era la única vía realista que contemplaba para poder hacer realidad su máxima última: “Todo, pero no Hitler”.

Con el tiempo, esta cita también se ha convertido en un mantra que resuena en mi cabeza ante las dinámicas sociales, políticas y económicas, tan revueltas hoy. En el (a medio plazo) improbable caso de volver a darse un futuro en el que fuerzas políticas extremistas compitieran por el poder, no me cuesta imaginarme un escenario en el que depositara mi voto para el PP, si fuera el único partido remotamente democrático en pie y capaz de conseguir el poder y mantener el mínimo de estabilidad que impide la explosión de la guerra civil. Esperemos que nunca llegue ese día, pero tolerar a esa gentuza sería mejor que colaborar en provocar una Guerra. Karl Kraus sufrió mucho aunque, ante el avance de la barbarie, no tendría demasiadas dudas de estar haciendo lo correcto.

EL FUSTE TORCIDO DE LA HUMANIDAD (Libros que cambiaron el mundo, 1)

[De la serie Libros que cambiaron el mundo]

La única disciplina humanística o social de la que me considero 100% acólito es la Historia de las ideas. Creo que sus explicaciones son las más completas y profundas sobre la realidad experimentada, sin los reduccionismos de la psicología o la sociología, sin la excesiva distancia en la que a veces cae la disciplina reina, la filosofía. Los profesores de los que más he aprendido son seguidores de esta corriente, algunos incluso brillantes practicantes. Y creo que los libros de divulgación de Historia de las ideas podrían ser los más eficaces para explicar la cultura en los institutos, incluso los más interesantes y reveladores para los alumnos. Su problema es que no se pueden adscribir a una sola disciplina, picotean de todas, y por eso no tienen cabida en un sistema educativo tan compartimentado como el español. Yo mismo he llegado a ellos de forma a menudo oblicua, y eso que he estudiado la carrera de Humanidades. En todo caso, tendrían que ser las lecturas más habituales para cualquier adulto que quiera saber qué es una sociedad para sus habitantes y qué les lleva a pensarla (y actuarla) de una forma y no de otra. También como cura contra los reduccionismos con los que se explica todo hoy: reduccionismos psicologicistas, economicistas, sociologicistas, hasta filosoficistas. Y, además, porque la (buena) Historia de las ideas adopta y aporta una perspectiva humana, imperfecta pero esforzada, intelectual a la vez que empática.

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Uno de los grandes maestros de la Historia de las ideas fue Isaiah Berlin. No voy a entrar en sus propuestas propias, la más célebre la de la libertad positiva y negativa. Sin embargo, su análisis e interpretación de las ideas de la Modernidad es revelador. Tan revelador que puede afectar de manera decisiva a un espíritu sensible como el mío, que tiene el difícil papel de ser español y, a la vez, desea secretamente la moderación política.

El fuste torcido de la humanidad recoge varios ensayos de Berlin, todos geniales y de lectura obligatoria (pido perdón por enlazar a un texto de FAES, y encima de un franquista y exministro del PP, pero es que es un artículo bastante decente). Entre ellos, los que vienen a cuento aquí son los que dan vueltas sobre la idea de la utopía. El título del libro sigue una frase de Kant, según la cual no puede salir nada perfecto del material imperfecto que es la humanidad. Así que mejor no insistir. Berlin se dedica a hundir la aspiración utópica con implacable moderación, mostrándola como algo nefasto para la historia humana. Se puede tolerar en tanto ideal que es él mismo consciente de ser ideal, el también kantiano “como si”. Pero tomarse el utopismo en serio es un gran desastre humano, porque está destinado a no cumplirse y, mucho peor, por el camino se llevará a todo lo que no encaje en su visión y su objetivo.

En mi interpretación y mi recuerdo, Berlin se refería en el fondo a Hegel y a Marx, por su organización del mundo en perfectos absolutos. Absolutos solo interrumpidos por grandes choques históricos que, sabemos hoy, consisten en la muerte de cientos, miles o millones de individuos humanos. Además, los utopistas modernos no se contentan con la mera reflexión, sino que aspiran a hacer realidad su visión. Más que aspirar a ello, la aceptan como un destino ineludible, y por eso terminan justificando los asesinatos, las guerras y los genocidios. Yo detesté a Hegel cuando empecé a estudiarlo, me ponía físicamente enfermo su justificación la miseria y el poder; pero, con el tiempo, fui aceptando que culturalmente soy hegeliano, con mezcla nietzscheana, la misma receta en la cabeza de la mayoría de los occidentales modernos. En cuanto a Marx, es evidente que tenía razón en casi todo lo que escribió y es justo seguir explicando buena parte de nuestro mundo en términos marxistas, pero el pequeño porcentaje de (en mi opinión) errores en su propuesta es demasiado importante como para hacer la vista gorda.

