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Cazador negro, cerebro blanco

Una imagen que me gusta mucho del fútbol de selecciones es la de los entrenadores blancos dirigiendo equipos negros o amarillos. Me gusta porque alaba al colonialista (sin “neo-“) que llevo dentro. Que está dentro de todos los europeos, como una tenia en el intestino de una modelo: está conceptualizado como una enfermedad, pero trae la felicidad porque te hace verte más delgada y guapa. Que Camacho entrenara a China o que canosos europeos (Europeos; merecen tanta mayúscula como el continente, porque su estirpe es de nombre propio) pongan a correr a, como dicen los periódicos, “titanes de ébano”, me parece un reconocimiento público de nuestra superioridad. Sí, somos genéticamente mejores. Sí, tenemos “un mystique determinado”. Nuestro je ne sais quoi es una cosa muy concreta para esas culturas tan pragmáticas: es el éxito. Nos necesitan y lo saben. Y saben que lo sabemos y que les haremos el favor. Les dimos el progreso y ahora quieren que les demos el triunfo. Y seremos magnánimos, en agradecimiento a su reconocimiento explícito y valiente, ¡en pleno siglo XXI!, de que somos mejores y tenemos un cerebro como una sandía de grande. Los suyos, lichis. Nuececillas. Les aportamos una reina con premio Nobel que instaura un régimen de mente colmena.

Camacho (China)

Lo tenemos en la sangre. Sin nosotros, los equipos africanos son meras aglomeraciones de atletas indisciplinados e instintivos, prodigio físico sin un triste seso. Cuando faltamos, los equipos asiáticos revelan toda su fragilidad y torpeza. Lo tienen en la sangre. ¡Estructura! ¡Inteligencia! ¡Resistencia! ¡Fuerza orientada a objetivos! ¡Poder! ¡Poder! Todo eso les regalamos.

Esto no pasa solo en ese mundo raro (y más políticamente incorrecto de lo que parece) de los campeonatos de selecciones. Aquí, en China, un entrenador italiano ha llevado al éxito a un equipo demencial como es el Guangzhou Evergrande. Mérito que todos reconocen está en la europeización de su preparación, mentalidad y juego. Los burócratas de oficinilla también se dan cuenta de esta verdad (que algunos llamarían racista, pero ¿puede una verdad ser recibida con un juicio moral tan fuerte?), y buscan europeos que superioricen a su fútbol a todos los niveles. Hace poco conocí a un militar jubilado extremeño que pasa buena parte del año en Guangzhou, dando clases de español a unos equipos de adolescentes que quieren ir a España a petarlo. Cuando no está compartiendo su sabiduría natural con respetuosos discípulos de cabeza baja, hace paellas y enseña esperanto a otros chinos. ¡Habilidades culinarias! ¡Sentido de la existencia! ¡Poliglotismo! Si es que como para no querernos. Como para no necesitarnos.

Finke (Camerún)

Luego la mayoría no ganan, es verdad, pero es su culpa. De donde no hay no se puede sacar. Ni siquiera nosotros podemos. Míralos, a los negritos y los moritos (que no son negros, pero que no se les suba a la cabeza), que siguen haciendo guerras y matándose entre ellos aun después de que les hayamos descubierto los secretos de la modernidad.

[Post scriptum: He oído que una nueva forma de dopaje, que hará furor (y provocará furor en los organismos de los futbolistas), es hacer transfusiones de sangre de los entrenadores europeos a sus jugadores negros y amarillos. Y también he oído que Estados Unidos está en contra.]

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La idea de Europa y la posibilidad de su salvación

Europa pinta ya poco en el mundo. Aún no es un cero a la izquierda, pero su decadencia es cada día más evidente, su realidad como súbdita provincia imperial muestra la patita por la puerta de nuestros propios hogares. Después de siglos de ser el ombligo del mundo, nos sentimos desorientados al ver que se nos mira con condescendencia o, como mucho, con el respeto con el que se mira a los abuelos que fueron mucho. ¿Podemos los europeos todavía hacer algo por la humanidad desde aquí, o sólo nos queda el exilio para intentarlo?

George Steiner, en una clarividente conferencia recogida en el librito La idea de Europa, al que todo el que esté leyendo esto debería de acercarse -se lee en una hora-, recorre lo que para él define, ha definido y ¿definirá? a nuestra civilización. Condensa cinco características distintivas:

1) Europa es tierra de cafés, lugares para el encuentro social y la confrontación racional y/o apasionada, dialéctica muy fructífera. Centros de resistencia intelectual y aun política, además de inspiradores de la creación artística. Algo muy diferente a la «ontología del pub anglosajón», pragmático en su esencia y en los resultados que de él salen.

2) «Europa es y ha sido paseada». Es una geografía, en última instancia, a escala humana. Y ese paisaje humanizable ha sido humanizado. Ninguna barrera física ha sido infranqueable, a diferencia de lo que ocurre en resto del planeta.

