Artefactos oratorios (I): Los blogs

Le robo a Jonathan Swift la preciosa metáfora (o no) de «artefactos oratorios» para hacer algo que toca hacer cada cierto tiempo: reflexionar sobre el sentido de los blogs. Como brevemente apuntaba el amigo Paolo2000 hace poco, «corren malos tiempos para la blogosfera». Apunta que Facebook, Twitter, el entretenidísimo Tumblr (recuerdo que tengo uno, ahora bastante activo) y sus primos han sustituido las funciones sociales de los blogs. Porque, sí, las tuvieron: se formaban círculos de gente con bitácoras afines, que se seguían y comentaban mutuamente, a menudo con franco y hasta fructífero interés. Aunque esto llevó a la formación de camarillas, en horas bajas daba un cierto impulso a la obligación de escribir. Esto prácticamente ha desaparecido, los círculos hoy son por lo general los que ya estaban formados, debilitando sus lazos si no hay contacto fuera del espacio común de los blogs. Otra función social que cumplían era, curiosamente, la de ser leídos por alguien. Algo que se hacía mucho menos de lo que parecía, pero que ahora está en mínimos. Incluso si las visitas en apariencia se mantienen, pocos se leen ya los textos, acuciados por el ritmo impuesto por las redes sociales. Si lo hacen, es a saltos, sin profundidad; incluido yo, claro (es buen momento para confesar que, a pesar de que he intentado organizar el Reader o los enlaces infinidad de veces, buscando facilitarme la visita frecuente a los blogs más interesantes, nunca he conseguido seguir ninguno con regularidad, sino por aleatoriedad Google mediante; y los que sí visito lo hago por criterio de cercanía, que al final es el que los hace interesantes; ¡para aprender de verdad, a las bibliotecas!). Quien esté tan apresado en esa dinámica de ciberritmo que ni siquiera pueda alejarse un poquito para reflexionar sobre ella, está obligado a leer el imprescindible Superficiales, de Nicholas Carr.

Dicho todo esto, ¿qué sentido tiene mantener un blog hoy? Pues los dos de siempre. El primero es: para uno mismo. Tener un artefacto oratorio para comunicarse, un espacio libre, es un placer del que no es inteligente prescindir si uno tiene inquietudes comunicativas textuales. Mis ya muchos años participando en internet (unidos a mis nunca suficientes lecturas, claro), primero en foros, después en fotologs y luego en mis blogs, me han dado una solidez expresiva tremenda, una gran capacidad argumentativa. No estoy narcisándome, no digo que sea un gran escritor, que no se me malinterprete, sino simplemente que la experiencia me ha dado cierta facilidad para decir lo que quiero y como quiero. Sin todo ese bagaje de trabajo (porque es trabajo) detrás, me costaría mucho más escribir cuando he de hacerlo por obligación. Debajo de este primer motivo se esconde el segundo, en forma de pulsión que es la que termina por dar la patada final en el culo para sentarse delante del ordenador y ponerse a aporrear teclas: el pensar que quizá haya alguien a quien le interese lo que tienes que decir. Aunque sólo una o dos personas lean de verdad lo que has escrito, mientras pueda haber alguien a quien aproveche la recomendación de cierta película o libro, alguien a quien tu reflexión le abra alguna nueva perspectiva (por empatía o por oposición)… hasta que deje de existir la posibilidad de que algo de eso ocurra, la tentación de escribir textos de vocación abierta y pública siempre superará a la de engendrar breves reflexiones y articulitos y comentarios y hasta creatividades que nunca vean la luz y se queden criando polvo en una carpeta en algún rincón del disco duro. Estos vienen a ser mis motivos (y realidades) para no cerrar el blog. Aunque corran malos tiempos, sé que todavía hay alguna(s) persona(s) a la(s) que le(s) puede interesar alguna vez; y sé que siempre tendré, con regularidad obtusa, la necesidad imperiosa de tener algo que decir en algún momento. Y ese algo tendrá la necesidad imperiosa de ser escrito en más de tres líneas: hete aquí la diferencia con las redes sociales que sigue haciendo imprescindible a los blogs.