Otro ensayo espectacular de este libro es el dedicado a Joseph de Maistre, último defensor, en términos de gran pensador, del Antiguo Régimen. En el contexto de El fuste torcido de la humanidad, la exhibición de Maistre funciona como prueba fehaciente de que, por mucho que estés convencido de que tienes la razón (la izquierda…), siempre habrá al menos una minoría que pensará lo contrario y no podrás lograr ¡de ninguna de las maneras! que cambie de idea. Por eso, cualquier acción social tiene que tener en cuenta que habrá un número importante de personas que no la va a aceptar, y hay que valorar su esperada reacción a la hora de planificar lo que se quiere hacer, para que los resultados no sean peores que el statu quo que se intenta mejorar. En España se ve bien claro, con una derecha perro de presa que preferiría destruir el país (ya lo ha hecho en más de una ocasión) antes que permitir un auténtico gobierno de izquierdas. Y esto tiene que tenerlo en cuenta la acción política de izquierdas, en el sentido de que no puede perder de vista que es posible que sea mejor hacer algunos cambios poco a poco, en lugar de cambiar algo de golpe, provocando una reacción traumática e irracional en una parte irreductible de la sociedad. Es decir, mejor la reforma hacia un objetivo final que la reforma cumpliendo un objetivo final para, en el camino, enfrentar de manera encarnizada a las distintas partes de una sociedad que, de otra manera, más o menos conviven en paz. Parece que me desvío, pero es que exactamente a hacer cada día este tipo de reflexiones me llevó el libro de Isaiah Berlin.

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Aunque nunca fui un utópico ingenuo, siempre sentí simpatía por los intentos totalizadores de explicar y mejorar el mundo, tal vez por mi amor por la ciencia-ficción. Sin embargo, Berlin me obligó a aceptar, como una Verdad Fundamental y sin dejarme la posibilidad de pensar otra cosa, que el ser humano es un ente aporético y, por extensión, sus sociedades también lo son y lo serán siempre. Pensar lo contrario es aplaudir a medio o largo plazo la imposición y la muerte. La humanidad es una acumulación de aporías y las sociedades un intento de mantenerlas bajo control, con un mínimo de armonía. Las aspiraciones utópicas activas o los desequilibrios y abusos terminan por desestabilizar los mínimos de armonía, y el resultado suele ser que la nueva situación termina siendo mucho peor que la previa. Por supuesto, el asunto es muy complejo y ni siquiera pretendo esbozarlo. Mi propia posición tiene bastantes matices. Pero mi intención con esta serie de textos es poner cara y ojos a una idea general que me ronda por la cabeza durante años, cada día, como consecuencia de haber leído un libro concreto. Un campo de cosmovisión y un horizonte general hacia el que se dirige o contempla. En este caso, el de evitar el caos total, el odio desatado y las masacres, la Guerra, entre las personas de una sociedad. Si esto es defender el pensamiento débil, apúntenme como un anémico crónico incurable.

La principal consecuencia que tuvo todo esto en mí es que me convirtió en un estoico. Desde entonces, cada día peleo conmigo mismo para compatibilizar ese estoicismo (a veces escepticismo, nunca nunca cinismo) con la lucha contra la injusticia, sobre todo a partir de algún principio ético básico, como el camusiano de la no-justificación de la muerte y el dolor por encima de todo, o el adorniano “que Auschwitz no se repita”. Siempre fui un heterodoxo pero, por culpa de Berlin, ya no puedo siquiera soñar con la posibilidad de unirme a un grupo establecido y que tenga las cosas lo suficientemente claras como para hacer algo (un partido político, un país), o adscribirme a una escuela de pensamiento, o a una corriente de gusto estético, etc. No digo que no tengan su función, pero no pueden contar conmigo más que para la discusión, nunca para la conclusión. De estas ideas de Berlin se deriva, así, una posición de cierto relativismo, pero ese es un problema al que nos enfrentamos todos y para el que aún no he encontrado un libro que me ayude.

