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Blackmirrored

facebook

El chico que se borró del Facebook admite, una vez más, su derrota. Más que una derrota, porque (historicismo al poder) en su momento fue una victoria, era más bien un error estratégico, un fútil arrebato de ludita destinado a fracasar. Nos haga tontos y marginados o no, el Facebook es una realidad ontológica con demasiada fuerza, un monstruo devorador de naturales. Pide sacrificios en su altar (creación de páginas, entrega masiva de tiempo que no conocerá un eterno retorno), aunque a cambio puede dar mucho. O algo, que ya es. Da, por ejemplo, la posibilidad de sentirse dentro de Black Mirror y no fuera, un fuera en el que todavía están los críticos con libreta y boli con linternita. Da una falsa sensación de comunidad para personas demasiado vagas para crear una comunidad de verdad, pero no tan vagas como para crear su sensación pinchando con píxeles en forma de flecha sobre un puñado de píxeles que identificamos como botoncitos. Esa falsa comunidad se basa en compartir enlaces (¡que llevan a textos, nada menos!) y hacer thumbs up virtuales, mucho menos tristes que los high five reales. Esas cosas estarán a partir de ahora en la terrorífica y falsable categoría del “a partir de ahora”, que ha sido abierta al abrir este su blog un espacio en Facebook, al que se puede apuntar el que quiera, el que deba y el que se atreva. Hasta he puesto un iconito ahí a la derecha; la tiranía de la diseñocracia es alargada, pero ¡es tan cuca! que ni la resistencia cultural se puede resistir a ella. También me he vendido haciendo espectáculo del blog en sí, cambiando los viejos diseños por unos que me hacen sentir más joven. Tamaño de letra agresivo nivel sonda anal. Hay por ahí una sangrantemente vacua imagen de Zhao Bing Bin (aka 盲) sangrando, unos simbolitos de neolengua que representan la división entre todo el contenido del blog y una parte del contenido clasificable como imágenes en movimiento, así como un loco protozoo medio transparente (ni la magia futurista de Google puede decirme de dónde salió) que está dispuesta de tal modo que cause dolores de cabeza mientras se lee el blog. O sea, que El Ansia ya no sólo es Black Mirror sino que también es Videodrome. Hay que andarse con cuidado cuando uno abraza de verdad el verdadero siglo XXI.

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Tres: abismo

Hablaba de la segunda de tres vías por las que el cine de terror puede mantenerse vivo hoy. No son caminos independientes, de hecho las pocas películas de género que me han gustado en los últimos años poseen las tres cualidades en grados variables. La primera es la imprevisibilidad. La segunda la calidez, el cariño consciente (y transmitido) de estar haciendo algo especial y que merece la pena ser hecho. La tercera: el abismo. Del que no quiero escribir ya, mejor contemplarlo cada uno por su cuenta. Y bla, bla, bla. Leo mis palabras como si salieran de mis labios y sólo oigo bla, bla, bla. Porque no salen de ellos. Ya se ha dicho esto y no interesa. Ya dije todo esto y con más simpatía hace unos meses, quedando mucho más satisfecho. Me aburro a mí mismo. Ayer me aburrí tras imaginar (ni siquiera leer) el resultado de lo que había escrito y reescrito. Me di cuenta de que me estaba repitiendo incluso más de lo habitual y sobre unos temas con escaso interés para ser hombre. Que cada palabra tenga su sentido y su razón, pero que, por favor, no sean siempre las mismas ni los mismos. Por favor, por favor. O borraré lo publicado y lo reescribiré con ansia y con ilusión de primer latido, como estoy haciendo ahora, como he hecho con esta entrada por primera vez. Esto no es un trabajo de clase esto es un trabajo de vida esto no es literatura esto es la adorable esclavitud de ser humano.

martyrs

Me sentí viejo y aburrido. Con ganas de que Matrix se apoderara de mi blog y un tsunami de números verdes bajara destruyéndolo todo, declarando un estado de excepción y de revolución permanente maoísta. Con ganas de caos y vida y provocación y hablar a la gente y con la gente. De no ser uno más, de ganarme el puesto y ser insustituible, de no revivir Trueque Mental, que comenzó para tratar de aportar algunas cositas que no había en internet, de vivir El Ansia [Sustituye ese “internet” por “el mundo” y añade por ahí un “necesita” y eso es lo que quiero]. De no alimentar con mero peso el enorme basurero de la creación humana, de ser la niña con el abrigo rojo rodeada de palabras grises y ancianas y ejercitando un proselitismo hardcore. De ser la niña con el abrigo rojo y con los labios rojos.