Quizá la época en la que los blogs se actualizaban a veces casi por obligación ha terminado. Ya no hay seguidores a los que contentar, sino sólo lectores ocasionales, casuales o tan cercanos que no se siente la responsabilidad de mantenerlos entretenidos; hay confianza. Como, de nuevo, dice Paolo: «Ahora sólo quedan los textos y lo que uno tenga que decir y eso ya es algo más jodido». O más liberador.

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Escribo acaso para los que no me leen

«Escribo acaso para los que no me leen», admitía Vicente Aleixandre en “Para quién escribo”, parte de ese maravilloso libro de poesía humanista que es En un vasto dominio (1962). Y es que ese es el drama del escritor comprometido con lo humano, el único digno de ser llamado escritor. Ansía un mundo mejor, o al menos una mejor conciencia del mundo. Lucha en su interior por comprender la vida y el ser humano, quiere, necesita contar las preguntas encontradas y los pocos resultados conseguidos. Es su obligación compartirlo porque estamos todos juntos en esto, como parte y como todo. Sabe que es crucial que cada individuo entienda o al menos se esfuerce por entender, no le importa realizar el trabajo sucio, sólo pide a cambio que se le escuche. ¿Cómo conseguirlo? ¡¿Cómo conseguirlo?! Es por el bien de los demás, de cada uno, por el bien mutuo de todos, ahora y en el futuro, desde el presente y viendo el pasado. Pero precisamente los que sin saberlo necesitan ayuda, de los que bien sabe el escritor que la necesitamos, no le escuchan. No le leen. Hablan la misma lengua, pero por canales tan diferentes que podrían ser dos idiomas de antípodas opuestas. Circulan en paralelo. El escritor recorre las carreteras comarcales o, si encuentra el desvío, el carril de servicio junto a las vías principales; el que debería leerle ocupa el ancho de la autovía y sólo piensa en llegar cuanto antes; el que no quiere leerle, ni que le lean, detesta la mera idea de tener que salir de los privilegios de la autopista pagada.

Retrato de blog con joven al fondo

Tal joven lleva tal blog. Un día, presa de un ataque de humildad severa, descubre, aunque siempre lo sospechó, que es un auténtico ignorante y que no tiene ni puta idea. ¿Para qué escribir, entonces?, puede que se esté preguntando. Se retrotrae a sus inicios, no del todo lejanos (por lo que es menos doloroso volver a ellos), para recordar por qué empezó. Lo hizo porque pensaba que tenía algo que decir, que aportar. Algo nuevo, distinto, original, incluso interesante, si se ponía utópico. Algo que nadie más, sólo él, podía decir. Es que si no, ¿para qué?, pues si el mensaje no fuera único siempre habría otros quiénes que dirían ese qué con un mismo o similar cómo. El suyo era otro punto de vista, formado por infinidad de puntos de vista pero, precisamente por eso, por la magia combinatoria de la cultura, un poco diferente. Aunque, claro [en este momento el joven vuelve al presente], no deja de ser un simple estudiante. No es, al menos todavía, un Nobel ni un catedrático de extrarradio parisino. Se da cuenta de que, si bien el aprendizaje es constante a lo largo de una vida, sí que se puede alcanzar un punto en el que se esté familiarizado con lo fundamental, las bases de la cultura. Tener unos mínimos competentes en “los grandes temas”. Algo para lo que todavía le falta pero que aspira a conseguir en unos cuantos años. Le hacen pensar, por ejemplo, las experiencias que Emilio Lledó cuenta en la tele pública, sabio que considera que, a grandes rasgos, hubo un momento en el que se completó como persona y a partir de entonces todo ha sido perfeccionamiento y matización. El joven del blog ve con claridad que, como estudiante, y sobre todo como joven, sus creencias y opiniones se ven azotadas por fuertes y desequilibrantes tempestades cada poco tiempo, al conocer constantemente más textos básicos, más ideas clave para entender el mundo, la humanidad. No pretende hincharse a leer hasta cruzar una línea que le convierta en un ser estático y absoluto, sino conseguir manejar unos mínimos que le permitan otros mínimos de estabilidad, coherencia y seguridad. En la práctica, atormentado por el pensamiento de que todo lo que escribe es de la misma categoría que «todo lo sólido [que] se desvanece en el aire» con rapidez, toma la fulminante decisión de retirarse oficialmente de la escritura personal, activa e independiente por un tiempo indefinido. Toma de perspectiva, reflexión profunda sobre las verdaderas capacidades propias y sus límites y posibilidades, recalibración o creación de objetivos. Sobre todo, prórroga hasta que considere estar diplomado en Mínimos Culturales. Entonces, con mayor claridad, nunca claridad total, escribir con motivos y motivado. Si se muere antes, piensa [pues siempre pensó que moriría antes de los 30], ya ha dejado en todo caso un cierto legado.