(Más) reflexiones sobre la crítica de cine hoy

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La mayoría de textos críticos que se pueden leer en internet sobre la crítica son cansinos. Destinados al autoconsumo gremial (aunque sus consecuencias puedan —deban— salir de él), demasiado a menudo llenos de obviedades presentadas como grandes descubrimientos, de apertura de debates que aparecen como actuales y ardientes, cuando fueron abiertos (y más o menos cerrados) en los mismos términos por lo menos en el siglo XVIII. En este tipo de artículos, los críticos tienden a no ser concretos en sus experiencias y propuestas prácticas. Cegados por la importancia de internet, les cuesta centrarse en lo que urge, la actualización del ejercicio de la crítica en un nuevo contexto “moral”, no tecnológico. Un texto que me ha gustado mucho es “Perfiles críticos de la crítica acrítica”, de Horacio Muñoz Fernández para A Cuarta Parede, por su claridad, oportunidad y eficacia. Dice cosas concretas y hace las preguntas apropiadas.

Aunque hasta los más vagos de entre los interesados pueden hacer el esfuerzo de dedicar 10 minutos a leerlo, voy a resumir (y glosar, para justificar esta entrada). La parte central es la enumeración de lo que serían los tres tipos de críticos dominantes hoy: el filósofo, el historiador y el periodista. El crítico filósofo es el que se empeña en interpretar la película más allá de la misma película. La ve como una selva de signos y de símbolos que apuntan (a veces inconscientemente —sobre todo en el cine comercial—) a un segundo significado, la razón de ser de la obra. Al entender su contenido, se justificaría su existencia. La versión soft de este crítico sería el hermeneuta, que habita en el texto de la pantalla y trata de descifrarlo, busca El Tema para rellenar el segundo apartado de todo comentario de texto que consiste en decir cuál es el tema, un apartado que aquí absorbe todo el resto del comentario. La versión hard es el alegorista, para quien toda película no es más que una excusa para hablar de otra cosa diferente. No es ya que apunte a (que tenga) otros significados, como piensa el hermeneuta, sino que esos significados son el único motivo por el que ha sido creada. Por eso, una vez descubiertos, la película sobra y se puede tirar a la basura. Por su parte, el crítico historiador se empeña en releer la historia del cine, proponiendo la suya propia. Sobre el crítico periodista no creo que haya mucho que decir; se explica y se entiende por sí mismo (y a sí mismo).

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Yo, en mi evolución como alguien que escribe de cine, me reconozco en algún punto entre los dos primeros (me gustaría ser también del tercero porque, aunque poco, implica dinerillo). Mi primer blog nació con la clara voluntad de crítica histórica. Mi objetivo, mi misión, era recuperar o reivindicar películas olvidadas, desconocidas o menospreciadas, más cerca de Lo Extraño que de Lo Bello, segunda opción en la que por desgracia me encuentro cómodo ahora, en una actitud algo mesiánica, como dice el artículo de Horacio Muñoz. Sigo creyendo que es un objetivo no solo lícito sino necesario, porque gracias a internet tenemos acceso a miles de películas que ningún historiador pudo ver, por lo que deberíamos reorganizar la historia del cine, o al menos los cánones. Hoy día no hay excusa para hacer las mismas listas de siempre de “mejores películas de la historia”. ¿Cómo es posible no incluir al menos un 20% de películas personales, propias, no demasiado vistas y que sinceramente uno considera entre las más grandes? El problema de este modelo de crítica es que es un modelo de selección, no de crítica. Está muy bien nombrar y recuperar, es genial escoger hablar de obras de las que apenas se ha hablado, pero ¿qué decir? ¿Cuál es el contenido de la crítica?

Cansado de limitarme a ser un selector, cada vez escogía más por lo que tenía que decir sobre la película que por hablar de una película concreta. Así me fui convirtiendo en crítico filósofo, espoleado por mi vuelta a la universidad y la inoculación del virus académico. El crítico filósofo tiene una variación que, creo, respeta a la película. Es la que practico yo la mayoría de las veces. Consiste en utilizar la obra como excusa, como modelo, parte de ella para hablar de otra cosa diferente. De una cosa filosófica, más importante, ejem. Con esto, el crítico interpreta la obra pero sin ofenderla, porque reconoce tranquilamente que lo hace en beneficio de sus ideas propias y no de las de la película. El hermeneuta y el alegorista violan la obra, porque afirman que su interpretación es una lectura del mundo de la obra y no una lectura del mundo desde la obra, que es lo que hace el otro tipo de crítico filósofo que propongo y que reconoce no estar haciendo crítica de cine.

