Artefactos oratorios (II): Lo que escribo

Más de dos años y medio después de empezar esto, más de año y medio después de terminar aquello, vuelvo a preguntarme: ¿qué es El Ansia?

El Ansia son textos. Son mis textos, los de Borja, siempre impuros, nunca definitivos ni definitorios. Son materializaciones de pensamientos temporales, derivas de profundas creencias personales, son casualidades y causalidades, intuiciones que acaban en callejones sin salida o seguridades que mueren en saltos al mar abierto. Una fluida y sólida masa de la que emergen constantes por sí mismas, a menudo para mi sorpresa, que no pretenden ser tales. Es una aventura personal que quiero compartir Es, por eso, y más allá de toda la intención comunicativa, un espacio de autodescubrimiento. El Ansia es la imperiosa necesidad de hacerme entender una parte del mundo que me enloquece en cierto momento. Al escribir, el monólogo disperso en el interior de la cabeza se concreta y se puede trabajar con él, pasa de ser soliloquio a diálogo, aunque sea un diálogo imaginario con una pantalla en blanco. Una pelea a navaja entre mi lenguaje y el cursor parpadeante. El antes disperso e inacabado monólogo se centra, se desarrolla. Y me dejo arrastrar por él, para poder llegar a nuevos lugares, gracias a que el caos que es el pensamiento flotante se solidifica y se puede leer, tocar, comer, besar. En cierto sentido, y a pesar de que la mayoría de las ideas sobre las que escribo las tengo muy masticadas, es una versión de la escritura automática. El formato del blog es libre y lo permite, relaja la falta de compromiso, no hay más presión que la autoimpuesta y el peso de la responsabilidad toma otra forma; sólo hay compromiso con uno mismo pero, a diferencia de los documentos que se guardan en una carpeta del ordenador, el resultado desnudo lo puede ver cualquiera. Aunque haya una estructura argumental premeditada, aunque primen dos o tres ideas claras que me lleven a ponerme delante del ordenador para escribir, eso es sólo la excusa. Admito que entiendo el mundo, y mi comprensión del mundo, mucho mejor cuando escribo sobre ello. Ese premio es demasiado valioso, si se encorseta la vía que lleva a él nunca se conseguirá. Todo eso lo quiero compartir, quizá, como San Agustín, para honrar, emulándolos humildemente, a tantos autores que han horadado mi manera de ver y entender el mundo y, como San Agustín, con la esperanza de hacer yo lo mismo con algún lector despistado o interesado, aunque sea en una minúscula medida.

El Ansia es movimiento, claro. Eso es lo que hace interesante y único el formato del blog: ligereza, libertad, cambio. También es su abismo: lo que escribimos ayer con toda nuestra sangre, hoy desaparece o mañana desaparecerá. Tenga o no un gran valor, es diminuto y, por tanto, efímero. En la práctica, funciona incluso como algo más microscópico de lo que en realidad es. Es una galaxia como un grano de arena, parafraseando a Aldiss. Aunque queda lejos aquella primitiva concepción de los blogs como diarios, ¿no siguen siendo eso? El Ansia no es un diario de anécdotas, no comienza con «hoy la he vuelto a ver»; pero no deja de ser un diario intelectual, un recorrido por el camino cultural (vital) por el que paseo yo, Borja. La imagen recurrente del flâneur, que con tanta fortuna simbólica utilizó Walter Benjamin, es perfecta para describir El Ansia. Estos textos son mis incursiones en productos culturales que me sorprenden, que me hacen sentirme vivo, que me hacen pensar (de la reducción de esto a su mínima expresión nació El hermano tonto de El Ansia). Son blitzkriegs de rápida entrada y salida en ideas que me atormentan en una época concreta. Son exploraciones sinceras de esas ideas, que a menudo terminan en experimentales porque las matizo o incluso abandono gracias a que, al haber escrito sobre ellas, he tomado distancia para valorarlas en su medida. Son furiosos raids estéticos o intelectuales o puramente físicos, que despegan desde mi mundo interior para ser transmutados mediante mis manos en una pulcra fuente de texto. Son esbozos, son fracasos y algunos son incluso clásicos para mí. Son aperturas de piernas para que entre el mundo en toda su espléndida locura.