Pero no puede dejar de sentarse y escribir, de intentar hacer pensar y transmitir ideas y conocimientos que considera interesantes, si no importantes o incluso fundamentales al más alto nivel. Por eso, como última decisión, reconstruye su blog como espacio de citas de otros autores, de personas mucho más completas como tales, mucho más sabias. Que tienen realmente algo que decir y tienen claro cómo hacerlo. El joven teme que se le identifique con los textos seleccionados; pero ya lo temía cuando se dedicaba a los textos propios. Y, aunque puede ser así, colocando en su boca palabras mejor y más sólidamente dichas, puede también no serlo. Siempre ha considerado que la máxima incitación a pensar viene más a menudo de aquello con lo que no se está de acuerdo, de ponerse en el lugar del otro. En todo caso, la misma selección de textos, como conjunto, puede resultar un collage no demasiado alejado de su propia y contradictoria visión del mundo, un collage único y personal; esto le vale como alivio, su identidad cultural y creativa todavía tiene un resquicio para expresarse. No deja de ser un proceso activo e individual el elegir lo que han dicho otros, y puede servir como sucedáneo hasta que considere que él mismo tiene suficiente entidad como para que su propia opinión tenga algún valor relevante y serio. En fin, se dice, que sea lo que tenga que ser. Se reserva para sí mismo el derecho a glosa en el campo de texto y, por supuesto, reserva para cualquier sabio o no sabio el derecho a debate en el submundo de los comentarios. Porque el verdadero aprendizaje, la auténtica reflexión e integración de los conocimientos, viene cuando se habla de tú a tú, ya sea sólo en el interior de la cabeza mientras se lee o respondiendo por escrito, a los autores. Sean otros o uno mismo.

Como siempre en El Ansia, hablamos de un caso hipotético y buena parte del parecido con la realidad es pura proyección.

Escritores históricos y escritores filosóficos

Es preciso saber que nunca me satisfizo dar consistencia a una figura de hombre o de mujer, por más que fuera particular o característica, por el simple gusto de trazar su representación; ni narrar un hecho concreto, triste o alegre, por el simple gusto de narrarlo; ni describir un paisaje por el simple gusto de describirlo.

Hay ciertos escritores (y no son pocos) que sí sienten esa atracción y, complacidos, nada más buscan. Son escritores de naturaleza fundamentalmente histórica.

Pero otros hay que, al margen de esa atracción, sienten una necesidad espiritual más profunda, en virtud de la cual no admiten figuras, hechos o paisajes que no estén, por decirlo así, embebidos de un particular sentido de la vida mediante el cual adquieran un valor universal. Son escritores de naturaleza fundamentalmente filosófica.

Yo tengo la desgracia de encontrarme entre estos últimos.

