Luz y terror (II): Todo el cine de terror tendría que suceder de día

Todo el cine de terror tendría que suceder de día. En grandes extensiones de campo o en grandes avenidas o en habitaciones con rendijas por las que entra casi más polvo que luz solar. En esos sitios que habitas y que conoces bien, iluminados. El tópico de la oscuridad es el que más ha impedido el desarrollo del género de terror, el que le ha robado la posibilidad de ser tomado en serio. Porque la oscuridad es lo que da miedo a los niños y lo que pasa en la infancia no puede ser respetado por cualquiera con un mínimo de cabeza. Puede caer simpático, dar miedo (no en el sentido del cine de miedo), ser entrañable, pero no se le puede otorgar seso.

De mayor (no hace falta ser adulto) lo que da miedo es lo que se ve. Lo que se sabe. Aunque sea poco. Da igual que lo que haya al final del pasillo sin luz pueda arrastrarte al peor infierno, porque en el plano solo ves una mancha negra y el vacío no significa nada. El vacío no puede provocar más que aburrimiento en estos tiempos de horror vacui. Pero ver un cuerpo corriendo hacia ti, mil cuerpos corriendo hacia mil otros cuerpos, eso (Guerra mundial Z) es el terror. El que no se puede olvidar, el que recuerdas cada día cuando sales a la calle y ves mil cuerpos rodeándote y te acuerdas de que has visto en una película lo que puede pasar. Lo has visto, no te lo han sugerido entre sombras, montajes tramposos y efectos de sonido. Podría ser falso o ficticio, pero era una imagen veraz y que no se podía confundir con otra cosa. La imaginación no tenía parte. Ha pasado en una pantalla, ya sabes cómo es y cómo sería si pasara ante ti. Si la luz lo ha iluminado en una pantalla y parecía real, y daba miedo, sin duda es porque puede ser real. Y lo que se sabe que puede ser real es lo único que da miedo al adulto.

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Ver, con tanta claridad como puedes ver tu mano si bajas la cabeza para mirarla, pero sin tener que bajar la cabeza porque está delante de ti y se dirige hacia ti; ver cientos y cientos de cosas a la vez que te rodean y de las que no puedes escapar. Ver un vacío, sin duda un vacío y no como el vacío supuesto de la oscuridad (el negro es nada y el blanco es todo, es el ser), un espacio completo pero sin objetos que utilizar como los que te ofrecen una vía en una aventura gráfica, sin habitáculos en los que acurrucarte con tu gorro de pensar o una cama en la que taparte hasta arriba. Estar en el centro de una calle, de la autopista de los muertos. En el sofá de tu casa a mediodía y la puerta se abre y ahí está el monstruo. De noche, leyendo en la cama con la luz encendida después de haber despertado de una pesadilla que no te deja dormir, que se materializa ante ti de forma totalmente inesperada y distinta a la soñada pero irrefutable, sobre el antimosquitos enchufado al lado del escritorio. Mirar tu mano por no mirar al horror y ver cómo tiembla la mano y ver ahí el horror, no reflejado en ti sino en ti. Nadie siente cómo tiembla su mano. Cualquiera puede ver cómo tiembla una mano.

Ver todo eso es ver mucho. Y ver mucho es la gran fuente del terror, porque nada da más miedo que conocer la verdad y no poder dudar de ella. La sospecha es ociosa. La visión directa muestra la obra terminada del mundo, que se cierne sobre ti y sobre la que no se puede interpretar. Si no ves, solo está tu cuerpo y normalmente tienes el control sobre él y el miedo que da es del todo mainstream. Si ves, sabes que está todo lleno de cuerpos (naturales o sobrenaturales, humanos o no) que pueden aplicar presión sobre tu cuerpo con tanta fuerza como crean necesaria, con la intención que deseen. Verías su mano venosa, vieja y con garras apretando tu brazo y luego saldría un hilillo de sangre y luego otro y otro, hasta que tus ojos se llenaran de sangre y todo fuera rojo y ya no estarías viendo. En ese momento, el sufrimiento habría ya sustituido al terror.

