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EL EMPLEO DEL TIEMPO: El desempleo como fantasía masculina

No recuerdo haber visto un anuncio de coches protagonizado por una mujer. Si los hay, serán minoría, como los de productos de limpieza protagonizados por hombres. O habrán sido ignorados por un filtro perceptivo que se me ha implantado culturalmente desde pequeño: si es sutilmente distinto a las expectativas dominantes, recuérdalo como si hubiera sido como todos los demás.

El empleo del tiempo

El coche funciona como un símbolo masculino. Más aún: como un refugio masculino. Quizá el único. Una de las grandes obras de nuestro zeitgeist, El empleo del tiempo (L’emploi du temps, Laurent Cantet, 2001), captura esa sensación del coche como válvula de escape que permite soportar el resto de la vida. De la vida masculina, que es la que todavía parece identificarse con la auténtica vida trabajadora y estresada. ¿Las mujeres no trabajan? Claro, pero podrían no hacerlo. El hombre no puede elegir. Por eso, vive su coche como su verdadera vida. Su felicidad está en él, porque en él están sus únicas opciones de soledad y de libertad. Sólo en una cabaña en mitad de los Alpes suizos pueden experimentarse esas dos cosas con la misma intensidad que conduciendo solo. El resto del tiempo sólo hay trabajo, trabajo y trabajo; el tiempo del empleo no se emplea en nada. El sistema productivo está muy bien montado, porque para ir a trabajar tienes que ir en coche. Así, en la propia tortura está incrustado el alivio. La rutina es antihumana, insoportable, y esas pequeñas dosis de conducción salvífica pueden dar las fuerzas necesarias para seguir, pero también muestran cada día que hay otra vida posible. Que es posible ser feliz haciendo algo. El hombre actual vive una vida dañada y la cura artificial, interna al sistema, no es efectiva eternamente.

El protagonista de El empleo del tiempo se convierte en un adicto a esos momentos de felicidad diaria, tanto que abandona su responsabilidad y decide entregarse a ellos. Se entrega a su coche, su amor. Duerme en él como si durmiera con él. Canta a gritos por la autopista con una sonrisa sincera y una mirada resucitada, la única posibilidad de desinhibición que conoce. Conduce por una carretera local, compite contra un tren, lucha para adelantarle con una pasión que sólo tuvo cuando era niño —cuando era un niño 100% e indudablemente masculino, que vestía de azul y jugaba con coches—. Aquí está el secreto de la poesía que esconde el plano de John Ford, aquel en el que una diligencia se ve puesta en paralelo con un grupo de caballos indios. Son una amenaza, pero también una alegría, porque le permiten darse cuenta de su velocidad, calibrarla en unidades de medida de vitalidad. De la misma manera, el coche se percibe en movimiento junto al tren. Al contrario que en la oficina, donde todo es estatismo. Es preferible una carrera hacia ningún sitio (¿incluso hacia la muerte en un accidente por conducción temeraria?) que estar plantado en una vida estable, con el objetivo claro de ser feliz. Un objetivo tan claro como inalcanzable, sobre todo cuando día a día se siente lo que es la verdadera felicidad y se sabe que está en el coche.

La paradoja es que para comprarse un coche un hombre debe trabajar. Se puede conseguir de otras formas, engañando o robando, pero reconozcamos que la mayoría de gente tiene escrúpulos sobre eso y por ello suele terminar peor de lo que empezó. Por otro lado, cuando un hombre se da cuenta de que el coche es su felicidad, ya lleva bastante tiempo trabajando y tiene dinero suficiente. Su virilidad se ha activado conduciendo, viendo anuncios de coches. Su virilidad se ha anulado en un trabajo despersonalizado y que no tiene nada que ver con él. Ya tiene el coche y no necesita trabajar más. Sí, los ahorros que le queden cuando abandone su empleo no le durarán más que unos meses. Pero ¿no es preferible disfrutar al máximo de esos meses que pudrirse en una oficina durante veinte o treinta años más? ¿No es mejor conducir hasta que se acabe la gasolina? ¡Alguien te recogerá, se solucionará, vivimos en Europa!