3) La presencia de la historia es constante: calles y plazas ocultan nombres de los individuos que destacaron en nuestra civilización. Las vías no son nombradas con números (como en América) o con palabras genéricas (como en Asia), sino en honor de aquellos que antes las pasearon, habitaron y explotaron al máximo. Individuos, como nosotros. Cuando uno es consciente de esto, también lo es de que cada rincón de Europa tiene al menos una historia. Se siente el peso de la responsabilidad con una larga tradición cultural, que puede ser muy inspirador conjugado en presente.

4) Según Steiner, la civilización europea es una mezcla (que no una imposible síntesis) entre Grecia y el judaísmo; todo lo demás son sólo pies de página. Heredamos irremediable el lenguaje helénico, y con él su comprensión del mundo; y la moral hebrea, apenas tamizada por el cristianismo.

5) La sensación de que Europa es un ente que va hacia un final, que llegará antes o después, de una manera o de otra. Y reflexiona sobre ello. Y lo representa a través del arte. Las dos guerras mundiales «llevaron este presentimiento al paroxismo», alcanzando cotas de inhumanidad nunca antes vistas en el mundo, precisamente en el centro de la humanidad. El ciclo del fin de Europa comenzó en Sarajevo en 1914, y se cerró en Sarajevo en 1995. Europa es desde entonces una moribunda, con pronósticos sobre su salud cada vez pesimistas.

¿Hay cura? Lo propio de Europa es el amor total por la idea en sí misma, el descubrimiento de que allí es donde se encuentra la humanidad. Los conocimientos y logros de otras culturas carecen, para Steiner, «del pensamiento especulativo desinteresado a la luz de unas posibilidades infinitas». La crítica de la razón es permisible y hasta necesaria, pero incluso los más destacados irracionalistas terminan haciéndola desde la misma razón. Steiner admite que es posible y hasta probable que estemos ante los últimos estertores de la idea de Europa, que sucumbe ante la norteamericanización. Para soportar culturalmente la monotonía imperial, propone recuperar la diversidad cultural de cada pequeña parte de Europa, en parte como metáfora de la idea regulativa de la civilización europea que es «la sacralidad del detalle mínimo». O lo que es lo mismo: luchar por el matiz puede cambiar el curso de la historia.

«En un mundo asolado ahora por un fundamentalismo criminal, ya sea el del sur o el medio oeste americano, ya el del islam, Europa occidental tiene tal vez el imperioso privilegio de elaborar y llevar a efecto un humanismo secular», pero para ello debe «purgarse de su propia herencia oscura haciendo frente a esa herencia con perseverancia». En otras palabras: la memoria de las víctimas (¡siempre Walter Benjamin!) es la mejor opción para que Europa, y a partir de ella tal vez el mundo, consiga acercarse a la dignidad que en potencia hay en ser humano. Y sólo puede desarrollarse en el mismo seno de Europa, evitando la «fuga de cerebros» hacia la metrópoli imperial o los futuribles “países emergentes”. Europa debe valorar su pasado, calibrar su peso y posibilidades en el presente, y proyectarlo como fuerza motora hacia el futuro. La visión de Steiner peca de eurocéntrica y, paradójicamente, de popular y de elitista, pero es increíblemente consoladora y motivadora para los que, como yo, nos sentimos perdidos en nuestra propia civilización y ansiamos una mínima solidez identitaria y humanista.

WELCOME TO SARAJEVO: Chetniks

Los chetniks fueron una milicia serbia nacionalista, conocida por su lucha independiente en la Segunda Guerra Mundial, arrimándose al árbol que más calentaba en cada momento. En el exilio de la posguerra, tras su prohibición y anatemización, radicalizaron su ideología, convirtiéndola en abiertamente excluyente y belicosa contra todos los no serbios. Varias décadas después, Milošević rehabilitó estas tropas dentro de Yugoslavia, criticando las presuntas mentiras que la historia oficial había estado vertiendo sobre ellos. La memoria es falsificada y usada como arma interesada. En la guerra de los Balcanes de los 90, la palabra chetnik, de tan ominosa resonancia lingüística, se utilizaba para designar a todas las tropas serbias. Quizá la resistencia se apropió de ella para unificar el mal, tal vez querían tener sus propios nazis a los que poder odiar y contra los que poder luchar. La objetificación del enemigo se puede poetizar al tener una identidad léxica característica, lo que también dispersa su realidad en una masa inhumana e inaprensible más allá del puro lenguaje literario: este consigue captar el misterio de la existencia del mal, pero también dificulta su realidad, ya que no se puede coexistir en el mismo mundo que un mito. Uno puede matar a un serbio o ser matado por él, pero cuando se enfrenta a un chetnik sólo puede salir perdiendo.

En Welcome to Sarajevo (Michael Winterbottom, 1997), película que hoy tendría que ser de obligatorio visionado en los institutos, se recrea una de sus tropelías, que no tiene explicación para quienes no son ellos mismos. Varios periodistas occidentales logran organizar un autobús para sacar a niños del país, con el permiso de los serbios. Pero se topan con una banda de chetniks, ya más allá de la administración y de la razón.