Es verdad que los monstruos, bajo la luz del sol o hasta del fluorescente parpadeante en los primeros segundos de entrar en la cocina, no pueden ocultarte su intención maligna. Pero tú tampoco puedes esconderte, por eso los muertos vivientes no tienen nada que perder al pavonearse de su podredumbre.

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THE LORDS OF SALEM: Tras la cortina del kitsch

Ya se lo preguntaba Laurie Anderson: what is behind that curtain? ¿Es siempre roja la cortina? ¿Y lo que hay detrás? ¿De verdad queremos mirarlo? ¿O nos basta con saberlo?

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Como sugiere Aarón Rodríguez, Rob Zombie juega (indirectamente, a diferencia de Lynch) en The Lords of Salem con ese temblor que genera el cortinaje que esconde algo. A diferencia de sus otras películas, que tenían el valor de mostrarlo todo, de ser una traducción empírica a lenguaje cine de nuestros deseos, la última escatima. Es demasiado consciente de ser una ficción, no se deja llevar. Como en un sistema de planes quinquenales, está atrapada en sí misma y no explota. Es un vaivén de libido, más propio de las historias de fantasmas que de la inconsciente voluntad de destrucción que guía la creación y la contemplación posmoderna. Pero Zombie no escapa a esa voluntad, sólo la pospone con la complicidad de nosotros sus amigos. No queremos conocer lo que hay tras la cortina, sólo queremos verlo. No queremos un clímax, sino una descarga. Ya hablaremos después si resulta anticlimática, como en The Lords of Salem.

¡Mentira! No aceptamos coitus interruptus porque se nos enseñe un coitus. No, lo queremos todo. Queremos verlo todo y luego destruirlo. Queremos la hegemonía de la imagen revelada, el verlo todo permite controlarlo todo y, en consecuencia, violarlo y destruirlo todo. Buscamos ser tratados como animales sedientos de muslos ensangrentados. Anhelamos levantar (no correr) la cortina y encontrarnos con el infierno. Las presencias elusivas a nuestros sentidos y los sutiles desajustes caracteriológicos de personajes y actores en The Lords of Salem prometen que alguien levantará por nosotros la cortina, para nosotros, y que tras ella estará el infierno. Cuando esto sucede, allí está el infierno, efectivamente. Pero no es un infierno teológico, ni siquiera uno de despiece muscular orgánico. Es el infierno sobre un escenario, el único que podemos comprender; como el único paraíso al que podemos entrar está también en una pantalla. El infierno hoy sólo puede ser representado como kitsch. Puede ser vivido de otra manera cierta —como de hecho lo es por los millones de seres humanos que mueren de hambre evitable en nuestros días—, pero no representado con otro código. En ese caso, no sería el infierno sino una experiencia de lo sublime. Algo que nos sobrepasaría y, por tanto, sobrepasaría también la pura representación para entrar en el terreno de lo religioso, inaccesible ya para nosotros fuera de la experiencia directa, corporal, puramente física, del dolor real, como en Martyrs. Aunque a nosotros nos parezca la contrario por nuestra guasa y nuestra ironía idiosincrática, las representaciones de lo diabólico a lo largo de la historia no eran kitsch, sino trascendentes. Conectaban a quien las veía con el más allá y le daban yuyu por lo que sentía que había en él, esperándole al menor tropiezo. The Lords of Salem evidencia que ya no podemos unirnos a nada ultraterreno, sólo a nuestra propia imaginería, que cumple la función de limitar ese espacio del más allá. El infierno de Rob Zombie no es un infierno, es un paseo por una exposición temporal de un museo de arte contemporáneo. O es lo que hay minutos después de salir de una sala de cine de presenciar representaciones kitsch del infierno.