Hay que darse cuenta de que, para la mayoría de la gente, el suicidio no es una opción, ni siquiera se les ocurre. Cuando todo se vuelve insoportable, la única salida es la huida hacia delante. It’s better to burn out than to fade away. La autodestrucción, como casi todo lo que implica una decisión vital fuerte o una cierta profundidad y reflexividad de pensamiento, es presentada casi siempre por la industria cultural en términos masculinos. El desempleo voluntario es el gran arquetipo autodestructivo de nuestra época. Cuando todo va mal, cuando no se aguanta más la realidad, las fantasías toman el control. La fantasía es estar desempleado para poder conducir libremente, para conducir durante horas hasta Suiza dos veces por semana o para tomar o no tomar el desvío que tienes que tomar o no tomar. No es una fantasía sexual, porque el amante es el coche y ahí no hay carencias. La mujer no puede fantasear con el desempleo, porque su fantasía era el trabajo.

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Llama la atención que, una vez ha decidido entregarse a una espiral de autodestrucción y satisfacción de los deseos, el protagonista de El empleo del tiempo no busque prostitutas. Pero es que no lo necesita, porque su pulsión no es sexual. Es simplemente vital. Es la necesidad de sentirse vivo, más importante que el sexo en la jerarquía de necesidades. Es la necesidad básica en nuestras sociedades capitalistas. Para el hombre, esa falta se llena con la soledad, que sólo puede tener en su coche y que sólo puede compartir con él. Para la mujer… bueno, sólo tiene necesidades cuando el hombre se da cuenta de que está frustrada. O clínicamente deprimida, como la esposa del protagonista de El empleo del tiempo. Ella siempre está en el asiento del copiloto y nunca sabe adónde le lleva su marido, que cambia de ruta sobre la marcha. Le pregunta pero él no le contesta. Él dice que quiere darle una sorpresa, pero en realidad lo que quiere es dominarla. Eso no le sirve a la esposa, claro. Además, ella no conduce. ¿Cómo puede ella salir del agujero? El marido le dice que tendría que ver a más gente, quizá mudarse a una ciudad más grande. Ella ya le había dicho eso muchas veces, que así se sentiría mejor, pero él no la había escuchado. Estaba pensando en qué CD se iba a llevar al coche mañana por la mañana. Estaba imaginando que no tomaría la salida de la oficina y seguiría 45 kilómetros más, hasta la siguiente comarca. Donde están los ríos y las mujeres visten trajes tradicionales para los turistas.

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GRAVITY: Tecnología y sentimentalismo (las bases de la americanización del mundo)

Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) es, ya se ha dicho en todas partes, una maravilla tecnológica. Un derroche de creación visual, en cierto sentido más cercano al videoarte que al blockbuster. Y esa pseudoartisticidad es un mérito, teniendo en cuenta las cantidades de dinero involucradas. En todo caso, no habría que confundir la creación visual con la creatividad visual. Poco hay de original aquí. Una vez activada la idea, expresable en una frase, la forma concreta en que sería materializada era previsible. Sólo hacía falta que alguien pudiera (se atreviera, le dejaran) hacerlo. Y Gravity se ha hecho porque se puede hacer.

Sin embargo, es cierto que hay una radicalidad en el concepto que no está presente en la ontología puramente técnica de la propuesta y que, por tanto, no era del todo necesaria. Podría haberse filmado con planos y secuencias convencionales, pero Gravity socava la noción teórica de plano. Esto tampoco es nuevo en el cine, aunque yo no recuerdo haberlo visto con tanta claridad. Gracias a que el gran Lubezki lleva a sus últimas consecuencias su característica fluidez, la narrativa parece desarrollarse sin cortes. Es una masa de efectos especiales etéra, flotante en la misma proporción exacta en que lo es la historia. Un continuo tecnológico, como nuestras propias vidas actuales. Es el viejo sueño de la transparencia narrativa, en el que uno no se cuestiona cómo le están contando algo porque ni siquiera se da cuenta de que le están contando algo.