El Ansia es profunda fugacidad. Es profunda porque pongo todo lo que tengo en cada texto que escribo. Puede que haya ingenuidad y seguro que el error desborda, pero no hay relleno. El auténtico aprendizaje no puede permitirse perder el tiempo. Lucho con mis ideas, reescribo palabras, destruyo párrafos, abandono entradas completas; ¿como todos? Para Borja, El Ansia es una profunda exigencia, aun siendo consciente de su irrelevancia. Y también es fugacidad. La naturaleza de internet es volátil y superficial. Mientras escribo, cuando he escrito, soy consciente de que difícilmente alguien podrá leer aquí uno de mis textos con tanta intensidad como la que he puesto al crearlo, sé que es complicado que se aprecien los matices por los que he peleado, como sí sucedería en la lectura atenta de un libro. Pero no importa. No cederé por esto, ¡nadie que se respete debería! El Ansia es, también, resistencia. Una guerra contra los lugares comunes, un, al menos para mí, fértil intento de ofrecer perspectivas diferentes, de dar nuevas miradas a viejas obras o de hallar y gritar cualidades de las menos habituales. Que lo consiga o no es sólo relativamente importante. Lo importante es el camino. Llevo más de diez años escribiendo en internet y, si no lo hubiera hecho, no habría escrito ni una pequeña parte de lo que he escrito, por eso siento que ahora sería sólo la mitad de persona de lo que soy. El Ansia es una de mis más importantes proyecciones al mundo. El Ansia soy yo. Mutable, constante, inconstante, siempre sincero, siempre intenso. Siempre abierto a que el mundo me siga sorprendiendo, deseando estar equivocado, admitiéndolo feliz cuando lo estoy. Es mi batalla eterna contra el cinismo, contra el dogma, contra la deshumanización. El Ansia soy yo.

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Artefactos oratorios (I): Los blogs

Le robo a Jonathan Swift la preciosa metáfora (o no) de «artefactos oratorios» para hacer algo que toca hacer cada cierto tiempo: reflexionar sobre el sentido de los blogs. Como brevemente apuntaba el amigo Paolo2000 hace poco, «corren malos tiempos para la blogosfera». Apunta que Facebook, Twitter, el entretenidísimo Tumblr (recuerdo que tengo uno, ahora bastante activo) y sus primos han sustituido las funciones sociales de los blogs. Porque, sí, las tuvieron: se formaban círculos de gente con bitácoras afines, que se seguían y comentaban mutuamente, a menudo con franco y hasta fructífero interés. Aunque esto llevó a la formación de camarillas, en horas bajas daba un cierto impulso a la obligación de escribir. Esto prácticamente ha desaparecido, los círculos hoy son por lo general los que ya estaban formados, debilitando sus lazos si no hay contacto fuera del espacio común de los blogs. Otra función social que cumplían era, curiosamente, la de ser leídos por alguien. Algo que se hacía mucho menos de lo que parecía, pero que ahora está en mínimos. Incluso si las visitas en apariencia se mantienen, pocos se leen ya los textos, acuciados por el ritmo impuesto por las redes sociales. Si lo hacen, es a saltos, sin profundidad; incluido yo, claro (es buen momento para confesar que, a pesar de que he intentado organizar el Reader o los enlaces infinidad de veces, buscando facilitarme la visita frecuente a los blogs más interesantes, nunca he conseguido seguir ninguno con regularidad, sino por aleatoriedad Google mediante; y los que sí visito lo hago por criterio de cercanía, que al final es el que los hace interesantes; ¡para aprender de verdad, a las bibliotecas!). Quien esté tan apresado en esa dinámica de ciberritmo que ni siquiera pueda alejarse un poquito para reflexionar sobre ella, está obligado a leer el imprescindible Superficiales, de Nicholas Carr.