Sería absurdo decir que no hay grietas en su plástica kitsch, puestas por Rob Zombie muy concienzudamente, como hace Ti West, el otro heredero satanista de Carpenter. West nos mostraba un aborto en su sutilísimo corto para The ABCs of Death, negando él que nos lo estaba enseñando y negándonos nosotros que lo estábamos viendo. En The Lords of Salem, como en Halloween II —no creo que sea casualidad que las escenas eliminadas de la versión para cine sean las que más impactan y se implantan en el recuerdo—, nos movemos con inquietud ante los tableaux vivants de cuerpos acumulados. Pero se apartan rápido del montaje, dejando en la retina una impresión estética subliminal, no una sublime en el corazón/mente. Si fueran el centro, podrían llegar a ser una brecha que rasgara no ya el cortinaje, sino la propia estancia teatral o pantalla. Y a eso, a los verdaderos cuerpos muertos acumulados, sí que no podemos (no queremos) enfrentarnos. Los que están aquí quedan convertidos en plástico o en plástico expuesto en una galería de arte de capital de provincias. Son infiernos falsos. Pero todo eso falso es nuestra verdad. No tenemos otra. El director y su público asumen que les gustaría superar unos límites (de representación, de horror… de realidad) que ni pueden ni quieren superar, y se acepta que eso va a generar una frustración. La alternativa al infierno adorable de The Lords of Salem son las películas previas de Rob Zombie, que nos daban la verdad kitsch de la destrucción física, no de la espectral o de la estética. ¿Cuál es más peligrosa? ¿Cuál se desea más intensamente? ¿Cuál genera mayor frustración?

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MANIAC (2012): Un mundo de belleza maníaca

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No sólo está ya prohibido ser feo, sino que hoy es imposible. La nueva versión de Maniac enseña esto sin dejar espacio a la duda, por comparación con la original. Y por comparación con otras películas de finales de los 70 y principios de los 80, cuyo grano era físico en dos sentidos: el de la propia película y el de la metáfora que serviría para describir su estética. Imposible olvidar aquellos vagabundos vomitándose encima en Driller Killer, o las calles sucias que merecían estarlo de The New York Ripper. Era un mundo feo y así nos lo transmitían sus cámaras. La sordidez ahora sólo está en los conceptos de la vida pública, no en sus manifestaciones: ¿hay algo más de ciencia-ficción que Rajoy en una tele de plasma?

En cambio, hoy somos todos guapos. Los adolescentes, no sólo los de Noruega, parecen modelos o protagonistas de un catálogo de skate norteamericano. La ropa hortera viste de seda a muchos monos, que no dejan de ser simios pero que apelan en nuestros sentidos al significado adjetivo de la palabra “mono”. Incluso una aberración cultural como los tacones altos nos da piernas y culos dignos de ser premiados en cualquier certamen no muy exigente. Nuestras cámaras, ellas mismas de diseño agradabilísimo, captan las luces de nuestras calles como si fueran celestiales o extremadamente cool, japonesas. Por mucho que un director se empeñe en ser sórdido, si tiene una cámara estará ya más cerca de Vimeo que de YouTube. Si algo logra ser feísta (suavizando los colores, no retratando algo feo; recordemos que ya nada es feo), se cataloga de inmediato como retro, revivalista o simplemente cutre; todas ellas categorías de la belleza actual por contraposición con la añeja. La basura queda desenfocada, los pobres son estetizados y causan admiración antes por su huidiza presencia en el encuadre que como personas. Se diría que todo parece filtrado, pero no es así; quita la mediación de la cámara y verás como te es imposible descubrir la horripilancia con tus propios ojos. Sean o no decorados nuestras ciudades, las percibimos como tales. El mundo y sus habitantes están ahí como materia en bruto para una foto, fotos que podemos (y sentimos que debemos) hacer en cantidades infinitas, por eso sólo podemos percibirlos como objetos dignos de ser retratados. Pensar que algo no merece ser captado es desperdiciar una posible oportunidad que, a fin de cuentas, sólo pide pulsar un botón.