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Y eso es todo lo que es Gravity: un continuo tecnológico que se hace porque se puede hacer. Es una visita a un parque de atracciones de última generación, ignorante de los horrores y las connotaciones de su presentación. Inconscientemente consciente de su incapacidad para superar un mínimo nivel de superficialidad, persigue humanizarse con sensiblería de la peor calaña. Según muchos críticos, Alfonso Cuarón consigue forjar un relato humanista de primer orden. Como suele decirse en estos casos, debo decir: hemos visto películas diferentes. El guión de Gravity es un ensamblaje desastroso y cobarde, con injertos hediondos de emociones tan plastificadas como la cara de Sandra Bullock. El contraste entre su (relativa) vanguardia tecnoestética y su alma lacrimógena me hizo patalear de dolor en la butaca. Una imagen en concreto merece entrar en las antologías de la infamia cinematográfica: el cuerpo de un astronauta muerto flota en el vacío, la cámara se le acerca, la cámara se aparta y se para a su lado, dedicando unos segundos a mostrarnos que llevaba colgando una foto de su familia perfecta. Vomitivo. Ni el Spielberg más baboso se habría atrevido. El resto de los (innecesarísimos) diálogos siguen esa senda de la vergüenza que, por su excesiva presencia, casi tira por tierra los logros de Gravity.

TH5-Gravity-10071-300x386La combinación entre tecnología y sentimentalismo es demasiado común, sobre todo en el cine contemporáneo de ciencia-ficción —aunque Gravity no lo sea en sentido estricto—. Se intenta compensar la (supuesta) inhumanidad de las máquinas con el psicologismo más aberrante y cartoniano. Pero, primero, la tecnociencia ya es en sí un asunto 100% humano, así como lo son sus productos; segundo, no es lo mismo emoción que emotivismo. La emoción de Gravity funciona, en tanto es la propia del cine de aventuras o de los videojuegos de acción. Podría desearse una emoción más profunda y menos efectista, más unida al sentimiento de lo sublime, que aparece con vigor únicamente en el desenlace de la película, con unas imágenes deudoras (como tantas ya) del prólogo de la bastante superior Prometheus (Ridley Scott, 2012). Pero no pidamos improbables, aceptemos con pragmatismo la parte positiva del aquí y ahora de la industria cultural.

Pero si la emoción es aceptable en sus distintas formas y grados, el emotivismo es un insulto al espectador. Lo curioso es que no parece impuesto por la productora, sino que está en el esqueleto del guión escrito por el mismo Cuarón y su hermano. Es decir: o encajaron voluntariamente toda esa sensiblería de plañidera iletrada pensando que era la única posibilidad de que les dejaran hacer la película, o de verdad creían que estaban escribiendo un relato de considerable calado humano. Cualquiera de las dos opciones sería reveladora. En el caso de la primera, evidenciaría el bien conocido mecanismo de la industria cultural norteamericana. Es decir, la infantilización de las emociones, lo que las aleja de la razón, impide su uso adulto y, en definitiva, facilita su manipulación política. La segunda opción es más distópica, porque implicaría que esa idiocia semiplanificada ya habría triunfado. No es lo mismo vender un producto en mal estado conociendo sus problemas, que vender un producto en mal estado creyendo que está fresco. Y, por extensión, no es lo mismo comprarlo barato pero a sabiendas de que te puede sentar mal, que comértelo seguro de que los bífidus te van a transformar en el primo de Zumosol.

Sin metáforas: si a un creador le parece que la sensiblería rastrera es un recurso creativo digno, su idea de lo que es la creación artística (o aun artesana) tiene en muy baja estima las potencialidades y realidades del ser humano, que es quien le da su razón de ser; y si ese ser humano, materializado en una mayoría de espectadores o críticos, percibe la sensiblería rastrera como eficaz, e incluso como una muestra de humanismo profundo, a mí me suena a que vamos perdiendo la batalla. Esto no es nuevo, claro. USA rules us all, dentro de nuestras cabezas y de nuestras visiones del mundo. Y les dejamos porque lo hacen muy bien. Ved Gravity en pantalla grande. Hay que verla. Eso es así. Y la vivirás con intensidad. Yo lo hice, también. Es así.