Odio el arte simbólico en el que la representación pierde todo movimiento espontáneo para hacerse máquina, alegoría; esfuerzo erróneo y vano, pues el solo hecho de dar sentido alegórico a la representación de algo claramente manifiesta que se piensa lo representado como perteneciente al mundo de la fábula, que no contiene en sí mismo verdad alguna ni fantástica ni factual, y que existe simplemente para demostración de esta o aquella verdad moral. La necesidad espiritual a que me refiero no se puede saciar con tal simbolismo alegórico, salvo rara vez (como por ejemplo en Ariosto) gracias a una sublime ironía. La operación alegórica parte de un concepto; más aún, es un concepto que se convierte, o lo intenta, en imagen. La necesidad a la que me refiero, sin embargo, busca en la imagen, que ha de permanecer viva y en sí misma libre en toda su expresión, un sentido que le dé valor.

[Del «Prefacio» de Seis personajes en busca de autor, Luigi Pirandello]

Discurso del método bloguero

El formato del blog es volátil y mutante, si se escoge la definición que así explica este formato. Reflexionar sobre el mismo, sobre lo que se pretende haciéndolo, proclamar despedidas oficiales de las que luego hay que retractarse siguiendo el modelo urdaciano CE-CE-O-O, escribir en voz alta por qué se escribe o se deja de escribir. Pérdidas de tiempo, porque si alguna ventaja tiene escribir en un blog es la variabilidad, la inmediatez, y nada de eso es bien recibido por el metapensamiento, que es el pensamiento más rígido de todos. Pero se hace igualmente, por esa misma espontaneidad acrítica, propia de este medio según la definición ya escogida del mismo, que ignora todo intento de establecer y respetar un criterio desde el que se escribe sobre lo que se escribe.

El bloguero duda y lo comparte. Por ejemplo, ¿línea editorial o sano caos? Lo primero permite explayarse dentro de unos límites (no necesariamente auto)impuestos, sin tener que plantearse cada vez si merece la pena hablar de tal tema o probar tal forma de expresión, saltándose la necesidad de generar finalidades particulares para cada entrada concreta porque hay una finalidad suprema rectora. De la rigidez y la especialización salen grandes cosas, pero son demasiadas las que se quedan fuera. Por eso, en mi caso, integré aquí mi blog de cine; si sólo vas a expresarte por un medio, lo que es recomendable para evitar la situación “imperio descentralizado que acaba colapsándose víctima de su propia dispersión”, que sea lo más amplio posible, para igualarte con el mundo del que tienes que hablar. La segunda opción, la del sano caos, es muy estimulante porque permite experimentar, retroceder, seguir instintos y saltar de punto a coma. Problemas de tener la digresión como principio: la respuesta al clásico ¿por qué escribir? es mucho más esquiva y difusa.

¿Y un escenario intermedio? Poner reglas que configuren un método que permita escribir siguiendo unos parámetros inamovibles, dentro de los cuales puede reinar el fuego, el agua, el sexo, la intuición, la gratuidad, la pretensión o lo que surja. Un ejemplo hipotético. Digamos que existe un blog llamado El Ansia, coincidente en título con este o siendo incluso este mismo. El tipo que lo escribe se pregunta cómo sacar fuerzas para escapar de los ocios despistantes o de actividades enriquecedoras y ponerse a escribir. Porque si se escribe, se escribe de verdad, y eso pide esfuerzo intelectual y arrebato físico. Hacer por hacer, nunca. Da vueltas por los momentos metarreflexivos de otros blogs que considera cercanos, pasea por su cabeza buscando el argumento que forme la patada que le obligue a escribir. Concluye, que de eso va este ejemplo, que establecer un método puede ser un empuje eficaz. Primera norma: reservar un espacio, no un hueco, cada día (real o percibido), para sentarse ante la pantalla en blanco. Segunda norma: no superar el párrafo de distancia, o los dos o tres párrafos breves si se necesita un sentido compositivo y aun musical. Corolario/alternativa: no superar la media hora de escritura. Tercera norma/conclusión/multa: utilizar ese método como excusa para crear una regularidad obligada de cerrar unos momentos todo lo demás para centrarse en la entrada potencial, manteniendo como Cuarta/última norma: una vez empezado el proceso, el método puede ser respetado, ignorado o utilizado como arma arrojadiza contra sí mismo.