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LA MÁSCARA DE LA MEDUSA: La última película

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Jean Rollin hizo una última película en 2009, meses antes de una muerte que seguramente ya esperaba desde hace mucho. Esa película se llamó La masque de la Méduse. Es una obra enternecedora, de otro tiempo, con un tono triste, pero liberado de la gravedad de la juventud que a todo da importancia. La Medusa es interpretada por la hoy viuda de Rollin, una señora muy mayor a modo de alter ego del director. Recita monólogos en los que se lamenta (sin saber por qué) de otras épocas que no puede recordar, mientras vaga por el teatro Grand Guignol de París en una atmósfera de indeterminada nostalgia. Aun sin saber de qué, es una nostalgia intensa. Hipnótica y empedregante como la mirada de la Gorgona. Estoy convencido de que Rollin pretende elaborar alegorías sobre la desaparición de un tiempo (cinematográfico, artístico) que, quizá, no echa de menos pero que desde luego es el suyo. No trataré de descifrarlas. Por respeto a la intimidad de Rollin. Sólo diré que, sean cuales sean esas interpretaciones alegóricas, se quedan pequeñas al lado de lo que verdaderamente es La masque de la Méduse: una película de la vejez. No sobre la vejez, aunque también, sino la película de un anciano que sabe que le queda poco. Morosa, moderada en su lucidez final, sin rencor, con estilo anacrónicamente teatral (¡pero es cine!), fundamentada en paseos por recuerdos inidentificables pero muy presentes, casi como un sencillo catálogo de todo lo que Rollin grabó y disfrutó y que intenta grabar y disfrutar una vez más, una vez muy especial porque es la última. Su tono inocente y pausado, honesto y humilde, ya alejado de todo qué dirán, es idéntico al de El extraño caso de Angélica, de Manoel de Oliveira, o al de aquel episodio de un Antonioni viejoverdesco en Eros. Pero Rollin no tiene quien lo vea ni el respeto (que merece) de la crítica, de ahí que su elegía (¿a sí mismo?) tenga incluso más fuerza, pues se realiza en total soledad. Como sería consciente de que casi nadie llegaría a saber de la existencia de esta obra, seguro que pensaba que esas jovencitas que se desnudaban ante todo el set de rodaje lo hacían sólo para él, como un último honor. Y seguro que todos pensaban: dejémosle que lo piense. La soledad interior del anciano, aunque de uno que tiene una compañera con la que ha compartido su vida y para la cual elabora un personaje en el que ambos se pueden reconocer y unir, ya para siempre. Detesto decir “obra maestra”, y desde luego ni ésta ni ninguna otra peli de Jean Rollin merece tal nombre; pero el cuerpo me pide llamar obra maestra a La masque de la Méduse, porque siento que Rollin la siente como tal.

Tres: abismo

Hablaba de la segunda de tres vías por las que el cine de terror puede mantenerse vivo hoy. No son caminos independientes, de hecho las pocas películas de género que me han gustado en los últimos años poseen las tres cualidades en grados variables. La primera es la imprevisibilidad. La segunda la calidez, el cariño consciente (y transmitido) de estar haciendo algo especial y que merece la pena ser hecho. La tercera: el abismo. Del que no quiero escribir ya, mejor contemplarlo cada uno por su cuenta. Y bla, bla, bla. Leo mis palabras como si salieran de mis labios y sólo oigo bla, bla, bla. Porque no salen de ellos. Ya se ha dicho esto y no interesa. Ya dije todo esto y con más simpatía hace unos meses, quedando mucho más satisfecho. Me aburro a mí mismo. Ayer me aburrí tras imaginar (ni siquiera leer) el resultado de lo que había escrito y reescrito. Me di cuenta de que me estaba repitiendo incluso más de lo habitual y sobre unos temas con escaso interés para ser hombre. Que cada palabra tenga su sentido y su razón, pero que, por favor, no sean siempre las mismas ni los mismos. Por favor, por favor. O borraré lo publicado y lo reescribiré con ansia y con ilusión de primer latido, como estoy haciendo ahora, como he hecho con esta entrada por primera vez. Esto no es un trabajo de clase esto es un trabajo de vida esto no es literatura esto es la adorable esclavitud de ser humano.