Dicho todo esto, ¿qué sentido tiene mantener un blog hoy? Pues los dos de siempre. El primero es: para uno mismo. Tener un artefacto oratorio para comunicarse, un espacio libre, es un placer del que no es inteligente prescindir si uno tiene inquietudes comunicativas textuales. Mis ya muchos años participando en internet (unidos a mis nunca suficientes lecturas, claro), primero en foros, después en fotologs y luego en mis blogs, me han dado una solidez expresiva tremenda, una gran capacidad argumentativa. No estoy narcisándome, no digo que sea un gran escritor, que no se me malinterprete, sino simplemente que la experiencia me ha dado cierta facilidad para decir lo que quiero y como quiero. Sin todo ese bagaje de trabajo (porque es trabajo) detrás, me costaría mucho más escribir cuando he de hacerlo por obligación. Debajo de este primer motivo se esconde el segundo, en forma de pulsión que es la que termina por dar la patada final en el culo para sentarse delante del ordenador y ponerse a aporrear teclas: el pensar que quizá haya alguien a quien le interese lo que tienes que decir. Aunque sólo una o dos personas lean de verdad lo que has escrito, mientras pueda haber alguien a quien aproveche la recomendación de cierta película o libro, alguien a quien tu reflexión le abra alguna nueva perspectiva (por empatía o por oposición)… hasta que deje de existir la posibilidad de que algo de eso ocurra, la tentación de escribir textos de vocación abierta y pública siempre superará a la de engendrar breves reflexiones y articulitos y comentarios y hasta creatividades que nunca vean la luz y se queden criando polvo en una carpeta en algún rincón del disco duro. Estos vienen a ser mis motivos (y realidades) para no cerrar el blog. Aunque corran malos tiempos, sé que todavía hay alguna(s) persona(s) a la(s) que le(s) puede interesar alguna vez; y sé que siempre tendré, con regularidad obtusa, la necesidad imperiosa de tener algo que decir en algún momento. Y ese algo tendrá la necesidad imperiosa de ser escrito en más de tres líneas: hete aquí la diferencia con las redes sociales que sigue haciendo imprescindible a los blogs.

Quizá la época en la que los blogs se actualizaban a veces casi por obligación ha terminado. Ya no hay seguidores a los que contentar, sino sólo lectores ocasionales, casuales o tan cercanos que no se siente la responsabilidad de mantenerlos entretenidos; hay confianza. Como, de nuevo, dice Paolo: «Ahora sólo quedan los textos y lo que uno tenga que decir y eso ya es algo más jodido». O más liberador.

Escribo acaso para los que no me leen

«Escribo acaso para los que no me leen», admitía Vicente Aleixandre en “Para quién escribo”, parte de ese maravilloso libro de poesía humanista que es En un vasto dominio (1962). Y es que ese es el drama del escritor comprometido con lo humano, el único digno de ser llamado escritor. Ansía un mundo mejor, o al menos una mejor conciencia del mundo. Lucha en su interior por comprender la vida y el ser humano, quiere, necesita contar las preguntas encontradas y los pocos resultados conseguidos. Es su obligación compartirlo porque estamos todos juntos en esto, como parte y como todo. Sabe que es crucial que cada individuo entienda o al menos se esfuerce por entender, no le importa realizar el trabajo sucio, sólo pide a cambio que se le escuche. ¿Cómo conseguirlo? ¡¿Cómo conseguirlo?! Es por el bien de los demás, de cada uno, por el bien mutuo de todos, ahora y en el futuro, desde el presente y viendo el pasado. Pero precisamente los que sin saberlo necesitan ayuda, de los que bien sabe el escritor que la necesitamos, no le escuchan. No le leen. Hablan la misma lengua, pero por canales tan diferentes que podrían ser dos idiomas de antípodas opuestas. Circulan en paralelo. El escritor recorre las carreteras comarcales o, si encuentra el desvío, el carril de servicio junto a las vías principales; el que debería leerle ocupa el ancho de la autovía y sólo piensa en llegar cuanto antes; el que no quiere leerle, ni que le lean, detesta la mera idea de tener que salir de los privilegios de la autopista pagada.

Peliculismos (1)

Inauguro sección, siguiendo algunas de las reflexiones obsesivas, siempre fracasadas en la práctica, que he tenido tanto aquí como ¡hace 4 años y medio! en Trueque Mental. Si lo llamo “sección” es porque, aparte del imaginario toque profesionalizante, y de que invita a la regularidad (¿semanal?), me evita tener que pensar cada vez un título: pongo un numerito y ya está. Es invitador escribir rellenando un molde. ¿En qué consiste? En lo de tantas veces: decir cosas sobre cine, y sobre su relación con el mundo. Más concretamente: poner por escrito algunas ideas y apuntes sobre varias películas que haya visto o vuelto a ver en los últimos días, para que no se pierdan -las ideas- como lluvia en las lágrimas. Ni los densos textos habituales, ni la inútil simplicidad del hermano tonto de El Ansia, un punto medio que permita hilar y conservar preguntas y respuestas que me hago y hago viendo películas. Varias unidas en un mismo post, que si no queda desangelado. Probemos:

Betty (Betty, Claude Chabrol, 1992): Quizá la mejor película de Chabrol, con un dominio narrativo, sobre todo de los primeros planos, digno de levantarse y aplaudir. El creativo montaje, gracias al que progresivamente el flashback se convierte en la historia principal, despliega un mundo habitado por almas perdidas, reunidas en un bar y hotelucho que podría ser un barco a una isla de olvido. Almas perdidas no por culpa del destino, sino por identidades que les fueron impuestas y, al no poder ser satisfechas, llevaron (¿y llevan? ¿se pueden superar o sólo sustituir por otras?) a la ruina personal. Betty es obligada a ser mujer, esposa, madre, adúltera, y al mismo tiempo es obligada, tanto por los demás como por sí misma, a no serlo.

El último suspiro (Lost and delirious, Léa Pool, 2001): Historieta de lesbianas adolescentes en internado, tan mediocre como entrañable por la eficacia del siempre potente, aquí como en Física o química o en Dawson crece, romanticismo púber. ¿Cómo no va a despertar media sonrisa la insistente metáfora que, mediante aves rapaces y ratones, se hace de la falta de equilibrio en los polos de las relaciones?

Jacuzzi al pasado (Hot tub time machine, Steve Pink, 2010): La nostalgia por una época mejor es, en sí, una fuerza muerta; la nostalgia por una época simplemente porque te identificas con ella (aquí, los 80) es vacía; esta última nostalgia, falsificada y mal falsificada, sólo es soportable si el fast-forward alcanza 16x. La única razón que me pudo incitar a verla era Crispin Glover, que aporta un poco de humor oscuro de tullidos, no del todo grosero. La razón sorpresa fue encontrar a Jessica Paré, que hacía un papel majo precisamente en Lost and delirious, cuyo prometedor talento ha sido reducido por Hollywood a una breve escena en la que su función es enseñar las tetas. En Europa también se hace, claro.

El olor de la papaya verde (Mùi du du xanh, Anh Hung Tran, 1993): Antes de la explosión asiática vivida a comienzos del siglo XXI, en los 90 hubo una pequeña avanzadilla de cine oriental de la que Anh Hung Tran, junto a Zhang Yimou, fue paladín. Permitió la visión tranquilizadora de que las películas que se hacían en un difuso y genérico “Oriente” no eran una amenaza, sino que entonaban con buen gusto un agradable clasicismo. Los tintes políticos quedaban diluidos en un esplendoroso esteticismo humanista. En este caso, los estupendos travellings horizontales minimizan los apuntes argumentales de las relaciones de poder y sumisión, que quedan como anécdotas, ¡incluso como anécdotas simpáticas! Pese a esto, un placer visual y sonoro, como un sabroso plato de brillante papaya preparado con oficio.

Utopías hispánicas: ¿desea saber más?

Una utopía es un Estado ideal o sin tacha, no sólo lógicamente consecuente en su estructura, sino capaz de permitir a sus habitantes toda la libertad y la felicidad posibles en la vida humana. Considerada como un ideal social final o definitivo, la utopía es una sociedad estática; y la mayor parte de las utopías han incorporado salvaguardas contra una alteración radical de su estructura.

Esta es la definición genérica que Northrop Frye hace de la utopía. La recojo en un blog que estoy haciendo como trabajo para una asignatura, Historia Moderna de España. Preguntando en clase sobre posibles temas a desarrollar más allá de los propuestos oficialmente, puse como ejemplo, y fue el primero que me vino, las utopías hispánicas del siglo XVI. Me gustó mucho (siempre me ha interesado y no fue casualidad que se me ocurriera) y me quedé con él. Así que tengo montado el blog y allí voy hablando poco a poco sobre el pensamiento utópico hispánico de la Edad Moderna, la influencia sobre este de la aparición del Nuevo Mundo, las aplicaciones prácticas de utopías que allí se intentaron poner en marcha, o la sombra de Tomás Moro sobre todo ello. Básicamente es trabajo bibliográfico, de búsqueda y síntesis, nada de los delirios y excesos que hay en El Ansia, pero si a alguien le interesa el tema puede pasarse por aquí: La utopía en la Edad Moderna hispánica: pensamiento utópico y su aplicación práctica después del Nuevo Mundo. Pinchad el enlace, que cada 10 visitas me sube un punto la nota (espero).