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Tener taquicardias cuando escribo y oír fuegos artificiales al terminar de entregar, que no devolver, ese pedazo de mundo al mundo. Que mis palabras no hiedan a alcanfor sino a zagalico jugando y después de jugar. Ser irracional sin ser irracional, ¡porque eso nunca! Pero ¡adiós a la filosofía! Y no callarme, ¡imposible! Sólo tal vez reinventar un poco esto, recuperar (y reconvertir) la función de apasionado abismo incontrolable incontrolable con la que nació. De autoimportancia que no se pavonea sino que abraza. Regalarle otra oportunidad torrencial y abierta. Tener cada día al menos la mitad de una decena de ideas que merecería la pena publicar. Como si hiciera un nuevo blog; que ya es el 2013, que no es 2005 y ni siquiera 2009, marzo (aunque parece octubre) de ese año en el que casi empiezo a pegar con mi cabeza la ventana del autobús hasta que capturé el fuego con el que labré esto. Que uno tiene ya una edad y tiene que empezar a reírse del carpe diem pero sintiendo que algo se le rompe por dentro al desvelársele poco a poco su verdad y tiene que empezar a no dejar de hacerse el joven pero creyéndoselo, creyéndoselo. No quiero ser poeta, no otro poeta. Quiero ser persona y que los demás también. Lo sean. Quiero que la poesía muerda el cuello de todos los cínicos que la abusan psicológicamente y la empapan de sus artificios de bourbon y humo y de su odio y quiero ver cómo arranca su carne y el resultado de ese mordisco con mandíbulas intratables sea que sale un chorro de sangre en un rápido primer plano. Quiero amar y que os améis y que améis todo. Ser inocente sin baba, con la mirada limpia para poder ver y señalar. Quiero ver y sobre todo que veáis. Por primera vez. Ni profeta ni heraldo, sólo director de mirada. Apuntando con un rifle de asalto comprado y usado en Estados Unidos, si hace falta; y la hace. Que el lugar común de la víctima se vea y se duela por primera vez. Quiero complejidad clara desnuda fotografiada vivisecta. Quiero la concisión inquisitiva de la metáfora de una bomba de racimo que no se sabe si explotará pero se dirige a ti y a tus hijos y llegará a un radio de un metro de ti y de tus hijos en dos segundos. Estaría bien aquí precisamente aquí ese humilde núcleo de convicción de resistencia particular rebosante abismal al ritmo de los tiempos sin traicionarse que pido. Que sea mío absoluto y contra todo y con todo y con todos. Como acto cultural, al estar puesto en exposición. Si soy cargante me lo decís. Pero de lo que hablo no carga. Que sea algo que no hago ni puedo hacer en otras partes pero que desee hacerlo en todas partes y que todos nosotros muertos lo deseemos también. Vida vida cultura cultura mundo mundo mundo mundo Otro Otro Otro y amor. Conmigo y con todos y para vosotros ustedes todos ellos.

Artefactos oratorios (II): Lo que escribo

Más de dos años y medio después de empezar esto, más de año y medio después de terminar aquello, vuelvo a preguntarme: ¿qué es El Ansia?

El Ansia son textos. Son mis textos, los de Borja, siempre impuros, nunca definitivos ni definitorios. Son materializaciones de pensamientos temporales, derivas de profundas creencias personales, son casualidades y causalidades, intuiciones que acaban en callejones sin salida o seguridades que mueren en saltos al mar abierto. Una fluida y sólida masa de la que emergen constantes por sí mismas, a menudo para mi sorpresa, que no pretenden ser tales. Es una aventura personal que quiero compartir Es, por eso, y más allá de toda la intención comunicativa, un espacio de autodescubrimiento. El Ansia es la imperiosa necesidad de hacerme entender una parte del mundo que me enloquece en cierto momento. Al escribir, el monólogo disperso en el interior de la cabeza se concreta y se puede trabajar con él, pasa de ser soliloquio a diálogo, aunque sea un diálogo imaginario con una pantalla en blanco. Una pelea a navaja entre mi lenguaje y el cursor parpadeante. El antes disperso e inacabado monólogo se centra, se desarrolla. Y me dejo arrastrar por él, para poder llegar a nuevos lugares, gracias a que el caos que es el pensamiento flotante se solidifica y se puede leer, tocar, comer, besar. En cierto sentido, y a pesar de que la mayoría de las ideas sobre las que escribo las tengo muy masticadas, es una versión de la escritura automática. El formato del blog es libre y lo permite, relaja la falta de compromiso, no hay más presión que la autoimpuesta y el peso de la responsabilidad toma otra forma; sólo hay compromiso con uno mismo pero, a diferencia de los documentos que se guardan en una carpeta del ordenador, el resultado desnudo lo puede ver cualquiera. Aunque haya una estructura argumental premeditada, aunque primen dos o tres ideas claras que me lleven a ponerme delante del ordenador para escribir, eso es sólo la excusa. Admito que entiendo el mundo, y mi comprensión del mundo, mucho mejor cuando escribo sobre ello. Ese premio es demasiado valioso, si se encorseta la vía que lleva a él nunca se conseguirá. Todo eso lo quiero compartir, quizá, como San Agustín, para honrar, emulándolos humildemente, a tantos autores que han horadado mi manera de ver y entender el mundo y, como San Agustín, con la esperanza de hacer yo lo mismo con algún lector despistado o interesado, aunque sea en una minúscula medida.

