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CHINA’S STOLEN CHILDREN: Papá y Mamá de Guangdong me pegaban cada día

Miles y miles de niños son robados cada año en China y vendidos a familias que quieren uno para continuar la saga o porque no pueden tener o simplemente, supongo, por vagos. Si no son vendidos son tomados como propios por los propios secuestradores, que los ponen en la calle a pedir para sacarse unos durillos extra. Cuando los roban no pita la alarma al salir y, si el dueño se queja, el segurata del cuarto oscuro dice cosas así:

“Me dijeron que los traficantes no se iban a comer a mi hijo porque no podrían digerirlo. Me prometieron que lo buscarían ‘mañana’, y al día siguiente repitieron ‘mañana’, y así una y otra vez. Así que decidí hacerlo yo mismo”, cuenta su padre, Sun Haiyang, de 39 años, por teléfono.

La mayoría de los niños secuestrados se apellidan Zhang, Chen, Dong, Yang, Zhou o Wu, porque la mayoría de niños chinos se apellidan así, más o menos. Ninguno se llama Yeremi Vargas o Madeleine. [Licencia poética más descarada:] Pocos niños secuestrados se apellidan Wang (王), porque significa “Rey” y tengo la teoría de que muchos de los portadores de ese apellido tienen algún mililitro de sangre real. Hay hidalgos Wang venidos a menos, son muchos siglos de carga heráldica y no todos lo pueden llevar con noble entereza, tierras y bolsillo lleno. Supongo que esos Wang que ya no son Wang son los Wang a quienes les secuestran los hijos.

Que un niño secuestrado y recuperado (escasa excepción), con una mirada ya de bebé adulto, nos cuente su experiencia con el intermediario comercial y su familia adoptiva:

[Vídeo recortado de China’s Stolen Children, docu de 2007 al estilo de aquel docu sobre orfanatos chinos que tanta conciencia removió en tiempos post-Lobatón] [Sobre los robos paralelos de miles de mujeres ya hablamos otro día]

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Pobreza extrema

Manipulando a Dámaso: España es un país de más de tres millones de cadáveres (según las últimas estadísticas). Dicen las rotativas que en España hay hoy tres millones de personas en situación de pobreza extrema. No dicen cuántos millones hay en otras partes del mundo. Dicen que la pobreza extrema es la de aquellos que viven con menos de 3.650€ al año. Algo que, si uno echa cuentas, sólo da para un pisito humilde en el barrio de gitanos de alguna ciudad pequeña o para una vieja casa de pueblo. Para arroz, harina, un poco de verdura barata en un pakistaní y algo de pollo un par de veces por semana; o para coger el autobús hasta ir al centro de Cáritas más cercano, donde seguro te alimentarán si superas la vergüenza de ser portador oficial de la pobreza extrema. Otra pobreza extrema oficial es, según el maléfico Banco Mundial (sin relación con PRISA), la de aquellos que viven con menos de 300 y pico $ al año. A menudo con mucho menos. O con nada, porque se mueren antes de conseguir su quinto dólar. En términos no monetarios, es la de quienes mueren de hambre, por millones. La de quienes, en una existencia de pura subsistencia, mueren por enfermedades causadas por no poder instalar un filtro de agua que a los pobres extremos españoles les cuesta lo que diez rondas de tapicañas de las que ni pueden ni deben privarse. Miserables que viven en la calle, por causa de desahucio u otra fuerza natural, aquí los hay por cientos, pero todos tienen aún hoy disponible un catre, un café, una ducha y un bocata en algún centro social.

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La neolengua no es sólo patrimonio de los neoliberales. Como dice el confucianismo, si las cosas no se designan por su nombre adecuado no son la cosa que designa, lo que además termina pervirtiendo el nombre adecuado de las cosas que sí son definidas por él. Nadie muere de hambre hoy en España ni parece que morirá de hambre en los próximos años. Seguramente sí en China, en aldeas de tres familias a dos días a pie del enclave civilizatorio más cercano. Pese a lo que gritan manifestantes enfurecidos ante la puerta de comisarías que retienen a los compañeros, aunque aquí la policía en casos muy concretos tortura un poquillo, muy difícilmente asesina. Sí mata en Sudáfrica, a mineros manifestantes, por ejemplo. Tampoco muere demasiada gente aún por los recortes de la sanidad pública, si bien es sin duda nuestro mayor peligro a corto plazo; mirémonos en los espejos anglosajones, que nos llevan años de ventaja en esto. Y en todo caso, es triste decirlo, en España sí tenemos una democracia, en la que, al final del día, el voto del pobre extremo cuenta tanto como el de Botín. No excusemos nuestras responsabilidades, porque es jugar a su mismo juego. Tenemos motivos verdaderos de sobra para quejarnos. Si exageramos o hasta mentimos, la protesta verdadera parecerá demasiado suave. En lugar de señalar al parado deprimido (pero rollizo), señalemos hacia los poblados de chabolas, agujeros negros que todavía existen a dos líneas de bus de nuestras casas. Admitamos que lo que queremos no es sobrevivir, sino mantener un (justo) nivel de bienestar que en Occidente nos hemos ganado a pulso. No hay nada de malo en ser los pijos que somos, sólo reconozcámoslo, y tal vez así veamos que en otros lugares sí lo están pasando realmente mal y nos sintamos obligados a hacer algo por ellos. ¿A quién podría hacer daño eso? Todos saldríamos ganando. Si lloramos pidiendo supervivencia, insultamos a los que verdaderamente mueren; millones y millones en el sur o, de vez en cuando, alguna decena en nuestras mismas ciudades. Vamos a peor, tenemos que luchar, pero no vamos hacia el apocalipsis. No hacia el fin cotidiano, real, cada vez peor, del sur, del que seguimos siendo indirectamente culpables. Por mirar para otro lado y por llorar nuestras penas más de la cuenta.