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Me sentí viejo y aburrido. Con ganas de que Matrix se apoderara de mi blog y un tsunami de números verdes bajara destruyéndolo todo, declarando un estado de excepción y de revolución permanente maoísta. Con ganas de caos y vida y provocación y hablar a la gente y con la gente. De no ser uno más, de ganarme el puesto y ser insustituible, de no revivir Trueque Mental, que comenzó para tratar de aportar algunas cositas que no había en internet, de vivir El Ansia [Sustituye ese “internet” por “el mundo” y añade por ahí un “necesita” y eso es lo que quiero]. De no alimentar con mero peso el enorme basurero de la creación humana, de ser la niña con el abrigo rojo rodeada de palabras grises y ancianas y ejercitando un proselitismo hardcore. De ser la niña con el abrigo rojo y con los labios rojos.

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Tener taquicardias cuando escribo y oír fuegos artificiales al terminar de entregar, que no devolver, ese pedazo de mundo al mundo. Que mis palabras no hiedan a alcanfor sino a zagalico jugando y después de jugar. Ser irracional sin ser irracional, ¡porque eso nunca! Pero ¡adiós a la filosofía! Y no callarme, ¡imposible! Sólo tal vez reinventar un poco esto, recuperar (y reconvertir) la función de apasionado abismo incontrolable incontrolable con la que nació. De autoimportancia que no se pavonea sino que abraza. Regalarle otra oportunidad torrencial y abierta. Tener cada día al menos la mitad de una decena de ideas que merecería la pena publicar. Como si hiciera un nuevo blog; que ya es el 2013, que no es 2005 y ni siquiera 2009, marzo (aunque parece octubre) de ese año en el que casi empiezo a pegar con mi cabeza la ventana del autobús hasta que capturé el fuego con el que labré esto. Que uno tiene ya una edad y tiene que empezar a reírse del carpe diem pero sintiendo que algo se le rompe por dentro al desvelársele poco a poco su verdad y tiene que empezar a no dejar de hacerse el joven pero creyéndoselo, creyéndoselo. No quiero ser poeta, no otro poeta. Quiero ser persona y que los demás también. Lo sean. Quiero que la poesía muerda el cuello de todos los cínicos que la abusan psicológicamente y la empapan de sus artificios de bourbon y humo y de su odio y quiero ver cómo arranca su carne y el resultado de ese mordisco con mandíbulas intratables sea que sale un chorro de sangre en un rápido primer plano. Quiero amar y que os améis y que améis todo. Ser inocente sin baba, con la mirada limpia para poder ver y señalar. Quiero ver y sobre todo que veáis. Por primera vez. Ni profeta ni heraldo, sólo director de mirada. Apuntando con un rifle de asalto comprado y usado en Estados Unidos, si hace falta; y la hace. Que el lugar común de la víctima se vea y se duela por primera vez. Quiero complejidad clara desnuda fotografiada vivisecta. Quiero la concisión inquisitiva de la metáfora de una bomba de racimo que no se sabe si explotará pero se dirige a ti y a tus hijos y llegará a un radio de un metro de ti y de tus hijos en dos segundos. Estaría bien aquí precisamente aquí ese humilde núcleo de convicción de resistencia particular rebosante abismal al ritmo de los tiempos sin traicionarse que pido. Que sea mío absoluto y contra todo y con todo y con todos. Como acto cultural, al estar puesto en exposición. Si soy cargante me lo decís. Pero de lo que hablo no carga. Que sea algo que no hago ni puedo hacer en otras partes pero que desee hacerlo en todas partes y que todos nosotros muertos lo deseemos también. Vida vida cultura cultura mundo mundo mundo mundo Otro Otro Otro y amor. Conmigo y con todos y para vosotros ustedes todos ellos.