El Ansia es movimiento, claro. Eso es lo que hace interesante y único el formato del blog: ligereza, libertad, cambio. También es su abismo: lo que escribimos ayer con toda nuestra sangre, hoy desaparece o mañana desaparecerá. Tenga o no un gran valor, es diminuto y, por tanto, efímero. En la práctica, funciona incluso como algo más microscópico de lo que en realidad es. Es una galaxia como un grano de arena, parafraseando a Aldiss. Aunque queda lejos aquella primitiva concepción de los blogs como diarios, ¿no siguen siendo eso? El Ansia no es un diario de anécdotas, no comienza con «hoy la he vuelto a ver»; pero no deja de ser un diario intelectual, un recorrido por el camino cultural (vital) por el que paseo yo, Borja. La imagen recurrente del flâneur, que con tanta fortuna simbólica utilizó Walter Benjamin, es perfecta para describir El Ansia. Estos textos son mis incursiones en productos culturales que me sorprenden, que me hacen sentirme vivo, que me hacen pensar (de la reducción de esto a su mínima expresión nació El hermano tonto de El Ansia). Son blitzkriegs de rápida entrada y salida en ideas que me atormentan en una época concreta. Son exploraciones sinceras de esas ideas, que a menudo terminan en experimentales porque las matizo o incluso abandono gracias a que, al haber escrito sobre ellas, he tomado distancia para valorarlas en su medida. Son furiosos raids estéticos o intelectuales o puramente físicos, que despegan desde mi mundo interior para ser transmutados mediante mis manos en una pulcra fuente de texto. Son esbozos, son fracasos y algunos son incluso clásicos para mí. Son aperturas de piernas para que entre el mundo en toda su espléndida locura.

El Ansia es profunda fugacidad. Es profunda porque pongo todo lo que tengo en cada texto que escribo. Puede que haya ingenuidad y seguro que el error desborda, pero no hay relleno. El auténtico aprendizaje no puede permitirse perder el tiempo. Lucho con mis ideas, reescribo palabras, destruyo párrafos, abandono entradas completas; ¿como todos? Para Borja, El Ansia es una profunda exigencia, aun siendo consciente de su irrelevancia. Y también es fugacidad. La naturaleza de internet es volátil y superficial. Mientras escribo, cuando he escrito, soy consciente de que difícilmente alguien podrá leer aquí uno de mis textos con tanta intensidad como la que he puesto al crearlo, sé que es complicado que se aprecien los matices por los que he peleado, como sí sucedería en la lectura atenta de un libro. Pero no importa. No cederé por esto, ¡nadie que se respete debería! El Ansia es, también, resistencia. Una guerra contra los lugares comunes, un, al menos para mí, fértil intento de ofrecer perspectivas diferentes, de dar nuevas miradas a viejas obras o de hallar y gritar cualidades de las menos habituales. Que lo consiga o no es sólo relativamente importante. Lo importante es el camino. Llevo más de diez años escribiendo en internet y, si no lo hubiera hecho, no habría escrito ni una pequeña parte de lo que he escrito, por eso siento que ahora sería sólo la mitad de persona de lo que soy. El Ansia es una de mis más importantes proyecciones al mundo. El Ansia soy yo. Mutable, constante, inconstante, siempre sincero, siempre intenso. Siempre abierto a que el mundo me siga sorprendiendo, deseando estar equivocado, admitiéndolo feliz cuando lo estoy. Es mi batalla eterna contra el cinismo, contra el dogma, contra la deshumanización. El Ansia soy yo.