Archivo de la etiqueta: Cine francés

LA NEIGE AU VILLAGE: Voyeurismo obliga

Mirar…

…y ser mirado.

Eso de ir por la calle y ponerte a mirar. Mirar a alguien: a una chica guapa con ropa primaveral, a un tipo de andares peculiares, a un perrete especialmente simpático, a una abuela entrañable que recuerda a la propia, a una chavalería cuya adolescencia recuerda a la propia, a un policía con los dientes largos. Y así. No se puede evitar mirar: el grado mínimo de voyeurismo que todos llevamos dentro obliga. El paso siguiente, de haberlo, puede ser seguir a los mirados. No hasta la puerta de su casa, basta con un par de calles que no te suponen un desvío. Te dices que es para hacer más entretenido un paseo durante el que no puedes hablar con nadie ni hacer nada más que nada. ¿Quién no se ha transformado durante unos minutos en perseguidor ocioso? La neige au village (Martin Rit, 2008), una maravilla a medio camino entre la metafísica, el costumbrismo y hasta cierto giallismo, muestra que todos estamos en lo mismo, en mirar a los demás. En seguirlos, si se da. ¿Por qué lo hacemos? Por aburrimiento, por curiosidad, por pulsiones sexuales no reconocidas. Parecería que pensamos que, mirando, poseemos. No; pensamos que, mirando, satisfacemos. Y es al contrario, mirando acabamos frustrados por la contemplación directa de la distancia insalvable entre las personas, entre ella y tú o entre él y tú, una distancia que en el fondo sabemos que nunca debería ser superada. Pero no pensamos cuando miramos, sino que sentimos que debemos hacerlo. No hay tiempo para pensar, va a girar la esquina o cruzar el semáforo y tienes que hacerlo ya. ¿Qué mejor forma de conocerse a uno mismo en relación a lo que siente de verdad por los demás que dándose de cuenta de a quién observa, de a quién dirige de forma automática la mirada y hacia quién la prolonga conscientemente? También somos observados y eso podría servirnos para justificar nuestra secreta impertinencia e invasión ocular del espacio vital del otro. Y, de la misma manera que no queremos que se crucen ciertas líneas con nosotros, luchamos por intentar no cruzarlas al mirar a los demás. Estas líneas a veces saltan en pedazos en La neige au village, no porque necesariamente se caiga en la indecencia sino porque el voyeur cotidiano es descubierto por la cámara, que salta entre el plano más objetivo y la primera persona más íntima. El significado de la mirada cambia cuando uno es mirado, lo que lleva a pensar que quizá ese voyeurismo sí tenga algo de violación. La brillante estructura semicircular de La neige au village, en la que el observado se hace observador y de nuevo observado en un ballet sin fin, nos revela la imposibilidad de escapar del espacio de la mirada. Tan pronto estamos fuera como dentro, mirando que siendo mirados. Quizá lo mejor sea aceptarlo y no dudar en mirar más fijamente a los demás; siempre y cuando no nos vean hacerlo.

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El arte de vivir

BORRACHERA DE PODER: El poder, el dinero, el lujo… la sumisión

Ay, el poder. No es lo mismo aspirar a él como medio, pues las intenciones pueden ser socialmente buenas, que como fin, ya que esto lleva al culto a la individualidad y a la absoluta vaciedad moral y por tanto vital.

Chabrol inicia una de sus últimas películas, Borrachera de poder (L’ivresse du pouvoir, 2006) con un brillante plano-secuencia, siguiendo a un poderoso empresario desde su oficina hasta la calle. Es acosado por diversas mujeres, ninguna fea, que le ofrecen proporcionarle lo que dice apetecerle: entradas para Roland Garros, una suite, cosas así. No es casualidad que no haya hombres, ya que el poder se alimenta de la sumisión, y culturalmente ésta es femenina. Llega a la calle y, de pronto, es detenido -por policías, hombres que ejercen su derecho a la violencia, mayor que su autoimpuesto derecho a someter- por corrupto. Llega a la prisión, se le obliga a desnudarse, incrédulo no entiende que su poder allí no significa nada. Este arranque promete otra obra de Chabrol en la que, sin aspavientos, vaya a repetir lo que otros han dicho antes, pero que con capacidad de concisión y sensación de objetividad suele conseguir que se convierta en un nuevo arquetipo al que acudir cuando se busca una película sobre un tema concreto. Esto se diluye pronto, cuando desvía su atención desde el tema, la corrupción y el poder, hacia los personajes. No es gratuito: gracias a esto establece relaciones entre poder y roles de género. La falta de ideología de Chabrol le hace apuntar hacia todas partes, mostrando tanto el machismo de un mundo regido por hombres líderes de la manada, como invirtiendo los papeles tradicionales en el matrimonio -y en todo su entorno, en realidad- de la jueza Isabelle Huppert. Por desgracia, esa falta de ideología no conjuga bien con una película de fondo político, y su afán desapasionador y supuestamente objetivo difumina lo que podría querer estar diciendo. El abuso de las elipsis, que eliminan constantemente partes de la historia, podría tener la posible intención de contar que no importa que falten esas partes, porque al final las historias particulares tienen poco efecto en los grandes engranajes de un sistema corrupto. Sin embargo no funciona y, unido a la total carencia de énfasis, resulta en un deslavazamiento que lleva a una progresiva pérdida de interés: una oportunidad desaprovechada. Nos quedaremos sin saber lo que es el poder, pero al menos no es una pista falsa a partir de la que seguir investigando.