El problema de estas tres opciones es que, unos creyendo hacer crítica de cine y otro escribiendo algo diferente, no prestan atención a la estética. Esto, que el artículo lo dice muy claro y muy bien, lo aprendí de José Luis Molinuevo y, desde entonces, batallo conmigo mismo cada vez que escribo para conseguir hablar de la película como punto de partida y de llegada, haya lo que haya en medio. Realmente es un trabajo difícil, cuesta mucho centrarse en la obra, interpretarla y criticarla, dar vueltas a su alrededor y, al mismo tiempo, no caer en la deshumanización del arte por el arte, del cine como algo en una dimensión diferente del mundo que lo produce y recibe. Esto es lo que trata la parte de fondo del artículo de Horacio Muñoz: ¿cómo se puede escribir crítica hoy? Antes, el canon estético era algo ortodoxo que todos, crítico, lector y público, conocían. El trabajo del crítico común podía limitarse a hacer check en las casillas de corrección estética y corrección moral, y ya estaría haciendo un trabajo de crítico digno. Como dice el autor del artículo, eso es lo que siguen haciendo los críticos de la prensa no especializada (y parte de la especializada escrita), con su visión limitada a un tipo de cine, el que sigue las formas clásicas y narrativas estadounidenses. Por puesto al día que estén el envoltorio y el ritmo, si cumple con su lenguaje y entretiene y además tiene un guión sólido que habla bien de la vida y del hombre y del cine, es buena. Si no cumple con lo establecido: uf. El crítico como experto en control de calidad. En parte lo envidio, porque todo trabajo automatizado no demasiado exigente es la clave para conservar la salud mental.

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Pero los cánones han estallado, todo lo Hollywood se desvanece en el aire. Entonces, ¿qué puede hacer el crítico? Sin estándar, ¿cómo criticar? ¿Solo le queda confiar en su subjetividad, su intuición? ¿O tirar de alguno de los tres modelos de crítica vistos más arriba? Ahora estoy parafraseando el artículo, pero es que ese es exactamente el problema que se encuentra cualquiera que escriba crítica de cine hoy, cualquiera que lo haga con un mínimo de reflexión y autoconsciencia y sin el piloto automático puesto. Ya no es solo qué decir, para qué decirlo o cómo decirlo, sino ¿de verdad tengo algo que decir? Si uno es capaz de responder a esta pregunta vigilándose a sí mismo para no caer en el solipsismo, podrá escribir crítica.

Pero ¿cómo se puede ser honesto y tener algo que decir y, al mismo tiempo, no caer en el fanboyismo ni olvidar la primacía compartida (y unida en la película visible) de la estética, la historia, el espectador, el crítico y el mundo? Pues se puede hacer así, viviendo todo eso a la vez y sintetizándolo. Confrontar la película individualmente, ponerla en contexto (histórico, personal), conocer y explicitar la época de la que surge y la que la recibe en este momento, quizá no crear nuevos criterios críticos (ni siquiera temporales), examinar sus temas, sus tropos, sus trucos, sus logros y sus limitaciones. Y, mientras en una columna se va listando en rojo todo eso, en la de al lado, escrito en color azul o negro, está el mundo, como un pajar del que hay que sacar (previo entrenamiento) las agujas adecuadas para las hebras de cada obra. Sin perder de vista que se pretende confeccionar la prenda con el propósito de que la compre alguien que la necesite. El crítico tiene que poner los ojos bizcos, mirar las dos columnas a la vez y sintetizar lo que piensa y siente. Refiriendo ostensivamente la película, en todo momento o al menos en los momentos clave del texto que va a (que debe deber) generar.

Cultura y shock

El choque cultural no es choque, sino shock. Traducciones parapléjicas son incapaces de explicar realidades más intensas que el lenguaje que pretende dar cuenta de ellas, aunque en algunos idiomas, en algunos momentos, se aproxima.