Los números de Motor City

Los números nos pueden. Frente a la inexistencia de una fundamentación absoluta de la moral, son los que nos permiten tener razón. Los que nos dan la fortaleza completa para plantarnos delante de un político y decirle sin desviaciones significativas lo que está mal. No hay que caer en reduccionismos estadísticos, pero tampoco conviene olvidar que, cuando hay que defender lo que debe ser defendido, podemos hacer que los números digan una verdad intratable. Uno de los motivos por los que el caso de la debacle de Detroit es tan fascinante es por sus cifras, que voy a citar de memoria y a lo gordo, porque viene bien unir datos y emociones dadas mis intenciones propagandísticas: casi 50% de analfabetismo, una disminución del 70% de la población en medio siglo, 30 incendios diarios, 20.000 muertos desde los años 60, 800.000 edificios abandonados o en ruinas, 25 colegios cerrados cada año, un paro real de tal vez el 50%. Y todo así. Todo esto en la que fue joya de la corona del Imperio, cuna de nuestro estilo de vida actual, de nuestro estilo de pensamiento cotidiano. Nos lo contaba El País en un artículo muy bueno, que da a conocer a nuestro público mayoritario una de las realidades más sorprendentes de la civilización occidental. Nos lo contó Julien Temple en la BBC en su documental Requiem for Detroit?, un vídeo poderoso porque mezcla esa verdad insobornable de las cifras con otra verdad incuestionable: la de las imágenes.

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Saber que murieron 43 personas en los disturbios de los 60 es chocante, pero ese número se encarna ante nuestros ojos en su cuerpo correspondiente cuando vemos al ejército desplazarse a los suburbios para controlar la insurrección, cuando el testimonio de una anciana nos cuenta que no fueron luchas contra el racismo sino contra la brutalidad policial, cuando oímos el impacto de las porras sobre las cabezas de los negros y tenemos ante nuestras caras sus caras muertas paseadas por la multitud como estamos acostumbrados a ver en los países árabes (¿cuánto falta para que podamos grabar así a nuestros vecinos con nuestros móviles en nuestras principales plazas?). No es lo mismo leer que los descampados ocupan una gran superficie de la ciudad que comprobar con los ojos que la naturaleza reclama pronto lo que es suyo, recubriendo de vigoroso verde-pureza lo que queda de las estructuras abandonadas y de los vacíos en lo que antes eran calles. Como dice el narrador del documental, son imágenes que evocan a la vez el pasado y el futuro; como digo yo, realidades que evocan a la vez los años 60 del siglo XX y los años 60 del siglo XXI. Es la misma sensación que uno tiene cuando uno recorre unas ruinas poco musealizadas de una vieja ciudad romana. Porque representan exactamente lo mismo, el fracaso de un Imperio. No son sólo un lugar al que el poder central imperial ha abandonado o no ha llegado por completo, sino una manifestación de la corriente subterránea de la dinámica de su autodestrucción. Los restos arqueológicos de los romanos los ubicamos sentimentalmente en un ubi sunt?, son un pasado lejano, con el que tenemos conexión pero insuperablemente lejano; mientras que las de Detroit son las de un Imperio que está ahora, en estas décadas, comenzando a sentir su lenta caída. No son tanto ruinas vivas como vidas arruinadas, no son yacimientos sino barrios. En ambas habita la Historia, pero en las segundas esa Historia todavía nos la pueden contar sus protagonistas. Es más, nosotros somos parte protagonista y no sólo como espectadores, ni siquiera como el ingenuo turista de los esqueletos industriales que recorren Detroit. Podemos hacer fotos, sí, pero tenemos que salir en ellas. Sunt en nuestra cara y sus consecuencias quizá las viviremos directamente, los tal vez catastróficos intentos del Imperio de revolverse a la desesperada para no perder la hegemonía global quizá cambien del todo nuestras vidas (o lleguen incluso a acabar con ellas). Ante el hundimiento de las ciudades, ante su colapso, implosión, creciente inhabitabilidad, quizá tengamos que huir al campo o habituarnos a él si devora nuestro hábitat y volver a cultivar, como hicieron los supervivientes del Imperio de Roma y como hacen ahora los supervivientes de Detroit. Como hacen ahora los supervivientes de Atenas y los que están/estamos por venir.