[En Miradas de Cine se acaba de publicar un especial a propósito de Gravity. Además de una crítica de Víctor de la Torre, hay alguna reseña sobre otras películas en las que tecnología y narración son indistinguibles. Yo participo con un par de chorradas sobre Cloverfield.]

ABNORMAL FAMILY: Depravando a Ozu

Yasujirô Ozu tenía un estilo visual algo particular. Ponía la cámara en el suelo de las casas japonesas y apuntaba hacia arriba con un ligerísimo ángulo, un contrapicado tan imperceptible que puede que me lo esté inventando. Lo que no me invento es que no movía el aparato. La máquina miraba a la altura de los ojos de alguien que estuviera sentado sobre sus propias rodillas, que es como se sentaban por allí. O desde la perspectiva de un niño. O de un señor particularmente bajito. Cualesquiera su altura, ese señor era filmado a menudo de forma frontal, casi como mirándote. Un estilo muy austero y, a la vez, muy animado y vivo, gracias sobre todo a la naturalidad de los actores. El cine de Ozu es como un abuelo castellano, recio, serio, minimalista; pero sabio y con el corazón más grande que una casa japonesa, con más ternura que una mama-san envuelta en sake.

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El estilo de Ozu influyó tanto que, en cierto sentido, cambió algunas formas fundamentales de hacer cine. Pero es un gran poder que puede utilizarse en beneficio propio, no sólo por el bien de la humanidad. Se le puede dar la vuelta. Se puede conseguir que traicione su función original para cumplir con otra opuesta. Dicho de otro modo: se puede filmar como Ozu para enseñar tetas y coitos, en lugar de dramitas humanos. Es lo que hizo Masayuki Suo en Abnormal Family (Hentai kazoku: Aniki no yomesan, 1984).

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A Ozu no hay por qué tenerle respeto. De hecho, una de las máximas expresiones de respeto que se le pueden mostrar es resituar su estilo. Darle una segunda oportunidad a sus hallazgos, fosilizados desde los años 70 o antes. Abnormal Family toma los planos POV en cuclillas, la frontalidad, los temas de líos parentales… todo lo que es el Ozu post-IIGM, lo copia y lo aplica a un pinku [peli guarreta japonesa]. No es un arrebato de sabiduría humanista fortalecido por una narrativa cercana y transparente (definición estándar del cine de Ozu), sino una deconstrucción de libro. Deconstruye el ozuismo con tanto ahínco que lo transforma en depravación. Sanamente depravado es el contenido, sanamente depravado es el continente. Cada uno puede celebrar a los maestros a su manera. Y no hay traición en ello: seguro que esas paredes de papel también vieron carne desnuda rítmica en las películas de Ozu. Pero a modo de elipsis que se guardaba para él, en el cajón de arriba de su mesita de noche.

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No contento con sexualizar el buenabuelismo del mejor y más entrañable Ozu, Abnormal Family va tan lejos en ello como la mayoría de las películas rosas japonesas de los 80. Nada de softcore mecánico y previsible: ambiente incestuoso, dominaciones, siempre al límite de la X y siempre con el objetivo de pervertir a Ozu. De sacarlo de la tumba y obligarle a mirar lo que hacen ahora sus criaturas. Lo que ya hacían sus tíos, sus hijas, y no quería ver. La parte casta de la familia de la película oye toda la acción de la habitación sexual que hay al final de la escalera, escucha gemidos y grititos a la hora de la cena, con los platos a medio acabar y mirándose entre ellos a los ojos. Mirando también a los ojos del espectador: recordemos los planos frontales. En un alarde de planificación molestona, el director interrumpe una secuencia calentorra con cortes del padre. Deconstruye el pinku hasta convertirlo en un parco y silencioso Ozu. El orden es algo así: tetas, culo, padre en su salón mirándote con ojos de chino, culo, tetas, padre en su salón, coito, más coito, más padre, final del coito. Efecto Kuleshov in your face. Para hacer un Kuleshov en casa, seguir los siguientes pasos: ver Las hermanas Munekata (Munekata kyôdai, 1950); ver Abnormal Family; a ver con qué cara ves ahora Las hermanas Munekata, porque tienes que hacerlo otra vez. Siente cómo crece el Kuleshov en tu interior.

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