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Un choque cultural es una experiencia cultural. Es una ruptura sorprendente de tu visión del mundo, un matiz del azul en el que nunca habías caído pero que siempre había estado ahí. O, más bien, por ahí. Lejos de tus matices de azul, lejos del “ahí” que puedes señalar con el dedo y junto al “por ahí” invisible que puedes citar poco rigurosamente al comunicar alguna idea. El salto del “ahí” al “por ahí” es el choque cultural. Una invasión en la zona de confort que cada cual tiene automatizada, una sacudida en el concepto de armonía que, necesariamente, cada cual tiene interiorizado para ir tirando en el día a día, crea en él racionalmente o no.

Un shock cultural no es cultural. Es una experiencia de lo sublime. Una exposición personal, directa e inesperada al abismo de la vida, que desborda no sólo la cultura propia sino cualquier intento de explicación universal. No es un matiz de azul nunca antes iluminado para tus ojos, sino un cuarto ángulo en un triángulo. Esa esquina no es como las otras. Aparece sin avisar y brilla, brilla mucho más que las demás, brilla tanto que ciega. El shock es un sol negro que pone su epicentro en tu retina sin avisar, es despertarse tras una cálida siesta de junio en tu habitación y no encontrar la ventana ni la cama, sólo encontrar un vacío en el que caes sin moverte del sitio, el sol negro te hace sangrar los ojos, te mira y dice TU NOMBRE desde un lejano horizonte pegado a tus pestañas. Es Lovecraft, es Hodgson y es el dios corpóreo nunca escrito del todo por Blackwood o Machen. El shock es vómito seco, no palabra. Toneladas de diarrea que resbalan por un precipicio cuyas paredes están recubiertas por matas secas desde hace trece sequías. Es tus ojos como burbujas a unos milímetros de mercurio de explotar dentro de tus cuencas. Es esa misma explosión ocular desmetaforizada y explicable con palabras, al mismo tiempo que la experiencia de la explosión es inefable. Es la raspa de un pescado deslizándose por la garganta después de haber comido su carne.

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El choque cultural viene durante unos días de frío intenso en Foshan. La calefacción doméstica en el sur de China está incluso más ausente que en mi sur natal. Ni en chino entienden lo que es una estufa, mientras yo tengo tantas palabras para referirme a ella como los esquimales para decir “blanco”. En mi sur natal, quién lo iba a decir, estufa o no, tendemos a la armonía: cerramos las ventanas de casa cuando el aire frío empieza a incrustarse por debajo de la ropa. Pero en mi sur adoptivo, mis padres adoptivos siguen la tradición china de tener siempre las ventanas abiertas, aunque por ellas entren cubos de hielo voladores del tamaño de perros de Tíndalos. No hay que cerrarlas porque su concepto de armonía dice que, obviamente, el aire debe circular siempre por la casa familiar, para no estancarse, un suceso que causaría problemas de salud y hasta de otros tipos más espirituales. Esta costumbre choca con mi sistema nervioso endoculturado a orillas del Mediterráneo oriental, cuyo sentido de la armonía dice que las corrientes de aire en casa son sanas siempre y cuando no provoquen pulmonías y la pérdida de varios dedos por congelación. Es decir, mi sistema nervioso acepta pasivamente la existencia de la inconmensurabilidad en el mundo, mientras no tenga que exponerse a ella. Mi sistema nervioso, mi cuerpo español, es cultura y sufre culturalmente. Cierto que tras esos días de temblor constante y capas y capas de edredones y viajes al trastero para buscar viejos anoraks con cremalleras rotas, tras esos días de frío absurdamente húmedo, mi cuerpo se quedó como nuevo. Pero ¿mereció la pena el choque cultural? Claro que no. Los cadáveres de virus que son arrastrados por los canales de mis venas desde entonces no compensan las pesadillas que sufro cada vez que noto una corriente de aire en un día de menos de 15 grados.

El shock sucede en el mercado de mi barrio (mi barrio… todavía no sé si es Jiangnanxi o Shayuan, aunque sin duda es Haizhu y Guangzhou). Después de comprar vegetales, me adentré en los pasillos de la carne. El nombre es barkeriano porque la estancia lo es. Como mediterráneo nativo, estoy acostumbrado a los conejos muertos, las orejas de cerdo o los pescados vendidos con cabeza. Como mediterráneo cultural, me río de los protestantes sonrosados que arrugan la nariz con asco en el mercado de Alicante al ver casquería o peces enteros, bañados en hielo y restos de su sangre. Como mediterráneo exiliado, los pasillos de la carne son más negros y rojos de lo que puedo soportar. Por eso, allí tuve mi primer y único shock real desde que vivo fuera, mi salto al abismo del que conseguí salir cuerdo gracias únicamente a la profecía de que sería escrito. Fue comprando pescado, que se exhibe en pandillitas moribundas que abarrotan cajas con dos palmos de agua (como en el vídeo que grabé hace ya casi 3 años en Foshan). Y no lo pude soportar. El dedo de Peiying señaló un pez, que la pescadera cogió con la misma seguridad con la que una máquina de helados escupe crema. Lo puso sobre una mesa y, en un par de movimientos, le extirpó lo que sea que solemos considerar como vida. En ese momento, otros peces que se quedaron en la caja se agitaban, salpicando de agua a metro y medio del puesto. La gente que pasaba se apartaba. El fuerte vínculo de una transacción en curso me impedía apartarme. Mis gafas se llenaron de gotitas, directas de la cola de los hermanos y primos del pez que acababan de matar para mí. Y ahí llegó el shock. Boca entreabierta, cara pálida, pupilas más dilatadas de lo normal en un espacio con iluminación irregular, en mi cabeza imágenes de millones de langostas cocidas vivas emitiendo pitidos que algunos consideran que son gritos de dolor. Una experiencia del otro lado. Las autopistas de los animales muertos se superpusieron a los pasillos de la carne, pude ver los gusanos rosas interdimensionales de Re-sonator. Me eché atrás dos pasos para que los peces no pudieran alcanzarme con sus embestidas al agua. Me giré y vi dos cabezas de cabrito despojadas de la piel de nariz para abajo, el hocico en carne viva. Un estruendoso silencio llenó mi conciencia, no como apología potencial del vegetarianismo (¡demasiado cultural!) sino como impacto del mundo exterior sobre el mundo interior. Noté que mi mundo interior no era carne o mente: era carne, mente y mundo. Mundo: otros. Otros: peces vivos odiándome, cabras parcialmente despellejadas, vendedora cuyo límite de comprensión es la normalidad, novia con yuanes en la mano, chinos alejándose de proyectiles de agua voladora. El Otro: el pez asesinado, ya dentro de la bolsa del Carrefour que metí en el bolsillo antes de salir de casa, bolsa que todavía tenía el olor de los pescaditos congelados que compré allí, de oferta, dos días antes, pescaditos con ojos negros que se volvieron blancos después de pasar por el calor de la sartén. Salí de los pasillos de la carne, que no dejan de ser una extensión techada de las calles de los vegetales. Mis gafas todavía con tres o cuatro gotas, me imaginaba que era la sangre que ven los soldados con gafas en las películas de Vietnam del último cuarto del siglo veinte y principios del siglo veintiuno, yo con la misma catatonia que ellos tras ser salpicados por el reventón de su compañero de comando que ha recibido un granadazo. En la bolsa, el pez. Cada 40 segundos más o menos, los restos del pez muerto, el pez muerto, aún con cabeza, sufría violentas convulsiones que agitaban la bolsa y movían mi mano unos milímetros. Una sensación parecida a la de estar jugando al futbolín y el de delante mueve tu barra sin querer. Muchos miraban mi bolsa cuando le daba el baile de San Vito, y yo les miraba a ellos pero no les veía porque tenía las gotas en las gafas que me mantenían atrapado en el shock. El pez no podía ser pescado. Pero lo fue y me lo comí. Porque el shock no es cultural y sus consecuencias van más allá de las acciones culturales. Pasó en un mercado en China, pero podría haber pasado en la tienda de alimentación a dos esquinas de mi casa en Alicante, regentada por parte de la familia de mi amigo Adrián. Podría haber sido una reacción a los colores de los envoltorios de la bollería industrial o de las latas de refresco, pero no fue. Sucedió en mi barrio en China, Jiangnanxi o Shayuan, todavía no sé cómo llamarlo, aunque es seguro Haizhu y Guangzhou.

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El shock destruye la posibilidad de que la ontología de las cosas cambie, porque evidencia que todo es uno, sustancia spinoziana elevada al infierno de lo sublime, lo bello y lo siniestro. El shock mina la cultura, da la vuelta a todas las pieles y desnuda el ser. El choque se piensa, se siente. El shock aparece.